Anton Chejov, El álbum

1El consejero administrativo Craterov, delgado y seco como la flecha del Almirantazgo, avanzó algunos pasos y, dirigiéndose a Serlavis, le dijo:

-Excelencia: Constantemente alentados y conmovidos hasta el fondo del corazón por vuestra gran autoridad y paternal solicitud…

-Durante más de diez años -le sopló Zacoucine.

-Durante más de diez años… ¡Jum!… En este día memorable, nosotros, sus subordinados, ofrecemos a su excelencia, como prueba de respeto y de profunda gratitud, este álbum con nuestros retratos, haciendo votos porque su noble vida se prolongue muchos años y que por largo tiempo aún, hasta la hora de la muerte, nos honre con…

-Sus paternales enseñanzas en el camino de la verdad y del progreso -añadió Zacoucine, enjugándose las gotas de sudor que de pronto le habían invadido la frente. Se veía que ardía en deseos de tomar la palabra para colocar el discurso que seguramente traía preparado.

-Y que -concluyó- su estandarte siga flotando mucho tiempo aún en la carrera del genio, del trabajo y de la conciencia social.

Por la mejilla izquierda de Serlavis, llena de arrugas, se deslizó una lágrima.

-Señores -dijo con voz temblorosa-, no esperaba yo esto, no podía imaginar que celebraran mi modesto jubileo. Estoy emocionado, profundamente emocionado, y conservaré el recuerdo de estos instantes hasta la muerte. Créanme, amigos míos, les aseguro que nadie les desea como yo tantas felicidades… Si alguna vez ha habido pequeñas dificultades… ha sido siempre en bien de todos ustedes…

Serlavis, actual consejero de Estado, dio un abrazo a Craterov, consejero de estado administrativo, que no esperaba semejante honor y que palideció de satisfacción. Luego, con el rostro bañado en lágrimas como si le hubiesen arrebatado el precioso álbum en vez de ofrecérselo, hizo un gesto con la mano para indicar que la emoción le impedía hablar. Después, calmándose un poco, añadió unas cuantas palabras muy afectuosas, estrechó a todos la mano y, en medio del entusiasmo y de sonoras aclamaciones, se instaló en su coche abrumado de bendiciones. Durante el trayecto sintió su pecho invadido de un júbilo desconocido hasta entonces y de nuevo se le saltaron las lágrimas.

En su casa lo esperaban nuevas satisfacciones. Su familia, sus amigos y conocidos le hicieron tal ovación que hubo un momento en que creyó sinceramente haber efectuado grandes servicios a la patria y que hubiera sido una gran desgracia para ella que él no hubiese existido. Durante la comida del jubileo no cesaron los brindis, los discursos, los abrazos y las lágrimas. En fin, que Serlavis no esperaba que sus méritos fuesen premiados tan calurosamente.

-Señores -dijo en el momento de los postres-, hace dos horas he sido indemnizado por todos los sufrimientos que esperan al hombre que se ha puesto al servicio, no ya de la forma ni de la letra, si se me permite expresarlo así, sino del deber. Durante toda mi carrera he sido siempre fiel al principio de que no es el público el que se ha hecho para nosotros, sino nosotros los que estamos hechos para él. Y hoy he recibido la más alta recompensa. Mis subordinados me han ofrecido este álbum que me ha llenado de emoción.

Todos los rostros se inclinaron sobre el álbum para verlo.

-¡Qué bonito es! -dijo Olga, la hija de Serlavis-. Estoy segura de que no cuesta menos de cincuenta rublos. ¡Oh, es magnífico! ¿Me lo das, papá? Tendré mucho cuidado con él… ¡Es tan bonito!

Después de la comida, Olga se llevó el álbum a su habitación y lo guardó en su secreter. Al día siguiente arrancó los retratos de los funcionarios, los tiró al suelo y colocó en su lugar los de sus compañeras de colegio. Los uniformes cedieron el sitio a las esclavinas blancas. Colás, el hijo pequeño de su excelencia, recortó los retratos de los funcionarios y pintó sus trajes de rojo. Colocó bigotes en los labios afeitados y barbas oscuras en los mentones imberbes. Cuando no tuvo nada más para colorear, recortó siluetas y les atravesó los ojos con una aguja, para jugar con ellas a los soldados. Al consejero Craterov lo pegó de pie en una caja de fósforos y lo llevó colocado así al despacho de su padre.

-Papá, mira, un monumento.

Serlavis se echó a reír, movió la cabeza y, enternecido, dio un sonoro beso en la mejilla a Nicolás.

-Anda, pilluelo, enséñaselo a mamá para que lo vea ella también

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El soldado y la muerte, Aleksandr Nikoláyevich Afanásiev

Marcel Roux. Danza macabra

Un soldado, después de haber cumplido su servicio durante veinticinco años, pidió ser licenciado y se fue a correr mundo.

Anduvo algún tiempo, y se encontró a un pobre que le pidió limosna. El soldado tenía sólo tres galletas y dio una al mendigo, quedándose él con dos. Siguió su camino, y a poco tropezó con otro pobre que también le pidió limosna saludándolo humildemente.

El soldado repartió con él su provisión, dándole una galleta y quedándose él con la última.

Llevaba andando un buen rato cuando se encontró a un tercer mendigo. Era un anciano de pelo blanco como la nieve, que también lo saludó humildemente pidiéndole limosna.

El soldado sacó su última galleta y reflexionó así:

«Si le doy la galleta entera me quedaré sin provisiones; pero si le doy la mitad y encuentra a los otros dos pobres, al ver que a ellos les he dado una galleta entera a cada uno se podrá ofender. Será mejor que le dé la galleta entera; yo me podré pasar sin ella.»

Le dio su última galleta, quedándose sin provisiones. Entonces el anciano le preguntó:

Dime, hijo mío, ¿qué deseas y qué necesitas?

Dios te bendiga –le contestó el soldado–. ¿Qué quieres que te pida a ti, abuelito, si eres tan pobre que nada puedes ofrecerme?

No hagas caso de mi miseria y dime lo que deseas; quizá pueda recompensarte por tu buen corazón.

No necesito nada; pero si tienes una baraja, dámela como recuerdo tuyo.

El anciano sacó de su bolsillo una baraja y se la dio al soldado, diciendo:

Tómala, y puedes estar seguro de que, juegues con quien juegues, siempre ganarás. Aquí tienes también una alforja; a quien encuentres en el camino, sea persona, sea animal o sea cosa, si la abres y dices: «Entra aquí», en seguida se meterá en ella.

Muchas gracias –le dijo el soldado.

Y sin dar importancia a lo que el anciano le había dicho, tomó la baraja y la alforja y siguió su camino.

Después de andar bastante tiempo llegó a la orilla de un lago y vio en él tres gansos que estaban nadando. Se le ocurrió al soldado ensayar su alforja; la abrió y exclamó:

¡Ea, gansos, entren aquí!

Apenas tuvo tiempo de pronunciar estas palabras cuando, con gran asombro suyo, los gansos volaron hacia él y entraron en la alforja. El soldado la ató, se la puso al hombro y siguió su camino.

Anduvo, anduvo y al fin llegó a una gran ciudad desconocida. Entró en una taberna y dijo al tabernero:

Oye, toma este ganso y ásamelo para cenar; por este otro me darás pan y una buena copa de aguardiente, y este tercero te lo doy a ti en pago de tu trabajo.

Se sentó a la mesa y, una vez lista la cena, se puso a comer, bebiéndose el aguardiente y comiéndose el sabroso ganso. Conforme cenaba, se le ocurrió mirar por la ventana y vio cerca de la taberna un magnífico palacio que tenía rotos todos los cristales de las ventanas.

Dime –preguntó al tabernero–, ¿qué palacio es ése y por qué se halla abandonado?

Ya hace tiempo –le dijo éste– que nuestro zar hizo construir ese palacio, pero le fue imposible establecerse en él. Hace ya diez años que está abandonado, porque los diablos lo han tomado por residencia y echan de él a todo el que entra. Apenas llega la noche se reúnen allí a bailar, alborotar y jugar a los naipes.

El soldado, sin pararse a pensar en nada, se dirigió a palacio, se presentó ante el zar, y haciendo un saludo militar, le dijo así:

¡Majestad! Perdóname mi audacia por venir a verte sin ser llamado. Quisiera que me dieses permiso para pasar una noche en tu palacio abandonado.

¡Tú estás loco! Se han presentado ya muchos hombres audaces y valientes pidiéndome lo mismo; a todos les di permiso, pero ninguno de ellos ha vuelto vivo.

El soldado ruso ni se ahoga en el agua ni se quema en el fuego –contestó el soldado–. He servido a Dios y al zar veinticinco años y no me he muerto. ¿Crees que ahora me voy a morir en una sola noche?

Pero te advierto que siempre que ha entrado al anochecer un hombre vivo, a la mañana siguiente sólo se han encontrado los huesos –contestó el zar.

El soldado persistió en su deseo, rogando al zar que le diese permiso para pasar la noche en el palacio abandonado.

Bueno –dijo al fin el zar–. Ve allí si quieres; pero no podrás decir que ignoras la muerte que te espera.

Se fue el soldado al palacio abandonado, y una vez allí se instaló en la gran sala, se quitó la mochila y el sable, puso la primera en un rincón y colgó el sable de un clavo. Se sentó a la mesa, sacó la tabaquera, llenó la pipa, la encendió y se puso a fumar tranquilamente.

A las doce de la noche acudieron, no se sabe de dónde, una cantidad tan grande de diablos que no era posible contarlos. Empezaron a gritar, a bailar y alborotar, armando una algarabía infernal.

¡Hola, soldado! ¿Estás tú también aquí? –gritaron al ver a éste–. ¿Para qué has venido?

¿Acaso quieres jugar a los naipes con nosotros?

¿Por qué no he de querer? –repuso el soldado–. Ahora que con una condición: hemos de jugar con mi baraja, porque no tengo fe en la de ustedes.

Enseguida sacó su baraja y empezó a repartir las cartas. Jugaron un juego y el soldado ganó; la segunda vez ocurrió lo mismo. A pesar de todas las astucias que inventaban los diablos, perdieron todo el dinero que tenían, y el soldado iba recogiéndolo tranquilamente.

Espera, amigo –le dijeron los diablos–; tenemos una reserva de cincuenta arrobas de plata y cuarenta de oro: vamos a jugar esa plata y ese oro.

Mandaron a un diablejo para que les trajese los sacos de la reserva y continuaron jugando. El soldado seguía ganando, y el pequeño diablejo, después de traer todos los sacos de plata, se cansó tanto que, con el aliento perdido, suplicó al viejo diablo calvo:

Permíteme descansar un ratito.

¡Nada de descanso, perezoso! ¡Tráenos en seguida los sacos de oro!

El diablejo, asustado, marchó a todo correr y siguió trayendo los sacos de oro, que pronto se amontonaron en un rincón. Pero el resultado fue el mismo: el soldado seguía ganando.

Los diablos, a quienes no agradaba separarse de su dinero, derribaron la mesa a patadas y atacaron al soldado, rugiendo a coro:

Despedácenlo, despedácenlo.

Pero el soldado, sin turbarse, cogió su alforja, la abrió y preguntó:

¿Saben qué es esto?

Una alforja –le contestaron los diablos.

¡Pues entren todos aquí!

Apenas pronunció estas palabras, todos los diablos en pelotón se precipitaron en la alforja, llenándola por completo, apretados unos a otros. El soldado la ató lo más fuerte posible con una cuerda, la colgó de la pared, y luego, echándose sobre los sacos de dinero, se durmió profundamente sin despertar hasta la mañana.

Muy temprano, el zar dijo a sus servidores:

Vayan a ver lo que le ha sucedido al soldado, y si se ha muerto, recojan sus huesos.

Los servidores llegaron al palacio y vieron con asombro al soldado paseándose contentísimo por las salas fumando su pipa.

¡Hola, amigo! Ya no esperábamos verte vivo. ¿Qué tal has pasado la noche? ¿Cómo te las has arreglado con los diablos?

¡Valientes personajes son esos diablos! ¡Miren cuánto oro y cuánta plata les he ganado a los naipes!

Los servidores del zar se quedaron asombrados y no se atrevían a creer lo que veían sus ojos.

Se han quedado todos con la boca abierta –siguió diciendo el soldado–. Envíenme pronto dos herreros y díganles que traigan con ellos el yunque y los martillos.

Cuando llegaron los herreros trayendo consigo el yunque y los martillos de batir, les dijo el soldado:

Descuelguen esa alforja de la pared y den buenos golpes sobre ella.

Los herreros se pusieron a descolgar la alforja y hablaron entre ellos:

¡Dios mío, cuánto pesa! ¡Parece como si estuviera llena de diablos!

Y éstos exclamaron desde dentro:

Somos nosotros, queridos amigos.

Colocaron el yunque con la alforja encima y se pusieron a golpear sobre ella con los martillos como si estuviesen batiendo hierro. Los diablos, no pudiendo soportar el dolor, llenos de espanto, gritaron con todas sus fuerzas:

¡Gracia, gracia, soldado! ¡Déjanos libres! ¡Nunca te olvidaremos y ningún diablo entrará jamás en este palacio ni se acercará a él en cien leguas a la redonda!

El soldado ordenó a los herreros que cesasen de golpear, y apenas desató la alforja los diablos echaron a correr sin siquiera mirar atrás; en un abrir y cerrar de ojos desaparecieron del palacio. Pero no todos tuvieron la suerte de escapar: el soldado detuvo, como prisionero en rehenes, a un diablo cojo que no pudo correr como los demás.

Cuando anunciaron al zar las hazañas del soldado, lo hizo venir a su presencia, lo alabó mucho y lo dejó vivir en palacio. Desde entonces el valiente soldado empezó a gozar de la vida, porque todo lo tenía en abundancia: los bolsillos rebosando dinero, el respeto y consideración de toda la gente, que cuando se lo encontraban le hacían reverencias respetuosas, y el cariño de su zar.

Se puso tan contento que quiso casarse. Buscó novia, celebraron la boda y, para colmo de bienes, obtuvo de Dios la gracia de tener un hijo al año de su matrimonio.

Poco tiempo después se puso enfermo el niño y nadie lograba curarlo. Cuantos médicos y curanderos lo visitaban no conseguían ninguna mejoría. Entonces el soldado se acordó del diablo cojo; trajo la alforja donde lo tenía encerrado y le preguntó:

¿Estás vivo, Diablo?

Sí, estoy vivo. ¿Qué deseas, señor mío?

Se ha puesto enfermo mi hijo y no sé qué hacer con él. Quizá tú sepas cómo curarlo.

Sí sé. Pero ante todo déjame salir de la alforja.

¿Y si me engañas y te escapas?

El diablo cojo le juró que ni siquiera un momento había tenido esa idea, y el soldado, desatando la alforja, puso en libertad a su prisionero.

El diablo, recobrando su libertad, sacó un vaso de su bolsillo, lo llenó de agua de la fuente, lo colocó a la cabecera de la cama donde estaba tendido el niño enfermo y dijo al padre:

Ven aquí, amigo, mira el agua.

El soldado miró el agua, y el diablo le preguntó:

¿Qué ves?

Veo la Muerte.

¿Dónde se halla?

A los pies de mi hijo.

Está bien. Si está a los pies, quiere decir que el enfermo se curará. Si hubiese estado a la cabecera, se hubiese muerto sin remedio. Ahora toma el vaso y rocía al enfermo.

El soldado roció al niño con el agua, y al instante se desapareció la enfermedad.

Gracias –dijo el soldado al diablo cojo, y le dejó libre, guardando sólo el vaso.

Desde aquel día se hizo curandero, dedicándose a curar a los boyardos y a los generales. No se tomaba más trabajo que el de mirar en el vaso, y en seguida podía decir con la mayor seguridad cuál de los enfermos moriría y cuál viviría.

Así transcurrieron unos cuantos años, cuando un día se puso enfermo el zar. Llamaron al soldado, y éste, llenando el vaso con agua de la fuente, lo colocó a la cabecera del lecho, miró el agua y vio con horror que la Muerte estaba, como un centinela, sentada a la cabecera del enfermo.

¡Majestad! –le dijo el soldado–. Nadie podrá devolverte la salud. Sólo te quedan tres horas de vida.

Al oír estas palabras el zar se encolerizó y gritó con rabia:

¿Cómo? Tú que has curado a mis boyardos y a mis generales, ¿no quieres curarme a mí, que soy tu soberano? ¿Acaso soy yo de peor casta o indigno de tu favor? Si no me curas daré orden para que te ejecuten una hora después de mi muerte.

El soldado se encontró perplejo ante este problema y se puso a suplicar a la Muerte, diciendo:

Dale al zar la vida y toma en cambio la mía, porque si de todos modos he de perecer, prefiero morir por tu mano a ser ejecutado por la del verdugo.

Miró otra vez en el vaso y vio que la Muerte le hacía una señal de aprobación y se colocaba a los pies del zar.

El soldado roció al enfermo, y éste enseguida recobró la salud y se levantó de la cama.

Oye, Muerte –dijo el soldado–, dame tres horas de plazo; necesito volver a casa para despedirme de mi mujer y de mi hijo.

Está bien –contestó la Muerte.

El soldado se fue a su casa, se acostó y se puso muy enfermo. La Muerte no tardó en llegar y en colocarse a la cabecera de su cama, diciéndole:

Despídete pronto de los tuyos, porque ya no te quedan más que tres minutos de vida.

El soldado extendió un brazo, descolgó de la pared la alforja, la abrió y preguntó:

¿Qué es esto?

La Muerte le contestó:

Una alforja.

Es verdad; pues entra aquí.

Y la Muerte en un instante se encontró metida en la alforja.

El soldado sintió tan grande alivio que saltó de la cama, ató fuertemente la alforja, se la colgó al hombro y se encaminó a los espesos bosques de Briauskie. Llegó allí, colgó la alforja en la cima de un álamo y se volvió contento a su casa.

Desde entonces ya no se moría la gente. Nacían y nacían, pero ninguno se moría. Así transcurrieron muchos años, sin que el soldado descolgase la alforja del álamo.

Una vez que paseaba por la ciudad tropezó con una anciana tan vieja y decrépita, que se caía al suelo a cada soplo del viento.

¡Dios de mi alma, qué vieja eres! –exclamó el soldado–. ¡Ya es tiempo de que te mueras!

Sí, hijo mío –le contestó la anciana–. Cuando hiciste prisionera a la Muerte sólo me quedaba una hora de vida. Tengo gran deseo de descansar; pero ¿cómo he de hacer? Sin la muerte la tierra no me admite para que descanse en sus profundidades. Dios te castigará por ello, pues son muchos los seres humanos que están sufriendo como yo en este mundo por tu causa.

El soldado se quedó pensativo: «Se ve que es necesario libertar a la Muerte aunque me mate a mí –pensó–. ¡Soy un gran pecador!»

Se despidió de los suyos y se dirigió a los bosques de Briauskie. Llegó allí, se acercó al álamo y vio la alforja colgada en lo alto del árbol, balanceada por el viento.

Oye, Muerte, ¿estás viva? –preguntó el soldado.

La Muerte le contestó con una voz apenas perceptible:

Estoy viva, amigo.

El soldado descolgó la alforja, la desató y la abrió, dejando libre a la Muerte, a la que suplicó que lo matase lo más pronto posible para sufrir poco; pero la Muerte, sin hacerle caso, echó a correr y en un instante desapareció.

El soldado volvió a su casa y siguió viviendo muchos años, gozando de la mayor felicidad.

Todos creían que ya no se moriría nunca; pero, según dicen, se ha muerto hace poco.

Los temperamentos, Antón Chejov

Balthasar Denner

El sanguíneo

Todas las impresiones repercuten en él de modo ligero. En la juventud es un bebé y un bribón. Les dice groserías a los maestros, no se corta el cabello, no se afeita, usa lentes y mancha las paredes. Estudia mal, pero termina los cursos. No obedece a los padres. Cuando es rico, es un petimetre; siendo ya pobre, vive como un cerdo. Duerme hasta las doce, se acuesta a una hora indefinida. Escribe con faltas. La naturaleza lo trajo al mundo sólo para el amor. Nunca está en contra de beber hasta perder el sentido; tras embriagarse por la noche hasta los diablitos verdes, se levanta animado, con una pesadez en la cabeza apenas notable, sin necesitar de la similia similibus curantur [“lo similar cura lo similar”]. Se casa sin intención. Lucha con la suegra eternamente. Se pelea con la parentela. Miente a lo loco. Ama terriblemente los escándalos y los espectáculos aficionados. En la orquesta, es el primer violín. Siendo ligero, es liberal. O nada lee en absoluto, o lee con pasión. Le gustan los periódicos, y él mismo no está en contra de ser un poco periodista. El buzón de correo de las revistas humorísticas ha sido inventado, exclusivamente, para los sanguíneos. Es constante en su inconstancia. En el servicio, es un funcionario de encargos especiales, o algo semejante. En el gimnasio, enseña literatura. Rara vez sirve hasta consejero civil activo; si sirve hasta eso, se hace flemático y a veces colérico. Los granujas, los bribones y los tunantes son sanguíneos. Dormir en una habitación con un sanguíneo no se recomienda: cuenta chistes toda la noche y, si no hay chistes, censura a los allegados o miente. Muere de enfermedad de los órganos de digestión y de extenuación prematura.

El colérico

Bilioso y de rostro amarillo-grisáceo. La nariz un poco torcida, y los ojos le dan vueltas en las órbitas, como los lobos hambrientos en la jaula estrecha. Irritable. Por la picada de una pulga o el pinchazo de un alfiler, está dispuesto a hacer todo trizas. Cuando habla, salpica y muestra sus dientes cafés o muy blancos. Está profundamente convencido de que, en invierno “sabe el diablo qué frío hace…”, y, en verano, “sabe el diablo qué calor hace…”. Cambia de cocinera cada semana. Al almorzar, se siente muy mal, porque todo está refrito, resalado… En su mayor parte, es soltero; y, si está casado, pues encierra a la mujer bajo llave. Es celoso, hasta el diablo. No entiende las bromas. No soporta nada. Lee los periódicos, sólo para injuriar a los periodistas. Ya en el vientre de la madre, estaba convencido de que todos los periódicos mienten. Como marido y amigo, es imposible; como subordinado, apenas es pensable; como jefe, es insoportable y bastante indeseable. No raras veces, por desgracia, es pedagogo: enseña matemática y lengua griega. Dormir con él en una habitación no lo aconsejo: tose toda la noche, gargajea y maldice en voz alta a las pulgas. Al oír por la noche el canto de los gatos o los gallos, tose y, con una voz trémula, manda al lacayo al tejado a agarrar y, sea como sea, ahorcar al cantor. Muere de tuberculosis o enfermedad del hígado.

El flemático

Es un hombre gentil (hablo, se entiende, no del inglés, sino del flemático ruso). El aspecto más ordinario, grosero. Siempre está serio, porque le da pereza reírse. Come cuando sea y lo que sea; no bebe, porque le teme a la apoplejía. Duerme veinte horas al día. Miembro seguro de todas las comisiones, asambleas y reuniones urgentes posibles, en las que nada entiende, dormita sin escrúpulo de conciencia y espera el final con paciencia. Se casa a los treinta años, con la ayuda de los tíos y las tías. Es el hombre más cómodo para el casamiento: conviene con todo, no murmura entre dientes y es complaciente. A la mujer la llama “almita”. Le gusta el cerdo con rábano, las canoras, todo lo amarguito y friecito. La frase Vanitas vanitatum omnia vanitas [“Vanidad de vanidades, todo es vanidad”] fue inventada por un flemático. Se enferma sólo cuando lo eligen para jurado. Al divisar a una mujer gorda, grazna, mueve los dedos e intenta sonreír. Se enfada porque, en la revista ilustrada de la vida moderna a la que está suscrito, no colorean los cuadritos y no escriben nada cómico. Considera que los escritores son las personas más inteligentes y, al mismo tiempo, las más perniciosas. Lamenta que no zurren a sus hijos en el gimnasio, y él mismo no está en contra de cortarlos. En el servicio, es dichoso. En la orquesta, es el contrabajo, el fagote, el trombón. En el teatro, es el cajero, el lacayo, el apuntador y, a veces —para comer—, el actor. Muere de parálisis o hidropesía.

El melancólico

Los ojos grises-azules, dispuestos a lagrimear. En la frente, y junto a la nariz, las arrugas. La boca, un poco torcida. Los dientes, negros. Propenso a la hipocondría. Siempre se queja de la punzada de hambre, la punzada en el costado y la mala digestión. Ocupación preferida: pararse frente al espejo y examinar su lengua flácida. Como piensa que es débil de pecho y nervioso, toma una fuerte infusión de hierbas y raíces, en lugar de té; y, en lugar de vodka, elixir vital. Asegura a sus allegados —con pesar y lágrimas en la voz— que las gotas de laurel y de valeriana ya no le ayudan… Supone que no molestaría tomar un purgante, una vez a la semana. Hace tiempo decidió que los doctores no lo entienden. Sus bienhechores son curanderos, curanderas, murmuradores, enfermos borrachos y, a veces, las comadronas. Se pone la pelliza en septiembre, se la quita en mayo. Sospecha que cada perro tiene rabia. Desde que un amigo le informó que los gatos están en condición de ahorcar a una persona dormida, los considera enemigos implacables de la humanidad. Hace tiempo que tiene preparado el testamento espiritual. Jura y rejura que no bebe nada. Rara vez toma cerveza caliente. Se casa con la huérfana. A la suegra, si la tiene, la llama hermosa y sabia; escucha sus sermones callado, ladeando la cabeza; besar sus manos rollizas, sudorosas, olorosas a pepino en salmuera, lo considera su más sagrado obligación. Mantiene activa correspondencia con tíos, tías, madrina y amigos de infancia. Durante la lectura de un periódico, sintió pesares, palpitación y una nebulosa en los ojos; entonces, lo dejó y no lee periódicos. Lee, calladito, ginecólogos franceses. Sufre de lagrimeo y pesadillas. En el servicio, no es dichoso en particular: más allá de ayudante de jefe del despacho no llega. En la orquesta, es la flauta y el violonchelo. Suspira día y noche y, por eso, dormir con él en una habitación no lo consejo. Presiente los diluvios, los terremotos, la guerra, la caída definitiva de la moralidad y su propia muerte de alguna enfermedad terrible. Muere de una lesión de corazón, de la cura de una curandera y, a menudo, de hipocondría.

En el país llamado Más o Menos, Evgueni Yevtushenko

george groszVivo en el país llamado Más o Menos,

donde,

muy extrañamente,

no hay ningún partido oficial llamado “Masomenosista”…

donde ellos

leen a nuestros escritores clásicos… más o menos.

Donde a veces,

hasta los distinguidos ciudadanos

se enamoran (más o menos),

pero a veces,

después de algunos meses

ya no hay besos,

los unen sólo los pesos.

Entonces no son ajenos,

más o menos.

¿Es verdad, señor, que todos beben en su país Más o Menos??”

Hay algunas personas que no beben nada…

Más o menos…”

Difícil de creer, señor,”

Ni siquiera algo así como…

una gota. Más o menos.”

¿Qué tipo de gente es aquella, la de su amado pueblo

del país llamado Más o Menos?”

Son más o menos agradables…

Más o menos honestos…

Unas veces menos, otras veces más…

¿Está Usted, señor, orgulloso de su gran país,

llamado Más o Menos?”

Hmmm…

Más o menos…

Por lo general, somos generosos más o menos..

suficientemente amistosos… menos o más…

Por supuesto, todos estamos por la paz…

un tanto más, un tanto menos..

Por supuesto, tenemos algunas pequeñitas,

pero más o menos

desagradables guerras.

En cada esquina,

en cada cocina de cada casa

cuando las esposas y los esposos están algo

así como peleando discretamente,

tenemos nuestra propia Chechenia doméstica,

y un Irak privado,

ondeando un trapo húmedo de cocina

como una bandera nacional,

cuando las sandalias y las planchas

a veces vuelan por encima de las cabezas

como ovnis…

sin embargo, apreciamos nuestros valores de familia..

Más o menos…

En nuestras cortes de justicia tenemos

más o menos incorruptibles jueces,

en nuestros centros de investigación

hay pensadores, más o menos insobornables.

Una más o menos bella mujer me susurró:

Estoy más o menos enamorada de Ud.

Más o menos para siempre…”

Me gustaría pararme frente a Dios,

así como soy,

no algo así como más o menos.

No estar más o menos feliz

En esta más o menos vida…

En esta más o menos libertad.

 

Acepto todo lo que hubo, Aleksandr Blok

Félix Vallotton, claro de lunaAcepto todo lo que hubo

Nunca busqué mejor suerte.

¡Acaso hay algo mejor que haber amado

Algo mejor que haber ardido!

La felicidad y los sufrimientos

Impusieron sus huellas amargas,

Pero yo no desperdicié la antigua luz

En tempestades pasionales, ni en el tedio sin límites.

Y tú, a quien yo de nuevo he desgarrado

Debes perdonarme. Sé que nuestro destino es estar juntos.

Todo lo que no me has dicho con palabras

En tu semblante lo he adivinado.

Los ojos miran atentos

Y el corazón inquieto golpea en el pecho,

Continuando su camino ineluctable

En la fría oscuridad de la noche nevada.

Un suceso en Sokólnik, Liudmila Petrushévskaia

Jean Jacques André
Jean Jacques André

 

Una mujer vivía en Moscú al empezar la guerra. Su marido era aviador y, aunque ella no le querría demasiado, vivían bien. Cuando estalló la guerra, le destinaron a un aeródromo próximo a la capital, y la mujer, Lida, solía ir a visitarle. En cierta ocasión se presentó en la base y le dijeron que la víspera había sido derribado el avión de su marido por allí cerca y que el funeral se celebraría el día siguiente.

Lida asistió al funeral, en el que vio tres ataúdes cerrados, y después regresó a su residencia en Moscú, donde le esperaba una orden para incorporarse a una brigada encargada de cavar zanjas antitanques. No volvió hasta el otoño, y entonces se dio cuenta de que a veces la seguía un joven de apariencia extraña: flaco, pálido, demacrado. Se lo encontraba por la calle, en la tienda donde se abastecía de patatas, de camino a su puesto de trabajo. Una tarde sonó el timbre de su apartamento y Lida fue a abrir. Allí estaba aquel individuo. Dijo:

Lida, ¿cómo es posible que no me reconozcas? Soy yo, tu marido.

Resultó que no le habían enterrado; habían dado sepultura en su lugar a un puñado de tierra. Una ráfaga de viento le había arrojado contra unos árboles, y él había decidido no reincorporarse al frente. Lida no quiso preguntarle cómo había vivido durante esos dos meses largos. Él le contó que había dejado todas sus cosas en el bosque y que había conseguido ropas de civil en una casa abandonada.

Y así reanudaron su vida. A Lida le preocupaba mucho que los vecinos llegaran a enterarse, pero todo fue bien: casi todos habían sido evacuados de Moscú en aquellos meses. Un día, el marido le dijo a Lida que se acercaba el invierno y que deberían ir a enterrar el uniforme que había dejado abandonado entre unos matorrales, antes de que alguien lo encontrara.

Lida le cogió una pala a la portera y se encaminaron hacia allí. Había que viajar en tranvía hasta el barrio de Sokólniki y después adentrarse en el bosque, siguiendo el curso de un arroyo. Nadie los detuvo, y al atardecer llegaron a un extenso claro, en uno de cuyos extremos había un gran cráter de un proyectil. Ya había oscurecido. El marido le dijo que estaba agotado, pero que era preciso tapar aquel cráter, porque recordaba haber arrojado allí su uniforme. Lida echó un vistazo y, efectivamente, vio en el fondo algo que podía ser el mono de un aviador. Empezó a cubrirlo de tierra y el marido no cesaba de apremiarla, porque ya había caído la noche. Estuvo tres horas echando tierra, hasta que se dio cuenta de que su marido había desaparecido. Lida se asustó, se puso a buscarlo, echó a correr y estuvo a punto de caerse al cráter. En ese instante vio que el mono se estaba removiendo en el fondo. Lida salió corriendo. El bosque ya estaba completamente a oscuras, pero Lida consiguió salir de allí al rayar el alba y se dirigió al tranvía. Al llegar a casa se acostó.

En sueños se le apareció su marido y le dijo:

Gracias por haberme enterrado.

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Hoy me sucedió algo extraño, Daniil Kharms

1 (10)Hoy me sucedió algo extraño: de repente olvidé si primero venía el 7 o el 8. Fui con mis vecinos para conocer su opinión sobre esa secuencia. La extrañeza de ellos y la mía fueron grandes cuando, de pronto, descubrieron que ellos tampoco podían recordar cuál era el orden de esos números. Ellos se acordaban de contar 1, 2, 3, 4, 5, 6,; pero olvidaban qué número seguía. Entonces decidimos ir a la tienda más cercana, la que está en la esquina de las calles Znamenskaya y Basseinaya, para consultar ese asunto con la cajera. La cajera nos sonrió como padeciéndonos, se sacó de la boca un martillito y, moviendo su nariz con suavidad hacia adelante y atrás, nos dijo:

En mi opinión, el siete viene después del ocho sólo si el ocho viene después del siete.

Le dimos las gracias a la cajera y contentos salimos de la tienda. Pero luego, pensando con cuidado en lo que dijo la cajera, nos pusimos tristes porque sus palabras estaban vacías de significado.

¿Qué se supone que haríamos? Fuimos al Jardín Primavera y empezamos a contar árboles, pero al llegar al seis nos deteníamos y empezábamos a discutir. Algunos opinaron que el siete era el que seguía; pero otros decían que era el ocho. Estuvimos discutiendo mucho tiempo cuando, por un golpe de suerte, un niño se cayó de una banca y se quebró las quijadas. Eso nos distrajo de nuestra discusión.

Y cada quien se fue a su casa.

Una muerte clara, Natalia Litvinova

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Nunca vi una muerte tan transparente como la que amanecía

junto a mi ventana entre las ramas de los abedules.

Nunca vi una muerte tan desamparada, robándole cobijo

a los niños gitanos ante la caída del cuchillo de nieve.

Nunca vi una muerte que sin pronunciar nombre alguno

abrazaba cualquier cuerpo con suavidad minuciosa.

Nunca más volví a ver una muerte tan clara

como aquel septiembre del año invisible cuando la patria

se extinguía como un animal preciado.

Y sólo yo lo supe.

El Navaja, Vladimir Nabokov

ce004guerrillerorusoSus compañeros de regimiento tenían sus buenas razones para llamarle El Navaja . El rostro de aquel hombre carecía de fachada. Cuando sus amigos pensaban en él sólo lograban imaginárselo de perfil, y ese perfil era extraordinario: la nariz afilada como el compás de un dibujante; la barbilla, prominente, como si fuera un codo; las pestañas, largas y suaves; características de un temperamento obstinado y también cruel. Se llamaba Ivanov.

Aquel apodo, conferido en sus años jóvenes, resultó ser extrañamente profetice No es extraño que un tipo que se llame Rubin o Rubi acabe siendo un gemólogo de prestigio. El capitán Ivanov, después de una fuga épica y tras una serie de peripecias insípidas, dio con sus huesos en Berlín, y escogió precisamente el oficio al que aludía su apodo, el de barbero.

Trabajaba en una barbería pequeña pero limpia, compartiendo su oficio con otros dos empleados, que trataban al «capitán ruso» con un respeto no exento de jovialidad. El negocio incluía asimismo al propietario, una severa masa humana que hacía girar la manivela de la caja registradora con un sonido argentino, así como a una manicura, anémica y translúcida, que parecía haberse amojamado al contacto con los innumerables dedos que, en grupos de a cinco, habían posado ante sus artes en un pequeño cojín de terciopelo.

Ivanov hacía muy bien su trabajo, y eso que no había conseguido hablar bien alemán. Sin embargo, pronto ideó una forma de resolver el problema: colocar un nicht al final de la primera frase, un interrogativo was en la siguiente, y luego, de nuevo nicht , alternándolos de este modo al infinito. Y aunque hasta que no llegó a Berlín no aprendió a cortar el pelo, manejaba la navaja y las tijeras con extraordinaria destreza, casi como los peluqueros rusos, con su proverbial afición a hacer todo tipo de fiorituras con las tijeras cuyos chasquidos adoran -hay que verlos cuando se echan atrás para apuntar el próximo gesto, y cómo cortan un par de mechones para luego chascar indefinidamente las hojas de la tijera como si se vieran impelidos a ello por una especie de inercia. Precisamente, aquel ágil zumbido gratuito era lo que le había conseguido el respeto de sus colegas.

No cabe duda de que las tijeras y las navajas son armas y había algo en su zumbido metálico que gratificaba el alma guerrera de Ivanov. Era un hombre rencoroso y de agudo ingenio. Un bufón había arruinado su patria, noble, espléndida, grandiosa, por mor de una inteligente frase escarlata, y aquello era algo que no podía olvidar. La venganza, como un muelle apretado y contenido al máximo en su alma, acechaba expectante, esperando que llegara su hora.

Una azulada y cálida mañana de verano, aprovechando que apenas había clientes por el horario de las oficinas, los dos colegas de Ivanov se tomaron una hora de descanso. Su jefe, muerto de calor y de deseo insatisfecho, había escoltado en silencio a la pálida y complaciente manicura hasta el cuarto trastero. Solo en la peluquería, agobiado de calor, Ivanov empezó a hojear un periódico y luego encendió un pitillo, salió a la puerta y se dispuso a observar a los transeúntes.

La gente cruzaba deprisa, perseguida por las sombras azulencas de sus cuerpos, que se rompían en el filo de la acera para deslizarse intrépidas bajo las relucientes ruedas de los coches cuyas huellas dejaban sobre el asfalto recalentado unas cintas de seda que se asemejaban al florido encaje de la piel de las serpientes. De repente, un caballero de baja estatura, fornido, vestido con un terno negro y un sombrero hongo, dejó la acera y se dirigió derecho hacia donde estaba Ivanov. Cegado por el sol, Ivanov parpadeó un instante, luego se hizo a un lado para permitirle entrar en la peluquería.

El rostro del recién llegado se reflejó a un tiempo en todos los espejos: se veían tres cuartos de su rostro, de perfil, y también la calva cerúlea de la coronilla donde había reposado hasta ese momento el sombrero negro que ahora colgaba de una percha. Y cuando aquel hombre se volvió para enfrentar su cara a los espejos, que se reflejaban en superficies de mármol, brillantes todas ellas con el fulgor verde y dorado de los frascos de colonia, Ivanov reconoció al punto aquel rostro móvil y carnoso, con sus ojos penetrantes y el lunar junto al lóbulo derecho de la nariz.

El caballero tomó asiento delante del espejo en silencio. Luego, murmurando entre dientes, se palpó la mejilla sucia con un dedo rechoncho. Su gesto indicaba una orden: «Afeíteme, por favor». Atónito, como en una nube, Ivanov desplegó una sábana sobre su regazo, batió un poco de espuma en un bol de porcelana, la extendió por las mejillas de aquel hombre, por su barbilla y labio superior, circunnavegó cautelosamente el lunar, y empezó a aplicar la espuma con el dedo índice. Pero todos sus movimientos eran mecánicos, tan conmocionado estaba de haber visto de nuevo a aquella persona.

Una ligera máscara de jabón blanca le cubría ya el rostro hasta los ojos, ojos minúsculos que relucían como las ruedecillas de la máquina de un reloj. Ivanov había abierto la navaja y cuando se disponía a afilarla en la correa, se recobró de su estupor y se dio cuenta de que aquel hombre estaba en su poder.

Entonces, inclinándose sobre la calva cerúlea, acercó la cuchilla azul junto a la máscara jabonosa y dijo con toda suavidad: «Mis respetos, camarada. ¿Cuánto tiempo hace que abandonó nuestra querida patria? No, no se mueva por favor, no sea que le dé un corte antes de tiempo».

Las ruedecillas resplandecientes del reloj de sus ojos empezaron a moverse cada vez más deprisa, hasta quedarse fijas, detenidas, contemplando el perfil aquilino de Ivanov. Ivanov limpió la espuma que sobraba con el perfil romo de la navaja y siguió hablando: «Lo recuerdo muy bien, camarada. Lo siento, pero me resulta desagradable pronunciar su nombre. Me acuerdo de que usted me interrogó hace seis años, en Kharkov, recuerdo su firma, querido amigo… Pero como ve, sigo vivo».

Y entonces ocurrió lo que sigue. Los ojillos empezaron a moverse de un lado al otro, luego se cerraron con fuerza, los párpados apretados como los de un salvaje que pensara que al cerrarlos se convertiría de inmediato en un ser invisible.

Ivanov movía con parsimonia la navaja a lo largo de la fría mejilla que parecía crujir con un susurro a su contacto.

– Estamos completamente solos, camarada. ¿Me entiende?

Un mínimo desliz de la navaja y correrá la sangre -aquí, en este punto, noto el latir de la carótida-. Así que habrá mucha, muchísima sangre. Pero primero quiero que su cara esté decentemente afeitada; además, hay algo que tengo que contarle.

Cautelosamente, con dos dedos, Ivanov levantó la punta carnosa de su nariz y, con la misma ternura, empezó a afeitarle el labio superior.

– Sucede, camarada, que me acuerdo de todo. Me acuerdo perfectamente, y quiero que usted también recuerde… -y con un tono muy dulce de voz, Ivanov empezó su relato, mientras afeitaba sin apresurarse aquel rostro recostado, inmóvil. El relato que hizo debió de ser en verdad aterrador porque, de cuando en cuando, su mano se detenía y entonces se inclinaba hasta casi rozar al caballero que seguía sentado con los párpados cerrados, como un cadáver cubierto por el sudario de la sábana.

– Eso es todo -dijo Ivanov, con un suspiro-, ésa es la historia. Dígame ¿qué reparación le parecería justa para todo esto? ¿Con qué puedo sustituir aquella espada afilada?

Vida, Vida, Arseny Tarkovski

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No creo en el presentir, ni temo a las señales.

No huyo del veneno, ni de la calumnia.

En este mundo no hay muerte.

Todos son inmortales, todo es inmortal.

No temas a la muerte ni a los diecisiete, ni a los setenta.

Existe sólo la luz y la realidad.

No hay ni la oscuridad, ni la muerte en este mundo.

Estamos todos en la costa del mar.

Yo soy de los que van sacando redes

repletas, llenas de inmortalidad.

2

Morad en su casa para que no se derrumbe.

Puedo invocar un siglo cualquiera,

voy a entrar en él para construir una casa.

Es por eso que sus hijos y mujeres están conmigo

en la misma mesa y la mesa es del bisabuelo y del nieto.

El futuro se realiza hoy,

y si levanto ahora mi mano

los cinco rayos con ustedes quedarán.

Cada día del pasado fue entibado

a fuerza de mis clavículas y hombros.

Medí el tiempo con una cadena del agrimensor

y lo atravesé como si fuesen los Urales.

3

Elegí el siglo a mi altura.

Fuimos al sur, levantando polvaredas sobre la estepa;

las hierbas malas humeaban, el saltamontes retozaba,

tocando las herraduras con su bigote y profetizaba,

y, como monje, me amenazaba con la muerte.

Até mi destino a la silla de montar,

también hoy, en tiempos venideros,

me levanto cual niño en los estribos.

Me basta con mi inmortalidad,

para que mi sangre fluya de siglo en siglo.

Por un rincón fiel del calor bien conservado

pagaría con mi vida obstinada,

mas su aguja voladiza

me lleva por el mundo, como el hilo de Ariadna.

El último encuentro, Iván Turguénev

 

1En otros tiempos fuimos buenos amigos, incluso íntimos… Pero un buen día se torcieron las cosas, y nos separamos como enemigos.

Pasaron muchos años… En cierta ocasión, estando yo de paso en la ciudad donde él residía, me enteré de que padecía un mal incurable y deseaba verme.

Me dirigí a su casa, entré en su aposento… Nuestras miradas se encontraron.

Apenas lo reconocí: Santo Dios, ¡cómo lo había dejado la enfermedad!

Apergaminado y amarillento, totalmente calvo, con una barba canosa y rala, aparecía sentado, vestido con un camisón rasgado por todas partes… No podía soportar el más leve roce de ropa alguna. Me tendió apresuradamente la mano, una mano escuálida y descarnada y, haciendo un ímprobo esfuerzo, balbuceó algunas palabras ininteligibles, palabras de saludo ¿o, tal vez, de reproche? Quién sabe… Su demacrado pecho se estremeció y dos lágrimas, escuetas y lacerantes, brotaron de sus pupilas encogidas y febriles.

El corazón se me puso en un puño… Me senté en una silla a su lado y, bajando involuntariamente la vista ante tanto horror y tanta ignominia, también le di la mano.

Pero me pareció que no era su mano la que tomaba la mía.

Me pareció ver entre nosotros a una mujer alta, blanca y silenciosa. Una túnica la envolvía enteramente de pies a cabeza. Sus ojos hundidos e incoloros no miraban a ninguna parte, sus labios finos y rígidos no decían nada…

Esa mujer unió nuestras manos… Nos reconcilió para siempre.

Sí… la Muerte nos reconcilió para siempre.

Gavrilo, el carpintero, Ivan Turgueniev

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– ¿Conocéis a Gavrilo, el carpintero del caserío?

– Sí, claro

– ¿Sabéis por qué está tan triste, por qué no habla con nadie? Os diré el porqué, tal y como lo contó mi padre. Había ido al bosque a buscar avellanas, pero cuando estaba cogiéndolas perdió su camino y llegó la noche sin encontrar ni una senda conocida. Se sentó bajo un árbol y se dijo que esperaría hasta la mañana siguiente, así que se recostó y empezó a dormitar. De repente escucha a alguien que le está llamando. Mira alrededor, pero no ve a nadie. Se duerme de nuevo y otra vez escucha que le nombran. Mira y vuelve a mirar; entonces ve delante de él, sobre una rama, a un hada de los bosques que está columpiándose muy divertida.

La luna brilla con tanta fuerza que todo se destaca con plena claridad, y el hada aparece también blanca y resplandeciente en su rama, como un pececillo, como un gobio o una carpa plateada.

Gavrilo el carpintero se queda muerto de miedo, pero ella sigue riéndose y llamándole. Gavrilo está a punto de acercarse, pero en el último momento le viene la idea de persignarse.

¡Y cuánto le cuesta hacerlo, compañeros! Dijo que le resultó casi imposible hacer el signo de la cruz, porque la mano le parecía de piedra. Al fin lo logra y justo entonces el hada deja de reírse y se pone a llorar. Llora y se enjuga las lágrimas con su pelo verde como el cáñamo. Gavrilo la mira y le pregunta: “«¿Por qué lloras, criatura de los bosques?». Y el hada le contesta: «Si no te hubieras persignado, hombre, habrías vivido con alegría y felicidad, conmigo, hasta el fin de tus días; lloro y me lamento porque has hecho el signo de la cruz; pero no sólo yo estaré triste, porque tú también lo lamentarás y estarás sufriendo hasta el fín de tus días».

Dicho esto desapareció y Gavrilo encontró su camino, pero desde ese día tiene ese porte tan melancólico

Las tres respuestas, León Tolstoi

lagrima - rojaUn día se le ocurrió a cierto emperador que si supiera las respuestas de tres preguntas, nunca se equivocaría al tomar las decisiones.

¿Cuándo es el mejor momento para hacer algo?

¿Quiénes son las personas más importantes con las que debo trabajar?

¿Y cuál es el tema más importante del que debo ocuparme en todo momento?

El emperador emitió un decreto por todo su reino anunciando que aquel que respondiera a las tres preguntas recibiría una gran recompensa. Muchos de los que lo leyeron se dirigieron enseguida al palacio con respuestas distintas.

Una persona respondió a la primera pregunta diciendo que el emperador debía confeccionar un programa planeando cada hora, día mes y año las tareas. Otra persona dijo que era imposible planear algo de antemano y que el emperador debía olvidarse de entretenimientos y estar siempre muy atento. Otra insistió en que el emperador debería crear un Consejo de Sabios y actuar siguiendo sus consejos. Otra persona dijo que algunos asuntos debían resolverse al instante y que no había tiempo para consultarlos, pero quizás se lo podría preguntar a magos y adivinos.

Las respuestas a la segunda pregunta también fueron distintas. Una persona dijo que el emperador debía confiar en sus administradores, otra sugirió los sacerdotes y monjes, y otras le recomendaron los médicos. Incluso otras personas le aconsejaron confiar en los guerreros.

La tercera pregunta también obtuvo una variedad similar de respuestas. Algunos dijeron que la ciencia es lo más importante, otros que era la religión y otros reivindicaron la importancia de la destreza militar.

Al no sentirse satisfecho el emperador, disfrazado de campesino, fue a buscar a un ermitaño sabio que vivía en las montañas, una vez atravesados bosques y algún valle, se encontró con el ermitaño que estaba trabajando la tierra con una azada. Al verlo fatigado y anciano, el emperador le ayudó con el trabajo y trató que el venerable ermitaño respondiera a sus preguntas. No dijo nada, sólo unas palmaditas en la espalda y volvió a relevarle en la tarea al emperador.

Después de un rato oyeron a alguien que corría por la montaña, al llegar a ellos vieron que se trataba de un hombre ensangrentado y muy asustado que se derrumbó y perdió el conocimiento ante ellos. El emperador lo llevo dentro de la ermita y allí trató de contener la hemorragia, le cambió de ropas y le dio algo de agua y comida que el ermitaño le ofreció. Ya estaba anocheciendo y pronto el emperador quedó dormido.

Al despertar, miró hacia la cama y vio al hombre herido mirándole y con un hilo de voz diciéndole: ¡Por favor, perdonadme!

Sorprendido, el emperador siguió escuchando.

Su majestad, no me conocéis, pero yo si os conozco. Era vuestro peor enemigo y había prometido vengarme de vos, porque en la última batalla matasteis a mi hermano y confiscasteis mis propiedades. Cuando me enteré de que ibais a ir solo a la montaña para ver al ermitaño, decidí atacaros durante vuestro regreso y mataros. Pero después de esperar mucho tiempo y ver que no volvíais, decidí olvidarme de la emboscada e ir con vuestros ayudantes que, al reconocerme, me hicieron esta herida. Por suerte pude escapar y corrí a refugiarme en este lugar. Si no os hubiera encontrado seguro que ya estaría muerto. Yo he intentado mataros y vos, en cambio me habéis salvado la vida. No podéis imaginaros lo avergonzado y a la vez lo agradecido que me siento. Si salgo de ésta con vida, prometo ser vuestro sirviente por el resto de mi vida e intentaré conseguir que mis hijos y nietos hagan lo mismo. Os ruego que me perdonéis.

El emperador se quedó encantado al ver que se había reconciliado con tanta facilidad con uno de sus antiguos enemigos. No sólo le perdonó, sino que además le prometió devolverle sus propiedades y enviarle a su propio médico y a sus sirvientes para que lo cuidaran hasta que estuviera recuperado del todo.

Antes de regresar al palacio, el rey quería plantearle al ermitaño las tres preguntas por última vez.

El ermitaño se levantó y mirando al emperador le dijo:

¡Pero tus preguntas ya han sido respondidas! Ayer si no te hubieses apiadado de mi edad y no me hubieras ayudado a cavar los surcos, tu enemigo te habría atacado al volver a tu hogar y habrías lamentado no haberte quedado conmigo. Por tanto el tiempo más importante fue cuando estuviste cavando los surcos, la persona más importante era yo y la tarea más importante era ayudarme. Más tarde, cuando aquel hombre herido llegó corriendo hasta aquí, el tiempo más importante fue cuando le vendaste la herida, porque si no te hubieras ocupado de ella habría muerto y tú no habrías podido reconciliarte con él. De igual modo, él era la persona más importante en aquellos momentos, y la tarea más importante era ocuparte de su herida. Recuerda que sólo hay un momento importante: el ahora. El presente es el único momento del que disponemos. La persona más importante es siempre aquella con la que estás, la que tienes ante ti, ya que ¿quién sabe si podrás relacionarte con cualquier otra en el futuro? La tarea más importante es hacer que la persona que está junto a ti sea feliz, este es el cometido de la vida.

El pan ajeno, Varlam Tíjonovich Shalámov

1Aquel era un pan ajeno, el pan de mi compañero. Éste confiaba sólo en mí. Al compañero lo pasaron a trabajar al turno de día y el pan se quedó conmigo en un pequeño cofre ruso de madera. Ahora ya no se hacen cofres así, en cambio en los años veinte las muchachas presumían con ellos, con aquellos maletines deportivos, de piel de “cocodrilo” artificial. En el cofre guardaba el pan, una ración de pan. Si sacudía la caja, el pan se removía en el interior. El baulillo se encontraba bajo mi cabeza. No pude dormir mucho. El hombre hambriento duerme mal. Pero yo no dormía justamente porque tenía el pan en mi cabeza, un pan ajeno, el pan de mi compañero.

Me senté sobre la litera… Tuve la impresión de que todos me miraban, que todos sabían lo que me proponía hacer. Pero el encargado de Día se afanaba junto a la ventana poniendo un parche sobre algo. Otro hombre, de cuyo apellido no me acordaba y que trabajaba como yo en el turno de noche, en aquel momento se acostaba en una litera que no era la suya, en el centro del barracón, con los pies dirigidos hacia la cálida estufa de hierro. Aquel calor no llegaba hasta mí. El hombre se acostaba de espaldas, cara arriba. Me acerqué a él, tenía los ojos cerrados. Miré hacia las literas superiores; allí en un rincón del barracón, alguien dormía o permanecía acostado cubierto por un montón de harapos. Me acosté de nuevo en mi lugar con la firme decisión de dormirme.

Conté hasta mil y me levanté de nuevo. Abrí el baúl y extraje el pan. Era una ración, una barra de trescientos gramos, fría como un pedazo de madera. Me lo acerqué en secreto a la nariz y mi olfato percibió casi imperceptible olor a pan. Di vuelta a la caja y dejé caer sobre mi palma unas cuantas migas. Lamí la mano con la lengua, y la boca se me llenó al instante de saliva, las migas se fundieron. Dejé de dudar. Pellizqué tres trocitos de pan, pequeños como la uña del meñique, coloqué el pan en el baúl y me acosté. Deshacía y chupaba aquellas migas de pan.

Y me dormí, orgulloso de no haberle robado el pan a mi compañero.

AL CANTO, Olga Berghol

1Despierta como quieras, pero despierta en mí,
en el frío, en mis silenciosas profundidades.

No te imploraré palabras, pero dame
una señal de que aún estás vivo.

No por mucho tiempo… sólo un momento de tu tiempo.
Si no un verso, sólo un suspiro, sólo un grito.

Sólo un susurro o sólo una queja.
Sólo el sordo sonar de tus cadenas.

El puerto, Vladimir Nabokov

1En la peluquería olía a rosas podridas, las moscas zumbaban pesadamente. El sol ardía en el suelo como charcos de miel, el brillo de los frascos hería la vista y el viento se colaba a través de la larga cortina en la puerta, hecha de cuentas de arcilla y canutillos de bambú ensartados en apretados hilos que entrechocaban y lanzaban reflejos cuando alguien la apartaba con el hombro para entrar. Frente a él, en el vidrio empañado, Nikitin estudió su rostro bronceado por el sol, los pesados rizos de cabello claro, el destello de las tijeras abriéndose y cerrándose junto a su oído, y sus ojos: la mirada atenta y severa de alguien que se mira en el espejo. La víspera había llegado de Constantinopla, donde la vida se había vuelto insoportable, a este antiguo puerto en el sur de Francia; por la mañana visitó el consulado ruso, la oficina de empleos, vagó por las estrechas calles de la ciudad que bajaban al mar, se sintió cansado, desmadejado por el calor, y entró a cortarse el cabello, a refrescarse la cabeza. Junto al sillón el suelo estaba cubierto de brillantes rizos y cabellos cortados. El peluquero recogió jabón líquido en el cuenco de su mano. Nikitin sintió un agradable frescor en la coronilla, los dedos del barbero untaron con fuerza la espuma, y luego cayó la ducha helada. El corazón le dio un vuelco. La felpuda toalla se movió por su cara, por sus cabellos húmedos.

Nikitin rompió con el hombro la lluvia ondulante de la cortina y salió a la calle que se abría cuesta abajo. La acera derecha estaba a la sombra; por la izquierda, en un ardiente resplandor junto al bordillo, temblaba un delgado arroyo; una niña de cabellos negros, sin dientes, con la cara cubierta de pecas, recibía en un balde un chorro sonoro y brillante; y el arroyo, y el sol, y la sombra color violeta, todo fluía, se deslizaba cuesta abajo, hacia el mar: un paso más y allá, al fondo, entre las paredes de las casas, crecía su compacto brillo de zafiro. Por el lado de la sombra avanzaban unos pocos transeúntes. A su encuentro vio venir a un negro con el uniforme de las tropas coloniales, su cara le recordó un chanclo mojado. Un gato saltó con suavidad del asiento de una silla de mimbre abandonada en la acera. Una voz de cobre, provenzal, comenzó a hablar rápidamente en alguna ventana. Golpeteó el postigo verde. En un tenderete, entre mariscos color lila, olorosos a algas, relucía el oro rugoso de unos limones.

Ya junto al mar, Nikitin miró emocionado su denso azul, que a lo lejos pasaba a un plata enceguecedor, el rielar del sol jugando suavemente en la borda blanca de un yate, y luego, tambaleándose por el intenso calor, fue a buscar el pequeño restaurante ruso cuya dirección había leído en la pared del consulado.

En el pequeño restaurante hacía calor como en la peluquería y estaba un poco sucio. Al fondo, junto a una amplia barra, transparentaban unos bocadillos y frutas bajo las ondas grisáceas de la muselina que los cubría. Nikitin se sentó, enderezó los hombros para despegar la camisa de su espalda mojada. En la mesa vecina comían dos rusos, marineros de un barco francés, por lo visto, y varias mesas más allá un viejito solitario con gafas doradas sorbía con ruido el borsh de su cuchara. Secándose sus gruesas manos con un paño, la dueña lanzó al recién llegado una mirada maternal. Sobre el suelo, dos peludos cachorros agitaban sin cesar sus patas; Nikitin lanzó un silbido; la vieja perra, casi sin pelo y con una película verde en la comisura de sus comprensivos ojos, puso su cabeza sobre las rodillas del hombre.

Uno de los marineros se dirigió a él contenidamente, sin prisa.

—Espántela, le pegará las pulgas.

Nikitin acarició la cabeza de la perra, alzó los ojos brillantes.

—Eso no me preocupa, sabe… Constantinopla… Las barracas… Usted qué cree…

—¿Está recién llegado? —preguntó el marinero. La voz inmutable. Una malla en lugar de la camisa. Todo él fresco, hábil. El cabello negro cortado nítidamente sobre la nuca. La frente despejada. Un aspecto general de decencia y serenidad.

—Ayer por la noche —respondió Nikitin.

El borsh y el ardiente vino le hicieron sudar aún más. Le daban ganas de estar tranquilamente sentado, de platicar en calma. Por la puerta se colaban el sol brillante, el rumor y el reflejo del arroyo en la calle, lanzaban destellos los anteojos del viejito ruso sentado en la esquina, bajo el contador del gas.

—¿Busca trabajo? —le preguntó el segundo marinero, mayor de edad y de ojos azules. Tenía bigotes pálidos, de morsa, pero también parecía muy limpio, pulido por el sol y el viento salado.

Nikitin sonrió.

—Pues claro… Hoy mismo estuve en la oficina de empleos… Me propusieron clavar postes de telégrafos, trenzar cuerdas, pero no sé…

—Venga con nosotros —dijo el de cabello negro— de fogonero… Vale la pena, créame… ¡Eh, Lialia!… Mis más cumplidos saludos.

Entró una señorita de rostro feo y tierno, con un sombrero blanco. Avanzó por entre las mesas, le sonrió primero a los perros y luego a los marinos. Nikitin preguntó algo pero olvidó qué era al mirar a la muchacha, el movimiento de sus caderas, por el cual es fácil reconocer a una señorita rusa. La dueña miró tiernamente a su hija que estaba cansada, que habría estado todo el día en la oficina, o bien en una tienda. Había en ella algo enternecedor, provinciano, a uno le entraban ganas de pensar en el jabón de violetas, en el apeadero de un poblado de dachas en medio de un bosque de abedules. Lógicamente, afuera no había Francia alguna. Movimientos sedosos. La flojera que provocaba el sol.

—No, no es nada complicado —decía el marinero—, se trata de esto: un cubo, el depósito del carbón. Levanta un poco con una pala… Al principio es fácil, mientras el carbón está apilado: cae en el cubo; luego se vuelve más difícil. Llena usted el cubo, lo pone en la carretilla. La lleva rodando hasta el fogonero principal. Éste, con un golpe de pala, ¡zaz!, abre la puerta del horno, ¡zaz! Con ella misma lo lanza, sabe usted, en amplio abanico, para que caiga parejo. Es un trabajo fino. No debe apartar la vista de la aguja, y si baja la presión…

En la ventana, desde la calle, se asomaron la cabeza y los hombros de una persona tocada con un panamá, vestida con un saco blanco.

—¿Cómo le va, Lialia?

Se acodó en la ventana.

—Sí, sí, claro, hace calor, no deja de despedir calor. Se deja uno puesto sólo los pantalones y la malla. La malla luego queda negra. Pero le estaba hablando de la presión. En el horno, ya sabe, se crea un sedimento, una costra como de piedra; la rompes con un atizador largo. No es fácil. Pero en cambio, en cuanto sales a cubierta, el sol, aunque sea en el trópico, te parece fresco, y luego te duchas, te metes en tu camarote, a tu hamaca, una bendición, permítame decirle…
Mientras tanto, en la ventana:

—¡Y él, oiga esto, afirma que me vio en el automóvil!

Lialia hablaba en voz muy alta, excitada. Su interlocutor, el señor de blanco, permanecía de pie, en la calle, y en el cuadrado de la ventana se veían sus hombros redondos, su cara suave y afeitada, que el sol iluminaba a medias: un ruso con suerte.

—Además, me dijo, lucía un vestido color lila, pero no tengo ningún vestido color lila. Pero él insistía: zhe vu zasiur.

—¿Por qué no hablan en ruso? —se volteó hacia ellos el marinero que había hablado con Nikitin.

El hombre en la ventana dijo:

—Pues yo, Lialia, les conseguí la partitura. ¿Se acuerda?

Olió así, como a propósito, como si alguien se entretuviera inventando a esta señorita, aquella conversación, aquel restaurante ruso en un puerto extranjero; olió a la cotidianidad provinciana, y al instante, por una extravagante y secreta asociación de ideas, el mundo pareció todavía más amplio, daban ganas de navegar por los mares, entrar a golfos fabulosos, escuchar a escondidas almas ajenas.

—¿Me pregunta cuál rumbo? Indochina —así, simplemente, dijo el marinero.
Nikitin, pensativo, golpeó el emboquillado contra la pitillera; en la tapa de madera habían grabado con fuego un águila dorada.

—Se la debe pasar uno bien.

—Pues claro, muy bien.

—Pero cuénteme algo. Sobre Shanghai o sobre Colombo.

—¿Shanghai? Estuve allí. Una lluvia caliente, la arena rojiza. Húmedo como en un invernadero. Pero en Ceilán, por ejemplo, no bajé; me tocaba la guardia ese día, ya sabe…

El hombre del saco blanco, encogiendo los hombros le decía algo a Lialia a través de la ventana, en voz muy baja y con aire significativo. Ella le escuchaba, inclinando la cabeza a un costado, acariciando con una mano la oreja abarquillada del perro. Éste había sacado su lengua de un rosa fuego, respiraba alegre y rápidamente, miraba al espacio iluminado de la puerta, pensando, casi seguro, en si valía la pena volverse a acostar en el piso caliente del umbral. Y parecía que también el perro pensaba en ruso.Nikitin preguntó:
—¿A quién debo ver?

El marinero hizo un guiño a su amigo como diciéndole: “lo convencí, ya ves”.

Luego dijo:

—Es muy sencillo. Mañana bien temprano vaya al viejo puerto, en el segundo muelle hallará a nuestro Jean-Var. Hable con el ayudante del capitán. Seguro que lo contrata.

Con atención y claridad Nikitin miró la frente despejada e inteligente del marino.

—¿Qué hacía usted antes, en Rusia?

Éste encogió los hombros y sonrió forzadamente.

—¿Qué hacía? Era un imbécil —respondió por aquél la voz de bajo del bigotudo.
Al rato, ambos se levantaron. El joven sacó una billetera que guardaba bajo la hebilla del cinturón, a la usanza de los marineros franceses. Algo hizo reír a Lialia, que se había acercado a ellos. La muchacha les tendió la mano con la palma, seguramente un poco húmeda. Retozaron los cachorros en el piso. El hombre en la ventana se volvió silbando distraída y suavemente. Nikitin pagó la cuenta y salió sin prisa al sol.

Eran cerca de las cinco de la tarde. El azul del mar abajo, entre las callejuelas, hería la vista. Llameaban los techos redondos de los baños callejeros.
Regresó a su miserable hotel y, cruzando lentamente las manos en la nuca, en la bendita borrachera del sol, se tiró boca abajo en su cama. Soñó que era otra vez un oficial, que avanzaba por las laderas de Crimea cubiertas por arbustos de los que crecen bajo los encinos, y al paso, con la fusta, cortaba las felpudas cabezas de los cardos. Despertó porque se rió en sueños; despertó, y en la ventana ya azuleaba el crepúsculo.

Se asomó a aquel fresco abismo y pensó: allá abajo se pasean mujeres, y entre ellas hay rusas. ¡Qué buena estrella!

Se alisó el cabello, limpió las puntas de sus botas con un extremo de la cobija, abrió su monedero —sólo tenía cinco francos— y volvió a salir a pasear sin rumbo fijo, a disfrutar su ociosa soledad.

A esta hora había más gente en la calle que por el día. A lo largo de las estrechas calles que bajaban hacia el mar, tomaban el fresco personas sentadas frente a las casas. Pasó una muchacha con un vestido de lentejuelas… Alzó sus pestañas… Un tendero ventrudo fumaba con el chaleco abierto, sentado a horcajadas sobre una silla de mimbre, apoyando los codos en el espaldar, la trincha de la camisa asomándole sobre el vientre. Unos niños, en cuclillas y a la luz de una linterna, echaban barquillos de papel al agua negra que corría junto a la acera. Olía a pescado y a vino. De las tabernas de marineros, iluminadas por una luz amarilla, salían los torpes sonidos de un organillero, golpes de palmadas contra la mesa, gritos de tonos metálicos. Y en la parte alta de la ciudad, por el bulevar principal, bajo las nubes de las acacias, arrastraba los pies y se reía la multitud nocturna, centelleaban los finos tobillos de las mujeres, los zapatos blancos de los oficiales de barcos. Aquí y allá, como un multicolor fuego artificial congelado, llameaban en la oscuridad color lila los cafés: pequeñas mesas sobre la acera, la sombra de los álamos cayendo sobre los toldos listados iluminados desde adentro. Nikitin se detuvo. Se imaginó una jarra de cerveza, helada y pesada. Al fondo, tras las mesas, los sonidos de un violín se retorcían como unas manos, y un arpa arpegiaba densamente. Mientras más banal es una música, más nos llega al corazón.

En la primera de las mesas vio a una mujer vestida de verde, cansada —una mujer de la calle—, balanceando la punta del zapato.

—Me tomaré algo —decidió Nikitin—, pero no, mejor no… Aunque…

La mujer tenía ojos de muñeca. Había algo muy conocido en aquellos ojos, en la larga línea de su pierna. La mujer tomó su cartera y se levantó como si llevara prisa. Vestía una blusa larga de seda esmeralda que ceñía sus caderas muy abajo. Pasó junto a él entrecerrando los ojos por la música.

“Sería muy extraño” —pensó Nikitin. Por su mente pasó algo, como una estrella que cae, y, olvidando las cervezas, se levantó y la siguió por un callejón oscuro y brillante. Un farol alargó la sombra de la mujer, que se deslizó por la pared y pareció partirse. La mujer avanzaba lentamente, y Nikitin refrenó el paso temiendo darle alcance sin saber por qué.

“Pero no hay duda de que es así… Dios mío, qué bendición…”

La mujer se detuvo al borde de la acera. Sobre una puerta negra ardía una lámpara color frambuesa. Nikitin pasó junto a ella, volvió sobre sus pasos, rodeó a la mujer, se detuvo. Con arrullante risita, la mujer le lanzó una tierna palabra en francés.

Bajo la tenue luz del lugar, Nikitin vio su atractivo y cansado rostro, el brillo húmedo de sus diminutos dientes.

—Escúcheme —le dijo Nikitin en ruso, con sencillez y en voz baja—. Nos conocemos desde hace mucho, hablemos mejor en nuestra lengua materna.

Ella alzó las cejas:

—English? You speak english?

Nikitin la miró fijamente y repitió ya con cierta impotencia:

—No siga, estoy seguro.

—T’es polonais, alors? —preguntó la mujer alargando la última sílaba a la manera sureña.

Nikitin se dio por vencido, sonrió forzadamente, le dio a la mujer el billete de cinco francos, se volvió rápidamente y comenzó a cruzar la plaza que también bajaba al mar. Al momento escuchó unos pasos apresurados que le daban alcance, una respiración, el roce de un vestido. Se volvió. No vio a nadie. Sólo la plaza vacía, a oscuras. El viento nocturno arrastraba por los adoquines la hoja de un periódico.
Nikitin suspiró, volvió a sonreír sin ganas, se metió las manos en los bolsillos bien adentro y, mirando las estrellas que se encendían y se apagaban palideciendo como avivadas por un enorme fuelle, comenzó a bajar en dirección al mar.

Allí, junto al brillo de la luna sobre las olas, en el malecón de piedra del viejo muelle, descolgó los pies y permaneció así mucho tiempo, con la cabeza echada hacia atrás, apoyándose en las palmas de sus manos extendidas tras él.

Rodó una estrella fugaz, de pronto, como deja de latir, por un segundo, el corazón.

Un fuerte y limpio golpe de viento agitó sus cabellos, pálidos en el resplandor nocturno