El Pecado, Tadeusz Rozewicz

Somos un solo cuerpo. Mi mano es tu mano; mis ojos, tus ojos. ¿No lo sientes también así? Empiezo a creer que marido y mujer son una persona.

Nada sabemos el uno del otro.

Yo te lo he dicho todo. La vida no es ese conjunto de sucesos extraordinarios. No te aburriré con mis recuerdos de guerra; la verdad es que no son muy interesantes.

Hablame de ti, únicamente de ti.

¿De mí? Muy bien. Voy a contarte la cosa más terrible que me ha ocurrido. Jamás desde entonces he vuelto a sentir tal terror, tal tentación, tal pavor. Recuerdo cada una de las palabras, todos los reflejos de luz, las partículas de polvo. Tenía entonces ocho años… En nuestra casa no eran muchos los objetos bellos. Había un casco de obús en la mesa de la sala. Esa fue la única cosa hermosa que tuvimos. Durante muchos años…

¿Un casco de obús?

Ni siquiera sé cuál es el nombre apropiado… De cualquier modo, era la cubierta o funda de un proyectil de obús. La llamábamos la bomba. Era de cobre, brillantemente pulido; permaneció siempre sobre la mesa. En un extremo tenía una abolladura producida por el disparo. Era el casquillo de una bala de artillería utilizada en la primera Guerra Mundial. En la segunda ya no se fabricaron estas balas hechas con metales no ferrosos. En la anterior se podían dar el lujo de balas costosas; de cualquier manera no se había inventado aún una aleación más barata para sustituir el cobre. Siempre he confundido el cobre con el bronce. Siempre hemos dicho moneditas de cobre, aunque seguramente eran de latón o de estaño. En invierno, mi madre adornaba aquel casco de obús con flores de papel rizado. La vida era difícil después de la primera guerra. Nosotros éramos pobres. Fueron necesarios casi diez años para que mi padre pudiera comprar un gran espejo ovalado. Antes habíamos tenido sólo uno cuadrado, que colgaba en la pared de la cocina. En la habitación siempre sombría, jamás daba el sol. Sé que había árboles frente a la casa, aunque no los recuerdo. Por las noches, mi madre se sentaba en la sala y zurcía. En ocasiones, de vez en cuando, mi padre leía el periódico. Había una lámpara de aceite en la mesa. La mesa quedaba iluminada, pero todos los rincones de la habitación se sumergían en la penumbra. En las paredes se deslizaban las sombras. Enormes manos. Cabezas. Un día, al abrir la puerta, advertí un objeto en la mesa. Era parecido a un gran huevo. No me fijé en el obús, supongo que ya lo había olvidado. Me acerqué a la mesa, y comencé a mirar aquel vaso. Era blanco, luminoso y casi transparente, de cuerpo abultado y brillante. Extendí la mano, pero al escuchar los pasos de mi madre, la retiré inmediatamente. Mi madre me preguntó con una sonrisa:

¿No es verdad que es muy hermoso? Pero no lo toques, no vayas a moverlo. Es un vaso de porcelana. Muy caro. Tu padre seguramente va a enojarse conmigo por haberlo comprado. Pero nuestro cuarto se ve ahora mucho mejor.

¿Para qué es? ¿Es un florero?

No —dijo mi madre—, no es para flores.

¿Para qué, entonces?

Para nada. Sencillamente es hermoso, tiene una forma preciosa. Sirve sólo de adorno; pero no lo toques, por favor.

¿Por qué?

Porque las cosas hermosas no se tocan —dijo mi madre, y salió.

Continué observando el jarrón de porcelana un buen rato. Era la primera cosa hermosa que había en nuestra casa, que no tenía una función especial y que se resumía en su propia forma. Naturalmente había sillas, mesas, utensilios, platos, cucharas, una cubeta, un espejo, un reloj, una plancha, una estufa, un molino de carne… Pero todos aquellos objetos servían, cumplían una función determinada. Aun el casco de obús había sido en otra época un proyectil. En cambio, aquel hermoso vaso no tenía ninguna utilidad. Nunca había sido otra cosa. En realidad no era propiamente un vaso. No se podía llenar de agua y poner flores en él. Era bello por sí mismo. Sin flores. Había aparecido en nuestra casa de repente. Mi madre jamás había hablado de que deseara comprar un vaso. El espejo y la nueva mesa fueron discutidos durante meses: decían que había que comprarlos, que no teníamos suficiente dinero por el momento y cosas por ese estilo. Pero el vaso apareció como por arte de magia. Como un huevo puesto por un ave gigantesca y desconocida. Casi todos los objetos de nuestra casa eran cuadrados, angulares. Un día me encontraba solo en el apartamiento. Me acerqué a la mesa y contemplé el vaso. Luego extendí la mano y lo acaricié. La superficie era fría. Fría, a pesar de qua hacía calor. Lo que mejor recuerdo es la luz del vaso. La luz en la habitación era semejante a la que existe bajo la fronda de un gran árbol. Mortecina, como reflejada en un pozo, verdosa, huidiza. Como si el agua fluyera a través de los muros. El vaso permanecía en medio de este mundo. Lo acaricié suavemente con los dedos. Palpé delicadamente su fría superficie. Puse la mano en él y sentí en la palma su convexidad, su redondez. Era como si estuviese modelando una bella forma. Mantuve la mano sobre el vaso, y después de un buen rato sentí cómo se calentaba la superficie. Retiré la mano y me dirigí a la cocina donde guardaba mis soldados de plomo en un cajón bajo la mesa. Los coloqué en columnas. Pero el juego no logró entretenerme. Los volví a meter en la caja y regresé a la sala. Puse el oído sobre el vaso y lo golpeé delicadamente. Una, dos veces. Ya no me sentía solo en el cuarto. Antes había estado solo, pero ahora estaba con el vaso, aquel objeto extraño en nuestra casa. Adornaba la sala sin servir para ningún propósito especial. Todos los objetos, muebles, cuadros, se relacionaban con nosotros y entre sí por lazos invisibles. Como venas que conducen la sangre. El vaso, en cambio era algo único. Al margen de todo lo existente. ¿Era realmente bello? Ahora ya no lo sé. Pero ni siquiera entonces me parecía bello. Era misterioso, ajeno. Algo no de nuestra casa. Mi sentimiento hacia él era igual al del salvaje que adora un ídolo. Una figura milagrosa llegada del cielo. Y sobre todo, era intocable. Pero debe haber sido bello, pues recuerdo la cara de mi madre cuando dijo:

¿No es verdad que es muy hermoso?

Y hablando con mi padre, le había dicho ese mismo día:

Adorna la sala mejor que el mueble más fino.

Pasaron varias semanas. El calor llegaba de la estufa de carbón, encendida de la mañana a la noche. Era ya invierno. Los charcos estaban cubiertos con capas de hielo. Los rompíamos con piedras o con los clavos de nuestras botas. El hielo se quebraba, y blancas líneas como cabellos aparecían en la superficie. Ampollas de aire fluían en las ventanas como en los tubos de cristal de un alambique. Un día se me inflamó una amígdala y no fui a la escuela. Permanecí en cama, leyendo una historieta ilustrada en papel color de rosa… Bueno, no del todo rosa, pero de un tono bastante parecido. Seguía yo con la mirada las peripecias de La mosca; pero con los ojos de la imaginación contemplaba el vaso en la mesa. Permanecía allí extraño, perfecto e intocable. Aunque no había nadie en casa, me acerqué sigilosamente, de puntillas. Irrumpí en el silencio en que el vaso se envolvía como entre algodones. Tiré del mantel y el vaso se tambaleó. Tiré más fuerte. El vaso cayó de lado. Había algunos periódicos en la mesa. El vaso rodó unos cuantos centímetros y se detuvo en el borde. Desde su interior brillaba el azul. Sabía lo que iba a suceder. Estaba terriblemente, asustado. Comencé entonces a rezar: “Ángel Santo de mi guarda, mi dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día”; pero algo me impulsaba, y volví a tirar del mantel. Ahora ya no creo en él, pero entonces fue el demonio quien se me apareció; fue el demonio quien movió mi mano y me hizo tirar del mantel. Yo realmente no quería hacerlo. Pude aún, en el último momento, detener el vaso, pues giró sobre su eje y muy lentamente cayó al suelo. Sí, cayó muy lentamente; pude haberlo detenido en el aire… Pero el demonio me sujetó las manos. Ahora puedo ya reírme. Esa vez fue la única que el “demonio” logró tentarme. A partir de entonces, siempre que he pecado lo he hecho por mi cuenta..

Los dragones de la probabilidad, Stanislaw Lem

I

Como sabemos, los dragones no existen. Esta constatación simplista es, tal vez, suficiente para una mentalidad primaria, pero no lo es para la ciencia. La Escuela Superior de Neántica no se ocupa de lo que existe; la banalidad de la existencia ha sido probada hace demasiados años para que valiera la pena dedicarle una palabra más. Así pues, el genial Cerebrón atacó el problema con métodos exactos descubriendo tres clases de dragones: los iguales a cero, los imaginarios y los negativos. Todos ellos, como antes dijimos, no existen, pero cada clase lo hace de manera completamente distinta. Los dragones imaginarios y los iguales a cero, a los que los profesionales llaman imaginontes y ceracos, no existen, pero de modo mucho menos interesante que los negativos.

Desde hace mucho tiempo se conoce en la dragonología una paradoja, consistente en el hecho de que, si se herboriza a dos negativos (operación correspondiente en el álgebra de dragones a la multiplicación en la aritmética corriente), se obtiene como resultado un infradragón en la cantidad 0,6 aproximadamente.

II

Trurl y Clapaucio —dos constructores con Diploma de Omnipotencia Perpetua— aplicaron por vez primera el cálculo de probabilidades a la dragonología, creando, gracias a ello, la dragonología probabilística. Esta última demostró que el dragón era termodinámicamente imposible sólo en el sentido estadístico, al igual que los elfos, duendes, gnomos, hadas, etc. Los dos científicos calcularon con base en la fórmula general de la improbabilidad los coeficientes del duendismo, de la elfiación, etc. La misma fórmula demuestra que para presenciar la manifestación espontánea de un dragón, habría que esperar dieciséis quintocuatrillones de heptillones de años más o menos. No cabe duda de que el problema habría quedado como un simple curiosum matemático, si no fuera por la conocida pasión constructora de Trurl, quien decidió investigar la cuestión empíricamente. Y puesto que se trataba de fenómenos improbables, inventó un amplificador de la probabilidad y lo comprobó, primero en el sótano de su casa, luego en un Polígono Dragonífero especial, Dragoligón, costeado por la Academia.

Las personas no iniciadas en la teoría General de la improbabilidad preguntan hasta hoy día por qué, de hecho, Trurl probabilizó al dragón y no al elfo, o al gnomo. Lo hacen por ignorancia, ya que no saben que el dragón es, sencillamente, más probable.

III

Varios científicos experimentaron con un dragotrón, pero, como les faltaba rutina y sangre fría, una buena parte de prole dragonera logró la libertad (no sin hacer antes a sus creadores muchos chichones y cardenales). Se descubrió, a raíz de esos acontecimientos, que los abyectos monstruos existían de manera muy diferente de cómo lo hacían, por ejemplo, armarios, cómodas o mesas, ya que lo que más caracteriza a un dragón una vez realizado, es su notable naturaleza probabilística. Si se da caza a un dragón de esta clase, y sobre todo con batida, el cerco de cazadores con el arma pronta para disparar encuentra solamente un sitio quemado y maloliente en el suelo, dado que el dragón, al verse en dificultades, escapa del espacio real refugiándose en el figurativo. Siendo una bestia obtusa y de cortos alcances, lo hace, evidentemente, por puro instinto. Las personas de pocas luces no pueden entender cómo ocurre la cosa y a veces piden a gritos que se les muestre esa clase de espacio. Si se portan así, es porque no saben que también los electrones (cuya existencia no niega nadie que esté en su juicio) se mueven únicamente en el espacio configurativo, dependiendo su suerte de las ondas de probabilidad. Por otra parte, hay quien prefiere creer en los dragones antes que en los electrones, ya que estos últimos no suelen (por lo menos cuando están solos) querer comerse a nadie.

IV

Los progresos en la dragonología dejaban indiferentes a las masas atribuladas por los dragones. Las bestias hacían muchísimo daño pateando y quemando las cosechas y desvelando con sus rugidos a la gente atemorizada. Por si esto fuera poco, su insolencia era tan inmensa, que de vez en cuando se atrevían a exigir un tributo de jóvenes vírgenes. ¿Qué les importaba a los desgraciados que los dragones de la ciencia, siendo indeterministas y por tanto no locales, se comportaran conforme a la teoría, aunque contra toda la decencia? ¿Qué más les daba que la curvatura de la cola estuviera estudiada y calculada, si los monstruos devastaban las cosechas a golpe de cola? No nos extrañemos, pues, si la masa, en vez de reconocer el enorme valor de los extraordinarios logros de la ciencia, se los reprochó. Pero los científicos persistieron en su trabajo de investigación, obteniendo nuevos éxitos al demostrar que el grado de existencia del dragón dependía de su humor y del estado de saturación general. El axioma sucesivo evidenciaba el hecho de que el único método seguro de su liquidación era la reducción de su probabilidad a cero, e incluso a valores negativos. En todo caso, estas investigaciones exigían mucho trabajo y tiempo. Mientras tanto, los dragones ya realizados disfrutaban de la libertad aterrorizando a la gente y devastando planetas y lunas. ¡Y se multiplicaban, que era lo más terrible!

V

Basileo Emerdiano viajaba por toda la Galaxia, provocando con su mera presencia la aparición de dragones en los lugares donde nunca nadie los había visto antes. En cierto modo, llevaba los dragones consigo, con la única salvedad de que se hallaban en estado potencial, con la probabilidad cercana a cero. Una vez bien instalado y ambientado, iba aumentando la probabilidad y la elevaba a potencias hasta que llegaran casi a la seguridad y, naturalmente sucedía una virtualización, concretización y totalización plena y manifiesta. Cuando el desespero general y el estado de catástrofe nacional llegaban al cenit, Basileo pedía audiencia al rey del país en cuestión y, después de un largo regateo para obtener unos honorarios astronómicos, se comprometía a exterminar a los monstruos, lo que siempre cumplía puntualmente. Nadie sabía cómo lo hacía, porque siempre actuaba a escondidas y solo. Por otra parte, siempre daba la garantía del éxito de su dragonólisis en el sentido solamente estadístico. Los anulaba disminuyendo momentáneamente la probabilidad y se marchaba con la pasta. Que tarde o temprano las cerofluctuaciones tuvieran que conducir a la activación de la dragomatriz, y que toda la historia volviera a empezar, lo tenía sin cuidado, pues ya él y el dinero estarían lejos.

VI

El pueblo de Trufoflora era terriblemente supersticioso; su religión, la pneumatología draconiana, afirmaba que los dragones aparecían en castigo de pecados y que tenían almas, pero impuras. Los únicos métodos que aplicaban para combatir la plaga se limitaban a quemar incienso en los lugares infestados y repartir reliquias. Sobre el planeta vivía en aquel momento un solo monstruo, perteneciente a la clase más terrorífica de todas: Abyectaurios Draculeos. Pero mientras unos lo consideraban como un ejemplar único, otros lo tomaban por un ser múltiple, capaz de encontrarse en varios sitios a la vez. Esto debido a que la localización de estas asquerosas bestias depende de las llamadas anomalías draconianas, por cuya causa algunos ejemplares, ante todo los distraídos, quedan a veces “chapuceados” en el espacio, lo que no es otra cosa que un simple efecto isóspino de amplificación del momento cuántico. Así como una mano, al emerger del agua, muestra encima de la superficie cinco dedos aparentemente independientes individualizados, igual los dragones, al emerger del espacio configurativo al real, parecen alguna vez múltiples a pesar de ser uno solo.

VII

Las viejas leyendas cuentan sobre dragones multitud de cosas que no son ciertas. Dicen, por ejemplo, que algunos de ellos llegan a tener siete cabezas. Hoy el dragón sólo puede tener una cabeza, ya que la presencia de dos conduciría infaliblemente a violentos altercados y peleas. En realidad, hubo unos, los pluritestas (nombre que les dieron los científicos), de naturaleza obtusa y terca, que no soportaban la menor oposición; la posesión de dos cabezas en un solo cuerpo los llevaba a una muerte rápida: cada una, queriendo perjudicar a la otra, se negaba a tomar alimento, e incluso se abstenía de respirar. Se puede adivinar fácilmente cuál fue el resultado: se extinguieron. Éste, precisamente fue el fenómeno aprovechado para inventar el trabuco anticabeza. Se dispara al dragón, alojando en su corpachón una pequeña cabecita electrónica, fácil de manejar, y al momento se originan disputas y escenas violentas. En consecuencia, el dragón se queda inmóvil y tieso en un sitio, como si le diera parálisis, durante un día, una semana, un mes, incluso hubo casos en que sucumbía al agotamiento sólo al cabo de un año. Cuando se halla en este estado, se puede hacer con él lo que se quiera.

¿CÓMO SE LAS APAÑA USTED CON LOS ALEMANES?, MARIUSZ SZCZYGIEL

¿Qué tal le van las cosas?—le pregunta la periodista Milena Jesenská a un campesino en las inmediaciones de SIany.

Pues tengo sembradas las patatas, también el centeno…La primavera fue fría pero el centeno creció milagrosamente, está precioso. A lo mejor arranco dos manzanos viejos del huerto y planto nuevos. La pata ya tiene patitos, ¡vaya usted a verlos con sus propios ojos, son como de peluche! Ese lilo hay que podarlo un poco para que no se seque y para que el jardín se ponga este año bien bonito —contesta el campesino.

Pero ¿y cómo se las apaña usted con los alemanes? —Jesenská no se da por vencida.

Bueno, pues ellos se pasean y yo trabajo —responde tranquilamente el campesino.

¿Y no tiene miedo a nada?

¿Y a qué debería tenerlo ?—reflexiona y replica de inmediato—. Además, señorita, la gente sólo muere una vez. Y si se muere uno un poco antes, pues más tiempo que se está muerto.

 

La niebla, Agnieszka Kawecka

iaia-gagliani-1-2Salía de los rincones más oscuros, inundaba el aire. Nuestro jadeo cesó ante la imagen de la lechosa niebla, tan espesa como el bosque que nos rodeaba.
–Hermoso paisaje, ¿no crees? –musitó, y su piel se estremeció por el frío. Se cubrió con el chal de lana, mientras sus largas piernas se movieron en dirección a la ventana.
Miré los contornos de las contraventanas en donde comenzaban a dibujarse las primeras pinceladas de la niebla. Asentí con la cabeza sin gran entusiasmo. Estaba ardiendo y quería tenerla completa, sin las acostumbradas pausas.
Me levanté y me paré tras ella. Rodeé sus caderas con mis manos. Despacio seguí el camino de las curvas hasta llegar a los muslos. En ese momento su cuerpo se tensó y me empujó con suavidad.
–¿Viste eso? –dijo inquieta mientras sus ojos buscaban algo tras el cristal.
–No.
–Creo que alguien está ahí. Mira.
La niebla avanzaba despacio devorando todo lo que había a su paso. Las siluetas de los pinos se perdían en ese mar blanco que pronto llegaría hasta aquí. La estreché y mis labios recorrieron su cuello.
–Ven, ven conmigo –la jalé hacia la cama, pero ella se quedó inmóvil con las cejas arqueadas en un gesto de asombro.
–Estoy segura de que hay alguien ahí.
–No hay nadie en veinte kilómetros a la redonda –encendí un cigarro mientras el fuego consumía mi entrepierna. Estaba harto de hablar o de ver cosas que no existían. Sólo era la niebla y sus malas jugadas, la conocía demasiado bien para caer en sus engaños, y tampoco permitiría que estropeara la noche. Era mi noche.
–No hay nadie ahí –insistí–. Mejor ven conmigo.
Abrió la ventana y un soplo helado castigó mi espalda. Sus desnudos pechos revolotearon con el aire.
–Ahí está. Mira.
Nuevamente me acerqué sin quitar la mirada de sus senos. Los pezones se endurecieron por el frío. Los apretujé mientras mis ojos recorrían el paisaje. No había nadie. Sólo la espesa nata que ahora deslizaba su lengua blanca por la ventana. Cubría sus caderas, penetrando en los lugares que nunca me pertenecieron.
El fuego subió lentamente desde mis genitales hasta la cabeza. Cerré de un empujón las contraventanas hasta escuchar el crujir de la madera.
–¡Que vengas aquí! –procuré medir mi tono de voz, pero la furia logró perfilarse por mi garganta. El resultado fue que emití un gruñido que la volvió a la realidad.
–¿Qué te pasa? No me grites –sacudió su negra melena que cubrió por un momento sus pechos. Las pinceladas de la niebla aún envolvían su vientre, ondulaban entre su vello deslizándose hacia abajo.
–Perdón, no quise gritarte.
–Ahí hay alguien, a lo mejor necesita ayuda, pero tú sólo puedes pensar en sexo.
Suspiré y contuve mi ira. Di una última ojeada a su cuerpo y me puse el pantalón.
–Bueno, si quieres voy a averiguar para que estés más tranquila.
Se sentó en la cama recogiendo sus piernas hasta la barbilla, mientras su sexo se asomaba entre los muslos. Encendió un cigarro con la mirada clavada en el cristal.
Salí y de inmediato el aliento de la niebla entró en mi boca. Enredó su lengua en la mía. Escupí y avancé empujándola con el pecho. Se enredaba en mi vello, jaloneaba mis tetillas mientras yo recorría los alrededores de la cabaña. Tal como lo había dicho, no había nadie.
Regresé. Seguía sentada en la misma posición. Su cigarro estaba por consumirse.
–Lo vi –murmuró sin mirarme–, estaba desnudo y sus ojos eran completamente blancos.
No entendía lo que me decía, pensé que estaba delirando por el frío. Quise cubrirla con la cobija, pero no me lo permitió. Se levantó y con firmeza abrió la puerta. Después extendió los brazos mientras la niebla envolvía su cuerpo. Antes de que pudiera acercarme, ella había desaparecido. La busqué hasta lo profundo del bosque, pero no encontré nada; sólo los jadeos, toda la noche escuché jadeos y risas. Era su voz. La policía tardó dos días en hallar su cuerpo. Sus pechos estaban surcados por las garras de algo que hasta la fecha los expertos no han podido definir, pero yo sé. Aún tengo el sabor de la niebla en mi lengua y los surcos de garras en mi pecho. Por las noches escucho sus jadeos, los gritos de placer que nunca me dio.

Guardar

Una noche en un hotel, Sławomir Mrożek

Lucien Hervé
Lucien Hervé

Estaba a punto de dormirme cuando detrás de la pared se dejó oír un fuerte golpe.

“Ya está, ahora empezará aquello —pensé—. Será igual que en aquella famosa anécdota. El vecino se quitó un zapato y lo dejó caer al suelo. Ahora no podré dormir hasta que se quite el otro y vete a saber cuánto rato tendré que esperar a que lo haga”.

Así que cuál no sería mi alivio cuando enseguida se dejó oír el segundo golpe.

Me estaba durmiendo de nuevo cuando detrás de la pared sonó un tercer estrépito que me quitó el sueño.

Eso sí que no me lo esperaba. ¿Acaso mi vecino tenía tres piernas? Imposible. ¿Había vuelto a ponerse un zapato y se lo había quitado de nuevo? Poco probable. Así que, por lo visto, tenía dos vecinos.

Y comenzó mi tormento,justo como lo había previsto. Lo único que me permitía resistir era la esperanza de que de un momento a otro tenía que quitarse el otro zapato. Sin embargo, la noche transcurría y el segundo, es decir, el cuarto ruido no llegaba.

No pegué ojo en toda la noche y por la mañana bajé a desayunar totalmente agotado. Encontré a mi vecino. Busqué con la mirada al otro, pero no estaba, sólo había uno. Ese otro seguramente se había dormido hecho una cuba y continuaba durmiendo con un zapato puesto.

¿Tiene ratones en su habitación? —inquirió mi vecino—. Porque yo sí los tengo. Hacían tanto ruido que tuve que tirarles un zapato para que pararan.

A partir de entonces dejé de pensar con lógica. Un estúpido ratón tiene más poder que toda la lógica junta, y la lógica sólo provoca insomnio.

Etiquetas: 1998 , MICRORRELATO , QUADERNS CREMA ,

Amor a primera vista, Wislawa Szymborska

405313_1744682473373_1728107977_872341_1272966185_nAmbos están convencidos

de que los ha unido un sentimiento repentino.

Es hermosa esa seguridad,

pero la inseguridad es más hermosa.

Imaginan que como antes no se conocían

no había sucedido nada entre ellos.

Pero ¿qué decir de las calles, las escaleras, los pasillos

en los que hace tiempo podrían haberse cruzado?

Me gustaría preguntarles

si no recuerdan

-quizá un encuentro frente a frente

alguna vez en una puerta giratoria,

o algún “lo siento”

o el sonido de “se ha equivocado” en el teléfono-,

pero conozco su respuesta.

No recuerdan.

Se sorprenderían

de saber que ya hace mucho tiempo

que la casualidad juega con ellos,

una casualidad no del todo preparada

para convertirse en su destino,

que los acercaba y alejaba,

que se interponía en su camino

y que conteniendo la risa

se apartaba a un lado.

Hubo signos, señales,

pero qué hacer si no eran comprensibles.

¿No habrá revoloteado

una hoja de un hombro a otro

hace tres años

o incluso el último martes?

Hubo algo perdido y encontrado.

Quién sabe si alguna pelota

en los matorrales de la infancia.

Hubo picaportes y timbres

en los que un tacto

se sobrepuso a otro tacto.

Maletas, una junto a otra, en una consigna.

Quizá una cierta noche el mismo sueño

desaparecido inmediatamente después de despertar.

Todo principio

no es mas que una continuación,

y el libro de los acontecimientos

se encuentra siempre abierto a la mitad.

Guardar

Un héroe, Slawomir Mrożek

mrozek-slawomir-portret-forum-miniatura_6813691Un buen día, paseando por la orilla de un río vi de pronto a un boy scout que se estaba ahogando. Conozco el lugar, no es profundo, así que decidí salvarlo en cuanto se reuniera un poco más de público. Me senté en un banco a esperar. El boy scout gritaba de lo lindo, por lo que al cabo de poco se congregó en la orilla un nutrido grupo de gente. Esperé un poco más para que el público estuviera al completo, entonces me levanté, me acerqué al agua y, animado por los gritos de admiración, me puse a quitarme lentamente el zapato izquierdo. El público me aplaudió. Estaba ya en calcetines cuando me di cuenta de que un sinvergüenza también se disponía a desnudarse. Me puse furioso.

Yo estaba aquí primero —le dije.

¿Es tuyo el boy scout o qué? —me contestó. Y empezó a quitarse el chaleco.

¡Tiene razón! —se dejaron oír unas voces entre el público—. ¡El boy scout es de todos!

Deja esos pantalones —le dije—. Tu aún no estabas en este mundo cuando yo ya salvaba boy scouts.

Habrás salvado a tu abuela —me contestó en un tono insultante.

Y tú a tu tía. Vete a hacer puñetas y deja en paz al boy scout.

El público iba en aumento. Unos estaban de mi parte, otros decían que todo el mundo tiene derecho a salvar boy scouts. Vi que las cosas se complicaban y que todo dependía de quién se desnudase primero. Aunque él había comenzado más tarde, como llevaba cremallera, me alcanzó. Le gané sólo al llegar a los calzoncillos. Al ver que perdía su oportunidad, quiso saltar al agua tal como estaba, en ropa interior. Se me encendió la sangre y le puse la zancadilla. ¡Por hacerse el héroe!

No sé qué pasó con el boy scout porque a nosotros nos llevaron a urgencias. Yo le disloqué un brazo y él me rompió algunos dientes.

Salvar a los que se ahogan requiere valor y sacrificio.

 

El ocaso del siglo, Wislawa Szymborska

Yana Moskaluk
Yana Moskaluk

Tenía que ser mejor que los anteriores, nuestro siglo XX.

Ya no está a tiempo de demostrarlo,

tiene los años contados, andar vacilante,

respiración corta.

Han sucedido demasiadas cosas

que no debieron suceder,

y lo que tenía que llegar

no ha llegado.

Tenía que estallar la primavera

y, entre otras cosas, la felicidad.

El miedo tenía que abandonar valles y montañas.

La verdad tenía que ser más veloz que la mentira

en alcanzar el blanco.

Algunos desastres

no debieron repetirse,

por ejemplo la guerra,

el hambre, etcétera.

Tenía que respetarse

la indefensión de los indefensos,

la confianza y cosas por el estilo.

Quien deseaba complacerse en este mundo

se enfrenta a una hazaña irrealizable.

La estupidez no es ridícula.

La sabiduría no es alegre.

La esperanza

dejó de ser una muchacha,

etcétera, por desgracia.

Dios tenía que confiar, por fin, en el hombre

bueno y fuerte,

pero un bueno y un fuerte

siguen siendo dos hombres.

Cómo vivir, me preguntó por carta alguien

a quien yo pensaba formular

la misma pregunta.

De nuevo y como siempre,

según lo dicho anteriormente,

no hay preguntas más apremiantes

que las preguntas ingenuas.

Fin y principio, Wislawa Szymborska

11887960_879795955436179_4470707343695294507_nDespués de cada guerra

alguien tiene que limpiar.

No se van a ordenar solas las cosas,

digo yo.

Alguien debe echar los escombros

a la cuneta

para que puedan pasar

los carros llenos de cadáveres.

Alguien debe meterse

entre el barro, las cenizas,

los muelles de los sofás,

las astillas de cristal

y los trapos sangrientos.

Alguien tiene que arrastrar una viga

para apuntalar un muro,

alguien poner un vidrio en la ventana

y la puerta en sus goznes.

Eso de fotogénico tiene poco

y requiere años.

Todas las cámaras se han ido ya

a otra guerra.

A reconstruir puentes

y estaciones de nuevo.

Las mangas quedarán hechas jirones

de tanto arremangarse.

Alguien con la escoba en las manos

recordará todavía cómo fue.

Alguien escuchará

asintiendo con la cabeza en su sitio.

Pero a su alrededor

empezará a haber algunos

a quienes les aburra.

Todavía habrá quien a veces

encuentre entre hierbajos

argumentos mordidos por la herrumbre,

y los lleve al montón de la basura.

Aquellos que sabían

de qué iba aquí la cosa

tendrán que dejar su lugar

a los que saben poco.

Y menos que poco.

E incluso prácticamente nada.

En la hierba que cubra

causas y consecuencias

seguro que habrá alguien tumbado,

con una espiga entre los dientes, mirando las nubes.

El actor, Tadeusz Kantor

file_20141110101016El actor, retrato desnudo del hombre, expuesto a todo lo que llega, silueta elástica.

El actor en las ferias, exhibicionista desvergonzado, simulador que muestra lágrimas, risas, el funcionamiento de todos los órganos, las cumbres del pensamiento, del corazón y las pasiones, del vientre, del pene, con el cuerpo expuesto a todos los estimulantes, todos los peligros, y todas las sorpresas; ilusión, modelo artificial de su anatomía y de su mente, renunciando a la dignidad y el prestigio, atrayendo el desprecio y la burla, tan cerca de la basura como de la eternidad, rechazado por lo que es normal y normativo en una sociedad.

Actor viviendo sólo en lo imaginario, llevado a un estado de insatisfacción crónica y de descontento ante todo, lo que realmente existe fuera del universo de la ficción, que lo lleva a una nostalgia perpetua, que lo obliga a una vida nómada.

Actor de feria, errabundo eterno sin lugar en el mundo, buscando vanamente un puerto con todos sus bienes en el equipaje: sus esperanzas, sus ilusiones perdidas, que son su riqueza, y su carga, una ficción que defiende celosamente hasta el fin contra la intolerancia de un mundo diferente

 

Aquí, Wislawa Szymborska

Andre Kertész (Hungría)No sé cómo será en otras partes

pero aquí en la Tierra hay bastante de todo.

Aquí se fabrican sillas y tristezas,

tijeras, violines, ternura, transistores,

diques, bromas, tazas.

Puede que en otro sitio haya más de todo,

pero por algún motivo no hay pinturas,

cinescopios, empanadillas, pañuelos para las lágrimas.

Aquí hay un sinfín de lugares con sus alrededores.

Algunos te pueden gustar especialmente,

puedes llamarlos a tu manera,

y librarlos del mal.

Puede que en otro sitio haya lugares así,

aunque nadie los encuentra bonitos.

Quizá como en ningún sitio, o en pocos sitios,

aquí tengas un torso separado

y con él los instrumentos necesarios

para añadir los propios a los niños de otros.

Y además brazos, piernas y una cabeza sorprendida.

La ignorancia tiene aquí mucho trabajo,

todo el tiempo cuenta, compara, mide,

saca de ello conclusiones y raíces cuadradas.

Ya, ya sé lo que estás pensando.

Aquí no hay nada duradero,

porque desde siempre hasta siempre está en manos de los elementos.

Pero date cuenta: los elementos se cansan rápido

y a veces tienen que descansar mucho

hasta la próxima vez.

Y sé qué más estás pensando.

Guerras, guerras, guerras.

Pero incluso entre las guerras a veces hay pausas.

Firmes – la gente es mala.

Descansen – la gente es buena.

A la voz de firmes se produce devastación.

A la voz de descansen se construyen casas sin descanso

y rápidamente se habitan.

La vida en la tierra sale bastante barata.

Por los sueños, por ejemplo, no se paga ni un céntimo.

Por las ilusiones, sólo cuando se pierden.

Por poseer un cuerpo, se paga con el cuerpo.

Y por si eso fuera poco,

giras sin billete en un carrusel de planetas

y junto a éste, de gorra, en un torbellino de galaxias,

en unos tiempos tan vertiginosos

que nada aquí en la Tierra llega ni siquiera a moverse.

Porque mira bien:

la mesa está donde estaba,

en la mesa una carta, colocada como estaba,

a través de la ventana un soplo solamente de aire,

y en las paredes ninguna terrorífica fisura

por la que el viento se te lleve a ninguna parte.

 

Bajo una pequeña estrella, Wislawa Szymborska

Gyula Batthyani.jpgQue me disculpe la coincidencia por llamarla necesidad.

Que me disculpe la necesidad, si a pesar de ello me equivoco.

Que no se enoje la felicidad por considerarla mía.

Que me olviden los muertos que apenas si brillan en la memoria.

Que me disculpe el tiempo por el mucho mundo pasado por alto a cada segundo.

Que me disculpe mi viejo amor por considerar al nuevo el primero.

Perdonadme, guerras lejanas, por traer flores a casa.

Perdonadme, heridas abiertas, por pincharme en el dedo.

Que me disculpen los que claman desde el abismo el disco de un minué.

Que me disculpe la gente en las estaciones por el sueño a las cinco de la mañana.

Perdóname, esperanza acosada, por reírme a veces.

Perdonadme, desiertos, por no correr con una cuchara de agua.

Y tú, gavilán, hace años el mismo, en esta misma jaula,

inmóvil mirando fijamente el mismo punto siempre,

absuélveme, aunque fueras un ave disecada.

Que me disculpe el árbol talado por las cuatro patas de la mesa.

Que me disculpen las grandes preguntas por las pequeñas respuestas.

Verdad, no me prestes demasiada atención.

Solemnidad, sé magnánima conmigo.

Soporta, misterio de la existencia, que arranque hilos de tu cola.

No me acuses, alma, de poseerte pocas veces.

Que me perdone todo por no poder estar en todas partes.

Que me perdonen todos por no saber ser cada uno de ellos, cada una de ellas.

Sé que mientras viva nada me justifica porque yo misma me lo impido.

Habla, no me tomes a mal que tome prestadas palabras patéticas y que me esfuerce

después para que parezcan ligeras.

La feria de los milagros, Wisława Szymborska

1 Marcel Roux. Adan y evaUn milagro corriente:

que se produzcan tantos milagros corrientes.

Un milagro ordinario:

el ladrido de los perros invisibles

en el silencio de la noche.

Un milagro del montón:

una nube menuda y ligera,

capaz de tapar la luna llena y compacta.

Muchos milagros en uno:

un aliso que se refleja en el agua

y que se vea invertido de izquierda a derecha

y que crezca allá con la copa hacia abajo

y que no llegue al fondo

pese a la poca profundidad del agua.

Un milagro cotidiano:

vientos de ligeros a moderados,

borrascas en plena tormenta.

Un milagro cualquiera:

las vacas son vacas.

Otro milagro, quiérase o no:

este huerto y sólo éste,

de esta pepita y sólo de ésta.

Un milagro sin frac ni sombrero de copa:

palomas blancas en desbandada.

Milagro, porque cómo llamarlo si no:

hoy el sol ha salido a las tres catorce

y se pondrá a las veinte cero uno.

Un milagro que no sorprende lo debido:

una mano tiene menos de seis dedos,

pero tiene más de cuatro.

Un milagro, y basta con abrir bien los ojos:

el mundo omnipresente.

Un milagro tan adicional como adicional es todo:

lo impensable

se puede pensar.

Posibilidades, Wislawa Szymborska

Julio CortezPrefiero el cine.

Prefiero los gatos.

Prefiero los robles a orillas del Warta.

Prefiero Dickens a Dostoievski.

Prefiero que me guste la gente

a amar a la humanidad.

Prefiero tener a la mano hilo y aguja.

Prefiero no afirmar

que la razón es la culpable de todo.

Prefiero las excepciones.

Prefiero salir antes.

Prefiero hablar de otra cosa con los médicos.

Prefiero las viejas ilustraciones a rayas.

Prefiero lo ridículo de escribir poemas

a lo ridículo de no escribirlos.

Prefiero en el amor los aniversarios no exactos

que se celebran todos los días.

Prefiero a los moralistas

que no me prometen nada.

Prefiero la bondad astuta que la demasiado crédula.

Prefiero la tierra vestida de civil.

Prefiero los países conquistados a los conquistadores.

Prefiero tener reservas.

Prefiero el infierno del caos al infierno del orden.

Prefiero los cuentos de Grimm a las primeras planas del periódico.

Prefiero las hojas sin flores a la flor sin hojas.

Prefiero los perros con la cola sin cortar.

Prefiero los ojos claros porque los tengo oscuros.

Prefiero los cajones.

Prefiero muchas cosas que aquí no he mencionado

a muchas otras tampoco mencionadas.

Prefiero el cero solo

al que hace cola en una cifra.

Prefiero el tiempo insectil al estelar.

Prefiero tocar madera.

Prefiero no preguntar cuánto me queda y cuándo.

Prefiero tomar en cuenta incluso la posibilidad

de que el ser tiene su razón.

 

Las cuitas del joven Werther, Slawomir Mrozek

REGLAS_DE_ORO_DE_LA_GESTALT_by_parkingirlEl director de la filarmónica nos recibió con amabilidad.

¿En qué puedo servirles? —preguntó.

Nos debe cincuenta mil.

Es posible, pero no acierto a saber por qué razón. ¿Podrían ustedes aclarármelo?

En calidad de anticipo —le aclaré.

Tal vez, es una práctica habitual. Pero anticipo, ¿a cuenta de qué?

De nuestra actuación en la filarmónica.

Sí, eso ya tiene cierto fundamento. Sin embargo, si no me falla la memoria, es la primera vez que nos vemos. ¿Acaso hemos firmado un contrato por correo?

Aún no, pero podemos firmarlo ahora mismo.

Indudablemente. Pero quisiera conocer a grandes rasgos su propuesta. ¿Ustedes forman un conjunto musical?

De momento no, pero lo formaremos.

¿Y más o menos con qué repertorio?

Eso ya lo veremos cuando aprendamos a tocar.

¿A tocar?

Sí, a tocar instrumentos musicales, por supuesto.

La torpeza de ese individuo comenzaba a enervarme.

¿Quiere decir que aún no saben?

Aún o ya, ¿qué más da? El futuro de todas formas nos pertenece. ¿No ve que somos jóvenes?

¡Oh!, desde luego. Sin embargo, ¿puedo sugerirles algo? Primero aprendan a tocar, después toquen un poco y después nos vemos. El futuro sin duda les pertenece.

Y no nos dio el anticipo, el muy facha. Salimos de allí perjudicados socialmente.

En el muro había un cartel que anunciaba la actuación de un tal Mozart.

¿Quién es? —preguntó…, pero no me acuerdo cual de nosotros, porque me falla la memoria, sobre todo antes del mediodía.

Seguramente un viejo.

Dejamos de pensar en el arte y nos dedicamos a construir una bomba. Un día de estos la pondremos en la filarmónica. La lucha por la justicia es lo primero.

No conseguí salvar una vida, Jerzy Ficowski

Exif_JPEG_PICTUREno conseguí salvar
ni una sóla vida

no supe detener
ni una sóla bala

por eso recorro cementerios
que no existen
busco palabras
que no existen
corro

en ayuda de quien no me la pidió
en un auxilio póstumo

quiero llegar a tiempo
aunque el tiempo nos haya terminado.

Descubrimiento, Wislawa Szymborska

opa-56Creo en el gran descubrimiento.
Creo en el hombre que hará el descubrimiento.
Creo en el terror del hombre que hará el descubrimiento.
Creo en la palidez de su rostro,
la náusea, el sudor frío en su labio.
Creo en la quema de las notas,
quema hasta las cenizas,
quema hasta la última.
Creo en la dispersión de los números,
su dispersión sin remordimiento.
Creo en la rapidez del hombre,
la precisión de sus movimientos,
su libre albedrío no reprimido.
Creo en la destrucción de las tablillas,
el vertido de los líquidos,
la extinción del rayo.
Afirmo que todo funcionará
y que no será demasiado tarde,
y que las cosas se develarán en ausencia de testigos.
Nadie lo averiguará, no me cabe duda,
ni esposa ni muralla,
ni siquiera un pájaro, porque bien puede cantar.
Creo en la mano detenida,
creo en la carrera arruinada,
creo en la labor perdida de muchos años.
Creo en el secreto llevado a la tumba.
Para mí estas palabras se remontan por encima de las reglas.
No buscan apoyo en ejemplos de ninguna clase.
Mi fe es fuerte, ciega y sin ningún fundamento.

El funeral, Slawomir Mrozek

00035016-NPP-004Durante un paseo, me uní a un cortejo fúnebre. Siempre anima más que vagar uno solo y sin rumbo. No sabía a quién estaban enterrando, pero ¿qué importaba? Nosotros, los humanos, formamos todos una gran familia.

Además, siempre se puede preguntar. Mi vecino de la izquierda del cortejo tampoco lo sabía.

—Voy a la tintorería a recoger un pantalón. He visto un funeral y puesto que me pilla de camino me he unido. Sólo hasta la esquina y después tuerzo.

Pregunté, pues, al vecino de la derecha.

—¿Que de quién es el funeral? Y yo qué sé, ¿acaso muere poca gente? El banco no abre hasta las nueve, así que tengo un poco de tiempo todavía.

El tercero, que caminaba unos pasos atrás, tampoco era capaz de informarme.

—Yo no soy de aquí, soy un simple turista. Pero pregunte a esa señora con velo negro, la que camina detrás del féretro. Tiene pinta de ser la viuda y debe de saberlo.

En ese momento empezó a llover y abandoné el cortejo. No voy a mojarme por alguien a quien ni siquiera conozco personalmente.