Fábula del dragón, Wilfredo Machado

Mientras encajaba una afilada escarpia en una cuaderna mal sujeta del Arca, Noé vio llegar un dragón arrastrándose sobre las arenas del desierto. Era diez veces más grande que un caballo y tenía el cuerpo cubierto de escamas que resplandecían bajo la luz del atardecer. Noé lo observó con admiración y miedo. De sus fauces salía una columna de humo blanco que ascendía bajo los últimos rayos de luz. Los ojos del dragón permanecían inmóviles, la mirada extraviada en el paisaje desolado de las dunas. Notó que los ojos tenían la blancura lechosa de la muerte y comprendió al mismo tiempo el largo y penoso camino de la ceguera.

Entonces el dragón habló.

He atravesado la mitad de la tierra para conocerte, pues tu fama se ha extendido por todo el mundo. He visitado los oráculos y las sibilas; he conocido los mapas astrales, las teralogías, las rutas del sueño y del olvido, para llegar hasta ti, el más pequeño e insignificante de los hombres que pueblan la tierra. En lejanos países que nunca conocerás hay hombres que como tú sueñan con el día de la muerte, sirenas con cabeza de pez y cuerpo de doncellas, animales que hablan el lenguaje de Dios, vísceras dónde leer el futuro como en un libro abierto, sabios que han visto tu viaje en el brillo de Sirio, constelación de lobos en celo aullándose a la noche. Aún es tiempo de romper los designios divinos y dejar que perezca la raza de los hombres y de las bestias.

Tú también morirás —le respondió Noé.

Otra vez te equivocas como el más iluso de los mortales. No se puede matar lo que no existe.

Noé pasó su mano por el rostro lleno de sudor, buscando en la escasa luz una respuesta; cuando la bajó, estaba solo frente a la mancha roja del desierto. El dragón había desaparecido con la noche. El viento borraba las huellas en la arena. Noé vio la sombra que se perdía detrás de las dunas cuando comenzaban a brillar las primeras estrellas.

Los dragones de la probabilidad, Stanislaw Lem

I

Como sabemos, los dragones no existen. Esta constatación simplista es, tal vez, suficiente para una mentalidad primaria, pero no lo es para la ciencia. La Escuela Superior de Neántica no se ocupa de lo que existe; la banalidad de la existencia ha sido probada hace demasiados años para que valiera la pena dedicarle una palabra más. Así pues, el genial Cerebrón atacó el problema con métodos exactos descubriendo tres clases de dragones: los iguales a cero, los imaginarios y los negativos. Todos ellos, como antes dijimos, no existen, pero cada clase lo hace de manera completamente distinta. Los dragones imaginarios y los iguales a cero, a los que los profesionales llaman imaginontes y ceracos, no existen, pero de modo mucho menos interesante que los negativos.

Desde hace mucho tiempo se conoce en la dragonología una paradoja, consistente en el hecho de que, si se herboriza a dos negativos (operación correspondiente en el álgebra de dragones a la multiplicación en la aritmética corriente), se obtiene como resultado un infradragón en la cantidad 0,6 aproximadamente.

II

Trurl y Clapaucio —dos constructores con Diploma de Omnipotencia Perpetua— aplicaron por vez primera el cálculo de probabilidades a la dragonología, creando, gracias a ello, la dragonología probabilística. Esta última demostró que el dragón era termodinámicamente imposible sólo en el sentido estadístico, al igual que los elfos, duendes, gnomos, hadas, etc. Los dos científicos calcularon con base en la fórmula general de la improbabilidad los coeficientes del duendismo, de la elfiación, etc. La misma fórmula demuestra que para presenciar la manifestación espontánea de un dragón, habría que esperar dieciséis quintocuatrillones de heptillones de años más o menos. No cabe duda de que el problema habría quedado como un simple curiosum matemático, si no fuera por la conocida pasión constructora de Trurl, quien decidió investigar la cuestión empíricamente. Y puesto que se trataba de fenómenos improbables, inventó un amplificador de la probabilidad y lo comprobó, primero en el sótano de su casa, luego en un Polígono Dragonífero especial, Dragoligón, costeado por la Academia.

Las personas no iniciadas en la teoría General de la improbabilidad preguntan hasta hoy día por qué, de hecho, Trurl probabilizó al dragón y no al elfo, o al gnomo. Lo hacen por ignorancia, ya que no saben que el dragón es, sencillamente, más probable.

III

Varios científicos experimentaron con un dragotrón, pero, como les faltaba rutina y sangre fría, una buena parte de prole dragonera logró la libertad (no sin hacer antes a sus creadores muchos chichones y cardenales). Se descubrió, a raíz de esos acontecimientos, que los abyectos monstruos existían de manera muy diferente de cómo lo hacían, por ejemplo, armarios, cómodas o mesas, ya que lo que más caracteriza a un dragón una vez realizado, es su notable naturaleza probabilística. Si se da caza a un dragón de esta clase, y sobre todo con batida, el cerco de cazadores con el arma pronta para disparar encuentra solamente un sitio quemado y maloliente en el suelo, dado que el dragón, al verse en dificultades, escapa del espacio real refugiándose en el figurativo. Siendo una bestia obtusa y de cortos alcances, lo hace, evidentemente, por puro instinto. Las personas de pocas luces no pueden entender cómo ocurre la cosa y a veces piden a gritos que se les muestre esa clase de espacio. Si se portan así, es porque no saben que también los electrones (cuya existencia no niega nadie que esté en su juicio) se mueven únicamente en el espacio configurativo, dependiendo su suerte de las ondas de probabilidad. Por otra parte, hay quien prefiere creer en los dragones antes que en los electrones, ya que estos últimos no suelen (por lo menos cuando están solos) querer comerse a nadie.

IV

Los progresos en la dragonología dejaban indiferentes a las masas atribuladas por los dragones. Las bestias hacían muchísimo daño pateando y quemando las cosechas y desvelando con sus rugidos a la gente atemorizada. Por si esto fuera poco, su insolencia era tan inmensa, que de vez en cuando se atrevían a exigir un tributo de jóvenes vírgenes. ¿Qué les importaba a los desgraciados que los dragones de la ciencia, siendo indeterministas y por tanto no locales, se comportaran conforme a la teoría, aunque contra toda la decencia? ¿Qué más les daba que la curvatura de la cola estuviera estudiada y calculada, si los monstruos devastaban las cosechas a golpe de cola? No nos extrañemos, pues, si la masa, en vez de reconocer el enorme valor de los extraordinarios logros de la ciencia, se los reprochó. Pero los científicos persistieron en su trabajo de investigación, obteniendo nuevos éxitos al demostrar que el grado de existencia del dragón dependía de su humor y del estado de saturación general. El axioma sucesivo evidenciaba el hecho de que el único método seguro de su liquidación era la reducción de su probabilidad a cero, e incluso a valores negativos. En todo caso, estas investigaciones exigían mucho trabajo y tiempo. Mientras tanto, los dragones ya realizados disfrutaban de la libertad aterrorizando a la gente y devastando planetas y lunas. ¡Y se multiplicaban, que era lo más terrible!

V

Basileo Emerdiano viajaba por toda la Galaxia, provocando con su mera presencia la aparición de dragones en los lugares donde nunca nadie los había visto antes. En cierto modo, llevaba los dragones consigo, con la única salvedad de que se hallaban en estado potencial, con la probabilidad cercana a cero. Una vez bien instalado y ambientado, iba aumentando la probabilidad y la elevaba a potencias hasta que llegaran casi a la seguridad y, naturalmente sucedía una virtualización, concretización y totalización plena y manifiesta. Cuando el desespero general y el estado de catástrofe nacional llegaban al cenit, Basileo pedía audiencia al rey del país en cuestión y, después de un largo regateo para obtener unos honorarios astronómicos, se comprometía a exterminar a los monstruos, lo que siempre cumplía puntualmente. Nadie sabía cómo lo hacía, porque siempre actuaba a escondidas y solo. Por otra parte, siempre daba la garantía del éxito de su dragonólisis en el sentido solamente estadístico. Los anulaba disminuyendo momentáneamente la probabilidad y se marchaba con la pasta. Que tarde o temprano las cerofluctuaciones tuvieran que conducir a la activación de la dragomatriz, y que toda la historia volviera a empezar, lo tenía sin cuidado, pues ya él y el dinero estarían lejos.

VI

El pueblo de Trufoflora era terriblemente supersticioso; su religión, la pneumatología draconiana, afirmaba que los dragones aparecían en castigo de pecados y que tenían almas, pero impuras. Los únicos métodos que aplicaban para combatir la plaga se limitaban a quemar incienso en los lugares infestados y repartir reliquias. Sobre el planeta vivía en aquel momento un solo monstruo, perteneciente a la clase más terrorífica de todas: Abyectaurios Draculeos. Pero mientras unos lo consideraban como un ejemplar único, otros lo tomaban por un ser múltiple, capaz de encontrarse en varios sitios a la vez. Esto debido a que la localización de estas asquerosas bestias depende de las llamadas anomalías draconianas, por cuya causa algunos ejemplares, ante todo los distraídos, quedan a veces “chapuceados” en el espacio, lo que no es otra cosa que un simple efecto isóspino de amplificación del momento cuántico. Así como una mano, al emerger del agua, muestra encima de la superficie cinco dedos aparentemente independientes individualizados, igual los dragones, al emerger del espacio configurativo al real, parecen alguna vez múltiples a pesar de ser uno solo.

VII

Las viejas leyendas cuentan sobre dragones multitud de cosas que no son ciertas. Dicen, por ejemplo, que algunos de ellos llegan a tener siete cabezas. Hoy el dragón sólo puede tener una cabeza, ya que la presencia de dos conduciría infaliblemente a violentos altercados y peleas. En realidad, hubo unos, los pluritestas (nombre que les dieron los científicos), de naturaleza obtusa y terca, que no soportaban la menor oposición; la posesión de dos cabezas en un solo cuerpo los llevaba a una muerte rápida: cada una, queriendo perjudicar a la otra, se negaba a tomar alimento, e incluso se abstenía de respirar. Se puede adivinar fácilmente cuál fue el resultado: se extinguieron. Éste, precisamente fue el fenómeno aprovechado para inventar el trabuco anticabeza. Se dispara al dragón, alojando en su corpachón una pequeña cabecita electrónica, fácil de manejar, y al momento se originan disputas y escenas violentas. En consecuencia, el dragón se queda inmóvil y tieso en un sitio, como si le diera parálisis, durante un día, una semana, un mes, incluso hubo casos en que sucumbía al agotamiento sólo al cabo de un año. Cuando se halla en este estado, se puede hacer con él lo que se quiera.

El Castillo del diablo, Gerárd de Nerval

Ludlow Castle – Rising of the Water-Nymphs, engraved by E. Goodall published 1835 Joseph Mallord William Turner 1775-1851 Transferred from the British Museum 1988 http://www.tate.org.uk/art/work/T06289

Voy a hablarles de uno de los más viejos habitantes de París: se llamó en otro tiempo el diablo Vauvert.

De ahí surgió el proverbio: “¡Eso es en lo del diablo Vauvert! ¡Váyase al demonio Vauvert!” Es decir: Váyase… a pasear por los Champú-Elysées”.

Los porteros dicen generalmente: “Está por lo del diablo verde”, para expresar un lugar muy lejano. Esto significa que es necesario pagar muy cara la comisión que se les encarga. Pero es por otro lado, una frase viciosa y corrompida, como tantas otras familiares al pueblo parisino.

El diablo Vauvert es esencialmente un habitante de París que perdura desde hace siglos, si uno cree en los historiadores. Sauval, Félibien, Sainte-Froix y Dulaure han contado largamente sus escapadas.

Parece que en un principio habitó en el castillo de Vauvert que estaba situado en el lugar ocupado actualmente por el alegre baile de la cartuja, en el extremo del Luxembourg y frente a l´Observatoire, en la rue de l´Enfer.

Este castillo, de triste renombre, fue demolido en parte y las ruinas se convirtieron en una dependencia del convento de los cartujos en la que murió en 1414 Jean de la Lune sobrino del antipapa Benedicto XIII. Jean de la Lunes fue sospechoso de haber tenido relaciones con cierto diablo, que podría haber sido el espíritu familiar del viejo castillo de Vauvert, ya que, como se sabe, cada uno de esos edificios feudales tenía su diablo.

Los historiadores no nos han dejado nada preciso sobre esta fase interesante.

El diablo Vauvert da que hablara nuevamente en la época de Luis XIII.

Durante mucho tiempo se había oído, todas las noches, un gran ruido en una casa hecha con los restos del antiguo convento, cuyos propietarios estaban ausentes desde hacía años, cosa que asustaba mucho a los vecinos.

Avisaron al lugarteniente de policía, que envió varios guardias.

¡Cuál no sería la sorpresa de estos militares al escuchar el tintineo de los vasos mezclados a risas estridentes!

Al principio se creyó que se trataba de monederos falsos entregados a una orgía, y calculando su número por la intensidad del ruido, decidieron buscar refuerzos.

Pero juzgaron, aun entonces, que el escuadrón no era suficiente: ningún sargento se animó a llevar sus hombres a esa morada, donde parecía que había el bochinche de todo un ejército.

Un cuerpo de tropas suficientes llegó finalmente a la mañana: penetraron en la casa. No encontraron nada.

El sol disipó las sombras.

Durante todo el día se hicieron búsquedas, pues se pensó que el ruido provenía de las catacumbas, situadas, como se sabe, bajo ese barrio. Se preparaban para entrar en ellas, pero, mientras la policía tomaba sus disposiciones, la noche volvió nuevamente y el ruido recomenzó más fuerte que nunca.

Esta vez nadie se atrevió a bajar, porque era evidente que en la bodega no había más que botellas y que por lo tanto, era el diablo quién las hacía bailar.

Se contentaron con ocupar los accesos de la calle y pedir al clero que obrase.

El clero hizo una cantidad de oraciones, e incluso se echó agua recién bendecida, por medio de una jeringa, sobre la banderola de la bodega.

El ruido persistió siempre

Los diablos no duermen, JCPozo

Los diablos no duermen, sus deseos de maldad los mantiene despiertos. El insomnio de la venganza contra su propia naturaleza se les agolpa en la cabeza, el martilleo incrementa la sed de rencor. Así que ellos no se despiertan; no cierran los ojos, para poder vigilar y protegerse de su propia maldad.

Se les nota en los labios, encogidos como temiendo abrirse y descubrir al mundo sus verdaderas intenciones. Se les nota en sus ojos, enfocados siempre en un frágil blanco distraído. Se les nota en la voz, siseo de serpiente en posición de ataque. No, los diablos no duermen, saben que un sueño puede ser su perdición. Los puede llevar al mar, al cielo, al fin del universo. Y saben, más que nada, que un sueño los puede envenenar de amor.

¿Cuántos dedos tengo aquí?, Carlos Manuel Téllez

Colombina cree que un columpio le marcó la vida. Cierta vez, cuando venía de clases, dejé la mochilita en el césped, toqué sus asientitos, las cadenas caídas el propio peso atadas por sus tornillos, me senté, me balanceé ajustando mi falda color azul plisada, mis zapatitos negros satinados me empujaban para sentirme feliz al balanceo como un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña…. Loco loroco cabeza de coco fueron creciendo las cosquillas en mi panza de catapanza; ese viento soplando en mi cara, me sentí libre, quería sentirme paloma en la loma y volar libre como cualquier otra niña. Ese columpio fue algo más para mí, pasaba a veces días enteros meciéndome en él, llegué a quererlo más que mi vida misma al sentir las presiones de mis manos en esas cadenas, hasta que un día volvió a pasar. Mientras me mecía llegó mi papaíto por detrás sin que yo lo sintiera, sin que yo lo viera venía a mí el gato garabato y me pregunta si me gusta columpiarme. Agaché la cabeza, no quería darle la cara careta, pero él estaba hincado frente a mí. ¿Te gusta columpiarte en el columpio, Colombina?, me volvió a preguntar y yo sin contestar. Quería unas piernas ligeras por Si estás en la carretera y oyes un bip-bip, quería irme y atravesar la calle, subir al primer autobús, esconderme bajo el asiento. Pero no podía, él estaba frente a mí, arrodillado diciéndome Abracadabra, patitas de cabra; pero no, yo no quiero. Él otra vez con sus manos duras en mis tobillos de molinillos; Abracadabra, querés que tu papaíto te mesa; yo moví mi cabeza diciendo que sí, que no, que caiga un chaparrón… como para que se fuera. Se fue no tan lejos, por detrás, rozó mi hombro con su mano cara de banano, después con la otra cara de patriota; y empezó a empujarme por la espalda. Estabas asustada, Colombina, no digás que no; y él seguía empujándome fuerte y después el miedo, debía haber pensado en corre, corre niña, pajarito vuela que las estrellitas están en la escuela… las cosquillas en mi panza crecían. Papaíto me detuvo en seco, y otra vez frente a mí me pregunta si le gusta a Colombina volar por los aires; Sip!, le digo. Una vez más sus manos pero en mis piernitas terciecitas y blanquitas, ¡Abracadabra! Y él subiendo su mano entre mi falda color azul de pijul. Retorna a preguntar: ¿te dio cosquillita la pancita?; Sip!, Abracadabra ¿te gustaría sentir otra cosquillitas Colombinita bonita?; Sip!, Abracadabra, tenés que prometer que nadie, nadie, NADIE va a saberlo; Sip!, Abracadabra, ni a la dama que le dice que la ama; Sip!, Abracadabra, ni la profe Roque cabeza de alcornoque. Y su mano subiendo lenta como amarga menta hasta La cucaracha, la cucaracha ya no puede caminar…. ¿Lo promete niña bella?, me pregunta, Sipirirín! Le digo yo. Entonces, finalmente me dice: ¡Abracabrona las patas de mona! Y mientras su mano cara de banano y después la otra cara de patriota… Recotín tin tin ¿cuántos dedos tengo aquí?…

Silencio, Edgar Allan Poe

el-llano-en-llamasEscúchame -dijo el Demonio, apoyando la mano en mi cabeza-. La región de que hablo es una lúgubre región en Libia, a orillas del río Zaire. Y allá no hay ni calma ni silencio.

Las aguas del río están teñidas de un matiz azafranado y enfermizo, y no fluyen hacia el mar, sino que palpitan por siempre bajo el ojo purpúreo del sol, con un movimiento tumultuoso y convulsivo. A lo largo de muchas millas, a ambos lados del legamoso lecho del río, se tiende un pálido desierto de gigantescos nenúfares. Suspiran entre sí en esa soledad y tienden hacia el cielo sus largos y pálidos cuellos, mientras inclinan a un lado y otro sus cabezas sempiternas. Y un rumor indistinto se levanta de ellos, como el correr del agua subterránea. Y suspiran entre sí.

Pero su reino tiene un límite, el límite de la oscura, horrible, majestuosa floresta. Allí, como las olas en las Hébridas, la maleza se agita continuamente. Pero ningún viento surca el cielo. Y los altos árboles primitivos oscilan eternamente de un lado a otro con un potente resonar. Y de sus altas copas se filtran, gota a gota, rocíos eternos. Y en sus raíces se retuercen, en un inquieto sueño, extrañas flores venenosas. Y en lo alto, con un agudo sonido susurrante, las nubes grises corren por siempre hacia el oeste, hasta rodar en cataratas sobre las ígneas paredes del horizonte. Pero ningún viento surca el cielo. Y en las orillas del río Zaire no hay ni calma ni silencio.

Era de noche y llovía, y al caer era lluvia, pero después de caída era sangre. Y yo estaba en la marisma entre los altos nenúfares, y la lluvia caía en mi cabeza, y los nenúfares suspiraban entre sí en la solemnidad de su desolación.

Y de improviso levantóse la luna a través de la fina niebla espectral y su color era carmesí. Y mis ojos se posaron en una enorme roca gris que se alzaba a la orilla del río, iluminada por la luz de la luna. Y la roca era gris, y espectral, y alta; y la roca era gris. En su faz había caracteres grabados en la piedra, y yo anduve por la marisma de nenúfares hasta acercarme a la orilla, para leer los caracteres en la piedra. Pero no pude descifrarlos. Y me volvía a la marisma cuando la luna brilló con un rojo más intenso, y al volverme y mirar otra vez hacia la roca y los caracteres vi que los caracteres decían DESOLACIÓN.

Y miré hacia arriba y en lo alto de la roca había un hombre, y me oculté entre los nenúfares para observar lo que hacía aquel hombre. Y el hombre era alto y majestuoso y estaba cubierto desde los hombros a los pies con la toga de la antigua Roma. Y su silueta era indistinta, pero sus facciones eran las facciones de una deidad, porque el palio de la noche, y la luna, y la niebla, y el rocío, habían dejado al descubierto las facciones de su cara. Y su frente era alta y pensativa, y sus ojos brillaban de preocupación; y en las escasas arrugas de sus mejillas leí las fábulas de la tristeza, del cansancio, del disgusto de la humanidad, y el anhelo de estar solo.

Y el hombre se sentó en la roca, apoyó la cabeza en la mano y contempló la desolación. Miró los inquietos matorrales, y los altos árboles primitivos, y más arriba el susurrante cielo, y la luna carmesí. Y yo me mantuve al abrigo de los nenúfares, observando las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad, pero la noche transcurría, y él continuaba sentado en la roca.

Y el hombre distrajo su atención del cielo y miró hacia el melancólico río Zaire y las amarillas, siniestras aguas y las pálidas legiones de nenúfares. Y el hombre escuchó los suspiros de los nenúfares y el murmullo que nacía de ellos. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado en la roca.

Entonces me sumí en las profundidades de la marisma, vadeando a través de la soledad de los nenúfares, y llamé a los hipopótamos que moran entre los pantanos en las profundidades de la marisma. Y los hipopótamos oyeron mi llamada y vinieron con los behemot al pie de la roca y rugieron sonora y terriblemente bajo la luna. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado en la roca.

Entonces maldije los elementos con la maldición del tumulto, y una espantosa tempestad se congregó en el cielo, donde antes no había viento. Y el cielo se tornó lívido con la violencia de la tempestad, y la lluvia azotó la cabeza del hombre, y las aguas del río se desbordaron, y el río atormentado se cubría de espuma, y los nenúfares alzaban clamores, y la floresta se desmoronaba ante el viento, y rodaba el trueno, y caía el rayo, y la roca vacilaba en sus cimientos. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado.

Entonces me encolericé y maldije, con la maldición del silencio, el río y los nenúfares y el viento y la floresta y el cielo y el trueno y los suspiros de los nenúfares. Y quedaron malditos y se callaron. Y la luna cesó de trepar hacia el cielo, y el trueno murió, y el rayo no tuvo ya luz, y las nubes se suspendieron inmóviles, y las aguas bajaron a su nivel y se estacionaron, y los árboles dejaron de balancearse, y los nenúfares ya no suspiraron y no se oyó más el murmullo que nacía de ellos, ni la menor sombra de sonido en todo el vasto desierto ilimitado. Y miré los caracteres de la roca, y habían cambiado; y los caracteres decían: SILENCIO.

Y mis ojos cayeron sobre el rostro de aquel hombre, y su rostro estaba pálido. Y bruscamente alzó la cabeza, que apoyaba en la mano y, poniéndose de pie en la roca, escuchó. Pero no se oía ninguna voz en todo el vasto desierto ilimitado, y los caracteres sobre la roca decían: SILENCIO. Y el hombre se estremeció y, desviando el rostro, huyó a toda carrera, al punto que cesé de verlo.

Pues bien, hay muy hermosos relatos en los libros de los Magos, en los melancólicos libros de los Magos, encuadernados en hierro. Allí, digo, hay admirables historias del cielo y de la tierra, y del potente mar, y de los Genios que gobiernan el mar, y la tierra, y el majestuoso cielo. También había mucho saber en las palabras que pronunciaban las Sibilas, y santas, santas cosas fueron oídas antaño por las sombrías hojas que temblaban en torno a Dodona. Pero, tan cierto como que Alá vive, digo que la fábula que me contó el Demonio, que se sentaba a mi lado a la sombra de la tumba, es la más asombrosa de todas. Y cuando el Demonio concluyó su historia, se dejó caer, en la cavidad de la tumba y rió. Y yo no pude reírme con él, y me maldijo porque no reía. Y el lince que eternamente mora en la tumba salió de ella y se tendió a los pies del Demonio, y lo miró fijamente a la cara.

Diario de la bomba, Jorge Volpi

Markus Reugels1

A fuerza de una repetición tan inclemente como vana, la imagen se ha vuelto anodina: la sublime belleza del horror. La columna de humo incandescente elevándose hacia el cielo. El paraguas espumoso y criminal. El ángel de la muerte. El hongo de fuego. Habría que imaginar, en cambio, el primer día. Ese día. El día de la ira. Hiroshima, 6 de agosto de 1945. Los primeros ojos que presenciaron la explosión. Los primeros ojos que quedaron ciegos. El primer rostro destruido. El primer cuerpo desollado. Los primeros órganos destrozados por la «enfermedad de la radiación». Y, también, el primer sobreviviente.

2

¿Para qué sirve una novela? Hay una forma de responder que incomoda a escritores y críticos por igual, pero que no por ello es menos verdadera: para vivir las vidas que no tenemos. Para observar aquello que no podríamos atisbar de otra manera. Para romper el drástico aislamiento que nos separa de los otros. Para sentir, por un instante, como sienten los otros. Para imaginar, por un instante, la vida de otros. Para ser, por un instante, otros. Para observar por primera vez, sin calcinarnos, el estallido.

3

La bomba es la metáfora del siglo XX, no hay remedio. Es su condensado o su resumen. El viejo pacto de Fausto con el diablo: se ha dicho una y otra vez hasta el cansancio. La ciencia al servicio del poder y sus delirios. Habernos convertido en la única especie capaz de extinguirse por voluntad propia. Pero, al convertirse en símbolo —en icono—, la bomba casi ha borrado sus consecuencias: las muertes puntuales de miles de inocentes. Las heridas ciertas, dolorosas, inocultables, de las víctimas. Vidas devastadas. Vidas al garete. Aborrecemos la bomba pero preferimos soslayar sus efectos: nadie quiere acordarse ya de las quemaduras, de los cadáveres. Menos aún de los sobrevivientes. De aquellos que vivieron para contar el asombro y el horror pero de los que por fortuna, a más de seis décadas de distancia, quedan ya pocos. Ellos son los últimos testigos de lo que somos, en realidad, los humanos.

4

Durante la Segunda Guerra Mundial, Masuji Ibuse (1898—1993) trabaja en el departamento de propaganda del Ministerio de Guerra japonés. Ni más ni menos. Podemos imaginarlo redactando informes —mentiras, ficciones de novelista— y transmitiéndolos a sus superiores, y luego a sus compatriotas, para levantar los ánimos mientras el conflicto se prolonga. Y entonces, un día, recibe una noticia imposible de maquillar. Una noticia que, lo sabe, precipitará la rendición del Emperador. Una noticia que habrá de transformar no solo el destino de Japón, sino del planeta. ¿Cuánto tardó Masuji Ibuse en comprender que algún día tendría que narrar aquel día? Su empresa literaria es el reverso exacto de sus labores durante la guerra: despojar una noticia de eufemismos, arrancarle toda floritura y toda retórica, despojarla de ideología. Reducirla a lo único que, en realidad, importa. Las vidas de unos cuantos personajes. No: la vida de unas cuantas personas. Una familia. Una familia que sobrevive a la bomba. Una familia que, al sobrevivir, no sobrevive ni a la bomba. Veintiún años después de la tragedia, Masuji Ibuse escribe, o acaso transcribe, Lluvia negra (Kuroi Ame). Y se vuelve célebre. Pero eso no importa. Importan las personas que habitan su novela. Los sobrevivientes.

5

«Yo soy la muerte», se fustigó con cierta dosis de histrionismo J. Robert Oppenheimer, máximo responsable científico del Proyecto Manhattan, al enterarse de la explosión acontecida en Hiroshima. Frente a esta frase grandilocuente —y al arrepentimiento del físico que por un momento prefirió la física a la justicia— quedan los personajes, no, las personas de Lluvia negra. Shigematsu Shizuma, su esposa Shigeko y su sobrina Yasuko son el reverso de Oppenheimer. Son la vida.

6

Lluvia negra posee el estilo de la tierra devastada. Tan árida como la ciudad luego del ataque. Una novela de las ruinas.

7

Como toda gran novela, Lluvia negra da voz a los sin voz. Y, más que eso, nos permite creer o acaso sentir que esa voz también es nuestra. Masuji Ibuse apenas comparece en sus páginas. El novelista enhebra con discreción oriental los diarios de sus personajes. Insisto: de esas personas, de los sobrevivientes. Cada uno cuenta, en un estilo adusto, despojado, lo que vio ese día. Y, aún más importante —y mucho menos recordado— lo que ocurrió en los días subsecuentes. La Historia resguarda la memoria de algunos hechos. La Novela, su contraparte —su rival, su enemiga—, resguarda la memoria de algunos individuos. Eso hace Masuji Ibuse. Eso hace Lluvia negra: sobrevive.

8

Una escena secundaria concentra la visión japonesa del desastre: estalla la bomba, un regimiento de jóvenes soldados, atrozmente quemados, recibe la orden de suicidarse. Según la leyenda, sólo uno incumple la orden. El narrador de la historia. Como Masuji Ibuse.

9

Más que una novela sobre la bomba, Lluvia negra es un libro sobre la «enfermedad de la radiación». No caben en ella comentarios geopolíticos, discursos sobre la humanidad y sus chacales, reflexiones sobre el fin de la historia o el fin del mundo. Lluvia negra responde a una sola pregunta: ¿qué ocurrió con quienes contemplaron el estallido y luego tuvieron que continuar con sus vidas? En otras palabras: qué significó no haber muerto. O morir poco a poco.

10

En su diario, Yasuko, la hija casadera de Shigmatsu, escribe en su entrada del 6 de agosto de 1945: «A las 4:30, el señor Nojima vino con su camión a recoger nuestras pertenencias para llevarlas al campo. En Fume hubo un gran fogonazo seguido de una explosión. Un humo negro se elevó por encima de la ciudad de Hiroshima como una erupción volcánica. En el camino de vuelta, fuimos por Miyazu, y desde allí en barco hasta el puente de Miyuki. La tía Shigeko estaba ilesa, pero el tío Shigematsu tenía heridas en la cara. No se había visto jamás un desastre así, pero es imposible hacerse una idea aproximada. La casa está inclinada unos 15 grados, así que este diario lo estoy escribiendo a la entrada del refugio antiaéreo». La descripción es casi neutra, sin apenas dramatismo. Aquí está, justamente, lo terrible.

11

Lluvia negra, lo he dicho, no es una novela sobre la bomba. Es una novela sobre un tío que quiere casar a su sobrina. Shigematsu Shizuma tiene el deber de casar a su sobrina Yasuko. Para lograrlo, debe convencer a su posible marido de que la joven no ha contraído la «enfermedad de la radiación». Convencer al otro de que no ha ocurrido nada. De que la lluvia negra que bañó su piel y su cabello no le ha hecho mella. Como un propagandista de guerra, Shigematsu se esmera por maquillar la realidad. No quiere que Yasuko se quede sola. No quiere el oprobio para Yasuko. Pero su empresa es, como la de los propagandistas japoneses, imposible. La «enfermedad de la radiación» está allí, en su cuerpo, en sus células. Es, de hecho, lo único que tiene.

12

Yasuko es la víctima perfecta. Joven, tímida, no muy agraciada. Más que casarse, ella quisiera hacer feliz al tío Shigematsu. No lo consigue. Porque la vida cotidiana no puede ser normal después de la bomba. Porque, más que cambiar el destino de Japón o el de la humanidad, la bomba ha destrozado su vida. Y la vida de los suyos. Pese a las bienintencionadas mentiras de su tío, Yasuko enfermará. Y su enfermedad se volverá inocultable. Una llaga que no se cerrará nunca.

13

Ahora sabemos, con suficiente dosis de certeza, que Japón se preparaba para rendirse cuando cayó la bomba en Hiroshima. Más que salvar vidas —como insistió la propaganda de los vencedores—, el estallido se limitó a confirmar la superioridad de Estados Unidos. Hiroshima, y luego Nagasaki, fueron los campos de pruebas de dos experimentos exitosos. Nada más que eso.

14

Gracias a Masuji Ibuse, la lluvia negra no se precipitó solo sobre Yasuko —y miles de víctimas anónimas semejantes a ella—, sino sobre cada uno de nosotros. Después de leer su novela, la «enfermedad de la radiación» también nos pertenece. También destruye nuestras células.

15

Después de Auschwitz juramos que no volvería a ocurrir nada semejante. Después de Hiroshima juramos que no volvería a ocurrir nada semejante. En lo primero nos hemos equivocado, como de costumbre: Camboya, Sbrenica, Ruanda, Darfur, son nombres que prueban nuestra capacidad para el olvido. En lo segundo, no ha vuelto a ocurrir algo semejante a Hiroshima o Nagasaki. Todavía. Cientos de novelas sobre el Holocausto no han impedido nuevos genocidios. No hay demasiadas esperanzas de que Lluvia negra sea un mejor llamado a la razón. Pero la memoria, y sobre todo la memoria literaria, es la única respuesta posible a la crueldad y la violencia inscritas en el corazón de los humanos. Son una respuesta y también una advertencia. Lluvia negra es arte, porque nos obliga a vivir el horror que somos capaces de crear nosotros mismos.

Infalibilidad, Raúl Leis

Frida Kahlo a 18 anni nel 1926. Foto di Guillemero KahloCuando el diablo guardián abrió por primera vez —en más de tres siglos— el portón de la celda de Galileo Galilei en la calcinante prisión del infierno, farfulló el contenido del cable internacional al anciano que inundaba con sus barbas cenicientas el reducido calabozo y que tenía rayadas las paredes con las marcas de todos los años que había permanecido allí.

El viejo astrónomo, médico y matemático, que había sido juzgado por la Santa Inquisición y obligado a abjurar de que el sol era el centro del sistema solar, no dijo nada sino que recogió uno a uno sus bártulos y salió de la celda arrastrando los pies.

Sin hablar, sólo con gestos, se negó a entrevistarse con el mismísimo Satanás, que deseaba presentarle sus excusas aduciendo que sólo había obedecido órdenes superiores. Galileo tampoco quiso aceptar que el guardián le llevase sus cosas que estaban embaladas en un morral de cuero de cabra. Además, se mostró reticente a subir al carruaje que lo conduciría a su nueva morada en el cielo, donde se efectuaría un apoteósico homenaje de desagravio.

En cambio, pidió con mímica ir al servicio de caballeros a aliviar necesidades contenidas ancestralmente. Allí, mientras hacía correr el agua del inodoro para despistar al guardián, terminó de armar los cohetes que había construido en esos largos siglos con polvos de carbón, azufre y otras sustancias raspadas con cucharas en las paredes de las celdas. Acomodó los proyectiles en sus espaldas flácidas. Aseguró bajo el brazo las fórmulas de los descubrimientos científicos acumulados en su largo cautiverio. Listo, encendió los cohetes con el cigarro que le había obsequiado el diablo guardián. Salió disparado del infierno ante el asombro de demonios y prisioneros. Cruzó la corteza terrestre —el infierno queda en el centro de la tierra— y ascendió por la chimenea del volcán Etna, rumbo al espacio sideral seguido por la inmensa estela de su barba.

Ese día, tres observadores en puntos distantes del planeta anunciaron que un cometa se dirigía hacia el sol —estrella que, hasta los niños saben, es el centro del sistema solar— y semanas más tarde, apareció una nueva mancha en el astro rey. Ese lugar es el único en donde Galileo Galilei se siente seguro, pues nunca se sabe cuándo pueda el Papa volver a cambiar de opinión.

Las puertas del templo, Aldous Huxley

Larry Gagosian,Numerosas son las puertas del espíritu que llevan al más íntimo santuario: y considero las puertas del templo divinas, pues el dios del lugar es Dios mismo.

Y estas son las puertas que Dios dispuso que a su casa llevaran: vino y besos, fríos abismos del pensamiento, juventud sin tregua, y tranquila senectud, plegaria y deseo, el pecho del amante y de la madre, el fuego del juicio y el fuego del poeta.

Pero él que venera en soledad esas puertas, olvidándose del santuario de más allá, verá de pronto abrirse los cierres, revelando, no el trono radiante de Dios, sino los fuegos de la ira y del dolor.

 

Bruja, Julio Cortázar

Mariano Barbasán Lagueruela - Walpurgisnacht, 1887Deja caer las agujas sobre el regazo. La mecedora se mueve imperceptiblemente. Paula tiene una de esas extrañas impresiones que la acometen de tiempo en tiempo; la necesidad imperiosa de aprehender todo lo que sus sentidos puedan alcanzar en el instante. Trata de ordenar sus inmediatas intuiciones, identificarlas y hacerlas conocimiento: movimiento de la mecedora, dolor en el pie izquierdo, picazón en la raíz del cabello, gusto a canela, canto del canario flauta, luz violeta en la ventana, sombras moradas a ambos lados de la pieza, olor a viejo, a lana, a paquetes de cartas. Apenas ha concluido el análisis cuando la invade una violenta infelicidad, una opresión física como un bolo histérico que le sube a las fauces y le impulsa a correr, a marcharse, a cambiar de vida; cosas a las que una profunda inspiración, cerrar dos segundos los ojos y llamarse a sí misma estúpida bastan para anular fácilmente.

La juventud de Paula ha sido triste y silenciosa, como ocurre en los pueblos a toda muchacha que prefiera la lectura a los paseos por la plaza, desdeñe pretendientes regulares y se someta al espacio de una casa como suficiente dimensión de vida. Por eso, al apartar ahora los claros ojos del tejido —un pull-over gris simplísimo—, se acentúa en su rostro la sombría conformidad del que alcanza la paz a través de moderado razonamiento y no con el alegre desorden de una existencia total. Es una muchacha triste, buena, sola. Tiene veinticinco años, terrores nocturnos, algo de melancolía. Toca Schumann en el piano y a veces Mendelssohn; no canta nunca pero su madre, muerta ya, recordaba antaño haberla oído silbar quedamente cuando tenía quince años, por las tardes.

Sea como sea —pronuncia Paula—, me gustaría tener aquí unos bombones.

Sonríe ante la fácil y ventajosa sustitución de anhelos; su horrible ansiedad de fuga se ha resumido en un modesto capricho. Pero deja de sonreír como si le arrancaran la risa de la boca: el recuerdo de la mosca se asocia a su deseo, le trae un inquieto temblor a las manos vacantes.

Paula tiene diez años. La lámpara del comedor siembra de rojos destellos su nuca y la corta melena. Por sobre ella —que los siente altísimos, lejanos, imposibles—, sus padres y el viejo tío discuten cuestiones incomprensibles. La negrita sirvienta ha puesto frente a Paula el inapelable plato de sopa. Es preciso comer, antes que la frente de la madre se pliegue con sorprendido disgusto, antes que el padre, a su izquierda, diga: «Paula», y deposite en esa simple nominación una velada suerte de amenazas.

Comer la sopa. No tomarla: comerla. Es espesa, de tibia sémola; ella odia la pasta blanquecina y húmeda. Piensa que si la casualidad trajera una mosca a precipitarse en la inmensa ciénaga amarilla del plato, le permitirían suprimirlo, la salvarían del abominable ritual. Una mosca que cayera en su plato. Nada más que una pequeña, mísera mosca opalina.

Intensamente tiene los ojos puestos en la sopa. Piensa en una mosca, la desea, la espera.

Y entonces la mosca surge en el exacto centro de la sémola. Viscosa y lamentable, arrastrándose unos milímetros antes de sucumbir quemada.

Se llevan el plato y Paula está a salvo. Pero ella jamás confesará la verdad; jamás dirá que no ha visto caer la mosca en la sémola. La ha visto aparecer, que es distinto.

Todavía estremecida por el recuerdo, Paula se pregunta la razón de no haber insistido, alcanzado la seguridad de lo que sospecha. Tiene miedo: ésa es la respuesta. Toda su vida ha tenido miedo. Nadie cree en las brujas, pero si descubren una la matan. Paula ha guardado en el vasto cofre de sus muchos silencios una íntima seguridad; algo le dice que ella puede. Ha dejado irse la infancia entre balbuceos y esperanzas; está viendo pasar su juventud como una tristísima diadema suspendida en el aire por manos vacilantes, deshojándose despacio. Su vida es así; tiene miedo, quisiera comer bombones. Los pull-overs y las mañanitas se amontonan en los armarios; también los manteles finamente diseñados con motivos de Puvis de Chavannes. No ha querido adaptarse al pueblo; Raúl, Atilio González, el pálido René, son testigos de antaño; la quisieron, la buscaron, ella les sonrió al rechazarlos. Los temía como a sí misma.

Sea como sea, me gustaría tener aquí unos bombones.

Está sola en la casa. El viejo tío juega al billar en el Tokio. Empieza Paula a sentir la tentación, por primera vez intensa hasta darle náuseas. Por qué no, por qué no. Afirma preguntando, pregunta al afirmar. Es ya algo fatal, hay que hacerlo. Y como aquella vez, concentra su deseo en los ojos, proyecta la mirada sobre la mesa baja puesta al lado de la mecedora, toda ella se lanza tras su mirada hasta sentir de sí misma como un vacío, un gran molde hueco que antes ocupara, una evasión total que la desgaja de su ser, la proyecta en voluntad…

Y ve surgir poco a poco la materialización de su deseo. Finas láminas rosadas, reflejos tenues de papel de plata con listas azules y rojas; brillo de mentas, de nueces pulimentadas; oscura concreción del chocolate perfumado. Todo ello transparente, diáfano; el sol que alcanza el borde de la mesa percute en la creciente masa, la llena de translúcidas penetraciones; pero Paula fija todavía más la voluntad en su obra e irrumpe al fin la opacidad triunfante de la materia lograda. El sol es rechazado en cada pulida superficie, las palabras de las envolturas se afirman categóricas; y eso es una fina pirámide de bombones. Praline. Moka. Nougat. Rhum. Kummel. Maroc…

La iglesia es ancha, pegada a la tierra. Las mujeres retardan con charlas su vuelta de misa, apoyando en la sombra espesa de los árboles placeros el deseo de quedarse. Han visto asomar a Paula bellamente vestida de azul, y la contemplan insidiosas en su furtivo camino solitario. El misterio de esa nueva vida las altera, las enajena; apenas puede tolerarse que el misterio resista tanta prolija indagación. El viejo tío ha muerto; Paula vive sola en la casa. Nunca hubo fortuna en la familia; pero ese vestido azul…

Y el anillo; porque han visto el anillo centelleante que a veces, en los intervalos del cine local, se enciende con insolencia cuando Paula, mecánicamente, echa hacia atrás el ala vibrante de su pelo castaño.

Paula reza diariamente en la iglesia del pueblo. Reza por sí, por su horrendo crimen. Reza por haber matado un ser humano.

¿Era un ser humano? Sí lo era, sí lo era. Cómo pudo ella dejarse arrastrar por la tentación, invadir los territorios de lo anormal, desear una figurita animada que le recordara sus muñecas de infancia. El anillo, el vestido azul, todo estaba bien; no había pecado en desearlos. Pero concebir la muñeca viva, pensarla sin renuncia… Aquella medianoche, la figurita se sentó en el borde de la mesa sonriendo con timidez. Tenía pelo negro, pollera roja, corselete blanco; era su muñeca Nené, pero estaba viva. Parecía una niña, y con todo Paula presintió que una terrible madurez informaba ese cuerpo de veinte centímetros de alto. Una mujer, una mujer que su extravío acababa de crear.

Y entonces la mató. Le fue preciso borrar la obra que fatalmente sería descubierta y atraería sobre ella el nombre y el castigo de las brujas. Paula conocía su pueblo; no tuvo valor de huir. Casi nadie huye de los pueblos, y por eso los pueblos triunfan. De noche, cuando la figurita silenciosa y sonriente se durmió sobre un almohadón, Paula la llevó a la cocina, la puso en el horno de gas y abrió la llave.

Estaba enterrada en el patio del limonero. Por ella y por sí misma, la asesina rezaba, diariamente en la iglesia.

Es de tarde, llueve. Vivir es triste en una casa sola. Paula lee poco, apenas toca el piano. Quisiera algo, no sabe qué. Quisiera no tener miedo, evadirse. Piensa en Buenos Aires; acaso en Buenos Aires, donde no la conocen. Acaso en Buenos Aires. Pero su razón le dice que mientras se lleve a sí misma consigo el miedo ahogará su felicidad en todas partes. Quedarse, entonces, y ser pasablemente dichosa. Crearse una dicha hogareña, envolverse en el cumplimiento de mil pequeños deseos, de los caprichos minuciosamente destruidos en su infancia y su juventud. Ahora que ella puede, que lo puede todo. Dueña del mundo, si solamente se animara a…

Pero el miedo y la timidez le cierran la garganta. Bruja, bruja.

Para las brujas, el infierno.

Las mujeres no tienen toda la culpa. Si creen que Paula vende en secreto su cuerpo es porque el origen de tan insólito bienestar les es incomprensible. Está la cuestión de su casa de campo. Las ropas y el auto, la piscina, los perros finos y el abrigo de visón. Pero el amante no habita en el pueblo, eso es seguro; y Paula no se aleja casi nunca de su residencia. ¿Habrá hombres tan poco exigentes?

Ella cosecha las miradas, recoge comentarios por boca de pocos amigos de familia que acuden a veces, con lenguaje libre de preguntas, a beber una taza de té. Sonríe tristemente y dice que no le importa, que es feliz. Sus amigos, antiguos cortejantes convencidos del imposible, comprueban tanta felicidad en la mirada de Paula. Ahora hay como un brillo de fósforo en sus pupilas claras. Cuando vierte el té en las finas tazas su gesto tiene algo de triunfante, contenido por un carácter tímido que se rehuye a sí mismo la ostentación de lo logrado.

A solas, Paula recuerda su labor de demiurgo; la lenta, meticulosa realización de los deseos. El primer problema fue la casa; tener una casa en las afueras del pueblo, con la comodidad que su ocio reclamaba. Buscó el lugar, el ambiente; cerca del camino real, aunque no excesivamente cerca. Tierras altas, aguas sin sal. Creó dinero para adquirir el terreno y estuvo por confiarse a un arquitecto para que le construyera la residencia. Sin embargo la detenía el temor de manejar cuestiones financieras, acrecentar sospechas latentes en todo saludo, más precisamente en los muchos silencios desdeñosos. Una tarde, a solas en su tierra, pensó crear la casa pero tuvo miedo. La vigilaban, la seguían; en los pueblos una casa no brota de la nada. No debe brotar de la nada. Había que acudir al arquitecto, entonces; Paula dudaba, amedrentándose ante cada problema. Irse del pueblo hubiera concluido con todo; eso y ser valiente: los imposibles.

Entonces hizo algo grande: crear, no la casa, sino la construcción de la casa. Aplicándose noche y día, logró que la residencia fuera edificada sin despertar en nadie el temido azoramiento. Creó paso a paso la construcción de su finca, y aunque hubo días en que se preguntó qué harían los obreros al concluirla, tuvo al fin la satisfacción de ver que aquellos hombres se marchaban en silencio, contando su dinero. Entonces entró en su casa, que era verdaderamente hermosa, y se dedicó a amueblarla poco a poco.

Era divertido; tomaba una revista, en busca de un ambiente que la complaciera, elegía el lugar preciso y creaba cosa por cosa esas predilectas imágenes. Tuvo gobelinos; tuvo un tapiz de Teherán; tuvo un cuadro de Guido Reni; tuvo peces chinescos, perros pomerania, una cigüeña. Los pocos amigos que acudían a la casa eran recibidos en habitaciones prolijas, de discreto gusto burgués; Paula los esperaba cordialmente, los llevaba a pasear por la casa y los jardines, mostrándoles los crisantemos y las violetas; y como ella era la discreción misma, los visitantes bebían su té y se marchaban de la residencia sin descubrir nada nuevo.

Integró una biblioteca con volúmenes rosa, tuvo casi todos los discos de Pedro Vargas y algunos de Elvira Ríos; llegó un momento en que ya poco deseaba y su capricho sólo halló ejercicio en alguna golosina, un perfume nuevo, una sazón de pescado. Pero después Paula quiso tener un hombre que la amara, y aunque vaciló largo tiempo entre recibir en su lecho a cualquiera de sus fieles pretendientes o crear un ser que cumpliera en todo sus románticas visiones de antaño, comprendió que no había alternativas y que le era forzoso decidirse por lo último. Un amante del pueblo hubiera preguntado, inquirido hasta descubrir, más allá de la sonrisa, el poder de la bruja. Y entonces hubiera sido el terror, la persecución, la locura.

Creó su hombre. Su hombre la amó. Era bello, fino, se llamaba Esteban, jamás quería salir de la casa: así tenía que ser. Ya enteramente aislada de sus semejantes, Paula negó el té a los amigos y éstos presintieron la regencia de un macho en la casa. Tristes de corazón, se volvieron al pueblo.

Ella recuerda ahora su labor de demiurgo. Es casi de noche; Paula no está triste y sin embargo hay una mano fría que se apoya en su pecho, cubriéndole el hueco entre los senos con una firme opresión. «Estoy cansada», se dice. «He tenido que pensar tanto, que desear tanto…». Comprende, sin palabras, la tremenda fatiga de Dios. También ella necesita su séptimo día para ser enteramente feliz.

Esteban se reclina a su lado, mirándola con hondos ojos negros; le sonríe, un poco como un hijo.

Paula —murmura.

Ella le acaricia el pelo sin hablar. Es difícil no sentirse maternal con ese muchacho demasiado sensible, desasido de todo lazo humano, íntegramente dado a la tarea de adorarla. Esteban no hace preguntas, parece estar siempre esperando su voz. Es mejor así.

Y de pronto, como una lejana llamada de cuernos, Paula tiene la débil pero distinta sensación de estar enferma, de que se va a morir, de que el séptimo día viene sin aplazo posible.

Cuando los dos médicos retornan al pueblo, es bien poco lo que tienen que decir. Lo mismo al siguiente día. En la tarde del tercero, el automóvil de los médicos rodea la plaza y se detiene ante la cochería principal.

Es entonces que los amigos de Paula deben luchar contra el desatado rencor de todo un pueblo cristiano. Las esposas, las hermanas, los profesores de moral lugareña; hay quienes aspiran a que Paula se corrompa en la soledad de su casa, libre y abandonada como su vida. Lo que se elige en este mundo ha de mantenerse en el otro. Y son pocos, apenas cinco hombres silenciosos, los que acuden por la noche a la residencia para velar el cadáver de la amiga.

Los empleados de la cochería y dos mujeres de la granja vecina han puesto a la muerta en el ataúd y montado la capilla ardiente. Los amigos encuentran, casi sin sorpresa, a Esteban. Lo ven por primera vez, estrechan su mano. Esteban parece no comprender; está sentado en un alto sillón de respaldo calado, a la derecha del cadáver. A intervalos se levanta, va hasta Paula y la besa en la boca; un beso fresco, fuerte, que los amigos contemplan con espanto. El beso de un joven guerrero a su diosa antes de la batalla. Después vuelve Esteban a su asiento y se inmoviliza, mirando por encima del ataúd hacia la pared.

Paula ha muerto al atardecer y es medianoche ya. Los amigos están solos, con ella y Esteban. Afuera hace frío y algunos piensan en el pueblo, en las botellas de agua caliente de los lechos, en los boletines de radio.

En semicírculo miran a Paula que yace sin esfuerzo, como por fin liberada de una carga superior a sus pequeños hombros que han conservado siempre algo de la forma niña. Las larguísimas pestañas vierten una mínima sombra sobre los pómulos grises. Los médicos han dicho que su muerte ha sido lenta pero sin lucha, como una madurez de fruto. Y por los cinco amigos pasa, alternativamente, el mismo tierno y manido pensamiento: «Parece dormida».

¿Por qué entra tanto frío en la habitación? Es repentino, por bocanadas crecientes. Tal vez un frío que nace de adentro, piensan los amigos; suele sentirse en los velatorios. Un poco de coñac… Y cuando uno de ellos mira a Esteban, rígido en su sillón, siente como un horror que repentinamente le crece y le invade el pelo, las manos, la lengua; a través del pecho de Esteban está viendo los calados del respaldo del sillón. Los otros siguen su mirada y lividecen. El frío sube, sube como una marea. Más allá de la puerta cerrada se yergue de pronto la masa espesa del monte de eucaliptos bañado de luna; y ellos comprenden que lo están viendo través de la puerta cerrada. Ahora son las paredes que ceden ante el paisaje del campo, la granja vecina, todo bajo una cruda luz de plenilunio; y Esteban es ya una burbuja de gelatina, bello y lamentable en su sillón que cede como él ante el avance de la nada. Del techo entra un chorro de luz plateada quitando nitidez a los resplandores de la capilla ardiente. Por la suela de los zapatos sienten ahora los cinco amigos filtrarse una humedad de tierra fresca, con césped y tréboles, y cuando se miran, incapaces de pronunciar la primera palabra de la revelación, están ya solos con Paula, con Paula y la capilla ardiente que se levanta desnuda en medio del campo, bajo la luna inevitable.

Carta a los directores de asilos de locos, Antonin Artaud

El jardin de los dioses. Anton PieckSeñores:

Las leyes, las costumbres, les conceden el derecho de medir el espíritu. Esta jurisdicción soberana y terrible, ustedes la ejercen con su entendimiento. No nos hagan reír. La credulidad de los pueblos civilizados, de los especialistas, de los gobernantes, reviste a la psiquiatría de inexplicables luces sobrenaturales. La profesión que ustedes ejercen está juzgada de antemano. No pensamos discutir aquí el valor de esa ciencia, ni la dudosa realidad de las enfermedades mentales. Pero por cada cien pretendidas patogenias, donde se desencadena la confusión de la materia y del espíritu, por cada cien clasificaciones donde las más vagas son también las únicas utilizables, ¿cuántas nobles tentativas se han hecho para acercarse al mundo cerebral en el que viven todos aquellos que ustedes han encerrado? ¿Cuántos de ustedes, por ejemplo, consideran que el sueño del demente precoz o las imágenes que lo acosan, son algo más que una ensalada de palabras?

No nos sorprende ver hasta qué punto ustedes están por debajo de una tarea para la que sólo hay muy pocos predestinados. Pero nos rebelamos contra el derecho concedido a ciertos hombres -incapacitados o no- de dar por terminadas sus investigaciones en el campo del espíritu con un veredicto de encarcelamiento perpetuo.

¡Y qué encarcelamiento! Se sabe -nunca se sabrá lo suficiente- que los asilos, lejos de ser “asilos”, son cárceles horrendas donde los recluidos proveen mano de obra gratuita y cómoda, y donde la brutalidad es norma. Y ustedes toleran todo esto. El hospicio de alienados, bajo el amparo de la ciencia y de la justicia, es comparable a los cuarteles, a las cárceles, a los penales.

No nos referimos aquí a las internaciones arbitrarias, para evitarles la molestia de un fácil desmentido. Afirmamos que gran parte de sus internados -completamente locos según la definición oficial- están también recluídos arbitrariamente. Y no podemos admitir que se impida el libre desenvolvimiento de un delirio, tan legitimo y lógico como cualquier otra serie de ideas y de actos humanos. La represión de las reacciones antisociales es tan quimérica como inaceptable en principio. Todos los actos individuales son antisociales. Los locos son las víctimas individuales por excelencia de la dictadura social. Y en nombre de esa individualidad, que es patrimonio del hombre, reclamamos la libertad de esos galeotes de la sensibilidad, ya que no está dentro de las facultades de la ley el condenar a encierro a todos aquellos que piensan y obran.

Sin insistir en el carácter verdaderamente genial de las manifestaciones de ciertos locos, en la medida de nuestra aptitud para estimarlas, afirmamos la legitimidad absoluta de su concepción de la realidad y de todos los actos que de ella se derivan.

Esperamos que mañana por la mañana, a la hora de la visita médica, recuerden esto, cuando traten de conversar sin léxico con esos hombres sobre los cuales, reconózcanlo, sólo tienen la superioridad que da la fuerza.

Hay un insecto que los hombres alimentan a su costa, Conde de Lautréamont

Andreas Leonhard Roller
Andreas Leonhard Roller

Hay un insecto que los hombres alimentan a su costa. No le deben nada, pero le temen. El tal, que no gusta del vino, y en cambio prefiere la sangre, si no se satisfacen sus legítimas necesidades, sería capaz, merced a un oculto poder, de adquirir el tamaño de un elefante y aplastar a los hombres co­mo espigas. Por esa razón hay que ver cómo se le respeta, cómo se le tiene en la más alta estima por sobre todos los animales de la creación. Se le otorga la cabeza como trono, y él fija sus garras en la raíz de los cabellos, con dignidad. Más adelante, cuan­do está gordo y entra en una edad avanzada, imi­tando la costumbre de un antiguo pueblo, se le sa­crifica a fin de que no sufra los achaques de la vejez. Le organizan grandes funerales, como a un héroe, y el féretro que lo conduce directamente ha­cia la losa del sepulcro es cargado sombre los hom­bros de los principales ciudadanos. junto a la tierra húmeda que el sepulturero extrae con su diestra. pala, se combinan frases multicolores sobre la in­mortalidad del alma, sobre la futilidad de la vida, sobre la voluntad inexplicable de la providencia, y el mármol se cierra para siempre sobre esa existen­cia, laboriosamente cumplida, que ya no es más que un cadáver. La muchedumbre se dispersa, y la no­che no tarda en cubrir con sus sombras los muros del cementerio.

Pero consolaos, humanos, de su dolorosa pérdida. He aquí que avanza su incontable familia, que os cede con toda liberalidad para que vuestra deses­peración sea menos amarga y encuentre alivio en la grata presencia de esos engendros huraños, que se convertirán más tarde en magníficos piojos, con las galas de una notable belleza, monstruos con ai­re de sabios. Incubó muchas docenas de queridos huevos, con maternal dedicación, sobre vuestros cabellos desecados por la succión encarnizada de esos temibles forasteros. Pronto llega el momento en que los huevos estallan. No os preocupéis, esos adolescentes filósofos no tardan en desarrollarse a través de esta vida efímera. Se desarrollarán hasta un punto que no podréis ignorar gracias a sus ga­rras y órganos chupadores.

Vosotros no sabéis por qué razón no devoran vuestro cráneo, conformándose con extraer median­te sus bombas la quintaesencia de vuestra sangre. Un momento de paciencia que os lo voy a explicar: no lo hacen, simplemente, porque carecen de la fuerza suficiente. Tened por seguro que si sus man­díbulas respondieran a la magnitud de sus ansias infinitas, los sesos, la retina, la columna vertebral, todo vuestro cuerpo desaparecería. Como una gota de agua. Sobre la cabeza de algún mendigo joven de la calle observad con un microscopio a un piojo que trabaja: ya me contaréis después. Desgraciada­mente son pequeños, esos bandoleros de enorme melena. No servirían para conscriptos, pues no al­canzan la talla exigida por la ley. Pertenecen al mundo liliputiense de los patizambos, y los ciegos no vacilan en clasificarlos entre los infinitamente pequeños. Desgraciado el cachalote que luchara contra un piojo. Sería devorado en un abrir y ce­rrar de ojos, a pesar de su talla. Ni siquiera la cola quedaría para anunciar la nueva. El elefante se de­ja acariciar, el piojo no. No os aconsejo intentar esa experiencia peligrosa. Especial cuidado debéis te­ner si vuestra mano es peluda, y también si sólo está compuesta de carne y huesos. Vuestros dedos no tendrán remedio. Crujirán como si estuvieran sometidos a la tortura. La piel desaparece por un extraño encantamiento. Los piojos nunca pueden llegar a cometer tanto mal como el que les sugiere su imaginación. Si encontráis un piojo en vuestro camino, seguid adelante sin lamerle las papilas de la lengua. Os ocurriría alguna desgracia. Eso está probado. No importa, estoy de todos modos contento por la magnitud del mal que te hace, ¡oh, raza humana!, aunque me gustaría que toda­vía te hiciera más.

¿Hasta cuándo mantendrás el culto carcomido de ese dios, insensible a tus plegarias y a las ofren­das generosas que le presentas en holocausto ex­piatorio? Ya lo ves, el horrible manitú no te agra­dece las grandes copas de sangre y de seso que tú distribuyes en sus altares, piadosamente adorna­dos con guirnaldas de flores. No te agradece…, pues los terremotos y las tempestades continúan haciendo estragos desde el comienzo de las cosas. Y sin embargo -hecho digno de ser observado­mientras más indiferente se muestra, más lo admi­ras. Se ve que tú sospechas la existencia de cua­lidades que él conserva ocultas; y tu razonamiento se apoya en la siguiente consideración: que sólo una divinidad de poder superior puede mostrar tanto menosprecio hacia los fieles que obedecen a su religión. Por eso en cada país existen dioses dis­tintos: aquí el cocodrilo, allá la mercenaria del amor; pero cuando se trata del piojo, al conjuro de ese nombre sagrado, todos los pueblos sin ex­cepción inclinan las cabezas de su esclavitud, arro­dillándose juntos en el atrio augusto ante el pedes­tal del ídolo informe y sanguinario. El pueblo que no obedeciera a sus propios instintos rastreros y diera señales de rebelión desaparecería tarde o temprano de la tierra, como hoja de otoño, aniqui­lado por la venganza del dios inexorable.

¡Oh, piojo de pupila contraída!, en tanto que los ríos derramen el declive de sus aguas en los abis­mos del mar, en tanto que los astros persistan en la trayectoria de sus órbitas, en tanto que el mundo vacío no tenga límites, en tanto que la humanidad desgarre sus propios flancos en guerras funestas, en tanto que la justicia divina arroje sus rayos ven­gadores sobre este globo egoísta, en tanto que el hombre desconozca a su creador y se burle de él -no sin razón- agregando una pizca de desprecio, tu reino estará asegurado sobre el universo, y tu dinastía extenderá sus eslabones de siglo en siglo. Yo te saludo, sol naciente, libertador celestial, a ti, enemigo recóndito del hombre; continúa aconse­jando a la inmundicia que se una con él en impu­ros abrazos, y que le prometa con juramentos no escritos en el polvo, que seguirá siendo su fiel amante por toda la eternidad. Besa de vez en cuan­do el vestido de ese gran impúdico, como gratitud por los servicios importantes que nunca deja de prestarte. Si ella no sedujera al hombre con sus pe­chos lascivos, probablemente no existirías, tú, pro­ducto de ese acoplamiento justo y consecuente. ¡Oh, hijo de la inmundicia!, di a tu madre que si abandona el lecho del hombre para encaminarse por rutas solitarias, sola y sin protección, llegará a ver su existencia comprometida. Que sus entrañas, que te llevaron nueve meses entre sus perfumadas paredes, se conmuevan un instante con los peligros que de resultas correría su tierno fruto tan gentil y tranquilo, pero en adelante helado y feroz. In­mundicia, reina de los imperios, cuida, en presen­cia de mi odio, el espectáculo del crecimiento in­sensible de los músculos de tu prole hambrienta. Para lograr ese propósito, sabes que no tienes más que ceñirte estrechamente al costado del hombre. Tú puedes hacerlo sin que el pudor se resienta, porque ambos estáis desposados desde hace mucho tiempo.

Por mi parte, si se me permite agregar algunas palabras a este himno de glorificación, diré que he hecho construir un foso de cuarenta leguas cua­dradas y de profundidad. proporcionada. Allí re­posa, en su inmunda virginidad, un yacimiento vi­viente de piojos, que cubre el fondo del foso, y luego serpentea en amplias y densas vetas en todas direcciones. He aquí cómo he construido este yaci­miento artificial. Saqué un piojo hembra de la ca­bellera de la humanidad. Me han visto acostarme con ella por tres noches consecutivas, y luego la eché en el foso. La fecundación humana, que hu­biera sido nula en casos parecidos, fue aceptada esta vez por la fatalidad, y, al cabo de algunos días, millares de monstruos, bullendo en una maraña compacta de materia, surgieron a la luz. Esa ma­raña horrorosa se volvió con el tiempo más y más enorme, adquiriendo las propiedades líquidas del mercurio y ramificándose en cuantiosos ramales que en la actualidad se nutren devorándose unos a otros (los nacimientos superan a las muertes), sal­vo que yo les arroje como alimento algún bastardo recién nacido cuya madre desea su muerte, o un brazo que logro cortar a alguna muchacha, de noche, merced al cloroformo. Cada quince años las generaciones de piojos que se alimentan del hombre disminuyen notablemente, y ellas mismas predicen, indefectiblemente, la época cercana de su completa extinción. Pues el hombre, más inte­ligente que su enemigo, logra vencerlo. Entonces, con una pala infernal que acrecienta mis fuerzas, extraigo de este yacimiento inagotable, bloques de piojos tan grandes como montañas; los corto a ha­chazos y los transporto, en las noches profundas, a las arterias de las ciudades. Allí, en contacto con la temperatura humana, se derriten como en los tiempos de su primitiva formación en las galerías tortuosas del yacimiento subterráneo, se labran un lecho en la grava, y se expanden en arroyos por las habitaciones, como espíritus perniciosos. El guardián de la casa ladra sordamente, pues le pa­rece que una legión de seres desconocidos penetra por los poros de las paredes y acarrea el terror a la cabecera del sueño. Quizá no hayáis dejado de oír, por lo menos una vez en la vida, esas clases de ladridos dolorosos y prolongados. Con sus ojos impotentes trata de penetrar en la oscuridad de la no­che, pues su cerebro de perro no comprende lo que sucede. Ese murmullo lo irrita, y se siente traicio­nado. Millones de enemigos se abaten así sobre ca­da ciudad como nubes de langosta. Helos ahí por quince años. Combatirán al hombre provocándole lesiones abrasadoras. Después de transcurrido ese lapso, enviaré una nueva cantidad. Cuando trituro los bloques de materia animada, puede suceder que un fragmento sea más compacto que otros. Sus áto­mos se esfuerzan rabiosamente por separar su aglo­meración, para ir a atormentar a la humanidad: pero la cohesión se mantiene firme. En un espasmo supremo, engendran tal energía, que la piedra, no pudiendo dispersar sus elementos vivientes, se lan­za ella misma hacia las alturas como por efecto de la pólvora, para volver a caer introduciéndose pro­fundamente en el suelo. A veces, el labriego soña­dor percibe un aerolito que hiende verticalmente el espacio, para dirigirse al bajar hacia un campo de maíz. Ignora de dónde procede la piedra. Vo­sotros tenéis ahora la explicación clara y sucinta del fenómeno. Si la tierra estuviera cubierta de pio­jos como de granos de arena la orilla del mar, la raza humana sería aniquilada, presa de terribles dolores. ¡Qué espectáculo! ¡Y yo, con alas de ángel, inmóvil en los aires, para presenciarlo!

El espejo de la melancolía, Alejandra Pizarnik

killnoir-1...vivía delante de su gran espejo sombrío, el famoso espejo cuyo modelo había diseñado ella misma…Tan confortable era que presentaba unos salientes en donde apoyar los brazos de manera de permanecer muchas horas frente a él sin fatigarse. Podemos conjeturar que habiendo creído diseñar un espejo, Erzébet trazó los planos de su morada. Y ahora comprendemos por qué sólo la música más arrebatadoramente triste de su orquesta de gitanos o las riesgosas partidas de caza o el violento perfume de las hierbas mágicas en la cabaña de la hechicera o -sobre todo- los subsuelos anegados de sangre humana, pudieron alumbrar en los ojos de su perfecta cara algo a modo de mirada viviente. Porque nadie tiene más sed de tierra, de sangre y de sexualidad feroz que estas criaturas que habitan los fríos espejos. Y a propósito de espejos: nunca pudieron aclararse los rumores acerca de la homosexualidad de la condesa, ignorándose si se trataba de una tendencia inconsciente o si, por lo contrario, la aceptó con naturalidad, como un derecho más que le correspondía. En lo esencial, vivió sumida en su ámbito exclusivamente femenino. No hubo sino mujeres en sus noches de crímenes. Luego, algunos detalles, son obviamente reveladores: por ejemplo, en la sala de torturas, en los momentos de máxima tensión, solía introducir ella misma un cirio ardiente en el sexo de la víctima. También hay testimonios que dicen de una lujuria menos solitaria. Una sirvienta aseguró en el proceso que una aristocrática y misteriosa dama vestida de mancebo visitaba a la condesa. En una ocasión las descubrió juntas, torturando a una muchacha. Pero se ignora si compartían otros placeres que los sádicos.

Continúo con el tema del espejo. Si bien no se trata de explicar a esta siniestra figura, es preciso detenerse en el hecho de que padecía el mal del siglo XVI: la melancolía.

Un color invariable rige al melancólico: su interior es un espacio de color de luto; nada pasa allí, nadie pasa. Es una escena sin decorados donde el yo inerte es asistido por el yo que sufre por esa incercia. Èste quisiera liberar al prisionero, pero cualquier tentativa fracasa como hubiera fracasado Teseo si , además de ser él mismo, hubiese sido, también, el Minotauro; matarlo, entonces, habría exigido matarse. Pero hay remedios fugitivos: los placeres sexuales, por ejemplo, por un breve tiempo pueden borrar la silenciosa galería de ecos y de espejos que es el alma melancólica. Y más aún: hasta pueden iluminar ese recinto enlutado y transformarlo en una suerte de cajita de música con figuras de vivos y alegres colores que danzan y cantan deliciosamente. Luego, cuando se acabe la cuerda, habrá que retornar a la inmovilidad y al silencio. La cajita de música no es un medio de comparación gratuito. Creo que la melancolía es, en suma, un problema musical: una disonancia, un ritmo trastornado. Mientras afuera todo sucede con un ritmo vertiginoso de cascada, adentro hay una lentitud exhausta de gota de agua cayendo de tanto en tanto. De allí que ese afuera contemplado desde el adentro melancólico resulte absurdo e irreal y constituya “la farsa que todos tenemos que representar”. Pero por un instante -sea por una música salvaje, o alguna droga, o el acto sexual en su máxima violencia-, el ritmo lentísimo del melancólico no sólo llega a acordarse con el del mundo externo, sino que lo sobrepasa con una desmesura indeciblemente dichosa; y el yo vibra animado por energías delirantes.

Al melancólico el tiempo se le manifiesta como suspensión del transcurrir -en verdad, hay un transcurrir, pero su lentitud evoca el crecimiento de las uñas de los muertos- que precede y continúa a la violencia fatalmente efímera. Entre dos silencios o dos muertes, la prodigiosa y fugaz velocidad, revestida de variadas formas que van de la inocente ebriedad a las perversiones sexuales y aun al crimen. Y pienso en Erzébet Báthory y en sus noches cuyo ritmo medían los gritos de las adolescentes. El libro que comento en estas notas lleva un retrato de la condesa: la sombría y hermosa dama se parece a la alegoría de la melancolía que muestran los viejos grabados. Quiero recordar, además, que en su época una melancólica significaba una poseída por el demonio.


 

 

Si los tiburones fueran hombres, Bertolt Brecht

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Si los tiburones fueran hombres, harían construir en el mar cajas enormes para los peces pequeños, con toda clase de alimentos en su interior, tanto plantas como materias animales. Se preocuparían de que las cajas tuvieran siempre agua fresca y adoptarían todo tipo de medidas sanitarias. Si, por ejemplo, un pececito se lastimase una aleta, en seguida se la vendarían de modo que no se les muriera prematuramente. Para que los pececitos no se pusieran tristes, de vez en cuando organizarían grandes fiestas acuáticas, pues los pececitos alegres tienen mejor sabor que los tristes.

II

Si los tiburones fueran hombres, habría escuelas en el interior de las enormes cajas construidas para los pececitos. En esas escuelas se enseñaría a los pececitos a entrar en las fauces de los tiburones. Necesitarían tener nociones de geografía para mejor localizar a los grandes tiburones, que andan por ahí holgazaneando. Lo principal sería, naturalmente, la formación moral de los pececitos. Se les enseñaría que no hay nada más grande ni más hermoso para un pececito que sacrificarse con alegría; también se les enseñaría a tener fe en los tiburones, y a creerles cuando les dijesen que ellos ya se ocupan de forjarles un hermoso porvenir. Se les daría a entender que ese porvenir que se les auguraba sólo estaría asegurado si aprendían a obedecer. Los pececitos deberían guardarse bien de las bajas pasiones, materialista, egoísta o marxista. Si algún pececito mostrase semejantes tendencias, sus compañeros deberían comunicarlo inmediatamente a los tiburones.

III

Si los tiburones fueran hombres, se harían la guerra entre sí para conquistar cajas y pececitos extranjeros. Además, cada tiburón obligaría a sus propios pececitos a combatir en esas guerras. Cada tiburón enseñaría a sus pececitos que entre ellos y los pececitos de otros tiburones existe una enorme diferencia. Proclamarían que, si bien todos los pececillos son mudos —como todo el mundo sabe—, lo cierto es que callan en idiomas muy distintos y por eso jamás logran entenderse. A cada pececito que, en la guerra, matara a unos cuantos pececitos enemigos —de esos que callan en otro idioma—, se le concedería una medalla de algas marinas y se le otorgaría además el título de héroe.

IV

Si los tiburones fueran hombres, tendrían su arte. Habría hermosos cuadros en los que se representarían los dientes de los tiburones en colores maravillosos, y sus fauces como puros jardines de recreo en los que da gusto retozar. Los teatros del fondo del mar mostrarían a heroicos pececitos entrando entusiasmados en las fauces de los tiburones, y la música sería tan bella que, a sus sones precedidos por la orquesta, los pececitos se precipitarían en tropel dentro de esas fauces, arrullados por los pensamientos más deliciosos, como en un ensueño.

V

Si los tiburones fueran hombres, habría una religión. Esa religión enseñaría que la verdadera vida comienza para los pececitos en el estómago de los tiburones.

VI

Si los tiburones fueran hombres, los pececitos dejarían de ser todos iguales como lo son ahora. Algunos ocuparían ciertos cargos, lo que los colocaría por encima de los demás. A aquellos pececitos que fueran un poco más grandes se les permitiría incluso tragarse a los más pequeños. Los tiburones verían esta práctica con agrado, pues les proporcionaría mayores bocados. Los pececillos más gordos, que serían los que ocupasen ciertos puestos, se encargarían de mantener el orden entre los más pequeños, y se harían maestros u oficiales, ingenieros especializados en la construcción de cajas, etc.

Los Cantos de Maldoror, Conde de Lautréamont

10-Kalmakov-SatanHay que dejarse crecer las uñas durante quince días. ¡Oh, qué dulzura entonces arrancar brutalmente de su lecho a un niño que aún no tiene nada sobre su labio superior, y, con los ojos muy abiertos, hacer el simulacro de pasar suavemente la mano por la frente, inclinando hacia atrás sus hermosos cabellos! Después, súbitamente, en el momento en que menos lo espera, hundir las largas uñas en su tierno pecho, de manera que no muera, pues si muriera no podríamos contar más tarde con el aspecto de sus miserias. A continuación se le bebe la sangre lamiendo las heridas, y durante ese tiempo, que debería durar tanto como la eternidad, el niño llora. Nada hay tan bueno como su sangre, extraída como acabo de decir, y aún muy caliente, a no ser sus lágrimas, amargas como la sal. Hombre, ¿nunca has probado tu sangre cuando al azar te has cortado un dedo? Está muy buena, ¿no es cierto?, pues no tiene ningún sabor. Además, ¿no recuerdas el día en que, en medio de tus lúbricas reflexiones, llevaste la mano en forma de hueco sobre tu rostro enfermizo humedecido por lo que resbalaba de tus ojos, mano que se dirigía luego fatalmente hacia la boca que bebía a largos tragos en esa copa, trémula como los dientes del alumno que mira de reojo a aquel que nació para oprimirlo, las lágrimas? Las lágrimas están buenas, ¿no es cierto?, pues tienen el sabor del vinagre. Se diría las lágrimas de aquella que ama mucho; pero las lágrimas del niño son mejores para el paladar. El niño no traiciona nunca, no conoce todavía el mal: aquella que ama mucho traiciona antes o después… lo adivino por analogía, aunque ignoro qué es la amistad o qué es el amor (y es probable que nunca lo acepte, al menos de parte de la raza humana). Por lo tanto, y puesto que tu sangre y tus lágrimas no te disgustan, aliméntate, aliméntate con confianza de las lágrimas y de la sangre del adolescente. Véndale los ojos mientras desgarras su carne palpitante, y, después de haber oído durante largas horas sus gritos sublimes, semejantes a los profundos estertores que en una batalla lanzan las gargantas de los heridos agonizantes, habiéndote apartado como una avalancha, te precipitarás desde la habitación vecina y harás el simulacro de ir en su ayuda. Le desatarás las manos de nervios y venas hinchadas, devolverás la vista a sus ojos extraviados, y te pondrás a lamer sus lágrimas y su sangre. ¡Qué verdadero es entonces el arrepentimiento! La chispa divina que existe entre nosotros, y que tan raramente se manifiesta, aparece entonces, aunque ¡demasiado tarde! Cómo se derrama el corazón cuando puede consolar al inocente a quien se le ha causado daño: «Adolescente que acabas de sufrir crueles dolores, ¿quién ha podido cometer contigo un crimen que no sé cómo calificar? ¡Desgraciado de ti! ¡Cómo debes sufrir! Si tu madre lo supiera, ella no estaría más cerca de la muerte, tan aborrecida por los culpables, de lo que yo estoy ahora. ¡Ay! ¿Qué es entonces el bien y el mal? ¿Es la misma cosa, por medio de la cual testimoniamos con rabia nuestra impotencia y la pasión de alcanzar el infinito, incluso por los medios más insensatos? ¿O bien son dos cosas diferentes? Sí… es mejor que sean una misma cosa… pues, sino, ¿en qué me convertiría el día del Juicio Final? Adolescente, perdóname: el que se halla ante tu rostro noble y sagrado es el que ha roto tus huesos y desgarrado tu carne, que cuelga de diferentes lugares de tu cuerpo. ¿Es un delirio de mi razón enferma, un instinto secreto que no depende de mis razonamientos, semejante al del águila que desgarra a su presa, lo que me ha empujado a cometer este crimen, y que, sin embargo, me hace sufrir tanto como a mi víctima? Adolescente, perdóname. Cuando hayamos abandonado esta vida pasajera, quiero que estemos abrazados por toda la eternidad, que formemos un solo ser, mi boca unida a tu boca. Incluso de este modo mi castigo no será completo. Entonces tú me desgarrarás, sin detenerte nunca, con tus dientes y tus uñas a la vez. Adornaré mi cuerpo con guirnaldas perfumadas para este holocausto expiatorio y los dos sufriremos, yo por ser desgarrado, tú por desgarrarme… con mi boca unida a tu boca. ¡Oh adolescente de cabellos rubios y ojos tan dulces!, ¿harás ahora lo que te aconseje? Aunque te pese, quiero que lo hagas, y mi conciencia volverá a ser feliz.» Después de haber hablado así, habrás hecho daño a un ser humano, pero habrás sido amado por el mismo ser: es la mayor felicidad que pueda concebirse. Más tarde podrás internarlo en un hospital, pues el tullido no podrá ganarse la vida. Te llamarán bueno, y las coronas de laurel y las medallas de oro esparcidas sobre la gran tumba ocultarán tus pies desnudos al rostro anciano. ¡Oh tú, cuyo nombre no quiero escribir en esta página que consagra la santidad del crimen, sé que tu perdón fue inmenso cómo el universo! ¡Pero yo existo todavía!

San Hilarius, Pierre Michon

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El obispo Hilarius ha dejado la mitra. Su barba está completamente blanca. Ha entregado el báculo. Ha fundado una comunidad de hermanos no se sabe dónde a orillas del Tarn, en el lugar sin duda al que vendrá más tarde Enimia, la santa de la sangre de Meroveo.

Hilarius se hace viejo. Podemos saber que se hace viejo, pero sabemos pocas cosas sobre él. Sabemos lo que no es. No es Hilario de Poitiers, quien de ultratumba volvió para sostener la espada de Clodoveo, contra Alarico en la batalla de Vouillé. No es Hilario de Carcasona, que el día de Pentecostés estaba allí en el bastidor divino con San Sernín, que vio entonces las pequeñas llamas sobre la cabeza de los apóstoles, que vio a los apóstoles girar y canturrear bajo este fuego como muchachas haciendo rondas, que se convenció de que era la verdad la que de esta manera danzaba y flameaba, y que siguió a San Sernín hacia las Galias, el episcopado y el martirio. No es Hilario de Padua, a quien pintó Correggio, de memoria. No es tampoco aquel Hilarión de Gaza, el amigo de San Antonio, de quien Flaubert dice intrépidamente que era el diablo. Y también el nuestro, Hilarius, conoce bastante bien al diablo.

Se ha hecho una pequeña ermita, a medio camino entre el Tarn abajo y, allá arriba, el causse de Sauveterre, sobre el borde del acantilado, en un lugar llamado Les Baumes. Es plano como la mano. Reúne las ventajas del abismo y el desierto. Allí se está en la mazmorra universal y, sin embargo, en la cima del mundo: es una buena ermita. Es allí que Hilarius va cada vez más a menudo, para huir de la cháchara de los hermanos, para hablarle en sí mismo a aquel otro que es Dios, para hablarle también a aquel otro que él fue, cuando su barba era negra. Y ahí, en esta larguísima conversación consigo mismo, suele suceder que el diablo llega.

Toma durante días enteros la forma benigna de muchachas completamente desnudas. Otras veces, toma la forma del mismo Hilarius, con una tiara sobre el trono de San Pedro. Y, a veces, no tiene ninguna forma, es un poco de viento, de hermoso sol y hermosas hojas nuevas en los álamos a lo largo del Tarn, un poco de júbilo, un deseo de estirar las piernas. «Voy a subir hasta el borde del causse», se dice el ermitaño.

Es muy largo, hay que dar rodeos interminables. El anciano se detiene a menudo.

Está sobre el causse. El viento pasa por allí como el Espíritu. Es infinito pero definible, como el nombre de Dios, que se deja tejer en tres Personas. Es la palma abierta de la Creación, que tiende hacia Dios a un pequeño bienaventurado, apoyado sobre su bastón. «Entonces, milagrosamente, la tierra se levantó en forma de un hermoso troño más alto que los demás y todos los asistentes quedaron estupefactos», está en las Escrituras e Hilarius lo recuerda. Se repite esta frase y el viento pasa por su corazón. El viento juega con los árboles. Es el viento quizás el que le habla: ¿Para qué necesitas mitra? ¿Para qué necesitas a Roma? He aquí tu trono episcopal. He aquí las siete colinas, y Dios está justo arriba, sin intermediario entre Hilarius y Él. Está ebrio de orgullo. Abre los brazos, corre, queda casi sin aliento… y, Dios mío, cuánto ha caído el sol, hay que volver a bajar antes de que anochezca. Da la espalda al causse, el trono de San Pedro, la espalda pelada de la tierra, donde nada crece: cree ver a un monje pequeño y anciano, apoyado sobre un bastón, riendo. Es tan sólo un enebro. «Así que eres tú, Satán», dice con un tono de reproche. Baja mientras anochece. Escucha su aliento avaro de anciano en la noche. Unos murciélagos pasan: es nuestro pequeño corazón negro, que palpita allá arriba. Es el pequeño corazón negro del Papa, de Hilarius o del último vaquero, no se sabe. Un hombre es todos los hombres, un lugar, todos los lugares, piensa Hilarius. Se pregunta si este pensamiento es de Dios o del diablo.

Mandrágora, Jorge Luis Borges y Robert Graves

b

Como el borametz, la planta llamada mandrágora confina con el reino animal, porque grita cuando la arrancan; ese grito puede enloquecer a quienes lo escuchan ( Romeo y Julieta, IV, 3 ). Pitágoras le llamó antropomorfa; el agrónomo latino Lucio Columela, semi-homo, y Alberto Magno pudo escribir que las mandrágoras figuran la humanidad, con la distinción de los sexos. Antes, Plinio había dicho que la mandrágora blanca es el macho y la negra es la hembra. También, que quienes la recogen trazan alrededor tres círculos con la espada y miran al poniente; el olor de las hojas es tan fuerte que suele dejar mudas a las personas. Arrancarla es correr el albur de espantosas calamidades; el último libro de la Guerra judía de Flavio Josefo nos aconseja recurrir a un perro adiestrado. Arrancada la planta, el animal muere, pero las hojas sirven para fines narcóticos, mágicos y laxantes.

La supuesta forma humana de las mandrágoras ha sugerido a la superstición que éstas crecen al pie de los patíbulos. Browne ( Pseudodoxia epidemica, 1646 ) habla de la grasa de los ahorcados; el novelista popular Hanns Heinz Ewers ( Alraune, 1913 ), de la simiente. Mandrágora, en alemán, es Alraune; antes se dijo Alruna; la palabra trae su origen de runa, que significó misterio, cosa escondida y se aplicó después a los caracteres del primer alfabeto germánico.

El Génesis (XXX, 14 ) incluye una curiosa referencia a las virtudes generativas de la mandrágora. En el siglo XII, un comentador judeoalemán del Talmud escribe este párrafo:

Una especie de cuerda sale de una raíz en el suelo y a la cuerda está atado por el ombligo, como una calabaza, o melón, el animal llamado yadu’a, pero el yadu’a es en todo igual a los hombres: cara, cuerpo, manos y pies. Desarraiga y destruye todas las cosas, hasta donde alcanza la cuerda. Hay que romper la cuerda con una flecha, y entonces muere el animal.

El médico Discórides identificó la mandrágora con la circea, o hierba de Circe, de la que se lee en la Odisea, en el libro X:” La raíz es negra, pero la flor es como la leche. Es difícil empresa para los hombres arrancarla del suelo, pero los dioses son todopoderosos”

***

Robert Graves. Estas raíces mágicas se parecen a los miembros inferiores de un hombre; la flor es rojiza como una llama y al atardecer emite extraños rayos parecidos a relámpagos. Crecen en el valle de Baaras, que se halla al norte de Maqueronte en Judá, y pueden no sólo aumentar la atracción de una mujer por su marido sino también remediar su esterilidad. Las mandrágoras se resisten con fuerza a ser arrancadas, a menos que se vierta sobre ellas sangre menstrual u orina de una mujer; aún así, la muerte es segura si se las toca, a no ser que las raíces se sujeten hacia abajo. Quienes cogen mandrágoras abren un surco alrededor de la planta hasta que sólo quedan agarradas a la tierra las puntas de la raíz; luego atan a ella un perro con una cuerda y se alejan. El perro les sigue, arranca la planta y muere en el acto lo que satisface el espíritu de venganza de la mandrágora.

*

Uno de los textos ugaríticos de Ras Shamra ( siglo XV o XIV a.c. ), al referirse al culto de la fertilidad, comienza: “Planta mandrágoras en la tierra … “. La palabra ugarítica para mandrágoras, ddym, sólo presenta diferencias dialécticas con el hebreo bíblico dud’ym. Los arameos las llamaban yabruhim, porque ahuyentaban los demonios. Los árabes, sa’adim, porque eran útiles para la salud. Y los hebreos, dudaim, porque daban amor.

Una creencia todavía popular en la época isabelina era que las mandrágoras gritan al ser arrancadas. Shakespeare escribe en Romeo y Julieta:

y gritos como de mandrágora arrancada a la tierra

-¡los mortales que viven no soportan oírlos -!

En su Historia Natural, Plnio indica que es peligroso arrancar esta planta con rudeza: recomienda a quienes la cogen que se sitúen con el rostro hacia el oeste y el viento a sus espaldas y utilicen una espada para trazar tres círculos a su alrededor. Y describe el jugo de mandrágora, extraído de la raíz, el tallo o el fruto, como un narcótico valioso que asegura la insensibilidad al dolor durante las operaciones. Este uso es comprobado por Isidoro, Serapio y otros galenos antiguos. Shakespeare sitúa la mandrágora entre los “ jarabes soporíferos de Oriente”. Sus virtudes antiespasmódicas explican por qué se consideraba un remedio para la esterilidad, pues la tensión muscular involuntaria en una mujer puede impedir el ayuntamiento carnal completo.

Infalibilidad, Raúl Leis

1Cuando el diablo guardián abrió por primera vez —en más de tres siglos— el portón de la celda de Galileo Galilei en la calcinante prisión del infierno, farfulló el contenido del cable internacional al anciano que inundaba con sus barbas cenicientas el reducido calabozo y que tenía rayadas las paredes con las marcas de todos los años que había permanecido allí.

   El viejo astrónomo, médico y matemático, que había sido juzgado por la Santa Inquisición y obligado a abjurar de que el sol era el centro del sistema solar, no dijo nada sino que recogió uno a uno sus bártulos y salió de la celda arrastrando los pies.
   Sin hablar, sólo con gestos, se negó a entrevistarse con el mismísimo Satanás, que deseaba presentarle sus excusas aduciendo que sólo había obedecido órdenes superiores. Galileo tampoco quiso aceptar que el guardián le llevase sus cosas que estaban embaladas en un morral de cuero de cabra. Además, se mostró reticente a subir al carruaje que lo conduciría a su nueva morada en el cielo, donde se efectuaría un apoteósico homenaje de desagravio.
   En cambio, pidió con mímica ir al servicio de caballeros a aliviar necesidades contenidas ancestralmente. Allí, mientras hacía correr el agua del inodoro para despistar al guardián, terminó de armar los cohetes que había construido en esos largos siglos con polvos de carbón, azufre y otras sustancias raspadas con cucharas en las paredes de las celdas. Acomodó los proyectiles en sus espaldas flácidas. Aseguró bajo el brazo las fórmulas de los descubrimientos científicos acumulados en su largo cautiverio. Listo, encendió los cohetes con el cigarro que le había obsequiado el diablo guardián. Salió disparado del infierno ante el asombro de demonios y prisioneros. Cruzó la corteza terrestre —el infierno queda en el centro de la tierra— y ascendió por la chimenea del volcán Etna, rumbo al espacio sideral seguido por la inmensa estela de su barba.
   Ese día, tres observadores en puntos distantes del planeta anunciaron que un cometa se dirigía hacia el sol —estrella que, hasta los niños saben, es el centro del sistema solar— y semanas más tarde, apareció una nueva mancha en el astro rey. Ese lugar es el único en donde Galileo Galilei se siente seguro, pues nunca se sabe cuándo pueda el Papa volver a cambiar de opinión.

¡Pobres vampiros!, Jordi Cebrián

medieval-brunette-couple¡Pobres vampiros!
Hambre, y luz que quema.
Sueñan de día.

La ve de lejos,
Y se acerca a ella
Quiere atacarla.

Sola en la noche,
Sin luz. Frio y miedo.
Nadie la espera.

Ella no grita.
El la abraza fuerte.
Besa su cuello.

No es nuevo en eso,
ni ella la primera
a la que mate.

No tiene prisa.
Primero el deseo,
luego la muerte.

Ella esta quieta,
muda, sin defenderse.
El se sorprende.

Toda victima
Chilla, o pide perdón,
O lloriquea.

Mira sus ojos,
Ella también le mira,
Y le sonríe.

¡Pobres vampiros!
Ella tenía hambre.
Ahora ya no.

El converso, Juan José Arreola

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Entre Dios y yo todo ha quedado resuelto desde el momento en que he aceptado sus condiciones. Renuncio a mis propósitos y doy por terminadas mis labores apostólicas. El infierno no podrá ser suprimido; toda obstinación de mi parte será inútil y contraproducente. Dios se ha mostrado en esto claro y definitivo, y ni siquiera me permitió llegar a las últimas proposiciones.

Entre otros deberes, he contraído el de hacer volver atrás a mis discípulos. A los de la tierra, se entiende. Los del infierno seguirán esperando inexorablemente mi regreso. En lugar de la redención prometida, no habré hecho más que añadir un nuevo suplicio: el de la esperanza. Dios lo ha querido así.

Yo debo volver al punto de partida. Dios se niega a iluminarme y debo colocar mi espíritu en el plano en que se hallaba antes de seguir el camino equivocado, esto es, en vísperas de recibir las órdenes menores.

Nuestro coloquio se ha desarrollado en el sitio que ocupo desde que fui arrebatado del infierno. Es algo así como una celda abierta en lo infinito y ocupada totalmente por mi cuerpo.

Dios no acudió inmediatamente. Por el contrario, me pareció una eternidad la espera, y un sentimiento de postergación indecible me hacía sufrir más que todos los suplicios anteriores. El dolor pasado era un recuerdo grato en cierta manera, ya que me daba ocasión de comprobar mi existencia y de percibir los contornos de mi cuerpo. Allí, en cambio, me podía comparar a una nube, a un islote sensible, de márgenes constituidas por estados cada vez más inconscientes, de manera que no lograba saber hasta dónde existía ni en qué punto me comunicaba con la nada.

Mi sola capacidad era el pensamiento, siempre más desbordado y potente. En la soledad tuve tiempo de andar y desandar numerosos caminos; reconstruí pieza por pieza edificios imaginarios; me extravié en mi propio laberinto, y sólo hallé la salida cuando la voz de Dios vino a buscarme. Millones de ideas se pusieron en fuga, y sentí que mi cabeza era la cuenca de un océano que de pronto se vaciaba.

Está por demás aclarar que fue Dios quien puso todas las condiciones del pacto, y que a mí sólo me reservó el privilegio de aceptarlas. No fortaleció mi juicio en modo alguno; el arbitrio fue tan completo, que su imparcialidad me parece falta de misericordia. Se limitó a indicarme los dos caminos: recomenzar mi vida, o ir de nuevo al infierno.

Todos dirán que el asunto no era para pensarse y que debí decidirme inmediatamente. Pero tuve que dudar mucho. Volver atrás no es cosa sencilla; se trata nada menos que de inaugurar una vida deshaciendo los errores y salvando los obstáculos de otra; y esto, para un hombre que no ha dado muestras de gran discernimiento, exige una serenidad y una resignación que Dios mismo echa de menos en mi persona. No sería difícil errar otra vez y que el camino de salvación se desviara nuevamente hacia el abismo.

Además, en mi conducta futura está incluida toda una serie de actos insoportables, de humillaciones sin cuento: debo someterme y aclarar públicamente mi nueva situación. Han de saberlo todos, discípulos y enemigos. Los superiores cuya autoridad desprecié recibirán las cumplidas muestras de mi obediencia. Juro que si entre tales personas no se hallara fray Lorenzo, la cosa no sería tan grave. Pero es él precisamente quien debe enterarse primero y aparecer como agente de mi salvación. Tendrá a su cargo la vigilancia estrecha de mi vida, y cada una de mis acciones deberá desnudarse ante sus ojos.

Volver al infierno es también una idea desalentadora; porque no se trata únicamente de condenación, sino de algo más fundamental: del fracaso de toda mi labor. Mi presencia en el infierno carece ya de sentido, no tiene importancia, desde el momento en que volvería incapacitado para convencer a nadie, para alentar la menor esperanza, ya que Dios ha puesto punto final a mis ensueños. Esto, descontando la naturalísima circunstancia de que en el infierno todos habrían de sentirse defraudados. Llamándome farsante y traidor, darían a mi mudanza interpretaciones malignas y torcidas; se dedicarían, sin duda alguna, a martirizarme in aeternum por su cuenta…

Y aquí estoy, al borde del tiempo, asistido de mis más precarias cualidades, hablando de miedos mezquinos, haciendo gala de amor propio. Porque no puedo olvidar el éxito que obtuve en el infierno. Un triunfo, me atrevo a asegurarlo, que no han visto los apóstoles de la tierra. Era un espectáculo grandioso, y en medio estaba mi fe, inquebrantable, multiplicada, como una espada resplandeciente en las manos de todos.

Fui a dar de bruces en el infierno, pero no dudé un solo instante. Rodeado de diablos tenebrosos, la idea de perdición no pudo abrirse paso en mi cabeza. Legiones de hombres sufrían tormento en máquinas horribles; sin embargo, a cada hecho desolador, mi fe respondía: Dios quiere probarme.

Las dolencias que en la tierra me causaron mis verdugos no parecían interrumpirse, sino que hallaban una exacta continuación. Dios mismo ha examinado todas mis heridas y no ha podido discernir cuáles me fueron causadas en el mundo y cuáles provenían de manos diabólicas.

No sé cuánto estuve en el infierno, pero recuerdo con claridad la rapidez y la grandeza del apostolado. Me di incansablemente a la tarea de trasmitir a los demás las convicciones propias: no estábamos definitivamente condenados; el castigo subsistía gracias a la actitud rebelde y desesperada. En vez de blasfemar, había que dar muestras de sacrificio, de humildad. El dolor sería el mismo y nada iba a perderse con hacer una prueba. Pronto volvería Dios su vista hacia nosotros, para darse cuenta de que habíamos comprendido sus secretos fines. Las llamas cumplirían su obra de purificación y las puertas del cielo iban a abrirse ya a los primeros perdonados.

Pronto empezó a tomar vuelo mi canto de esperanza. El venero de la fe comenzó a refrescar los corazones endurecidos, con su dulce acento olvidado. Debo confesar ciertamente que para muchos aquello significaba sólo una especie de novedad a lo largo de la cruel monotonía. Pero al clamor se unieron hasta los más empedernidos, y hubo demonios que olvidaron su condición y se sumaban resueltamente a nuestras filas. Se vieron entonces cosas sorprendentes: condenados que iban ellos mismos a los hornos y se aplicaban contra el pecho brasas y cauterios, que saltaban a las calderas hirvientes y bebían con deleite largos vasos de plomo fundido. Demonios temblorosos de compasión iban a ellos y los obligaban a tomar reposo, a hacer una tregua en su actitud conmovedora. De lugar abyecto y abisal, el infierno se había transformado en santo refugio de espera y penitencia.

¿Qué harán ellos ahora? ¿Habrán vuelto a su rebeldía, a su desesperación, o estarán aguardando con angustia mi regreso a un infierno que ya no podré mirar con ojos de iluminado?

Yo, que rechacé todos los argumentos humanos, que vi sonreír el rostro de Dios detrás de todos los tormentos, debo confesar ahora mi fracaso. Me cabe el alivio de que fue Dios mismo quien me desengañó, y no fray Lorenzo. Me ha sido impuesto el sacrificio de reconocerlo como salvador para castigar suficientemente mi vanidad; y el orgullo que no se rompió en los potros, irá a doblarse ante sus ojos crueles.

Y todo gracias a que yo quise vivir a la buena de Dios. Cosa sorprendente, vivir a la buena de Dios trae los peores resultados. A Dios ofende una fe ciega; pide una fe vigilante, sobrecogida. Yo aniquilé totalmente la voluntad, y por mi espíritu y por mi cuerpo transitaron libremente los instintos y las virtudes. En vez de dedicarme a clasificar, puse todas las fuerzas en la fe, para hacer de mi quietismo una llama recóndita y potente; y las acciones, las dejé al capricho de esa fuerza oscura y universal que mueve cuanto existe sobre la tierra.

Todo esto se vino abajo de golpe, cuando me di cuenta de que los actos, buenos y malos, que yo había remitido al depósito de la conciencia general —vana creación de nuestra mente de herejes—, se hallaban estrictamente anotados en mi cuenta personal. Dios me hizo comprobar la existencia de balanzas y registros; señaló uno por uno mis errores y me puso ante los ojos la afrenta de un saldo negativo. Yo no tuve a mi favor sino la fe, una fe totalmente errada, pero cuya solvencia Dios quiso reconocer.

Me doy cuenta de que en mi caso se comprueba la predestinación, pero ignoro si estaré a salvo durante la nueva tentativa. Dios ha fortalecido reiteradamente mi incertidumbre y me ha soltado de sus manos sin una sola prueba palpable, con igual turbación ante los diferentes caminos que se abren a mis ojos inexpertos. La humana incapacidad ha sido cuidadosamente restaurada; lo veo todo como un sueño y no traigo ni una sola verdad como equipaje.

Poco a poco las fronteras de mi cuerpo se reducen. El vago continente va incorporándose a la masa de mi persona. Siento que la piel envuelve y limita la sustancia que se había derramado en un orbe de inconsciencia. Renacen lentamente los sentidos y me comunican con el mundo y sus objetos.

Estoy en mi celda, sobre el suelo. Veo el crucifijo de la pared. Muevo una pierna, palpo mi frente. Mis labios se remueven; percibo ya el soplo de la vida y trato de articular, de ensayar las palabras terribles: “Yo, Alonso de Cedillo, me retracto y abjuro…”

Luego, frente a la reja, con su linterna en la mano, observándome, distingo a fray Lorenzo.