Eso que se diluye en los espejos, Jorge F. Hernandez

Sabes de qué se trata. Has escuchado o leído este tipo de relatos y seguramente conoces cómo se tipifican estos crímenes. Todo lo irás recordando como una vaga imagen del pasado, porque todo esto será como un sueño tranquilo, como una lectura en silencio. En otros tiempos quizá se vuelva una costumbre terriblemente cotidiana, pero aquí y ahora, está muy mal visto. Sabes que tu barrio y tus costumbres son minucias ante la ofi cialidad monumental que te espera. Todo es parte de un silencioso desembarco que aquí se inicia en tu recuerdo.

Las imágenes reflejan su recorrido como si fueran escenas de una película gris y borrosa: una residencia de lujo, las plantas silenciosas y unos espejos que reproducen el choque de copas y la caída accidentada de un collar de perlas. Es como si los espejos guardaran la imagen íntegra de aquella fiesta en tu mente, ¿qué más les queda? Nunca más podrán reproducir las risas ni los secretos. Esa mansión ya quedó clausurada por las autoridades.

El silencio de tus recuerdos se va volviendo cómplice de tu condena. Es un aullido callado, acusador, como los momentos sin un solo ruido que de niño te confirmaban la magia de tus trenecitos y la culpa escondida de tus mentiras. En silencio estas letras van formando visiones que se diluyen en los espejos de tu recuerdo. Te faltan pocos párrafos para ir a entregarte.

Abrirás la puerta como siempre lo has hecho y saldrás con cierta prisa, como saliste ayer, como lo haces a diario. Quizá te convenga afeitarte, procurar la elegancia y lucir tu corbata roja. Al llegar, simplemente entrégate, bien sabes que no es necesario describir los hechos —la prensa ya se encargó de reseñar detalladamente tu hazaña— y son muchos los que, de boca en boca, han memorizado el número de muertos y los enigmas de tu crueldad.

Los recuerdos que quedaron encerrados en esa residencia de lujo la han convertido en la mansión de tu propia mente. Una casona callada y fría que te desconcierta hasta calentarte las sienes. Los pocos muebles que no fueron alcanzados por las balas o salpicados con la sangre de tu noche son ahora los únicos habitantes de esa casona abandonada en tu memoria. Son como fantasmas que encarnan toda tu existencia, residentes de tu mente, inquilinos del recuerdo. Vuelan y desaparecen en los espejos de tus sueños enmarcados en maderas decimonónicas, doradas y colgantes.

De joven, en tus delirios confundías a los espejos con ventanas; los veías como cuadros de agua espectral, estanques poblados de sueños como si fueran paisajes de un túnel que se abrían ante tus ojos como pasajes a lo imposible. Pensabas que al incorporarte al vidrio despertarías en un lago de dimensiones infinitas y en medio de una placidez interminable. Esa noche, que ya es tu noche, veías en los espejos de la casa del crimen las lámparas de mil cristalitos como si fueran las olas de tus lagunas mentales, y en su reflejo escuchabas la música en vivo y sentías correr tu sudor, pero sin nervios.

Dos copas te ambientaron, te redujeron a la plática y abrieron tu apetito. Ese sabor picante del hielo convertido en agua de whisky se mezclaba con tu saliva con la misma amargura que tienen los rencores incomprensibles. Tarareabas un tango mientras te iluminaba un candil con oros; luz tenue que no dejará de ser amarilla, como una luz de madrugada, como la nieve que nunca se derrite en tu memoria. Tarareabas al son de la legítima plata Christophle, mientras tu traje de luto se paseaba entre los exagerados azules de la auténtica cerámica de Talavera, las alfombras ocres y los repetidos destellos de la elegancia que te rodeaba. Formabas una melodía interna al contemplar las imágenes que se deslizaban en tu mirada, reproducidas, multiplicadas en tus espejos.

Alargaste tu tonadita cuando saliste al coche por las metralletas. No tardo, es que dejé en el coche mis cigarros… No, de verdad, no es necesario. En serio, no tardo y además, no hace falta… si dejé mi coche hasta delante, ¡Claro!, fui de los primeros en llegar… No camines todavía, termina de leer. Entiendo que quieras cerrar los ojos, incorpórate y recrear tus pasos al coche. El jardín se ve más grande en tu recuerdo; con estas letras lo imaginas inmenso. Te distrajiste un momento al ver las velitas que fl otaban en la piscina imperial. Si fuera de día, sería una alberca cualquiera, pero de noche es una piscina de residencia de lujo con velas que son reflejos en un espejo acostado que te invitan a sumergirte. Sentiste ganas de nadar, pero no. Tú tenías que cumplir tu sueño. Estaba todo arreglado.

Recuerdas tus manos al abrir la cajuela del coche. Primero levantaste la metralleta más grande; no sentiste el peso hasta cargar con la otra. Ni te molestaste en cerrar el auto; sentías prisa por volver a tu fiesta. Tu paso firme, arrastrando sufi cientes cartuchos como para abatir a un ejército. Subes los escalones de la entrada de mármol, sólo te ha visto un hombre que está en la puerta de la calle. Él piensa que las armas que llevas en brazos son una broma más de la fi esta. Al periódico declaró que en todas las reuniones de esa mansión hacían “loquera y media”.

La primera ráfaga sonó como si las balas fueran tamborazos de la banda de música. Muchos pensaron que eran cohetes del más puro despilfarro. Los espejos se metían a tu vista bamboleantes porque tu cara, tus brazos y todo tu cuerpo vibran como un terremoto. Hacías fuerza para poder pasear tus metralletas de izquierda a derecha, como un regadero de muerte. Sentías cómo las balas perseguían a los gritos y rompían los cristales de tus espejos y esas ventanas que para ti son lo mismo. Veías cómo se teñían de rojo los fracs. Rojo y negro, declarando la vida en huelga. A tus pies rodaban las perlas, oías los gritos… los sigues oyendo con sólo leerlos.

El recibidor y la sala convertidos en una magnífica pintura horrorosa: los meseros vestidos ya de rojo total, boquiabiertos, jadeantes algunos, muertos la mayoría. Montones literales de gente estorban tus pasos, pero sigues firme, rematando. Que no se escape ni uno solo. Te recreas masacrando al pavo que reposaba en la mesa y de un solo golpe rompes los cisnes de hielo que decoraban la escena… los echas a volar… hacia los espejos.

Se te confunden las lociones y los perfumes con los olores de muerte y sangre. Algunos de tus fantasmas quedaron con los ojos fijos, mirándote horrorizados para siempre. Ahora ves los charcos rojos en las alfombras terriblemente persas y uno de los músicos tiene la última osadía de quejarse cuando le atraviesas la garganta con el pico de la chimenea. Recorres la sala pisando manos y caras. Todos reproducidos para siempre en el terrible silencio de tu recuerdo, su propia tragedia en estas páginas.

Escuchas ruidos que vienen de arriba, de alguna habitación. Al subir, los encuentras vistiéndose. El asco que te da ver las canas demasiado blancas del viejo te impulsa a despedazarlos con tus propias manos; la muchacha pelirroja llora inmóvil, intenta huir. Te gusta ver cómo se le empapa la ropa interior con su sangre. Disparas la última ráfaga a las almohadas llenando de plumas la habitación, como si limpiaras las risitas y los quejidos que se vivían aquí hace unos momentos.

Fumando, bajaste la escalera. Tu cuadro de horror sigue inmóvil; ni un solo muerto ha cambiado de lugar. Sales de la cocina tranquilo y sin importarte que te puedan agarrar o que te estuvieran esperando.

Todo lo recuerdas como una visión borrosa, un reflejo en un espejo viejo y manchado. Al leer estas líneas te preguntarás si es simplemente un cuento, un sueño de los que sueles inventarte. Quieres incorporarte y huir, dejar estas hojas y salir corriendo. Sabes que eres culpable. Al leer estas líneas has recreado los gritos y la angustia. Estas hojas se han vuelto un espejo de papel. Con sólo leerlas has recreado los oleajes de tu memoria borrosa. En tu mente has vuelto a leer esas caras espantosas, has recordado los olores y aquella tonadita de tango.

Piensas que no puede ser cierto, pero te intrigan tus nervios. Dudas, como la primera vez que te viste en un espejo. Eres otro. Los planos se intercambian, los lados cambian de sentido. Al afeitarte verás que la navaja en tu mano derecha amenaza con cortar tu mejilla izquierda; los lados se intercalan, todos tus planos son un contrasentido.

Trata de recordar tus actos, todo lo que has hecho desde hace un mes, desde ayer; no puedes, te confundes. Prefieres olvidar. Intuyes que todo salió como en un sueño; nadie te vio ni mucho menos capturó. Sabes que fue de noche, vestido elegante y en una desconocida residencia de lujo ajeno. Nunca has sido sonámbulo, pero no importa, porque da lo mismo si mataste dormido o insistes en el consuelo de olvidarlo. La culpa es la misma. Según crees, llevas una vida normal; tus amigos, tus calles, tus rutinas… Sientes miedo porque ya es inevitable tu entrega y el despertar retrasado de esta pesadilla que creías desconocer.

Tus imágenes se consumirán en pocas líneas y te entregarás sin mucha explicación. No será necesario hablar de estas paginas ni pedir confesor. No te despidas de nadie y procura no pensar. No intentes explicártelo, no lo entenderás; tu recuerdo, aunque lo releas, seguirá siendo vago y casi ausente. Mejor entrégate, deja estas páginas que sólo han servido para intentar reflejarte. Deja de leer; quema, guarda o, mejor aún, regala estas líneas. Apresúrate, después de todo, sabes que sólo entregándote completas las letras que hacen de este reflejo el crimen perfecto.

Tierra y cielo, Efrain Bartolome

Hay tantas incisiones, tantas marcas, tantos tatuajes sobre la piel de un poeta niño. La primera maravilla descubierta al andar por el monte, el viento ardiendo entre los ocotales y el temor que genera: la casi irresistible tentación por huir y, al mismo tiempo, la tentación de quedarse escuchando porque uno sabe que ahí hay algo que nos une con algo más oscuro, o más hondo, o más alto. Esa especie de vago horror sagrado. Eso y la incapacidad de nombrarlo con exactitud. La noción de que el primer temblor ante lo femenino a esas edades, no tiene palabras para ser nombrado. Con lo femenino quiero decir el Agua, la Tierra, la Montaña, la Noche, la Mujer, el Alma. Y con esas edades quiero decir menos de nueve años. De esa desazón, de ese desasosiego ante el misterio nace, creo yo, la tensión que nos lleva después a tratar de invocar con palabras el misterio sagrado. Este intento es la Poesía.

Nací en , un pequeño poblado a la entrada de lo que fue la gran Selva Lacandona, cuando aún era merecedora de su nombre; un pequeño poblado sin luz eléctrica, sin televisión, sin carretera, sin automóviles, donde la radio comenzaba a llegar y era un lujo tener un aparato receptor. En lugar de esas monedas de cobre teníamos el oro real: el privilegio de vivir en el Edén, en el Paraíso, en Galaad, con todas las muestras del avasallante poder generador de la Gran Madre: rodeados, acosados, abrumados por una vegetación lujuriosa y lujuriante; y agua y agua y agua por todas partes: manantiales, arroyuelos, arroyos, ríos, pozas, charcos, pantanos, atascaderos: agua viva y agua muerta. Pero siempre agua dulce. Y sol. Y viento. Y lluvia. Y nubarrones. Y rayos. Y tormenta. Y ventisca. Y norte. Y Luna. Y cerros imponentes. Y fuego sobre esos cerros en la espesa negrura de la noche, en los meses en que se preparaba la tierra para siembra. Dios o el diablo ensayando su rabiosa caligrafía fosforescente bajo el esplendor violento de la noche magnífica.

Esa convivencia cotidiana con los elementos debió, seguramente, producir incisiones, estigmas y cicatrices en el alma del futuro poeta. Eso y también el temblor ante lo femenino humano, el quinto elemento: el misterio encarnado en la belleza de ciertas mujeres (niñas, adolescentes, hembras en plenitud). La clara percepción de su dulce misterio. En su presencia mis emociones se agudizaban y me llevaban del deslumbramiento a la parálisis. Todo eso, creo, produjo la vida interior que nutre mi sensibilidad. Así comencé a interrogar los misterios. Creo que así descubrí la poesía: por el lado luminoso del mundo.

Pues entonces se lo digo y se acabó, JCPozo

Yo quiero decirle que lo siento para que pueda quedar feliz.
Y yo por decirlo se lo digo, que el decir nada me cuesta.
De sentirlo, no se lo aseguro, lo que siento no se ha fingir.
Pero si le digo que lo siento y eso mismo nos acerca pues lo digo y se acabó.

La pasión se cuela entre las voces
que truenan feroces como fuego artificial;
los ojos dejan de mirar, y el pecho se desangra…
si eso salva,
entonces se lo digo y se acabó.

Muchas veces contrario al sentido la razón pone distancias.
Y de pronto hay que salvar el lio sin importar quien tenga la razón.
Uno tiene que ceder un poco, para dar espacio a la verdad.

En la vida de dos almas juntas y revueltas es mejor buscar la paz.
Y el corazón se sale por las venas
que saltan muy seguras de tener autoridad.

La mente deja de pensar y el ego nos aleja…
si me acerca,
pues entonces se lo digo y se acabó.

Los efectos del orgullo casi siempre nos espantan.
Muy bien sabes que el decirlo va arreglar la situación.
Te apasionas tanto con tu idea, sin que hubieras escuchado dos.
Si un lo siento cura los efectos del enredo pues lo digo y se acabó
Y los fuegos que antes estallaban,
enfriándose las brasas, se serenan como el mar.

El encuentro se hace tan amable y yo le agradezco,
el momento,
que entonces se lo dije y se acabó.

A Tocar, JCPozo

Cada vez la gente se aleja más de la gente; en sus interacciones, ha condenado al olvido a uno de sus más amados sentidos. La gente ya no se toca, ni con las manos, ni con los ojos, ni con la voz. Prefieren estar separados y convivir a distancia. Muy pronto procrear será un proceso esterilizado y tele-concebido:

¡No te me acerques, me puedes pegar algo!” “Hágase pa’lla por favor; soy claustrofóbica”, “Sale, lo hacemos; pero de lejitos.” “Bueno, sí… oye, pero sin lengua, ¿eh?” “¡Ay, no! ¿Qué no sabes cuántos microbios hay en un beso? “Yo, mejor quiero un hijo así y asado, ¿cuánto me sale?”

¡Cuánto significado y cuánta sinceridad está contenida en un abrazo de amigos, en una palmada en el hombro, en unos manos enlazadas o unos labios acariciando un oído.

¿Acaso la confianza entre los seres humanos se ha perdido?

Miren.

Cada amanecer el sol seduce al mar acariciando suavemente su torso dormido. El mar, a su vez, suelta su brisa fresca salpicando la ardiente piel del sol; entonces, todo se vuelve alcoba. En ese paisaje cualquiera se queda enraizado, apasionado por los calores que desinhiben; enamorado de la mujer enamorada de sentir la vida; de la que toca y se deja tocar; mujer pescadora de carnes firmes y vestido untado; mujer sensual que ofrece indiferente sus caderas al empuje de las olas del mar; mujer amante de la espuma que la revuelca; mujer que sale exhausta del delicioso vértigo, se acuesta en la arena y se desparrama de cara al sol, para que el calor de julio la toque, la pinte, la desvista; y ella, finalmente se derrita fascinada en la gloria de dejarse sentir; mujer tocada por la naturaleza y la naturaleza entregada a ella. ¡Qué maravilla! ¿No es acaso un sueño universal y recurrente el perderse en el atardecer, agarrado de su mano y caminando por la orilla?

Nacimos tocando. Tocando al viento con el primer llanto, tocando el tambor de los latidos, tocando el corazón de la madre, tocando la fuente que nos alimentó al nacer. Respiramos el mundo a través de un tejido. Un solo roce y se encienden las hogueras. Una caricia, y toca uno a las estrellas. Un beso… bueno, que les puedo decir, después de un beso de amor, ya uno puede morir.

Mis amigos se asombran que yo no vaya con los tiempos; insisten que es mejor que todo lo haga “online”, por Internet: bancos, compras, pagos y hasta romances.

¿Cómo decirles, si ni siquiera he querido entrar al laberinto de un celular?

¿Qué le voy a hacer, si estoy hecho de sal y palmera, soy rústico, meto mi cuerpo para que lo toque el mar y extiendo mis ramas para que las toque el viento?

¡No hombre!, eso solo lo escribo en un poema; más mundano se los digo. Miren:

Cada vez que recibo mi cheque del trabajo, ni siquiera permito que se deposite directo al banco, sino que, como es rutina, voy y lo recojo en la oficina para darle un buen abrazo a Lupe.

Eso aún no lo encuentro en internet.

Su telenovela: El más normal de los hombres, JCPozo

Hay trivialidades que nos siguen asombrando”.

El más normal de los hombres llega una noche a su casa ansioso por compartir buenas noticias con su mujer. El ascenso esperado. Llevan apenas un par de años de casados, pero él sigue tan embelesado de ella como siempre, viviendo una perpetua luna de miel. Con frecuencia el hombre se vanagloria con los demás de lo increíblemente afortunado que es por haber encontrado, y que en él se hubiese fijado, tan hermosa e inteligente esposa.

Pero esa noche, lo que nunca antes, su mujer le rechazó el saludo y el beso con un ademán por demás hostil.

– ¿Qué te pasa?

– Nada.

– ¡Cómo que nada! ¿Por qué me rechazas así?

– ¿Cómo?

– Como si fuera un desconocido a quien le tuvieras asco.

– No exageres.

– ¿Entonces?

– No sé.

– ¿Cómo que no sabes?

– Es solo que… la verdad ni yo misma lo sé.

– ¿Te hice algo malo?

– No es eso. Es que…. Me imagino que muchas parejas pasan por lo mismo.

– ¿De qué hablas?

– De lo que llaman amor.

– ¿Qué… ya no me amas?

Silencio…

… y de nuevo…

– ¿No crees en nuestro amor?

– ¿Amor?

– Sí. Amor.

– ¿Qué es eso, en realidad?

– Lo que yo siento por ti, sabes. Porque yo sí te amo.

– Pues yo no sé si el amor exista.

– Claro que existe. Yo soy feliz a tu lado. ¿No te casaste conmigo acaso por amor?

– Eso pensé, pero ahora te puedo decir que no soy feliz; que ya no siento nada de lo que sentía en un principio. Supongo que la llamarada inicial se apaga y luego, ya todo cuesta trabajo encender.

– Pues a mí no se me ha apagado nada y mi pasión por ti es cada día más intensa. No sé el porqué de tus dudas. ¿Acaso, me has sido infiel? ¡Eso! ¡Eso debe ser! Tú andas con otro, ¿verdad?

– ¡Ay, dios, mira no empieces a inventar! ¡No, no es eso! Ahí puedes estar tranquilo. – ¿Y tú?

– ¿Yo qué?

– ¿Me has engañado?

– Yo… tampoco, en realidad… pero, no cambies de tema. Eres tú la que estás rara, la que viene con esas tonterías y la que tiene que decirme la verdad…de menos eso me merezco, ¿no? Debe de haber alguien más, ¡dímelo ya!

– Nadie.

– Entonces, ¿Por qué ya no sientes nada por mí?

– Ya te dije que no sé.

– Se me hace que… Mira que en situaciones como ésta, siempre hay alguien.

– Pues no, en este caso no.

– O sea que de repente se te ocurre que ya no me quieres y nomás no sabes la razón. ¡Por favor!

– Ya no quiero que vivamos juntos. Quiero vivir sola. Así de simple.

– ¿Qué cosas dices?

– ¿Quieres la verdad?, pues aquí te va la verdad: ya no aguanto vivir contigo; es más, ni siquiera tolero tenerte cerca, que me alcance tu olor, tu respiración atosiga mi bienestar. Es mejor darnos un espacio a que acabe yo de una vez por odiarte.

– No puedo creer lo que estoy oyendo. Estoy estupefacto. Y tú. ¿Sabes cómo me siento yo por todo esto que me estás diciendo?

– Sí. Creo que sí.

– ¿Y te importa?

– ¿Qué quieres hacer?

– Quiero que me dejes sola. Necesito un tiempo para pensar.

– ¿Para pensar en qué?

– En mí. Para pensar en mí, por una vez en mi vida. Quiero alejarme de todo esto que me abruma y no me deja ser yo.

– Yo te doy todo el tiempo del mundo, si quieres, pero no me dejes. Yo te amo.

– Si me amas y me quieres complacer, lo que más quiero en la vida es separarme de ti. Ya no quiero que despertemos un día más en la misma cama ni bajo el mismo techo.

El más normal de los hombres le dijo que esa noche reflexionaría sobre eso y que en la mañana se mudaría y la dejaría sola para darle el tiempo que ella necesitaba.

Pero él se quedó.

Al principio, con su semblante mustio, le dio su espacio y cortó comunicación con ella; sin embargo, los espacios compartidos a veces asfixian y una noche, al calor de unos tragos, llegaron los inevitables roces y reproches salvajes, insalvables; él se hubo quedado a dormir su borrachera y al despertar se dio cuenta que ya no vivía con su esposa, sino con una persona de mirar desconocido.

Desde entonces, fueron noches de puros gritos y peleas.

El más normal de los hombres se había transformado en un ser que a ella solo le inspiraba aversión, odio; tenerlo cerca le erizaba la piel y su voz le crispaban los nervios; todo lo que viniera de él, a ella le causaba repulsión; y él, por su parte, era incapaz de contener su ira contra quien lo odiaba y no le sabía decir por qué. Fueron tiempos espinosos. El marido solo se levantaba para reprocharle; y le reprochaba al irse a dormir.

Y es que la incertidumbre que le había provocado la falta de una respuesta sobre el desamor de su esposa, aunado a su obsesión por mantenerla a su lado, empujó al más normal de los hombres a perder completamente la razón. Así que contra sus deseos y para conservar la sanidad mental de ambos, cedió al acuerdo de separarse temporalmente, aunque él nunca paró de seguir cada paso que ella daba. Fueron días de fiebres, píldoras, tragos, merodeadas, psicosis y al último, por supuesto, de muerte.

Otra vez el histórico manto de la tragedia envuelve a dos corazones que en sus buenos días sintieron un dulce calor el uno por el otro.

Una noche, el marido, el más normal de los hombres, la mató.

Habían quedado por fin de verse para conversar sobre su futuro. Él llegaba con su sonrisa nerviosa y perfume de esperanza; ella, envuelta en primavera, resuelta al para siempre y tan anhelado adiós.

Engalanado en su mejor atuendo, el marido llegó temprano a la cita. Ella abrió la puerta y él tuvo que hacer un gran esfuerzo por no demostrar asombro ante la hermosísima figura de su mujer. Se dieron un beso helado. Ella lo pasó a la barra; él le pidió ron con coca- cola. Ella se lo sirvió como siempre, con una rodaja de limón que ella ahí mismo había cortado. Brindaron por la felicidad y de inmediato el esposo le preguntó, tratando vanamente de esconder la ansiedad en su semblante, que cómo había estado, que si había pensado en su relación o que si tuvo tiempo de pensar en ella misma. Ella, más radiante y bella que nunca, le dijo con una sonrisa de cascada que sí. Que ahora era feliz, que no recordaba haberse sentido jamás tan llena de vida y que estaba convencida que amaba su independencia y soledad, que lo de ellos, aunque tuvo dulces y románticos momentos y fue una buena experiencia, ya estaba completamente muerto, que ella jamás volvería a la vida de antes y que le estaba agradecida por haber sido tan comprensivo con sus deseos.

Él la empezó a oír en medio de otras voces que se atropellaban en su conciencia. Y luego le hirvió la sangre cuando, recargado en la pared, observó a medio tapar, el marco de un lienzo empezado con la figura de una persona desnuda.

Él le preguntó, fingiendo con dificultad la calma:

– ¿Y ese? ¿Quién es? ¿Estás ahora pintando?

La mujer le dijo que había vuelto a la escuela de pintura, que ese día les tocó dibujar a un apuesto muchacho desnudo y que todos en el taller habían notado como ella, no acostumbrada a tales tareas, se había puesto muy roja de la pena. Los dos soltaron unas risitas de contenidos inciertos al momento que él estiraba la mano para cortar otra rodaja de limón para su segunda cuba.

Y antes de que ella le empezara entusiasmadamente a contar de todos sus proyectos a futuro, en los cuales no incluía para nada al marido, él no pudo más: le gritó ¡Puta! y le clavó en el vientre el cuchillo limonero que tomó del mostrador mientras le repetía al oído que la amaba más que a nada en el mundo.

El más normal de los hombres, había encontrado respuestas a sus propias disyuntivas. En la cárcel ahora le dan la razón, pues dicen que todo hombre enamorado debe cobrarse la afrenta de una traición (aunque no haya existido) por su propia mano.

Dentro de lo normal, la calamidad es rutinaria.

Novia de azúcar, Ana García Bergua

A Rosenda la atraje con unos cirios rodeados de grandes rosas que había colocado en el altar de muertos. Ese año se me ocurrió adornarlo sin incienso ni calaveras; más bien parecía, me dijeron los vecinos, un arreglo de boda, debido al pastel, a la botella de champaña en vez del clásico tequila o la cerveza. En medio acomodé el retrato de Rosenda, otro más que encontré en el baúl de mi abuela. Supuse que había sido pariente nuestra, y que por algo merecería regresar.

Me metí a la cama y fingí dormir durante varias horas. De repente, en la madrugada, escuché ruidos como de ratón. Junto al altar me encontré a Rosenda comiendo con glotonería el pastel de bodas. Su sayo blanco, algo raído ya, ceñido a la cintura y escotado de acuerdo con la moda que le tocó vivir, estaba manchado de crema y migajas. Nadie la había traído jamás, me dijo, desde su muerte; siglos creía llevar sumida en una oscuridad con olor a tierra. ¿Cuánto tiempo ha pasado?, me preguntó sorprendida. No demasiado, le respondí, sin aclararle cuánto. Era una mujer muy bella, de carne generosa, con una llama de temor en la pupila. Contra su pecho estrujaba unos crisantemos de tela. Le preocupaba que éste fuera el Juicio Final, que nadie la fuera a perdonar por sus muchos pecados. No te apures, susurré, quitándole el ramo, yo te perdono. La ceñí por la cintura y descorchamos la champaña. A cambio de que me escuchara y de poder tocarla, le ofrecí saciar la sed y el hambre de tantos años. Con eso basta, me dijo ahíta, cuando pasadas las horas empezó a clarear el día. Luego se dispuso a regresar a su tierra ignota, pero yo la encerré con llave en el armario, sin hacer caso de sus gritos ahogados y sus lamentos. Me convertiré en polvo, lo queramos o no, gritaba entre sollozos.

Dejé pasar el día completo, hasta que el armario quedó en silencio otra vez. Mientras, me ocupé de desmontar el altar con cierta ceremonia. Al ocaso, dispuesta ya la cena en la mesa y descorchado un tinto que recordaba a sangre, decidí sacar a mi muerta del armario, seguro de encontrarla dormida y hambrienta. Pero cuál no fue mi decepción: entre los chales de seda blanca de mi abuela yacía tirada, como empujada por el aire, una calavera de azúcar que llevaba el nombre de Rosenda en la frente de papel plateado, y que se me deshizo en polvo entre los dedos.

El circo, Hugo Hiriart

Damas y caballeros, salgan de esa postración y esa molicie y pasen, por módico precio, al espeluzne nunca visto de Tomasito, el iceberg asesino y chocador que va a la deriva en la pista en su peligrosísimo número de hundimientos mientras el peluquero Sardina, muy sereno y voluntarioso, práctica el corte de pelo a distancia, a ver, a ver, un voluntario entre el público que pase al sillón giratorio. Señor, anímese, dos boletos gratis para el audaz, y le recordamos que Il Signore Pepo Sardina es natural de Palermo, en Sicilia y es un gran estilista, famoso en Nueva York y París…

Y pasen, pasen a ver, traída directamente de la misteriosa isla de Borneo, a Oswalda, la mujer tarántula, siamesa no doble sino triple, con tres cabezas, Rosita, Dora y Alejandrita, que responden cada una a su modo, a todo lo que uno les pregunta, las tres en un solo cuerpo que baila como nadie la conga, ritmo de moda en los tiempos de Xavier Cugat y sus muchachos, desaparecidos casi todos, menos los que sobreviven penosamente en asilos de ancianos.

La función va a dar comienzo y presentamos a Jovita, la contorsionista de hule, de apenas catorce años, haciendo ante ustedes los gustados números del nudo ciego y el chicle mascado, y no se pierdan a los licenciados Tobías Alpuche y Mauricio Mallé, abogados recibidos, payasos y acróbatas que caminan en el aire mientras actúan como asesores jurídicos del respetable público en todo lo que quieran consultar y al mismo tiempo dictan a dúo sus respectivas autobiografías a dos taquígrafas cómodamente instaladas en primera fila de luneta…

Y vea y oiga al payaso Beppo y sus perros sabios que hacen operaciones en la bolsa de valores, y a Mercedes Iturbe, la mujer bala, que vuela a más de cien kilómetros por hora, debidamente protegida por un casco irrompible, y cae en una bañera con leche de burra, lo mejor para el cutis según dicen…

Se agotan los boletos, pasen, pasen a ver a la trouppe voladora de los hermanos Alcántara, de la Huasteca Potosina, casi todos, que juegan al béisbol en los trapecios, a gran altura, sin red ni montículo, cual bandada de loros remontando el vuelo al amanecer, según dice la canción cubana, espectáculo de gran colorido, veinte peloteros uniformados y con gorra, bajo la lona del circo, que deja atrás, pero muy atrás, a los esforzados voladores de Papantla…

Compren un boleto y entren a ver en acción a Leoncio Montiel, el Bobo de Soria, torero a pie y a caballo, en el número jamás presentado en la plaza, y menos en el circo, de los toros bravos amaestrados, la bestia de lidia, media tonelada de furia y músculo haciendo delicadas monerías, y bailarááán en la pista seis toros, seis, al compás que les toca el primer espada en esta corrida ecológica y sin derramamiento de sangre…

No se quede ahí, engarrotado y paradote como pasmado o de plano tonto, y pase, pase, pase a ver el animal ignorado durante siglos, el buey de papada azul, Pseudoryx ghetinhensis, descubierto a la ciencia hace sólo tres años, tres nada más, como prueba de la asombrosa biodiversidad que todavía reina en el planeta ya muy destruido y menoscabado que habitamos; así, damas y caballeros, contemplen ustedes al buey prodigioso, único rumiante que se alimenta de pescado fresco y que adivina el pensamiento, aún el más recóndito, y lo saca a la luz para vergüenza del pensador, anímese, hermosa señorita, discreto caballero, y pasen, pasen…

Acérquese a la taquilla, atribulado entusiasta del creced y multiplicaos, niños pagan medio boleto y, de más de cinco hermanos dos no pagan nada, entren ordenadamente y asistan maravillados a los actos insuperables del mago Silvannus Mabuse, el mago invisible que nadie ha visto nunca y aun se ignora si existe o no, aunque alguien cobra en su nombre puntualmente…

Tercera llamada, pasen, pasen, damas y caballeros, ya toca la banda del maestro Stravinski, el desfile ya va entrando a la pista y la función de triple gala va a comenzar

Perfil de mujer, Rowena Bali

La paciente afirma que un día amaneció pensando, comiendo con cuchara, antes ocurrieron muchas cosas que no vivió, sólo le queda la clara sensación de que en un tiempo anterior a sus dos piernas y su cama con sábanas, era una perra.

Ha indagado mucho sobre esa parte oscura, algunos le han dicho que un mono guió a los hombres en su camino hacia sí mismos, mas niegan que un perro haya cruzado por ahí, otros le hablaron sobre un hombre que en un rapto de éxito rotundo creó todo, incluso a las mujeres, pero nunca a una que se convirtiera en perra.

La explicación más contundente a su génesis le fue expuesta durante un tratamiento psiquiátrico en el cual estuvo a punto de errar su camino esencial.

Se niega a aceptar que la familiaridad con que recuerda aquellos kioscos de noche, las patadas y los trozos de carne, los mordiscos a las extremidades invencibles de los autos, pueda corresponder a la locura.

En lo que respecta a su estructura física posee una estatura promedio, una musculatura cuya firmeza general se acentúa en los muslos y en las pantorrillas, se encuentra varios kilos abajo de su peso ideal, tiene una tendencia a agachar la cabeza y echar la pelvis hacia delante, postura que mantiene la espalda encorvada y las nalgas apretadas. Sus pies no parecen totalmente afirmados al suelo, pues sus talones hacen poco contacto con él. Sus brazos son firmes y las muñecas flexibles y fuertes pero los dedos son torpes y de motilidad escasa. Su piel muestra vello abundante que en la mancha genital se extiende hasta las ingles, en las pantorrillas alcanza una densidad casi masculina.

En la delicadeza de su rostro destaca un mentón saliente y una mandíbula cuya presión constante la hace rechinar los dientes, sus ojos acusan la represión que la ha acompañado desde la adolescencia antes de la cual no tiene recuerdo alguno, salvo el goce que le propinaba la complacencia animal y su choque con lo humano.

Cree que con sus piernas velludas le sería imposible conquistar a los hombres; ha tenido que aprender a usar las trampas que usan las demás mujeres, sabe maquillarse y activar el movimiento de caderas, sabe montar escenas de soledad y carencia en los cafés. Ahí representa ciertos modales que hagan verosímil un pasado humano, la existencia de una madre ocupada en hacerla tomar los cubiertos correctamente, palabras que evidencien un pensamiento inteligente, una conciencia tan acusadamente incierta como todas. Cuando al fin consigue que algún furor confluya con el suyo en un acto funcional, suele marcharse sin solicitar números o direcciones.

Ayer su cuerpo se sintió recuperado, descendió a su plano ideal y salió a la calle sobre sus cuatro extremidades, después hay en su mente un vacío interrumpido por un golpe en la espalda, una muchedumbre de perros escapando entre la jauría de humanos escandalizados e imprecantes.

Hoy amaneció aquí, ha recobrado cierta noción de la realidad, pero está confundida, afirma obsesivamente que al final de su espalda ha empezado a crecer una cola.

El loco enamorado

En una tarde encendida y bajo la sombra de una higuera, echado se hallaba un loco enamorado que venía amarrado a un muy cansado deseo. Se despatarraba en la yerba, exhausto de tanta lucha sin tregua ni cuartel, sin haber podido hacer avance alguno en su ya petrificado objetivo: claro que su obsesión era un amor prohibido, pero no por lo inmoral, sino por lo impositivo.

Otro que muerde el anzuelo y cree que persiguiéndolo lo va a alcanzar.

Pero al menos, esa tarde, el fresco le sentaba bien; el olor a hierba y su contacto con la piel, el clima templado y gentil, el viento vespertino de la tarde; vaya pues, le sentaba de maravilla ese lugar al amigo y decidió ahí mismo ponerse a soñar.

¿Cómo tornar un deseo en un bienestar?

El trance no tardó en llegar.

Penetrado en su concentración onírica, se encontró muy pronto viajando alrededor de su universo, donde poco a poco iba descubriendo infinidad de motivos que alumbraban su cabeza y corazón; y entendió, por algunos de esos momentos que de repente le bajan a uno y lo bañan de una luz de procedencia incierta pero divina, lo desgastante, inútil y paralizador que era cargar con un deseo incumplido que se vuelve obsesión.

De pronto se encontró sumergido en un túnel blanco, denso y profundo. La serenidad en que cayó su ser, le alertó ampliamente y empezó a sentir y escuchar a cada órgano de su cuerpo. Ya no le quedaba ningún sentimiento de ansiedad, solo consciencia, pura e inalterada conciencia. Y filtrándose más adentro aún fue que llegó al amor. Se reconoció en él. Iba portando su sutil aura infantil mientras feliz cabalgaba en su vértigo, navegaba sobre sus aguas, flotaba dentro de su burbuja de bien. Él en él.

El llanto le brotaba cristalino y con afluencia amazónica, mientras el navegaba por la espiral de la bondad pura, substancia de la que está hecha el alma. Fue un instante fugaz en que estuvo en el amor; en que supo amar y se supo amado.

Luego despertó de súbito. Quién sabe por qué. Las obsesiones nos cargan de herramientas para percibir un deseo que se acerca.

Sin saber, pero sabiendo, abrió los párpados y la vio. Ahí frente a sus ojos, su más y único anhelado deseo; no había duda, se dijo, era una señal. Su suerte comenzaba a cambiar. Ella estaba sentada en una banca leyendo una novela de amor. Leía y miraba al cielo y luego leía y volvía a ver hacia el cielo. Nuestro buen enamorado, convencido de ser ya un hombre cambiado a través de un sueño, le sonrió sin que ella lo notara; después de su reciente encuentro interno, tenía la esperanza de que esta vez sí se fijaría en él; pensaba que en cuanto ella lo viera sonreír todo iluminado, correría a sus brazos y juntos se irían abrazaditos a dar un paseo por el malecón. Esa era una visión que cada vez lo atormentaba más.

Primero agitó la mano para saludarla, pero ella, sintiendo quizás otra mirada, apenas si volteó a ver; el saludo le fue tan invisible a ella como el correr mismo del tiempo. La mirada indiferente de la “doncella” pasó como un chiflón helado a través de la sonrisa paralizada del enamorado. Esta vez no podía más e iría él mismo a reclamar lo que por obsesión de amor le pertenecía. Sus pasos se dispararon resueltos hacia donde estaba sentada ella leyendo su propia historia de amor. Al ver que ese extraño se le acercaba tan decidido y vociferando incongruencias, la muchacha le lanzó una mueca entre miedo y aversión e intentó escapar corriendo. Él hizo por detenerla, tomándola del brazo. Ella se zafó de un rápido tirón, se cubrió la cara y empezó a gritar; y entre el coraje del rechazo y el pánico de que alguien pudiera oír los gritos, el loco enamorado no midió su fuerza y el cuello tan delicado de la joven, cedió…

A rastras se la llevó hasta la higuera y cuando lo hallaron, ya de noche, seguía ahí recargado y abrazado a ella.

y así fue que después del juicio, aquí lo trajeron. Desde entonces, cuando le toca salir al patio, se va a aquella higuera y se queda horas como meditando.

El becado, Guillermo Bustamante Zamudio

Para llegar a tu destino, primero debes recorrer la mitad del camino. Y para recorrer la mitad del camino, estás obligado a andar la cuarta parte. Y para andar la cuarta parte, indefectiblemente tienes que transitar la octava parte. Y como nada detiene el crecimiento del número que hace las veces de denominador, esa división se multiplica al infinito. No sólo nunca llegarás a tu destino, sino que difícilmente te moverás de tu sitio.

Ahora bien, si no piensas en complicaciones como en la que nos metió Zenón de Elea, si te portas como un turista normal, de pronto te hallarás en el otro lado, en el sitio exacto que dice el tiquete. No trates de resolver la incógnita acerca del momento en que los conceptos se vuelven cosas o las cosas se vuelven conceptos. No porque eso no tenga sus efectos en tu crecimiento intelectual, sino porque no vale la pena irse para pensar en asuntos en los que habrías podido pensar en tu casa, en la inmovilidad infinitesimal, sí, pero con una taza de café a tu alcance.

Ahora bien, cuando decidas volver, debes deshacer tus pasos la mitad del camino y la cuarta parte y la octava parte… Nunca lo lograrás. Si te vas, estás advertido. Si quieres volver a vernos, sólo tienes la opción de viajar como un turista, sin miramientos intelectuales. Pero, entonces, ¿para qué nos dices que te vas a estudiar?

La música nunca oida, Raúl Renán

En una banca del parque, acomodados los tres hombres, se dicen travesuras de palabras. Ríen por turnos como rondan su cigarrillo de mariguana. Cuando éste se termina en un ascua de papel que mata el viento, el primer hombre inicia un ritmo singular raspando entre sí las palmas de las manos, palmeándose las rodillas y el dorso de las caderas; el segundo hombre enlaza su cadencia taconeando sobre el piso y el tercero, hace como valvas las manos y las golpea emitiendo aire sobre el hueco de la boca que deja abierta una rendija para sacar sonidos. Música de ángeles caídos que con los instrumentos del cuerpo se elevan y encantan; parece que reciben del aire efluvios de misterio, sólo igualados por los enviados de Dios a la Anunciación. Músicos astrosos sin arpas, sin pífanos, sin trompetas. Sus partituras son dignas del mayor genio musical, y como todo verdadero gran arte nacen para que se las lleve el viento.

Un tal Alonso de cuyo apellido no me puedo acordar, JCPozo

Cada quien lo suyo, eso es lo que yo digo.

El pequeñín Alonso le tomó un terror cerval a los molinos de viento desde el día que, ignorando la advertencia de su padre, se acercó más de lo debido a uno que ya empezaba a acelerar sus giros. En eso, y estando distraído el niño, un aspa del molino se metió groseramente dentro de su playerita deshilachada, elevándolo a las alturas y dándole varias vueltas de auténtico pavor antes que su padre, al oír los gritos, fuera rápido al rescate.

Desde entonces, el muchacho vivió, por años, terribles pesadillas. Por las ventanas de su subconsciente habían entrado esos molinos como monstruos ansiosos por someterlo; para revolcarlo en un vértigo infernal; para abrumarlo con gruñidos de engranajes y grandes navajazos al viento.

El pequeño Alonso quedó traumado.

El impacto de ese momento sucedió, además, en una época marcada por el surco de la calamidad: sus padres, por sendas infidelidades, se habían decidido separar; el niño había quedado entre sus “estira y afloja” en calidad de carnada de extorsión; para acabarla, una sequía jamás vista, había destruido las cosechas de la hacienda y hubo que embargar la mitad del terreno para sopesar las pérdidas; y para cubrir aún más los precarios tiempos con lúgubre manto, Alonsito fue fuertemente atacado por la Difteria, lo cual le hizo más vívidas, intensas y quemantes sus pesadillas.

Así que después de muchos años de luchas internas, de fiebres nocturnas, de sumisiones al miedo, de prolongados e incontables desvelos, Alonso se ocupó obsesivamente en instruirse sobre las artes que utilizaron otros para luchar contra los engendros del mal.

Y una noche sumamente callada lo presenció:

Acabar el último capítulo de su último libro, cerrarlo, aspirar el polvo, levantarse del lecho, ponerse la bata, correr derecho, abrir la puerta y salir al mundo, fue una y la misma cosa. El siempre in crescendo rebelde y osado caballero tomó sus armas y salió tras sus enemigos. Había llegado el momento de saldar cuentas que tenía pendientes desde la infancia. Era tiempo de darse una oportunidad y empezar a vivir.

Una tarde clarísima, de las que habían abundado durante su noble odisea, más propicia para declamar églogas que para degollar dragones, Alonso por fin dio rienda suelta al momento que tanto había esperado. Estaba decidido a enfrentar sus propios demonios. Era una oportunidad única de cambiar los papeles de rutina que actuaban en sus pesadillas, de liberarse del encierro que lo tenía preso tras los barrotes de un capítulo en su propia novela. Y lo hizo como todo un valiente:

Los vio primero a lo lejos; luego, se aceleró su pulso; después, le hirvió la sangre y, al final, se llenó de determinación embistiendo a los gigantes de frente y empujando con toda su humanidad (lo mismo hubiera hecho cualquier hombre que se precie de ser honesto).

Sí, eran los mismos demonios que le torturaron por tanto tiempo, no cabía duda. Era su momento glorioso, por el que había dedicado noches enteras, el reencuentro con su esencia. Mas cuando finalmente decide vengarse de su némesis de la infancia y se apronta a regresar la vieja agresión, sacando astillas a una de sus rígidas extremidades con su lanza, resulta que sus íntimos (típico) lo llaman loco, que nadie le cree, que le cambian el nombre, que le dibujan otro destino por donde dizque debería de cabalgar; Y que claro, se abalanzan en secreto a la idea de regresarlo a sus antiguos cabales, cuando era respetado en su papel de patrón, de hacendado; los hace temblar la idea de que si al buen Alonso, la ley lo considera demente, su herencia se invalida y vaya lío que se arma entre los que le profesan amor e interés.

Pobre tío,” se oye a alguien decir, “ha perdido el juicio”.

Lo que nadie puede ni quiere ver, es que siendo así fuera de casa, ha recuperado la alegría perdida de tantas noches que no vivió; de tensas luchas donde de noche moría y renacía al salir el sol. Entonces se bañaba de esperanza, ante la posibilidad de liberarse de sus temores.

En la antesala de la muerte, el buen Alonso cayó enfermo de desilusión. En sus últimos momentos, frente a todos, aseguraba estar cuerdo y profesaba sinceridad al arrepentirse de su locura pasada y de sus pretensiones de paladín de la justicia.

Pidió que lo recordaran como aquel personaje que moría en las noches, que se desvelaba para no soñar infiernos; al señor serio y responsable que cuidaba bien de su hacienda y no al loco que decidió cumplir un propósito en la vida, que lo había encontrado y se sintió feliz.

¡Vaya ironía!: arrepentirse de haber sido feliz en el filo de la agonía. ¡Qué locura!

Al morir, todos sus seres más cercanos recibieron,a través de sus actos y palabras, un pedazo de la alegría que una vez llegó a tener Alonso “el bueno” por voluntad propia. Ojalá se hayan dado cuenta y hayan sembrado esa gracia en sus corazones.

Total, ¿qué sabe la gente de los motivos que hacen latir aceleradamente el corazón?

¿Qué sabe de las artimañas propias que utilizamos para ser felices?

Por eso yo digo… cada quien a lo suyo, ¿no?

Los jueves, Monica Lavin

No debí hacerlo. No pude evitarlo, me bastaba verlos entrar con ese paso excitado y cauteloso: ella con el cuerpo garboso y las piernas largas y bien formadas, él, esbelto, con la mirada protegida por los lentes oscuros y el brazo asido a la cintura de la mujer. Yo los espiaba por el pasillo oscuro, tras la puerta entornada de otra habitación, y sentía alivio cuando después de los pasos sigilosos verificaba que eran los mismos. Los del jueves a las cinco de la tarde, los de la habitación 39. Esa repetición semanal me reconfortaba. En el torbellino de los encuentros pasajeros que atestiguaba todas las tardes, éste hilvanar jueves tras jueves con puntadas de amor y deseo exhalaba continuidad. Quién pudiera como ellos robarle unas horas a la tarde, una tan solo, y encontrar cierta dulzura entre unos brazos. Quién pudiera olvidarse del Chino, de Nachito y la Lola, de los frijoles hirvientes y, con las piernas enfundadas en medias suaves, dejarse recorrer las pantorrillas y los muslos con el interés de quien mide y palpa las formas; quién pudiera ser objeto de deseo respondido y consumado.

Antes ni pensaba esto, ni siquiera me veía las piernas, sólo servían para llevar mi andar por todos sitios. Ni con las inacabables parejitas que deambulaban por estos pasillos, sofocando sus gemidos tras las puertas cerradas, había hecho yo conciencia de mi abandono. Ahora sabía que tener marido no era ningún consuelo. Y si no, ¿por qué iban a volver los del 39 con ese gesto de inevitable engarzamiento?, ¿por qué iban a venir aquí una vez a la semana si tuvieran otra posibilidad, por qué los lentes, por qué la hora, por qué la prisa?

A las siete se abría la puerta del 39, él atisbaba el pasillo e indicaba a la mujer que no había peligro. Volvía de nuevo a mirarlos. Ahora por las espaldas, con las manos apretadas deteniendo la despedida, prolongando el encuentro. Yo también lo prolongaba, me atrevía a acercarme a la escalera para ver sus cabezas desaparecer por el pasillo que daba a la calle. De prisa entraba a su habitación, no quería que me la ganara Teresa que a esa hora rondaba el mismo piso. Cerraba la puerta y miraba el desarreglo, el mismo que en otros cuartos me producía hastío y a veces repulsión. Entonces me tiraba boca abajo sobre la cama y aspiraba los aromas atrapados entre las sábanas gastadas, extraía el perfume de olor a hierba de ella y la loción leñosa de él, olfateaba los sudores que humedecían esos paños relavados y rastreaba las gotas de semen escapadas de la vagina repleta y saciada de la mujer. Con la sábana descompuesta, mi corazón se violentaba y una ola de sangre me ponía en éxtasis. Entre las evidencias, asistía al ritual del amor.

Después de un rato salía de nuevo a la penumbra del pasillo y depositaba en el cesto rebosante de blancos el atado de sábanas con más delicadeza que la usual. Agradecía profundamente esas visitas semanales, me resistía a cualquier cambio de horario, de piso. Esos meses se habían convertido en una sucesión gozosa de jueves. Así que me atreví. Se nos insistió al entrar a ese trabajo que debíamos ser discretas y nunca tener contacto con los clientes, evitar ser vistas, no hablar con ellos. Pero yo quería manifestar mi contento por su presencia, como en una boda cuando se abraza de corazón a los desposados. Entonces se me ocurrió lo de la flor. Las muchachas choteaban que si me la había dado un galán o que si a poco el Nacho era tan romántico.

Era una rosa color coral a punto de abrir. A las cuatro y media el cuarto se desocupó, entré presurosa a hacer el aseo y pensé en no salirme hasta unos minutos antes de la hora. No quería arriesgar la posibilidad de una ocupación ajena a la pareja, a pesar de que Tomás ya tenía la consigna en recepción de tenerla libre los jueves a las cinco. Llené un vaso con agua y con la rosa, lo coloqué sobre la cómoda despostillada. La rosa se reflejó en el espejo, las paredes desnudas y la colcha con huellas de cigarro se iluminaron con el rubor de la flor. El 39 parecía un cuarto de otro lugar. Aspiré el aroma de la flor que esta vez celebraría la fiesta con los humores y secreciones de los cuerpos de los amantes. Salí al minuto para las cinco, excitada, nerviosa por aquella irrupción que tambaleaba el anonimato de la pareja. Me encomendé a dios, quien, después de todo, los había puesto en mi camino. Durante las dos horas de amorío mi corazón no estuvo sosegado. Tendí camas, puse papeles de baño, toallas limpias, barrí, caminé. Y todo el tiempo la imagen de la rosa fresca y colorida presenciando sus cuerpos desnudos y la entrega desbordante me persiguió como si yo misma tuviera los pies metidos en aquel vaso de agua.

Escuché el ruido de la puerta y me asomé desde otra habitación. Noté que la mirada de él escrutaba el pasillo con mayor insistencia. Respiré y contuve la tentación de correr a presentarme y confesar que yo era la de la rosa y esperaba no haberlos molestado. Apreté los puños y no me atreví a observar cómo se perdían al final de la escalera. Entré en la habitación. El mismo desarreglo tributario. Bajo el vaso de agua, sin flor, estaba un billete. Era una forma de respuesta. Lo tomé después de soslayarme entre los aromas familiares y el rito al que añadí mi rosa. Salí gustosa con el itacate fuertemente pegado al pecho para abandonarlo con dolor en el montón de sábanas manchadas.

El jueves siguiente dieron las cinco treinta y los del 39 no aparecieron. Esperanzada supuse algún contratiempo pasajero, pero el siguiente jueves me confirmó la ruptura del hábito. Aún así me aferré a la posibilidad de un cambio de horario, después de locación, tal vez ella tuviera un marido que la hubiese descubierto, o él una mujer que se interpusiera. Tal vez se enfermó alguno, tal vez se murieron, tal vez.

Desde entonces las sábanas gastadas me parecen una tortura y penitencia y el olor a rosas me enferma.

Los diablos no duermen, JCPozo

Los diablos no duermen, sus deseos de maldad los mantiene despiertos. El insomnio de la venganza contra su propia naturaleza se les agolpa en la cabeza, el martilleo incrementa la sed de rencor. Así que ellos no se despiertan; no cierran los ojos, para poder vigilar y protegerse de su propia maldad.

Se les nota en los labios, encogidos como temiendo abrirse y descubrir al mundo sus verdaderas intenciones. Se les nota en sus ojos, enfocados siempre en un frágil blanco distraído. Se les nota en la voz, siseo de serpiente en posición de ataque. No, los diablos no duermen, saben que un sueño puede ser su perdición. Los puede llevar al mar, al cielo, al fin del universo. Y saben, más que nada, que un sueño los puede envenenar de amor.

El soliloquio del espejo, Efrén Rebolledo

Mi alma es la luz, sin la luz yo no sería. ¿Qué es sin el alma el cuerpo? Materia sin vida, cadáver, substancia inerte. Y de igual modo que el espíritu es causa del sufrimiento en los seres vivos, la luz que es mi espíritu es el origen de mi atormentada vida. Soy una víctima de la luz.

No digo el hombre, el animal más mezquino, el insecto más vil, pueden evitar el dolor; pues o están provistos de armas para la lucha, o disponen de una coraza para la defensa o. cuentan con instrumentos para la fuga. Yo carezco de todo; de armas, de coraza, y no soy dueño ni de mover mi cuerpo.

Corno el infeliz toco dentro de la camisa de fuerza, yo estoy sujeto en el mareo que me maniata. Semejante al mísero ajusticiado que pende de infamante horca, cuelgo yo de fija escarpia; pero sin recibir la súbita1y bendita liberación, sino agonizando lenta y perennemente.

Soy un paralítico de cuyos miembros ha huido la vida refugiándose en sus ojos donde brilla con persistente y desesperada intensidad. Un mudo que piensa con lucidez y cuyo único recurso de expresión es la mirada. Además, no me dejan tranquilo, sino que me persiguen, me vejan, me arrebatan mi voluntad forzándome a reproducir lo que me ordenan. Soy ludibrio del que se coloca delante de mí, como el hipnotizado el hipnotizador.

Toda mi vida reside en mi mirada. Y bien, no hay ojos que no descansen, no hay ojos que no reposen, todos los ojos se cierran. A mí no se me concede tregua; yo permanezco siempre vigilante, siempre atento, sin gozar nunca del alivio de un parpadeo. ¿Se puede imaginar un terror más grande que unos ojos siempre abiertos, hasta de noche, hasta cuando están dormidos? Los ojos al menos pueden volverse adonde les place, apartar la vista de lo que les disgusta. Yo estoy condenado a ver siempre, siempre, siempre.

No soy por lo menos hijo de la naturaleza, soy una falsificación, una superchería. Soy una copia mal sacada, un burdo desmañado remedo de un original que se me antoja es una fuente o un río que reflejan las frondas y las nubes, las estrellas y el cielo azul, y aljofaran las adorantes cabelleras de las ninfas y ciñen sus formas cándidas, y no son paralíticos ni mudos, sitio cantan, corren y prorrumpen en sollozos.

Soy hijo del artificio y mi cruel padre aumenta mi tortura reanimando mi espíritu por manera artificiosa también, transfundiéndome nueva vida con los destellos que lanzan las temblorosas llamas de las bujías o el sutil cabello incandescente de las lámparas eléctricas.

Alguien querrá argüir que en ocasiones experimento el placer de reflejar caras bellas; que debo de deleitarme viendo despeñarse cascadas de perfumados cabellos; que tengo que iluminarme de regocijo contemplándome en hechiceros ojos; que he de exultar mirando formas divinas; pero éste es el más grande de los errores. El privilegio de la belleza es despertar el amor, y como la que se descubre ante mí no es la belleza tranquila de los mármoles sino belleza palpitante de vida que provoca el deseo, me convierte en el ser más desdichado. ¿Qué es la angustia de Tántalo si con la mía se compara? ¿Cómo alcanzar el fruto que apetezco si soy incapaz de moverme? ¿Cómo rogar si soy afásico? ¿Como dejar de ver si me es imposible desviar mi vista?

Porque nadie osará negar que el amor ha menester del contacto para comunicarse con el ser amado; para satisfacerse y realizarse. Le es necesaria la caricia, lo completa el beso, lo consuma el abrazo. Yo soy el único amante a quien le está vedada toda esperanza; el único a quien no le es dable tocar la fimbria de la mujer que anhela siendo tal miserable que me muero de envidia por cualquier objeto que no tiene alma y por consecuencia no sabe sufrir ni paladear la voluptuosidad ni el deleite. Me cambiaría gustoso por una alfombra, por un anillo por una liga, y cuenta que no menciono a las venturosas sábanas.

Todo ser que alienta un espíritu tiene derecho a morir, y, o lo ejercita, o la próvida naturaleza le proporciona pronto o tarde ese infinito consuelo. A mí, debido a mi parálisis, no me queda el recurso de suicidarme, de hacerme trizas de volverme añicos, sino estoy condenado a vivir luengos y dolorosos años y hasta inacabables siglos.

Pero como todo ser que el dolor tortura poseo una grandeza digna del más elevado espíritu: que soy sincero, que siempre y en todas ocasiones digo la verdad. Inmóvil y todo, soy superior a la lisonja; estoy más alto que la adulación; soy incorruptible; encarno el símbolo de la justicia; pero no de la que comete entuertos y tergiversa razones corno esos espejos espurios de caras convexas o cóncavas que deforman las imágenes; yo soy insobornable, soy terso; este es mi orgullo que me coloca por encima de muchos, ¡oh! sí, de muchos, de innumerables hombres.

La Inconclusa, JCPozo

Apenas cayó solitaria la esferita de cristal del último escalón, no sin antes haber alertado a todos los demás escalones con suaves golpecitos armoniosos en sus filos, y se desató por completo la avalancha: Canicas verdes, blancas, azules, transparentes y rojas; ágatas, tréboles, agüitas, ponches y pericos corrían en estampida cuesta abajo con ritmo presto y melodía poli tonal.

De todos tamaños y tonalidades, las esferas iban tocando, bien intencionadas aunque con firmeza, cada escalón de mármol, creando una sinfonía salvaje y a la vez grácil de sonido y color. Un cuadro de Calder con la alegría de Vivaldi.

La escena, que era de una ligereza de mariposas melódicas, contrastaba fuertemente con la grotesca visión que corría paralelamente a ese carnaval de brillos y armonías cristalinas: un cuerpo vestido de negro, ancho, pesado y uniforme volaba apenas arribita de los balines de cristal. En el rostro de ese bulto se dibujaba el gesto de los que ven acercarse a la muerte y la empiezan a saborear; dos malditos zapatos de tacón alzaban sus puntas al cielo como invocando justicia o perdón.

A mitad de un grito, que invadió de drama a cada nota musical, el tiempo jugó su última carta: A los instantes de repente les da por congelarse…

En plena interrupción del tiempo, lo oscuro y pesado con lo libre y ligero presagiaban un final cruel y violento.

¿A qué cadencia o a qué tiempo tendría que terminar el último movimiento de esta pieza? Quizás sea una sinfonía para una sola vez, enterrada de inmediato y para siempre por ser dos imágenes que se repelen: por un lado, el color y la alegría; por otro, la negada resignación a la muerte. Un final que ni el humor ni la compasión pueden salvar de lo burdo y lo grotesco.

Así que mejor dejo a la inconclusa en el silencio de ese instante congelado y que cada quien le busque su propio final.

Letanía, Lina Zerón

Benditas las mujeres que protegen el fruto de su vientre

asumiendo la parábola de su belleza bajo un delantal,

aquellas que lavan su rostro con el manto de la rutina

y aprenden a alzar la voz , aunque sólo se tenga la voz.

Benditas las mujeres que arrastran la cruz de impuras

regando su futuro con lágrimas de ausencias

que encuentran purificación en el agua de cualquier río

y tejen amores dispersos en el manar del tiempo.

Benditas las mujeres que se enamoran,

las hechiceras de la noche,

las que comparten el fuego de las bodas del cuerpo

en la consagración de la piel.

Benditas las que gritan lo que el corazón profesa

las que escuchan y las que imponen su palabra

también las que callan su verdadera pasión

sobreviviendo como agua estancada y triste.

Benditas las que enfrentan el nido vacío

reviviendo cada noche el éxodo desde su origen.

Benditas las que son tormenta, río sin cauce,

a las que llaman locas, revoltosas,

liberadas, feministas,

y son capaces de atropellar al viento con una mirada

Benditas las hembras con fracturas y fragmentos.

Benditas Nosotras, matriz del universo.

Seducción, JCPozo

elene Usdin
elene Usdin

Una mujer hermosa al pasar rociaba de aroma de rosas el jardín de las miradas. Un joven apuesto y tuerto se le acercó diciendo que el otro ojo daría con tal de tenerla cerca, de respirar su aroma cada mañana de todos sus días.

El aroma sensual, – le dijo ella, – el que tanto te sublima, viene precisamente del baño de felicidad que brota de esa profunda pupila; que es el lucero más brillante, la luna que más alumbra y que le da vida a todo el jardín cuando me ves pasar.

El joven tuerto le respondió, siempre galante:

– Celebro que mi felicidad te provoque. El reflejo que incita a que se desaten tus sentidos, es tan solo lo que ves de mí por afuera, mi expresión ordinaria, un gesto de felicidad cualquiera; si así te inspira la luz de uno de mis más averiados sentidos, imagina qué podrías sentir de los que están más fuertes, pero escondidos.

– No dudo que guardes tesoros dentro que enciendan el color de mi piel. Pero para qué arriesgar alguno si en el amor no existe la necesidad; conserva tu mirada, buen mozo, que es algo que ya se acostumbró a amar. Yo seguiré alegrando esa pupila cuando su luz me refleje y su calor encienda los humos de mi perfume, ese aroma que tanto te ha llegado a sublimar.

El apuesto joven tuerto había cambiado ligeramente su visión.

Amada mía, – le dijo, siempre galante – ahora que he escuchado la melodía salir de tu aterciopelada garganta, ha crecido en mi pecho otra ilusión: que este otro ojo te doy, con tal de tenerte cerca y escuchar cada día un saludo de tu voz, que me llame por mi nombre, que pregunte cómo estoy.

Siguieron conversando bajo el brillo de la luna; la noche se tornó negra… y sucedió.

Una pequeña historia de amor, Rogelio Guedea

pareja-munecos-de-porcelana-d_nq_np_376001-mcr20254228756_032015-fSobre el viejo radio de la abuela Petra tenemos, mi mujer y yo, una parejita de muñecos de porcelana. No sé cómo llegarían hasta ahí, pero los muñequitos están vestidos a la usanza antigua: ella con un guardainfante color lila; él con una casaca sin chaleco y una gorra de cuartel.

Sentados en una banca que tiene chapetones y palmetas en el respaldo, los muñequitos se miran con delectación. Él rodea con el brazo la cinturita de ella, y ella, con las mejillas ruborizadas, lee en voz baja las páginas de lo que parece La cartuja de Parma, de Stendhal.

La última vez que nos cambiamos de casa —nos hemos mudado tantas veces ya—, al muñequito se le trozó la cabeza de raíz. Nos dimos cuenta cuando sacábamos de la caja los perifollos de la sala y del antecomedor. Triste, mi mujer se valió de todos los medios para lograr pegársela, pero en cada intento se volvía a caer.

Muchos días y muchos meses estuvimos consternados, hasta que una mañana resolvimos colocar la cabeza del muñeco debajo de la banca, con la mirada en dirección a los ojos azules de la linda francesita, a quien una noche de insomnio sorprendimos intentando alcanzar con los labios la lejana frente del hombrecito.

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Sinestesio, JCPozo

noma-barSinestesio era un experto de las sensaciones. Tenía el don de sentir, con exactitud, el sentimiento de alguien en el instante mismo que ese sentir era arrancado por alguna palabra o acción suya. Así, inmediatamente sabía el efecto sentimental que su presencia provocaba en otros. Si hacía una pregunta, la respuesta verbal comúnmente le era irrelevante, pues se daba cuenta de inmediato la verdadera sensación que sus palabras provocaban en el interior y, como consecuencia, exterior de los demás. Nunca confesaba saber la verdad, además, era imposible mentirle; una, porque los sentimientos, al contrario de lo que inventa la cabeza, no han aprendido a mentir; y dos, porque su increíble habilidad la mantenía en absoluto secreto; nadie sospechó de nada.

Y aunque bien pareciera que Sinestesio gozaba de un don divino, en realidad para él era un poder de horror. No solo porque percibía las sensaciones ajenas, sino porque las sentía al mismo tiempo y con la misma intensidad con que las sufría su interlocutor. Llorabas y el lloraba contigo, amabas y él amaba contigo, reías, odiabas, envidiabas y todo lo compartía en cuerpo y alma contigo. Esa vida lo iba desgastando mucho y poco a poco, por su propia sanidad mental, se fue aislando de la gente.

Era el hombre de los diez mil gestos. Padeció múltiples males y alivios; se cautivó de buenos y malos romances, de ilusiones y profundas desilusiones, en fin; el río de sentimientos del mundo iba a desembocar en el mar de su revuelto corazón. No podía más, era demasiado el estrés emocional al que estaba constantemente sometido. Como resultado, tuvo una vida corta, aunque turbulenta. No pudo llegar a los 40 y, antes de morir, compartió una última sensación junto a su madre: mientras Sinestesio le agarraba la mano en la cama de un hospital, los dos expiraban al unísono el último aliento, elevando sus almas al cielo y dejándole al mundo la visión eterna de dos cuerpos, en el fin de sus vidas, con la misma sonrisa dibujada en sus rostros.