Agencia de Viaje, Eugène Ionesco

Personajes: el CLIENTE, el EMPLEADO, la MUJER

CLIENTE.- Buen día, señor. Quisiera dos pasajes de ferrocarril, uno para mí, y uno para mi mujer que me acompaña en el viaje.

EMPLEADO.- Bien, señor. Yo puedo venderle centenas y centenas de pasajes de tren. ¿Segunda clase? ¿Primera clase? ¿Camarotes? ¿Les reservo dos plazas en el vagón comedor?

CLIENTE.- Primera clase, sí, y en coche-cama. Es para ir a Cannes en el expreso de pasado mañana.

EMPLEADO.- Ah… ¿Es para Cannes? Vea usted, yo puedo fácilmente darle los pasajes, tantos como usted quiera, para todas las direcciones en general. Usted solo debe precisar el destino y la fecha, ya que para el tren que usted quiere tomar, eso se vuelve muy complicado.

CLIENTE.- Usted me sorprende, señor. Hay muchos trenes en Francia. Los hay para Cannes. Yo ya los he tomado, ¡yo mismo!

EMPLEADO.- Usted los ha tomado, puede ser, hace veinte años, o treinta, en su juventud. Yo no digo que no hay muchos trenes, sólo que están abarrotados, no hay más plazas libres.

CLIENTE.- Puedo ir la semana próxima.

EMPLEADO.- Está todo vendido.

CLIENTE.-¿Será posible? ¿Y dentro de tres semanas…?

EMPLEADO.- Está todo vendido.

CLIENTE.- ¡Dentro de seis semanas!

EMPLEADO.- Está todo vendido.

CLIENTE.- Entonces, ¿todo el mundo no hace otra cosa más que ir a Niza?

EMPLEADO.- No forzosamente.

CLIENTE.- Tanto peor. Deme entonces dos pasajes para Bayona.

EMPLEADO.- Está todo vendido, hasta el año próximo. Ve usted, señor, que no todo el mundo va a Niza.

CLIENTE.- Entonces, deme dos plazas en el tren que va a Chamonix…

EMPLEADO.- Está todo vendido hasta el 2000…

CLIENTE.- Para Estrasburgo…

EMPLEADO.- Están vendidos.

CLIENTE.- Para Orléans, Lyon, Tolosa, Aviñón, Lila…

EMPLEADO.- Está todo vendido, vendido, vendido, con dos años de anticipación.

CLIENTE.- Entonces, deme dos boletos de avión.

EMPLEADO.- No me queda más ningún lugar para ningún avión.

CLIENTE.- En ese caso, ¿puedo alquilar un auto, con o sin chofer?

EMPLEADO.- Todos los permisos para conducir están anulados, para que las rutas no sean un obstáculo.

CLIENTE.- Que me presten dos caballos.

EMPLEADO.- No hay más caballos. -No quedan más caballos-.

CLIENTE.- (A la MUJER.) ¿Quieres que vayamos a pie, hasta Niza?

MUJER.-Sí, querido. Cuando yo esté cansada tú me llevarás en tus espaldas y viceversa.

CLIENTE.- (Al EMPLEADO.) Denos, señor, dos boletos para ir caminando a Niza.

EMPLEADO.- ¿Escucha usted ese ruido? Oh, la tierra tiembla… En medio del país un lago inmenso…, un mar interior acaba de formarse -de aparecer, de surgir-. Aproveche rápido, apúrese antes que otros pasajeros lo piensen. Yo les ofrezco un camarote de dos plazas en el primer barco que va a Niza.

El último delicado, Emil Cioran

129575_main_full(Carta a Fernando Savater)

París, l0 de diciembre de l976

Querido amigo:

En noviembre, durante su visita a París, me pidió usted que colaborase en un libro de homenaje a Borges. Mi primera reacción fue negativa; la segunda… también. ¿Para qué celebrarlo cuando hasta las universidades lo hacen? La desgracia de ser conocido se ha abatido sobre él. Merecía algo mejor. Merecía haber permanecido en la sombra, en lo imperceptible, haber continuado siendo tan inasequible e impopular como lo es el matiz. Ese era su terreno. La consagración es el peor de los castigos para el escritor en general y muy especialmente para un escritor de su género. A partir del momento en que todo el mundo le cita, ya no podemos citarle o, si lo hacemos, tenemos la impresión de aumentar la masa de sus «admiradores», de sus enemigos. Quienes desean hacerle justicia a toda costa no hacen en realidad más que precipitar su caída. Pero no sigo, porque si continuase en este tono acabaría apiadándome de su destino. Y tenemos sobrados motivos para pensar que él mismo se ocupa de ello.

Creo haberle dicho en otra ocasión que si Borges me interesa tanto es porque representa un espécimen de humanidad en vías de desaparición y porque encarna la paradoja de un sedentario sin patria intelectual, de un aventurero inmóvil que se encuentra a gusto en varias civilizaciones y en varias literaturas, un monstruo magnífico y condenado. En Europa, como ejemplar similar, se puede pensar en un amigo de Rilke, Rudolf Kassner, que publicó a principios de siglo un excelente libro sobre la poesía inglesa (fue después de leerlo, durante la última guerra, cuando me decidí a aprender el inglés…) y que ha hablado con admirable agudeza de Sterne, Gogol, Kierkegaard y también del Magreb o de la India. Profundidad y erudición no se dan juntas; él había logrado sin embargo reconciliarlas. Fue un espíritu universal, al que sólo le faltó la gracia, la seducción. Es ahí donde aparece la superioridad de Borges, seductor inigualable que llega a dotar a cualquier cosa, incluso al razonamiento más arduo, de un algo impalpable, aéreo, transparente. Pues todo en él es transfigurado por el juego, por una danza de hallazgos fulgurantes y de sofismas deliciosos.

Nunca me han atraído los espíritus confinados en una sola forma de cultura. No arraigarse, no pertenecer a ninguna comunidad: ésa ha sido mi divisa y continúa siéndolo. Vuelto hacia otros horizontes, siempre he intentado saber qué sucedía en todas partes. A los veinte años, los Balcanes no podían ofrecerme ya nada más. Ese es el drama, pero también la ventaja de haber nacido en un medio «cultural» de segundo orden. Lo extranjero se había convertido en un dios para mí. De ahí esa sed de peregrinar a través de las literaturas y de las filosofías, de devorarlas con un ardor mórbido. Lo que sucede en el Este de Europa debe necesariamente suceder en los países de Hispanoamérica, y he observado que sus representantes están infinitamente más informados y son mucho más cultivados que los occidentales, irremediablemente provincianos. Ni en Francia ni en Inglaterra veo a nadie con una curiosidad comparable a la de Borges, una curiosidad llevada hasta la manía, hasta el vicio, y digo vicio porque, en materia de arte y de reflexión, todo lo que no degenere en fervor un poco perverso es superficial, es decir, irreal.

Siendo estudiante, tuve que interesarme por los discípulos de Schopenhauer. Entre ellos, un tal Philipp Mainländer me había llamado particularmente la atención. Autor de una Filosofía de la liberación, poseía además para mí el aura que confiere el suicidio. Totalmente olvidado, yo me jactaba de ser el único que me interesaba por él, lo cual no tenía ningún mérito, dado que mis indagaciones debían conducirme inevitablemente a él. ¡Cuál no sería mi sorpresa cuando, muchos años más tarde, leí un texto de Borges que le sacaba precisamente del olvido! Si le cito este ejemplo es porque a partir de ese momento me puse a reflexionar seriamente sobre la condición de Borges, destinado, forzado a la universalidad, obligado a ejercitar su espíritu en todas las direcciones, aunque no sea más que para escapar a la asfixia argentina. Es la nada sudamericana la que hace a los escritores de aquel continente más abiertos, más vivos y más diversos que los europeos del Oeste, paralizados por sus tradiciones e incapaces de salir de su prestigiosa esclerosis.

Puesto que le interesa saber qué es lo que más aprecio en Borges, le responderé sin vacilar que su facilidad para abordar las materias más diversas, la facultad que posee de hablar con igual sutileza del Eterno Retorno y del tango. Para él «todo vale», puesto que él mismo es centro de todo. La curiosidad universal es signo de vitalidad únicamente si lleva la huella absoluta de un yo, de un yo del que todo emana y en el que todo acaba: comienzo y fin que puede, soberanía de lo arbitrario, interpretarse según los criterios más caprichosos. ¿Dónde se halla la realidad en todo esto? El Yo, farsa suprema… El juego en Borges recuerda la ironía romántica, la exploración metafísica de la ilusión, el malabarismo con lo imitado. Friedrich Schlegel, hoy, se halla adosado a la Patagonia …

Una vez más, no podemos sino deplorar que una sonrisa enciclopédica y una visión tan refinada como la suya susciten una aprobación general, con todo lo que ello implica… Pero, después de todo, Borges podría convertirse en el símbolo de una humanidad sin dogmas ni sistemas y, si existe una utopía a la cual yo me adheriría con gusto, sería aquella en la que todo el mundo le imitaría a él, a uno de los espíritus menos graves que han existido, al «último delicado»…

Demasiado pronto, Nicolae Prelipceanu

2bb9cb903adcb5cf93875174776e5e76-largeMe dijeron que podría marcharme

lo más tarde al final de mi vida

y comencé a preguntar

a derecha e izquierda

si no sería demasiado pronto

Demasiado pronto mi querido amigo

nunca es

me dijeron

demasiado tarde a veces

sí que es

Demasiado pronto mi querido amigo

nunca es

Salmo, Paul Celan

10006215_566122643499917_4100480622960913390_nNadie nos amasa nuevamente de tierra y barro,

nadie bendice nuestro polvo.

Nadie.

Loado seas, Nadie.

Por agradarte queremos

florecer.

A tu

encuentro.

Una nada

éramos, somos,

permaneceremos, floreciendo:

la rosa-nada, la

rosa-nadie.

Con

el pistilo de alma luminosa,

el estambre de cielo yermo,

la roja corona

de la palabra purpúrea que cantábamos

encima, oh encima

de la espina.

 

 

Los tres niños Mozart, Alexandru Ecovoiu

1Karel Appel

Nosotros hemos sido niños Mozart. Tres gemelos. Cada uno de nosotros se ha expresado en un campo distinto. Yo pintaba como los ángeles. «Seguro que nadie en el mundo, a los cuatro años, lo ha hecho mejor», dijo uno de mis profesores. «¡Creo que nos encontramos ante un niño Mozart!» Y explicó a mi padre que había hecho la comparación con el autor de La flauta mágica porque en las artes plásticas, hasta que aparecí yo, jamás se había conocido un artista tan precoz. Trabajaba de las formas más diversas. Parecía el mensajero de todas las escuelas de pintura. Conmigo la naturaleza alcanzaba lo sublime y cerraba un círculo. No me refiero a mi insólito don sino al hecho de que, según apreciaban mis maestros, sintetizaba lo que hasta entonces había estado en decenas, en centenares y en miles de maestros del pincel.

Otro de mis hermanos, el Mediano (yo soy el primogénito), era un acróbata fantástico. También a los cuatro años realizaba unos números de equilibrio como nadie. El momento culminante era caminar por el hilo de una telaraña. ¡Atravesaba un bulevar a la altura del séptimo piso! La gente creía que se trataba de hilo de acero. Los sempiternos ataques de los incapaces.

El Pequeño escribía poesía. Sólo sonetos. A los cinco años ya había publicado un pequeño poemario. Los críticos estaban desconcertados e insinuaban que los versos los había compuesto otro. Para esclarecer definitivamente las cosas, encerraron al pequeño bardo en una habitación y le dieron tres temas para que improvisara un poema de cada. El niño se asustó y se echó a llorar pero cuando le dijeron que si terminaba rápido se iría a jugar se animó. Cuando aún no había pasado una hora tocó a la puerta. A falta de algunos retoques porque lo había hecho de prisa y corriendo, los sonetos eran más hermosos que nunca. A los seis años escribió una epopeya. Una especie de leyenda en verso. Más o menos quince mil versos. A los nueve años rehusó seguir escribiendo. Decía que no podía más. Ni a palos hubo forma. Porque mi padre nos pegaba. Decía que éramos holgazanes. Al Pequeño le solicitaban trabajos para revistas, salía en televisión, se publicaba su obra y ganaban incomparablemente más que nuestro padre, un triste funcionario. Las cosas se complicaron porque, también por la misma época, el Mediano empezó a engordar de repente y sus acrobacias por un hilo de tela de araña se volvieron imposibles. Ni por una cuerda podía ya caminar. Sólo por una viga. Y él también había sido una fuente de ingresos para la familia.

Mi incipiente ceguera (los primeros síntomas aparecieron cuando yo tenía ocho años) se convirtió diez meses más tarde en casi total. Con una luz potente sólo detectaba las sombras. Ni un detalle. Hasta entonces, había vendido más de mil cuadros, muchos casi de balde, pues estaba convencido de que me sobraría tiempo para pintar más. Sólo que nuestra vida de niños Mozart, según se ve, fue corta. Sin embargo, comparado con otras personas, nosotros vivimos todo un siglo. Un infinito, mientras que un individuo cualquiera habría necesitado de una eternidad, y aún más, para igualarnos. También nosotros fuimos los que pusimos punto final. Nos aniquilamos recíprocamente. Nos destruimos. Cada uno fue para los otros dos un Salieri. Yo quise ser acróbata y escribir versos pero no demostraba ningún tipo de inclinación por tales menesteres. Por otro lado, la pintura no fue para mí ninguna gran pasión sino únicamente un modo particular de chinchar a los otros dos. Porque el Mediano deseaba con todas sus fuerzas pintar y hacer sonetos. Un antitalento. Al Pequeño, en fin, le habría gustado muchísimo balancearse por un hilo de tela de araña y atravesar por encima de las cabezas de la gente, si no un bulevar, al menos una calleja. Y, al propio tiempo, pintar como sólo yo sabía hacerlo. En vano, era torpe y desmañado.

Pero todo eso no significaría nada; simples envidias. Caprichos de la edad. Pequeñas vanidades insatisfechas. Al parecer, se trataba de una predisposición especial. La destrucción del hermano por el hermano fue un acto tan metódico, tan consecuente y refinado que creo que también en esto hicimos una obra maestra. Si consideramos que nuestra agresividad e intolerancia recíprocas sólo eran el fruto de un instinto primario, renacido accidentalmente, la situación no habría sido para nada alarmante. Unas pequeñas fieras. Nada nuevo. Violencia infantil. Pero nuestro pensamiento era más hondo. Misteriosos y persuasivos, nos empujábamos recíprocamente al barranco. Preocupados hasta olvidarnos de nosotros mismos, cada uno se emperraba en no ver las intenciones más evidentes de los otros dos. Aceptábamos con credulidad cualquier sugerencia; al fin y al cabo éramos hermanos. El Pequeño y yo hinchamos de dulces y galletas al Mediano sabiendo que le gustaban, hasta hacer de él un morcón de uno veinte. Como pago, él nos enseñó a caminar sobre el alambre pero eso a él mismo le resultaba cada vez más difícil. Yo le enseñaba a pintar. Aquello más parecían brochazos que otra cosa, pero como yo encomiaba sus progresos se mostraba de lo más perseverante. El Pequeño nos enseñaba a escribir sonetos. Alucinante. ¡Daban ganas de agarrarlo del cuello al oír cómo le decía al Mediano que iba a ser un poeta genial! ¡El Mediano genial! El muy puerco trataba de convencerme a mí de lo mismo. ¡Tres Shakespeares! Nos burlamos uno de otro, poniendo en ello todo nuestro ingenio, vaya. Y más aún. Porque, en cierta ocasión, jugando a policías y ladrones, los otros dos en un interrogatorio me pillaron la mano con una puerta y me fracturaron varias falanges. Un par de bestias. Creo que no exageré al empujar al Mediano varias veces del alambre. Había que zurrarle un poco la badana.

En lo tocante a mi ceguera, ésta viene, con toda seguridad, de las gotas de belladona que, jugando a los médicos, los dos me echaron decenas de veces en los ojos. ¡Decían que se me dilatarían tanto las niñas que alcanzaría a distinguir colores que ningún mortal jamás había podido percibir! De modo y manera que nos destrozamos nosotros solos. Y bien que nos esforzamos. Sin embargo, algunas veces, sí demostrábamos tener una solidaridad total. Cada uno hacía lo imposible para que el juego del conjuto saliera perfecto. Realmente, tampoco era tan difícil. Éramos unos gemelos tan parecidos que durante muchos años ningún conocido lograba identificarnos con precisión. Ni a nuestros padres les resultaba muy fácil. Al contrario, lo hacían con gran dificultad. Y no quedaban muy convencidos. Para más seguridad, a uno lo ponían a recitar versos, a otro a andar por el alambre y al último a pintar. Pero el acróbata se caía al dar el primer paso, yo pintarrajeaba al buen tuntún un cartón y el Pequeño balbuceaba palabras sin ningún sentido. Nos hacían rodar por “talleres” hasta que llegaban a un reconocimiento más o menos aproximado. Nada seguro porque, cuando ya no había escapatoria, nos peleábamos y nos mezclábamos de tal forma que ni nosotros mismos podíamos reconocernos de verdad. Eso parecía el fin del mundo y mi padre, exasperado, nos amenazaba sin parar con marcarnos con un hierro candente.

Más o menos así transcurrieron las cosas hasta los ocho años, cuando el Mediano comenzó a ponerse como una bola y la cercanía de mi ceguera ya era un hecho evidente. Está claro que mis padres no tuvieron una vida fácil. Pues no es nada fácil criar a unos niños Mozart. A mí me parece que más bien hemos sido unos niños Salieri. Tres monstruos pequeños y guapos. Tres rubicundas caras impresas en cajas de leche, en envolturas de chocolate y en los anuncios de balones. En carteles. En sudaderas. En las libretas de los escolares. Pintadas en las paredes. Aquello hizo furor. Vestidos igual, peinados igual y sonriendo igual, intentábamos identificarnos pero era imposible. Ya que siempre nos fotografiaban por separado y sólo en el laboratorio se realizaba la composición final. En vano contemplábamos horas y horas con los ojos de par en par nuestra propia cara; nunca estábamos seguros. Se conoce que era el pago a nuestro celo por inducir al error a nuestros padres.

Finalmente, pasó lo que tenía que pasar. Desprovistos ya de facultades, el futuro parecía sellado. Si es que aún existía algún futuro. Sólo que nuestro padre, que se las pintaba como nadie para manejar cualquier situación por desfavorable que fuese, no se dio por vencido. Observando que nos chiflaba la música, mi padre (fader, père, babacu, barosanu; siempre estábamos haciéndole rabiar) pensó en comprarnos tres pianos. De modo que un buen día nos encontramos en casa con tres dinosaurios y tres domadores. Profesores. No nos convenía mucho, precisamente se vislumbraba un periodo de calma, mas mi padre erre que erre. ¡Cualquier inclinación apropiada había que cultivarla! Pero esta vez las cosas fueron diferentes. ¡Nosotros carecíamos de oído musical! Cierto es que la música nos producía un efecto fascinante, paralizante, más bien, porque frente a las teclas nos quedábamos asustados y agarrotados, como momias. ¡Qué se le va a hacer! Bebíamos los vientos por la música como otros lo hacen por las películas de miedo. Mucho temblar, llorar y gritar pero bien que van a verlas. Oíamos y no entendíamos nada; nuestro comportamiento era puramente orgánico. Ni el menor oído. Nada espiritual. Pero nuestro temperamento voluntarioso y el látigo invisible de mi padre (padre padrone) nos ejercitaron en un trabajo casi inhumano. Practicábamos durante diez horas al día. A veces también por la noche. Labor omnia vincit! Seguro que Virgilio se refería a la disponibilidad del hombre corriente y moliente. Dile algo así al hombre de la calle y, en su estúpida probidad, se lo tomará en serio. Trabajará como un buey. Sin importar para quién. ¡El culto liberador del trabajo! O como transformar al mono en hombre. ¡Para morirse de risa! Nosotros no trabajábamos. ÉRAMOS NOSOTROS. ¡LOS SALVAJES, LOS HIDROCÉFALOS, LOS GENIOS, LOS INCAPACES! Pero dejemos esto. Lo importante es que en materia de música no hacíamos ningún progreso. Por este motivo tuvimos en menos de un año siete equipos de profesores. Los métodos Hanon y Czerny (transcribo de manera aproximada) no nos sirvieron para nada. Los varazos en los dedos tampoco. Uno de los maestros, que conocía muy bien nuestra historia de niños Mozart, le dijo a mi padre que jamás habíamos sido nada de eso, sino únicamente unos sabios idiotas. ¡Que nos llevara al psiquiatra! ¡Sabios idiotas! Eso me gustó. Acudí al diccionario y me di cuenta de que el tipo se había confundido. El término definía a quienes sentían una inclinación mecánica por determinada actividad y eran incapaces de realizar nada en ninguna otra. Pues bien, nosotros demostramos ser excepcionales al menos en dos. La pintura, la acrobacia y la poesía por una parte, y el arte de la destrucción del prójimo por otra. Y ahora en la memorialística. Una editorial privada quería difundir entre los lectores detalles de nuestras vidas ejemplares. ¡Para troncharse! ¡En serio! ¡Casi reventamos de risa! ¡La gloria literaria! El Pequeño ya la había saboreado. Ahora ya no le salía ni un verso. En prosa se defendía. Un día me leyó algo, no sé qué mosca le picaría. También se las apaña el Mediano. Cuando escribe balbucea pasajes enteros. Tiene un estilo árido. A él siempre le ha faltado algo. Un hombre en sus cabales no hace equilibrios sobre un hilo de telaraña. Sus memorias serán de pocas palabras. Es más que seguro que se publicarán en una edición de bolsillo. Liliputiense. Microscópica. Es capaz de echar todo el veneno en una sola cuartilla; en un cuarto o en una millonésima de hoja. Para dar un aguijonazo le basta un punto.

… De manera que tocábamos el piano. Como si disparásemos un revolver. Andante furioso. ¡La música estaba en los umbrales de una revolución! Mi fader miraba al techo y nosotros seguíamos con nuestra guerra. Hacía mucho que no obedecíamos a los profesores. Estábamos hasta la coronilla. Nos desafinábamos unos a otros los instrumentos, nos escondíamos las partituras, elogiábamos de forma mendaz los fallos del otro, nos tirábamos la tapadera del piano sobre las manos, etc. Una tarde, el Pequeño me abrió la cabeza con un diapasón. Yo le di con el metrónomo en toda la cara. El Mediano juró que si seguíamos jorobándolo nos estrangularía con sus propias manos. Y era muy capaz el gordinflón, ¡había pasado de los cien kilos! Una mala bestia que tenía que acabar mal.

…Finalmente, se vendieron los pianos y en casa volvió a reinar la tranquilidad. Pero sólo por poco tiempo porque el maldito de mi fader se enteró del asunto de las memorias. Un momio inesperado. Nos compró tres máquinas de escribir (a mí una para ciegos) y nos dejó en manos de unas brujas, grandes mecanógrafas. Con el piano no funcionó pero ahora lo cogimos todo con inusitada rapidez. ¡Había que escapar como fuese de aquellas viejas regañonas! Desde entonces estamos escribiendo. Las tres máquinas infernales funcionan a la perfección. Disparan tiro a tiro, ametrallan, toda la casa es un campo de batalla. Estamos en nuestras habitaciones como en un cuartel y dándole a las teclas. Todo son tiros cruzados. Nuestro odio ya no conoce límites y tenemos la más destructora de las municiones: la palabra. Será una matanza. Ellos creen que yo soy el más débil. Por el contrario, yo pienso que soy el más fuerte. La ceguera me ha aguzado los sentidos de forma increíble. No veo nada pero lo oigo casi todo. Capto aromas nuevos y percibo imágenes con la yema de los dedos. Distingo los metales por el gusto y noto cuándo un gato va andando por encima de una valla. Olfateo la lluvia que aún no ha caído y sé diferenciar la corriente de aire que provoca el vuelo de una mariposa de la que producen las hojas al caer. Distingo las señales más confusas. En compensación, la naturaleza me ha dado una capacidad sensorial especial. Me estoy volviendo un hombre cada vez más peligroso. Solamente me falta leer el pensamiento. En cualquier caso, sé mucho de la maldad de mis hermanos. Hay algo en lo que somos iguales: que nos odiamos a muerte. No como fieras, según he creído hasta ahora. Como hombres. Nuestra incompatibilidad no es sino una reacción exacerbada ante el éxito. Es difícil soportar hasta el infinito las cualidades ajenas. Más aún que la certeza de un fin próximo. Seguro. He oído al Pequeño extrañarse de lo viejos que parecemos. Diríase que tenemos cincuenta años. Más, en opinión del Mediano. Se nos han empezado a mover los dientes y nos atormenta un rebelde estreñimiento. Nos hemos quedado calvos y de nuestro aspecto sólo se habla muy quedo. El acróbata blasfema como un carretero.

Está tan gordo que para ahorrar fuerzas tendrá que usar una silla de ruedas. El Pequeño se pasa el día pronunciando palabras ininteligibles explicando, a intervalos, que se trata de contraversos. Poesías al revés. Ínfulas de bardo desengañado. He anotado miles de expresiones: no hay nada inteligible. Ni a lo largo ni a lo ancho ni desde el final, se lea como se lea. Por regla general, sólo consonantes. Se puede uno asfixiar. Para parecer más interesante lleva un diario secreto. Se guarda las llaves en el cinto. También el Mediano lleva otro. Un sistema seguro para aterrorizar a los de alrededor. Cualquiera sabe el retrato que les van a pintar allí. Por mi parte, mecanografío en braille páginas que no se van a incluir en las memorias. Los trapos sucios los guardaremos en la familia. No por amor a los blasones, bastante los hemos empañado, sino por credibilidad pues los lectores creerían que hemos inventado capítulos enteros. Nuestra condición de gemelos presupone una armonía especial. Un modelo de entendimiento y flexibilidad. El lector tiene su propio filtro de valoración. Un umbral psicológico. Una moralidad a la que tiene un gran apego, por más que la pisotee cuando le convenga. Sin embargo, nadie será lo bastante abyecto para comprender la enemistad que hay entre nosotros. Diríase que no hay para nosotros nada sagrado. Pero no es así. Algunas veces, escondiéndonos el uno del otro, nos vamos de putas al barrio norte. Tres viejos libidinosos con ganas de libertinaje. Nada de los niños Mozart de antaño. Por fin podemos gozar de unas horas de tranquilidad. No es poca cosa entregarse a los placeres de una cortesana. Pagamos por ello. Los maridos como Dios manda también pagan a sus mujeres, de otra forma, desde luego. Nosotros compramos donde podemos. Lo importante es que nunca nos rechazan. Nos olvidamos del odio y del miedo. ¡Nadie nos ha ofrecido nunca más! Esas mujeres desnortadas son nuestro norte. Hemos perdido la razón. Por fin Dios se ha vuelto hacia nosotros: moriremos locos.

EL CALÍGRAFO, Alexandru Ecovoiu

1Claudio Gil

Mi pluma traza sobre el papel una letra tras otra con la seguridad de un arquero. Es más, la mano que sostiene una pluma es menester que sea más diestra que la del guerrero. Porque el arquero, cuando marra, deja a un hombre con vida, lo que no es poco, si consideramos que a un enemigo, en principio, hay que neutralizarlo, herirlo como mucho, pero nunca matarlo. Puede que no esté bien lo que estoy diciendo pero teniendo en cuenta las innumerables guerras habidas entre la ciudad donde nací y la vecina, así es como considero más justo que sucedan las cosas.

Así pues, mi oficio no es nada fácil, como podría parecer, sino todo lo contrario. Y eso porque no hay nada que penda más pesadamente sobre el mundo que la palabra escrita. Copio para la cancillería de la ciudad todo tipo de documentos y no se me permite el menor error porque los papeles que yo compongo sostienen y consolidan un modo de vida que los de aquí vienen respetando desde hace siglos. También copio novelas de caballerías, libros populares, cuentos y toda clase de escritos sagrados y tampoco aquí se me perdona un fallo porque a nadie se le permite meter baza en obras de creación ajena. Únicamente mi libro (en realidad, estas pocas líneas) sufrirá mientras viva un continuo cambio. Jamás lo consideraré concluso. La primera redacción, ésta de ahora, tendré que revisarla docenas o centenares de veces, buscando un ideal de perfección. Quizá tampoco llegue a ser un libro sino tan sólo un breve cuento. Estoy tratando de escribir algo sobre mí, aunque los acontecimientos que valga la pena de exponer sean pocos. He rebasado los cuarenta años, ahora es el momento idóneo para ello. Más tarde, la mano me temblará y mi mente empezará a llenarse de telarañas. ¿Hay acaso algo más importante en el mundo que la propia vida de uno? Nada más personal pero casi siempre en beneficio de otros. Vivimos sólo lo que nos dejan. O lo que logramos esconder.

Si bien lo pienso, creo que sobre mi juventud no hay gran cosa que decir. Pero voy a intentarlo. Me parece que va a ser una experiencia interesante comparable, tal vez, solamente a la de un pintor que, para plasmar una imagen, tuviese que utilizar nada más que el color blanco. Seguramente tampoco en los años de madurez habré vivido acontecimientos fuera de lo común, sólo mi vida interior ha sido más profunda. Aún quedaría la niñez. Desde pequeño estaba destinado a la escritura. Mi padre también había sido calígrafo, igual que mi abuelo materno. Casi podría decirse que habría sido antinatural que me hubiesen preparado para otro menester. Mis primeros recuerdos están ligados a unas letras de madera tan grandes como una pieza normal de ajedrez. Las habían tallado especialmente para mí con la intención de que me familiarizase con ellas, de la misma forma que a otros se les acostumbra desde tierna edad a andar por un alambre o a hacer juegos malabares con bolas. Ya desde entonces se me unció al carro de la escritura y de la lectura por más que pudiese yo haber deseado conocer otras cosas. Aprendí a afilarme yo solo las plumas, plumas de todas clases, formas y tamaños, para todo tipo de letras y, algo más tarde, a preparar las tintas e incluso los pergaminos. No me resultó fácil aprender todas estas cosas; tenía siempre los dedos cárdenos de los varazos que me daban mi padre y, mientras vivió, mi abuelo, ambos deseosos de hacer de mí un calígrafo muy superior a lo que en sus tiempos habían sido ellos. Tuve maestros severos, carácter que me imprimieron también a mí. Sólo tratando las cosas con la máxima seriedad se logra obtener una nueva cualidad y una posición dominante en determinado terreno. Soy el mejor calígrafo de la ciudad, prueba certera de tal afirmación es el hecho de que los tratados de paz con la vecina (me refiero a los siete que se han concertado en los últimos veinticinco años) los he redactado yo. Tales documentos se componen de cinco ejemplares cada uno para cada ciudad y de tres para cada ciudad testigo. Las siete guerras solamente me han dejado unos pocos recuerdos y que, en su totalidad, se resumen en uno solo: el verme recluido en una celda al abrigo del fragor de la contienda, donde no veía ni oía nada, como si estuviese en otro mundo. Me tenían en semejante lugar no fueran a matarme por error. Sólo por error. Porque, según se había convenido, en las refriegas entre las dos ciudades había varias normas que todos respetaban y una de ellas se refería al Calígrafo oficial, siempre vestido de blanco para que pudiese ser visto desde la lejanía y quedase así protegido. De tal suerte, si lo herían, su atavío blanco e inmaculado haría que se divisara inmediatamente la menor huella de sangre y la obligación de los combatientes sería prestarle al instante todo tipo de cuidados. Desde hace un cuarto de siglo llevo los ropajes blancos de la inmunidad. Yo soy la garantía de que, con independencia del ganador, al final, entre las dos partes se confeccione un documento hermoso y justo al que todos mirarán con admiración y respeto. Soy entre los pocos ilustrados con que cuentan las ciudades rivales pues tradicionalmente los otros hombres se destinan sobre todo a manejar la espada y el escudo y para nada la pluma.

Mi trabajo siempre ha sido escasamente recompensado pues la ciudad es pobre. La tierra circundante es rojiza y arcillosa, una llanura poco productiva. En el horizonte, mirando hacia el norte, si se tiene buena vista se divisa la otra ciudad, igual de pobre pero también igual de orgullosa. Al final, una de las dos ciudades desaparecerá por agotamiento. Sin embargo, no hay que excluir que, debido a las cada vez más frecuentes guerras, las otras tres ciudades más grandes y poderosas, hartas de tanta batahola, traten de instaurar una paz definitiva en la zona. O sea, destruir nuestras ciudades. Y digo “nuestras ciudades” porque sus moradores, casi todos, están emparentados ya que la separación de las dos ramas del núcleo primitivo se produjo hace unos pocos siglos. De suerte que estamos unos de otros mucho más separados de lo que Caín de Abel por más que la distancia que va de un recinto amurallado al otro no requiera más que una corta carrera de caballo. ¡Y el caso es que nos queremos! Las refriegas entre nosotros no tienen nada de reivindicativo. Ni de odios, como podría creerse. Las contiendas entre ambas ciudades tienen algo de ritual, todo parte del deseo de las partes de descollar por sus hombres valientes y leales. Para no perder tan raras virtudes, los gobernantes de los dos bastiones siempre hallan causa de conflicto. La prueba de que sólo es ese el fin de las disputas reside en que el vencedor jamás percibe nada por daños de guerra.

Cuando conciertan la paz, las partes, sin estrecharse las manos, como sería lo pertinente, se limitan a mirar el pergamino con tanto embeleso que dan ganas de decir que ése ha sido el único objeto de su encarnizada disputa. Ambas bien saben que no mucho después, cuando observen que sus hombres comienzan a entregarse a la holganza o a menesteres demasiado mundanos y dañinos por su ejemplo para la generación más joven, los gobernantes volverán a dar señal de prepararse para la lucha. Es decir, que empezará una nueva guerra. Y la historia se repetirá. Los muertos se enterrarán en la llanura, durante la noche, a escondidas, para que nadie sepa de verdad cuáles han sido las pérdidas del contrario. Todo volverá a concluir con un seudotratado de paz (ni tan siquiera un armisticio) más parecido a un pobre certificado incompleto. Pero que tampoco aportará gran cosa porque, si bien lo pienso, no garantizará nada. Será, como siempre, un acto repetitivo de constatación de que

• Nadie ha utilizado armas prohibidas.
• Nadie ha habido muerto ni herido.
• Las partes no se han valido de guerreros extranjeros.
• No se han hecho prisioneros.

Y sólo al final se hará una equívoca referencia a la paz.
Así reza en los siete tratados anteriores caligrafiados por mí y que nunca se han leído con la atención que el momento requiere sino que los han agitado ante la multitud que aclamaba presa del delirio, ansiosa del espectáculo y, luego, de sosiego. Solamente las mujeres de nuestras ciudades no ven con buenos ojos estas guerras. Quizá en lo venidero, teniendo en cuenta que muchos hombres perecen en la lucha, ellas lleguen a formar la población mayoritaria y consigan imponer su ley. Y eso si no se contagian también de la manera tan marcial como, durante tanto tiempo, se ha querido conservar unas virtudes cada vez más raras. (Ya algunas jóvenes han exigido tomar parte en la guerra al frente de la caballería para demostrar, con su destreza en el manejo de la espada y el arco, que no están en absoluto por debajo de los hombres adultos.)

Pero, como puede verse, estoy hablando demasiado de la vida de los demás, y lo cierto es que no sé demasiado. Nos separan las inquietudes. Durante los periodos de paz, me paso todo el santo día, y a veces también la noche, encorvado sobre el papel y sólo muy de cuando en cuando encuentro tiempo para mirar con más atención lo que me rodea. Y de lo que pase en los días de guerra, me entero únicamente por lo que oigo.

Escribo, escribo y requeteescribo. La ciudad está sumida en la calma. Una calma aparente, tras la que cada cual vive la vida a su modo. Trabajando, cultivando la tierra fuera de las murallas, haciendo algún negozuelo, amando, sufriendo, divirtiéndose y preparando la futura guerra. Mi casa, construida por el erario público, está aislada, junto a la muralla para que no me distraiga de mis quehaceres nada de lo que me rodea, peleas, comilonas, juegos o, a lo mejor, mujeres. Especialmente las mujeres, si caen en la cuenta de que la mía, mucho mayor que yo, murió hace casi seis años. Alguien cuando yo era joven, casi un niño, llegó a proponer que me castraran para que la seguridad fuese completa pero mi padre se opuso rotundamente, alegando como argumento decisivo que yo, a mi vez, podría tener un hijo que se me pareciera y siguiera mis pasos, y así la ciudad tendría, a su debido tiempo, otro calígrafo ducho. Conque me casaron con la viuda de un mílite, pero ninguno de los cuatro hijos que tuvimos ha heredado mis aptitudes para la escritura. Uno es arquero, otro alfarero, el tercero tiene una hermosa voz para el canto y el último es un corredor muy veloz. Además, ya son mayores y no hay que descartar el que dentro de poco alguno de sus vástagos tengan el don del que ellos no han gozado. O, como a veces me digo para consolarme, mejor que no lo hayan tenido. Porque yo no he conocido otra cosa. Me he pasado la vida copiando libros de héroes y vidas de santos, de caballeros andantes y yerbas medicinales, de la marcha de los planetas y de sueños, de emperadores y mártires, de todo lo que me han pedido. La pasión con la que he caligrafiado los miles, las decenas de miles de páginas ha sido enormemente insólita. Diariamente, antes de ponerme a escribir, hacía (y hago) una gimnasia especial, en realidad unos ejercicios orientales conteniendo la respiración, elemento muy importante para alcanzar la perfección en la escritura. Hay letras que se escriben con la respiración contenida para evitar que la mano tiemble, por poco que sea. Así pues, según puede comprobarse, los pulmones desempeñan un papel en modo alguno desdeñable en este arte. Luego, varias veces al día, para ejercitar los dedos y para desentumecerlos tras muchas horas escribiendo, toco el arpa a mi estilo. Es un ejercicio extraordinariamente apropiado para calmar mi mente y mi espíritu. Cuando copio un texto sólo pienso en las letras, evitando que el contenido de lo que escribo me afecte. Mi atención distributiva funciona sin interrupción y con seguridad, lo que me cuesta un supremo acto de voluntad que me he impuesto y vengo observando desde mis años mozos. A fuerza de perseverancia, he conseguido distanciarme completamente de todo cuanto ocurre a mi alrededor; nada hay que pueda perturbarme cuando trabajo y, con el tiempo, diseñaré letras de una perfección rayana con lo absoluto, mi anhelo de siempre. ¡Caligrafiar como nadie haya logrado hacerlo nunca! O sea, primeramente encontrar las formas realmente óptimas para todos los signos gráficos que se utilizan en nuestra escritura, detalle del que hasta ahora, que yo sepa, no se ha ocupado nadie.

He de encontrar la combinación ideal entre la geometría y la estética, entre el dibujo sonoro, que es la mismísima letra, y el color. Pues he observado que una letra produce un efecto distinto sobre el lector si está escrita con un color determinado. De forma que, letra tras letra y color tras color, la palabra resultante se vuelve más sugestiva y la comunicación es más completa. El ojo es nuestra puerta al mundo; los otros sentidos sólo son fisuras a cuyo través percibimos difusas informaciones del exterior. Si lo logro, el ojo percibirá la palabra-arte, la palabra total, la palabra que hablará de otra manera. Y en las tintas que utilizo, echaré unas gotas de raros perfumes que traen los mercaderes desde el Levante, eternamente aromáticos. Los libros exhalarán aromas inconfundibles que incluso provocarán sensaciones de gusto. Esas palabras-frescos embelesarán la mirada pero leídas en voz alta, según un código concreto en función de la alternancia de colores, adquirirán sonoridades sorprendentes. Un ciego de nacimiento, si las oyera pronunciar cerca de una ventana, podría incluso palparlas tocando con el dedo el cristal, que tendría una leve vibración. Ese hombre tendría una nueva comprensión de las cosas, sería un hombre más completo.

Ahora espero que estas páginas caligrafiadas fuera de todos los cánones gráficos sean comprendidas, siquiera como intención, pues su esencia sólo puede ser captada realmente por un iniciado. Todo esto se puede tomar como inquietudes de maniático, apreciación en cierto modo justificada, teniendo en cuenta que yo soy, a un tiempo, el creador, exégeta y, no menos, el apologeta de este insólito sistema de dibujar la letra, la palabra y la frase. Pero si fracaso, quedará la escritura, la relación de mi vida en blanco y negro, sin colores, sin adornos, sin florituras, con garabatos si se quiere. Porque, tal y como ha sido y es, así es como debería trazarla sobre el papel. Pero estoy orgulloso: en lugar del papel corriente estoy utilizando el pergamino, la piel de varios terneros y eso solo para presentar una historia que dista mucho de ser interesante, una especie de relación de la nada. Y es que, de ahora en adelante, ¿qué más cosas podrían acaecer? Incluso esta guerra entre las dos ciudades que siento venir no traerá nada nuevo. Otra vez me recluirán en la celda, me pondré a caligrafiar, moriré y resucitaré, como en tantas ocasiones, esperaré. Sin embargo, en mi fuero interno, no excluyo cambios pero solo después de la confrontación. En el espacio que me reservarán no caben acontecimientos, todo está desde siempre petrificado. Cuando me canse de escribir pensaré en el tiempo que ha de venir. Solo en el que ha de venir. Pues el pasado está muerto y el presente demuestra ser algo ínfimo, casi imposible de aprehender con nuestros imperfectos sentidos. Una amalgama de tiempos, eso es, al fin y a la poste, la vida de un hombre. Como también mi forzada reclusión, que puede durar años. O unas semanas sólo, lo que haya durado la última matanza. Pero hasta entonces todavía soy libre para circular por la ciudad, hasta para salir fuera de las murallas si es que quiero; puedo conversar de lo que quiera y con quien quiera. Ni que decir tiene que si mis actos no ponen en peligro, de alguna manera, el estado de la colectividad. Ya me conozco todos los recorridos, los diálogos que aún no han tenido lugar, el alboroto producido por la campana que anuncia el cierre de las puertas y el alzamiento del puente; sé cómo arderán las hogueras y cómo se darán la alerta cada hora los centinelas, cómo ladrarán los perros y se apagarán los candiles. Lo sé porque todo se repite, nada ha cambiado aquí.

Las gentes corrientes me respetan pero hacen todo lo posible por evitarme. Seguramente los incomodo. Los capitostes de la ciudad no me respetan sino que me buscan y tratan de mostrarse amables. Su desvelo por resguardarme de los peligros es inamovible. Siete guerras he pasado en la celda ciega y sorda. Ni una ventana por donde puedan penetrar peligros o noticias. Todo es silencio, incluso los centinelas. Como es tradicional, para el calígrafo están mudos. Para no enloquecer de soledad me tienen preparados libros raros y, al menos para un año, todo lo necesario para escribir. Necesitan un calígrafo con todas sus facultades mentales y sano. Me alimentan mejor que a los soldados, casi me ceban, y por las noches me sacan a tomar el aire por la terraza. Hago gimnasia, corro, levanto decenas de veces unas pesas traídas expresamente para mí, miro las estrellas… El sitio está marcado con una oriflama blanca, señal de que allí se halla el que, en algún momento, escribirá los signos mágicos de la reconciliación. Hasta entonces, hasta que ese acto se realice, mi existencia se parecerá más a un ejercicio de supervivencia. Aunque no estoy sometido a ninguna amenaza directa (ningún soldado enemigo va a intentar matar al Calígrafo), el peligro existe y viene, según puede observarse, no de fuera sino de dentro. La preocupación que tienen por mí, ¡ese es el gran peligro! No hay forma de sustraerse a ella; ningún calígrafo lo ha conseguido jamás. Así que tendré que prepararme. Las cosas que me llevaré conmigo son pocas. Si me falta algo, inmediatamente me lo darán siempre que lo que pida entre dentro de lo razonable. Es la regla. De modo que los preparativos propiamente dichos no significan ninguna incógnita. Pero aún queda el pensamiento porque la idea de estar durante un periodo determinado enclaustrado, casi muerto, sin saber a ciencia cierta lo que acontece a sólo unos pocos pasos, no es muy llevadera. Soy un sujeto tranquilo y disciplinado pero creo que estas cualidades, en ciertas situaciones, me han sido de menos utilidad que el don y mi pasión, cada vez más ardiente, por el arte de la caligrafía. Como puede suponerse, en la celda no es muy difícil volverse loco, sobre todo después de un largo tiempo de reclusión. El calígrafo que precedió a mi abuelo nunca recuperó la razón y la misma suerte corrieron otros dos en los últimos cien años. He llevado la cuenta: los que ejercieron su labor a lo largo del citado siglo han sido, exceptuándome a mí, seis en total. El porcentaje de los que han tenido un fin trágico es alarmante. De ahí el que la edad hasta la que se puede ser Primer Calígrafo de la ciudad no pueda superar los cuarenta y cinco años. La única excepción se hace cuando el de marras cumple la edad del retiro en plena guerra y no presenta ningún problema de salud.

Dentro de unos meses voy a cumplir cuarenta y cuatro años y me parece que esta va a ser la última disputa armada que va a terminar con un tratado de paz caligrafiado por mí. Precisamente por eso, compondré un documento perfecto, único, como nunca se ha concluido entre las dos ciudades (aunque, en general, su contenido es siempre el mismo). Una obra de arte en la materia. La historia de mi vida (en realidad, estas líneas) representará algo completamente diferente, será más que nada una experiencia. Todavía estoy estudiando la posibilidad de unas mejoras respecto del nuevo sistema de escritura y eso llevará mucho tiempo. El número de colores básicos es pequeño, insuficiente para determinar todas las letras del alfabeto, conque tendré que valerme mucho de los matices. Sin embargo, pueden surgir confusiones. Cada color fundamental comprende, al menos, diez matices y eso puede desconcertar al lector poco experimentado y transformarlo en un intérprete inseguro y subjetivo. Se obtendría un efecto contrario. No es muy fácil de separar un verde toscano de uno etrusco o de un verde esmeralda, o un amarillo de Parma de otro imperial. Tampoco el azul tuareg es muy fácil de distinguir de un azul cascada. Será menester encontrar discípulos. Siquiera sean dos o tres. La iniciación se extenderá, con toda seguridad, a lo largo de muchos años. En el fondo, se trata de un arte. Geometría, color, sonoridades cercanas al campo de la música.

En este último tiempo, estoy copiando para los caballeros un libro sobre un paladín. Comencé a caligrafiarlo hace dos meses, cuando todavía reinaba la paz. Mañana se cumplirán cincuenta días de guerra. Me parece estar metido en la celda desde que me conozco; parece que no hubiese salido jamás afuera. Lo que ha habido antes ya está envuelto en sombras, borrado casi. Yo soy el mundo; yo lo soy todo. El espacio y el tiempo. El cielo y la tierra, el principio y el fin, el Todopoderoso. Porque ya no existe ningún bien material que desee. Desde ahora ofrezco. Seré el Salvador.

…Las primeras letras, los primeros signos después de más de tres semanas. Escritas con la mano izquierda. Soy ambidextro, cosa que ya observaron mi padre y mi abuelo desde que era un renacuajo y luego se preocuparon de cultivármela en secreto. Cualidad o anomalía, era un don de la naturaleza que no se podía desdeñar. Pero tampoco podía divulgarse a los cuatro vientos. «Es bueno que conserves siempre oculto algo que no sepan los demás. De lo contrario, te lo quitarán todo», me aconsejó mi padre en los días en que comenzaba a trazar mis primeras letras.

Primero por miedo y luego por convicción, he guardado a mi vez el secreto, lo que me ha reportado gran utilidad. Durante el día escribía sólo con la derecha: mucha gente me veía. En mi celda, por las noches, hasta que me caía de sueño, con la izquierda. Siempre tenía una mano descansada. Y luego venían las reclusiones. Sentado bajo el candil encendido día y noche, podía usar sin ningún embarazo ambas manos. Creo que a veces era hasta feliz. Pero todo ha pasado. Ya no soy ambidextro. Hace un mes que me cortaron la mano derecha. Y es que, conforme a las leyes de la ciudad, no le había dado el uso conveniente al haberse mostrado instrumento de la mentira y la traición. Más exactamente, el documento de paz que caligrafié tras la última guerra, que duró sólo ochenta y cuatro días, contiene una coma de más, hecho que desnaturaliza completamente su finalidad tradicional. Un código que regula el procedimiento de la conclusión de la paz, adoptado hace unos cincuenta años por las dos partes, prohibía cualquier modificación en un tratado de paz aceptado y firmado. No se puede añadir ni anular ninguna palabra, letra ni signo de puntuación. Todo debe pensarse de antemano. Hay un Consejo de Caballeros y otro de Ancianos, organismos que representan a ambos combatientes; las diferencias en la estructura de nuestras dos ciudades son mínimas. Los ancianos son, su vez, antiguos caballeros, conque, en realidad, todos los que establecen el texto del documento citado son guerreros, en ningún caso expertos de la Cancillería. Además, en cada tratado es el Calígrafo el que da lustre y armoniza la redacción. Excepto el final, siempre el mismo, un breve hosanna. Todo el mundo se lo sabe de memoria.

Esta paz será como la Vida eterna, un regalo del Altísimo, amén. Y seguían las firmas.

Jugando con esta archiconocida frase que, en realidad, nadie leía, cometí lo que sólo la falta de atrevimiento me había impedido realizar durante años: intercalar otra coma. Los cinco ejemplares del tratado se firmaron y se mostraron a la multitud impaciente. El entusiasmo general, como siempre, fue desbordante. Tenían paz pero ya tenían la mente puesta en la próxima guerra. Seguidamente, tras el ritual acostumbrado, en medio del silencio más profundo, trajéronse los sellos. Cada ejemplar del tratado se metió cuidadosamente enrollado en un tubo de piel de color carmesí. Sólo faltaba poner el sello de las dos ciudades: un casco y una lanza, por una parte, y un escudo y una espada por la otra. El momento largamente esperado había llegado y grité:

-¡Dadme un pergamino para que os lea sólo unas líneas! ¡Os he engañado! ¡Esta ha sido vuestra última guerra! ¡El documento, dadme el documento y lo veréis!

Seguramente creyeron que me había vuelto loco. Bien sabían que las reclusiones causaban estragos en los calígrafos. Le quité el tubo de la mano a un caballero y, desenrollando el pergamino, leí en voz alta el final. Al principio no entendieron, por más que había utilizado una entonación que subrayaba con absoluta claridad el significado del texto. Es cierto que los reunidos eran más hombres de armas para los que la pronunciación de las palabras de una manera o de otra no tenía gran importancia, pero tampoco los caballeros, más instruidos en las letras, captaron la diferencia. Creo que debido a mi sorprendente intervención no lo observaron, de suerte que volví a leerlo poniendo más énfasis en la coma de marras. Luego me hicieron repetir para mayor claridad. Y vaya si se aclararon: los había engañado. Ésta fue la conclusión general: Una paz como la Vida/, /eterna,… era contraria a su ideal de buenos ciudadanos y guerreros a la vez. Necesitaban pelearse para mantener inalteradas sus virtudes y yo les había impuesto una paz infinita. Así resultaba del pergamino y el tratado, conforme a los viejos usos, ya no podía ser modificado por nadie. Los había engañado, ciertamente, pero esperaba que la razón que me había movido a hacerlo justificase, siquiera en parte, mi comportamiento. No había usado un procedimiento muy honorable pero tampoco era un grave delito. Con tres años de cárcel bastaría para purgarlo, castigo no muy difícil de soportar por alguien como yo, acostumbrado al aislamiento y las privaciones. Sólo que todos los presentes, o casi todos, téngase en cuenta que entre ellos se encontraban mis cuatro hijos, pidieron entre furiosos gritos mi mano derecha. Y la tuvieron. Estaban encolerizados y habría sido un gran error no darles gusto. Una masa armada es ciega y puede arrasarlo todo. ¿Quién habría osado salir en mi defensa? Ni siquiera yo lo hice; habría perdido la cabeza.

Pero aún me quedaba algo por hacer: poner estas líneas sobre el papel. Me cortaron la mano para que ya no escribiera más. Un modo radical de prohibirme el ejercicio de mi profesión. Han logrado que sólo valga para guardar los rebaños de la ciudad. No fui castigado sino humillado, situación que he decidido cortar. Ayer, por medio de un guardián sobornado, porque sigo en la celda, pero en otra calidad, he enviado a mis hijos una carta, casi un testamento. Hoy, también escondidas, escribiré las últimas líneas de esta historia. Ahora todo está claro, concluido, valiéndome nuevamente del centinela, haré que esta historia vaya tras las huellas de la carta testamento. Tal vez algún día, Dios sabe cuándo, alguien la lea. Porque tendrá que saberse. Así es justo. Después, mañana al amanecer, enviaré una epístola al Consejo de Caballeros. De insumisión. La prueba es que aún caligrafío. Que aún Existo. Sólo les quedará cortarme la otra mano. Pero no será así. Nuestra ciudad es pobre. Todos los habitantes tienen que sostenerla, por poco que sea. Ayudarse a sí mismo, siquiera. Pues bien, un individuo sin manos se convierte en una carga, razón por la cual siempre, tras «la condena a perder la mano derecha», el que reincide es decapitado.

Del amor, Nichita Stānescu


Bill Henson

Ella permanece aburrida y muy hermosa
Enfadado su cabello negro;
Su mano brillante
Por años me ha olvidado

Ella también por años de sí misma se ha olvidado,
Colgando como está del cuello de una silla.

En las luces me ahogo
Cierro mis quijadas contra el transcurso del año
A ella le revelo mis dientes
Sin embargo, comprende que no es una sonrisa

Criatura dulce, iluminada
Se me revela mientras
Permanece aburrida y muy hermosa
Y para ella solo yo vivo
En el mundo lamentable
de este cielo inferior.

Agencia de viaje, Eugene Ionesco

Miguel Covarrubias
Miguel Covarrubias

Cliente.- Buen día, señor. Quisiera dos pasajes de ferrocarril, uno para mí, y uno para mi mujer que me acompaña en el viaje.

Empleado.- Bien, señor. Yo puedo venderle centenas y centenas de pasajes de tren. ¿Segunda clase? ¿Primera clase? ¿Camarotes? ¿Les reservo dos plazas en el vagón comedor?

Cliente.- Primera clase, sí, y en coche-cama. Es para ir a Cannes en el expreso de pasado mañana.

Empleado.- Ah… ¿Es para Cannes? Vea usted, yo puedo fácilmente darle los pasajes, tantos como usted quiera, para todas las direcciones en general. Usted solo debe precisar el destino y la fecha, ya que para el tren que usted quiere tomar, eso se vuelve muy complicado.

Cliente.- Usted me sorprende, señor. Hay muchos trenes en Francia. Los hay para Cannes. Yo ya los he tomado, ¡yo mismo!

Empleado.- Usted los ha tomado, puede ser, hace veinte años, o treinta, en su juventud. Yo no digo que no hay muchos trenes, sólo que están abarrotados, no hay más plazas libres.

Cliente.- Puedo ir la semana próxima.

Empleado.- Está todo vendido.

Cliente.-¿Será posible? ¿Y dentro de tres semanas…?

Empleado.- Está todo vendido.

Cliente.- ¡Dentro de seis semanas!

Empleado.- Está todo vendido.

Cliente.- Entonces, ¿todo el mundo no hace otra cosa más que ir a Niza?

Empleado.- No forzosamente.

Cliente.- Tanto peor. Deme entonces dos pasajes para Bayona.

Empleado.- Está todo vendido, hasta el año próximo. Ve usted, señor, que no todo el mundo va a Niza.

Cliente.- Entonces, deme dos plazas en el tren que va a Chamonix…

Empleado.- Está todo vendido hasta el 2000…

Cliente.- Para Estrasburgo…

Empleado.- Están vendidos.

Cliente.- Para Orléans, Lyon, Tolosa, Aviñón, Lila…

Empleado.- Está todo vendido, vendido, vendido, con dos años de anticipación.

Cliente.- Entonces, deme dos boletos de avión.

Empleado.- No me queda más ningún lugar para ningún avión.

Cliente.- En ese caso, ¿puedo alquilar un auto, con o sin chofer?

Empleado.- Todos los permisos para conducir están anulados, para que las rutas no sean un obstáculo.

Cliente.- Que me presten dos caballos.

Empleado.- No hay más caballos. -No quedan más caballos-.

Cliente.- (A la Mujer.) ¿Quieres que vayamos a pie, hasta Niza?

Mujer.-Sí, querido. Cuando yo esté cansada tú me llevarás en tus espaldas y viceversa.

Cliente.- (Al Empleado.) Denos, señor, dos boletos para ir caminando a Niza.

Empleado.- ¿Escucha usted ese ruido? Oh, la tierra tiembla… En medio del país un lago inmenso…, un mar interior acaba de formarse -de aparecer, de surgir-. Aproveche rápido, apúrese antes que otros pasajeros lo piensen. Yo les ofrezco un camarote de dos plazas en el primer barco que va a Niza.

Vecinos II, Elías Canetti

Emil Nolde

El Proyectista.  En su cartera el Proyectista tiene planes, convocatorias, dibujos y cifras. Los conoce a la perfección, él mismo saltó, prefabricado, de su cartera a la vida.

Nunca fue engendrado, ninguna madre lo tuvo encinta, siempre supo leer y contar.

Jamás fue un niño prodigio, porque jamás fue un niño. No envejece nunca, porque nunca fue mas joven: los años no cuentan en su sistema de planificación. Es puntual sin darse cuenta.

Jamás llega demasiado temprano, ni demasiado tarde, pero si le preguntan la hora, se da golpes de cabeza ante tanta estupidez.

No le importa hacer proyectos en vano, y cuando pide firmas para una causa buena, dispone siempre de unas cuantas que no están nada mal. Cómo las consiguió es un misterio, él calla y tiene sus métodos.

Es paciente y hace años que proyecta lo mismo. La cartera està llena y la variación, garantizada.

Nadie advierte si viene con lo mismo porque ha pasado mucho tiempo. No olvida un detalle, pues lleva todo consigo; su condición de proyectista entraña el nunca renunciar a nada.

Insiste en la persuasión; a nadie le permite firmar si no lo ha entendido cabalmente.

Aunque siempre anda buscando nombres, los quiere enteros, si tiene alguno en el bolsillo, allí deberá quedarse. Desprecia a quienes vuelan de su bolsillo, muy pocos lo consiguen.

A esos los presenta como ejemplo admonitorio y sigue haciendo proyectos.

Personalmente nunca obtiene nada, todo lo hace en balde. Da a entender que apenas necesita algo para sí y no deja que le inviten ni a un café. A veces viene a buscarlo otro Proyectista que parece su mellizo, pero tienen nombres distintos. Cuando salen juntos no se sabe cual de los dos llegó primero. Al final quizá logren remontar hasta su origen y, tras un periodo de planificación, retornen a la semilla.

La Blanquisidora.La blanquisidora es blanquísima y respira en lencerías. Sus dedos son precisos; sus ojos, angulosos. No recuerda haberse resfriado nunca, su voz es, no obstante, un poco ronca. Dice que jamás ha soñado y uno le cree.

Muchos acuden a ella en busca de orden. Es irresistible. Habla poco, pero lo que dice tiene el valor de un dogma religioso. No se ha estipulado que rece, ella es su propia iglesia.

Cuando celebra la blancura, uno se averguenza de haber vivido tanto tiempo en la inmundicia.

Todo es inmundo comparado con ella, no hay mentís que valga. Abre mucho sus ojos angulosos, los dirige serenamente hacia uno y le hace sentir un resplandor desde dentro. Es como llevar en sí mismo todos sus manteles correctamente doblados, nunca estirados, formando un blanquísimo montón, eternamente, eternamente.

Sin embargo, jamás está del todo contenta, pues hasta ella encuentra manchas en su lencería.

Hay que ver como se arrebata al descubrir un punto diminuto. Se vuelve un peligro, como una serpiente venenosa. Abre la boca y descubre sus horribles colmillos ponzoñosos.

Se yergue antes de atacar: !ay de la pobre manchita!.

Ha habido casos en que el miedo la hacìa desaparecer, y la blanquisidora se pasaba horas y horas buscándola con insistencia. Pero otras veces no desaparece. Y es como si pasara un huracán. Coge la lencería – no la coge sola, sino con otras veinte que ya estaban apiladas – y, sin perder un instante, comienza a lavar de nuevo el enorme fardo.

En momentos como ese es preferible dejarla sola, pues su frenesí no tiene lìmites.

Lava tambien todo lo que está a su alcance: mesas, sillas, camas, gente, animales.

Es como en el juicio final. Nada halla gracia ante sus angulosos ojos.

Hombres y animales son lavados hasta morir. Es como antes de la creación del mundo.

La luz es separada de las tinieblas. Ni el mismo Dios está seguro de lo que vendrá.

Silogismos de la amargura, Emil Cioran

Ansel Adams

Fuera de la dilatación del yo, fruto de la parálisis general, no existe ningún remedio contra las crisis del abatimiento, contra la asfixia de la nada, contra el horror de no ser más que un alma dentro de un salivazo.

¿Quién abusaría del sexo sin la esperanza de perder en él la razón algo más de un segundo, para el resto de sus días?

En la voluptuosidad, lo mismo que en el pánico, regresamos a nuestros orígenes; el chimpancé, injustamente relegado, alcanza por fin la gloria, mientras dura un grito.

Si Noé hubiera poseído el don de adivinar el futuro, habría sin duda naufragado.

Apenas se medita ya de pie, y menos aún andando. Fue nuestros empeños en conservar la posición vertical lo que originó la Acción; por ello, para protestar contra sus perjuicios, deberíamos imitar la postura de los cadáveres.

Para dominar a los hombres hay que practicar sus vicios y añadir a ellos alguno más. Véase el caso de los Papas: mientras fornicaban, practicaban el incesto y asesinaban, dominaban el mundo y la Iglesia era omnipotente. Desde que respetan sus preceptos, su poder se degrada: la abstinencia, lo mismo que la moderación, les ha resultado nefasta; convertidos en personas respetables, nadie les teme ya. Edificante crepúsculo de una institución.

En cuanto un animal se trastorna, comienza a parecerse al hombre. Observad un perro furioso o abúlico: parece como si esperara a su novelista o a su poeta.

Para quien haya respirado la Muerte, ¡qué desolación el olor del Verbo!

Nosotros nos parapetamos detrás de nuestro rostro: al loco le traiciona el suyo. El se ofrece, se denuncia a los demás. Habiendo perdido su máscara, muestra su angustia, se la impone al primero que llega, exhibe sus enigmas. Tanta indiscreción irrita. Es normal que se les espose y se les aísle.

La filosofía sirve de antídoto contra la tristeza. Y hay quienes creen aún en la profundidad de la filosofía.

Si apenas he obtenido ideas de la tristeza, es porque la he amado demasiado para empobrecerla ejercitándome en ella

Somos todos unos farsantes. Sobrevivimos a nuestros problemas.

Sufrimos: el mundo exterior comienza a existir…; sufrimos demasiado: desaparece. El dolor lo suscita únicamente para desenmascarar su irrealidad.

Cuanto más difuso sea el objeto de una pasión, mejor ella nos destruye; la mía fue el Hastío: sucumbí a su imprecisión.

La fe, la política o la violencia reducen la desesperación; por el contrario, todo deja intacta a la melancolía: ella sólo podría cesar con nuestra sangre.

En un mundo sin melancolía los ruiseñores se pondrían a eructar.

Gracias a la melancolía -ese alpinismo de los perezosos-, escalamos desde nuestro lecho todas las cumbres y soñamos en lo alto de todos los precipicios.

Oriente se interesó por las flores y el renunciamiento. Nosotros le oponemos las máquinas y el esfuerzo, y esta melancolía galopante -último sobresalto de Occidente.

Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera: sin la idea del suicidio, hace tiempo que me hubiera matado.

Dejad de pedirme mi programa: ¿Acaso respirar no es uno?.

Sin la esperanza de un dolor aun mayor, no podría soportar éste de ahora, aunque fuese infinito.

Refutación del suicidio: ¿No es inelegante abandonar el mundo que tan gustosamente se ha puesto al servicio de nuestra tristeza?.

Sólo se suicidan los optimistas, los optimistas que ya no logran serlo. Los demás, no teniendo ninguna razón para vivir, ¿por qué la tendrían para morir?.

¿Superará el hombre algún día el golpe mortal que le ha dado la vida?.

Creo en la salvación de la humanidad, en el porvenir del cianuro.

Mi avidez de agonías me ha hecho morir tantas veces que me parece indecente abusar aún de un cadaver del que ya nada puedo sacar.

Quien teme perder su melancolía, quien tiene miedo a superarla, con qué alivio constata que sus temores no tienen fundamento, que ella es incurable…

Cuanto más tratamos con la gente, más se oscurecen nuestros pensamientos; y cuando, para aclararlos, volvemos a nuestra soledad, encontramos en ella la sombra que ellos han proyectado.

El escepticismo que no contribuye a la ruina de la salud no es más que un ejercicio intelectual.

Cuando no hemos tenido la suerte de poseer padres alcohólicos, debemos emborracharnos toda la vida para compensar la abrumadora herencia de sus virtudes.

En este «gran dormitorio», como llama un texto taoísta al universo, la pesadilla es la única forma de lucidez.

Es increible que la perspectiva de tener un biógrafo no haya hecho desistir a nadie de tener una vida.

El pesimista debe inventarse cada día nuevas razones de existir: es una víctima del «sentido» de la vida.

El anti-profeta

Yasuyoshi Chiba

En todo hombre dormita un profeta, y cuando se despierta hay un poco más de mal en el mundo… La locura de predicar está tan anclada en nosotros que emerge de profundidades desconocidas al instinto de conservación. Cada uno espera su momento para proponer algo: no importa el qué. Tiene una voz: eso basta. Pagamos caro no ser sordos ni mudos…De los desharrapados a los snobs, todos gastan su generosidad criminal, todos distribuyen recetas de felicidad, todos quieren dirigir los pasos de todos: la vida en común se hace intolerable y la vida consigo mismo más intolerable todavía: cuando no se interviene en los asuntos de los otros, se está tan inquieto de los propios que se convierte al «yo» en religión o, apóstol invertido, se le niega: somos víctimas del juego universal…

La abundancia de soluciones a los aspectos de la existencia sólo es igualada por su futilidad. La Historia: Manufactura de ideales… , mitología lunática… frenesí de hordas y de solitarios, rechazo de aceptar la realidad tal cual es, sed mortal de ficciones…

La fuente de nuestros actos reside en una propensión inconsciente a considerarnos el centro, la razón y el resultado del tiempo. Nuestros reflejos y nuestro orgullo transforman en planeta la parcela de carne y de conciencia que somos. Si tuviéramos el justo sentido de nuestra posición en el mundo, si comparar fuera inseparable de vivir, la revelación de nuestra ínfima presencia nos aplastaría. Pero vivir es cegarse sobre sus propias dimensiones…

Si todos nuestros actos, desde la respiración hasta la fundación de imperios o de sistemas metafísicos, derivan de una ilusión sobre nuestra importancia, con mayor razón aún el instinto profético. ¿Quién, con la exacta visión de su nulidad, intentaría ser eficaz y erigirse en salvador?

Nostalgia de un mundo sin «ideal», de una agonía sin doctrina, de una eternidad sin vida… El Paraíso… Pero no podríamos existir un instante sin engañarnos: el profeta en cada uno de nosotros es el rasgo de locura que nos hace prosperar en nuestro vacío. El hombre idealmente lúcido, luego idealmente normal, no debería tener ningún recurso fuera de lanada que está en él… Me parece oírle: «Desgajado del fin, de todos los fines, no conservo de mis deseos y mis amarguras sino las fórmulas. Habiendo resistido a la tentación de sacar conclusiones, he vencido al espíritu, como he vencido a la vida por el horror a buscarle una solución. El espectáculo del hombre -¡qué vomitivo! El amor-, un encuentro de dos salivas… Todos los sentimientos extraen su absoluto de la miseria de las glándulas. No hay nobleza sino en la negación de la existencia, en una sonrisa que domina paisajes aniquilados. (En otro tiempo, tuve un «yo», ahora no soy más que un objeto. Me atraco de todas las drogas de la soledad; las del mundo fueron demasiado débiles para hacérmela olvidar. Habiendo matado el profeta en mí, ¿cómo conservaré aún un sitio entre los hombres?)».

Emil Michel Cioran

Arquetipos

Christien Jaspars

Lugar sagrado por excelencia, el templo tenía un prototipo celeste. En el monte Sinaí, Jehová muestra a Moisés la «forma» del santuario que deberá construirle: «Y me harán un santuario y moraré en medio de ellos: conforme en todo al diseño del tabernáculo que te mostraré, y de todas las vasijas para su servicio… Mira y hazlo según el modelo que te ha sido mostrado en el mundo.» (Exodo, XXV, 8 9, 10.) Y cuando David entrega a su hijo Salomón el plano de los edificios del templo, del tabernáculo y de todos los utensilios, le asegura que «todas estas cosas me vinieron a mí escritas de la mano del Señor, para que entendiese todas las obras del diseño.» (Crónicas. I, XXVIII, 19.) Por consiguiente, vio el modelo celestial. El más antiguo documento referente al arquetipo de un santuario es la inscripción de Gudea relacionada con el templo levantado por él en Lagash. El rey ve en sueño a la diosa Nidaba que le muestra un panel en el cual se mencionan las estrellas benéficas, y a un dios que le revela el plano del templo. También las ciudades tienen su prototipo divino. Todas las ciudades babilónicas tenían sus aquetipos en constelaciones: Sippar, en el Cáncer; Nínive, en la Osa Mayor; Assur, en Arturo, etc. Senaquerib manda edificar Nínive según el «proyecto establecido desde tiempos remotos en la configuración del cielo». No sólo hay un modelo que precede a la arquitectura terrestre, sino que además éste se halla en una «región» ideal (celeste) de la eternidad. Es lo que proclama Salomón: «Y dijiste que yo edificaría un templo en tu santo Nombre y un altar en la ciudad de tu morada, a semejanza de tu santo tabernáculo, que Tú preparaste desde el principio.» (Sabiduría, 9, 8.)

Una Jerusalén celestial fue creada por Dios antes que la ciudad de Jerusalén fue construida por la mano del hombre: a ella se refiere el poeta, en el libro de Baruch, II, 2, 2 7: «¿Crees tú que ésa es la ciudad de la cual yo dije: “Te he edificado en la palma de mis manos”? La construcción que actualmente se halla en medio de vosotros no es la que se reveló en Mí, la que estaba lista ya en el momento en que decidí crear el paraíso y que mostré a Adán antes de su pecado…» La Jerusalén celeste enardeció la inspiración de todos los profetas hebreos: Tobías, XIII, 16; Isaías, LIX, 11 sigs.; Ezequiel, LX, etc. Para mostrarle la ciudad de Jerusalén, Dios transporta a Ezequiel en un sueño extático y lo lleva a una montaña muy elevada (LX, 6 sigs.). Y los Oráculos sibilinos conservan el recuerdo de la Nueva Jerusalén, en el centro de la cual resplandece «un templo con una torre gigantesca que toca las nubes y todos la ven». Pero la más hermosa descripción de la Jerusalén celestial se halla en el Apocalipsis (XXI, 2 sigs.): «Y yo, Juan, vi la ciudad santa, la Jerusalén nueva, que de parte de Dios descendía del cielo, y estaba aderezada como una novia ataviada para su esposa».

Mircea Eliade

 

La costra

Alexander Alekseev

La ciudad tenía una sola casa

la casa tenía una sola habitación

la habitación tenía una sola pared

la pared tenía un solo reloj

el reloj tenía una sola manecilla

entre tanto los niños

crecían y ponían una sola pregunta

mientras desconcertados y soberbios los adultos

se encogían y disminuían sonrientes

Gellu Naum

Diálogo entre el Lógico y el Anciano Caballero

El Lógico (al Anciano Caballero): ¡He aquí, pues, un silogismo ejemplar! El gato tiene cuatro patas. Isidoro y Fricot tienen cada uno cuatro patas. Ergo Isidoro y Fricot son gatos.

El Caballero (al Lógico): Mi perro también tiene cuatro patas.

El Lógico: Entonces, es un gato.

El Anciano Caballero (al Lógico después de haber reflexionado largamente): Así, pues, lógicamente, mi perro sería un gato.

El Lógico: Lógicamente sí. Pero lo contrario también es verdad.

El Anciano Caballero: Es hermosa la lógica.

El Lógico: A condición de no abusar de ella.

El Lógico: Otro silogismo: todos los gatos son mortales. Sócrates es mortal. Ergo, Sócrates es un gato.

El Caballero Anciano: Y tiene cuatro patas. Es verdad. Yo tengo un gato que se llama Sócrates.

El Lógico: ¿Lo ve?

El Caballero Anciano: ¿Sócrates, entonces, era un gato?

El Lógico: La lógica acaba de revelárnoslo.

Eugene Ionesco

Para hacer un poema dadaísta

Juan de Valdés

Coja un periódico.
Coja unas tijeras.
Escoja en el periódico un artículo de la longitud que cuenta darle a su poema.
Recorte el artículo.
Recorte en seguida con cuidado cada una de las palabras que forman el artículo y métalas en una bolsa.
Agítela suavemente.
Ahora saque cada recorte uno tras otro.
Copie concienzudamente
en el orden en que hayan salido de la bolsa.
El poema se parecerá a usted.
Y es usted un escritor infinitamente original y de una sensibilidad hechizante, aunque incomprendida del vulgo.

Ejemplo:
El Domador de leones recuerda
Tristan Tzara
mírame y sé color
más tarde
tu reír como sol por liebres por camaleones
aprieta mi cuerpo entre dos líneas anchas que el hambre
sea claridad
duerme duerme ¿ves? somos pesados antílope azul sobre
glaciar oreja en las piedras bellas fronteras oye la piedra
viejo pescador frío grande con letra nueva aprender las
muchachas de hilo de hierro, y azúcar giran largamente
los frascos son grandes como los parasoles blancos oye
rueda rueda roja
en las colonias
recuerdo olor de limpia farmacia vieja sirvienta
caballo verde y cereales
cuerno grita
flauta
equipajes corrales oscuros
muerde sierra ¿quieres?
horizontal ver

Tristan Tzara

La pregunta correcta

La leyenda de Parsifal contiene uno de los episodios más significativos: el Rey Pescador (Li Reis Peschëors) está enfermo y nadie lo puede curar. Es una enfermedad muy extraña: desgano, envejecimiento, debilidad extrema. Se han urdido numerosas hipótesis a este respecto. Según ciertos textos medievales, sobre el Grial prevalecía o tenía, como sea, una relación directa con el sagrado cáliz llevado a Europa –dice la leyenda– por José de Arimatea. No es este el lugar adecuado para estudiar el sentido simbólico del “título” de Rey Pescador (Li Reis Peschëors). Baste recordar que el pez simbolizaba la renovación, la resurrección, la inmortalidad. El cáliz del Santo Grial se confunde a veces con el pescador rico, como en el José de Arimatea, de Robert de Boron. Por otra parte, elementos nórdicos, celtas, intervinieron también en la leyenda. La tradición céltica habla de un “pez de la sabiduría” (salmon of wisdom) que se puede asociar al Grial o al Rey Pescador (A. Nutt, Studies on the Legend of the Holy Grail, Londres, 1888).

La enfermedad del Rey Pescador implica la esterilidad en los alrededores del castillo donde muere el misterioso soberano. Los ríos no corren más en su lecho, los árboles ya no reverdecen, la tierra no da más frutos, los granos ya no germinan. Resulta terrible e incomprensible que las aves ya no se apareen, que las palomas languidezcan y se desplomen tocadas por el ala de la muerte. El castillo mismo amenaza con quedar en ruinas. Las murallas crujen lentamente carcomidas por una potencia invisible: los puentes levadizos se pudren, las piedras se desprenden de las murallas y caen hechas polvo, como si los siglos fueran instantes.

Desde los cuatro rincones del mundo llegan sin cesar los caballeros, atraídos por el renombre del Rey Pescador. Pero el estado de abandono del castillo y la misteriosa enfermedad del rey los sorprende tanto, que se olvidan de la cuestión que los había llevado allí: en lugar de indagar sobre el Grial, del lugar en dónde encontrarlo, se acercan confundidos al enfermo, lo cuestionan y lo reconfortan. Con cada visita de un caballero, el mal del rey empeora y el reino queda un poco más devastado. Cuando los caballeros pasan la noche en el castillo, se les encuentra muertos a la mañana siguiente.

Así, Parsifal va a ver en su torre al Rey Pescador sin saber que está enfermo. Entre paréntesis, añadamos que Chrétien de Troyes en su Parsifal se obstina en volver tonto a su héroe. Para tratar de exaltar la gracia divina que transfigura al paladín, se esfuerza en describir a Parsifal el sencillo o, dice Nutt, al Great Fool, un tipo bien conocido del folklore universal . La partida de Parsifal es risible: los demás caballeros se burlan al verlo montar su caballo y pasar atiborrado. ¿No hay nada más ridículo para un caballero que valerse de un fuete, de una rama, para hacer avanzar a su caballo? En el castillo, sus toscas maneras lo vuelven cómico y divierten a la corte. No solamente es rústico, sino francamente tonto. Cuando encuentra a una joven, se precipita para abrazarla y le dice que estaba obligado por la courtoisie.

¿No es el Parsifal visto por Chrétien de Troyes un admirable prototipo del Quijote? Tienen aventuras idénticas y sus psicologías se corresponden. Así, por ejemplo, el rocín de Parsifal y su grotesca partida (su madre intenta detenerlo, ¡para que el ridículo no lo cubra en la corte del rey!), o la escena donde abraza a la joven. Pero lo más revelador es la estupidez de los dos caballeros errantes. Detrás de tal estupidez y ridículo, vemos operar a la Gracia (con Parsifal) y al Sueño (con Don Quijote). ¡Qué lástima que Unamuno, que había leído todo, no hubiera conocido las deliciosas descripciones de Chrétien de Troyes! El caballero de la triste figura habría encontrado a un admirable compañero en este Parsifal el sencillo –quien no obedece a todas las reglas de la caballería, pero la Gracia que lo habita transfigurará a la caballería medieval en un nuevo tipo humano.

Regresemos mientras tanto al castillo del Rey Pescador, a cuya torre llega Parsifal. En su primera visita se conduce como los otros, como un “enviado”. Vuelve a partir pero se le dice que debería haberle preguntado al Rey Pescador sobre el Grial. “Si tan sólo le hubieras preguntado lo que debía hacerse, lo que ayudaría al rey a salir de su enfermedad y a devolverle su juventud.” En efecto, en la segunda ocasión, cuando le hace al rey la pregunta correcta, la pregunta necesaria, éste sana y se rejuvenece milagrosamente. “El Rey Pescador mejora y su naturaleza vuelve a su plenitud.” Al mismo tiempo, las murallas del castillo se reconstruyen y el reino se regenera.

En una leyenda paralela, cuando sir Gawain se lanza a la búsqueda de la lanza sangrante, la que traspasó el costado del Redentor en la cruz (y en consecuencia, un sustituto o complemento del Grial), “los ríos vuelven a correr en su lecho y los bosques reverdecen”.

Falta sólo una pregunta para que los milagros se cumplan, pero ésta no es hecha. Nadie la hace; ningún caballero del Grial sería tan tonto como para ignorar la decencia (¿quién quiere interrogar a un enfermo en tal estado?) para sumergirse en el misterio del Santo Cáliz; la enfermedad del rey empeoraría y el ritmo de la vida cósmica se alteraría. Esta no sería una pregunta banal como todas las que hacen los caballeros ante Parsifal, sino la pregunta correcta, la única que se espera, la única que puede dar frutos. Las preguntas previas habían nacido de la sorpresa o de la cortesía, no de la necesidad inmediata de conocer la verdad y la salvación –y es esto lo que simbolizaba el Santo Grial en el mundo medieval: la verdad y la salvación. Parsifal, instalado en el castillo para emprender la búsqueda del Grial, hace una sola pregunta: la correcta, aquella que tiene por único efecto precisar. Ahora bien, antes de que se le responda, que se le diga dónde se encuentra el cáliz, el simple enunciado de la pregunta correcta entraña ya una regeneración cósmica en todos los niveles de la realidad: los ríos corren, los bosques reverdecen, la tierra recupera su fertilidad y el rey su virilidad y su juventud.

Este episodio de la leyenda de Parsifal es significativo de la condición humana. Nuestro destino se obstina en que no hagamos la pregunta correcta, la que es necesaria y urgente, la única que cuenta y que puede rendir frutos. En lugar de preguntarnos –en términos cristianos– dónde se encuentra la verdad, el camino y la vida, preferimos perdernos en un laberinto de preguntas y reflexiones que efectivamente poseen algún encanto e incluso ciertas cualidades, pero que no enriquecen realmente nuestra vida espiritual.

Este episodio explica admirablemente lo siguiente: incluso antes de que se haya obtenido una respuesta satisfactoria, una pregunta correctamente hecha regenera y fertiliza, y no solamente al ser humano sino al Cosmos entero. Nada ilustra mejor la quiebra del hombre al rehusar interrogarse sobre el sentido de su existencia que esta imagen de la naturaleza sufriendo en espera de una pregunta adecuada. Tenemos la creencia de que naufragamos solos, uno a uno, porque no queremos preguntarnos dónde está la verdad, el camino y la vida. Creemos que nuestra salvación o nuestro naufragio dependen personalmente de cada uno. Pensamos que nuestra problemática, buena o mala, no compete a nadie más que a nosotros; pero esto es falso. La solidaridad de los hombres existe en niveles muy ínfimos, en sus instintos o en sus intereses económicos, pero también existe en su destino espiritual. A una persona que vive entre los hombres le resultará difícil buscar la salvación sola si quienes lo rodean no piensan lo mismo. Un pensador tan profundo y original como Orígenes, no dudaba en afirmar que los hombres se redimirían juntos (apokathastasis) y no aisladamente cada uno. Sobre este punto es difícil decir si tenía razón o no; como sea, el ecumenismo permanece como el ideal de cualquier forma de vida cristiana.

Interpretando este episodio de Parsifal, podríamos decir que toda la naturaleza padece la indiferencia del hombre debido a esta pregunta central. La solidaridad sobrepasaría todo el conjunto de la comunidad humana de la que formamos parte, para extenderse a la vida cósmica que nos circunda, sea animada o aparentemente inanimada. La paideurna sufre y se altera a causa de nuestra insignificante quiebra. Cuando perdemos el tiempo debido a futilidades y a cuestiones ociosas, no nos matamos nosotros solamente, a semejanza de los caballeros frívolos en el castillo del Rey Pescador; también matamos un poco una parcela del Cosmos. Cuando el hombre olvida preguntarse dónde se encuentra la fuente de su salvación, las cosechas desaparecen y –calladas– las aves se afligen. ¡Qué supremo símbolo de la solidaridad del hombre con el Cosmos!

A la luz de este episodio de Parsifal, los hombres que no dudan en interrogarse y preguntarse por la verdad y la vida adquieren súbitamente una importancia fundamental. Las cuestiones que turban los sueños y los dramas que atormentan sus almas sostienen y nutren a una nación entera. Gracias al sufrimiento de estos extraños elegidos, la cultura de cada nación se vuelve fecunda y victoriosa, y la historia se abre camino a través del tiempo. Los hombres viven con buena salud gracias a las preguntas que se hacen aquellos que, como Parsifal, padecen por nuestra pereza espiritual. Además, sin ellos, la naturaleza se empobrecería, desecada por nuestra falta de inteligencia, de generosidad y de audacia. Quiero creer –como me lo ha hecho entender Parsifal– que nos encontraríamos infecundos y enfermos el día de mañana, a imagen de la vida en el reino del Rey Pescador, si no existieran en cada país, en cada momento histórico, algunos hombres intrépidos, espíritus iluminados que se hacen la pregunta correcta.

Mircea Eliade

La enseñanza de Moisés

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Cuando Moisés subió al cielo para recibir la Ley, vio a Dios ocupado en añadirle varios símbolos y adornos.

Consciente de su función de portavoz, preguntó con timidez:
__¿Por qué no entregar la Torah tal cual? ¿No es ya lo bastante rica y oscura como para complicarla aún más?

__ Debo hacerlo__ contestó Dios__ Al cabo de múltiples generaciones habrá un hombre llamado Akiva, hijo de José, que buscará y hallará toda clase de interpretaciones en cada palabra, en cada sílaba, en cada letra de la Torah. Para que las encuentre, las tengo que introducir.

__ Muéstrame a ese hombre__ dijo Moisés impresionado__. Me gustaría conocerlo.

Dios, que no podía negarle nada a su fiel servidor, le dijo:

__ Date la vuelta y vete hacia atrás.

Moisés obedeció. Se volvió hacia atrás y se encontró proyectado hacia el futuro. Se encontraba en una academia talmúdica, sentado en la última fila, entre los principiantes.

Oía a un maestro dar clase sobre su enseñanza y su obra. Lo que oía era hermoso, incluso profundo, pero… demasiado para Moisés, que no entendía nada, ni una palabra ni una idea, Entonces a Moisés lo invadió una gran tristeza, y se sintió disminuido o inútil.

De pronto escuchó una pregunta que un discípulo le formulaba al rabí:

__¿Cuál es la prueba de que vuestras opiniones son correctas y de que vuestras interpretaciones son las correctas?

Y el maestro Rabí Akiva contestó:

__ Las he recibido de mis maestros, que a su vez las recibieron de los suyos, que a su vez las recibieron de Moisés. Lo que os digo ahora Moisés lo oyó en el Sinaí.

Elie Wiesel.

Convalecencia

biancaCuánto tardan en curarse mis heridas.

Con cuánta perfidia se esconden

entre los pliegues del cerebro

para brotar de pronto

como una apoplejía.

Cuánto tardan en curarse mis heridas.

(La piel del animal aún está caliente,

su sangre aún está viva.)

Denisa Comanescu