Matar a un Niño, Stig Dagerman

Es un día suave y el sol esta oblicuo sobre la llanura. Pronto sonarán las campanas, porque es domingo. Entre dos campos de centeno, dos jóvenes han hallado una senda por la que nunca fueron antes, y en los 3 pueblos de la planicie resplandecen los vidrios de las ventanas. Algunos hombres se afeitan frente a los espejos en las mesas de las cocinas, las mujeres cortan pan para el café, canturreando, y los niños están sentados en el suelo y abrochan sus blusas. Es la mañana feliz de un día desgraciado, porque este día un niño será muerto, en el tercer pueblo, por un hombre feliz. Todavía el niño está sentado en el suelo y abrocha su camisa, y el hombre que se afeita dice que hoy harán un paseo en bote por el riachuelo, y la mujer canturrea y coloca el pan, recién cortado, en un plato azul. Ninguna sombra atraviesa la cocina, y, sin embargo, el hombre que matará al niño está al lado de la bomba de bencina roja, en el primer pueblo. Es un hombre feliz que mira en una cámara, y en el cristal ve un pequeño carro azul, y a su lado a una muchacha que ríe. Mientras la muchacha ríe y el hombre toma la hermosa fotografía, el vendedor de bencina ajusta la tapa del tanque y asegura que tendrán un bonito día. La muchacha se sienta en el carro, y el hombre que matará al niño saca su billetera del bolsillo y comenta que viajarán hasta el mar, y en el mar pedirán prestado un bote y remarán lejos, muy lejos. A través de los vidrios bajados, oye la muchacha, en el asiento delantero, lo que él habla; ella cierra los ojos, ve el mar y al hombre junto a sí en el bote. No es ningún hombre malo, es alegre y feliz, y antes de entrar en el carro se detiene un instante frente al radiador que centellea al sol, y se goza del brillo y del olor de bencina y de ciruelo silvestre. No cae ninguna sombra sobre el carro, y el refulgente parachoques no tiene ninguna abolladura y no está rojo de sangre.

Pero, al mismo tiempo que, en el primer pueblo, el hombre cierra la puerta izquierda del carro y tira el botón de arranque, en el tercer pueblo, la mujer abre su alacena, en la cocina, y no encuentra el azúcar. El niño, que ha abrochado su camisa y que ha amarrado los cordones de sus zapatos, está de rodillas en el sofá y contempla el riachuelo que serpentea entre los alisos, y el negro bote que está medio varado sobre el pasto. El hombre que perderá a su hijo está recién afeitado y, en ese momento, pliega el soporte del espejo. En la mesa, las tazas de café, el pan, la crema y las moscas. Sólo el azúcar falta, y la madre ordena a su hijo que corra donde los Larsson y pida prestados algunos terrones. Y mientras el niño abre la puerta, le grita el padre que se dé prisa, porque el bote espera en la ribera. Remarán tan lejos como nunca antes remaron. Cuando el niño corre a través del jardín, en todo momento piensa en el riachuelo y en los peces que saltan, y nadie le susurra que sólo le quedan 8 minutos para vivir y que el bote permanecerá allí donde está todo el día y muchos otros días. No es lejos lo de los Larsson: únicamente cruzar el camino, y mientras el niño corre atravesándolo, el pequeño carro azul entra en el otro pueblo. Es un pueblo pequeño con pequeñas casas rojas, con gente que acaba de despertar, que está en su cocina con las tazas de café levantadas y observan al carro venir por el otro lado del seto con grandes nubes de polvo detrás de sí. Va muy rápido, y el hombre en el carro ve cómo los álamos y los postes de telégrafo, recién alquitranados, pasan como sombras grises. Sopla verano por la ventanilla. Salen velozmente del pueblo. El carro se mantiene seguro en medio del camino. Están solos todavía. Es placentero viajar completamente solos por un liso y ancho camino, y a campo abierto es mucho mejor aún. El hombre es feliz y fuerte, y en el codo derecho siente el cuerpo de su futura mujer. No es ningún hombre malo. Tiene prisa por alcanzar el mar. No sería capaz de matar a una mosca, pero sin embargo, pronto matará a un niño. Mientras avanzan hacía el tercer pueblo, cierra la muchacha otra vez los ojos y juega que no los abrirá hasta que puedan ver el mar, y al compás de los muelles tumbos del carro, sueña en lo terso que estará.

¿Por qué la vida está construida con tanta crueldad, que un minuto antes de que un hombre feliz mate a un niño, todavía es feliz y un minuto antes de que una mujer grite de horror, puede cerrar los ojos y soñar en el ancho mar, y durante el último minuto de la vida de un niño pueden sus padres estar sentados en una cocina y esperar el azúcar y hablar sobre los dientes blancos de su hijo y sobre un paseo en bote, y el niño mismo puede cerrar una verja y empezar a atravesar un camino con algunos terrones en la mano derecha envueltos en papel blanco; y durante este último minuto no ver otra cosa que un largo y brillante riachuelo con grandes peces y un ancho bote con callados remos ?

Después, todo es demasiado tarde. Después, está un carro azul al sesgo en el camino, y una mujer que grita retira la mano de la boca, y la mano sangra. Después, un hombre abre la puerta de un coche y trata de mantenerse en pie, aunque tiene un abismo de terror dentro de sí. Después hay algunos terrones de azúcar blanca desparramados absurdamente entre la sangre y la arenilla, y un niño yace inmóvil boca abajo, con la cara duramente apretada contra el camino. Después, llegan dos lívidas personas que todavía no han podido beber su café, que salen corriendo desde la verja y ven en el camino un espectáculo que jamás olvidarán.

-Porque no es verdad que el tiempo cure todas las heridas-. El tiempo no cura la herida de un niño muerto y cura muy mal el dolor de una madre que olvidó comprar azúcar y mandó a su hijo a través del camino para pedirla prestada; e igualmente, mal cura la congoja del hombre feliz, que lo mató..

Porque el que ha matado a un niño, no va al mar. El que ha matado a un Niño vuelve lentamente a casa en medio del silencio, y junto a sí lleva una mujer muda con la mano vendada; y en todos los pueblos por los que pasan ven que no hay ni una sola persona alegre. Todas las sombras son más oscuras, y cuando se separan todavía es en silencio; y el hombre que ha matado a un niño sabe que este silencio es su enemigo, y que va a tener que necesitar años de su vida para vencerlo, gritando que no fue su culpa. Pero sabe que esto es mentira, y en sus sueños de las noches deseará en cambio tener un solo minuto de su vida pasada para “hacer este solo minuto diferente”.

Pero tan cruel es la vida para el que ha matado a un niño, que después todo es demasiado tarde.

El cielo de Fresnes, Lasse Söderberg

Eric Dijkstra
Eric Dijkstra

Durante todo un invierno he visto

el cielo de Fresnes, sucio y gris

como el muro donde alguien se detuvo

para que las piedras lo condenasen.

Durante todo un invierno he andado

por las calles vacías, sintiendo

el cielo como un trapo húmedo

que apretaba desesperadamente mi boca.

Todo un invierno, amortajado en tristeza

junto al alto muro sucio de pájaros

he invocado a la luz que bulle

de la herida insoportable.

 

Los huesos sagrados, Pär Lagerkvist

Mavi escamillaDos pueblos habían sostenido una gran guerra de la que ambos se sentían muy orgullosos, y que continuaba todavía con vivo ensañamiento sin tener para nada en cuenta las pequeñas necesidades humanas.

A ambos lados de la frontera sobre la que se habían librado las batallas, y donde los soldados fueron horriblemente muertos, se erigieron grandes monumentos conmemorativos en honor de los caídos por la patria, que yacían en sus tumbas. Allí se congregaban los dos pueblos, cada cual ante su respectivo monumento, y se pronunciaban exaltados discursos sobre las legiones de valientes cuyos huesos descansaban bajo tierra, santificados por una muerte heroica y cubiertos de gloria para toda la eternidad.

Un día circuló en ambos pueblos el impresionante rumor de que algo raro sucedía durante las noches en el antiguo campo de batalla. Se decía que se veían fantasmas, y que los muertos abandonaban sus sepulturas y cruzaban la frontera como si se hubieran reconciliado. La versión provocó una profunda inquietud. ¡Los héroes caídos, venerados por todos sus compatriotas, se reunían con los enemigos e intimaban con ellos! ¡Era demasiado!

Los dos pueblos resolvieron enviar sendas comisiones para investigar el caso. Los miembros de las comisiones se pusieron a espiar, escondidos detrás de algunos árboles secos que aún quedaban, y esperaron a que llegara la medianoche. ¡Qué espanto! ¡La especie resultó ser absolutamente cierta! El desolado campo se poblaba de horribles fantasmas que cruzaban la frontera llevando, al parecer, una carga consigo.

Los miembros de las comisiones corrieron hacia ellos indignados:

¡Cómo, ustedes que se han sacrificado por su patria; ustedes, a quienes veneramos por encima de todo, por quienes nos reunimos para recordarlos y reverenciarlos, cuyas sepulturas nos son sagradas; ustedes fraternizan con el enemigo, se reconcilian con ellos!

Los héroes caídos los miraron asombrados:

Nada de eso, seguimos odiándonos lo mismo que antes. Lo único que hacemos es cambiar los huesos. No existe ninguna ley que lo prohíba.

Un doble de mahoma, Emanuel Swedenborg

1Ya que en la mente de los musulmanes las ideas de Mahoma y de religión están indisolublemente ligadas, el Señor ha ordenado que en el Cielo siempre los presida un espíritu que hace el papel de Mahoma. Este delegado no siempre es el mismo. Un ciudadano de Sajonia, a quien en vida tomaron prisionero los argelinos y que se convirtió al Islam, ocupó una vez este cargo. Como había sido cristiano, les habló de Jesús y les dijo que no era el hijo de José, sino el hijo de Dios; fue conveniente reemplazarlo. La situación de este Mahoma representativo está indicada por una antorcha sólo visible a los musulmanes. El verdadero Mahoma, que redactó el Corán, ya no es visible a sus adeptos. Me han dicho que al comienzo los presidía, pero que pretendió dominarlos y fue exiliado en el Sur. Una comunidad de musulmanes fue instigada por los demonios a reconocer a Mahoma como Dios. Para aplacar el disturbio, Mahoma fue traído de los infiernos y lo exhibieron. En esta ocasión yo lo vi. Se parecía a los espíritus corpóreos que no tienen percepción interior, y su cara era muy oscura. Pudo articular las palabras: “Yo soy vuestro Mahoma” e inmediatamente se hundió.

La muerte de un héroe, Pär Lagerkvist

camera_buia_9max

En una ciudad donde nunca parecían suficientes las distracciones, un comité había contratado a un hombre que, luego de mantenerse en equilibrio cabeza abajo en lo alto del campanario de la iglesia, debía arrojarse al vacío y matarse. Cobraría por ello 500.000 coronas. Todas las clases sociales, todos los círculos se interesaron vivamente en el asunto. No se hablaba de otra cosa y las entradas se agotaron en pocos días. La gente opinaba que era un acto valeroso, sin dejar de considerar su precio. Por menos agradable que fuera caer de semejante altura, había que reconocer que la suma ofrecida bien valía la pena. Se podía estar orgulloso de una ciudad capaz de constituir el comité que había organizado todo sin escatimar gastos. Por supuesto, la atención se dirigía también hacia el hombre encargado de realizar el proyecto. Solícitos y ardorosos, los periodistas se arrojaron sobre él cuando faltaban pocos días para el espectáculo. Los recibió amablemente en el mejor hotel de la ciudad, donde tenía reservadas varias habitaciones.

¡Bah! Para mí esto no es más que algo necio. Me han propuesto la suma que ustedes conocen y he aceptado. Eso es todo.

Entonces, ¿usted no encuentra desagradable arriesgar su vida? Se comprende que sea necesario, pues sin ello la cosa no tendría nada de estrictamente sensacional y por lo tanto el comité no pagaría como lo hace, pero para usted personalmente no puede ser agradable.

Sí, usted tiene razón; he pensado en eso. ¿Pero porqué no se haría por dinero?

Inspirados por estas declaraciones, aparecieron en los periódicos largos artículos sobre ese hombre hasta entonces desconocido, sobre su pasado, sus proyectos, sus opiniones sobre la actualidad, su carácter y su vida privada. Si se abría un diario cualquiera, allí estaba su retrato: un joven vigoroso, sin nada que lo hiciera notable, pero lozano y airoso, de rostro abierto enérgico; tipo representativo, en suma, de la mejor juventud de la época, sana y voluntariosa. Su imagen podía verse en todos los cafés, como preparación de la emoción que habría de venir. Se concluía que el muchacho no estaba nada mal, que era simpático; las mujeres lo encontraban maravilloso. Algunos que se atribuían mayor sentido común alzaban los hombros diciendo: es un pícaro. Pero todos estaban de acuerdo en admitir que una idea tan original, tan fantástica, sólo podía nacer en una época tan extraordinaria como la nuestra, con su fiebre, su fogosidad, su propensión al sacrificio total. El comité, por su parte, recibía unánimes elogios por no haber reparado en los gastos cuando se trataba de montar semejante cosa, de ofrecer a la ciudad un espectáculo tan excepcional. Los gastos serían seguramente cubiertos por el precio elevado de las entradas; sin embargo, había un riesgo a correr.

Por fin llegó el gran día. Los alrededores de la iglesia hormigueaban de gente. Reinaba una emoción inaudita. Todos retenían el aliento, sobreexcitados por la espera de lo que debía ocurrir.

Y el hombre cayó; todo fue breve. La gente se estremeció, luego levantó la cabeza y se puso camino a casa. Hubo cierta decepción. El espectáculo había sido grandioso, y sin embargo… En suma, lo único que había hecho era matarse y se había pagado caro por una cosa tan simple. Se había desarticulado horriblemente, pero, ¿qué placer se había obtenido? ¡Una juventud llena de promesas sacrificada de esa manera!

El público volvió descontento a su casa; las damas abrían sus sombrillas para protegerse del sol. No; se debería prohibir organizar semejantes horrores. ¿Quién podría encontrar placer en ellos? Reflexionando, ellos encontraban todo eso irritante.

La función del artista, Ingmar Bergman

persona-1Existe una vieja historia sobre la catedral de Chartres que fue fulminada por un rayo y quedó arrasada. Entonces miles de personas llegaron desde los cuatro puntos cardinales, como una gigantesca procesión de hormigas, y juntas empezaron a reconstruir la catedral sobre el viejo solar. Trabajaron hasta que el edificio estuvo terminado: maestros de obra, artistas, obreros, buhoneros, nobles, sacerdotes, ciudadanos. Pero todos permanecieron en el anonimato y hasta el día de hoy nadie sabe quiénes construyeron la catedral de Chartres.

Haciendo caso omiso de mis propias creencias y dudas, que carecen de importancia en este sentido, opino que el arte perdió su impulso creador básico en el instante en que fue separado del culto religioso. Se cortó el cordón umbilical y ahora vive su propia vida estéril, procreando y prostituyéndose. En tiempos pasados el artista permanecía en la sombra, desconocido, y su obra era para gloria de Dios. Vivía y moría sin ser más o menos importante que otros artesanos; «valores eternos», «inmortalidad» y «obra maestra» eran términos inaplicables en su caso. La habilidad para crear era un don. En un mundo semejante florecían la seguridad invulnerable y la humildad natural.

Hoy el individuo se ha convertido en la forma más alta y en el veneno más grande de la creación artística. La más leve herida, o el dolor ocasionados al yo, son examinados bajo el microscopio como si fuera cosa de importancia eterna. El artista considera su aislamiento, su subjetividad, su individualismo como si fueran casi sagrados. Y así finalmente nos reunimos en un corral grande donde nos quedamos balando sobre nuestra soledad sin escucharnos los unos a los otros y sin advertir que nos estamos asfixiando unos a otros hasta matarnos. Los individualistas se miran fijamente a los ojos y sin embargo niegan la existencia unos de otros. Andamos en círculos tan limitados por nuestras propias ansiedades que no podemos ya distinguir entre lo verdadero y lo falso, entre el capricho del gángster y el ideal más puro.

Por consiguiente, si se me pregunta qué es lo que desearía que fuera el propósito general de mis películas, contestaría que quiero ser uno de los artistas en la catedral, en el gran llano. Deseo hacer una cabeza de dragón, un ángel, un demonio —o tal vez un santo— tallada en piedra, da lo mismo lo que sea; siento una gran satisfacción tanto en una como en otra cosa. Independientemente de si soy cristiano o pagano, trabajo en la edificación común de la catedral porque soy artista y artesano, y porque he aprendido a formar de la piedra caras, miembros y cuerpos. Nunca necesito inquietarme por el fallo contemporáneo o el criterio de la posteridad; consisto de un nombre y apellido, que no están grabados en ningún lugar y que desaparecerán cuando yo mismo desaparezca. Pero una pequeña parte mía va a sobrevivir en la integridad triunfante, anónima. Un dragón o un demonio, tal vez un santo, no importa qué.

Elegía, Sun Axelsson

After my timeOscilas en una tempestad en el horizonte
tras el impenetrable telón de lluvia

No puedes venir aquí pero me indicas
que vaya Y yo tampoco

puedo llegar a ti La puerta está cerrada y perdida la llave
La lluvia no acaba nunca Me miras

como si estuviéramos muy cerca Gritas entonces
No te oigo Espera pronto despejará

y el sol tenderá su alfombra Vendrás entonces
eternamente amado Tal vez yo no pueda

atravesar el muro reventarlo alcanzarte
Tal vez por eso esperas

que deje de llover Esperas cual la noche
a la aurora cuando todo habrá de ser distinto

Y la tormenta contiene su aliento y las estrellas
las únicas que aún invisibles caen

Sí entonces llegas tú abres la puerta me levantas
y vamos juntos atravesando el tiempo

El beso, Hjalmar Söderberg

Gustav Klimt

Érase una vez una muchacha y un joven. Estaban sentados en una piedra, en una punta de tierra que se adentraba en el mar, y las olas golpeaban hasta tocar sus pies. Estaban sentados, callados, cada uno en sus pensamientos, y vieron ponerse el sol.

Él pensó que tenía muchas ganas de besarla. Su boca parecía hecha para eso. Había visto chicas más hermosas y, en realidad, estaba enamorado de otra, pero no creía poder besarla nunca, ya que era un ideal y una estrella, y “a las estrellas uno no puede desear poseerlas”. Ella pensó que querría que él la besara, porque entonces tendría una oportunidad de enojarse con él y mostrarle lo mucho que lo despreciaba. Se levantaría, levantando las faldas y ajustándolas en torno a sí; lo miraría con una mirada cargada de helada burla y se iría, derecha y sin prisas innecesarias. Pero para que no pudiera adivinar lo que pensaba, dijo en voz baja, muy lentamente:

-¿Cree usted en otra vida después de ésta?

Él pensó que sería más fácil besarla si contestaba que sí. Pero no recordaba bien cómo había respondido en otra oportunidad a la misma pregunta y tuvo miedo de contradecirse. Por eso la miró profundamente a los ojos y dijo:

-Hay momentos en que creo que sí.

Esa respuesta agradó a la chica enormemente y pensó: “De todas maneras, me gusta su pelo y también la frente. Es una lástima que la nariz sea tan fea y que no tenga una posición. Es sólo un estudiante”. Con un novio como ése no la envidiarían sus amigas.

Él pensó. “Ahora, decididamente, puedo besarla”. Pero tenía mucho miedo; no había besado antes a ninguna joven de buena familia, y se preguntaba si sería peligroso. Su padre dormía, tumbado en una hamaca, no muy lejos de allí, y era el alcalde de la ciudad.

Ella pensó: “¿Será quizá mejor que le dé un bofetón cuando me bese?”. Y pensó de nuevo: “¿Por qué no me besa, es que soy tan fea y desagradable?”.

Y se inclinó sobre el agua para mirarse reflejada, pero su retrato se rompió en las olas que salpicaban.

Pensó a continuación: “Me pregunto qué sentiré cuando me bese”. En realidad, la habían besado una sola vez, un teniente, después de un baile en el hotel de la ciudad. Pero olía muy mal, a cigarros y a ponche, y ella se había sentido un poco halagada de que la hubiera besado, ya que era un teniente, pero, por otra parte, ese beso no había sido gran cosa. Y, además, lo odiaba, porque después del beso ni le había propuesto matrimonio ni había vuelto a mirarla.

Mientras estaban allí sentados, cada uno en sus pensamientos, el sol se puso y oscureció.

Y él pensó: “Ya que está todavía sentada a mi lado y el sol se ha ido, quizá no tenga nada en contra de que la bese”.

Y lentamente le pasó un brazo sobre los hombros.

Eso ella no lo había previsto. Había creído que la besaría sin más preámbulos y que entonces ella le daría una bofetada y se iría como una princesa. Ahora no sabía qué hacer; quería enfadarse con él, pero no quería perder la oportunidad de ser besada. Por eso se quedó sentada completamente quieta.

Entonces él la besó.

Era mucho más extraño de lo que ella había pensado; sintió que se quedaba pálida y sin fuerzas, y que se había olvidado totalmente de darle un bofetón, y de que no era nada más que un estudiante.

Pero él pensó en un pasaje del libro de un médico muy religioso, llamado La especie femenina, en donde decía: …Pero cuidado con dejar que el abrazo matrimonial se supedite al dominio de las pasiones. Y pensó que debía ser muy difícil cuidarse si un solo beso podía ya hacer tanto.

Cuando salió la luna, estaban todavía sentados besándose.

Ella le susurró al oído:

-Te amé desde el primer momento en que te vi.

Y él respondió:

-Para mí no ha habido otra en el mundo como tú.

Un téologo en la muerte

Rembrandt

Los ángeles me comunicaron que cuando falleció Melanchton le fue suministrada en el otro mundo una casa ilusoriamente igual a la que había tenido en la tierra. (A casi todos los recién venidos a la eternidad les ocurre lo mismo y por eso creen que no han muerto.) Los objetos domésticos eran iguales: la mesa, el escritorio con sus cajones, la biblioteca. En cuanto Melanchton se despertó en ese domicilio, reanudó sus tareas literarias como si no fuera un cadáver y escribió durante unos días sobre la justificación por la fe. Como era su costumbre, no dijo una palabra sobre la caridad. Los ángeles notaron esa omisión y mandaron personas a interrogarlo. Melanchton les dijo: “He demostrado irrefutablemente que el alma puede prescindir de la caridad y que para ingresar en el cielo basta la fe.” Esas cosas las decía con soberbia y no sabía que ya estaba muerto y que su lugar no era el cielo. Cuando los ángeles oyeron este discurso, lo abandonaron. A las pocas semanas, los muebles empezaron a afantasmarse hasta ser invisibles, salvo el sillón, la mesa, las hojas de papel y el tintero. Además, las paredes del aposento se mancharon de cal, y el piso, de un barniz amarillo. Su misma ropa ya era mucho más ordinaria. Seguía, sin embargo, escribiendo, pero como persistía en la negación de la caridad, lo trasladaron a un taller subterráneo, donde había otros teólogos como él. Ahí estuvo unos días y empezó a dudar de su tesis y le permitieron volver. Su ropa era de cuero sin curtir, pero trató de imaginarse que lo anterior había sido una mera alucinación y prosiguió elevando la fe y denigrando la caridad. Un atardecer, sintió frío. Entonces recorrió la casa y comprobó que los demás aposentos ya no correspondían a los de su habitación en la tierra. Alguno contenía instrumentos desconocidos; otro se había achicado tanto que era imposible entrar; otro no había cambiado, pero sus ventanas y puertas daban a grandes médanos. La pieza del fondo estaba llena de personas que lo adoraban y que le repetían que ningún teólogo era tan sapiente como él. Esa adoración le agradó, pero como alguna de esas personas no tenía cara y otras parecían muertas, acabó por aborrecerlas y desconfiar. Entonces determinó escribir un elogio de la caridad, pero las páginas escritas hoy aparecían mañana borradas. Eso le aconteció porque las componía sin convicción.

Recibía muchas visitas de gente recién muerta, pero sentía vergüenza de mostrarse en un alojamiento tan sórdido. Para hacerles creer que estaba en el cielo, se arregló con un brujo de los de la pieza del fondo, y éste los engañaba con simulacros de esplendor y de serenidad. Apenas las visitas se retiraban reaparecían la pobreza y la cal, y a veces un poco antes.

Las últimas noticias de Melanchton dicen que el brujo y uno de los hombres sin cara lo llevaron hacia los médanos y que ahora es como un sirviente de los demonios.

Emanuel Swedenborg.

El mensaje de los réprobos, Emanuel Swedenborg

vlad-gansovsky.jpg

Vlad Gansovsky

Algunos espíritus que habían obtenido permiso de subir del infierno, me dijeron: «De parte del Señor has escrito muchas cosas; escribe algunas de parte de nosotros.» Les respondí: «¿Qué debo escribir?» Dijeron: «Escribe que todo espíritu, bueno o malvado, vive en su propio deleite, el bueno en el deleite de su bien, el malvado en el deleite de su mal.» Pregunté: «¿Cuál es vuestro deleite?» Dijeron que era el deleite del adulterio, del robo, de la mentira y de la impostura. Les pregunté «¿Cuál es la naturaleza de esos deleites?» Dijeron que otros los percibían como el hedor de los excrementos, como el olor podrido de los cadáveres y como la acrimonia de orines viejos. Les dije: «¿Son deleitables esas cosas para vosotros?» Respondieron que eran muy deleitables. Les dije: «Sois como los animales inmundos que se revuelcan en tales cosas.» Respondieron: «Si lo somos, lo somos. Pero esas cosas son el deleite de nuestro olfato.»