La elección tardía , Eduardo Liendo

A los veinte años decidió rebelarse contra la fatalidad del azar. Comprendió que la casualidad era una maldición, la negación de toda verdadera libertad. Había meditado intensamente en una terrible reflexión de Séneca: “La casualidad cuenta mucho en nuestras vidas porque vivimos por casualidad”. Alguien –pensó con suficiencia- debe enfrentarse al caos, no debo ceder a la arbitrariedad, ninguna fuerza ajena a mi propia determinación regirá mi destino.

Entró en su habitación y durante días y noches de intensa creación, escribió el futuro Diario de su vida; en sus páginas no dejó espacio para lo fortuito, llenó las horas, y los minutos de las horas y los segundos de los minutos y las fracciones de los segundos. Escogió minuciosamente sus hábitos, expectativas, sobresaltos, satisfacciones, nostalgias, sueños, coitos, sorpresas, gestos, viajes, accidentes, pesadillas, enemigos, visiones; nada olvidó, ni siquiera su postre predilecto. Sólo vaciló ante su muerte, ningún fin le parecía justo para un hombre libre, para quien se atrevía a desafiar resueltamente cualquier intromisión del azar. Por eso, dejó en blanco la última página del Diario hasta encontrar la justa solución.

Así venció al caos, metódica, inexorablemente, se cumplió su existencia de acuerdo a la suerte que se había señalado. Ningún hombre, por elevado que fuese su rango o la grandeza de sus hazañas, fue más soberano. Sólo él había derrotado a los caprichosos dioses, sus egoísmos, sus cíclicos humores, sus insoportables injerencias.

Fue infinitamente libre para escoger su muerte, pudo sumirse en una meditación eterna sobre el dejar de ser, el ser otro, el no ser ya. Repasó todas las posibles formas de la cesación de la vida, las malas y las buenas muertes, las dulces, las neutras y las insufribles.

Entonces, asumió la tardía determinación, abrió el Diario y escribió en la página vacía: “Me muero de fastidio”. Sobre la silla quedó un esqueleto ensimismado.

Fábula del dragón, Wilfredo Machado

Mientras encajaba una afilada escarpia en una cuaderna mal sujeta del Arca, Noé vio llegar un dragón arrastrándose sobre las arenas del desierto. Era diez veces más grande que un caballo y tenía el cuerpo cubierto de escamas que resplandecían bajo la luz del atardecer. Noé lo observó con admiración y miedo. De sus fauces salía una columna de humo blanco que ascendía bajo los últimos rayos de luz. Los ojos del dragón permanecían inmóviles, la mirada extraviada en el paisaje desolado de las dunas. Notó que los ojos tenían la blancura lechosa de la muerte y comprendió al mismo tiempo el largo y penoso camino de la ceguera.

Entonces el dragón habló.

He atravesado la mitad de la tierra para conocerte, pues tu fama se ha extendido por todo el mundo. He visitado los oráculos y las sibilas; he conocido los mapas astrales, las teralogías, las rutas del sueño y del olvido, para llegar hasta ti, el más pequeño e insignificante de los hombres que pueblan la tierra. En lejanos países que nunca conocerás hay hombres que como tú sueñan con el día de la muerte, sirenas con cabeza de pez y cuerpo de doncellas, animales que hablan el lenguaje de Dios, vísceras dónde leer el futuro como en un libro abierto, sabios que han visto tu viaje en el brillo de Sirio, constelación de lobos en celo aullándose a la noche. Aún es tiempo de romper los designios divinos y dejar que perezca la raza de los hombres y de las bestias.

Tú también morirás —le respondió Noé.

Otra vez te equivocas como el más iluso de los mortales. No se puede matar lo que no existe.

Noé pasó su mano por el rostro lleno de sudor, buscando en la escasa luz una respuesta; cuando la bajó, estaba solo frente a la mancha roja del desierto. El dragón había desaparecido con la noche. El viento borraba las huellas en la arena. Noé vio la sombra que se perdía detrás de las dunas cuando comenzaban a brillar las primeras estrellas.

El idiota, Gabriel Jiménez Emán

Cuando el sabio señaló la luna, el idiota se quedó mirando el dedo del sabio, y vio que se trataba del índice. Era un dedo arrugado, envuelto en una epidermis desgastada, cuyo tejido anterior se hacía tan fino que el espesor de la sangre, fragmentado en pequeños puntos rojos, se dividía a su vez en forma de tabique, debido a las líneas irregulares que en grupos de cinco separaban a las falanginas de las falangetas. Por la parte posterior, en la superficie de los nudillos, estas líneas eran más numerosas y parecían nervaduras de hoja, pues el sabio era tan viejo que la piel del nudillo era un pellejo de consistencia inerte, y hasta tenía ciertas marcas de los mordiscos leves que el sabio le había dado en los momentos de reflexión.

En los demás dedos del sabio había ciertos vellos que el idiota apenas conseguía registrar con el ojo, tal era su concentración en el índice, distintos de aquellos por ser lampiños, con los poros más grandes y de una uña más pronunciada, curva y de una pátina tenue de amarillo. Su superficie se adivinaba casi tan lisa como la de un cristal, y brillaba. El contorno de la cutícula estaba perfectamente dibujado; no había en su línea cóncava ni el más mínimo desprendimiento. El nacimiento de la próxima uña, blanco y puntiagudo, formaba con la cutícula un óvalo que el sabio miraba a veces, encontrando en él una especie de centro universal cuyo significado desconocía. Se detuvo por fin el idiota en la parte superior de la uña, que coincidía exactamente con el nivel de la yema y cuyo borde se inclinaba hacia abajo. Allí el idiota vio, perfectamente reflejada y redonda, a la luna.

La elección tardía, Eduardo Liendo

A los veinte años decidió rebelarse contra la fatalidad del azar. Comprendió que la casualidad era una maldición, la negación de toda verdadera libertad. Había meditado intensamente en una terrible reflexión de Séneca: “La casualidad cuenta mucho en nuestras vidas porque vivimos por casualidad”. Alguien –pensó con suficiencia- debe enfrentarse al caos, no debo ceder a la arbitrariedad, ninguna fuerza ajena a mi propia determinación regirá mi destino.

Entró en su habitación y durante días y noches de intensa creación, escribió el futuro Diario de su vida; en sus páginas no dejó espacio para lo fortuito, llenó las horas, y los minutos de las horas y los segundos de los minutos y las fracciones de los segundos. Escogió minuciosamente sus hábitos, expectativas, sobresaltos, satisfacciones, nostalgias, sueños, coitos, sorpresas, gestos, viajes, accidentes, pesadillas, enemigos, visiones; nada olvidó, ni siquiera su postre predilecto. Sólo vaciló ante su muerte, ningún fin le parecía justo para un hombre libre, para quien se atrevía a desafiar resueltamente cualquier intromisión del azar. Por eso, dejó en blanco la última página del Diario hasta encontrar la justa solución.

Así venció al caos, metódica, inexorablemente, se cumplió su existencia de acuerdo a la suerte que se había señalado. Ningún hombre, por elevado que fuese su rango o la grandeza de sus hazañas, fue más soberano. Sólo él había derrotado a los caprichosos dioses, sus egoísmos, sus cíclicos humores, sus insoportables injerencias.

Fue infinitamente libre para escoger su muerte, pudo sumirse en una meditación eterna sobre el dejar de ser, el ser otro, el no ser ya. Repasó todas las posibles formas de la cesación de la vida, las malas y las buenas muertes, las dulces, las neutras y las insufribles.

Entonces, asumió la tardía determinación, abrió el Diario y escribió en la página vacía: “Me muero de fastidio”. Sobre la silla quedó un esqueleto ensimismado.

Rayo de sol, Ednodio Quintero

Mentiría si afirmo que el recuerdo evocado en aquella oportunidad es el primero que mi memoria logró registrar. De cualquier manera, debe de haber sido uno de los primeros. Pues el punto de vista del observador se corresponde con el de un niño que gatea por el piso, que se desliza con pasos de reptil, que todavía no ha aprendido a caminar. A la altura de mis ojos se abría un inmenso territorio surcado por una red de líneas entrecruzadas, que un observador adulto reconocería como la sala enladrillada del caserón donde trascurrieron los años iniciales de mi existencia aciaga, tal vez feliz. Yo avanzaba, a cuatro patas, en una paciente y laboriosa exploración. Y me detenía frente a la ranura que servía de frontera a cada par de ladrillos, la estudiaba con atención exagerada, como si el único propósito de mi arribo a este planeta desconocido donde mi nave averiada había venido a parar, consistiera en aprenderme de memoria el más mínimo detalle de aquellas zanjas diminutas, llenas de polvo y suciedad, tan parecidas a los surcos dejados por los fragmentos de rocas calientes en el espacio estelar. Mi observación atenta no se limitaba a lo visual; abarcaba, por así decirlo, el conjunto de mis sentidos, que luego de un letargo amniótico comenzaban a activarse como una planta amante del sol expuesta a la intemperie luego de haber permanecido guardada en un desván. Las membranas finas y sensibles de mis oídos registraban el ruido que producían mis rodillas al desplazarse sobre aquella superficie áspera; y el crujido de las telas que me cubrían resonaba como el crepitante incendio de un cañaveral que, por momentos, lograba opacar los golpes de tambor de mi corazón. Mi lengua saboreaba el aire repleto de esencias minerales, y a veces se asomaba como un animalito juguetón entre mis encías rosadas y sin dientes para absorber entre sus papilas saturadas de humedad algún resto de polvo guardado en los intersticios de aquel piso ajedrezado, que desde la atalaya de mi cuna verde de madera solía contemplar con una mezcla de terror y fascinación y que se me aparecía como un mar de piedra, liso y ferzo. Pero tal vez la sensación más acuciante que experimentaba era el cosquilleo que nacía en las palmas de mis manos al contacto con las diversas texturas que iba distinguiendo en mi morosa travesía, y que se transformaba en una serie de sacudidas eléctricas que recorrían mi columna vertebral, ramificándose luego en chispazos aislados que endulzaban mis labios y la piel blanda de mi paladar.

Estando en estos menesteres fui sorprendido por un raro fenómeno que paró en seco mis avances de reptil. Un círculo color leche y del tamaño de una moneda se interponía entre mi mano de explorador y la próxima ranura a sortear. La presencia de aquel pequeño lago me fascinó y lo estuve acechando como si se tratara de una presa entrevista a través de la maleza por un alucinado cazador. Quizá un parpadeo me hizo creer que el círculo se desplazaba con lentitud, y temiendo que acelerara su marcha hasta quedar fuera de mi alcance me dispuse a capturarlo. Avancé las rodillas y alargué mi mano, con un movimiento veloz, hasta cubrirlo por completo. Apoyé mi mejilla contra el piso frío a fin de observar de cerca el precioso objeto que creía haber atrapado entre mi garra diminuta de mono extraviado en una selva hostil, y bajo aquel montículo de carne tierna apenas divisé un trozo de oscuridad. ¿Qué sucede, viajero de las estrellas, príncipe de la Vía Láctea, cosmonauta errante y contumaz? ¿Qué ha sido de tus habilidades de guerrero e infalible cazador? Un pequeño círculo, pálido como la tiza, se burla de ti. Como si hubiera rozado la superficie viscosa de una alimaña retiré mi mano con prontitud, y el porfiado círculo reapareció en el mismo lugar. Probé de nuevo, adoptando precauciones quizá exageradas, como la de mantener la vista fija en los bordes relucientes de aquella moneda hechizada, y la burla se repitió. Lo intenté con la otra mano y fracasé. No sé por cuánto tiempo estuve jugando al gato y el ratón. Pero en algún momento, cuando expresaba mi impotencia a viva voz, los brazos de un gigante se hundieron en el aire para rescatarme. Y más tarde, un aroma a leche fresca acompañado de una melodía anestesiante me adormeció. Quisiera creer que mis sucesivos yerros no hicieron mella en mi voluntad, y que siempre mantuve la esperanza de atrapar aquel esquivo rayo de sol.

Los brazos de Kalim, Gabriel Jiménez Emán

Kalym se arrancó los brazos y los lanzó a un abismo. Al llegar a su casa, su mujer le preguntó sorprendida: “¿Qué has hecho con tus brazos?”.

– Me cansé de ellos y me los arranqué- respondió Kalim.

– Tendrás que ir a buscarlos; vas a necesitarlos para el almuerzo. ¿Dónde están?

– En un abismo, muy lejos de aquí.

– ¿Y cómo has hecho para arrancártelos?

-Me despegué el derecho con el izquierdo y el izquierdo con el derecho.

-No puede ser -respondió su mujer-, pues necesitabas el izquierdo para arrancarte el derecho, pero ya te lo habías arrancado.

– Ya lo sé, mujer; mis brazos son algo muy extraño.

Olvidemos eso por ahora y vayamos a dormir -dijo Kalym abrazando a su mujer-.

Un arquiterror, José Urriola

1Al arquitecto siempre le habían llamado la atención las pintadas en las paredes, los grafittis y las cosas raras que la gente escribe en las puertas de los baños públicos mientras terminan de hacer lo que vinieron a hacer sobre la taza del excusado. Se fascinaba y se obsesionaba como si todo aquello le estuviera murmurando un mensaje superior que sólo él sería capaz de descifrar. Algún día comprendería. Y llegó, legó el día en que lo entendió todo. Porque todo se conectaba. Todo era parte de una misma historia que estaban escribiendo sin saberlo todos aquellos que rayaban sobre las paredes y puertas y techos dejando marcas y cicatrices en la superficie de la ciudad. Una obra absoluta que se escribía, se pintaba, se rescribía y se redimensionaba cada vez que alguien dejaba un trazo en la epidermis. Lo único que tenía -y podía- hacer él era recortar los tatuajes, ponerlos en orden, reconstruir el cuento en un solo cuerpo. Era más una labor de costurera que de arquitecto, un asunto de coser más que de diseñar. Sin embargo se dedicó a cortar y pegar, a buscar la frase exacta de aquél baño de mujeres del bar que le iba perfecta al dibujo bajo el puente. Y el graffiti bajo el puente no estaba completo sin lo que le escribieron al sádico en el muro del colegio de señoritas. Y la pintada de ese muro no significaba todo lo que podía sin lo que rayó aquel estudiante de ingeniería en el pupitre para zurdos del quinto piso de la universidad. Había que despedazarlo todo, sacarlo de sitio, volverlo a juntar en donde siempre debió estar, tejerlo en un lugar de donde sin saberlo se había fugado.

La obra del arquitecto se convirtió en el penetrable más grande del mundo. Y cuando murió el autor –dicen que frisado dentro de la estructura pues su cuerpo no se encontró jamás- la gente de libre iniciativa lo siguió construyendo. Se aparecían en las puertas con pedazos de mundo, trozos de cualquier cosa traídos de quién sabe dónde, se despedían de sus familiares y amigos, entraban sin mirar atrás y de allí no salían nunca más.

Las autoridades clausuraron el lugar porque aquel edificio se consideró una casa de locos, un manicomio titánico. Entenderlo todo es un tipo abominable de locura, dijeron. Era un asunto de seguridad social, de sanidad mental, así que bloquearon los accesos con un muro aún más grande que aquel que alguna vez dividió a Berlín. El manicomio pasó a ser una prisión, una de psicóticos peligrosos condenados por libre elección a cadena perpetua.

Afuera, hoy día, los transeúntes escuchan ruidos. Cosas que se caen, cosas que se desgarran, golpes, derrumbes, fracturas, desmoronamientos, gritos, risas. Son los locos que se caen a cuentos, dicen, que se andan inventando historias.

Un vicio de por vida, Raquel Abend van Dalen

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Giacomo Scardanelli se dedicaba a comprar libros. No por coleccionista, sino para gastar sus ingresos siempre de la misma forma. Así la vida era más sencilla. No tenía que pensar en comida, ropa y otras nimiedades. Su casa tenía lo indispensable, así la encontró cuando se mudó. Compraba libros, los apilaba cada mes, uno sobre el otro, hasta acabar el sueldo. Al principio los compraba baratos; después se dio cuenta de que mientras más caros fueran, menos tendría que conseguir y menos tiempo pasaría agrupándolos. Luego, cada diciembre, los donaba a una biblioteca pública para que su casa quedara vacía y pudiera seguir llenándola año tras año.

Los libros siempre llegaban a su puerta: los compraba por Internet. Aterrizaban silenciosos en la alfombra que doña Scardanelli le había regalado. Ella imaginó que los libros tendrían que ser bien recibidos desde el comienzo. De esa forma las historias no la atormentarían. La alfombra era blanca y tenía un rectángulo negro en el centro, más o menos grande, para que el repartidor que trajera al libro supiera exactamente dónde dejarlo. No había que ser muy perceptivo para entender aquella instrucción implícita en la figura geométrica. Los repartidores se sentían irremediablemente atraídos hacia el rectángulo negro de líneas y ángulos perfectos. Y ninguno se atrevía a romper ese sentido de perfección que estaba frente a ellos. Sin darse cuenta, o quizás algunos muy conscientes (por qué no), deslizaban el paquete y luego lo ajustaban en el centro del rectángulo. Así podían sentirse satisfechos, bajar por el ascensor y seguir con sus vidas.

Doña Scardanelli, por su lado, estaba destinada a recolectar las cajas de cartón donde llegaban envueltos los libros. Con ellas tejía sus ropas, cocinaba tres veces al día e incluso cambiaba las sábanas de la cama una vez a la semana. Ninguna caja se desperdiciaba. Incluso con ellas armaba las fachadas de su casa, logrando que siempre aparentara verse moderna de acuerdo a la época. Así aparecieron en la portada de revistas sobre diseño, decoración y arquitectura.

Los métodos para recibir los libros fueron cambiando, pero invariablemente siempre aparecían en el rectángulo negro de su alfombra, frente a la puerta de la casa. Así pasó el tiempo en casa de los Scardanelli, hasta que Giacomo cumplió ochenta años y decidió jubilarse. No es que faltara el dinero –todavía recibía una pensión–, sino que ya no tenía brazos fuertes para cargar los libros. La construcción era tan difícil como la destrucción. Tan pesada y polvorienta. El diciembre de ese año Giacomo no regaló sus libros. Se montó en su escalera rodante y escogió el que estaba en la punta de una torre. Su esposa presenció aquel momento en el que su marido leyó por primera vez las páginas de su colección

Fábula del unicornio, Wilfredo Machado

Aanzicht_éénhoorn_met_schild_-_Unknown_-_20376761_-_RCECuando Noé vio el cuerno que sobresalía de la espesa crin en la frente, no dudó ni un instante sobre la identidad del animal que pedía humildemente ser aceptado en el Arca ante la inminencia del Diluvio.

Jamás había visto a un unicornio, pero los libros antiguos lo describían como un animal más bien pequeño, semejante a una cabra, y de carácter huidizo; con un largo cuerno rematado en una afilada punta, semejante a ciertas especies de caracol no muy abundante en estos días.

Cuenta la tradición que finalizado el Diluvio y agotados los pájaros por el ir y venir a través de la tormenta y de la noche, Noé envió a unicornio a comprobar si había bajado el nivel de las aguas. El animal se arrojó a la oscuridad de las olas y al tocar el líquido comenzó a hundirse. Ante la cercanía de la muerte, rogó a uno de los dioses sempiternos por su vida. Éste lo transformó en un narval, dejándole conservar sólo el cuerno como la viva memoria de un pasado que desaparecía en el océano del tiempo.

En las noches claras, cuando el viento rompe el crepúsculo del agua en ondas oscuras, añora galopar bajo el vientre de una doncella desnuda con la luna como una pecera de fondo.

A veces, atraviesa a algunos bañistas con su afilado cuerno buscando a Noé desde los tiempos más remotos.

El dueño del canon, José Urriola

L1 (2)Le encomendaron la tarea más sencilla, al tiempo que la más ardua de todas las imaginables, a él le tocaría elegir las mejores obras de la historia para que quedaran bendecidas para la posteridad. A la basura todas las demás, indignas de pertenecer al canon.

Cerró los ojos, y con el índice a tientas lo dejó caer sobre una lista que algún otro le había escrito -quién sabe con cuáles nombres salidos de quién sabe dónde-; pero fue así: donde mejor cayera el dedo. Ésas serían, al azar. No tenía ni gusto, ni método, ni criterio. Ni siquiera tenía opción.

Miles de años después la gente rendiría pleitesía a su decisión. La estudiarían en las escuelas y la gente haría reverencia ante lo sagrado de su buen gusto.

Y el mundo sería, entonces, lo que será. Por su culpa.

El muerto singular, Gabriel José Vale

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El terremoto se sintió muy dentro del cementerio, debajo de las inconmovibles lápidas. Si bien fue leve, su levedad pareció arraigarse de algunos cadáveres ha poco enterrados entre un luto tumultuoso e incierto. Como a las tres de la tarde la tierra empezó a sacudirse borrosamente, y toda aquella laboriosa lentitud también parecía combinar el pánico de los que temblaban en una idéntica postergación. Con mejor virtud sea dicho, la tierra salta cuando, por errar su báculo, trastabilla en los pies de quienes así tropiecen.

Ya en la noche los noticieros cifraban algunos daños notorios o repetían las testimoniales interjecciones de un silencio que imperiosamente brotaba de todas las lenguas. Se hablaba de algunas supuestas bajas, pero el gobierno no propugnó datos oficiales ese día, y no lo había de hacer en años.

Sucedió que sólo las pocas edificaciones derruidas eran tan evidentes para todos —si bien al parecer ninguno de sus moradores había perecido—, como para hacerse una idea fundamental o peculiar de lo que no podía verse. En verdad era bastante inverosímil que de entre algunas ruinas casi milenarias salieran todos ilesos (con apenas magulladuras), pero a pesar de las digresiones comprensibles se corroboró que aun ciertos ausentes de unos años volvían a manifestarse entre abrazos compungidos.

La tarea de contar los muertos (si los hubiere) se le encomendó a una oficina reservada, que presidía un perspicaz y a la vez abstruso hombrecillo de gafas gruesas y sombrero de ala cortísima. Tras haber documentado los accidentes automovilísticos; tras haber pesquisado las urgencias de hospitales y clínicas; tras haber buscado en los memoriales de la policía y los bomberos; tras haber recibido las cifras de una morgue centenaria, pues consiguió al fin una nulidad más exacta que el redondo de un cero. Nadie murió en el ámbito de ese temblor, cuyo amplio arco fue también su intemporal dominio. Todos los que habrían de morir ese día por circunstancias naturales (ya que no por las agujas de dos minutos fijos) se demoraron entre las réplicas imperceptibles del temblor original. Los desaparecidos que no iban aparecer, ni en las máculas de tinta aparecieron. Nada pareció darse en aquel terremoto. Nada que lo agitara más de lo que de suyo fue su ritmo; y ni el crimen ordinario pudo extender en él su carácter.

El asombro era tal, y tantas las formas de rigor, que se buscaban los muertos hasta debajo de las piedras, aunque fueran muertos del pánico o de la “clandestina tozudez de unos subversivos”. Sucedió que de tanto extremarse según perplejas dudas, hallaron finalmente a un hombre en su deforme hinchazón, abrillantado y con los botones casi al reventar como el brote de su ya desnudo ombligo. Al infeliz le habían caído unos tapiales ciegos en el jardín interior de una casa vetusta que se refaccionaba por aquel entonces. Si bien llevaba algunas herramientas del jornal, ninguno de los demás obreros, comisionados para el otro lado del edificio, le reconocía de forma alguna. El capataz de la obra no recordó haberle contratado ni menos precipitarse a las reformas de ese jardín, oculto durante décadas bajo un derrumbe para el cual sí que era menester de unas grúas especiales.

Ningún documento de identidad acreditaba su anonimato; ningún registro dental que pudiera morder el anzuelo, y tampoco sus huellas dactilares estaban reseñadas entre los límites de folio alguno. Era todo un enigma aquel muerto singular, acaso por pertenecer a un linaje cuyo origen parecía estar precisamente en su fin y a la vuelta de su mismo vórtice. En un cortejo furtivo se le conservó como a una momia. Era verdad que el gobierno se dilataba en los informes y que la opinión pública interpretaba aquel silencio con la pareja incertidumbre de todos los días. En cada casa, se contaba los parientes indispensables y se apaciguaban todos con una resignación feliz, que, sin embargo, no excedía la cuenta de cada cual.

Pero, entonces, ¿de quién era el muerto? ¿De dónde venía? ¿Cómo se llamaba? ¿Qué hacía y luego por qué lo hacía? ¿Para quién trabajaba? ¿Para quién vivía? ¿Por qué murió? De modo que no se suscitaran desórdenes entorno a un misterio inabarcable y mucho menos se excitara la imaginación estrafalaria del vulgo, el gobierno le impuso al comisionado de gafas gruesas revelar la identidad de aquel hombre, antes de cifrarlo a su singularidad.

A las semanas del terremoto se hizo pasar por las televisoras y la prensa el retrato casi irreconocible de aquel muerto, sin duda para que la hinchazón de cierta notoriedad divulgara un vínculo ineludible; tal vez le vieran como un orate que había extraviado a sus parientes, acaso como un borracho pendenciero cuyas ojeras no le dejaban despertar del todo. Los chicos de la morgue y la oficina, secretamente conjurados a sus designios, ya le tenían un nombre; ya le reconocían en su irreconocible corrupción truncada en seco. Le decían la momia del jardín oculto.

Pasaron los meses. Pasaron más años que días tienen esos años, y después de longevos votos, el comisionado, casi a tientas, detrás de gruesísimas gafas de carey, escribía la última ficha de aquella calamidad. Con dedos tartamudos hizo tabletear a una máquina diligente, apenas la ráfaga fugaz de un fusilamiento incógnito: “Terremoto de 19**, sin víctimas fatales.” El mismo día, a la misma hora en que al fin se le daba sepultura al muerto singular, de modo que se perdiera entre los despojos de una fosa hondamente cavada para entrampar la revuelta que precedió a un inocuo terremoto. Sólo aquellas letras oficiales fueron el epitafio, e incluso por aquellas letras el muerto fue quien fue, si bien ya perdido para siempre entre los anónimos detractores de una tiranía.

El vértigo lúcido, Gabriel Jiménez Emán

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Vive solo en una cabaña junto al río. Duerme hasta tarde en la mañana, pues apenas si logra conciliar el sueño por la noche. Se levanta, no se mira nunca a un espejo, se despereza y va al río donde se da un buen chapuzón; se distrae en el bosque, observa los pájaros, los panales de avispas en los troncos de los árboles, las lagartijas que reptan junto a las piedras. Regresa y pone un sartén en la leña con huevos y tocino, que saborea lentamente. Después va a la casucha de su amigo el arriero a tomar un poco de café; se entera por éste de los recientes pormenores del pueblo, los escucha sin hacer ninguna pregunta ni emitir opinión. Después regresa por un camino solitario hasta su cabaña, acaricia al perro y juega con los bigotes del gato, mientras su mirada se pierde en la corriente del río.

Se dirige al ropero, toma la capucha, las botas y el grueso cinturón de cuero, y los introduce en una maleta. El hacha la afila en un amolador rústico, la guarda en un estuche, bien limpia y desinfectada con un chorro de aguardiente.

Antes de dirigirse a su trabajo en el patíbulo, va a visitar a una hermana mayor, que le sirve un buen tazón de café retinto, y a ella le comenta el acontecimiento acerca de un mínimo cambio en el estado del tiempo. Hay un incidente que le preocupa y a veces le perturba, pero no comenta nada. Termina su café, y en ese instante es asaltado por un rapto de lucidez: se da perfecta cuenta de todo cuanto ocurre en el pueblo, y dentro de si mismo. Revisa en su mente el dictamen del juez acerca del hombre que va a ser decapitado. Recuerda entonces a su madre, su mujer y su hijo muertos. Constata que existe una lamentable equivocación en el fallo que acaba de hacer la suprema corte. Se cerciora de que el dictamen de los jueces ha estado errado en otras ocasiones: la lucidez se mete en su cuerpo y recorre todos los intersticios de su cabeza; su mente se puebla de ideas que explotan en el interior de su cerebro como pequeñas bombas de agua, salpicando gotas en todas direcciones.

Va al cuarto de su hermana. Se quita la ropa y saca de la maleta las botas, el pantalón negro, la correa y la capucha, y se las coloca. Bebe un largo trago de aguardiente. Saca el hacha del estuche y se dirige al patíbulo. Su figura, recortada en la vastedad del campo contra el cielo índigo, cobra una fuerza poderosa.

Apura el paso y cruza el tumulto de gente que va a asistir al máximo evento. Entra a la parte inferior de la tarima del patíbulo a revisar los últimos detalles de la decapitación. Sube a la tarima y espera la orden del alcalde. El acusado está por llegar; lo están trayendo en este momento desde la prisión. El verdugo espera con paciencia; su pulso está perfecto.

Hay una hora de retardo, y el acusado no llega. La gente está alterada, exige a gritos que traigan al acusado. Los ánimos se van caldeando hasta que todo aquello se vuelve una turba histérica.

Entonces el verdugo lúcido sube a la tarima, levanta el hacha y la deja caer sobre el cuerpo del hombre que nunca llega. Se quita la capucha para que todos presencien la placentera sonrisa que se dibuja en su rostro.

Sin testigo, Raquel Abend van Dalen

581338La oración me atraviesa la boca. Desde que comenzó la misa no he dejado de someterme a juicios y de someter a los demás a otro tipo de juicios. Y quién dice que el resto no hace lo mismo. Ahora creo que soy una mujer agnóstica que no puede pasar los domingos sin escapar de su casa para ir a misa. El servicio salva el final de su semana. Ella se salva cuatro veces al mes y no puede resistirse al milagro. Los vitrales nunca son los mismos. La vez pasada por fin entendió que se trataba de la creación del mundo. Pero esta mañana no puede evitar pensar que no hay estrellas, cuerpos desnudos, ni frutos sagrados. No hay tiempo en los vitrales, tampoco la oscuridad primaria de donde todo explotó. Su madre le ha dicho several times (varias, diversas, pero prefiero severamente) que sólo vea los colores de la luz, que no busque explicación en lo que ilustra la ventana. Entonces hace caso, porque está en misa, y se entrega a la bendición del color y de la discordia. Reza fuertemente sin mover la lengua. Sus manos aparentemente se estrujan entre sí, conteniendo el corazón ajeno entre las palmas. Así un líquido se le va derramando por las muñecas, se desliza a lo largo de los brazos para empozarse en los codos. Se baña de resurrección cuando el cura da permiso y así mismo escucha que les es concedido el milagro de la paz. Se voltea la familia del banco frente a mí. Pienso que no me siento tranquila, que aún no me ha tocado la serenidad y ya tengo que agarrarle la mano a un extraño. Cómo les explico que no puedo tocarlos porque me suda el cuerpo y no podré limpiarme las manos antes y después de que me deseen el bien. Qué culpa siento: el cura me desea la paz y yo no puedo recibirla ni transmitírsela a los otros. Me acuso por ser pieza inútil en la sociedad. Sólo puedo ver sus nucas, sus cabezas de formas aztecas, cuyos cortes de pelo son cúbicos y sin estilo. Decido entregarme a los brazos de mi madre y ahí me quedo, segura, tratando de absorber la paz que ella tenga en su cuerpo. Paz de madre y de cuna. Una tranquilidad color tierra que se respira como si fuera vapor. Ahí me quedo con los ojos cerrados, pretendiendo que me alimenta con su pecho. Porque de una bebé nada se espera. Jesús no es testigo.

ARRÁNCAME LAS ÁRIDAS RAÍCES, Ida Gramcko

 

illustration-for-oscar-wilde-s-salome-1927-5Arráncame las áridas raíces,
déjame suspendida en el espacio,
entre los vientos firmes.
Allí se está como en un gran regazo
maternal y sin límites.
Déjame con los pájaros,
indagan lo invisible.
¡Ah, más allá del cielo se alza un árbol
que sus alas indómitas persiguen!
No lo han visto jamás y, sin embargo,
creen sentir su rumor en los confines.
Rumor de hojas distantes… Pero ¿acaso
no lo vieron, gigante, en el origen
primero de la vida, y en sus cantos
no es la voz de la ausencia lo que aflige?
Deja que suba a lo alto
y que mi canto vibre.
Canto la ausencia de algo,
de una estrella enterrada en nubes grises.
La sombra azul del árbol
se dilata y me ciñe.
Déjame con los pájaros.
Soy una flor delimitada y triste.
Arráncame los pétalos y el tallo
y la fragancia, y líbrame.

Antes yo era, Luis Britto García

1Antes, yo era un ser humano. Tenía acceso a los olores, los colores, los sonidos, las formas, los sabores, ante mí desfilaban las personas, ocurrían las cosas. Se apoderaban de mí las emociones, a veces ―no siempre― tenía ideas. Luego, se me ocurrió leer libros, y poco a poco elegí, más que el sonido, la palabra que simboliza el sonido, más que el color, la palabra que simboliza el color, más que el olor, la palabra que simboliza el olor, más que el sabor y el tacto, las palabras que simbolizan sabores y tactos. No conocí personas, conocí sucesiones de palabras estampadas en olorosa tinta que describían personas; elegí no padecer el miedo, sino descifrar la narración del miedo; creí pensar, cuando sólo conectaba entre sí palabras que describían los pensamientos de otros.

Poco a poco los objetos en mi universo se fueron sustituyendo por palabras: la progresión del tiempo, por el sucederse de períodos; mi conciencia de existir, por un vasto olor a papel y tinta, a veces a grafito, a veces a cueros, a veces a cola. Alrededor de mí construí los muros de libros y al final no sé cómo entré en ellos me dirigieron me asimilaron me absorbieron golosamente, secamente, y yo sólo trataba con polillas.

Ahora, soy esto. He mirado lo que era mi mano y sólo veo unas palabras que dicen antes yo era un ser humano. No hay antebrazo, sólo veo otras palabras que dicen: tenía acceso a los colores, a los olores. Así, en parcos vocablos se va agotando mi cuerpo: donde dice poco a poco los objetos en mi universo se fueron sustituyendo, es el ombligo; y la conciencia, la conciencia, son las palabras de este párrafo que dicen ahora soy esto, estas líneas en que me defino, sólo palabras, sólo tintas, sólo papeles, yo que era un ser humano, concluyo aquí, ahora.

Ahora, no soy sensaciones, no soy ya emociones, no soy ya tripas, algo me ha ocurrido, palabras, nada más que palabras, ahora soy esto.

Subraye las palabras adecuadas, Luis Britto García

Hungry People 1936-72 by Julian Trevelyan 1910-1988


Julian Trevelyan


Una mañana tarde noche el niño joven anciano que estaba moribundo enamorado prófugo confundido sintió las primeras punzadas notas detonaciones reminiscencias sacudidas precursoras seguidoras creadoras multiplicadoras trasformadoras extinguidotas de la helada la vacación la transfiguración la acción la inundación la cosecha. Pensó recordó imaginó inventó miró oyó talló cardó concluyó corrigió anudó pulió desnudó volteó rajó barnizó fundió la piedra la esclusa la falleba la red la antena la espita la mirilla la artesa la jarra la podadora la aguja la aceitera la máscara la lezna la ampolla la ganzúa la reja y con ellas atacó erigió consagró bautizó pulverizó unificó roció aplastó creó dispersó cimbró lustró repartió lijó el reloj el banco el submarino el arco el patíbulo el cinturón el yunque el velamen el remo el yelmo el torno el roble el caracol el gato el fusil el tiempo el naipe el torno el vino el bote el pulpo el labio el peplo el yunque, para luego antes ahora después nunca siempre a veces con el pie codo dedo cribarlos fecundarlos omitirlos encresparlos podarlos en el bosque río arenal ventisquero volcán dédalo sifón cueva coral luna mundo viaje día trompo jaula vuelta pez ojo malla turno flecha clavo seno brillo tumba ceja manto flor ruta aliento raya, y así se volvió tierra.

Artes posibles, Luis Britto García

1Bodoni, Zsolt

Máquina maravillosa para hacer el arte, no esas tonterías debiluchas que llaman hoy arte, que apelan por separado a la vista, al oído, a otros sentidos o cosas así. El espectador es introducido en un tubo en donde lo aturden fogonazos, caleidoscopios, estroboscopios (vista), berridos, estampidos, cataplunes y zuáquitis (oído), bocanadas de sulfuro, de carbono, pachulí y catinga (olfato), chorros de aceite de ricino y todas esas cosas químicas que tienen sabor sui generis (gusto), pinchazos, raspaduras, cosquillas, mordeduras (tacto), heladuras, quemaduras (sentido de la temperatura), sacudidas eléctricas, vergajazos (sentido del dolor), cambios de sitio, caídas libres, aceleraciones, desaceleraciones, giros en hélice, en tirabuzón y en rizo (sentido de la posición), constricciones, torsiones (sentido de la posición corporal relativa), violaciones (percepción sexual), penetraciones, introducciones de espéculos, insuflaciones, inyecciones de hormonas y vasodilatadores (percepción interna de los procesos orgánicos), choques inductores de entremezclamiento y confusión de sensaciones (percepción cinestésica), inyecciones de drogas (percepción delirante), y como luego de experimentada en su totalidad la experiencia artística ya para qué vivir, el espectador es atacado en su instinto de conservación, fibra a fibra deshilachado, macerado, masticado y digerido. Como sucede con toda nueva forma de arte, en la que proponemos los espectadores, al principio, serán escasos.

Argumento para un pueblo de verdugos, Gabriel Jiménez Eman


Patti Levey

Un hombre inocente es condenado a muerte por un pueblo. El tribunal decide hacerlo decapitar a la vista de todos.

En el momento de la ejecución, el verdugo se siente culpable y se lo dice al pueblo. El pueblo, alarmado y confuso, propone decapitar al verdugo.

De la misma forma el nuevo verdugo, en el momento de decapitar al antiguo verdugo, se siente culpable y se lo dice al pueblo.

Así, ya no parece quedar nadie más en el pueblo que se atreva a ser verdugo de verdugos inocentes.

Por fin, un hombre se ofrece voluntariamente a hacer de verdugo, y en el momento de la ejecución desvía el hacha hacia la cabeza del gobernador y lo decapita en nombre del pueblo.

El valeroso hombre resulta ser después hermano del primer hombre inocente, que es a su vez el único verdugo culpable.

Álbum familiar, Ednodio Quintero

Denis Buchel

«Y ésta es la foto de nuestro único hijo, muerto la tarde de su quinto cumpleaños».

Frías como cuchillos las palabras de la anciana surcaron el aire del corredor. Y en seguida, sin darme oportunidad para tomar aliento o, al menos, para buscar apoyo en una silla, otra frase se levantó de aquel hocico puntiagudo.

«Comprenderá que para una pareja de cuarentones se trataba de una pérdida irrecuperable; sin embargo, no nos resignamos: hicimos el intento y fracasamos. Desde entonces nos consagramos, día y noche, al cultivo de su recuerdo».

Mientras hablaba, la anciana dejaba que sus dedos amarillos se deslizaran sobre la fotografía. Imaginé un mundo de saña en aquella caricia prolongada. Busqué y no encontré huellas de amargura en la superficie de su rostro pálido, casi transparente. Confundido me asomé a la orilla de sus ojitos grises, y sólo pude ver mi doble rostro flotando en un pozo de aguas sucias.

Aturdido me alejé del corredor y durante un rato permanecí de pie, recostado a un naranjo, contemplando el amontonamiento de nubes en la colina de enfrente. El gris torcaza anunciaba una tarde lluviosa. Y el río que bramaba abajo en la ladera, con su carga de troncos, ovejas y miles de hojas secas, se había convertido en un obstáculo para mi huida: el único puente había sido arrastrado por la crecida, media hora después de mi llegada. Así que, me vería obligado a pasar la noche y el día de mañana y la otra noche bajo el techo de aquel manicomio.

Por un momento llegué a pensar que la anciana deliraba. Descarté esta idea y la sustituí por otra más tranquilizadora: no queriendo admitir el avance de su ceguera, la anciana actuaba con naturalidad, razón por la cual podía confundir el primer plano de un perro ovejero con el perfil de su único hijo, muerto la tarde de su quinto cumpleaños.

Arreció la lluvia, y como fiera enjaulada recorrí pasillos, salas y aposentos, y pude ver, colgados a las paredes, adornando una repisa o la esquina de una mesa, pude ver: bozales, cadenas y collares, estatuas de barro, máscaras y figuras de porcelana, fotos ampliadas, dibujos y grabados… La acumulación de signos de aquel extraño culto familiar aumentó mi desconcierto. Aquella noche dormir hubiera sido un acto temerario. Presentía que al cerrar los ojos, una avalancha de perros ovejeros entraría por la ventana, a dentelladas y mordiscos destrozarían las imágenes más queridas de mi sueño.

Con la agudeza de pensamiento producida por las noches en blanco me di a la tarea de buscar una explicación satisfactoria al asunto perros. Antes del amanecer, mis conjeturas se habían canalizado hacia dos posibilidades. Primera: la pareja, ante la imposibilidad de tener hijos, decidió adoptar el perro ovejero. Segunda: la mujer, efectivamente, parió el perro. En cualquiera de los casos, la muerte había aportado un final decente.

Me levanté muy temprano, hambriento y fatigado, dispuesto a no dejarme ganar por la locura. Esperen, no se vayan. Existe una tercera posibilidad, la vislumbré al final del desayuno cuando todos nos echamos a ladrar.