Navidad, Robert Walser

johannes-hoffmeister-foraar-1952En un cuchitril, tendida sobre la estrecha cama, hay una mujer, vestida acaso con la misma ropa con la que anduvo hace dos días por la calle, en los ojos una venda. Es jornalera, limpiaba el matadero del pueblo, donde, trabajando en unas condiciones deplorables, unas esquirlas de hueso finas y cortantes han atravesado el ojo. Ahí yace, impotente ante él dolor y el arrepentimiento de no haber sido un poco más precavida. Le hierve la cabeza a más no poder. Pronto será Navidad. ¿Qué Navidad? La tormenta cruje alrededor de la casa —mejor dicho: la chabola—; cae un poco de nieve, migajas, aisladamente, tres, cinco copos, por contarlos, síntoma de un frío atroz constante, ya que cuando nieva intensamente hace más o menos calor.

De las paredes de la habitación miserablemente engalanada cuelgan imágenes de santos, oleografías baratas compradas por un par de céntimos no importa dónde ni cuándo. La mujer contempla los cuadros sin preguntarse qué significan; si pudiera, todo en el mundo lo contemplaría de esta guisa. Tiene la boca desencajada de tanto llorar. Lleva dos días y dos noches así; nadie acude, nadie viene a visitarla. En la habitación hace frío y huele muy mal, la mujer no ha podido ventilarla. Si una habitación no ha sido ventilada y en ella hace frío, en poco tiempo reina el doble de frío. La mujer ha ido al médico, en la ciudad, pero éste no ha sido capaz de verle nada en el ojo. No es difícil imaginar cómo un médico del montón tratará a una mujer pobre como ésta, no con tosquedad, no precisamente con crueldad, oh, no, en absoluto, y sin embargo la trata cruel y toscamente. El esposo de esta mujer está en la cárcel. Era peón de vía. En el suelo, un niño de cinco años juega a solas, consigo mismo, en cuclillas; tiene frío, pero aún no sabe qué significan la helada, el frío y la desgracia. «¿Hay leche?», pregunta.

A causa de no sé qué error de forma, la mujer no puede reclamar el seguro de accidentes. Se lo ha dicho el capataz del castillo del conde. ¿Acaso cabe esperar una ayuda económica por parte del dolor que le oprime el alma? ¿No? Bien, ¿podría venir una señora a la cabaña de la miseria y dejar algo sobre la cama? ¿Tampoco? Bien, así que la pobre mujer debe tener paciencia. Por enésima vez, piensa: «¡Si por lo menos estuviera sana! ¡Eso sí sería una alegría!». A menudo le dan ganas de gritarle a Dios, no porque esté enfadada con él, no, es tan sólo para cambiar de tono y maldecir. Se propone rogarle, pero entonces el dolor le arranca un grito de rabia.

¿Es eso la Navidad? Cuando una mota de polvo está a punto de metérsenos en el ojo, cerramos rápidamente el párpado por miedo y para proteger algo tan suave y vulnerable. La mera idea de que pudiera causarnos una herida duele, escuece y corta por sí sola, pero aquí se aúlla y hay un estropicio en el interior de la cuenca del ojo. El suplicio se ha convertido un ser autónomo y despótico; toda la habitación, toda la existencia es pasto de unas llamas rojas. Tener paciencia es aquí harto difícil. El cerebro es la sede de la paciencia. Se es paciente con la cabeza, con los pensamientos. Pero aquí arden los pensamientos, y a la mujer le da vueltas el cerebro como una rueda de fuego que crepita.

¡Cuánto le gustaría trabajar, dejarse la piel por dos duros! Está dispuesta a que le peguen y la humillen, a que se rían y burlen de ella, está dispuesta a trabajar hasta caer rendida. Tener que estar tumbada, vestida, metida en una cama húmeda y revuelta, la hace sentirse perezosa e inútil. ¡Ser útil! Este deseo arde con más hermosura que todas las velas navideñas del nuevo y el viejo mundo. Poder levantarse del sucio martirio para alcanzar el orden y la pulcritud. Esta idea es más embriagadora que los besos de Romeo y Julieta.

«¿Por qué nadie viene a yerme?», exclama la mujer. Entonces llaman a la puerta y entra un hombre joven, ningún salvador, ningún Cristo, pero por lo menos una persona. Se acerca a la cama, le dice algo a la mujer. El mero lenguaje de los hombres la hace llorar a lágrima viva. El advierte el rostro oscuro y abotargado, le da una moneda. «¿De qué me sirve?» La mujer agarra las manos del joven y se las aprieta contra los ojos; entonces el hombre se va.

¡Generaciones que subís! El mundo es tan grande, tan transparente, tan claro: un carruaje señorial cruza la calle del pueblo a galope, los patos y las ocas se contonean junto al tanque. En la oficina de correos del pueblo alguien manda un giro. Arriba, en el castillo, se prepara la Navidad. El tren se detiene en la estación. Gente que baja, gente que sube, y el tren prosigue su viaje.

Él y Ella, Robert Walser

gomezPor lo visto hay que considerarlos cultos tanto a él como a ella. Él era persona de mundo, y también ella; él era ingenioso, y no menos lo era ella. Podría decirse que ambos están en el punto álgido de la vida, rodeados por las sonrientes praderas de una cultura superior. Las ganas de saber les llevaron a conocer a multitud de personas y lugares. Ora se asentaban en un lugar, ora en otro, se familiarizaban con toda clase de costumbres, objetos y situaciones, y tan pronto se mostraban pasivos y reservados como activos y locuaces. La mujer se hizo construir una casa a la orilla de un lago e invitó a su amado a ponerse cómodo en su hogar. Él, que la tenía por su parte en gran estima, no sabía si aceptar o rechazar el ofrecimiento. Por lo visto era indeciso, prudente, se movía a tientas y gustaba de sondear y analizar las cosas. En el fondo ella era de una índole parecida, me refiero a que sabía muchas cosas y habitaba con su mente en todas partes. Vivía con el alma en un lugar distinto al que se encontraba físicamente. Amándolo como lo amaba, renegaba de este hecho, de modo que no lo amaba. A él le ocurría lo mismo. Siendo suyo era sin embargo de otra mujer. No sin ignorar que él era ambiguo e inseguro, ella le reprendía. Por su parte, tampoco él la privaba de lo que nadie gusta de oír o ver, de escenas delicadas. A veces, de tanta ternura, no sabían qué decirse. Luego se hacía un silencio que pedía a gritos una ruptura. Se habrá ya advertido que ambos eran egoístas y que preferían la independencia a la falta de libertad. A ella no le hubiera gustado verlo dependiente. El apego puede ser muy molesto. No obstante, si él no pensaba en ella, ella lo tenía por poco cariñoso. En cuanto a él, se alegraba de una independencia, la de ella, que no podía por menos de criticar. Ambos querían erigirse como modelos. En este sentido cada uno escribió un libro. Él leería el de ella y ella leería el de él. Ella escribía como una mujer, él como un hombre, si bien la escritura tiene de suyo un tono muy sutil, es masculina y femenina a un tiempo y emerge de almas dichosas.

El paseo, Robert Walser

robertwalserDeclaro que una hermosa mañana, ya no sé exactamente a qué hora, como me vino en gana dar un paseo, me planté el sombrero en la cabeza, abandoné el cuarto de los escritos o de los espíritus, y bajé la escalera para salir a buen paso a la calle. Podría añadir que en la escalera me encontré a una mujer que parecía española, peruana o criolla. Mostraba cierta pálida y marchita majestad. Sin embargo, he de prohibirme del modo más estricto detenerme aunque no sean más que dos segundos con esta brasileña o lo que fuere; porque no puedo desperdiciar ni espacio ni tiempo. Hasta donde puedo acordarme hoy, cuando escribo todo esto, me encontraba, al salir a la calle abierta, luminosa y alegre, en un estado de ánimo romántico-extravagante, que me satisfacía profundamente. El mundo matinal que se extendía ante mis ojos me parecía tan bello como si lo viera por primera vez. Todo lo que veía me daba la agradable impresión de cordialidad, bondad y juventud. Olvidé con rapidez que arriba en mi cuarto había estado hacía un momento incubando, sombrío, sobre una hoja de papel en blanco. Toda la tristeza, todo el dolor y todos los graves pensamientos se habían esfumado, aunque aún sentía vivamente delante y detrás de mí el eco de una cierta seriedad. Esperaba con alegre emoción todo lo que pudiera encontrarme o salirme al paso durante el paseo. Mis pasos eran medidos y tranquilos, y, por lo que sé, mostraba al caminar un semblante bastante digno. Me gusta ocultar mis sentimientos a los ojos de mis congéneres, sin que, no obstante, me esfuerce aprensivamente en hacerlo, lo que consideraría un gran defecto y una gran tontería. Todavía no había recorrido veinte o treinta pasos de una amplia plaza poblada de gente, cuando me salió ligero al encuentro el profesor Meili, una inteligencia de primer orden. Como la autoridad inconmovible, el profesor Meili caminaba con paso grave, solemne y soberano; en la mano llevaba un inflexible y científico bastón de paseo, que me inspiró espanto, reverencia y respeto. La nariz del profesor Meili era una severa, imperiosa, rigurosa nariz de águila o de azor, y la boca estaba jurídicamente cerrada y apretada. El paso del famoso erudito asemejaba una férrea ley; la Historia Universal y el reflejo de actos heroicos largamente pasados brillaban en los duros ojos del profesor Meili, ocultos tras boscosas cejas. Su sombrero parecía un soberano inderrocable. Los soberanos secretos son los más orgullosos y más duros. Sin embargo, tomado en su conjunto el profesor Meili se comportaba con gran suavidad, como si no necesitara en modo alguno hacer notar la suma de poder e influencia que personificaba, y a pesar de su implacabilidad y dureza su figura me resultó simpática, porque pude decirme que los que no sonríen de forma dulce y bella son sinceros y dignos de confianza. Como se sabe, hay golfos que se hacen los amables y buenos y tienen el espantoso talento de sonreír cortés y gentilmente durante los delitos que cometen.

Venteo algo de un librero y una librería; asimismo, según intuyo y noto, pronto habrá de ser mencionada y valorada una panadería con jactanciosas letras de oro. Pero antes tengo que reseñar a un sacerdote o párroco. Un químico del Ayuntamiento, pedaleando o dando pedales, pasa con rostro amable y de importancia pegado al paseante, es decir, a mí, al igual que un médico de guarnición o de Estado Mayor. No se puede dejar de atender y reseñar a un modesto peatón, porque me ruega que tenga la amabilidad de mencionarle. Se trata de un anticuario y perista enriquecido. Chiquillos y chiquillas corretean al sol libres y sin freno. «Dejémoslos ir tranquilos y sin freno», pensé; «la edad se encargará de asustarlos y frenarlos. Demasiado pronto, por desgracia». Un perro se refresca en el agua de la fuente. Golondrinas, me parece, trisan en el cielo azul. Una o dos damas elegantes, con faldas asombrosamente cortas y botines altos de color sorprendentemente finos, se hacen notar espero que tanto como cualquier otra cosa. Llaman la atención dos sombreros de verano o de paja. La cosa con los dos sombreros de paja es la siguiente: de repente veo dos sombreros en el aire luminoso y delicado, y bajo los sombreros hay dos excelentes caballeros que parecen desearse buenos días mediante un bello y gentil levantar y agitar el sombrero. En este acto, los sombreros son visiblemente más importantes que sus portadores y poseedores. Por lo demás, se ruega humildemente al autor guardarse de burlas y sarcasmos, en realidad superfinos. Se le insta a mantenerse serio, y ojalá lo haya entendido de una vez por todas.

 

 

Si el buen Dios fuera suizo, Hugo Loetscher

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¿Qué habría pasado si Dios fuera suizo? La pregunta no es nada gratuita, como algunos pudieran pensar, ya que surge la fundada sospecha de que muchas cosas hubieran salido de otra manera.

La idea no es tan impertinente, viendo que otros pueblos también ocupan a Dios.

Dicen, por ejemplo, que alguien “vive como nuestro señor en Francia”. ¿Por qué tiene que ser justamente en Francia donde le gustaría vivir al buen Dios? ¿Por la comida? ¿Y de veras es una buena referencia para Dios sentirse bien en París, que da lugar a tantos rumores? ¿Por qué no se dice: vive como nuestro señor en Suiza? Aquí la situación es mucho más segura. Disponemos de una industria hotelera mundialmente reconocida. Por otro lado hay que tomar en cuenta: los que se sienten a gusto podrían querer quedarse al final.

Y los norteamericanos dicen, por ejemplo, que su país “es la propia tierra de Dios”. Pero los pesos y las medidas de Estados Unidos no son los nuestros ni mucho menos -tomando en cuenta los precios de nuestro suelo. ¿Qué no empezamos nuestra historia defendiendo nuestro suelo? No dejaremos arrebatárnoslo por nadie, y lo que concierne a la posesión de las tierras no hay quien lo mueva. De todos modos parece que la belleza de este suelo se nos revela tan sólo a aquel que sabe imponer puntos fronterizos y erigir cercas.

Y los brasileños incluso pretenden que Dios “mismo es brasileño”. Pero suelen decir asimismo: “todos somos brasileños”, con que ni siquiera el Todopoderoso estorba. Sin embargo, no habría de tratarse de un “brasileño de nacimiento”, sino de uno naturalizado. A este respecto, nosotros somos más cautelosos. “Todos son suizos” no es ninguna invitación helvética. Los suizos sólo lo somos nosotros, un número reducido, pero más recios en cambio. Por supuesto nos parece obvio que todos quisieran volverse suizos, pero hay que saber contenerse, no sólo por el aglomeramiento en un país tan pequeño. Si alguien quiere volverse suizo, tendrá que meterse en gastos; y los gastos varían de un municipio a otro.

No importa si Dios se siente a gusto en Francia, en Estados Unidos llega a tener sus tierras y de acuerdo con el pasaporte es también brasileño, para nosotros la cuestión se plantea de otra manera. Y no tan sencilla como la había formulado Carl Spitteler: si los mismos suizos hubiéramos creado los alpes, no habrían crecido tan altos.

Algunas cosas podrían alegarse a favor de que Dios pudiera ser suizo -bien alejado de todo y sólo contemplando, esto está divino como suizo.

La pregunta de qué hubiera pasado si Dios hubiera sido suizo surgió después de que escuchamos en la radio un comentario sobre la afiliación de Suiza a la ONU. Carecían de interés argumentos en contra -eran de sobra sabidos- pero una vez más estaba hablando uno de esos suizos que en calidad de un pequeño dios arremeten contra la historia mundial de los demás. Claro que afloraba un cierto resentimiento: si nos hubieran preguntado a nosotros, todo habría salido diferente, pero lo que pasa es que no nos preguntan.

Pues bien, dado que algunos suizos ostentan cierto talento de ser Dios, ¿por qué Nuestro Señor no tendría por su lado algún talento de ser suizo?

Sobra mencionar que en este caso estamos pensando obviamente en el Todopoderoso. No en aquel niñito ilegítimo que nació en el establo. Si tiene que ser Dios, entonces ser el Todopoderoso quien, en caso de necesidad, pudiera depositar el universo.

Con todo, si el creador del mundo hubiera sido suizo también la Biblia tendría que contarse de otra manera. Ciertamente hay biblias para niños, para pobres, para negros -¿por qué no habría también una biblia especial para suizos?

Pero he aquí que surgen nuevas dificultades. Pues este Dios creó el mundo de la nada. Sin embargo, de la nada no puede salir nada de nada. Nosotros, en cambio, no empezamos desde la nada, sino desde pequeños. Nosotros logramos trabajando lo que tenemos, y por lo tanto queremos conservarlo.

Por otra parte, a veces no nos disgustaría que algo naciera de la nada. En el caso de las muchas fortunas depositadas e invertidas en nuestros bancos, preferiríamos que vinieran de la nada, en lugar de saber exactamente de dónde provienen.

Con todo, persiste el mayor problema: es decir, el mejor momento para crear el mundo. Para un suizo es de suma importancia saber cuándo por fin ha llegado el momento oportuno -cuándo por ejemplo se les otorga el derecho a las mujeres de votar o cuando es hora de ingresar a la ONU- y nadie ha sido tan creativo como nosotros en el tiempo de espera.

Y la prueba de que el mundo no se creó en el momento oportuno la dieron Eva y Adán: apenas habían empezado a existir cuando hubo que expulsarlos; apenas tuvieron hijos, uno mató a otro.

Todo esto habría salido diferente de haberse aguardado más tiempo. Por eso, un Dios que hubiera sido suizo habría sabido esperar, pues todo tiene que crecer y madurar. Él podía haber esperado tanto más cuanto que para Él mil años son como un día, aun si hubiera pasado mucho tiempo así. Algún día habría puesto este tiempo a disposición de la industria relojera.

Si Dios nuestro Señor hubiera sido suizo, hasta hoy seguiría esperando el momento justo de crear al mundo.

Nada más que, si este Dios hubiera sido suizo y hubiera esperado, no existiría este mundo ni tampoco Suiza -¡y esto sería una gran lástima!

Es así que los suizos debemos nuestra existencia a un dios que gracias a Dios no fue suizo. En ese sentido es correcto que lo recordemos en nuestra constitución.

Pero, en resumidas cuentas, no estamos tan alejados de Dios. Pues cuando Dios creó el mundo, “vio todo cuanto había hecho y he aquí que estaba muy bien”. Consta que Dios tiene un atributo suizo en su carácter, porque a nosotros nos pasa igual. Cuando hacemos algo, lo contemplamos, y he aquí que está muy bien.

Basta, Robert Walser

 

2217375Yo nací en tal y tal fecha, me educaron aquí y allá, fui como es debido a la escuela, soy eso y aquello, me llamo así y asá, y no pienso mucho. Soy hombre; desde el punto de vista civil soy un buen ciudadano y provengo de buena clase. Soy un miembro limpiecito, callado y simpático de la sociedad humana, un así llamado buen ciudadano, me gusta tomar mi cerveza con medida, y no pienso mucho. Es evidente que me encanta comer bien y también es evidente que las ideas me son ajenas. El pensar con agudeza me es totalmente ajeno, las ideas me son completamente ajenas, y por eso soy un buen ciudadano, porque un buen ciudadano no piensa mucho. Un buen ciudadano come su comida y con eso ¡basta!

No me rompo mucho la cabeza, eso se lo dejo a otros. El que se rompe la cabeza se hace odioso; el que piensa mucho es visto como una persona desagradable. Julio César a su vez, señalaba con su dedo gordo al ojeroso de Casio, al que le tenía miedo, porque suponía que tenía ideas. Un buen ciudadano no debe despertar miedo y sospechas; pensar mucho no es asunto suyo. El que piensa mucho es mal visto, y es completamente innecesario hacerse impopular. Dormir y roncar es mucho mejor que pensar y crear. Nací en tal y tal fecha, fui aquí y allá a la escuela, leo ocasionalmente este y aquel periódico, ejerzo esa y aquella profesión, tengo esa y aquella edad, parece ser que soy un buen ciudadano y parece que me gusta comer bien. No me esfuerzo mucho en pensar, eso se lo dejo a otros. Romperme la cabeza no es de mi incumbencia, porque al que piensa mucho, le duele la cabeza, y los dolores de cabeza son completamente innecesarios. Dormir y roncar es mucho mejor que romperse la cabeza, y una cerveza tomada con medida es mucho mejor que pensar y crear. Las ideas me son totalmente ajenas, y no me quiero romper la cabeza bajo ninguna circunstancia, eso se lo dejo a los gobernantes. Por eso soy un buen ciudadano, para tener mi tranquilidad, para no tener que usar la cabeza, para que las ideas me sean completamente ajenas, y para no angustiarme, si es que acaso, llego a pensar mucho. Tengo miedo de pensar con agudeza. Si trato de pensar con agudeza empiezo a ver estrellas. Mejor me tomo una buena cerveza y dejo cualquier forma de pensamiento agudo a los líderes gubernamentales. Por mi parte, los hombres de Estado pueden pensar tan agudamente como quieran, y durante mucho tiempo hasta que se les llegue a romper la cabeza. Siempre veo estrellas cuando uso mi cabeza, y eso no es bueno, y por eso me esfuerzo lo menos que puedo y me quedo de lo lindo sin cabeza y sin pensamientos. Si solamente los hombres de Estado pensaran hasta ver estrellas y les reventara la cabeza, todo estaría perfecto y la gente como yo podría tomar su cerveza de manera moderada, tener preferencia por comida buena, dormir bien y roncar en la noche, suponiendo que dormir y roncar sea mucho mejor que romperse la cabeza y mejor que pensar y crear. El que usa la cabeza sólo se hace odioso, y el que difunde opiniones e intenciones es considerado una persona desagradable; un buen ciudadano no debe ser desagradable sino agradable. Con toda la tranquilidad del mundo, dejo el pensar agudo y fatigante a los líderes de Estado, porque gente como yo sólo somos miembros sólidos e insignificantes de la sociedad, un así llamado buen ciudadano o burgués de miras estrechas al que le gusta tomar su cerveza con medida y le gusta comerse su linda comida grasosa y con eso ¡basta!

Que los hombres de Estado piensen hasta que confiesen que ven estrellas y les duele la cabeza. Un buen ciudadano nunca debe tener dolores de cabeza, al contrario, siempre debe disfrutar su cerveza tomada con medida y debe dormir suave y roncar en las noches. Me llamo así y asá, nací en tal y tal fecha, en este y aquel lugar me mandaron debidamente a la escuela, leo ocasionalmente este y aquel periódico, de profesión soy eso o aquello, tengo esa y aquella edad, y renuncio a pensar mucho y con esmero, porque el dolor de cabeza y el esfuerzo se los dejo con gusto a las cabezas líderes que se sienten responsables. Gente como yo no siente responsabilidad alguna porque le gusta tomar su cerveza con medida y no piensa mucho; deja esta particular diversión a las cabezas que llevan la responsabilidad. Fui aquí y allá a la escuela, donde me obligaron a usar mi cabeza, a la que desde entonces nunca más esforcé en lo más mínimo y tampoco he empleado. Nací en tal y tal fecha, tengo este y aquel nombre, no tengo responsabilidad y de ninguna manera soy único en mi especie. Afortunadamente hay muchos como yo, los que disfrutan de su cerveza tomada con medida, que al igual que yo piensan poco y no les gusta romperse la cabeza, que mejor dejan eso con gusto a otras personas, como por ejemplo a hombres de Estado. A mí, miembro callado de la sociedad, pensar con agudeza me es ajeno, afortunadamente no sólo a mí, sino que a legiones de aquellos, que como yo, les encanta comer bien y no piensan mucho, tienen esa y aquella edad, fueron educados aquí y allá, son miembros pulcros de la sociedad y, como yo, buenos ciudadanos, a los que pensar con agudeza les es ajeno como a mí, y con eso ¡basta!

Control de identidad, Vahé Godel

Isabelle Waternaux

¿cuál es tu nombre?– el del fundador
de una ciudad desconocida el de una especie
de pájaros completamente desaparecida
el de una lengua olvidada
el de un bello navío perdido bienes y personas

-¿qué edad tienes?– la edad que tenía el padre
de mi padre cuando yo nací
la edad que tenía mi padre cuando yo
levé anclas la edad que tendrá mi hijo
cuando al fin yo no tenga ya nada que perder

-¿de dónde vienes?– del epicentro de las altas
mesetas de la zona ocupada de la
estación de la morgue de ninguna parte

-¿adónde vas?– hacia la única fuente hacia
la desembocadura hacia el techo del mundo al
fondo del abismo en la noche de mi
cráneo dentro del sol de mis entrañas

-¿quién eres?– el sobrino del viento el amante
de la ceniza el discípulo del fuego
el heredero del vacío -¿pero qué más? – un
eterno andariego un desertor o
mejor aún: un pillador de desiertos un rompedor
de ruinas un viajero inmóvil
un mirón tuerto un cazador de sombras
(una sombra)

Extraña ciudad, Robert Walser

Marina Bychkova

Érase una vez una ciudad. Sus habitantes eran simples muñecos. Pero hablaban y caminaban, tenían sensibilidad y movimiento y eran muy corteses. No se limitaban a decir «buenos días» o «buenas noches», sino que también lo deseaban, y de todo corazón. Tenía corazón aquella gente. Y eso que era gente de ciudad por los cuatro costados. Suavemente -y a regañadientes, como quien dice- se habían desprendido de su componente rústico y grosero. Su corte de ropa y su comportamiento eran de lo más refinado que un hombre de mundo o un sastre profesional hayan podido imaginar jamás. Nadie llevaba ropa vieja o raída ni excesivamente holgada. El buen gusto había impregnado a cada uno de los habitantes, no existía eso que llaman plebe, todos eran perfectamente iguales en cuanto a modales y educación, sin ser, no obstante, parecidos, lo que sin duda hubiera sido aburrido. En la calle sólo se veía, pues, gente bella y elegante, de noble y desenvuelto porte. La libertad era algo que sabían manipular, dirigir, frenar y conservar con sumo refinamiento. De ahí que nunca se produjeran transgresiones relacionadas con la moral pública. Y menos aún ofensas a las buenas costumbres. Las mujeres, sobre todo, eran estupendas. Su vestimenta era tan fascinante como práctica, tan hermosa como seductora, tan decorosa como atractiva. ¡La moralidad seducía! Por la noche, los jóvenes salían de paseo detrás de esa seducción, lentamente, como soñando, sin caer en movimientos presurosos ni ávidos. Las mujeres iban vestidas con una especie de pantalones, unos pantalones de encaje por lo general blancos o celestes que, por arriba, terminaban en un talle muy ceñido. Los zapatos eran altos y de color, del cuero más fino. ¡Era una delicia ver cómo los botines se ajustaban a los pies y luego a la pierna, y cómo ésta sentía que algo precioso la ceñía y los hombres sentían que la pierna lo sentía! Llevar pantalones ofrecía la ventaja de que las mujeres ponían su espíritu y lenguaje en su forma de andar, que, oculta bajo la falda, se siente menos juzgada y observada. Todo era, en general, un sentir único. Los negocios iban de maravilla, porque la gente era despierta, activa y honesta. Era honesta por educación y buen tipo. Complicarse unos a otros esa hermosa y fácil existencia no les hacía ninguna gracia. Dinero había suficiente y para todos, pues todos eran tan juiciosos que pensaban antes que nada en lo necesario, y todos facilitaban a todos el acceso al buen dinero. Domingos no había, como tampoco una religión por cuyos dogmas pudieran disputarse. Los lugares de esparcimiento eran las iglesias, en las que se reunían para meditar. El placer era para aquella gente una cosa sagrada, profunda. Que permanecían puros en el placer era algo evidente, pues todos tenían la necesidad de hacerlo. Poetas no había. Los poetas no hubieran podido decir nada nuevo ni edificante a gente así. También brillaban por su ausencia los artistas profesionales, pues la habilidad para cualquier tipo de arte se hallaba ampliamente difundida. Es bueno que los hombres no tengan necesidad de artistas para ser gente artísticamente despierta y talentosa. Y aquellos lo eran, porque habían aprendido a proteger y utilizar sus sentidos como algo precioso. No necesitaban buscar giros lingüísticos en los diccionarios porque ellos mismos poseían una sensibilidad fina, fluida, alerta y vibrante. Hablaban bien dondequiera que tuviesen la oportunidad de hacerlo; dominaban el idioma sin saber cómo habían llegado a hacerlo. Los hombres eran bellos. Su comportamiento correspondíase con su educación. Muchas eran las cosas que se deleitaban y ocupaban, pero todo guardaba relación con el amor por las mujeres guapas. Todo quedaba enmarcado en una relación delicada y ensoñadora. Se hablaba y pensaba con gran sensibilidad sobre cualquier cosa. Los asuntos financieros eran abordados con mayor tacto, nobleza y sencillez que hoy en día. No existían las denominadas cosas sublimes. Imaginarse alguna hubiera sido intolerable para aquella gente, sensible a la belleza del mundo existente. Todo cuanto ocurría, ocurría con intensidad. ¿Sí? ¿De veras? ¡Qué tonto soy! No, no hay nada cierto de aquella ciudad y aquella gente. No existen. Son pura y simple invención. ¡Muévete, muchacho!

Y el muchacho salió a pasear y se sentó en el banco de un parque. Era mediodía. El sol birllaba a través de los árboles y salpicaba manchas en el camino, en las caras de los paseantes, en los sombreros de las damas, sobre el césped: era un sol muy travieso. Los gorriones retozaban saltarines, y las niñeras empujaban sus cochecitos. Era como un sueño, como un simple juego, como un cuadro. El muchacho apoyó la cabeza en el codo y se integró en el cuadro. Poco después se levantó y se fue. Claro que esto es asunto suyo. Luego vino la lluvia y difuminó la imagen.

La barca, Robert Walser

Sungjin Kim

Creo que he escrito esta escena antes, pero volveré a hacerlo. En una barca, en medio de un lago, hay un hombre y una mujer. Muy por encima, en el oscuro cielo, está la luna. La noche es tranquila y cálida, ideal para esta soñadora aventura de amor. ¿El hombre del bote es un secuestrador? ¿La mujer es la víctima feliz y encantada? Esto no lo sabemos; solo vemos cómo se besan el uno al otro. La oscura montaña yace como un gigante en la brillante agua. En la orilla hay un castillo o una casa de campo con una ventana encendida. Ningún ruido, ningún sonido. Todo está envuelto en un silencio negro, dulce. Las estrellas titilan arriba en el cielo y también hacia arriba desde muy abajo del cielo, que está en la superficie del agua. El agua es la amiga de la luna, ha tirado de ella hacia sí y ahora se besan, el agua y la luna, como novio y novia. La bonita luna se ha hundido en el agua como un osado joven príncipe en un torrente de peligro. Se refleja en el agua como una cariñosa y bella alma se reflejaría en otra alma sedienta de amor. Es maravilloso ver cómo la luna se asemeja al amante ahogado en el placer, y cómo el agua se parece a la feliz amante que abraza a su real amor. En la barca, el hombre y la mujer están completamente silenciosos. Un largo beso los mantiene cautivos. Los remos yacen perezosos en el agua. ¿Son felices, serán felices, los dos que están en el bote, los dos que se besan, los dos sobre los que brilla la luna, los dos que están enamorados?