Mano de Fátima, Mano de Miriam, Imtiaz Dharker

1

Tal vez puede suceder sólo en un desierto,

que dos mujeres compartan una mano.

 

Podría tener que ver con la austeridad del cielo, la forma

en que se despoja, rasgado hasta la desnudez. Luego está

el sonido que comparte con la arena, medio viento, media oración.

Fátima protégeme del ojo maligno,

Miriam protégenos de todo daño.

 

Estos cinco dedos han sido simplificados, aplanados

entre latas esmaltadas, y en la palma el ojo único

se abre para dejar que la luz azul entre.

 

Hija del profeta, hermana de Moisés, no te veo

combatiendo sobre esta pequeña luz o sobre mí

cuando me ofreces tu única mano compartida.

Fátima hija del profeta cuídanos.

Miriam hermana de Moisés, líbranos del daño.

 

Pretendo cargar este pendiente casualmente, baratija

para un turista, regateada y comprada

en el supermercado frenético. Dos por el precio

de uno, dos lenguajes, dos guardianes

para escudarme con una sola mano.

 

Fátima protégeme del ojo maligno,

Miriam protégenos de todo daño.

Todos los viajeros acaban en un oasis,

lejos de aeropuertos y calles cambiantes.

 

Estas cosas suceden en el desierto, donde la arena puede revolver

y abrirle un ojo al agua, donde dos salvadores

pueden reunir apenas una sola mano,

donde la lata se convierte en talismán.

 

Fátima o Miriam, Miriam o Fátima

protéjannos de todo daño.

La llave perdida

Takuji Takahashi

Cierta vez un sufí oyó que un hombre decía:

– He perdido la llave. ¿Alguien la ha visto en algun lado? La puerta de mi casa está cerrada y aquí estoy, a la intemperie. ¿Qué haré si la puerta permanece cerrada? Seré por siempre miserable.

-¿Quién dice que serás miserable? – preguntó el sufí. Puesto que sabes dónde está la puerta, ve y permanece cerca de ella por más que esté cerrada. Si pasas allí un buen rato, seguramente alguien ha de aparecer y abrírtela. Tu situación no es tan mala como la mía. Para mi dilema no hay solución: no tengo llave ni puerta.

Attar