Infalibilidad, Raúl Leis

justus_sustermans_-_portrait_of_galileo_galilei_1636Cuando el diablo guardián abrió por primera vez —en más de tres siglos— el portón de la celda de Galileo Galilei en la calcinante prisión del infierno, farfulló el contenido del cable internacional al anciano que inundaba con sus barbas cenicientas el reducido calabozo y que tenía rayadas las paredes con las marcas de todos los años que había permanecido allí.

El viejo astrónomo, médico y matemático, que había sido juzgado por la Santa Inquisición y obligado a abjurar de que el sol era el centro del sistema solar, no dijo nada sino que recogió uno a uno sus bártulos y salió de la celda arrastrando los pies.

Sin hablar, sólo con gestos, se negó a entrevistarse con el mismísimo Satanás, que deseaba presentarle sus excusas aduciendo que sólo había obedecido órdenes superiores. Galileo tampoco quiso aceptar que el guardián le llevase sus cosas que estaban embaladas en un morral de cuero de cabra. Además, se mostró reticente a subir al carruaje que lo conduciría a su nueva morada en el cielo, donde se efectuaría un apoteósico homenaje de desagravio.

En cambio, pidió con mímica ir al servicio de caballeros a aliviar necesidades contenidas ancestralmente. Allí, mientras hacía correr el agua del inodoro para despistar al guardián, terminó de armar los cohetes que había construido en esos largos siglos con polvos de carbón, azufre y otras sustancias raspadas con cucharas en las paredes de las celdas. Acomodó los proyectiles en sus espaldas flácidas. Aseguró bajo el brazo las fórmulas de los descubrimientos científicos acumulados en su largo cautiverio. Listo, encendió los cohetes con el cigarro que le había obsequiado el diablo guardián. Salió disparado del infierno ante el asombro de demonios y prisioneros. Cruzó la corteza terrestre —el infierno queda en el centro de la tierra— y ascendió por la chimenea del volcán Etna, rumbo al espacio sideral seguido por la inmensa estela de su barba.

Ese día, tres observadores en puntos distantes del planeta anunciaron que un cometa se dirigía hacia el sol —estrella que, hasta los niños saben, es el centro del sistema solar— y semanas más tarde, apareció una nueva mancha en el astro rey. Ese lugar es el único en donde Galileo Galilei se siente seguro, pues nunca se sabe cuándo pueda el Papa volver a cambiar de opinión.

Criaturas escritas, Melanie Taylor Herrera

xul solar 9

La sirena nigromante del tamaño de un meñique agita su cola en la cazuela mientras taciturna cavila y urde cómo saltar fuera. A su lado hay una rana dorada con pintas verdes, sumamente venenosa y aficionada a la ópera. Intenta abrir la tapa del frasco de vidrio que la aprisiona, pero la tapa se mantiene herméticamente cerrada. En un florero verde, un gnomo de la Sorbona porta un gorro rojo –de edición limitada– y profiere palabrotas, sentado sobre las últimas migajas de setas silvestres que le quedan. La cocina es un arrumaco laberíntico de ollas y frascos, cada uno con una minúscula creación contranatura. La mayoría intenta liberarse batiendo un par de alas, rugiendo o balando, pero son tan pequeños que todos sus esfuerzos sumados resultan en un zumbido.

El escritor entra a la cocina dando un portazo. Sus pesados pasos resuenan en las almas temerosas de los prisioneros. ¿A quién escogerá esta vez? Su mano atrapa a un murciélago filósofo fosforescente que intenta volar dejando destellos verdosos. El escritor sale de la cocina y se sienta a la mesa. Coloca al murciélago filósofo sobre un papel en blanco y lo sujeta con unos alfileres. Lo observa con cuidado. En la mente del escritor centellean palabras como letreros fluorescentes en la profundidad de un acuario.

El escritor pesca vocablos húmedos, morfemas y lexemas que empapan su imaginación. Toma un bolígrafo y empieza a describir al murciélago. Lo deshace y rehace con sustantivos, lo pinta con adjetivos, lo esclaviza con verbos. El murciélago se desvanece sobre la hoja y ahora reside en las palabras del escritor. Éste, satisfecho de su tarea, coloca la hoja en una abultada carpeta y sonriendo para sí abandona la estancia.

 

Infalibilidad, Raúl Leis

1Cuando el diablo guardián abrió por primera vez —en más de tres siglos— el portón de la celda de Galileo Galilei en la calcinante prisión del infierno, farfulló el contenido del cable internacional al anciano que inundaba con sus barbas cenicientas el reducido calabozo y que tenía rayadas las paredes con las marcas de todos los años que había permanecido allí.

   El viejo astrónomo, médico y matemático, que había sido juzgado por la Santa Inquisición y obligado a abjurar de que el sol era el centro del sistema solar, no dijo nada sino que recogió uno a uno sus bártulos y salió de la celda arrastrando los pies.
   Sin hablar, sólo con gestos, se negó a entrevistarse con el mismísimo Satanás, que deseaba presentarle sus excusas aduciendo que sólo había obedecido órdenes superiores. Galileo tampoco quiso aceptar que el guardián le llevase sus cosas que estaban embaladas en un morral de cuero de cabra. Además, se mostró reticente a subir al carruaje que lo conduciría a su nueva morada en el cielo, donde se efectuaría un apoteósico homenaje de desagravio.
   En cambio, pidió con mímica ir al servicio de caballeros a aliviar necesidades contenidas ancestralmente. Allí, mientras hacía correr el agua del inodoro para despistar al guardián, terminó de armar los cohetes que había construido en esos largos siglos con polvos de carbón, azufre y otras sustancias raspadas con cucharas en las paredes de las celdas. Acomodó los proyectiles en sus espaldas flácidas. Aseguró bajo el brazo las fórmulas de los descubrimientos científicos acumulados en su largo cautiverio. Listo, encendió los cohetes con el cigarro que le había obsequiado el diablo guardián. Salió disparado del infierno ante el asombro de demonios y prisioneros. Cruzó la corteza terrestre —el infierno queda en el centro de la tierra— y ascendió por la chimenea del volcán Etna, rumbo al espacio sideral seguido por la inmensa estela de su barba.
   Ese día, tres observadores en puntos distantes del planeta anunciaron que un cometa se dirigía hacia el sol —estrella que, hasta los niños saben, es el centro del sistema solar— y semanas más tarde, apareció una nueva mancha en el astro rey. Ese lugar es el único en donde Galileo Galilei se siente seguro, pues nunca se sabe cuándo pueda el Papa volver a cambiar de opinión.