El canto de las sirenas, Mario Arregui

Cierta noche Juan soñó un sueño. Soñó que él y once hombres más habían sido condenados a muerte. Los doce fueron alineados a lo largo de un paredón altísimo, con las manos atadas a la espalda y bien amarrados a unos postes provistos de argollas de hierro. Juan quedó colocado en cuarto lugar a contar desde su derecha. Era tal vez el amanecer y había una luz quieta y sin origen, una extraña luz verdosa, submarina. El verdugo, armado de un gran espadón curvo, comenzó su tarea desde la izquierda de Juan. Con un único y repetido y preciso golpe seco, fue cercenando una a una las cabezas de los condenados. Estas caían al suelo, sin sangrar, y a veces rebotaban y rodaban pero siempre quedaban verticales, bien plantadas sobre el corte del cuello, y movían los ojos y más aún los labios. La verdad es que movían apasionadamente los labios pero ninguna voz se oía: todo acaecía en un mundo sin sonido, en un silencio tan extraño y submarino como la luz. Ocho cabezas cayeron; el verdugo se enfrentó a Juan y levantó su espadón; Juan tembló de miedo y el miedo lo despertó.

La mano de Juan encontró el interruptor de la lámpara y sacó de la oscuridad las paredes y los muebles del dormitorio. Estaba sentado en la cama, sudoroso de un sudor que rápidamente se enfriaba. Respiró muy hondo, con un grandísimo alivio, y casi sonrió. Su mujer dormía a su lado, un tanto impersonal y con esa inocencia tan sexuada con que suelen dormir las mujeres. Otra vez respiró hondo, paseando por la habitación una mirada recuperadora. En seguida irguió un poco el torso y logró ver su cara en el espejo del ropero, y entonces, cariñosamente, se saludó con una sonrisa ahora abierta. Después apagó la lámpara, se apretó contra el cuerpo de la mujer, volvió a dormirse.

A la mañana siguiente despertó como todos los días, y luego, cuando canturreaba bajo la ducha, recordó de golpe su pesadilla. El recuerdo lo asaltó con una prodigiosa nitidez, tanto más asombrosa cuanto que normalmente no era de los capaces de reconstruir sus sueños. Dejó de canturrear y quedó mirando las baldosas del piso, como si esperara ver las cabezas cortadas entre los minúsculos arroyitos de agua jabonosa. Al asombro se unían, asociadas, la sensación de haber sido invadido a traición por alguien o algo que jugaba con él y una angustia que nacía en su pecho pero apenas era suya. Esa angustia rarísima le preguntaba (o hacía que se preguntara, acuciosamente) por qué recordaba así y qué decían las cabezas gesticulantes. Nada podía contestar o contestarse, y seguía quieto, como ahuecado, como sin tiempo propio, mirando el agua que corría con mansedumbre, sintiéndose víctima caída en una trampa. Ocasionalmente creyó ver en la movilidad del agua fugaces bocetos de cabezas que hablaban, incluso llegó a inclinarse y a aguzar el oído para escuchar las voces imposibles… Mucho le costó salir de aquel trance.

Mientras se vestía, se propuso -sin saber por qué, sin preguntárselo- no contar a nadie lo que acababa de ocurrirle. Le dijo un casi distante “Hasta luego” a la mujer y salió a la calle; caminando hacia la parada del ómnibus, pensó que muy pronto olvidaría todo y que podría seguir viviendo con la despreocupada semifelicidad de siempre.

Pero pasaban los días sin que se borrara en lo más mínimo el recuerdo, la obsesión, de las cabezas caídas. Y se fue convirtiendo, casi, en dos hombres: uno, el que cursaba lo cotidiano con una cara que fingía ser la de antes; el otro, el reciente que se ensimismaba y a menudo se perdía en un hermético y recurrente soliloquio. ¿Qué decían las cabezas? ¿Eran en verdad inaudibles? ¿Eran inaudibles siempre y para todos? No ignoraba que el mundo de los sueños es infinitamente más vasto que el de la vigilia y que un despertar puede ser un vertiginoso empobrecimiento, y se decía que aquel despertar que tanto lo alegrara había sido algo del orden de un robo, una estafa, un escamoteo. De no haber despertado, se decía, el verdugo lo hubiera decapitado y su cabeza erguida a sus pies hubiera hablado lo mismo que las otras y él hubiera oído su voz de muerto o la voz de su muerte; y su muerte, o mejor dicho la muerte, o mejor dicho desde la muerte… Sí, su cabeza ya en la eternidad hubiera pronunciado, con boca más suya que nunca, los nombres o las metáforas de las cosas que solamente un Dios, si lo hay, puede saber, y él, un pobre ser hecho de tiempo y de interrogación en el tiempo, hubiera podido escuchar -más acá o más allá de aquel silencio que sin duda no era tal- las palabras de aquella cabeza, ¡tan ajena y tan suya!, instalada en el centro mismo de las sabidurías. Si, sí y otra vez sí: de no haber despertado hubiera tenido las claves de mil y un secretos…o la clave de un solitario y severo secreto padre de todos los secretos.

Noche a noche esperó Juan que los demiurgos de sus sueños retomaran la historia de las cabezas cortadas. Fue una espera en vano: el verdugo y su espadón no volvieron a visitarlo. Despertaba defraudado, siempre. Un día cualquiera comenzó a decirse que sólo en la muerte podría perseguir la continuación de su aventura, que sólo siendo un muerto podría alcanzar la revelación que falazmente le había prometido la más tentadora de las pesadillas.

No importan las vacilaciones de su nuevo soliloquio y tampoco importa el número de los sellos para dormir. Baste saber que hay una noche en que finalmente decide tomarlos. Esa noche se acuesta como todas las noches y duerme y tal vez sueña. Duerme profundamente y en algún momento deja de soñar. Su mujer, hacia el alba, lo notará frío y saltará, aullando, de la cama.

Agua negra, Jorge Palma

Agua negra que estás en el cielo

y desciendes con furia

en las bocas de los pobres…

Agua de los desperdicios

agua de las cloacas

agua negra del dolor

agua negra de las confesiones

del apremio físico

del costillar mordido

del golpe cobarde y sordo

del hematoma.

Agua negra que sacude

la vida

el aire

las 7 capas del cielo.

Agua negra, espesa, difícil

de tragar.

Agua negra que duele

Agua negra que marcha

como una sombra helada

delante y detrás

de un cuerpo lacerado

sin fuerza ya para gritar

porque el agua negra

baja con furia

sobre la vocación humana

de los hombres.

Guardar

Si muriera esta noche, Idea Vilariño

adriana-varejao-6_800Si muriera esta noche

si pudiera morir

si me muriera

si este coito feroz

interminable

peleado y sin clemencia

abrazo sin piedad

beso sin tregua

alcanzara su colmo y se aflojara

si ahora mismo

si ahora

entornando los ojos me muriera

sintiera que ya está

que ya el afán cesó

y la luz ya no fuera un haz de espadas

y el aire ya no fuera un haz de espadas

y el dolor de los otros y el amor y vivir

y todo ya no fuera un haz de espadas

y acabara conmigo

para mí

para siempre

y que ya no doliera

y que ya no doliera.

Guardar

Huellas, Eduardo Galeano

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Una pareja venía caminando por la sabana, en el oriente del África, mientras nacía la estación de las lluvias. Aquella mujer y aquel hombre todavía se parecían bastante a los monos, la verdad sea dicha, aunque ya andaban erguidos y no tenían rabo. Un volcán cercano, ahora llamado Sadiman, estaba echando cenizas por la boca. El cenizal guardó los pasos de la pareja, desde aquel tiempo, a través de todos los tiempos. Bajo el manto gris han quedado, intactas, las huellas. Y esos pies nos dicen, ahora, que aquella Eva y aquel Adán venían caminando juntos, cuando a cierta altura ella se detuvo, se desvió y caminó unos pasos por su cuenta. Después, volvió al camino compartido.

Las huellas humanas más antiguas han dejado la marca de una duda.

Algunos añitos han pasado.

La duda sigue.

No quisiera que lloviera, Cristina Peri Rossi

Noell OszvaldNo quisiera que lloviera

te lo juro

que lloviera en esta ciudad

sin ti

y escuchar los ruidos del agua

al bajar

y pensar que allí donde estás viviendo

sin mí

llueve sobre la misma ciudad

Quizá tengas el cabello mojado

el teléfono a mano

que no usas

para llamarme

para decirme

esta noche te amo

me inundan los recuerdos de ti

discúlpame,

la literatura me mató

pero te le parecías tanto.

 

El museo de los esfuerzos inútiles, Cristina Peri Rossi

Anselm Keifer -El espacio que queda entre la espada y la pared es exiguo. Si huyendo de la espada, retrocedo hasta la pared, el frío del muro me congela, si huyendo de la pared, trato de avanzar en sentido contrario, la espada se clava en mi garganta. Cualquier alternativa, pues, que pretenda establecerse entre ellas, es falsa y como tal, la denuncio. Tanto el muro como la espada sólo pretenden mi aniquilación, mi muerte, por lo cual me resisto a elegir. Si la espada fuera más benigna que el muro, o la pared menos lacerante que el filo de aquella, cabría la posibilidad de decidirse, pero cualquiera que las observe, comprenderá enseguida que sus diferencias son sólo superficiales. Sé que tampoco es posible dilatar mi muerte tratando de vivir en el corto espacio que media entre la pared y la espada. No sólo el aire se ha enrarecido, está lleno de gases y de partículas venenosas: además, la espada me produce pequeños cortes ‘que yo disimulo por pudor’ y el frío de la pared congestiona mis pulmones…. Si consiguiera escurrirme, la espada y el muro quedarían enfrentados, pero su poder, faltando yo entre ambos, habría disminuido tanto que posiblemente el muro se derrumbara y la espada enmoheciera. Pero no existe ningún resquicio por el cual pueda huir, y cuando consigo engañar a la espada, la pared se agiganta, y si me separo de la pared, la espada avanza. He procurado distraer la atención de la espada proponiéndole juegos, pero es muy astuta, y cuando deja de apuntar a mi garganta, es porque dirige su filo hacia mi corazón. En cuanto al muro, es verdad que a veces olvido que se trata de una pared de hielo y cansado, busco apoyo en él: no bien lo hago, un escalofrío mortal me recuerda su naturaleza. He vivido así los últimos meses. No sé por cuánto tiempo aún podré evitar el muro, la espada. El espacio es cada vez más estrecho y mis fuerzas se agotan. Me es indiferente mi destino: si moriré de una congestión o me desangraré a causa de una herida, esto no me preocupa. Pero denuncio definitivamente que entre la espada y la pared no existe lugar donde vivir.

 

La autoridad, Eduardo Galeano

Tom Krok

En épocas remotas, las mujeres se sentaban en la proa de la canoa y los hombres en la popa. Eran las mujeres quienes cazaban y pescaban. Ellas salían de las aldeas y volvían cuando podían o querían. Los hombres montaban las chozas, preparaban la comida, mantenían encendidas las fogatas contra el frío, cuidaban a los hijos y curtían las pieles de abrigo.

Así era la vida entre los indios onas y los yaganes, en la Tierra del Fuego, hasta que un día los hombres mataron a todas las mujeres y se pusieron las máscaras que las mujeres habían inventado para darles terror.

Solamente las niñas recién nacidas se salvaron del exterminio. Mientras ellas crecían, los asesinos les decían y les repetían que servir a los hombres era su destino. Ellas lo creyeron. También lo creyeron sus hijas y las hijas de sus hijas.


Los niños de Japón, Alejandra Correa

EFE

A pesar de que la primavera había llegado con sigilosos pasos de leopardo, el invierno aún lo envolvía como si fuera una jaula, impidiéndole el paso tozudamente. Bajo la luz de las estrellas aún brillaba el hielo.

Confesiones de una máscara, Yukio Mishima

I.

Teme la oscuridad

sin un niño

dormido

II.

Los negros troncos de los cerezos

florecen a mis espaldas

soy ciego a la belleza de este mundo

sé que el invierno enjaulará

a la primavera

y sus pasos de leopardo

III.

Si he muerto cuando niño

si a mi cuerpo le cosieron una escena

en la que habitaron como ofrendas

mis juguetes más dilectos

¿Cómo es que mi rostro

envejece en este espejo?

IV.

En japón

los niños son el abismo

en cuyo vértice

la isla entera

está en pie

V.

Hijos

de hijos

de hijos

es la tierra

un vasto desierto

de padres

VI.

La luz de las estrellas

aun brilla en el hielo

un río de niños transparente

como cristales

se parte

y la sangre

nos moja los pies

cada mañana

VII.

Volaré esta noche sobre mi pueblo

en busca de indicios o señales

como lo hice entonces

cabalgando corrientes

de aire tibio y sin nudos

seré la brisa blanca

piel de garza

en la última lluvia

en ese tejido inocente

de nabos y de orquídeas

lanzaré sortilegios

sobre invisibles destinos

escritos en la nada

para volver atrás

las horas y las muertes

hasta que tus brazos

me acunen para siempre

sin tortura

VIII.

Larga espera

de los días

y los ojos

en la luz que cambia

y después

años después

darme cuenta de que salí

pero me llevé conmigo

IX.

Ahora lo sé:

cuando el dolor calla

el dolor miente

X.

En este país

los niños

no cesamos de parir ancianos

La calle de los mendigos, Mario Levrero

1 (64)

Extraigo un cigarrillo y lo llevo a los labios; acerco el encendedor y lo hago funcionar, pero no enciende. Me sorprende, porque hace pocos momentos marchaba perfectamente, la llama era buena, y nada indicaba que el combustible estuviera por agotarse; es más: recuerdo haberle puesto piedra nueva, y una nueva carga de disán, hace apenas unas horas.

Acciono, sin resultado, repetidas veces el mecanismo; compruebo que se produce la chispa; entonces, con un cuentagotas, vuelvo a llenar el tanque de disán.

Tampoco enciende, ahora.

En varios años nunca había fallado así. Me propuse buscar el desperfecto.

Con una moneda le quito nuevamente el tornillo que cierra el tanque; esto no parece contribuir a desarmarlo. Con la misma moneda, quito luego el tornillo correspondiente al conducto de la piedra; sale también un resorte, que está enganchado a la punta del tornillo. En el otro extremo, el resorte lleva una pieza de metal, parecida a la piedra (que también sale, junto con algunos filamentos, blancos y del largo del resorte, en los que nunca me había fijado). El encendedor sigue siendo una pieza entera; en nada he adelantado quitando estos tornillos.

Lo examiné con más cuidado, y vi un tercer tornillo: es el que oficia de eje para la palanca que hace girar la rueda y provoca la chispa. Lo quito, pero ya no pude usar la moneda; debí servirme de un pequeño destornillador.

Tengo una colección de destornilladores, en total son muchos, van de menor a mayor, de uno a otro conservan las proporciones. Utilicé el más pequeño, aunque pude haber obtenido igual resultado con el N° 2, o el N° 3.

Salen algunos elementos: la palanca, el tornillo mismo (que, del otro lado, tiene una tuerca, aunque el aspecto exterior de esta tuerca es igual al de un tornillo; la parte no visible es hueca), dos o tres resortes y la ruedita con muescas; ésta rueda alegremente sobre la mesa, cae al suelo, y ya no la encuentro.

El encendedor, sin embargo, me sigue pareciendo un todo; hay algo ofensivo en esa solidez, un desafío. Y permanece oculta la falla. Introduzco entonces el destornillador en distintos orificios; en primer término atraviesa el conducto de la piedra, y asoma la punta por la parte de arriba; en el receptáculo del combustible encuentro algodón, y no sigo explorando; luego investigo los orificios de la parte superior. Hay dos: uno de ellos es el extremo de otro conducto, cuya función desconozco; es un tubo acodado, el destornillador no puede seguir más allá. El otro es más ancho, recto; al final del mismo -a una distancia que, calculo, corresponde aproximadamente a la mitad del encendedor- la herramienta, girando, de pronto se detiene, atrapada por la cabeza de un tornillo, que resuelvo quitar; es corto y ancho; entonces, tiro con los dedos de una pequeña saliente, mientras con la mano izquierda sujeto la parte exterior del cuerpo del encendedor, y veo, complacido, que algo se desliza.

Queda en mi mano izquierda la delgada capa metálica; con un leve chasquido, en el momento en que termina de salir la parte interior, un pequeño conjunto metálico se expande (me sorprendo, porque el tamaño es aproximadamente cuatro veces mayor) y queda en mi mano derecha una réplica, tamaño gigante, que apenas conserva las proporciones, y algo del aspecto del encendedor, pero hay muchos huecos y vericuetos; imagino un mecanismo de resortes que, para volver a guardar este conjunto en su capa, debo comprimir (no imagino cómo, aunque intuyo que debe ser difícil); sólo un mecanismo de resortes puede explicar este sorprendente crecimiento.

Introduciendo el destornillador en varios orificios descubrí que hay tornillos insospechados; pero el número uno es ya demasiado pequeño para ellos, no hace una fuerza pareja y temo que se estropeen. Elijo otro; el ideal es el N° 4, aunque bien podría usar el N° 3 o el N° 5, quizás el N° 6, y aun el N° 7.

Quito algunos tornillos. Caen resortes, de un conducto salen una pieza metálica entera, aceitada (parece un émbolo), y un par de ruedas dentadas.

Descubro que el conjunto consta también de dos partes, una externa y otra interna; cuando no encuentro más tornillos, procedo a separarlas por el mismo procedimiento anterior. El fenómeno se repite con puntualidad, y obtengo una estructura aproximadamente cuatro veces más grande que la anterior (y dieciséis veces más grande que el encendedor), pero el peso es siempre más o menos el mismo; incluso diría que esta estructura es más liviana que el encendedor entero, lo cual, si a primera vista puede parecer extraño -especialmente cuando se sostiene en la palma de la mano-, es lógico; por ley, el contenido tiene que pesar menos que el encendedor completo, a pesar de que su tamaño, mediante el ingenioso mecanismo de resortes, pueda aumentar y, por ello, parecer más pesado.

Me decido a quitar el algodón; parece estar muy comprimido (lo que explica que el disán se conserve tantos días en el interior del tanque -muchos más que en otros encendedores). El tanque ha crecido proporcionalmente, y ahora el algodón está más flojo; el contenido, compruebo, equivale a muchos paquetes grandes; no me ha costado trabajo quitarlo, porque mi mano entra entera en el tanque.

A esta altura, pienso que me va a ser muy difícil volver a armar el encendedor; quizás ya no pueda volver a usarlo. Pero no me importa; la curiosidad por el mecanismo me impulsa a seguir trabajando; ya no me interesa averiguar la causa de la falla (y creo que ya no estoy en condiciones de darme cuenta de dónde está esa falla), sino llegar a tener una idea de la estructura de ciertos encendedores.

No uso, ahora, destornillador, para investigar los conductos; mi mano cabe cómodamente en la mayoría de ellos. Es curioso el intrincamiento de algunos, semejante a un laberinto; mi mano encuentra a veces varios huecos en un mismo conducto, explora uno -que no es más que el principio, o el final, de otro conducto, y que a su vez tiene varios huecos que corresponden a otros tantos conductos. Hay menos tornillos, y también, en apariencia, actúa una menor cantidad de resortes.

Siguiendo con la mano, y parte del brazo, uno de los conductos y algunos de sus derivados, llego a un lugar que parece estar próximo al centro de la estructura; allí mis dedos palpan unas bolitas metálicas. Tienen la particularidad de estar sueltas a medias, como la punta de un bolígrafo; puedo hacerlas girar empujándolas con el dedo.

Presiono con más fuerza sobre una de ellas, y se desprende de la lámina metálica que la sujeta; comienza a rodar por los conductos y cae fuera de la estructura. Observo que su tamaño es como el de una bolita de las que los niños usan para jugar. Caen muchas. Diez o doce, o más. Tomo una de ellas y me sorprende el peso; parece que fuera una pieza entera. Pero de ser así, no me explico cómo pudo caber dentro del primitivo tamaño de encendedor. Pienso que, probablemente, también se hayan expandido mediante un sistema de resortes; me sigue llamando la atención el peso.

De pronto me sentí atacado por el sueño. Miré el reloj y vi que eran las dos de la madrugada. Es fascinante cómo uno se olvida del paso del tiempo cuando está entretenido en algo que le interesa. Pensé que debía irme a la cama, pero no puedo abandonar el trabajo. Quiero llegar, me propongo, a descubrir la última estructura, o a que el encendedor se desarme en su totalidad, se descomponga en cada uno de sus elementos.

Ahora, después de un par de operaciones, mediante las cuales vuelvo a separar la estructura en dos (una capa, o cáscara y una estructura cuadruplicada), el encendedor ocupa más de la mitad de la pieza; esta última estructura ya no se parece en nada al encendedor, sus formas son menos rígidas, hay curvas; si tuviera espacio suficiente para mirarla desde cierta distancia, quizás pudiera afirmar que es casi esférica.

Solamente a través del encendedor puedo pasar de un extremo a otro de la habitación; lo hago con cierta comodidad, aunque debo arrastrarme. Se me ocurre que si lo separara nuevamente en dos partes, obtendría una estructura por la cual podría andar sobre mis piernas. Pero temo, es casi una certeza, que ya no quepa en la habitación.

Hasta ahora he utilizado solamente uno de los conductos, que la atraviesa de lado a lado en forma rectilínea; pero hay otros, y siento tentación de meterme por ellos. Me atemorizan los laberintos; tomo un cono de hilo, ato el extremo a la manija de un cajón de la cómoda, y me introduzco en un conducto, que pronto tuerce la dirección y me lleva a otros.

Son blandos, sin dejar de ser metálicos; más que blandos, diría «muelles»; todavía se presiente la acción de resortes. Me maldigo: no se me ocurrió traer una linterna o, al menos, una caja de fósforos. La oscuridad se hizo total. Llevé, trabajosamente, la mano al bolsillo del pantalón, y solté la carcajada. Un movimiento reflejo, buscaba el encendedor en el bolsillo sin recordar que me encuentro dentro de él.

«Debo regresar a buscar la linterna», pensé, y ya me disponía a remontar el hilo, para volver, cuando veo una débil luz ante mis ojos. «Una salida, o quizás el mismo orificio por el que entré» -pienso y sigo arrastrándome hacia adelante, hacia la luz; ésta se vuelve cada vez más fuerte.

Puedo apreciar entonces cómo es el lugar en que me encuentro; no es exactamente un túnel, en el sentido de conducto tubular cerrado; está compuesto por infinidad de pequeños elementos, aunque hay grandes columnas metálicas, algunas más anchas que mi cuerpo, que lo atraviesan; pero no puedo ver dónde comienzan ni dónde terminan.

Sigo avanzando y no logro llegar al exterior; la luz se va haciendo más intensa -quiero decir que ahora es un poco más fuerte que la de una vela-; no logro aún localizar su fuente.

Descubro que puedo incorporarme, y camino -aunque ligeramente encorvado.

Escucho gemidos.

«Es la calle de los mendigos» -pienso-, y doy vuelta la esquina y veo la fuente de luz -un farol-, y por encima las estrellas.

En efecto, hay mendigos suplicantes y con ulceraciones en brazos y piernas, la calle es empedrada, y empinada; los comercios están cerrados, las cortinas metálicas bajas.

«Debo buscar un bar que esté abierto» -pienso-. «Necesito cigarrillos, y fósforos».

Me sirve no me sirve, Mario Benedetti

thLa esperanza tan dulce

tan pulida tan triste

la promesa tan leve

no me sirve

no me sirve tan mansa

la esperanza

la rabia tan sumisa

tan débil tan humilde

el furor tan prudente

no me sirve

no me sirve tan sabia

tanta rabia

el grito tan exacto

si el tiempo lo permite

alarido tan pulcro

no me sirve

no me sirve tan bueno

tanto trueno

el coraje tan docil

la bravura tan chirle

la intrepidez tan lenta

no me sirve

no me sirve tan fría

la osadía

si me sirve la vida

que es vida hasta morirse

el corazon alerta

si me sirve

me sirve cuando avanza

la confianza

me sirve tu mirada

que es generosa y firme

y tu silencio franco

si me sirve

me sirve la medida

de tu vida

me sirve tu futuro

que es un presente libre

y tu lucha de siempre

si me sirve

me sirve tu batalla

sin medalla

me sirve la modestia

de tu orgullo posible

y tu mano segura

si me sirve

me sirve tu sendero

compañero.

Las cartas, Eduardo Galeano

thJuan Ramón Jiménez abrió el sobre en su cama del sanatorio, en las afueras de Madrid.

Leyó la carta, admiró la fotografía. Gracias a sus poemas, ya no estoy sola. ¡Cuánto he pensado en usted!, confesaba Georgina Hübner, la desconocida admiradora que le escribía, desde lejos, su primera misiva. Olía a rosas el papel rosado, y estaba pintada de rosáceas anilinas la foto de la dama que sonreía, hamacándose, en el rosedal de Lima.

El poeta contestó. Y algún tiempo después, el barco trajo de España una nueva carta de Georgina.

Ella le reprochaba su tono tan ceremonioso. Y viajó al Perú la disculpa de Juan Ramón, perdone usted si le he sonado formal y créame si acuso a mi enemiga timidez. Y así se fueron sucediendo las cartas que lentamente navegaban, entre el poeta enfermo y su lectora apasionada.

Cuando Juan Ramón fue dado de alta, y regresó a su casa de Andalucía, lo primero que hizo fue enviar a Georgina el emocionado testimonio de su gratitud, y ella contestó palabras que le hicieron temblar la mano.

Las cartas de Georgina eran obra colectiva. Un grupo de amigos las escribía desde una taberna de Lima. Ellos habían inventado todo: la foto, el nombre, las cartas, la delicada caligrafía. Cada vez que llegaba carta de Juan Ramón, los amigos se reunían, discutían la respuesta y ponían manos a la obra.

Con el paso del tiempo, carta va, carta viene, las cosas fueron cambiando. Proyectaban una carta y terminaban escribiendo otra, mucho más libre y volandera, quizá dictada por esa hija de todos ellos que no se parecía a ninguno y a ninguno obedecía.

En eso, llegó la carta de Juan Ramón anunciando su viaje. El poeta iba a embarcarse hacía Lima, hacia la mujer que le había devuelto la salud y la alegría.

Reunión de emergencia. ¿Qué se podía hacer? ¿Confesarlo todo?¿Cometer esa crueldad? Debatieron el asunto durante horas, hasta que tomaron la decisión.

Al día siguiente, el cónsul del Perú en Andalucía golpeó a la puerta de Juan Ramón, en los olivares de Moguer. El cónsul había recibido un telegrama urgente desde Lima: Georgina Hübner ha muerto.

Cuento para madres negras, Mario Delgado Aparaín

Smiling Mother and ToddlerEl día en que nació Ananías, llovió. El agua corría por debajo del techo y se apagaba el fuego, se mojaban las camas, las ropas y pronto comenzó a llover sobre mojado.

Cuando nació Ananías tenía madre, nada más, y al poco tiempo, atardeciendo un sábado, se quedó sin ella porque murió de sufrir del corazón. Pero antes de morirse había cuidado de su hijo lo que había podido. El día que corrió el agua debajo de las camas, ella a medias conjuró el peligro de morir Ananías hecho una sopa, cortando brazadas de ramas verdes y tendiendo los catres encima. Pero al poco tiempo murió la madre, y Ananías no pudo recordar ni nadie le dijo de qué había muerto, aunque murió del corazón por no latir cuando debía haber latido.

Cuando casi se quedó solo y demasiado niño para levantarse por sí mismo del nido de trapos en que lo había dejado su madre, estuvo varios días sin probar alimento. Hasta que sin saber cómo ni cuándo, estuvo durmiendo en la falda de palo de una abuela aparecida con un jarro de leche, de la que casi no probó porque no sabía lo que era, hasta que la abuela le dijo que era la mejor para los niños, porque era leche de yegua.

Ananías se dio cuenta enseguida de lo distinto que era su abuela de su madre. Salivaba como dicen que escupen los guanacos de la cordillera, y en vez de decir rancho decía bohío, y en vez de queso, leche condensada, y en vez de Ananías, negro de mierda.

Sin acordarse qué día era, la vieja le trajo la yegua al rancho, porque le hacía mal en las piernas caminar todos los días un poco, caminar y buscar la leche, y desde ese día la barriga de Ananías comenzó a abombarse y se reía como un grillo la abuela, porque sentía la seguridad de que lo estaba criando bien. Y para que lo apreciara lo llevaba al pie del animal para que viera cómo lo ordeñaba y de pronto aprendía.

Un día, mientras Ananías y un perro amarillo y un prodigio de flacura esperaban la leche de la mañana junto a la abuela que afirmaba la frente en la verija y ordeñaba, a la yegua se le terminó la leche para siempre. La abuela la miró con rabia y se le revolvieron los ojos antes de soltarla, que se fuera si quería, porque ahora no servía ni para montarla, porque la abuela era muy vieja y Ananías era chico así.

Y mientras la vieja pensaba en cómo criar a Ananías, Ananías se crió solo, y para que la abuela no envejeciera tan rápido, le arrimó una silla, la sentó al lado del horno de hacer el pan que nunca se hizo, le soltó el moño que le llegó de plata casi al suelo y le puso en la falda una galleta dura para que fortaleciera los dientes un poquito todos los días, hasta que llegara la hora de dormir.

Entonces Ananías la tomaba entre sus brazos musculosos como culebras y cuidadosamente la dejaba en el nido de trapos que le había preparado su madre y la hacía dormir como si estuviesen sus huesos plegados dentro de su poca carne, arrullándola en un escandaloso silbido fronterizo, más bien brasileño que del lado de acá.

Y mientras la vieja madre de otra madre dormía por algo más de un día, sin ocurrírsele despertar, Ananías hizo la chacra y plantó el maíz, creció el maíz, cortó, desgranó, embolsó, llevó, vendió, gastó y cuando volvió, la abuela ya estaba despierta.

Ese día, la abuela lloró como una niña de cuatro años y a veces más, porque cuando Ananías volvió, estaba muy viejo, le quedaban dos pequeñas matas de motas sobre las orejas, y entre una barba de negro muy blanca, se veía con facilidad que ya se le había caído el último diente y la muela siguiente. Entonces fue la abuela la que desde ese día tuvo que hacer la tarea y cuidar los bienes de Ananías y tender la ropa al sol; blanqueó el rancho, la tostó el sol, se le ensancharon los pechos y muchas de las arrugas se las llevó el viento del verano.

Ananías, que permaneció inmóvil de tan viejo sobre la misma silla de la abuela, también comió galleta dura y hasta maíz pisado; pero fue en vano, porque los dientes no le volvieron a nacer, ni nada de lo que ya era viejo. De a poco comenzó a enfurecerle la soledad y el verano, mientras al tranco transcurrían las horas monótonas de los mediodías y la abuela comía sandías en la chacra con un negro grandote, mientras a Ananías se lo comían las moscas y los tábanos.

Y de pronto, rapidísimo, el calor de aquella intensidad reprimida se hizo sentir y como si tal cosa los años desandaron su torpe camino. Precisamente antes que las primeras heladas tuviesen por fuerza que venir, el maíz de la chacra volvió a nacer sin que nadie lo plantara. Ananías recobró algunos de sus dientes, y a la abuela se le redondearon las rodillas y sus muslos ya no fueron de palo, ni tuvo más que escupir como esos animales andinos, porque Ananías se lo prohibió terminantemente el día que decidió barrer todos los días el patio y encender el horno y comer el pan en las madrugadas de lluvia, mientras la abuela dormía sobre el lomo amarillo del perro que miraba ordeñar la yegua.

Y un día, mientras corría el agua bajo las camas y afuera ladraba la tormenta y era más bien la medianoche, sucedió lo inevitable. En el mismo nido de trapos en que había llegado a este mundo, Ananías vio nacer a su madre.

Huellas, MARIO BENEDETTI

3. YemanjaEn el archivo de las fichas policiales, aquella huella digital estaba a oscuras y se encontraba sola, abandonada. Sentía nostalgia de su mano madre, y sus líneas finas, delicadas, eran como un escorzo de su tristeza. Por eso, cuando se encendió la luz y alguien colocó a su lado una nueva huella, tal irrupción generó una alegre expectativa.

Una vez que el funcionario apagó la luz y cerró la puerta, la huella primera se atrevió a decir:

–Hola.

–Hola –respondió con voz ronca la recién llegada.

–Qué suerte que viniste. A esta altura, la soledad ya me resultaba insoportable.

¿De qué pulgar venís?

–De la mano de un periodista. ¿Y vos?

–Fuerzas represivas.

–Dura tarea, ¿no?

–¿Por qué lo decís?

–Torturas, bah.

–Se habla y se publica mucho, pero no siempre es cierto.

–¿Nunca?

–A veces sí. Reconozco que mi pulgar siguió un curso intensivo de picana.

–¿Cuál es tu mejor recuerdo?

–Si te voy a ser franco, cuando nos encomendaron tareas administrativas. Allí no había llantos ni puteadas ni alaridos. ¿Y el mejor de tu pulgar?

–El tacto de cierto ombliguito femenino. Una colega francesa y el dueño de mi pulgar estuvieron cubriendo los Juegos Olímpicos con variantes de yudo que los dejaron bastante complacidos.

–¿Por qué te tomaron la impresión digital?

–Renovación de cédula. ¿Y a vos?

–Tres años de arresto. Derechos humanos, comisiones de paz, desaparecidos, todas esas majaderías.

–Y aquí ya ves, todos iguales.

–¿Qué nos queda?

–Resignarse. Mi pulgar era ateo.

–Mi pulgar, en cambio, era creyente.

–Eso no importa. Después de todo, la mano de Dios no deja huellas.

Ya no será ya no, semblanza de Idea Vilariño

1 

¿Quién era usted?
De quien dicen que plantaba jardines y los hacía florecer allí donde viviera. De quien dicen que era dura, implacable y hermosa, hermosa, hermosa. ¿Quién era usted, huérfana de madre, huérfana de padre, huérfana de hermano? Violinista. ¿Quién? Asmática, enferma de la piel, enferma de los huesos, enferma de los ojos. Profesora. Quién era usted, usted que hablaba poco y que habló tanto –tanto– de un solo amor de todos los que tuvo: de uno solo. Quién era usted. Usted, el haz de espadas. Usted, que dejó trescientas páginas de poemas, nada más, y sin embargo. Usted, que se murió en abril y en 2009 y que a su entierro fueron doce. Usted, que dejó una nota: “Nada de cruces. No morí en la paz de ningún señor. Cremar”.

Usted: ¿quién era?

 

“No fue un acto de multitudes”, decía el artículo del diario El País, de Uruguay, que anunciaba que el 28 de abril de 2009 había muerto Idea Vilariño. Tres meses más tarde, el 24 de julio, el suplemento ‘Cultural’ del mismo diario le dedicaba una edición completa y la nota de portada, firmada por Rosario Peyrou, comenzaba citando una frase del crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal: “Algún día seremos recordados como los contemporáneos de Idea Vilariño”.
“Gaspara Stampa, la gran poeta italiana del Renacimiento, quería “vivir ardiendo sin sentir el mal”. A Idea Vilariño sólo le fue concedido lo primero”, decía Juan Gelman en Idea Vilariño o la memoria de mañana.
Soledad “como una sopa amarga”, escribía Idea Vilariño. Que era poeta, que era uruguaya.
Pero quién era.

—Le encantaban las plantas y las fotos –dice Ana Inés Larre Borges, editora del libro Idea Vilariño, La vida escrita, (Cal y Canto, 2008)–. Fotos de ella misma tenía muchísimas, las atesoraba. Creo que tuvo siempre una gran conciencia de sí. Como que cada gesto, cada decisión en su vida, era de quien se siente un personaje, una artista.
—Podía ser muy payasito –dice Numen Vilariño, su hermano menor, ahora de 80 años– pero también truculenta. Siempre con una gran fineza, pero era brava, inflexible. Llegaba hasta la crueldad con ella misma. En sus cosas, sus amores, era exigente hasta el odio. Nunca vi a nadie cambiar tanto de apego, desde sus compañeros de trabajo hasta sus amores. Eran siempre como apariciones fugaces de las que después no se sabía nada.
—Yo creo que ya muy joven tenía claro cuál era su proyecto –dice la periodista Rosario Peyrou, que la conoció bien y la entrevistó, con Pablo Rocca, para el documental Idea, dirigido por Mario Jacob en 1997–. La autenticidad. Una autenticidad que no quiere decir inocencia.

“¿Cuál es el estado presente de tu espíritu?
—Hace un tiempo que siento como si ya me hubiera muerto.
—¿Cómo te gustaría morir?
—Ya.
—¿Cuál es tu lema?
—Ninguno. Pero podría ser ‘¿Para qué?’”.
Así respondía Idea Vilariño al cuestionario Proust (publicado en El espejo Proust, Santillana, 2005).

Nació el 18 de agosto de 1920 en Montevideo, Uruguay, cuando habían nacido ya dos de sus hermanos –el varón, Azul, la mujer, Alma– pero no los menores: otra mujer, Poema, y el último varón, Numen. Todos ellos, su padre –Leandro Vilariño, poeta, anarquista–, y su madre –Josefina Romani, enferma crónica, lectora– vivían en una casa de la calle Inca, con patio, plantas, animales. Después, por problemas económicos, debieron mudarse a Justicia 2275, a una vivienda chica que se alzaba junto a la Calera Oriente –“Cal en piedra, en polvo y en pasta, mezclas, arenas, pedregullos, portland, ladrillos, tejuelas, servicio esmerado para la ciudad y la campaña”– que manejaba su padre.
—La casa de la calle Inca tenía un patio con jardín –dice Numen Vilariño–. Un fondo mágico con patitos en un estanque, higuera. Todos hacíamos música. Idea tocaba el violín, yo el piano, mi padre era poeta y nos recitaba poemas después de cenar. De Darío, de Almafuerte. Y pasamos de la calle Inca, con música y plantas y animales, a la calle Justicia, apretados, con el polvo de la cal que nos enfermó a todos.
Idea recordaría con felicidad la música, los versos, pero no la infancia. Aunque extrañaría las rosas fragantes y el árbol de magnolias en el que se escondía para leer (Tolstoi, Dostoievsky, Gorki, la poesía) aquellos años resultaron tristes, con su madre enferma, con la blancura fantasma de la cal, con Alma postrada por una luxación en la cadera. “Cuando yo nací, mi hermana ya estaba enyesada”, les decía a Rosario Peyrou y Pablo Rocca. “Era una pequeña sufriente (…) Ella era la princesita y nosotros, en fin, los otros hijos”.
Escribía desde siempre –decía que desde antes de saber escribir– poemas armados con palabras que muchas veces no entendía pero cuyo sonido le resultaba fascinante. A los doce ya estaba enamorada: Ruben Cosito, de catorce –“precioso, elegante, bonito, con los ojos azules rasgados y una cabeza bien puesta que era una maravilla de ver”– novió con ella por dos años, a pesar de la persecución de la familia.
—Idea lo quería mucho –dice Numen Vilariño–, pero eran chicos. Ella siempre se iba a la esquina con un noviecito, y siempre estaba como queriendo tener una libertad para la que no tenía ni edad ni experiencia. Quería romper esos límites. Era una marcha acelerada, una evolución sin medir las consecuencias.
No fue una marcha acelerada ni una evolución sin medir las consecuencias lo que la llevó a irse de casa, sino el asma. A los 16 tenía episodios monstruosos. En 1940, a una edad en que las señoritas se iban vírgenes casadas, se mudó sola.
—Tuvo que irse –dice Numen–. El médico le recomendó salir lejos del polvo de cal.
Así fue como Idea Vilariño dejó su casa y no volvió a tener una familia nunca, nunca, nunca más.

—Yo fui amiga de Idea desde el cuarto año del Liceo, teníamos 16 –dice Silvia Campodónico–. Ella vivía en una casa delante de la calera, muy pobre. Eso de que le echaba el ojo a los hombres fue desde chica. Se asomaba a los balcones del liceo donde estudiábamos y se hacía de novios en la calle. Pero tenía un problema terrible, además del asma, y era el eczema. Cuando tenía eczema se transformaba en un monstruo. Hicimos juntas el ingreso a medicina, pero nos cambiamos a literatura. Las clases de filosofía eran con Emilio Oribe. Le compramos un libro de Paul Valéry, entre las dos. Idea le bordó la tapa. Bordaba impresionante. Y ya tenía intenciones con él. Don Emilio fue uno de los primeros amores que ella tuvo. Pero no sé cuándo empezó.
Se sabe, apenas, que fue en torno a 1940, y entonces ella habrá tenido 20 y él 46. “Este silencio profundo que siguió a su ida, esta vida mía solitaria, un poco triste, dan a veces la impresión de que Ud. no fue más que un sueño hermosísimo que ocupó una noche larga y extraña”, escribía en una ‘Carta a E. O.’, que se reproduce en La vida escrita. Pero antes –o después, o mientras tanto– había conocido a otro hombre, un argentino llamado Manuel Claps.
—Yo fui casada de Manuel, pero mucho antes se lo presenté a Idea –dice Silvia Campodónico–. Lo conocí en las clases y me pareció que Idea y él podían ser buenos amigos. Los presenté y ahí fue que se arreglaron. ¿Qué año sería ese? ¿1939?
“Yo estuve muy enamorada de Manolo”, le dijo Idea Vilariño a la periodista uruguaya María Esther Gilio. “Él fue el primer hombre en todo sentido. Puedo decir que después de mi padre, fue Manolo quien me formó intelectualmente”.
—El problema entre nosotras surgió porque Idea fue muy poco sincera con los hombres –dice Silvia Campodónico–. Tenía tres o cuatro a la vez. Y yo una vez le dije a Manolo que ella tenía otros, y ella dijo que yo la había traicionado. No sé cuál era el problema que la llevaba a tener esas relaciones extrañas. Siempre decía que no quería, pero que “no sé qué me pasó y estuve con tal y con tal”. Después a ella se le pasó el enojo y nos hicimos amigas de nuevo. Y yo terminé casada con Manolo Claps.
—Hablaba de los hombres como de “mis caballeros” –dice Ana Inés Larre Borges–. Tuvo muchos amantes. No porque fueran clandestinos, sino por el tipo de relación que ella sostenía. Manolo Claps, sí, fue un novio. Pero me parece que se le superponía con otros. Se enamoraba bestialmente, y se enamoraban de ella. El amor que le interesó es el amor pasión. Un amor intenso, que tiene que acabar para poder ser.
“Ella misma se acepta con su forma y su vida / como un hecho sencillo, concreto, definido / y los hombres la buscan, la hieren o la olvidan / sin verla, sin saberla”, escribía en esos años.
Después, vino la época en que se murieron todos.

—Mi madre fue la primera –dice Numen Vilariño–. En 1940. Una falla cerebral. Se reclinó sobre el escritorio y se murió.
Siguió, en 1944, Leandro, el padre. Siguió, en 1945, Azul, el hermano mayor, por un problema de miocardio. A los 25 años Idea Vilariño era sobreviviente de una familia de enfermos crónicos y muertos tempranos, y un ser completamente adulto: alguien que ya no tenía a quién preguntar por su niñez.
—Nos quedamos enclaustrados, al lado de la barraca llena de cal y de polvo, por muchos años –dice Numen Vilariño–. Idea legalmente fue mi tutora. Ella siempre estuvo para mí, y también siempre me exigió de una manera un poco cáustica. Mi hermana Alma era un pan de dios. En cambio, de Idea yo siempre estaba esperando la guillotina.

Se dice mucho.
Que Idea no pensaba demasiado en sus hermanos. Que Idea se esforzaba por ayudar a sus hermanos. Que Idea sentía veneración por su hermana Poema. Que, en los últimos años, cuando vivieron juntas, Idea la trataba mal. Se dice mucho.

Se llama generación del ’45, en Uruguay, a un grupo de escritores, poetas, críticos y editores que, al decir de Rosario Peyrou, fueron “cosmopolitas, inconformistas, rigurosos, introdujeron la literatura uruguaya en la modernidad. (…) Realizaron una revisión crítica del pasado literario nacional, estudiaron y revalorizaron a los escritores modernistas del 900, fundaron revistas y editoriales, ejercieron el periodismo cultural, tradujeron y publicaron a los nombres mayores de la literatura europea y norteamericana de posguerra”. A esa generación, a la que pertenecieron Mario Benedetti, Ángel Rama, Emir Rodríguez Monegal, Ida Vitale y Juan Carlos Onetti, pertenecía Idea Vilariño. Fue la revista Marcha, una de esas publicaciones que fundan prestigios, la que fundó el suyo.
—Emir Rodríguez Monegal era el jefe de la página literaria en Marcha y fue el artífice de la fama de Idea, de su legitimación –dice Ana Inés Larre Borges–. Creo que se enamoró un poco de ella también. Le publicaba poemas todo el tiempo, la señaló como la poeta de su generación.
El primer libro de Idea Vilariño se llamó La suplicante y, publicado en 1945, incluyó siete poemas. “En la arena caliente, temblante de blancura / cada uno es un fruto madurando su muerte”: diecisiete, diecinueve, veinte años: esa edad tenía ella cuando escribía versos así.

Vestía, de negro o de violeta oscuro, trajes y blusas –extrañamente, blancas–, y collares de perlas de una vuelta o de dos. Usaba a veces aros, a veces boinas. El pelo recogido en torzadas, rodetes, suelto al hombro. Las fotos del verano sugieren que se bronceaba demasiado, que alcanzaba un color de miel intenso, saludable, que eso la hacía sentir bien. Sus retratos son versiones de lo mismo: la frente un médano, los pómulos bruñidos, nunca sonrisas. Los ojos, hastiados más que tristes, o viendo algo que nadie más ve.
Trabajaba en la Sala de Arte de la Biblioteca Pedagógica.
Después llegó la enfermedad, y entonces todo eso importó poco.

Se sabe que, cuando empezó –una versión feroz del eczema que la laceraba– vivía en la calle Durazno 2258. El año del comienzo no está claro –1945, 1947, 1948– pero ella hablaba de “aquellos tres años tremendos que parecían tener sólo un final posible”.
—Estaba en cama –dice Silvia Campodónico–. El agua del eczema traspasaba el colchón y mojaba el piso. Yo pensaba que esa locura de amor de ella venía de eso, de esa enfermedad, de la idea de muerte que le traería eso.
—Se le formaba agua debajo de la piel, y la piel caía como reblandecida, y había que estarle poniendo fomentos para sacar esa piel –dice Numen Vilariño.
“La piel se me necrosaba todos los días. Entonces me metían en una bañera llena de agua con no sé qué producto hasta que la piel se ablandaba. Esa piel caía y yo quedaba con una piel tan frágil que si me movía se rompía”, le decía Idea Vilariño a María Esther Gilio.
Aunque su hermano Numen asegura que él la cuidó –que se quedaba hasta las cinco de la tarde, cuando era relevado– dice la leyenda que un solo hombre podía ver a la vestal tapiada, entrar en el apartamento y hacer la ceremonia silenciosa: arrancarle la piel hasta dejarla en carne viva. Y que ese hombre –aunque viajaba a menudo a Buenos Aires, lo que hubiera dificultado aquel oficio de guardián– era Manolo Claps. “En la sensualidad, en el erotismo, lo que más me ha cautivado no es lo carnal. Recuerdo una atroz enfermedad en la piel que me mantuvo clausurada durante un largo tiempo. Y un hombre que venía todos los días. Me traía comida. Me peinaba”, le decía Idea Vilariño, en 1983, a Hilia Moreira para la revista Punto y Coma.
—Yo creo que hicieron de ella un personaje –dice Irina Bogdachevsky, su amiga y traductora al ruso–. Ella no tenía empeño en ser infeliz. Lo que tenía era empeño en ser ella misma.
En 1949 ella, Manuel Claps y Emir Rodríguez Monegal fundaron Número, una revista literaria que se transformó en un referente y a la que se incorporó, después, Mario Benedetti, que sería su amigo hasta el final. Para muchos fue fácil entender el afecto y la afinidad política pero no el respeto intelectual entre esa poeta exquisita y ese hombre al que se acusaba de escribir para el póster. Ella, en todo caso, no mentía: “Te debo carta desde que te fuiste”, le escribía a Benedetti en 1998. “Pero la cosa era que se trataba de una carta difícil. Porque te dije entonces que te escribiría sobre tu libro, y no sé cómo decirte que no me gustó”. En los años de Número los integrantes no se tomaban la molestia de ser educados para rechazar materiales de Neruda, de Borges, de Onetti. “Fuimos parricidas. Fuimos algo que debía suceder”, diría, después, Idea Vilariño.
Aquellos parecen haber sido años prolíficos: comenzó a dar clases de literatura, publicó Cielo cielo (1947) y Paraíso perdido (1949), un puñado de poemas con aires modernistas en los que, sin embargo, ya se agitaba el desencanto: “Romántica / cabellos de azafrán y ojos de duelo / toda tormenta gris. Estaba loca. / Camino de la noche la marea / o camino del alma la inmolada / la sin luz la de amor la desolada / camino del candor la estremecida / la que odia y consiente / la que busca y no encuentra”. Publicó, también, un estudio sobre la obra del uruguayo Julio Herrera y Reissig, un poeta que, aun en sus antípodas, y siendo ella dueña de un oído de puma, la hipnotizaba con su sentido del ritmo: “Junio, el Rey más blanco, blanco néctar bebe; / bebe blanca nieve; / nieva blanca harina; / toma blancas hostias; llueve leve nieve; / canta las nevadas de la fe divina”.
“La década del ’50 es fundamental para mí”, diría después. “Empieza la enseñanza, la militancia política. Me enamoro de Onetti”.

Fue en el barrio de Malvín, Montevideo, un bar. Manuel Claps –que ya no era su pareja– le anunció que habría un encuentro con Juan Carlos Onetti, que por entonces vivía en Buenos Aires y acababa de publicar La vida breve. En Construcción de la noche (Planeta, 1993), la biografía del escritor de María Esther Gilio y Carlos María Domínguez, el encuentro se recrea así: “Cuando Manuel Claps le avisó a Idea que en la noche se encontrarían con Onetti, ella dijo que con ese cretino no quería saber nada (…) Onetti tenía entonces una versión de Idea, por lo menos, estrafalaria”. “Él pensaba que yo era una mujer gorda”, decía Idea Vilariño en el documental Idea, “vestida con colores fuertes y a la pesca de un hombre con quien pasar la noche. Él estaba esperando conocer a una persona bastante horrible, bastante barata. Entonces dice que se sintió sorprendido de ver a un ser delicado con una sonrisa giocondina. Y a mí me pasó lo mismo. Yo iba a ver a un tipo medio despreciable y me encontré con un tipo seductor y muy inteligente”.
Ella, que era discreta, que insistía en sostener que había concedido sólo tres entrevistas a lo largo de toda su vida (contabilizaba una a Mario Benedetti, en 1971; otra a Jorge Albistur, en 1994; otra a Rosario Peyrou y Pablo Rocca en 1996, pero no las que dio a María Esther Gilio, a Elena Poniatowska, a Hilia Moreira, a Ignacio Cirio), diría, después y tantas veces, que esa misma noche se había enamorado: “Esa misma noche me enamoré de él. Me enamoré, me enamoré, me enamoré”. Onetti regresó dos días después a Buenos Aires, y empezó una correspondencia abrumadora. “Si se encuentra con Idea”, escribía él, “pídale que me escriba, dígale que ella y yo estuvimos o estamos histéricos, que mi última carta era asombrosamente imbécil”. Idea le enviaba fotos de sí misma con frases como “estoy sola, dónde estás tú”. Él no ocultaba esas cartas a su mujer, Elizabeth María Pekelharing, con quien acababa de tener una hija.
“Éramos dos monstruos”, diría Idea Vilariño, mucho después. Ese año publicó su cuarto libro, una plaquette de cuatro o cinco poemas, todos anteriores a Onetti. Lo llamó Por aire sucio.

Las cartas. Sus cartas de belleza cancerígena, escritas con el desdén tóxico –irresistible– de un joven ya desencantado. A Pedro Salinas, en 1948: “No sabe lo que me cuesta escribir a usted, a Salinas, de negocios. Seguro que usted no sabe quién es Salinas para mí. Es un poeta. Es uno de los poetas que más he amado”. A Juan Ramón Jiménez, en 1948: “Aquí es el verano, la gloria. Todo está dorado, el aire, el amor; yo estoy dorada (…) quisiera, quiero recibir noticias suyas (…) Si no, se me hará sueño que lo vi alguna vez. Todo (…) Tengo su retrato y sus rosas. Escríbame” (Y él, que le contesta: “Me gustaría verla ahora, haber seguido viéndola, querida Idea enlutada con verde mirar lento, para haber llegado a besarle de veras su corazón (que siempre puede besar el invierno a la primavera) (…) y la quiero, la quiero, Idea Vilariño”).
Las cosas que hacía con sus cartas. Las cosas que le hicieron.

—Yo creo que la relación con Onetti fue una relación literaria, una relación para la biografía– dice Silvia Campodónico.
—Yo nunca pude saber si Idea lo quería. Fue la única persona que la destrató de maneras muy bajas. Pero ella en un momento empezó a jugar un poco con esa situación –dice Numen Vilariño.
—Yo creo que si Onetti la hubiera elegido, ella hubiera dicho que sí, porque fue su gran amor, y ella lo fue construyendo como un gran amor –dice Ana Inés Larre Borges.
—Yo creo que a Idea lo que le importaba mucho era ser una pareja tan especial. El mejor escritor, la mejor poeta. Él le propuso muchas veces casarse, pero ella dijo que no porque consideraba que una relación permanente era imposible –dice María Esther Gilio.
“Había un hombre que llegaba a mi casa sin aviso, a cualquier hora”, le decía Idea Vilariño a Hilia Moreira, para la revista Punto y coma. “Cerrábamos las puertas y las ventanas. Se detenían todos los relojes. Ya no sabíamos si era de día o de noche o si era sábado. Nos transformábamos en enemigos, en parientes, en desconocidos. En alguna oportunidad, llegamos a pasar días, encontrándonos a tientas, invocando a algo que era como dar la vida. Era una experiencia de éxtasis (…) Una vez me propuso que nos casáramos. La propia intensidad y belleza de esos juegos los vuelve peligrosos, acaso al borde de una línea sin regreso. No son ceremonias que puedan repetirse a menudo”.
En 1953 Juan Carlos Onetti se separó, pero no para estar con Idea sino para casarse con Dorotea Muhr, Dolly, una mujer que su propia ex le había presentado.
—Idea me contó que él le dijo: “El jueves me tengo que ir a Buenos Aires” –dice María Esther Gillio–. Y ella le preguntó: “¿Por qué?”. “Porque me tengo que casar”. Y yo le pregunté: “Y vos qué le dijiste”, y ella me contestó: “No debo haber dicho nada. Éramos muy especiales”.
En 1955 Onetti y Dolly se mudaron a Montevideo y empezaron a vivir en un departamento helado, en el que él cultivaba oscuridad, alcohol, los cigarrillos. Idea, mientras tanto, trabajaba, escribía, enseñaba, vivía en una casa con luz, con biblioteca y piano, con las plantas.
—Una vez la encontré a Dolly con una bolsa llena de latas, y me dijo: “Voy a casa de Idea, porque Onetti va a vivir con Idea unos días y ella no le da de comer, entonces le llevo latas” –dice María Esther Gilio–. Le dije: “Pero Dolly, ¿cómo es que no te importa que Onetti tenga otras mujeres?”. Y me dijo: “Onetti trabaja con mujeres en sus libros. ¿Puedo pedirle que no conozca mujeres?”. Ella quería que él fuera feliz.
“Teníamos la relación más difícil y más imposible”, decía Idea Vilariño en Construcción de la noche. “Es el último hombre de quien debí enamorarme (…) El sexo era para él una manera de explotarte, de torturarte, de revolverte el corazón y de hacerte decir hasta lo que no querías (…) Discutíamos, nos dejábamos de ver, pasaban meses, yo comenzaba otra relación y cuando estaba en lo mejor llamaba Onetti y se iba todo al demonio (…) Una noche me llamó desesperado para que fuera a verlo. Yo estaba con alguien que me amaba y lo dejé. Y recuerdo que lo único que hicimos fue ponernos de espalda, leyendo un libro él, y yo otro. A la mañana siguiente le agarré la cara y le dije: sos un burro, Onetti, sos un perro, sos una bestia. Y me fui”.
En 1954 Onetti le dedicó su novela Los adioses. Ella, porque el director de Marcha, Carlos Quijano, puso reparos a su poema “El amor”, de 1952 –“Hoy el único rastro es un pañuelo / que alguien guarda olvidado / un pañuelo son sangre semen lágrimas / que se ha vuelto amarillo”– renunció a seguir escribiendo allí. En 1955 publicó Nocturnos, no un libro sino una patria magnetizada de dolor a fuerza de palabras como muerta, cortina, lámpara y ropero.

“Quisiera estar en casa / entre mis libros / mi aire mis paredes mis ventanas / mis alfombras raídas / mis cortinas caducas / comer en la mesita de bronce / oír mi radio / dormir entre mis sábanas. / Quisiera estar dormida entre la tierra / no dormida / estar muerta y sin palabras / no estar muerta / no estar / eso quisiera / más que llegar a casa”, escribe en ‘Volver’, de 1954.
“Mi desdén / mi crueldad y mi congoja / mi abandono / mi llanto / mi agonía / mi herencia irrenunciable y dolorosa / mi sufrimiento / en fin / mi pobre vida”, escribe en ‘Eso’, de 1950. “Si muriera esta noche / si pudiera morir/ si me muriera/ si este coito feroz/ interminable/ peleado y sin clemencia / abrazo sin piedad / beso sin tregua / alcanzara su colmo y se aflojara/ si ahora mismo / si ahora / entornando los ojos me muriera / sintiera que ya está/ que ya el afán cesó / y la luz no fuera un haz de espadas / y el aire no fuera un haz de espadas / y el dolor de los otros y el amor y vivir / y todo ya no fuera un haz de espadas”, escribe en ‘Si muriera esta noche’, de 1952.
Si hasta entonces sus poemas conservaban rémoras de modernismo, imágenes, adjetivos, Nocturnos inaugura una etapa “de versos breves, entrecortados, desprovistos de puntuación, regidos por una sencillez (aparentemente) franciscana, y cuyo ritmo íntimo parece descansar, casi siempre, en el (…) diálogo entre el dolorido Yo (…) y un Tú deseado apasionadamente y sin embargo inalcanzable: el Amante, el Mundo, la Muerte”, escribe Luis Gregorich en el prólogo a Poesía Completa (Cal y canto, 2002).
—Escribe en la lengua de todos los días, que es lo que hacen los buenos poetas del tango y que no era nada frecuente en el momento y menos en una mujer –dice Rosario Peyrou.
“Son pocos los temas de la poesía de Idea Vilariño”, escribe Ana Inés Larre Borges en el prólogo a la antología En lo más implacable de la noche (Colihue, 2003). “Una sed de absoluto que se sabe perdida, la conciencia de la muerte, la finitud del amor, la intensidad de algunas rebeldías y la intensidad también del deseo, pero sobre todo, la terca actitud ética de mirar esos límites con valor, de no engañarse”.

“Siempre convivieron en mí la capacidad de hacer cosas, el amor por vivir y por hacer, y el desistimiento”, decía Idea Vilariño a Jorge Albistur, en una entrevista de 1994. “(…) En los tiempos en que hacíamos Número, me levantaba a las cuatro, a veces sin haber dormido, por mi asma. A las ocho estaba dando mis clases en Nueva Helvecia; a las dos de la tarde estaba en mi Sala de Arte del Museo Pedagógico. Y a la salida, a las ocho, había a menudo reuniones de Número. Sé hacer fuego, pintar paredes, traducir, hacer un jardín, enseñar a un perro, encuadernar, hacer ginebra. Me dividía entre el deseo de muerte, y el amor por aquellas tareas y por la vida. Y el amor. Tanto que amé, tanto que me amaron. Y las clases y los estudios sobre ritmo al mismo tiempo que la poesía desgarrada. Y la necesidad de soledad y la militancia gremial y política”. Señalaba, allí, dos incoherencias: “Una, que sintiendo hasta las heces ese deseo de muerte que fue una constante de mi vida, no me haya matado. Otra, que careciendo de la más mínima necesidad de comunicarme, haya publicado. (…) En cuanto a lo de seguir viviendo, me lo he explicado a veces como una consecuencia de las terribles enfermedades que periódicamente asolaban mi vida. Después de un año, de dos, de tres de padecimientos indecibles, sobrevenían unas ganas ingenuas y ardientes de vivir un verano más, de recobrar el uso feliz de mi cuerpo. Lo de publicar comenzó siendo circunstancial. A cierta altura, dejé de buscar explicaciones. Simplemente, seguí”.
En 1957 publicó Poemas de amor y lo dedicó –desembozada– “A Juan Carlos Onetti”.
Años más tarde quitaría esa dedicatoria y él, ya viejo, sentiría rabia. Rabia.

“Amor / desde la sombra / desde el dolor / amor / te estoy llamando / desde el pozo asfixiante del recuerdo (…) con todo lo que tengo / y que no tengo / con desesperación / con sed / con llanto / como si fueras aire / y yo me ahogara / como si fueras luz / y me muriera. / Desde una noche ciega / desde olvido / desde horas cerradas / en lo solo / sin lágrimas ni amor / te estoy llamando / como a la muerte / amor / como a la muerte”, escribe en ‘Te estoy llamando’, de 1957. “Ya no será / ya no / no viviremos juntos / no criaré a tu hijo / no coseré tu ropa / no te tendré de noche no te besaré al irme / nunca sabrás quién fui / por qué me amaron otros (…) / no sabré dónde vives / con quién / ni si te acuerdas. / No me abrazarás nunca / como esa noche / nunca. / No volveré a tocarte. / No te veré morir”, escribe, en 1958, en esa enumeración atroz que es un poema y que se llama ‘Ya no’.

“Para esta poesía el amor es la experiencia más terrible y aniquiladora”, escribe Rosario Peyrou en el prólogo de la antología Vuelo ciego (Visor, 2004). “(…) La voz que canta en sus poemas ya no es pasiva, no entra en el estereotipo tradicional de la ‘poesía femenina’. Aunque la suya es una voz de mujer siempre reconocible, estos poemas hablan de una experiencia que cualquier lector, hombre o mujer, puede hacer suya”.
En ‘Cuatro notas en torno a la poesía de Idea Vilariño’ (Revista UDP, 2008) el crítico español Ignacio Echeverría dice que quizás “haya una forma de amor, y de desamor, que tuvo su sede original en el cuerpo femenino. La poesía mística, tan cargada de sensualidad, invita a esta pregunta, como invitan a hacérsela esos retazos de voz llegados de tantos siglos atrás y que suenan todavía con voz inconfundible de mujer. La misma pregunta vuelve a repetirse con la poesía de Idea Vilariño, que en su cada vez más absoluto desnudamiento arranca al lector, cualquiera que sea su sexo, un gemido de mujer”.

“—¿Cuál es el principal rasgo de tu carácter?
—El rigor
—¿Tu principal defecto?
—La intolerancia.
—¿Tu ocupación preferida?
—Mis indagaciones sobre los ritmos poéticos. Las plantas”.

En esos años –fines de los ’50– sus días transcurrían entre la Biblioteca Pedagógica, las clases, la traducción (tradujo, con Rodríguez Monegal, un Hamlet que se considera insuperable), el análisis de la obra de Rubén Darío. Publicó, en 1958, un trabajo sobre la métrica titulado Grupos simétricos en poesía y estudió con ahínco las letras del tango, declarando su devoción por aquellos compositores que le gustaban mucho más que los poetas. “Lo que habitualmente se llama poesía no me gusta. Ser jurado de concurso es una experiencia frustrante porque me veo obligada a leer montones de esa cosa horrible”. “El ritmo es fundamental en todo hecho poético. Un poema es un franco hecho sonoro –sonidos, timbres, estructuras, ritmos. O no es”, le decía a Jorge Albistur.
En 1959 dejó la Biblioteca Pedagógica para dedicarse a la docencia en el Instituto Alfredo Vásquez Acevedo (I.A.V.A.).
—Los que fueron alumnos dicen que era muy exigente y aburrida, porque eran clases magistrales, dictaba y todos tenían que copiar –dice Ana Inés Larre Borges.
—Sí, dicen que era aburrida. No fue mi profesora, pero la veía en el patio y era una mujer con un aura mítica –dice Rosario Peyrou–. Tenía atrás la leyenda de su relación con Onetti, con Manuel Claps, con Oribe, en una Montevideo de los años ’40. Y esa cosa de no importarle lo que decían, hizo que su leyenda estuviera viva aún en los ’60. Tenía una sexualidad muy libre pero muy discreta.
Anotaba, en una libreta, los nombres de todos los hombres con los que había estado. Cuando le preguntaron si eso no resultaba escandaloso, respondió: “A Mario Benedetti nunca le pareció escandaloso. Los demás pensaban que yo era una ordinaria”. Cuando le preguntaron si la poesía amorosa era el centro de su vida, respondió: “No. El centro de mi vida ha sido una corporalidad invasora, ávida, que asediaba mi trabajo de escritura”.

“Entonces / todo se vino / y cuando vino / y / me quedé inmóvil / tú / tú te quedaste inmóvil / lo dejaste saltar / quejándote seis veces. / Seis. / Y no sabes qué hermoso”, escribe en ‘Seis’, de 1970. “Dejá dejame hacer le dice / y cuando inclina / cuando va a hundir el rostro suavemente / en la dura pelambre / en la oscura maraña entreverada / sobre la piel tan pálida / ve el espejo es decir ve en el espejo / una cabeza rubia –no– dorada”, escribe en ‘El espejo’, de 1970.
“El suyo es un erotismo lleno de delicadeza que sin embargo no teme usar imágenes fuertes, audaces, palabras nunca antes usadas en el lenguaje amoroso femenino. Y justamente son esas palabras tan cuidadosamente elegidas las que transmiten esa impresión de verdad, de ausencia de afeites que deja su poesía”, escribe Rosario Peyrou en el prólogo de Vuelo ciego.

Era agosto de 1961. Cuando una bala destinada al Che Guevara –que daba una conferencia en Montevideo– mató al profesor Arbelio Ramírez, Idea Vilariño y Juan Carlos Onetti llevaban tres días de encierro en la casa de la calle Durazno, “iluminados todo el tiempo con luz artificial, casi sin alimentarse, amenazados de extenuación amorosa”, se lee en Construcción de la noche. En mitad de eso sonó el teléfono. Era una llamada del gremio de docentes para convocar a una asamblea. Idea se vistió, le dijo a Onetti que volvía en dos horas. “Cuando estaba por salir me dijo: ‘Si te vas, no me ves más’” –decía en Construcción de la noche–. “Entonces volví. Me dice: ‘No, si te vas a quedar de esta manera es mejor que te vayas’. ‘¿Si? Bueno, entonces me voy’, y cuando llegué a la puerta agregó: ‘Te vas a arrepentir de esto. Vos sabés que yo no me puedo ir solo, pero me voy a ir de cualquier modo’. Conocía la manera de retorcerme el corazón. Regresé hasta él. Ahí nos volvimos a pelear y entonces sí, me fui”. Cuando volvió a su casa, tres horas después, Onetti ya no estaba. Había dejado una nota, insultándola, y los poemas de amor, que ella le había dado, arrojados a los pies de la cama. “Cuando empiezo a ordenar, llena de tristeza, encuentro la inyección que debía darse ese día. Como no podía interrumpir el tratamiento, me fui hasta su casa. Toqué timbre y me atendió Dolly (…) ‘Pasá’, me dice, ‘pasá que Juan está muy mal’ (…) Estaba desesperado y triste, ya no tenía nada que ver con aquel tipo que me había estado amenazando toda la tarde. ‘¿Y los poemas? ¿Dónde están los poemas?’, me preguntaba. ‘Creí que formaban parte del insulto’ le dije. ‘No, no’, dice, ‘se me cayeron, yo quiero esos poemas’ ”.
Por esos días, cuando Idea volvió para ver cómo seguía, Dolly le preguntó: “¿Cómo es que queriéndolo así, de esa manera, tú puedes andar, después, con otros?”. “Tú lo tenés y yo no”, le dijo Idea. “Vivo sola, soy joven, a veces me paso años sin verlo, no puedo estar dependiendo de un hombre que se acuerde dentro de tres meses que existo. Ahora, lo que yo tampoco comprendo es cómo hacés tú para tolerar su relación conmigo y con otras mujeres”. “Mirá”, contestó Dolly, “lo que lo hace feliz a él, me hace feliz a mí. Yo quiero que él sea feliz”.
—Idea no fue ninguna víctima –dice Rosario Peyrou–. Para ser esposa de Onetti había que tener un grado de entrega y abnegación que ella no tenía.
“Porque me voy, dijo; porque estaré con D.; porque querrías que viviese contigo. –No, no, que se muriese por mí, tal vez. Vivir, no; no nos dejaríamos vivir”, anotaba Idea Vilariño en sus diarios, en 1959. Sea como fuere, ese episodio de 1961 pareció marcar cierta distancia. Cierta, quizás, separación.

En 1963 Idea Vilariño rechazó un premio oficial –haría lo mismo con varios, y hasta 1987– alegando que discrepaba con el criterio de formación de jurados. En 1965 publicó Las letras de tango. En 1966, un nuevo libro, Pobre mundo, que, entre otras cosas, reunía varios de sus poemas políticos: a Guatemala, a Vietnam, a Nicaragua, al Che. En 1967 volvió a Marcha, donde publicó un texto sobre la muerte de Guevara: “Nunca ya, creo que nunca ya, me importará la suerte ni la revolución ni la miseria ni lo que sea, de Bolivia. Creo que me sonreiré con odio, dado el caso, que no toleraré que mi querido amigo boliviano me vaya a hablar de su revolución”. En 1968 viajó a La Habana como jurado del Premio Casa de las Américas. En 1970 adhirió al Frente Amplio, una coalición política de izquierda, y escribió la canción Los orientales, que devendría himno de la democracia y sería el punto de partida de un interés sostenido por escribir letras de canciones: lo haría para Alfredo Zitarrosa, Pepe Guerra, Daniel Viglietti.
—La relación con músicos populares abría una posibilidad de comunicación con un público grande que a ella le interesaba más por razones ideológicas que por halago de su vanidad –dice Coriún Aharonián, musicólogo y compositor que la conoció en los años ’60.
Publicó Antología de la violencia (textos políticos y poéticos de diversos autores en torno a la violencia) y, en junio de 1973, el presidente de Uruguay, Juan María Bordaberry, disolvió el parlamento con el apoyo de las Fuerzas Armadas y así comenzó una dictadura militar que duraría doce años. Ella no fue detenida pero perdió casi todas sus horas de clase.
—Se fue a vivir a Las Toscas, donde tenía una casa en un médano en el que había hecho un jardín impresionante –dice Irina Bogdachevsky.
—En la casa de Las Toscas dos por tres se presentaba la policía –dice Numen Vilariño–. Y ella, a su vez, iba a otro balneario donde se reunía con gente de MLN.
MLN, o Movimiento de Liberación Nacional, o Tupamaros, fue un movimiento de izquierda radical que tuvo como líderes, entre otros, a Pepe Mujica, el actual presidente de Uruguay, y a Raúl Sendic, de quien Idea era muy cercana.
Ese año, Juan Carlos Onetti, y otros miembros del jurado de un concurso organizado por Marcha, fueron detenidos por premiar un cuento que resultó subversivo para el gobierno de facto, que cerró la revista. Onetti, por problemas de salud, fue trasladado a un hospital. Allí, después de años sin verse, el 15 de marzo de 1974 fue a visitarlo Idea Vilariño. Esa misma noche escribió un texto que se reproduce en Construcción de la noche y que empieza con Dolly dejándolos solos. “Quedamos solos y callados (…) Me miraba por momentos; por momentos volcaba la cabeza; se mordía el labio superior, con una expresión de ¿impotencia, de desesperación? ‘Así que yo no sé lo que es el amor. Vos sufrís de amnesia. La primera vez que entré a tu sala del Museo quedé loco por vos’. ‘Nunca me lo dijiste’. ‘Nunca entendí aquel deseo de posesión. No te dejaba ir a clase. Y no se trataba de deseo; si no, no sentiría esta horrible ternura que siento por vos (…) Lo que nunca pude recordar, lo que nunca pude saber, fue cómo terminó lo nuestro, cómo te perdí de vista, qué pasó’”. Ella le recordó la noche de 1961, la muerte del profesor, la discusión, el abandono. “‘Mirá’, dijo, ‘yo borracho, lloré una o dos veces en mi vida, vos sabés; pero en seco, nunca. Y siento que voy a llorar’. ¿Qué hacía yo ahí supremamente conmovida, inclinada hacia él desde mi silla, impotente, desesperada? Pensé que tal vez era la última vez que lo veía. ‘Tengo sesenta y tres’, dijo. ‘Se supone que es la edad de la impotencia. Pero no estoy impotente, y me acuerdo de tu amor, de todo, de tu boca, como si hubiera estado anoche contigo’. Estábamos como declarándonos. Entre otras cosas le dije: ‘Tuve años tu robe de chambre, aquella que fue de no sé quién, y que tú usaste, colgada allí, recordándote. Durante mucho tiempo la olía a veces, hundía la cara en la seda hasta que perdió aquel olor’. (…) temí que iba a llorar. Me levanté y quise tocarlo, tocar su mejilla con la mía. Apenas llegaba a él cuando me agarró con un vigor desesperado y me besó con el beso más grande, más tremendo que me hayan dado, que me vayan a dar nunca, y apenas comenzó su beso, sollozó, empezó a sollozar por detrás de aquel beso después del cual debí morirme (…) Estábamos como enfermos de emoción (…) Era lo de siempre; me tenía en sus manos, me partía en dos. No me olvidaba de L. ni de D. Si no, si hubiera cedido a mi emoción, creo que me hubiera arrodillado junto a la cama, y le hubiera dicho: ‘lo que quieras, comoquieras’”. Entonces entró Dolly e Idea dijo que tenía que irse. Cuando se acercó a saludarlo, Onetti la besó en la boca. “Ella me acompañó hasta la puerta, y no me volví a mirarlo. Esperé largo rato el ómnibus con ganas de llorar o de morirme”.
Onetti se iría, poco después, a España. Se verían dos veces más pero nada indica que, luego de esa noche, volvieran a encontrarse allí, en Montevideo.

—Ella me mostraba las cartas que le mandaba él desde España –dice Irina Bogdachevsky–. Le decía que no podía vivir sin ella, y estaba en otro país con otra persona. Pero ella también era bastante cruel, definitiva: si no es así, entonces que no sea nada.
“Yo muy a menudo decía que no”, le decía Idea Vilariño a María Esther Gilio. “Pero no tenía más remedio que decir no, salvo que estuviera dispuesta a dejar que me pisara la cabeza”.
“Cuando una mujer se siente amada totalmente, se entrega como una niña y es feliz siendo niña. Es el estado del amor”, le decía Onetti a María Esther Gilio, en 1965. En 1991, cuando Gilio le preguntó con qué poema de los que le había dedicado Idea se quedaría, Onetti dijo ‘Ya no’y, hojeando Poemas de amor, se lamentó:
“—Lo único que no me gusta de esta edición es que ya no me la dedica.
—Bueno, ella añadió ahí poemas que no son para ti.
—No me interesan las explicaciones racionales. Me interesa que ya no estoy más allí. (…) Yo nunca sentí que ella estuviera enamorada de mí (…) No digo que no estuvo, sino que nunca sentí que estuvo. Yo creo que lo suyo era algo muy cerebral, intelectual.
—¿Nada más?
—También es cama.
—Pero supongamos que sea verdad, que ella no te amó. ¿Y tú a ella?
—Andá a saber. Sé que ahí hubo un alto porcentaje de cosa sexual”. La entrevista llegó a oídos de Idea Vilariño. “Me enojó mucho” –decía en el documental Idea. “Tener todos esos poemas de amor ahí y estar exhibiendo tu corazón deshecho, y que él después con unas frases así, livianas, desdiga todo eso, lo niegue. Eso me chocó, me dolió. ¿Cómo podés decir que una persona que escribió eso tuvo un amor intelectual por él? No sé. Era difícil este hombre. Decía que creía que yo estaba creando un amor para la historia de la literatura. Algo tan imposible. Vos no podés hacer eso cuando estás queriendo tanto y cuando estás escribiendo las barbaridades que yo he escrito para él”.

—Hay un personaje público de Idea, que fue el que ella quiso crear, y yo prefiero no intervenir ahí, pero ella es mucho más que las dos semanas que pasó con Onetti –dice.
Jorge Liberatti, crítico literario y ex marido de Idea Vilariño, el único marido que esa mujer tuvo–. Nos casamos en 1975, nos divorciamos en 1986, aunque ya separaditos estábamos en el año ’80 y pico. Pero nos conocíamos desde 1968, y en ese año ya habíamos sido personas que se querían. Ella fue mi profesora en el I.A.V.A. y me llevaba 22 años. Vivíamos en Las Toscas. Hacíamos manuales de literatura para estudiantes, traducciones. Hay una versión de Idea que es mitológica y mucho menos interesante que la real. Tenía ese aspecto complicado de la violencia política. Estuvo muy comprometida con Raúl Sendic. Yo no quería casarme, me daba miedo casarme con una persona tan mayor. Pero Idea me lo puso como condición. Cuando murió mi padre ella se asustó un poquito porque pensó que íbamos a tener que cargar con mi madre. Quizás quiso casarse para, no sé, ponerse en primer lugar. Y nunca quiso divorciarse. Me divorcié por cuestiones de orden económico. Ella se veía venir la vejez, pobrecita. Sufría mucho. Todas sus nanas, sus enfermedades de la piel. Por eso, cuando veo parejas desiguales, les digo “miren que van a terminar mal”. Era muy trabajadora. Pintaba los mueblecitos, hacía las plantitas, y se ponía a traducir. Era un burro de carga. Y eso que el asma era un tema complicado. Llegaba a ahogarse mucho, y en Las Toscas no había médico. Yo le tenía que dar las inyecciones, un corticoide fuertísimo. Y luego tenía ese problema de sensibilidad y de huesos. Cualquier cosa que tocaba le salía un moretón. Pero yo creo que le hice mal. Ella se quejaba de que yo había interrumpido su carrera de poeta. Y era cierto. Ella era un bicho de la soledad. Y yo tenía conciencia plena de eso. Esa fue mi parte mala. Yo le destruí la soledad.

“Jorge había sido alumno mío”, le decía Vilariño a Maria Esther Gilio. “Yo sentía que era muy joven para mí, pero estaba viviendo una época de allanamientos. La policía venía a cada rato a allanar mi casa. Dejé de lado los escrúpulos. Él se había expuesto varias veces por mí. Recuerdo un día en que llegamos a Las Toscas y nos encontramos veinte milicos, barriga en tierra, apuntando hacia la puerta de mi casa. Jorge atravesó esa escena y respondió al interrogatorio que le hicieron, cuyo final nadie podía prever”.
—Con Jorge pasó un tiempo muy tranquilo –dice Silvia Campodónico–. Pero no sé por qué se casó con él. No creo que tuviera un gran amor. No sé cuáles fueron sus grandes amores. Tal vez fue Oribe. Onetti creo que no. Cuando me dijo que se casaba con Jorge yo no lo podía creer. Si ella quería ser independiente. Me dijo que habían pasado años muy felices pero ella hablaba más bien por el lado sexual.
En 1980 Idea Vilariño publicó un nuevo libro. Lo llamó No y lo dedicó a Jorge Liberatti.

“Qué asco / qué vergüenza / este animal ansioso / apegado a la vida”.
“Si te murieras tú / y se murieran ellos / y me muriera yo / y el perro / qué limpieza”.
“Tendría que sentarme en un banquito/ y esperar que termine”.
“Cómo acepta la falta / de savia / de perfume / de agua / de aire. / Cómo”.
“Inútil decir más. / Nombrar alcanza”.
En No los poemas no tienen título, se enumeran del uno a cincuenta y ocho, nunca superan los once versos y están formados por palabras –perro, asco, banquito– llegadas de una galaxia limpia y triste que se despliega como un ruido blanco o un silencio perfecto. “Cada vez me prohíbo más desarrollar o explicar, y por lo tanto los poemas son mínimos”, le decía a Jorge Albistur. “Parece sencillo, pero es allí donde reside su misterio: con esos temas y ese lenguaje que casi no tiene diferencia con el más cotidiano, sería fácil caer fuera del ámbito de la poesía. Pero Idea imanta sus palabras de tal forma que las vuelve únicas”, escribe Rosario Peyrou en el suplemento ‘Cultural’ de El País. “La técnica de la omisión de la anécdota llega aquí a su grado máximo”.

Se dice mucho.
Se dice que ella se quiso divorciar porque no quiso ser su carga. Que no soportó que él llevara a vivir, con ellos, a la madre. Que la madre nunca fue a vivir con ellos y que fue él quien le dijo a Idea que se fuera de la casa. Que dejaron de hablarse por un devuélveme ese cuadro. Sea como fuere, las cosas entre Idea Vilariño y Jorge Liberatti quedaron tensas durante años y por eso, cuando él descubrió que, en el collage de fotos que cierra La vida escrita –un recuento de todo lo que importa: Idea con Numen, Idea con Benedetti, Idea con Manolo Claps– había una suya –pescando, frente al mar–, la llamó y le dijo su extrañeza. Ella se rió, coqueta, y preguntó: “¿No fuiste mi marido?”.
No hay, en esa selección final, ninguna foto de Juan Carlos Onetti.
La técnica de la omisión de la anécdota llega, aquí, a su grado máximo.

Hacía cosas como éstas: permitir que Coriún Aharonián, entre febrero y agosto de 1998, la grabara leyendo sus poemas –con el fin de hacer un disco– y luego vetar, desconforme, el resultado. Rechazar, aun después de haberlas aprobado, todas las ilustraciones que Ana Inés Larre Borges le había sugerido para un libro llamado Última antología, en el que quiso incluir sólo los poemas que le gustaban (eran pocos). Hacía esas cosas.

En 1981 murió su hermana Alma. En 1982, cuando atravesaba una situación económica precaria, quisieron proponerla a la Beca Guggenheim, pero se rehusó. “Por razones de moral política” –le dijo a Jorge Albístur–. “Siempre pensé que dentro de lo poco que pueden hacer los artistas está dar ejemplo de conducta. Pensaba que por ahí podían andar los dineros que mataban en Vietnam o en Granada”. Poco después, en 1984, la democracia volvió a Uruguay. El 18 de mayo Los Olimareños, músicos populares prohibidos durante diez años, cantaron en el estadio Centenario, ante 50.000 personas, el himno que había escrito Idea Vilariño: Los orientales. Fue una noche de lluvia y ella estaba allí, rodeada de desconocidos que cantaban con garganta de leones aquello de “De todas partes vienen, sangre y coraje, para salvar su suelo los orientales”. Se sintió bien. Le pareció que había logrado alguna cosa.

“Adriana y Néstor se conocieron hoy gracias a Idea Vilariño y el PVP”, dice el graffiti en una pared de Montevideo (siendo, el PVP, el Partido por la Victoria del Pueblo, tendencia marxista).

“Idea te dejamos un beso. Siempre vas a ser una mostra”, decía la tarjeta rosa que cinco adolescentes dejaron sobre su ataúd.
El 24 de abril de 2008 el cantante del grupo de rock uruguayo Los buitres, en mitad de un show, anunció que querían homenajear “a alguien a quien le hemos robado muchas cosas”. Mientras una foto de Idea Vilariño ocupaba las pantallas, ellos tocaron Es decir, un tema que le tienen dedicado: “Te quiero / te espero / rosa de mi rosal. / ¿Qué vieron tus ojos? / ¿Quién te hizo soñar? / Herir tus versos / no dejarlos ir”.

En 1985 muchos de quienes habían participado en Marcha fundaron Brecha, un semanario donde empezó a colaborar. En 1987 volvió a dar clases, ahora en la Universidad de la República, y viajó a La Sorbonne como invitada. Pasó por Madrid y visitó a Onetti. No hay muchos registros de ese encuentro: sólo una foto –él viejo; ella mirándolo con desdén o con ternura o las dos cosas– y una declaración, del año 2000, en la que dijo que aquel había sido “un encuentro fácil y hermoso”. Volvieron a verse una vez más, en 1989, en otro de sus viajes a Madrid. En 1990 vendió la casa de Las Toscas y compró otra en la calle Anzani 2129, Montevideo. En 1993, cuando Brecha publicó un artículo crítico sobre la revolución Cubana, hizo lo de siempre: renunciar.
Y en Madrid, en mayo, en 1994, Onetti se murió.

“Quiere avisarme que él está internado, que está grave, que todo indica que esto es el final”, anota en su diario el 28 de mayo de 1994, después de recibir una llamada de Raquel, la prima de Onetti. El texto sigue con un ruego (ella, que no creía en nada: con un ruego): “Que no se dé cuenta. Nunca quiso ni pensar en la muerte. En un CTI. No sabe estar enfermo. Que no se dé cuenta”. El 30 de mayo, después de hacer una llamada a Madrid, escribe: “Me atiende Paquita llorando. No hay esperanzas, no hay esperanzas”. Se queda allí, llorando, pero cuando la radio dice que se ha muerto ya no llora. Se queda laxa, tratando de recordar. Empiezan a llamar los diarios, pero ella dice no, no, y sólo atiende a los amigos. La llama Manuel Claps. La llama Mario Benedetti. Alguien, le dicen, vio a Onetti el 8 de mayo, delgado, piel y huesos. “¿Cómo yo no supe eso? Le escribí esa carta que, dice Mario (Benedetti), llegó cuando ya había muerto. Muerto él”.
Muerto él.
“De tarde dicen que ya lo incineraron. Es un poquito de cenizas, todo aquel hombre, el amor mío”.
El amor suyo.
“El amor mío”.

“Creo que la actitud más lúcida, más sana, es tener presente que la vida y el amor se acaban. Ver a los otros y a uno mismo caminando a la muerte, vivir el amor a término, tal vez hagan el amor y la vida más terribles pero también digo que los hacen más intensos y más hondos”, le decía a Mario Benedetti, en una entrevista publicada en Marcha en 1971.
“De Dios ni hablar. No es un problema, no es una preocupación. Todo se acaba. El amor, la vida, el mundo. Para hacer planes con tu obra o con tu cuerpo tenés que estar loco. Y bueno, esa es la cosa. Nada de Dios”, decía en el documental Idea.
“Como un perro que aúlla interminable / que aúlla inconsolable / a la luna / a la muerte / a su tan breve vida. / Como un perro”, escribía en el poema número 44 de su libro No.

En los últimos veinte años no escribió demasiado. Sus libros se tradujeron al ruso, al inglés, al portugués, al alemán, al italiano y se reeditaron en español. En cada reedición agregó, a ese corpus –Nocturnos, Poemas de amor, Pobre mundo, No– algún poema: si en el principio Nocturno tenía dieciséis, en Poesía completa llegó a cuarenta y uno. Si Poemas de amor tenía una decena, en Poesía completa llegó a sesenta y siete. Pero los agregados después de los años ’80 son muy pocos. En 1999 murió Manuel Claps. En 2003 viajó a La Habana para operarse los ojos, que siguieron sin ver. En 2007 su hermana Poema, que vivía con ella desde principios de siglo, murió. Por motivos que prefiere no aclarar, y en una relación que nunca había sido fácil, su hermano, Numen, se distanció definitivamente.
—Idea era una persona muy hermosa, y tenía un grado de bondad muy especial, de fineza. Todas las cosas que se puedan decir son verdad. Pero en los últimos años nos alejamos mucho, por el entorno de ella y porque se puso más inflexible, más intransigente. Pero ella no hubiera querido vivir de otra manera.

Se dice mucho. Que Numen habría intentado vender la casa de la calle Anzani con ella en vida. Que, en los años del final, Idea no recibió más ayuda que la de una mujer adinerada, americana, Luisa Popkins, ni más visitas que las de Ana Inés Larre Borges, Rosario Peyrou, Coriún Aharonián, y pocos más.
Se dice mucho.

—Una sola vez la vi desesperada –dice Coriún Aharonián–. Cuando en la etapa final de su vida una buena amiga le robó el arma calibre 22 que tenía guardada para quitarse la vida. Idea sentía que ése era el momento pertinente, pues su vida había perdido dignidad. El robo fue, al entender de esa amiga, una buena acción. Para ella significó lo contrario.
—En un momento se suicidó una poeta uruguaya y ella me comentó “yo tendría que haber hecho lo mismo” –dice Rosario Peyrou–. Pero quizás rozar la muerte y la enfermedad debe haberle dejado una apetencia de vida terrible. Porque lo que ella decía y escribía sólo podía desembocar en el suicidio.
“Como un disco acabado / que gira y gira y gira / ya sin música / empecinado y mudo / y olvidado. / Bueno / así.”, escribía, en el poema número 47, de su libro No.

Cultivó, hasta el final, el amor de los hombres. Ruben Cosito, su novio de la infancia, reapareció en 1995. La llamaba a menudo, regocijado en lo que, decía, habían sido “ochenta años de amor”. El escritor uruguayo Felipe Polleri contó, en el ‘Cultural’ de El País, que desde los primeros años del nuevo siglo hablaban cada noche. “La relación, casi siempre telefónica, entre un viejo de 50 y pico y una joven de 80 y pico. Si la describo es para convencerme de que pasó: de que la quise y me quiso”.
—Al final yo no le tenía tanta simpatía –dice María Ester Gilio–. Decía cosas fantasiosas, como que el que había sido marido de ella, el día que se casó con otra, a las tres de la mañana, llegó a su casa con un champagne en la mano y la levantó en brazos. Oíme. No. Alimentando su propio mito. Dejame.

El día de su cumpleaños –el 18 de agosto de 2008– Irina Bogdachevsky la llamó por teléfono pero no la encontró. La atendió Selva, una empleada que la cuidaba desde hacía tiempo.
—Me dijo que la habían internado, y que iba a estar bien. Días después Idea me llamó para decir que había vuelto a casa. Pero cuando llamé un mes más tarde, Selva me dijo que, como ya no se podía mover, había preferido ir a una casa de salud que era como una clínica y un geriátrico. “¿No piensa volver?”, le pregunté. “Sí, sí, va a volver”.
—Estuvo ahí, muy sola –dice Ana Inés Larre Borges–. Íbamos a verla Coriún, Selva y yo. Esa soledad fue elegida pero también padecida. Por un lado todo el mundo hablaba de ella, y por el otro lado no había quien fuese a verla. Pero también fue su elección de vida. Una consecuencia de sus muchas elecciones.
—Los últimos fueron años duros para su amor propio –dice Coriún Aharonián–. Estaba en una habitación amplia y soleada, con vista al parque, pero ya no podía tenerse en pie. Tampoco podía leer ni escribir. La conversación era muy espaciada, porque la medicación le producía suspensiones en el habla, lo cual le daba mucha rabia.
Pasó diciembre, pasó enero. Tuvo varias internaciones en un sanatorio –el CASMU– hasta que en abril de 2009 –el 28– la llevaron allí para operarla con urgencia –el intestino– y entonces se murió: Idea Vilariño se murió.
Pocos días después, el 17 de mayo, murió Mario Benedetti. El gobierno decretó duelo nacional y velatorio en el Congreso. Al panteón del Cementerio Central, donde lo llevaron, fueron dos mil personas.
Al funeral de Idea Vilariño, en cambio –empresa Rogelio Martinelli, Canelones 1450– no fue nadie. O sí: diez. Dos eran funcionarios del gobierno.

“—¿Qué quisieras ser?
—Un arqueólogo. Un artesano.
—¿Dónde desearías vivir?
—En un médano frente al mar donde viví en Las Toscas, cuando aquello era un solitario paraíso.
—¿Tu sueño de dicha?
—La soledad”.

—Éramos pocos en el velatorio –dice Rosario Peyrou–. Después la llevaron al paraninfo de la Universidad y ahí fue un poco más de gente. Pero al cementerio del Norte apenas fuimos diez.
Selva, la empleada, fue la depositaria de las instrucciones: un papel en el que, con letra vieja, Idea Vilariño había escrito lo que esperaba de allí en más. “Nada de cruces. No morí en la paz de ningún señor, etc. Empresa Forestier Posse o Martinelli. Decir allí murió Idea Vilariño. Cremar”: la técnica de la omisión de la anécdota llegando, aquí, a su grado máximo. Selva le dio el papel a Coriún Aharonián y entonces él –y Ana Inés Larre Borges– salieron a buscar un ataúd sin cruces.

La paradoja andante, Eduardo Galeano

1Cada día, leyendo los diarios, asisto a una clase de historia.

Los diarios me enseñan por lo que dicen y por lo que callan.

La historia es una paradoja andante. La contradicción le mueve las piernas. Quizá por eso sus silencios dicen más que sus palabras y con frecuencia sus palabras revelan, mintiendo, la verdad.

De aquí a poco se publicará un libro mío que se llama Espejos. Es algo así como una historia universal, y perdón por el atrevimiento. “Yo puedo resistir todo, menos la tentación”, decía Oscar Wilde, y confieso que he sucumbido a la tentación de contar algunos episodios de la aventura humana en el mundo, desde el punto de vista de los que no han salido en la foto.

Por decirlo de alguna manera, se trata de hechos no muy conocidos.

Aquí resumo algunos, algunitos nomás.

Cuando fueron desalojados del Paraíso, Adán y Eva se mudaron al África, no a París.

Algún tiempo después, cuando ya sus hijos se habían lanzado a los caminos del mundo, se inventó la escritura. En Irak, no en Texas.

También el álgebra se inventó en Irak. La fundó Mohamed al-Jwarizmi, hace mil 200 años, y las palabras algoritmo y guarismo derivan de su nombre.

Los nombres suelen no coincidir con lo que nombran. En el British Museum, pongamos por caso, las esculturas del Partenón se llaman “mármoles de Elgin”, pero son mármoles de Fidias. Elgin se llamaba el inglés que las vendió al museo.

Las tres novedades que hicieron posible el Renacimiento europeo, la brújula, la pólvora y la imprenta, habían sido inventadas por los chinos, que también inventaron casi todo lo que Europa reinventó.

Los hindúes habían sabido antes que nadie que la Tierra era redonda y los mayas habían creado el calendario más exacto de todos los tiempos.

En 1493, el Vaticano regaló América a España y obsequió el África negra a Portugal, “para que las naciones bárbaras sean reducidas a la fe católica”. Por entonces, América tenía 15 veces más habitantes que España y el África negra 100 veces más que Portugal.

Tal como había mandado el Papa, las naciones bárbaras fueron reducidas. Y muy.

Tenochtitlán, el centro del imperio azteca, era de agua. Hernán Cortés demolió la ciudad, piedra por piedra, y con los escombros tapó los canales por donde navegaban 200 mil canoas. Ésta fue la primera guerra del agua en América. Ahora Tenochtitlán se llama México DF. Por donde corría el agua, corren los autos.

El monumento más alto de la Argentina se ha erigido en homenaje al general Roca, que en el siglo XIX exterminó a los indios de la Patagonia.

La avenida más larga del Uruguay lleva el nombre del general Rivera, que en el siglo XIX exterminó a los últimos indios charrúas.

John Locke, el filósofo de la libertad, era accionista de la Royal Africa Company, que compraba y vendía esclavos.

Mientras nacía el siglo XVIII, el primero de los borbones, Felipe V, estrenó su trono firmando un contrato con su primo, el rey de Francia, para que la Compagnie de Guinée vendiera negros en América. Cada monarca llevaba un 25 por ciento de las ganancias

Nombres de algunos navíos negreros: Voltaire, Rousseau, Jesús, Esperanza, Igualdad, Amistad.

Dos de los Padres Fundadores de Estados Unidos se desvanecieron en la niebla de la historia oficial. Nadie recuerda a Robert Carter ni a Gouverner Morris. La amnesia recompensó sus actos. Carter fue el único prócer de la independencia que liberó a sus esclavos. Morris, redactor de la Constitución, se opuso a la cláusula que estableció que un esclavo equivalía a las tres quintas partes de una persona.

El nacimiento de una nación, la primera superproducción de Hollywood, se estrenó en 1915, en la Casa Blanca. El presidente Woodrow Wilson la aplaudió de pie. Él era el autor de los textos de la película, un himno racista de alabanza al Ku Klux Klan.

Algunas fechas:

Desde el año 1234, y durante los siete siglos siguientes, la Iglesia católica prohibió que las mujeres cantaran en los templos. Eran impuras sus voces, por aquel asunto de Eva y el pecado original.

En el año 1783, el rey de España decretó que no eran deshonrosos los trabajos manuales, los llamados “oficios viles”, que hasta entonces implicaban la pérdida de la hidalguía.

Hasta el año 1986 fue legal el castigo de los niños en las escuelas de Inglaterra, con correas, varas y cachiporras.

En nombre de la libertad, la igualdad y la fraternidad, la Revolución Francesa proclamó en 1793 la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Entonces, la militante revolucionaria Olympia de Gouges propuso la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana. La guillotina le cortó la cabeza.

Medio siglo después, otro gobierno revolucionario, durante la Primera Comuna de París, proclamó el sufragio universal. Al mismo tiempo, negó el derecho de voto a las mujeres, por unanimidad menos uno: 899 votos en contra, uno a favor.

La emperatriz cristiana Teodora nunca dijo ser revolucionaria, ni cosa por el estilo. Pero hace mil 500 años el imperio bizantino fue, gracias a ella, el primer lugar del mundo donde el aborto y el divorcio fueron derechos de las mujeres.

El general Ulises Grant, vencedor en la guerra del norte industrial contra el sur esclavista, fue luego presidente de Estados Unidos.

En 1875, respondiendo a las presiones británicas, contestó:
–Dentro de 200 años, cuando hayamos obtenido del proteccionismo todo lo que nos puede ofrecer, también nosotros adoptaremos la libertad de comercio.
Así pues, en el año 2075, la nación más proteccionista del mundo adoptará la libertad de comercio.

Lootie, Botincito, fue el primer perro pequinés que llegó a Europa. Viajó a Londres en 1860. Los ingleses lo bautizaron así, porque era parte del botín arrancado a China, al cabo de las dos largas guerras del opio.

Victoria, la reina narcotraficante, había impuesto el opio a cañonazos. China fue convertida en una nación de drogadictos, en nombre de la libertad, la libertad de comercio.

En nombre de la libertad, la libertad de comercio, Paraguay fue aniquilado en 1870. Al cabo de una guerra de cinco años, este país, el único país de las Américas que no debía un centavo a nadie, inauguró su deuda externa. A sus ruinas humeantes llegó, desde Londres, el primer préstamo. Fue destinado a pagar una enorme indemnización a Brasil, Argentina y Uruguay. El país asesinado pagó a los países asesinos, por el trabajo que se habían tomado asesinándolo.

Haití también pagó una enorme indemnización. Desde que en 1804 conquistó su independencia, la nueva nación arrasada tuvo que pagar a Francia una fortuna, durante un siglo y medio, para expiar el pecado de su libertad.

Las grandes empresas tienen derechos humanos en Estados Unidos. En 1886, la Suprema Corte de Justicia extendió los derechos humanos a las corporaciones privadas, y así sigue siendo.
Pocos años después, en defensa de los derechos humanos de sus empresas, Estados Unidos invadió 10 países, en diversos mares del mundo.
Entonces Mark Twain, dirigente de la Liga Antimperialista, propuso una nueva bandera, con calaveritas en lugar de estrellas, y otro escritor, Ambrose Bierce, comprobó:
–La guerra es el camino que Dios ha elegido para enseñarnos geografía.

Los campos de concentración nacieron en África. Los ingleses iniciaron el experimento, y los alemanes lo desarrollaron. Después Hermann Göring aplicó, en Alemania, el modelo que su papá había ensayado, en 1904, en Namibia. Los maestros de Joseph Mengele habían estudiado, en el campo de concentración de Namibia, la anatomía de las razas inferiores. Los cobayos eran todos negros.

En 1936, el Comité Olímpico Internacional no toleraba insolencias. En las Olimpiadas de 1936, organizadas por Hitler, la selección de futbol de Perú derrotó 4 a 2 a la selección de Austria, el país natal del Führer. El Comité Olímpico anuló el partido.

A Hitler no le faltaron amigos. La Fundación Rockefeller financió investigaciones raciales y racistas de la medicina nazi. La Coca-Cola inventó la Fanta, en plena guerra, para el mercado alemán. La IBM hizo posible la identificación y clasificación de los judíos, y ésa fue la primera hazaña en gran escala del sistema de tarjetas perforadas.

En 1953 estalló la protesta obrera en la Alemania comunista.
Los trabajadores se lanzaron a las calles y los tanques soviéticos se ocuparon de callarles la boca. Entonces Bertolt Brecht propuso: ¿No sería más fácil que el gobierno disuelva al pueblo y elija otro?

Operaciones de marketing. La opinión pública es el target. Las guerras se venden mintiendo, como se venden los autos.

En 1964, Estados Unidos invadió Vietnam, porque Vietnam había atacado dos buques de Estados Unidos en el golfo de Tonkin. Cuando ya la guerra había destripado a una multitud de vietnamitas, el ministro de Defensa, Robert McNamara, reconoció que el ataque de Tonkin no había existido.

Cuarenta años después, la historia se repitió en Irak.

Miles de años antes de que la invasión estadunidense llevara la Civilización a Irak, en esa tierra bárbara había nacido el primer poema de amor de la historia universal. En lengua sumeria, escrito en el barro, el poema narró el encuentro de una diosa y un pastor. Inanna, la diosa, amó esa noche como si fuera mortal. Dumuzi, el pastor, fue inmortal mientras duró esa noche.

Paradojas andantes, paradojas estimulantes:

El Aleijadinho, el hombre más feo del Brasil, creó las más hermosas esculturas de la era colonial americana.

El libro de viajes de Marco Polo, aventura de la libertad, fue escrito en la cárcel de Génova.

Don Quijote de La Mancha, otra aventura de la libertad, nació en la cárcel de Sevilla.

Fueron nietos de esclavos los negros que generaron el jazz, la más libre de las músicas.

Uno de los mejores guitarristas de jazz, el gitano Django Reinhardt, tenía no más que dos dedos en su mano izquierda.

No tenía manos Grimod de la Reynière, el gran maestro de la cocina francesa. Con garfios escribía, cocinaba y comía.

El amor, Eduardo Galeano

1En la selva amazónica, la primera mujer y el primer hombre se miraron con curiosidad. Era raro lo que tenían entre las piernas.

– Te han cortado?- preguntó el hombre.

– No-dijo ella-. Siempre he sido asi.

Él la examinó de cerca. Se rascó la cabeza. Allí había una llaga abierta.

Dijo:

– No comas yuca, ni plátanos, ni ninguna fruta que se raje al madurar. Yo te curaré. Échate en la hamaca y descansa.

Ella obedeció. Con paciencia tragó los menjunjes de hierbas y se dejó aplicar las pomadas y los ungüentos. Tenía que apretar los dientes para no reírse, cuando él le decía:

– No te preocupes.

El juego le gustaba, aunque ya empezaba a cansarse de vivir en ayunas y tendida en la hamaca. La memoria de las frutas le hacía agua la boca.

Una tarde, el hombre llegó corriendo a través de la floresta. Daba saltos de euforia y gritaba:

– ¡Lo encontré! ¡Lo encontré!

Acababa de ver al mono curando a la mona en la copa de un árbol.

– Es así -dijo el hombre, aproximándose a la mujer.

Cuando terminó el largo abrazo, un aroma espeso, de flores y frutas, invadió el aire. De los cuerpos, que yacían juntos, se desprendían vapores y fulgores jamás vistos, y era tanta su hermosura que se morían de vergüenza los soles y los dioses

El tiempo, Eduardo Galeano

1


El tiempo de los mayas nació y tuvo nombre cuando no existía el cielo ni había despertado todavía la tierra. Los días partieron del oriente y se echaron a caminar. El primer día sacó de sus entrañas al cielo y a la tierra. El segundó día hizo la escalera por donde baja la lluvia. Obras del tercero fueron los ciclos de la mar y de la tierra y la muchedumbre por las cosas. Por voluntad del cuarto día, la tierra y el cielo se inclinaron y pudieron encontrarse. El quinto día decidió que todos trabajaran. Del sexto salió la primera luz. En los lugares donde no había nada, el séptimo día puso tierra. El octavo clavó en la tierra sus manos y sus pies. El noveno día creó los mundos inferiores. El décimo día destinó los mundos inferiores a quienes tienen veneno en el alma. Dentro del sol, el undécimo día modeló la piedra y el árbol. Fue el duodécimo quien hizo el viento. Sopló viento y lo llamó espíritu, porque no había muerte dentro de él. El decimotercer día mojó la tierra y con barro amasó un cuerpo como el nuestro.


Así se recuerda en Yucatán.

AFCLECIO, Leo Maslíah

1
Schneider Csilla Krisztina

Afclecio salió de la casa y se metió en el auto, pero este no arrancaba. No arrancaba y no arrancaba, hasta que arrancó. Arrancó de cuajo un suculento sector de la calzada, con buena parte del caño colector que había abajo.

El gran boquete que dejó al descubierto un espectáculo infrecuente: un masa de pequeñas criaturas intraterrestres, que pululaban y vibraban como colibríes neurasténicos.

Gastón Nogués, que pasaba por ahí, bajó y ofreció a las criaturas sus servicios como representante artístico, asegurando tener fuertes posibilidades de colocar el espectáculo en un circo.

Las criaturas se lo comieron.

Afclecio, que miraba la escena desde uno de los bordes del boquete (que era cuadrangular), se la aprendió de memoria y luego, al llegar a su oficina (a pie), la reprodujo, comiéndose a Mirna, la ingeniera agrónoma.

Un auditor lo denunció, y Afclecio fue detenido y recluído en un oscuro calabozo, donde hizo la digestión.

Al día siguiente, se abrió un hoyito en el piso del calabozo, y apareció una de las criaturas intraterrestres, que dijo a Afclecio estas palabras: “¡Hola, camarada!”.
Afclecio, conmovido la besó.

Eso a ella no le gustó un carajo, y lo pateó.

Afclecio, seriamente herido fue internado en una enfermería de la prisión. La médica de guardia, una tal Alfagfa se enamoró de él. Pero él había puesto sus ojos en Saruka, una de las enfermeras, y no le dio corte. Entonces ella lo curó mal. Y cuando Afclecio volvió al calabozo, su lesión se reía de él. En eso, de las paredes del calabozo salieron como entidades que podrían ser llamadas criaturas de intramuros. Estas criaturas se rieron no de Afclecio, sino de su lesión. La lesión sanó. Pero Afclecio enfermó y murió. Fue enterrado en el cementerio de la prisión, y las criaturas intraterrestres que lo recibieron, lejos de comérselo, lo erigieron en monumento patrio y lo pusieron bajo un pedestal, en su plaza principal.

SOBRE MI PRIMER DESAFÍO EN EL ARTE DE NARRAR, Eduardo Galeano

1El pueblo boliviano de Llallagua vivía de la mina, y la mina devoraba a sus hijos. Metidos en los socavones, las tripas de las montañas, los mineros perseguían las vetas de estaño y en esa cacería perdían, en pocos años, los pulmones y la vida.

Yo había pasado un tiempito ahí, y me había hecho algunos amigos.
Y había llegado la hora de partir.

Estuvimos toda la noche bebiendo, los mineros y yo, cantando tristezas y contando chistes, a cual más malo.

Cuando ya estábamos cerca del amanecer, cuando poco faltaba para que el chillido de la sirena los llamara al trabajo, mis amigos callaron, todos a la vez, y alguno preguntó, o pidió, o mandó:

Y ahora, hermanito, dinos cómo es la mar.

Yo me quedé mudo.

Insistían:

Cuéntanos. Cuéntanos cómo es la mar.

Ninguno de ellos iba a verla nunca, todos iban a morir temprano, y yo no tenía más remedio que traerles la mar, la mar que estaba lejísimos, y encontrar palabras que fueran capaces de mojarlos.

El otro yo, Mario Benedetti

Phantom Twins 1997 by Christine Borland born 1965
Christine Borland

Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la naríz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.

El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente , se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse imcómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.

Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo que hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañama siguiente se habia suicidado.
Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensó que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.

Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió la calle con el proposito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le lleno de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas . Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: “Pobre Armando.Y pensar que parecía tan fuerte y saludable”.

El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.