El peregrino, Eduardo Mitre

Sé que nada plantaron

mis actos ni mis palabras.

Mi patria fue el tiempo,

la errancia mi casa.

Mi memoria es ahora

una lista interminable

-abrumadora casi-

de dones y donantes:

Un pliego de cargo

que levanta el camino

por lo mucho recibido

y lo poco que di a cambio.

Ojalá sea la gratitud

semilla de un árbol,

y que la mía dé frutos

en la tierra de otras manos.

CONDICIÓN DE VAMPIRO, Benjamín Chávez

1Tras una inútil noche en tránsito sanguíneo
-la temblorosa piel-
-el quejido mínimo-
oficio el cándido ritual de abrir sobres a mordiscos.

Desde una atmósfera intensa,
cartas que hablan de lejanos países
me seducen, me vencen.

-¡Vuelve hijo mío!-
firma mi madre.

En un arrebato
retomo las infusiones medicantes
la dieta del ajo
la abstinencia…
pero es inútil;
mis sendos colmillos muerden
una y otra vez mi destino:
velar sueños ajenos es mi condena.

Siete conjuros contra la tristeza, Mónica Velásquez Guzmán

Sarah Mei Herman.

Sarah Mei Herman

Podría ahora vender tu cuerpo al peor postor
vigilar personalmente que se empapen tus sábanas
y que gires y grites y gimas toda la noche
entre piernas inclementes abrirte ante mil extraños
encargarme de que te guste hasta que lo implores
pasarte por la piel los que demoran el latido,
los que llegan pronto,
los que tienen miedo
los que se van
podría llenarte de lentejuelas y escotes de esquina
darte un disfraz, una lengua insaciable, unas manos que aprieten
una paciencia terca de los dedos en tus nervios
un líquido inundando cada tanto tu vientre hambriento
podría mandarte quien te sacie
entonces, tal vez, se te iría el horror a lo vulnerable.

*

Ahora mismo podría meterte en los banquetes,
a gotas, diluido caramelo rozando tus labios
entibiando dulce tu garganta feroz
despacio, un picante apenas dirigido a los lacrimales del ardor
equilibrar cilantros y canela
mientras toman su tiempo las cerezas que endulzan la carne
cubren tu escalofrío las sopas invernales
mientras la frescura de lechugas y toronjas abiertas…
un litro de naranjas para la contorsión de la lengua
medallones de pavo y dátiles de lejanías
soya a granel, tibia manzana en su crocante envoltura
el hambre cubierta por capas
-más – pedirías –golosa
todas las cantidades multiplicaría por tu solo pedir
más de todo hasta cubrir el cuerpo, el cuarto, el mundo
más relojes y más anillos y más a todas horas,
entonces, tal vez, se te iría el vacío.

Las hienas, siempre las hienas, Pedro Shimose

Hans Peter

Buscan tu papagayo, una chequera, algún discurso.
Exhuman tu uniforme, lo descuelgan del ropero,
fotografían tus huesos y analizan tus cenizas;
buscan un helicóptero con alambres chamuscados,
con jabalíes escondidos en tus botas, con buitres
y petunias florecidas en tus charreteras.
Registran tus mariposas, examinan tus radiografías,
hurgan tu basilisco, tu calavera y tus medallas;
revuelven tu gorra, tus calcetines, en busca de un poema,
buscan una llamarada y un paracaídas con nubes y aguaceros.

Pasan lista en los cuarteles, revisan los retretes,
registran parques zoológicos en busca de una espada,
mueven cántaros de chicha, remueven genealogías,
Dios los cría y tú los juntas, los reúnes y complotan
en congresos celestiales y conspiran,
marchan a la catedral, imprimen manifiestos contra el sueño.

No ha sido suficiente.
Las cacatúas alaban tus virtudes en violas paranoicas.
Tus queridas te recuerdan montando en nubes de amor y margaritas.
Los periódicos se suenan las narices con sus pañuelos sucios;
piden que vuelvas, ¿dónde estás portador de la paz,
regidor del orden, patriota virtuoso?
Las hienas piden al cielo que tú vuelvas del infierno;
los gorilas piden al cielo que tú vuelvas del infierno;
los cuervos piden al cielo que tú vuelvas del infierno,
pues tu muerte no ha sido suficiente.

Te buscan debajo de las liendres, en las alcobas y los supositorios.
Profanan tumbas, rompen espejos, patean puertas,
desflecan cortinas, rasgan alfombras, derriban monasterios,
hurtan tus galones, buscan tu papagayo, una chequera, algún discurso…

El peregrino, Eduardo Mitre

H. Bosch

Sé que nada plantaron
mis actos ni mis palabras.
Mi patria fue el tiempo,
la errancia mi casa.

Mi memoria es ahora
una lista interminable
-abrumadora casi-
de dones y donantes:

Un pliego de cargo
que levanta el camino
por lo mucho recibido
y lo poco que di a cambio.

Ojalá sea la gratitud
semilla de un árbol,
y que la mía dé frutos
en la tierra de otras manos

Las amorosas, Eduardo Mitre

Manuel Vasón

Con nosotras se acuestan
Con nosotras se levantan
Todo el día nos sirven
De noche nos acompañan
Si hablamos dicen
Si no se callan
No hay amantes más fieles
Ni más mal tratadas

Con nosotros se acuestan
Con nosotros se levantan
Las amorosas palabras.

Sólo el silencio las ama.

Escritor suicida, Víctor Montoya

Helmut Newton

Esa mañana tomé la decisión de algo que tenía pensado desde hace tiempo: quitarme la vida a las doce en punto del mediodía.

Me senté en la silla del escritorio y concluí el último capítulo de mi novela, que me requirió diez años de acopio de documentos y otros tantos años de trabajo obsesivo. Cuando puse el punto final, sentí que mi vida se vació como el tintero, y con la firme decisión de enfrentarme a la muerte, que me sonreía desde el otro lado de la vida, abrí el último cajón del escritorio, donde estaba el revólver de cachas negras, cañón de metal bruñido y cilindro giratorio, cuya recámara múltiple tenía un solo cartucho en el eje, listo para ser vaciado de un tiro. Por un instante contemplé la maravilla y el peligro de ese arma que me regaló mi padre la noche en que ocurrió ese suceso que iba a cambiar el curso de mi vida.

Levanté el revólver, alargué el brazo y, poniendo el ojo en el punto de mira, la paseé por el cuarto; pero donde ponía la mirada, mi alma no encontraba más que un vertiginoso abismo de soledad y desesperanza. Entonces, abandonado de mí mismo, recogí el brazo y puse la boca del cañón contra mi sien. Quité el disparador, apreté el gatillo y… ¡PUM!!!… El impacto fue tan fuerte que, luego de sacudirme en el aire, me tumbó boca arriba. La sangre saltó a raudales y el olor de la pólvora impregnó el cuarto, ese cuarto que tenía el techo bajo y las paredes atestadas de libros, una puerta que daba a la calle y una ventanilla por donde se calaba un aire tan frío como la muerte.

Pasó el tiempo y nadie indagó por el vacío que dejó mi ausencia, hasta que la policía me encontró tumbado en medio de un círculo de sangre seca, los sesos destapados y el revólver todavía en la mano, el cuerpo deformado por la obesidad y la barba apelmazada donde los bichos hicieron su madriguera.

La policía, sin salir del estupor, constató que yo, en mi condición de escritor suicida, había dejado un montón de papeles sobre el escritorio y una nota que decía: Nadie llore sobre mi cadáver ni deposite flores en mi tumba. Todos sepan que murió un hombre que no pudo encontrar la felicidad sino a través de la muerte…

Cuando la noticia saltó a la prensa: Escritor suicida se quitó la vida a las doce en punto del mediodía…, los lectores se enteraron de que el protagonista de mi novela, hecho de realidad y fantasía, tuvo un desenlace más feliz que mi vida.