El sur en mis ventanas, Rosa Espinoza

No miro televisión. Prefiero las ventanas. La mía es grande y voltea al sur. La gente piensa que cuando uno las abre, salen cosas y no, entran. En realidad son puertas. El sol peina sus cristales, remueve la flojera de mis ojos, luego vienen los pichones y el día se desata. Los recuerdos son ventanas. Una mosca gruesa golpea contra el cristal duramente. Insiste, insiste, insiste hasta que se derrumba y muere. Solía esperar a mi madre, nadie me dijo que no regresaría. Las ventanas son espera. Una piedra atraviesa los cristales y su música es una alegoría, un sueño, una expectativa. Nunca una tragedia. Por mi ventana atraviesan sueños, damas elegantes, gatos pulgosos, arañas trasnochadas. Cuando miro por la ventana de los otros, armo sueños sin dormir. A veces, me miro pasar y hago que no me veo, pero me detengo y encuentro visajes que no me conocía. A las moscas verdes les gusta mirar por la ventana. El eco del zumbido les excita. Un horizonte morado se asoma, deja ver el ocaso cansado de la ciudad. Mi madre nunca llegó, pero está ahí, prendada del alféizar, entre las cortinas y el sopor. Una ventana es inicio y fin.

Mar y volcanes, Ángeles Mastretta

Los volcanes brotaron del fondo de la tierra para consuelo y joya, para sombra y cobijo de quienes nunca nada entienden. Hace millones de años que están ahí mirándose y que el tiempo es un juego para su juramento y nuestro juramento es otra pena para su largo tiempo de escuchar juramentos.

Ellos lo saben, y ella mientras los mira va sabiendo: no hay una tarde igual a otra, no hay amor de hoy igual al de mañana, no hay te juro que siempre, no hay detente. Y en un millón de años y el mes que entra, aunque sigan ahí todo será distinto, por idéntico que todo parezca todo será distinto, porque todo en la vida es único, irrepetible y fugaz. Todo, hasta los inmutables volcanes y su carga de juramentos olvidados.

Hay cosas en la vida que son como lava, algo que nos alcanza más pronto de lo que imaginamos, algo que nos toca a pesar de todo el esfuerzo que dediquemos a tratar de evitarlo. Sin embargo, uno casi siempre corre cuando lo siente venir.

Tao, Jorge Fernández Granados

Mi madre era una mujer que llevaba su casa a todas partes
mi padre era un hombre que llevaba sus ruedas a todas partes
mi madre era una mujer que dondequiera que vivía buscaba arraigarse
mi padre era un hombre que dondequiera que vivía buscaba la hora de irse
mi madre era una persona que necesitaba un espacio para hacerlo suyo
mi padre era una persona que necesitaba un espacio para recorrerlo
ella quería saber siempre el nombre del lugar a donde llegaría
él quería saber la hora anticipada en la que emprenderían el viaje
ella hacía todo lo posible porque pasara lo que pasara las cosas volvieran a su sitio
él hacía todo lo posible por remover el lugar fijo de las cosas
ella medía el tiempo en círculos
él medía el tiempo en una línea de fuga
lo que aún es un enigma para mí
es por qué en los últimos años de sus vidas cambiaron de papeles
y cuando tuvieron un jardín
mi madre sembró plantas que dan flores
pero mi padre sembró plantas que dan frutos

¡Taxi! ¡Taxi!, JCPozo

Dialbures y otras Diabluras


¡Taxi! ¡Taxi!
“Ah, por fin un taxi en esta maldita ciudad!” , pensó. Se subió al taxi y saludó.
– Buenas,
– Buenas las tenga, joven.
– Dura y tardada es aquí la espera, caballero, pero ya, por fin. Lléveme al centro, por favor.
– Como no, joven. ¿Por dónde le doy?
– Mire, agarre esta misma hasta abajo y en los dos topes le dobla a la izquierda; ahí le da todo derecho hasta el fondo.
– Claro que si, por ahí le doy con gusto, joven.
– Chico broncón que se traen estos marchistas, ¿no? Mire nomás .
– Lanzan protestas contra la reforma educativa. Es el sindicatos de maestros.
– Uy, tengo limitado el tiempo, esa cola me lo va a parar y tengo que venirme pronto.
– No se apure joven, puedo meterme por atrás y así cortamos tiempo.
– ¿Y si toma la avenida después de la parada del metro?
– No, esa ahorita la toma ya muy congestionada. No mire, por aquí entro mejor al centro.
– Usted es el que sabe, agarre por donde lo sienta más seguro.
– Ah, le tocan a uno tanto toda clase de embotellamientos, que a manera de sobre vivencia uno se aprende todas las entradas y salidas.
– Me imagino que con ese trajeteo diario en la ciudad, ha aprendido a abrirse toda clase de espacios.
– No se crea, es tan grande, que nadie la conoce de pies a cabeza..
– Y usted sentado tantas horas paseándose en ella y corriendo toda clase de peligros.
– Uno tiene sus remedios y mañas, joven. Todo quien se sube aquí, representa un riesgo, la verdad, pero hay que seguir dándole y estar bien prevenidos.
– De repente hay quienes le han de dejar embarrado todo por dentro ¿no?
– No crea, yo veo alguien medio mal y no lo recojo, apenas veo señal de arcadas y lo saco, ya si de plano no aguanta y se le sale por la boca, lo hago limpiarlo o le aumento la cuota.
– ¿Y en las noches me imagino que hasta le andan arrimando una pistola, no?
– Por eso meto a cada rato lo que voy ganando a una caja fuerte.
– Así solo le sacan el miedo, sin llevarse nada.
– Y en blanco se van los pobres. Pero, dígame, a ¿que se dedica usted?
– Ah, yo soy plomero, mi amigo, y aunque le hago a todo, la plomería es lo mío ; ahí por si algún día quiere que le revise alguna tubería, le hago precio de amigos.
– Uy, me imagino que en esta ciudad tiene usted cualquier cantidad de caños por destapar.
– Si, claro, ¿Sabe? Trabajo no me falta, siempre hay alguien que necesita de mis servicios, ya sea que les destape el caño, revise las tuberías o les haga una instalación; además, déjeme decirle que yo saco el trabajo rápido y bien hecho.
– Mire qué coincidencia, precisamente yo necesito un trabajito en mi casa. Es la bomba, ¿sabe? No levanta el chorro con fuerza, necesita más presión. Y ahora que andamos por aquí, por cierto, le digo que curiosamente estos son mis rumbos. Yo vivo muy cerca de aquí fíjese. ¿No me echa una mano con mi bomba?
– Pues mire. Dentro de un momento, precisamente, voy a hacer un trabajito a una dama que me pidió le arreglara también su bomba de agua; además su lavabo lleva mucho tiempo tapado y una manguera vieja necesita repuesto nuevo. Yo siempre tengo una lista en caso que se necesite, es lo que más se estropea. Así que acabo ahí y si quiere luego puedo ir a revisársela a su mujer.
– Gracias, ya lleva tiempo parada. Pero dígame. Me vengo en usted fijando y no parece que vaya usted a trabajar… con ese elegante saco café y esa casaca blanca, más bien juraría que…tiene una movidita por ahí.
– Y eso que no ha visto mis botas de pitón con suelas hechas a mano.
– Meto la mano al fuego, si usted ahora no va a ver a su morena.
– ¡Ah, mi querido pitoniso!, ¿qué come que adivina? En efecto…aunque eso es solo un trozo de la verdad, yo se la daré completa. Voy a trabajar en la clienta, usted sabe. Ya le arreglé ayer su desagüe, hoy le doy a la bomba de agua y le ajustaré algún otro problemita que pueda surgir, usted me entiende. Aquí a la izquierda, por favor.
– ¿Por aquí?
– “A. Prieto”. Sí esa es la calle, joven, ya casi estamos ahí .
– ¿Esta?
“Esta es la mía…mmm”. “Bomba? Lavabo? Trabajar en la clienta? Misma calle..”. El taxista bajó un poco la velocidad distraído por la llegada de estos pensamientos envenenados.
¡Honk, honk! Sonaba el claxon del auto de atrás, despertándolo de su letargo.
– ¡No me toque el pito porque me irrito! – se dijo a sí mismo el taxista.
– A ver, a ver. Acláremelo. ¿A qué número me dijo que lo llevará? – le preguntó al plomero imprimiendo seriedad en el tono de la voz y con la mirada de frente fija en el horizonte.
El cliente de inmediato reaccionó, se sintió atrapado; empezó a contestar pero el instinto de sobrevivencia lo detuvo.
– Al sesenta y…
El taxista echó una mirada fugaz al espejo retrovisor. El elegante caballero buscaba abrir la puerta del taxi para escapar. Todo quedaba claro.
¡Scriiich!
El taxi frenó abruptamente y se hizo a la orilla.
– Así que usted viene arreglarle la bomba a mi mujer ¿no?
– No. Bueno creo que sí. Está ya muy deteriorada y…
– Mire. No se haga una chaqueta antes de coserse unos pantalones.
– Espere, hágame el favor de escucharme; ¿yo que iba a saber que ella….
– Usted no, pero yo sí. Ahora es el momento de decírselo. ¿Usted cree que la recogida que le di fue accidental? Lo estuve esperando.
– ¿No me diga que me aguardó parado hasta que saliera?
– Si. Un buen rato por cierto. Y una vez aquí dentro le iba y le voy a desparramar toda la verdad.
– Sáqueme de la duda, de una vez, por favor..
– Mire, y ahora que lo pienso, no me voy a quedar aquí como el naranjero, pelando para que otro chupe, ¿verdad?.
– ¡Bueno ya! Deme una explicación, por favor, estoy muy confundido.
– Se la dejo ir derecha. Su mujer y yo nos queremos. Pensamos escapar juntos. Vine a decírselo. Lo esperé a la salida para confesárselo, pero no contaba con esta sorpresa que me ha dado usted.
– ¡Qué dice! ¿Sorpresa? La mía. Esa es más dura. Se la pongo así: Usted sabía que mi mujer estaba casada, en cambio yo, qué iba a saber que la señora del 69 era su m……
– ¡Espere! ¿Dijo usted del 69?
– Sí, 69, se lo puse bien claro.
– ¡No le haga!… Este… ¿69 eh?.. Mmm… Bueno… Entonces, mire, cuando acabe de trabajar ahí, ¿puede venir al número 62 para arreglarle la bomba a mi mujer?

Microbios negros, Sarainés Kasdan

En el verano de 1999, a trescientos metros de profundidad, en el socavón de una mina sudafricana, un grupo de científicos descubrió por casualidad una comunidad de microbios que habían permanecidos dos mil millones de años intocables en su mundo subterráneo.

Cuando los organismos salieron a la superficie buscaron desesperadamente huéspedes humanos dónde alojarse y saciar el hambre millonaria.

Algunos organismos se quedaron a vivir con los hombres de ciencia; otros eligieron cuerpos más jóvenes y flexibles entre los pueblos vecinos. Hubo quienes esperaron mejores oportunidades. No obstante la invasión, ningún infectado murió o padeció enfermedad conocida o inédita, nadie presentó cambios físicos o estructurales, no hubo contaminación.

El cambio fue mínimo y se dio en el mundo de las ideas. Los microbios se alojaron en el centro de la conciencia y la despertó o la iluminó. Los portadores modificaron el paradigma del infectado y se desplazaron de la dominación y el control de la naturaleza a la cooperación y la no violencia. Se volvieron gradualmente más tolerantes, más compasivos, espiritualmente mutaron. Sus hijos presentaron los mismos síntomas, una sensibilidad más abierta al dolor humano, mayor vergüenza por las injusticias.

Aquellos hombres y mujeres viven en África, en un continente predestinado a desaparecer, en una tierra en donde la muerte se quedó a vivir holgadamente.

De ahí saldrá seguramente una nueva civilización que contagiará a sus hermanos. Si tienen éxito, la revolución de la conciencia verá sus frutos en los nietos de nuestros nietos. Si no la tienen, no habrá futuro que lamentar.

Es raro el amor, Mónica Gameros

Es raro el amor,

es un monstruo que nos aguijonea y luego nos abandona en el basurero,

a merced del idealismo, del vacío, de la adicción.

Es tan raro el amor: un fenómeno neuronal dicen los que fríos observan la vida tras el cristal;

una tragedia dicen las que mueren de amor al encontrar el camino al suicidio,

la mejor de las drogas digo yo, cuando después del beso viene la euforia

y arde mi piel.

Es raro el amor: un beso cálido, el último abrazo,

una palabra flotando en la habitación del hotel,

en el callejón solitario, en el asiento trasero del auto,

en las azoteas de esta ciudad.

Es imperfecto el amor, insólito viene de improviso: puede dejarnos en silencio,

arrancarnos un grito, un lamento, una sonrisa impertinente en medio del comedor,

en medio de un cementerio de muecas sombrías.

Es extraño y raro el amor: una bomba de adrenalina,

un impulso para seguir con la vida, incluso

una ironía que nos indica el camino a la locura.

A veces pienso en el amor como un mito,

es uno, sus tonos, sus matices, su brillo

cambian de acuerdo al monstruo que soy y al monstruo al que amo,

es uno con el que comparto los besos, es otro con los suspiros y

es diferente cuando me tragan los silencios, esos espacios de tiempo

en los que nos observamos y nos reconocemos.

Es loco el amor, puede llevarnos a las cenizas,

o transformarnos e impulsarnos

para estallar la bomba que termine con este infierno.

Hierba mala, JCPozo

La muerte se encontró por accidente a un muerto al que se le había olvidado llevar; y de eso ya hacía mucho tiempo. El muerto había muerto de viejo, pero cosas del azar, ni su conciencia ni la muerte se habían enterado de ello..

Así que sin notarlo mucho, el muerto siguió viviendo, y viviendo, y viviendo.

Con su aparente y temporal inmortalidad, pues tarde o temprano la señora de negro te encuentra y te lleva, no se exponía al principio a grandes peligros, pues a su edad no tenía mucha movilidad. Comúnmente veía el pasar de los días echado en su mecedora. Con el tiempo, empezó a aburrirse de estar viejo y muerto. Se acostumbró a que todo le pasara aunque nada le doliera, y claro, ya estaba muerto, cómo le iba a doler. Pero al saberse invencible, gradualmente se hizo más y más cruel; le divertía tener el control de sus circunstancias y el destino de la gente. Su presencia cobró más fuerza con el vértigo que da el poder y entonces le dio por gobernar. Arrasó pueblos, separó familias, quemó villas, dobló voluntades y rompió esperanzas. Pero de eso también se aburrió.

Había ya decidido tomar medidas drásticas para acabar con su tedio, y tenía la esperanza de volver a morir, acaso, de encontrarse a quien se olvidó de él.
Cuando por fin se encontró, de casualidad con la muerte, la inexorable mensajera le preguntó que dónde había estado, que dónde se había metido.

“Estabas tan ocupada en tu trabajo”, le dijo el viejo, “que nunca viste quién era quién te lo daba.Y yo, invocándote con mis muertes para que me vinieras a rescatar. Ahora que, asumo, me llevas, conmigo te llevarás también a todos los demás .”
Se quiso asegurar el viejo, que esta vez le había llegado el momento.

En eso se oyó un fuerte estallido, bañó al cielo una luz cegadora y luego… tierra, una lluvia de tierra; por todos lados, solo tierra; pasó un tiempo inexistente cuando finalmente el humo que dejó la tierra se disipó. La muerte se enfocó en la apocalíptica escena que quedó y se encontró con que le esperaba una muy ardua tarea, esta vez serían tantos desfilando en su barca que jamás terminaría su labor.

Y tan hundida en esa reflexión estaba, que mientras cargaba con los primeros pasajeros, a la muerte de nuevo ese muerto se le olvidó.

Que tanto y tanto amor se pudra, oh dioses, Eduardo Lizalde

Que tanto y tanto amor se pudra, oh dioses;
que se pierda
tanto increíble amor.
Que nada quede, amigos,
de esos mares de amor,
de estas verduras pobres de las eras
que las vacas devoran
lamiendo el otro lado del césped,
lanzando a nuestros pastos
las manadas de hidras y langostas
de sus lenguas calientes.

Como si el verde pasto celestial,
el mismo océano, salado como arenque,
hirvieran.
Que tanto y tanto amor
y tanto vuelo entre unos cuerpos
al abordaje apenas de su lecho, se desplome.

Que una sola munición de estaño luminoso,
una bala pequeña,
un perdigón inocuo para un pato,
derrumbe al mismo tiempo todas las bandadas
y desgarre el cielo con sus plumas.

Que el oro mismo estalle sin motivo.
Que un amor capaz de convertir al sapo en rosa
se destroce.

Que tanto y tanto, una vez más, y tanto,
tanto imposible amor inexpresable,
nos vuelva tontos, monos sin sentido.

Que tanto amor queme sus naves
antes de llegar a tierra.

Es esto, dioses, poderosos amigos, perros,
niños, animales domésticos, señores,
lo que duele.

Aquí entre nos, JCPozo

Pedro sale a la calle cuando amanece, esperando ver el sol.

Hoy le da por saludar a toda la gente que se encuentra alrededor.

Tiene ganas de amar y ser amado, va perfumado y de buen humor.

Una flecha en el aire se le ha clavado y le ha alcanzado el corazón.

Día en que Pedro ha perdido por completo la razón.

Pedro sale contento cuando amanece, se ha bebido el dorado sol.

Hoy a los padres de ella va a proponerles, que les dé la bendición.

Él ya empezó a trabajar, tiene un buen salario y ella al fin terminó la universidad.

No puede haber en el mundo ya nada extraño, que les impida su felicidad.

Mas el padre de ella guarda un secreto que hoy tendrá que confesar.

Le atormenta pensar que sean hermanos y ya no sabe cómo decir la verdad.

Y hoy habrá de confesarlo, pues con o sin permiso se van a casar.

Él bien sabe que en una de esas convenciones, con su comadre dieron vida a ese varón.

Y decidieron no dar pie a los rumores, ocultándole al mundo la razón.

Ahora es tiempo de aclarar otro secreto que tenía bien guardado la mamá.

En un verano de fricción y sufrimiento, en brazos de otro, alivió pronto su penar.

La madre osó confesarlo primero. No permitiría que su hija se fuera a casar.

“Fue un verano que nos peleamos tú y yo; y en la distancia, Luis me calmó el estrés.

Su hijo es el hermano de tu hija Leonor. Espero me perdones alguna vez”.

La mujer esperó la furia del esposo, pero, no; al contrario, resultó al revés.

El aliviado infiel le dice con gozo: Qué bien, pues que se casen de una vez.

“Yo también te engañé ese verano con la mujer de tu amante, de mi buen amigo.

Así que aquí entre nos, esto lo enterramos y bendecimos a nuestros dos hijos queridos.”

Marta y María, Agustín Yañez

Huérfanas, desde muy chicas las recogió su tío don Dionisio, cuando estaba destinado en Moyahua. La madre de las niñas era hermana del eclesiástico; el quebranto de la viudez y el clima del cañón la mataron en breve, y aquéllas quedaron al amparo de la abuela, que tampoco les duró mucho, pues al venir al pueblo el asma de la anciana se recrudeció y la condujo al sepulcro. Fue grave crisis para don Dionisio el de su personal orfandad —siempre se sintió niño junto a su madre—, agravada con el problema de aquellas muchachitas, no sólo incapaces para hacerle casa, sino urgidas de cuidados especiales, de educación y de ternura. Sólo Dios sabe cómo ha ido saliendo de tal apuro, los esfuerzos de delicadeza y rigor, el equilibrio de circunspección y asistencia en todos los órdenes. Marta tiene ahora veintisiete años y María veintiuno. El alma de Marta está tocada de penumbra; la de María es radiante, sin que la común inhibición la haya opacado en modo alguno. Marta es pálida, esbelta, la cara ovalada, las cejas nutridas, grandes las pestañas, los ojos hondos, la boca exangüe, la nariz afilada, sin relieve los pechos, el andar silencioso y lenta la voz; María es morena, la cara redonda y sanguínea, la boca carnosa y coronada de ligerísimo bozo, los ojos grandes y glaucos, de rápidos movimientos, el timbre de la voz grave y juguetón. Enérgicas una y otra, serena es la mayor, impaciente la pequeña. Nunca han salido del pueblo; pero la secreta, cada vez más íntima e imposible ambición de María es conocer siquiera Teocaltiche; antes gozaba —todavía, sí, recónditamente, muy a solas, todavía, sin que nadie lo sepa ni lo imagine—, goza figurándose cómo será una ciudad: León, Aguascalientes, Guadalajara, Los Ángeles (donde vivió su padre), San Francisco (donde murió), Madrid, Barcelona, París, Nápoles, Roma, Constantinopla; le gusta leer: casi sabe de memoria el Itinerario a Tierra Santa y la novela Staurofila; como no acierta a conocer lo que disguste a su tío, y han sido frecuentes, duras, las reprimendas por ese vicio, lee a hurtadillas; tenía pasión por los libros de geografía, pero tanto la exaltaban y con tantas preguntas colmaba la paciencia de don Dionisio, a quien importunaba para que la llevara a alguna de las peregrinaciones, que éste acabó por quitárselos y prohibírselos; cuando llegan cartas, anuncios y periódicos destinados a su tío, se le van los ojos tras de los sellos postales que dicen claramente: Guadalajara, México, Barcelona, París; en los calendarios que anuncian vinos de consagrar, velas, artículos religiosos, etcétera, no se cansa de leer las direcciones: Madrid, calle fulana, número tantos; y los periódicos; quién sabe si por ella su tío no reciba más que revistas religiosas y La Chispa; dejó la suscripción de El País, que traía bonitos figurines y noticias interesantes; el Padre Reyes todavía la recibe y le presta algunos números al señor cura, que María lee a la descuidada; últimamente estaba leyendo Los tres mosqueteros; pero ya no ha podido ir a casa de Micaela Rodríguez, que trajo el libro, de México. Micaela era su íntima amiga; desde chicas congeniaron; ahora que volvió de México no hallaba dónde ponerla para que le platicara todo, todo lo que había visto; ¡qué admiración y hasta envidia! ¡qué vestidos! Volvió medio cambiada, medio chocante, orgullosa y media; todo se le podía pasar por haber estado donde estuvo y haber conocido tantísimas cosas de milagro: el cine, los teatros, los restaurantes, el tren, los tranvías; pero sucedió que a don Dionisio no le parecieron bien ciertas pláticas de Micaela y menos sus modas dizque indecentes, prohibió a María que siquiera la saludara y amenazó con despedir a la amiga si volvía a poner el pie en el curato. En general no le gusta a su tío que tengan amistad con nadie; cada día es más retraído con ellas, apenas les habla lo indispensable, se da a entender con los ojos, con la actitud; cualquiera diría que no les tiene ningún afecto, a no ser por algunos detalles elocuentes: el año pasado, por ejemplo, María estuvo gravemente postrada con una fiebre intestinal y don Dionisio anduvo como loco, más que si fuera su padre.
María y Marta son, en efecto, las cuerdas sensibles del viejo cura: la violencia con que trata de disimular el cariño que les profesa es el mejor testimonio de la profundidad con que las quiere. En lo íntimo, la predilecta es María, que vino a su amparo pequeñita, de unos cuantos meses, a quien enseñó a hablar, a rezar, a leer (qué íntima ternura cuando lo recuerda); quizá también por su genio difícil que tan frecuentes dolores de cabeza le proporciona. Marta es la sobrina de las confianzas: lleva las cuentas de la casa y de la parroquia, guarda y distribuye el dinero, es el ama del hogar. ¿Qué haría humanamente si le faltaran aquellos retoños de su sangre, casi criaturas suyas, qué haría sin ellas el anciano?

No me ocupa, Eglé Flores

No me quita el sueño si virgen hasta el matrimonio, jamás tocada, reina del poliamor, todas en una. Si cabalga unicornios, espera príncipes, devora princesas o está a dieta. Si nació con pene, sin él, o compró uno con velocidades en la sex shop de confianza.

No me indigna que se desconozca en orificios, o se defina en terminaciones nerviosas; que le guste clitorial, vaginal, ambos; que no llegue porque el tantra y el orgasmo cósmico, porque el placer permanente, porque mucha mente y dogma.

No me ofende si parió a los cuarenta porque la maternidad, a los veinte por desconocerla, nunca. Si trajo al mundo lo que Dios dispuso o abortó sin causal, por gusto, porque dueña de su cuerpo.

No me afecta si da teta durante años, porque la salud, porque la liga de la lactancia; si ensarta fórmula al mes, al día siguiente, porque las chichis caídas, la chamba y la política lesa, inexistente. Si trabaja o se queda en casa. Si house schooling, generación Waldorf o ‘dios te salve maría’ en la guardería.

No me incomoda si brasileño, rebaje lateral o selva tropical, si trenzas en las axilas o rapado clínico. Si sonrisa bótox, implantes 38D, arrugas a mucha honra, celulitis digna.

No me aflige si zapato de tacón, de piso porque la espalda, la revolución femenina… o porque así le gusta nomás. Si las prefiere cortas, largas, ceñidas, aguadas o mejor bluyines, o mejor burkinis.

No me limita si tiene pasado, si viaja sin él. Si la luz, la sombra, la escala de grises. Si feminista de derecha, de izquierda, de extrema frontal, gancho al hígado.

Qué soy, qué sea, qué seamos: no me inquieta.
No me tortura, ni me estorba;
no me confunde, no me reduce;
no me coarta, ni me obsesiona.
No me ocupa, no vivo en su carne, no siento en su sexo.

Corriendo, JCPozo

Se hizo de papel
mi cuerpo de tanto correr
ligero, cuando me perdí
entre la gente que llegó
igual que yo a esta tierra,
con la pena
de dejar atrás el cora…

Son que me movió
a ver la vida cual canción,
que cuando me toca llorar
lanzo mis cantos hacia el mar
y fluyo con el viento,
si contento,
le hago frente a la adversidad.

Y claro que uno tiene que tener
valor para enfrentar  una nueva realidad;
ser firme y defender la verdad y la razón
poniéndolas de ejemplo.

Solo condenamos nuestra causa si no actuamos con respeto y nuestros actos no señalan todo el tiempo, lo mejor que poseemos desde el fondo de nuestro corazón.

Una mujer que me quiera;
nuevos amigos con quien cantar;
y correr,
lo más veloz que se pueda correr;
como va el viento, así poder correr;
libre de ir corriendo.
y correr,
lo más veloz que se pueda correr;
como va el viento, así poder correr;
libre de ir corriendo.

Por ti daría tu vida, Lauro Ayala.

Era una chica linda, no cabía la menor duda: la más linda de toda la escuela. Podrás imaginar unos ojos verdes, azules, oscuros o avellanos en una angelical cara blanca donde su albura era envidiada por la luna llena, y donde su silueta de luna menguante hablaba de un cuerpo casi creado por los Dioses.

Los de ella eran avellanos, y cada vez que salía al pasillo o se sentaba en las escaleras a fumarse un cigarro, mi mente volaba en fantasías censurables por la misma conciencia.

Normalmente no soy tímido, pero cada vez que intentaba siquiera acercarme a ella, una cohibición que opacaba mis agallas hacía que diera la vuelta y me fuera en otra dirección.

Una chica como ella, de tal belleza impactante, de tal embeleso arrobador, debía ser, no cabe dudarlo, tan pura de sentimientos que si bien la canonización no le había sido otorgada era porque me pertenecía aún desde antes de la formación de los tiempos.

Quizás esa idea fue la que me alentó a conversar con ella en un hermoso día de exhuberante sol. (Lo recuerdo bien: casi el mediodía con los árboles en calma y un viento que los mecía con suavidad).

Platicamos un rato, encendí su cigarrillo y me fumé uno también: siempre es tan emocionante conocer a las personas por primera vez.

Y la invité a salir. Para mi gran sorpresa aceptó de buena gana a la primera petición.

Esa tarde perfumé mi cuerpo con las más caras lociones que había traído de Europa, y me vestí con las galas más impactantes para poderle causar una buena impresión. Es cierto que muchas veces la ropa es un disfraz social, pero también lo es el hecho de vestirse adecuadamente a la situación.

Fuimos al cine. No recuerdo la película (¿Quién la recordaría al lado de una mujer tan hermosa?). Escuchaba su suave respiración entrar por su nariz y resonar en sus pulmones con un eco tan excitante que me hacía latir el corazón tan aprisa como se tocan los tambores en las selvas perdidas.

¡Ah!: estar cerca de ella y sentir el roce de sus ropas contra las mías, perderme en su delicado perfume más parecido al nenúfar que alguno hecho con anterioridad.

No la podía dejar escapar, así que le mentí y le dije que yo cocinaba tan bien que garantizaba su satisfacción después de haber probado uno de mis guisos.
La llevé a la casa, y encendí unas velas, y argumenté que era demasiado tarde para que le cocinara algo, así que de buena gana, y con una sonrisa inescrutable en el rostro, aceptó pedir una pizza por teléfono.

Cenamos en calma, luego platicamos largo rato.

¡Oh Dios mío!; le pegué tan fuerte con el puño que la mandé casi inconsciente de bruces al suelo.

Yo no quería hacerlo, ¡lo juro!.

La había tomado del cuello cuando me pidió que la llevara a su casa para darle un cándido e inocente beso, pero se negó al instante y volteó la cabeza. Yo sólo quería besarla; no tenía por qué forcejear conmigo ni mucho menos voltearme la cara.

Cuando aquella a quien se ama en cuerpo y en alma se niega a acceder o forcejea con uno, es imposible el evitar ese sentimiento de ridiculez que invade el cuerpo no sonroje las mejillas y lo haga sentir a uno estúpido e impotente.

En el suelo no la hubiera pateado tan fuerte si en ese preciso instante no me hubiera amenazado con mandarme golpear con alguno de sus hermanos; y es que sentirse chantajeado por una mujer es por demás humillante y terrible.

Cuando se me fue encima para huír de mi casa le rompí un brazo, creo, pues el grito de dolor que invadió la sala, su rostro pálido, doliente, sudoroso, no indicaban otra cosa.

Saqué el machete entonces y le corté el cuello sin dudarlo ni un segundo. Sabía que las cosas habían llegado demasiado lejos, y sabía también que estaba metido en un serio embrollo del cual no podría salir si la dejaba traspasar el umbral de su libertad.

Y es que la amaba tanto, ¿qué es tan difícil para una mujer entender el amor de un hombre?.

Como buen romántico y bohemio que soy le abrí el pecho para sacar su jóven y rozagante corazón, pero no soy tonto, y muy al contrario, todo un estudioso de la universidad, tanto así que conocía a la perfección que el sentimiento no solamente nacía como un vahído en el corazón, sino como la reacción eléctrica en alguna parte del cerebro.

Fue por eso que también le abrí la cabeza para tomar sus hermosos, pensantes sesos.

Los guardé en el refrigerador, pues de tal manera tendría su corazón, su sentimiento y su amor para el resto de mi vida, y con sólo ir a verlos podría inspirarme para escribir los versos más hermosos y románticos que mujer alguna hubiera recibido antes.

El cuerpo lo hice trocitos muy pequeños (tarea que debe aceptar, me tomó varias horas) y lo arrojé por la cañería.

Al fin y al cabo: si se tiene el amor de una mujer, ¿para qué queremos su cuerpo?

Las arpías, Rene Aviles Fabila

Las arpías fueron contratadas por un laboratorio especializa­do en vitaminas y complementos dietéticos, para anunciar sus nuevas píldoras estimulantes del apetito. La publicidad del producto comenzó por radio y televisión. (Por radio, afor­tunadamente, sólo se escucha música electrónica, las voces de las arpías y el murmullo tenue del anunciador. Pero no sucede lo mismo en la televisión: aparecen las aves de horri­ble cabeza de mujer, rostro blanquecino, cuerpo de buitre, garras de buen tamaño, contorsionándose y cantando algo incomprensible. Al fondo, una mesa colmada de viandas, a todas luces suculentas. El anunciante, de negro implacable, muestra las píldoras en su frasco, traga cinco y dice con voz melosa, cursi: Tómelas a diario y tenga tanta hambre como una arpía. Pero he aquí que las arpías, súbitas, con horrible vuelo, han bajado… y cuan grande son baten sus alas y arre­batan los manjares y con contacto inmundo los infeccionan todos; su canto es agrio entre su hedor horrible. El mismo locutor colabora en forma salvaje, despiadada, evadiendo las reglas de urbanidad.)
Al descubrirse más tarde —por medio de un muestreo— que un gran sector del pueblo no escucha radio ni ve televi­sión, por carecer de ambos, los publicistas insertaron el anun­cio en los periódicos y las revistas de mayor tiraje. Y para coronar su obra, por toda la ciudad —en edificios, en gran­des y pequeñas avenidas, en zonas marginadas, sobre monu­mentos de hombres ilustres y héroes nacionales, en institu­ciones culturales, y en otros sitios— se colocó el comercial, en la forma más estratégica y audaz que se pudo.
Como es de suponerse, tanto televidentes, radioescuchas, peatones, lectores, obreros, intelectuales, como la. población en general —viendo o escuchando el anuncio— compraron las píldoras en cantidades prodigiosas. Desde luego, agota­dos los alimentos, el apetito los condujo a incrementar el canibalismo.
Pero esto no es muy importante. Hay otra historia que se inició con la pugna entre dos laboratorios particulares, cuyos propósitos eran bien generosos: ayudar al control de la nata­lidad, frenando el excesivo número de nacimientos ocurri­dos en el planeta. Un laboratorio se dedicó a producir millo­nes de preservativos y anticonceptivos. Cosas conservadoras y hasta retardatarias. El otro siguió un camino complejo y verdaderamente antitradicional. Sus resultados ya se cono­cen (andan párrafos arriba); gracias al canibalismo, el pro­blema de la sobrepoblación ni existe ni amenazará al mundo jamás. Por supuesto, hay un departamento que reglamenta las edades de los individuos que van a ser comidos, a fin de proteger la especie humana, de preservarla de la extinción. Así nos mantenemos con un número razonable de habitan­tes, sin problemas alimenticios. Por lo demás, las parejas pue­den hacer libremente el amor, a plenitud, cuantas veces les venga en gana, sin el ancestral temor a las explosiones de­mográficas. La Iglesia, por sus conductos periodísticos, y en excelente italiano, notificó que aceptaba tal método para con­trolar la natalidad, por considerarlo eficaz, sano y adecuado a las necesidades de los hombres, no sólo en el plano terrenal sino también en el espiritual. Sus argumentos al respecto son dos únicamente, pero sólidos como las piedras de San Pedro, allá, en el Vaticano. Primero: ya no se recurre a anticoncep­tivos, abortos y cosas sacrílegas. Segundo: se cumple con un ancianísimo precepto cristiano: comed que éste es mi cuer­po, bebed que ésta es mi sangre.

Ternura, María Saucedo

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Necesito un árbol en mi vida,
que tenga raíces,
que dé sombra.

Un árbol que acaricie la tierra
que se deje besar por el viento,
que beba las lágrimas de mis nubes negras.

Necesito un árbol que me cubra el cuerpo
con sus ramas
rescatándome de los insectos,
de las tempestades, de las aves
parranderas.

Un árbol que me entregue al sol,
que me cuente de las estrellas
que me arrulle bajo la luna.

Necesito un árbol que me de calor en el invierno,
frescura en el verano,
fruta en la primavera, y
que me entierre bajo su origen en el otoño.

 

Es el mezcal, la migra y algo más, JCPozo

Hallábame yo frente a la barra de un ahumado tugurio californiano echándome unos buenos mezcalitos, cuando junto a mí se sentó un señor de rostro cansado y agradable que al verme me preguntó sonriente qué era lo que yo tan gustoso tomaba. Le contesté que “¿qué más, amigo? Pues mezcal, mi buen”, y me comentó emocionado su gran afición también a tan maravillosa bebida.
-¡Ah, mezcal- declamaba el recién llegado -sangre de la tierra!
Le pidió al cantinero lo mismo que estaba tomando yo y claro, (el mezcal no falla) a los primeros dos tragos, empezó a desanudar una pena que tenía atorada en la garganta y estaba a punto de reventar.
– Mire amigo. Vivir con decoro tres décadas, ¿para qué? –me decía muy afligido.  -¿Para que  sin decoro ahora vengan y me quieran sacar de aquí, de donde con mis manos he construido no solo el mío sino varios otros futuros?
Yo sabía perfectamente lo que él quería decir.
– Vivir todos los días dando el ejemplo de frente a tus hijos y que los inocentes te vean petrificado por el miedo de salir a trabajar, a ser deportado. ¡Qué crueldad!, ¿no, cree? En cambio… ¡qué diferencia de otros tiempos, ¿no?! ¡Qué bonita es la libertad! ¡Salud por ella.
– Sin duda, don, sin duda. Salucita. – le dije.
– Si viera, amigo –prosiguió mi acompañante – qué nostalgia me da: vivir sin temor a la vida; jugar toreando carros en las esquinas y con los amigos vagar por las calles platicando acerca de cambiar el mundo o de lo que sea, con tal de convivir con ellos. ¡Qué lindo era ese sentido de despreocupación, ¿no?! cuando que más nos angustiaba era que se escondiera rápido el sol y no pudiéramos seguir jugando el partido.
– Sí, por supuesto -le digo -Quizás por ser tan libres, es que nos dura tan poco la niñez.
Ahora que yo lo veía de cerca, advertía en mi interlocutor una mirada profunda y de vidrio soplado: un reflejo desigual que irradiaba melancólica resignación y se proyectaba en todas direcciones desde las ventanas de esa mente que parecía tan despierta.
– Ahora tiemblo de que la vida se me vaya, de que me tenga que esconder por siempre detrás de las paredes, en las rendijas de un rincón familiar para que no me agarren. La condena de ese enclaustro es brutal, amigo, francamente brutal.
– Lo entiendo perfectamente, no crea, don –le dije, mientras chocábamos los vasos diciéndonos “salud”. -Pero ¿sabe usted que es igual o más brutal?
– ¿A ver, qué puede ser peor, amigo?
– El odio, mi buen; el rencor ignorante, una bestia que causa miedo, que manipula las opiniones. No amigo, a ese animal le provocamos indigestión.
– Tiene usted razón, ese odio arruina una y con ellas miles de vidas más. ¿Qué hago si a donde quiera que voy tengo que esconder la palabra y el color?
– Es como quedarse plantado en la tierra sin poderse mover, don,  y solo nos quede ver pasar las aves ¿no?
– ¡Ándele, usted si sabe! – me dice brindando -.  Algo así como un árbol cuyo ciclo ha terminado y  espera, envejeciendo, el momento de morir.
– ¡Caramba, don!, parece que la pena lo ha hecho poeta.
– No crea, mi amigo. Es el mezcal.
– Jajaja. Ni duda cabe. Ambrosia de Dioses. ¡Salud!
– ¡Salud!
Luego bajó la vista y se puso serio.
– ¿Sabe?… Pues… los niños, verdad… ¿me entiende? … ellos son las verdaderas víctimas, ¿no?; ellos  entienden muy poco de esto… y pues… pobres ¿no?… ellos ¿qué?
Estas palabras entrecortadas le sacaron un par de lágrimas.
–  ¿Le digo algo? – ya repuesto me dijo -. De pronto me hago el valiente, ¿sabe?  Salgo a la calle hinchando el pecho, hago las compras con seguridad y hasta saludo recio a mis vecinos y en inglés; Pero luego me entero; saco la oreja a la vida y vuelven los rumores, las historias, los tantos y tantos desaparecidos; y mis pensamientos se infestan de esos presagios que me doblan de nuevo la espina, que me regresan a mi espacio reducido y poblado, desde donde solo queda ver la vida pasar y a los hijos crecer.
-Mejor acuérdese de los buenos tiempos, mi buen – traté de animarlo pues gradualmente se me iba achicopalando.
– Eso, sí, mi amigo. ¡Salud por ellos! – me dijo haciendo un esfuerzo por animarse.
– Así mero. ¡Salud!
El mezcal, por supuesto lo animó:
– Y no se crea, así me mira ahora que ando de mata en mata; pero, he tenido mi buena ración de buenos tiempos; trabajando duro, claro, siempre trabajando sin parar; de ahí mi gran pena. Mire, le cuento: Un recuerdo de esos primeros aires, todavía lo puedo oír clarito: “Oye tú, compa, te vas a matar trabajando tanto, ¿eh?, relax, man”.  Yo solo sonreía y seguía mi tarea, como abejita. Y le hice prácticamente de todo. Y todo quedaba bien hecho, ¿eh?, terminaba a tiempo el trabajo y sin verle la cara a nadie, créame caballero, siempre he caminado derecho; quizás ese haya sido mi error. Mire, no falté a trabajar más de un par de veces en todo lo que llevo viviendo aquí y ni al doctor he ido a visitar. No; no será el trabajo lo que vaya a acabar conmigo, amigo; al contrario, ése es el que me ha mantenido tan fuerte y correoso por tanto tiempo; lo que me va a venir matando, es el vivir viendo a cada rato por atrás de mis espaldas; no saber si al día siguiente vivo bajo el mismo techo, duermo sobre la misma cama, saludo a los que quiero, a los que amo, todos los días de cada mañana. Eso, aunque diga el Papa, que no existe… es el infierno, mi amigo…
Se quedó un rato pensativo, le robó el último traguito al caballito y continuó:
– Y como todo lo bueno en esta tierra rápido se termina, a pesar del gran disfrute yo me tengo que retirar; así que deséeme suerte que ya no lo agobio más con mis problemas.
– No diga eso, don – con energía le digo -.  Al contrario, no solo fue un placer, sino que sus problemas son los problemas de todos.
Quiso pagar su mezcal, pero se lo impedí. Me agradeció sinceramente y me dijo con un guiño de ojo que realmente deseaba que nos volviéramos a ver.
– Seguro de ello, don – le dije, sin aún haberlo podido constatar.
Lo vi alejarse, caminando con paso cauteloso, encogido de hombros y tapándose la cabeza con la capucha de su suéter.

 

La sabiduría del alba, Humberto Guzman

Despertó a la mañana siguiente del último insomnio. A la luz del día cada parte del mobiliario de la habitación, aunque elegante, parecía demasiado doméstico. Nada recordaba los terrores nocturnos sufridos todavía un rato antes. Se volvió sobre sí y se arrastró por la cama hasta encontrarse con el muro de espejo. Miró su imagen largos minutos; supo que había recobrado la tranquilidad, pero con ella también el cansancio.

La blancura de su cuerpo que, como la luna, apenas unos minutos antes parecía tener luz propia sobre las sábanas negras de la cama, ahora era el color blanco mate de un cuerpo largo, agotado y desde la perspectiva de su mirada, sin estilo.

Su rostro se veía demacrado; el resto del maquillaje la mostraba algo extravagante. El pelo negro, corto y revuelto, era la sombra de un peinado de moda.

No tuvo aliento para emitir un gruñido de enfado. Siguió mirando sus grandes, bellos, penetrantes ojos oscuros, con un brillo que conducía de inmediato a la sensualidad.

Sufrió un estremecimiento. Retrocedió como un cangrejo pero con el cuerpo arqueado como un gato. Abrió la boca; un momento después dijo entre dientes, pero si soy bella, hizo un gesto y terminó, irresistible…, mientras permanecía en una posición de loba.

Se sentó en la orilla de la cama enorme. En el muro de espejo destacaba el perfil de un cuerpo ciertamente hermoso. Tomó su bata de seda color plata de la alfombra y se la puso sobre los hombros con desdén. El interior de su cabeza era como una casa amueblada pero sin morador alguno. Su cuerpo era un hermoso animal agobiado por el cansancio.

¿Al cuarto de baño, a la cocina, al guardarropa?”

Con la bata sobre los hombros se puso de pie, dio unos pasos e indecisa se detuvo en medio de la habitación. En tanto que su cuerpo era deformado, fragmentado una y mil veces por los tubos niquelados que componían una escultural lámpara de pie.

Volvió la vista y encontró otra vez su cuerpo dividido en el tubo corto y ancho, niquelado también, que era la lámpara de cabecera. Recordó, con la boca seca y probablemente con mal olor, cuando en sueños entra, desnuda, por la boca de un tubo muy grande, sigue entrando, pero sin terminar de entrar jamás.

Sus brazos colgaban, y los dedos largos, finos de su mano derecha buscaron su pubis oscuro, terso. Afuera, la luna era el sol. Sin embargo, por su mente pasaron algunos seres en diferentes poses y actitudes de franca idolatría. Su cuerpo se reflejó completo, majestuoso, como una revelación, en el muro de espejo. La bata color plata había resbalado de sus hombros como una inmensa gota de vacío.

Eran, en realidad, dos cuerpos iguales, perfectos. Tal perfección no hacía raro su aburrimiento ante la sumisión ajena. Entrecerró entonces los ojos y alcanzó a ver a su imagen que entrecerraba los ojos, con los labios inflamados de placer, mientras acariciaba, con la punta del índice, la pequeña y sensible protuberancia del clítoris que no se sabía si era el de ella o el de la otra.

 

En tierras del vampiro, Rene Aviles Fabila

…Drácula no ha muerto del todo, y resucita entre las tinieblas.

Francois Truchaud

En un lugar no lejano de la célebre Transilvania (donde na­ció, asesinó y falleció el conde Drácula), al pie de los Cárpatos, existe un pueblo que cultiva con esmero las leyendas: son su historia y su realidad. Y las actividades cotidianas tienen mucho que ver con esas tradiciones que los niños aprenden y respetan desde los primeros años. La superstición más im­portante (eje de su vida) es la que prevé la resurrección de Drácula, quien regresará del más allá para nuevamente ate­rrorizar y desangrar a los pacíficos lugareños. Esta creencia es de sólido andamiaje: ¿acaso no volvió Lázaro de entre los muertos y Jesús no “resucitó al tercer día”? Por qué razón, entonces, dudar de los poderes del vampiro. A causa de ello la población se preparó para enfrentar su abominable retorno mediante una idea salvadora: crear un banco de sangre don­de los habitantes mayores de quince años tienen la obliga­ción de depositar cierta cantidad semanaria de líquido vital. De este modo, cuando el temible suceso ocurra, tendrá el volumen necesario para satisfacer el voraz apetito del mons­truo. Con tal solución cualquiera podrá salir por las noches a la calle sin temor o dejar abiertas sus ventanas (aunque algu­nas personas, menos optimistas o más miedosas, sugieran que cada noctámbulo lleve consigo una botella con dos o tres li­tros de sangre para ofrecérsela al abyecto ser en caso de sú­bita aparición: bien podría suceder que su hambre le impida llegar al banco y se detenga ante una suculenta yugular)1. A cambio del alimento, las autoridades propondrán al conde Drácula un trato razonable y equitativo en el que fincan el progreso económico del pueblo: su autorización para que durante el día, mientras descansa del festín sanguíneo, su fé­retro abierto sea expuesto a la curiosidad turística.

 

 

Árbol de la vida, JCPozo

Arrastrada por el viento, una semilla errante caía, enterrando el cascarón dentro de una maceta que solo tierra tenía.

Con el tiempo y como era el esperar de la ciencia, le fueron creciendo rasgos vitales. El sol y la nube con paternal sentimiento ayudaban en el proceso. Pronto, saliendo a la superficie, apareció lo que parecía ser una humilde y temblorosa vainita de frijol que luchaba arduamente por enderezar su tallo. La cobija de la noche tapó y destapó a un cielo que por primera vez se abría en presencia de un testigo.

La Nada empezó a temblar, temía el ocaso de su reinado.

Por fin, con ayuda de una hojita, logró enderezar su tallo que orgulloso lucía su primera ramita.

Una mañana al levantarse, la plantita notó que de su rama se asomaba un bulto pequeño. No le dolía nada, pero sentía un gran hormigueo por dentro, como si bajo esa burbujita opaca de párpados verdes, se amontonaran millones de seres ávidos por salir; por correr libres al viento como ríos de lava saliendo por la boca de un volcán. Era un aviso de lo enorme que venía creciendo su raíz. Para entonces, la maceta ya le había servido de alimento a las raíces que crecían como tsunami multi furcados. La protuberancia en la rama creció y creció llegando a ser un gigantesco capullo. Lentamente el botón se fue abriendo y lo primero que salió de él fue una hermosa flor cuyo orgullo y esplendor iluminaron la bóveda celeste. Símbolo divino, salía llena de tanta vida que de vida llenaba hasta a los huesos de la muerte. Valiente por ser la primera, se aventuró a aparecer como una especie de mensajera para todos aquellos que esperaban el turno de salir. Revisó el espacio, respiró su aire, constató el clima. Todo era perfecto. Todo le sentaba bien. Se llenó de vida despidiendo vida y terminando así, la larga sequía de la tierra. Esa semilla que apenas iba germinando, se convertiría en el árbol, más frondoso, más sabio; en una fuente de vida para todo lo que germina, para todo aquello que llega a ser. Tronco de vida que atraviesa el cielo, ramas sin bordes, hojas de ideas que al caer son recuerdos, huecos profundos de profundos latidos, frutos, flores y el color de los sentidos

Pasó épocas de gran esplendor y paz; pero también pasó por tiempos trágicos y epidemias de altas fiebres; sin embargo, a pesar de las adversidades y marchitamientos se había mostrado siempre fuerte, invencible, generador prolijo de infinitos frutos…

Hasta ahora…

Se le ha detenido la savia; se le han ido las fuerzas; ha caído enfermo de excesos y lo que es peor, ya no cabe en la tierra. Su conciencia le ha alertado que es tiempo de un último poema:

Me encuentro abrumado”, se dijo,

por todo lo que al final ha sucedido.

Todo lo que he parido me ha dejado agotado.

Presiento el fin de mis amigos,

de mis hermanos,

de mis fértiles nidos,

de la brisa de mis océanos

de la vibración de mis sentidos

en la guerra o entre enamorados;

se me fueron las ramas,

brotaban y brotaban y no las pude parar.

Ya no quepo en mi tierra; crecí de más.

Así es la vida. Ayer naciste, mañana morirás.

Se acerca el momento en que termine la mía

y con ella, todo lo que de mí haya podido emerger.

Pero yo le aseguro a la Vida, que algún día he de volver”.

En eso, tembló la tierra…

Después de un fuerte tronido, el cielo fue una sola nube negra que al disiparse descubrió el vacío. Paso el tiempo infinito. La nada de nuevo descansaba serena en el frío.

Hasta que una mañana, un conocido sentimiento de angustia la atacó…

Arrastrada por el viento, una semilla errante caía, enterrando el cascarón dentro de una maceta que solo tierra tenía…

Alacrán, JCPozo

Al momento de verla en la playa, a don Alacrán Cavador se le puso la cola bien en alto y el aguijón, fijo e inclinado al horizonte, a punto de reventar. No eran rumbos que él acostumbraba a frecuentar, pero lo habían traído hasta allá unas viejas cobijas apiladas detrás de un camión de redilas. Al parecer, sin embargo, no fue el único inquilino a bordo que había encontrado el mismo paraíso marino. Ahí, frente a sus ojos, iba caminando una escorpión de ensueño, que movía, casi imperceptiblemente, su cuerpo dorado bajo un cielo muy claro y la brisa del mar. El vientecito marino acarreaba los humos del celo, lo cual le trajo a Alacrán una sensación que hasta entonces había estado enterrada en el instinto, pues era la primera vez que un aroma le provocaba tanto delirio.

Llegó el preámbulo al cortejo de amor. Alacrán de inmediato levantó el aguijón, cuya bolsa se hinchó más de orgullo al ver a la distancia que su objetivo, la visión más divina de la tierra, una verdadera diosa antrópoda sensual y dispuesta, le señalaba a su vez, sumisión y querencia. Se fueron arrastrando lentamente uno hacia el otro por una fuerza inexorable y un instinto clarividente. Así que mientras los amantes se acercaban, ya iban previniendo lo que sería un baile sensual entre pinzas y dagas. Alacrán preparaba la enorme punta seductora; su enamorada, iba relajando el lomo para recibir el incitante empellón.

Don Alacrán tenía tiempo soñando con salir de su innata soledad y ahora se le abría la posibilidad de que, con el mar y el cielo de testigos, se pudiera aparear cuantas veces le diera la gana… y sin competencia alguna. ¡Vaya una sensación de absoluta dicha! Pero tanta felicidad siempre es sospechosa.

Alacrán acechaba con la serenidad de un camaleón, midiendo cada movimiento, cada impulso, como si su vida dependiera de ello; mas no eran movimientos manejados por el miedo, sino por un creciente y delicioso delirio…

…largo y excitante reconocimiento primero; luego, giros, vueltas, apretones, coletazos, escaladas y resbalones. La danza fue ardua hasta donde ella quiso; ofrecía resistencia un rato y luego soltaba tensión; de esa manera, ella iba provocando en Alacrán un vértigo que al pobre incauto le hacía perder la noción de la realidad. Y así, en el éxtasis máximo, felizmente terminaba la dulce batalla de amor. Alacrán había plantado su semilla en tierra fértil.

Pero la alegría es sospechosa

Tan pronto Alacrán bajó sus pies en la arena, pasó de ser remedio para volverse enfermedad. Ella volvió su abatido cuerpo hacia él y empezó de pronto a sentir un terrible malestar, un incontrolable deseo de deshacerse de su amante, de no volverlo a ver jamás. Fue una mezcla de remordimiento y aversión que le urgía a borrar como fuera todo indicio de su seductor; un instinto del que nada ni nadie la podía salvar. Una escorpión, por instintiva que fuera, qué iba a saber de las extrañezas de carácter que de repente sufren las de su especie. Así que, fiel a su naturaleza, primero paralizó con su veneno al sorprendido amante; y luego, una vez que lo tuvo completamente sereno y aún con vida, lo empezó a devorar poco a poco hasta el último bocado.

El ritual fue largo y escabroso.

Después de ese par de tan intensas experiencias y antes de caer completamente rendida, la futura madre todavía cavó un agujero en la arena, se tapó con la arenisca suelta y por fin se durmió profundamente por largo, largo tiempo…

y cuando despertó, Alacrán seguía ahí.