Piso veintitrés, Marcio Veloz Maggiolo

picasso

El hombre, -sombrero verdinegro, camisa a rayas, pantalón gris ratón– entró al elevador con los ojos acuosos y profundos. Lucía un clavel encarnado en la solapa. El ascensorista le miró con indiferencia: ruidos de motor y elevador que asciende: dos, cinco, ocho.

-Voy al veintitrés señor.

– No hay veintitrés señor, este es un edificio de quince.

-Pues déjeme en el quince, subiré a pies los demás.

-No hay demás, señor, solo tenemos quince.

– ¡Cúmplame las órdenes!

– Bien, señor.

El hombre salió a la azotea –sombrero verdinegro, camisa a rayas, pantalón gris ratón-. Realmente no había más pisos. Las horas pasaron, y por fin, convencido de que no podía ascender más, decidió bajar de aquel enorme mástil de bandera en el que se había trepado buscando un piso veintitrés disuelto en el espacio y el futuro.

No te enamores de una mujer que lee, Martha Rivera-Garrido

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No te enamores de una mujer que lee, de una mujer que siente demasiado, de una mujer que escribe…

No te enamores de una mujer culta, maga, delirante, loca. No te enamores de una mujer que piensa, que sabe lo que sabe y además sabe volar; una mujer segura de sí misma.

No te enamores de una mujer que se ríe o llora haciendo el amor, que sabe convertir en espíritu su carne; y mucho menos de una que ame la poesía (esas son las más peligrosas), o que se quede media hora contemplando una pintura y no sepa vivir sin la música.

No te enamores de una mujer a la que le interese la política y que sea rebelde y vertigue un inmenso horror por las injusticias. Una a la que no le guste para nada ver televisión.

Ni de una mujer que es bella sin importar las características de su cara y de su cuerpo. No te enamores de una mujer intensa, lúdica, lúcida e irreverente.

No quieras enamorarte de una mujer así. Porque cuando te enamoras de una mujer como esa, se quede ella contigo o no, te ame ella o no, de ella, de una mujer así, jamás se regresa.

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Ahora seremos felices, Hilma Contreras

2395

El hombre se detuvo en el centro de la calle ardiente de sol aquel mediodía de agosto.

Miró en redondo y gritó:

-¿Hay alguien vivo aquí?

Nadie contestó, pero él sintió el tumulto silencioso de las miradas que se colaban a través de las personas entornadas.

-Viene de lejos –susurró Eusebia en un soplo-. Fíjate, María, ¿no será un fugitivo?

-A lo mejor…. Su facha no me gusta.

-Prieto con ojos verdes, no es tipo de aquí. ¿Qué andará buscando?

-Si sigue ahí se le va a derretir la sesera.

-¡Por mí….! Yo no le abro.

-Dejen la chercha, que las va a oír-gruñó Fico-. Ese hombre da grima de sólo verlo parado en el vaporizo del aire.

-¡Vamos! ¡Respondían! Solamente pido posada hasta la madrugada……..

Avanzó hacia la casa de enfrente. Las persianas se cerraron defensivamente.

-Por favor, sólo hasta la madrugada- insistió aporreando la puerta.

-Ábrele, Marianela –ordenó una voz de hombre-.Que entre.

-Pero…..

-Dije que le abrieras.

El forastero vaciló en la penumbra de la vivienda, momentáneamente entorpecida su visión por el deslumbramiento del sol de afuera que traía en las pupilas. A fuerza su parpadeos pudo distinguir al hombre en la silla de ruedas.

-Gracias… si no descanso unas horas no podré llegar a Loma Alta.

-¿Loma Alta? ¿A la hacienda de don Basilio?

-Sí, soy el nuevo capataz. ¿Usté lo conoce?

-Allá tuve el accidente. -Lo dijo sin emoción, clavada la mirada en el visitante que se aliviaba la espalda del peso de la mochila, y agregó:

-Más polvo no le cabe encima, amigo, ¿por qué viene a pie?

-Se dañó la guagua en el cruce de los dos caminos. Allá los dejé varados, pero yo tengo prisa, debo presentarme en Loma Alta a las ocho de la mañana.

-Como se marchará en la madrugada puede ocupar el cuarto de mi cuñado por esta noche.

-Si quiere refrescarse –dijo la mujer, cerrando la puerta al quemante resplandor del sol-, hay agua en la tina del patio.

-Enséñale el camino, Marianela.

Una vecina de la acera opuesta atravesó la calle, braceando en el fuego solar que la obligaba a abrir la boca para expeler el que había inhalado por la nariz.

-¡Eusebia! ¡María! –llamó apresurada.

-¿Qué pasa, Angelina?

-Vicente Pedrea le abrió la puerta al hombre ése.

-Ya nos dimos cuenta.

-Pero, ¿se imaginan que sea un criminal?

-Si lo es, se lo buscó Vicente por confiado. Quiera Dios que la víctima no sea la pobre Marianela.

La medianoche encontró a Marianela con lo ojos abiertos. A poco de acostarse la había asaltado aquel pensamiento acosador que interminables meses de contención habían mantenido a raya en lo más hondo de su ser. Ahora lo sentía rebullir como una dentera agridulce por todo el cuerpo. Desvelada junto al sueño apacible de su marido, se debatía en la urgencia de ganarle tiempo a la madrugada. El pánico del vuelo de las horas la deslizó de la cama. En el otro aposento la puerta estaba sin pestillo. Marianela observó, aguzando la vista, al hombre dormido en la sombra. Iba ya a tocarlo cuando el fluido de su presencia lo despertó.

-¡Ah….! ¿Por qué tardaste tanto en decidirte, eh? Yo sabía que ibas a venir, por eso dejé la puerta junta.

Ante el silencio embarazado de Marianela, explicó:

-Es que una mujer no aguanta mucho tiempo la falta de un macho. Tú necesitas uno, lo vi en tu mirada cuando me lavaba en la tina. Ven, acércate más…. Eres buena hembra – apreció, atrayéndola de un zarpazo sobre su cuerpo desnudo.

Octubre llegó con su cargamento de chubascos. Algunos, los descargaba con furia sobre el polvo callejero en desbandada. Otros, los dejaba caer plácidamente como un padre afectuoso que de antemano se regocija con la buena cosecha de sus hijos.

Eusebia, que siempre estaba al acecho de las novedades del vecindario, llamó a la prima María.

-¿No le encuentras nada raro a Marianela? En estos días trabaja cantando, barre que barre la acera de su casa aunque esté lloviznando, sin parar de canturriar.

-Ayer cantó a todo pulmón.

-Unjú….Yo creía que la desgracia de su marido le había matado la alegría de vivir.

-Tal vez no esté tan lisiado……….. tal vez………

-Nada, requetenada, María. El pobre Vicente, tan machote antes, ya no tiene componente. Todo el mundo sabe que se malogró para siempre.

Fico entró zarposo, de buen humor.

-Da gusto ver a Marianela -comentó sacudiéndose los pantalones.

-¡Fico! –gritó Eusebia-. ¡No sigas sacudiéndote como perro mojado, que lo salpicas todo!

-Pues a limpiarlo cantando, hermana. ¡Ah! Si yo tuviera menos años bailara bajo la lluvia.

La vida había cambiado. La vivía saboreándola día a día, infinitamente paciente, sin importarle la sonrisita de Fico, de Angelina o de cualquier otro vago de la vecindad. Era su secreto, su precioso secreto, que hasta hoy no había compartido con nadie, ni siquiera con su mujer. Amaneció tarde porque llovía suavemente. Vicente suspiró. Se sentía estupendamente bien dentro de la casa mientras afuera se escurrían del cielo los últimos

hilos de agua antes de Navidad. Cuando la llamó Marianela terminaba de preparar el desayuno.

-Marianela, ven acá un momento, ¿quieres? -Sonrió.-Quítate la bata.

Sorprendida, retrocedió unos pasos.

-Desnúdate, Marianela.

-¿Por qué me lo pides?

Hacía la pregunta con los ojos entornados, buscando el motivo en la expresión expectante de su marido.

-Desnúdate.

Se engalló desafiante. Vicente impulsó su silla de ruedas lo suficiente para alcanzar el lazo de la banda.

-No, lo haré yo.

Y lo hizo con gesto altivo dejando caer la bata lentamente a sus pies. Allí estaba desnuda ante los ojos rebosantes se ternura de su marido. Tras un segundo de silencio, Vicente, acariciando la tersa redondez del vientre, preguntó:

-¿Te lo hizo él?

El tono suave de la voz disipó la aprensión de Marianela.

-Vicente…..perdóname, yo no quise… no quería….

-Marianelita querida, no me pidas perdón. Yo no dormía cuando te levantaste aquella madrugada. Pude haberte detenido, pero era lo menos que podía hacer mi amor por ti.

Presa de intensa emoción, Marianela apretaba la cabeza de Vicente contra su vientre fecundado.

-Amor mío –murmuró él-, ahora seremos felices porque nuestro hijo estará con nosotros.

La señal lejana del siete, Pedro Antonio Valdez

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El ángel se le apareció en el sueño y le entregó un libro cuya única señal era un siete. En el desayuno miró servidas siete tazas de café. Haciendo un leve ejercicio de memoria reparó en que había nacido día siete, mes siete, hora siete. Abrió el periódico casualmente en la página siete y encontró la foto de un caballo con el número siete que competiría en la carrera siete. Era hoy su cumpleaños y todo daba siete. Entonces recordó la señal del ángel y se persignó con gratitud. Entró al banco a retirar todos sus ahorros. Empeñó sus pertenencias, hipotecó la casa y consiguió préstamo. Luego llegó al hipódromo y apostó todo el dinero al caballo del periódico en la ventanilla siete. Sentóse —sin darse cuenta— en la butaca siete de la fila siete. Esperó. Cuando arrancó la carrera, la grada se puso de pie uniformemente y estalló en un desorden desproporcionado; pero él se mantuvo con serenidad. El caballo siete cogió la delantera entre el tamborileo de los cascos y la vorágine de polvo. La carrera finalizó precisamente a las siete y el caballo siete, de la carrera siete, llegó en el lugar número siete.