Caja de Pandora, Esteban Couto

No podíamos decir nada. Lo que pasó debía quedar entre nosotras dos: nadie más debía saberlo. Todo estaría bien, siempre y cuando mantuviéramos la boca cerrada. Aquel montículo de tierra sólo habla con palabras de viento y rojo-sangre en los labios. Y todo se reduce a la celda impenetrable que sella los nuestros. Nunca estuvimos en el río: nunca hemos paseado en bote a través de sus aguas: Carlos nunca nos acompañó. No sabemos nada, ni del tiempo ni de su sombra, por más que éstos nos torturen con los malos recuerdos. Debemos hacer lo posible por guardar en un baúl aquel episodio, y jamás dejarlo salir. A partir de aquel instante hemos tratado de fabricar una nueva vida. Atrás dejamos a Carlos y sus palabras cargadas de un tono persuasivo; atrás los paseos en el río y su afán por ocultar el bote entre la vegetación; atrás su manía por desnudarse frente a nosotras y llevar a cabo sus oscuros juegos. Todo lo vivido hasta entonces debía desaparecer. Ésa fue la promesa, de esa manera giraríamos las manijas del reloj a favor nuestro. No teníamos idea de cómo reaccionarían los adultos si se llegasen a enterar de lo ocurrido. Si queríamos comenzar de cero, era necesario guardar este secreto: aquél día viernes quedaría extirpado para siempre de nuestra memoria, así como el montículo de tierra que cubría el dolor y el deseo. Estaba decidido: lo descubrieran o no, jamás diríamos nada; al menos hasta dentro de seis o siete años, cuando cumpliéramos la mayoría de edad y tengamos las fuerzas suficientes para superarlo por completo.

Hoy, ningún recuerdo afín es real. Nuestra mente parece ser una cinta en blanco. Ahora sólo podemos evocar cómo respirábamos hondo, cómo nos tomábamos de la mano, cómo contemplábamos en silencio con qué esfuerzo los policías buscaban infructuosamente el cadáver.

Contar historias, Mario Vargas Llosa

(1)Inventar y contar historias es tan antiguo como hablar, un quehacer que debió nacer y crecer con el lenguaje, cuando de los gruñidos, los murmullos, la gesticulación y las muecas, nuestros antepasados, esos seres primitivos, ya no simios pero todavía no humanos, comenzaron a intercambiar palabras y a entenderse de acuerdo con un código elemental que con los años se iría sutilizando hasta grandes extremos de complejidad.

¿Qué se contaban esos bípedos, allá, en el fondo de los siglos, en esas noches llenas de espanto y asombro, alrededor de las fogatas, bajo el resplandor de las estrellas? Lo que les ocurría a unos y otros en la desesperada lucha por la supervivencia que era la vida cotidiana: la sorpresa que deparaban a veces las trampas en las que, de pronto, en vez del ciervo o el mono, caían el tigre o el león, o la aparición en su camino de otros seres que, pese a no hablar del mismo modo, ni tatuarse con los mismos colores ni figuras, ni cazar con las mismas armas, parecían también humanos. Se contaban lo que les ocurría, pero esa vida hecha de palabras no era la misma vida que pretendían reproducir las historias: era una vida alterada por el lenguaje, la exageración y la vanidad de los contadores, por el vuelo de su imaginación y por las trampas de la memoria. Pero se contaban, también, y acaso sobre todo, lo que no les ocurría, o, mejor dicho, lo que sólo les ocurría en el impalpable y secreto mundo de los deseos, de los instintos, apetitos y sueños: los goces y los excesos codiciados, las aventuras imposibles, las apariciones temidas, los milagros.

¿Por qué lo hacían? Porque inventar y contar historias era la mejor manera de enriquecer la miserable vida que tenían, de dar alguna respuesta a los millones de preguntas que los angustiaban, y porque dejarse hechizar por una historia era una magia que los distraía y sacaba provisionalmente del pavor, la incertidumbre y los infinitos peligros en que consistía su existencia.

Esas historias aumentaban sus vidas, encendían las tinieblas de su ignorancia con imágenes en las que proyectaban sus fantasmas y encarnaban sus sueños. La realidad era confusa, llena de irrealidad, y semejante confusión se reflejaba en la vida inventada de los cuentos donde las aventuras y los prodigios revoloteaban como las chispas de la fogata que devoraba a los insectos, ahuyentaba a las fieras y daba calor al contador y a sus oyentes. Los animales hablaban como los hombres y las mujeres y éstos volaban como pájaros o mudaban de naturaleza igual a los gusanos que se volvían mariposas. El mundo y el trasmundo no tenían fronteras y, a diferencia de lo que ocurría en sus vidas reales, el tiempo en las historias no corría, se paraba, retrocedía, o giraba mordiéndose la cola como un crótalo. Todos los cuentos eran, entonces, cuentos de hadas porque la vida era todavía puro pálpito, fantasía y sinrazón.

Los cuentos, las historias, fueron anteriores a las religiones y también sus rudimentos, las semillas que la imaginación, el miedo y el sueño de la inmortalidad desarrollarían luego en mitos, teologías, sistemas filosóficos y arquitecturas intelectuales fabulosas. Contar historias fue un ligamento de la comunidad, un quehacer que hermanaba a los miembros de la tribu, porque las historias se inventan para ser contadas a los demás, unos “otros” que, atrapados por el hechizo de las narraciones compartidas, se convierten en nosotros. Las historias sacaban al primitivo de su soledad y lo volvían un participante, alguien que se integraba a un cuerpo colectivo bajo el efecto imantador de la ficción para compartir unos ancestros, unos dioses, una tradición y reconocer su propia historia.

Así, junto a la vida verdadera, la del sudor, el hambre, la rutina, la enfermedad, otra vida surgió, hecha de palabras y fantasía. Se escuchaba alrededor de las fogatas y permanecía en la memoria, como un vino del que se podía beber de tanto en tanto para revivir aquella embriaguez que sacaba al ser humano del mundo real y lo transportaba a otro, de espejismos y aventuras sin fin, un mundo donde todos los anhelos podían ser realizados y en el que hombres y mujeres vivían muchas vidas y vencían a la muerte. Las historias en las que los antiguos se sumergían les deparaban una libertad que desconocían en la sordidez y la rutina embrutecedoras de su existencia real y les daban la ilusión de la inmortalidad. Esa “otra” vida de las historias era, para la elemental supervivencia de los tiempos prehistóricos, la única digna, la única merecedora de llamarse así, porque la que colmaba sus días y noches era apenas un simulacro de vida, una forma lenta de muerte.

De este modo, junto a la vida real, la otra vida, la fabulada, fue surgiendo, paralela, impalpable, oral, emancipada de la cronología y sin los condicionamientos y servidumbres de la vida verdadera, una vida de prodigios en la que el ser humano podía volar y los pájaros hablar y los ancianos volverse niños y los audaces viajar en el tiempo o penetrar en las entrañas del árbol, de la piedra y recibir las confidencias del fuego y las estrellas. Inventar y contar historias era vivir más y mejor, era una manera de conjurar la infelicidad y, aunque fuera por breves paréntesis, tener las prerrogativas y atributos, no de un miserable mortal, sino de un dios. Sin saberlo ni quererlo, los seres humanos habían descubierto un paliativo contra el infortunio, pero, también, un arma peligrosísima. En efecto, la ficción, modestamente aparecida para combatir el tedio del hombre feral y sus miedos ancestrales, se convertiría en un fermento de su curiosidad, en un imparable estimulante de su imaginación, en un combustible de sus afectos y deseos, y en el motor de su insatisfacción. Entregándose a la tarea de inventar historias cada vez con más audacia, el ser humano iría enriqueciendo y sutilizando sus apetitos y sentimientos y descubriendo los alcances de la libertad, territorio extensible en el que, multiplicando las ilusiones de la vida soñada de las historias y los cuentos, sería capaz de mayores proezas, de aventuras que irían profundizando sus conocimientos y su dominio de la naturaleza. La ficción permitió a hombres y mujeres ensanchar infinitamente esos límites de la condición humana que, a diferencia de lo que ocurría en las historias fabuladas, en la vida real eran siempre inflexibles.

Los cuentos daban a los oyentes cierta seguridad en la peligrosa anarquía en la que vivían. Los instalaban dentro de un orden, que, no por ser maravilloso, era menos real, puesto que era creído. La realidad se organizaba gracias a la ficción de una manera inteligible que modelaba la vida y explicaba la muerte; así, el hombre y la mujer se sentían protegidos, rodeados de un sistema que conjuraba sus miedos y ofrecía premios a sus sacrificios y desagravios a sus penas en el más allá.

¿Hacía la ficción a los hombres y mujeres más felices? Los hacía más inquietos, menos resignados a su suerte, más libres y temerarios. Pero no es seguro que los hiciera más felices, salvo en los intervalos de irrealidad en que, arrullados por la voz de los contadores de historias, vivían la ficción como una experiencia vital. Luego, al romperse el hechizo y volver del sueño a la lucidez, qué tristeza, qué frustración, qué nostalgia caería sobre esos embelesados oyentes al comprobar lo mediocre que es la vida vivida en comparación con la inventada.

Con la aparición de la escritura, el arte de contar historias experimentó una mudanza radical. Dejó de ser, desde su nacimiento, creación colectiva, ceremonia compartida por una colectividad, y se tornó quehacer individual y actividad privada. Las historias llegaron desde entonces a su público a través de un intermediario no pasivo sino activísimo: la escritura. Esos signos cifrados, discreta pero inevitablemente, infligían a lo narrado un derrotero distinto al que le imprimía el ser contado, unos signos que el escritor tenía que emplear valiéndose de toda clase de artilugios para simular, en el silencio de la lectura, la voz —las entonaciones, los silencios, los énfasis— y también los ademanes y gestos del narrador.

Antes de la escritura, los cuentos contaminaban todas las manifestaciones de la vida. A tal extremo que, en aquel pasado anterior a la historia —vale decir, anterior a la escritura—, las más refinadas técnicas y disciplinas no consiguen establecer una demarcación precisa entre la historia vivida y la vida fabulada que ha llegado hasta nosotros a través de la tradición oral y las grandes epopeyas, mitologías y teodiceas fundadoras de civilizaciones y culturas. En ellas, vida y sueño, historia y ficción, realidad y fábula se confunden, como en la mente de un niño esas fantasías que él toma siempre por verdaderas. La lectura imprimió a la ficción una orientación más intelectual. Hasta entonces, las historias oídas sacudían primero la emoción y el sentimiento, el instinto y la sensibilidad y sólo secundariamente la inteligencia y la razón. Pero la escritura, con su exigencia al lector de reconvertir el signo en imágenes e ideas, promovió a un primer plano la racionalidad en la comprensión de las historias. De este modo, nació el “realismo”, un mandato de verosimilitud, según el cual el texto narrativo debía ajustarse a los cánones de la realidad. Sin embargo, como los cánones de la realidad dependen del conocimiento, y también de las supersticiones, los hechizos, las magias y las infinitas supercherías que disimulan la ignorancia, pese a sus pretensiones realistas la literatura narrativa siguió reflejando a lo largo de su evolución un mundo en el que se mezclaban de manera irresistible la historia y la fábula, la experiencia y la invención, la lucidez y las fantasmagorías.

En la soledad de la lectura, las ficciones revolucionaron el amor, sublimándolo unas veces y otras impregnándolo de rituales y de sensualidad. La vida inventada de la literatura fue decisiva para la desanimalización del amor físico que, poco a poco, gracias a las imágenes y fantasía de la literatura, se volvió ceremonia, teatro, aventura y creación, al mismo tiempo que fiesta y placer de los sentidos. El erotismo o humanización del amor físico no hubiera nacido nunca sin la ayuda de la ficción.

Con el avance irresistible del conocimiento en todos los dominios, y su inevitable corolario, la especialización, el saber se iría convirtiendo en un archipiélago cuando no en una jungla en la que a cada investigador, científico o técnico, le correspondería acotar un pequeño espacio, del que sería amo y señor. Pero la visión de conjunto desaparecería bajo esa diseminación de saberes particulares. Sólo la ficción mantendría incólume hasta nuestros días, en ese universo de conocimientos fragmentados y parciales, una visión totalizadora de esa vida en la que, como en la definición del hombre de Bataille, “se funden los contrarios”.

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Entrevistando a Borges, Mario Vargas Llosa

9c377901-8ac1-4622-96c7-84645c4b63ae-Discúlpeme usted, Jorge Luis Borges, pero lo único que se me ocurre para comenzar esta entrevista es una pregunta convencional: ¿cuál es la razón de su visita a Francia?

-Fui invitado a dos congresos por el Congreso por la Libertad de la Cultura, en Berlín. Fui invitado también por la Deutsche Regierum, por el gobierno alemán, y luego mi gira continuó y estuve en Holanda, en la ciudad de Amsterdam, que tenía muchas ganas de conocer. Luego mi secretaria María Esther Vázquez y yo seguimos por Inglaterra, Escocia, Suecia, Dinamarca y ahora estoy en París. El sábado iremos a Madrid , donde permaneceremos una semana. Luego, volveremos a la patria. Todo esto habrá durado poco más de dos meses.

-Tengo entendido que asistió al Coloquio que se ha celebrado recientemente en Berlín entre escritores alemanes y latinoamericanos. ¿Quiere darme su impresión de este encuentro?

-Bueno, este encuentro fue agradable en el sentido de que pude conversar con muchos colegas míos. Pero en cuanto a los resultados de esos congresos, creo que son puramente negativos. Y, además, parece que nuestra época nos obliga a ello, yo tuve que expresar mi sorpresa -no exenta de melancolía -, de que en una reunión de escritores se hablara tan poco de literatura y tanto de política, un tema que es más bien, bueno, digamos tedioso. Pero, desde luego, agradezco haber sido invitado a ese congreso, ya que para un hombre sin mayores posibilidades económicas como yo, esto me ha permitido conocer países que no conocía, llevar en mi memoria muchas imágenes inolvidables de ciudades de distintos países. Pero, en general, creo que los congresos literarios vienen a ser como una forma de turismo, ¿no?, lo cual, desde luego, no es del todo desagradable.

-En los últimos años, su obra ha alcanzado una audiencia excepcional aquí, en Francia. La “Historia universal de la infamia” y la “Historia de la eternidad” se han publicado en libros de bolsillo, y se han vendido millares de ejemplares en pocas semanas. Además de “L’Herne”, otras dos revistas literarias preparan números especiales dedicados a su obra. Y ya vio usted que en el Instituto de Altos Estudios de América Latina tuvieron que colocar parlantes hasta en la calle, para las personas que no pudieron entrar el auditorio a escuchar su conferencia. ¿Qué impresión le ha causado todo esto?

-Una impresión de sorpresa. Una gran sorpresa. Imagínese, yo soy un hombre de 65 años, y he publicado muchos libros, pero al principio esos libros fueron escritos para mí, y para un pequeño grupo de amigos. Recuerdo mi sorpresa y mi alegría cuando supe, hace muchos años, que de mi libro “Historia de la eternidad” se habían vendido en un año hasta 37 ejemplares. Yo hubiera querido agradecer personalmente a cada uno de los compradores, o presentarle mis excusas. También es verdad que 37 compradores son imaginables, es decir son 37 personas que tienen rasgos personales, y biografía, domicilio, estado civil, etc. En cambio, sí uno llega a vender mil o dos mil ejemplares, ya eso es tan abstracto que es como si uno no hubiera vendido ninguno. Ahora, el hecho es que en Francia han sido extraordinariamente generosos, generosos hasta la injusticia conmigo. Una publicación como “L’Herne”, por ejemplo, es algo que me ha colmado de gratitud y al mismo tiempo me ha abrumado un poco. Me he sentido indigno de una atención tan inteligente, tan perspicaz, tan minuciosa y, le repito, tan generosa conmigo. Veo que en Francia hay mucha gente que conoce mi “obra” (uso esta palabra entre comillas) mucho mejor que yo. A veces, y en estos días, me han hecho preguntas sobre tal o cual personaje: ¿por qué John Vincent Moon vaciló antes de contestar? Y luego, al cabo de un rato, he recapacitado y me he dado cuenta que John Vincent Moon es protagonista de un cuento mío y he tenido que inventar una respuesta cualquiera para no confesar que me he olvidado totalmente del cuento y que no sé exactamente las razones de tal o cual circunstancia. Todo eso me alegra y, al mismo tiempo, me produce como un ligero y agradable vértigo.

-¿Qué ha significado en su formación la cultura francesa?; ¿algún escritor francés ha ejercido una influencia decisiva en usted?

-Bueno, desde luego. Yo hice todo mi bachillerato en Ginebra, durante la primera guerra mundial. Es decir que durante muchos años, el francés fue, no diré el idioma en el que yo soñaba o en el que sacaba cuentas, porque nunca llegué a tanto, pero sí un idioma cotidiano para mí. Y, desde luego la cultura francesa ha influido en mí, como ha influido en la cultura de todos los americanos del Sur, quizá más que en la cultura de los españoles.

Pero hay algunos autores que yo quisiera destacar especialmente y esos autores son Montaigne, Flaubert –quizá Flaubert más que ningún otro -, y luego un autor personalmente desagradable a través de lo que uno puede juzgar por sus libros, pero la verdad es que trataba de ser desagradable y lo consiguió: Leon Bloy. Sobre todo me interesa en Leon Bloy esa idea suya, esa idea que ya los cabalistas y el místico sueco Swedenborg tuvieron pero que sin duda él sacó de sí mismo, la idea del universo como una suerte de escritura, como una criptografía de la divinidad. Y en cuanto a la poesía, creo que usted me encontrará bastante “pompier”, bastante “vieux jouer”, rococó, porque mis preferencias en lo que se refiere a poesía francesa siguen siendo la Chanson de Roland, la obra de Hugo, la obra de Verlaine, y -pero ya en un plano menor- la obra de poetas como Paul-Jean Toulet, el de las “Contrerimes”. Pero hay sin duda muchos autores que no nombro que han influido en mí. Es posible que en algún poema mío haya algún eco de la voz de ciertos poemas épicos de Apollinaire, eso no me sorprendería. Pero si tuviera que elegir un autor (aunque no hay absolutamente ninguna razón para elegir un autor y descartar los otros), ese autor francés sería siempre Flaubert.

Se suele distinguir dos Flaubert: el realista de “Madame Bovary” y “La educación sentimental”, y el de las grandes construcciones históricas, “Salambó” y “La tentación de San Antonio”. ¿Cuál de los dos prefiere?

-Bueno, creo que tendría que referirme a un tercer Flaubert, que es un poco los dos que usted ha citado. Creo que uno de los libros que yo he leído y releído más en mi vida es el inconcluso “Bouvard y Pecuchet”. Pero estoy muy orgulloso, porque en mi biblioteca, en Buenos Aires, tengo una ‘editio princeps’ de Salambó y otra de la Tentación. He conseguido eso en Buenos Aires y aquí me dicen que se trata de libros inhallables, ¿no? Y en Buenos Aires no sé qué feliz azar me ha puesto esos libros entre las manos. Y me conmueve pensar que yo estoy viendo exactamente lo que Flaubert vio alguna vez, esa primera edición que siempre emociona tanto a un autor.

-Usted ha escrito poemas, cuentos y ensayo. ¿Tiene predilección por alguno de esos géneros?

-Ahora, al término de al carrera literaria, tengo la impresión que he cultivado un solo género: la poesía. Salvo que mi poesía se ha expresado muchas veces en prosa y no en verso. Pero como hace unos diez años que he perdido la vista, y a mí me gusta mucho vigilar, revisar lo que escribo, ahora me he vuelto a las formas regulares del verso. Ya que un soneto, por ejemplo, puede componerse en la calle, en el subterráneo, aseando por los corredores de la Biblioteca Nacional, y la rima tiene una virtud mnemónica que usted conoce. Es decir, uno puede trabajar y pulir un soneto mentalmente y luego, cuando el soneto está más o menos maduro, entonces lo dicto, dejo pasar unos diez o doce días y luego lo retomo, lo modifico lo corrijo hasta que llega un momento en que ese soneto ya puede publicarse sin mayor deshonra para el autor.

Para terminar, le voy a hacer otra pregunta convencional: si tuviera que pasar el resto de sus días en una isla desierta con cinco libros, ¿cuáles elegiría?

-Es una pregunta difícil, porque cinco es poco o es demasiado. Además, no sé si se trata de cinco libros o de cinco volúmenes.

-Digamos, cinco volúmenes.

-¿Cinco volúmenes? Bueno, yo creo que llevaría la “Historia de la Declinación y Caída del lmperio Romano” de Gibbons. No creo que llevaría ninguna novela, sino más bien un libro de historia. Bueno, vamos a suponer que eso sea en una edición de dos volúmenes. Luego, me gustaría llevar algún libro que yo no comprendiera del todo, para poder leerlo y releerlo, digamos la “Introducción a la Filosofía de las Matemáticas” de Russell, o algún libro de Henri Poincaré. Me gustaría llevar eso también. Ya tenemos tres volúmenes. Luego, podría llevar un volumen cualquiera, elegido el azar, de una enciclopedia. Ahí ya podría haber muchas lecturas. Sobre todo, no de una enciclopedia actual, porque las enciclopedias actuales son libros de consulta, sino de una enciclopedia publicada hacia 1910 o 1911, algún volumen de Brockhaus, o de Mayer, o de la Enciclopedia Británica, es decir cuando las enciclopedias eran todavía libros de lectura. Tenemos cuatro. Y luego, para el último, voy a hacer una trampa, voy a llevar un libro que es una biblioteca, es decir llevaría la Biblia. Y en cuanto a la poesía, que está ausente de este catálogo, eso me obligaría a encargarme yo, y entonces no leería versos. Además, mí memoria está tan poblada de versos que creo que no necesito libros. Yo mismo soy una especie de antología de muchas literaturas.

Yo, que recuerdo mal las circunstancias de mi propia vida, puedo decirle indefinidamente y tediosamente versos en latín, en español, en inglés, en inglés antiguo, en francés, en italiano, en portugués. No sé si he contestado bien a su pregunta.

-Sí, muy bien, Jorge Luis Borges. Muchas gracias.

Soy, María Germaná Matta

Gerda WegenerSoy la noche

Que arranca a la luna

El silencio austero de sus muertos.

Soy la rosa

Que exhala el pálido suspiro

De tiempos mancillados.

Soy el ángel

Que vierte trocitos de cristal

Sobre la bruma de una lágrima.

Soy el pincel

Que dibuja en la penumbra

De tus otoños más bizarros.

Soy la rama

Que hurga en la tiniebla abigarrada

De tu mano izquierda.

Soy el lienzo

Que maquilla nubes lánguidas

De surcos inflamados.

Soy el invierno

Que arrulla tus sueños abatidos

De pesares y de olvido.

Soy aquello que no existe

Y, sin embargo grita.

 

Y en sueño te convertirás, Juan Cristóbal

1 Autorretrato con piel de Birgit JürgenssenNo podía creer lo que había soñado. Que una mujer se tiraba bajo las ruedas de un carro y su esposo no la salvaba, pudiéndolo hacer. Pero el sueño había comenzado antes, cuando ambos vivían en un departamento de recién casados, donde siempre, los fines de semana, habían reuniones y fiestas con amigos, donde todo era felicidad y comprensión. Y después vino el sueño, la desgracia. Esa imagen me dio vueltas a la cabeza todo el día: ¿Por qué había sucedido? ¿Qué había llevado a ella a esa determinación? ¿Por qué él no la salvó pudiéndolo hacer? Hacia la mitad de la tarde, después de tomar la siesta y leer el periódico, decidí contarle a mi esposa lo soñado. Pero antes de hacerlo me pregunté: ¿No lo tomará a mal? ¿No creerá que hay algún instinto reprimido? ¿No pensará que quiera que eso le suceda? Me dio retortijones el contarle. Pensé que sería mejor consultar con el médico amigo de la casa. Un consejo no hace daño a nadie, pensé, y me dirigí a su consultorio, que, felizmente, queda cerca donde vivimos. Lamentablemente, no lo encontré, había salido de viaje y no regresaría hasta dentro de quince días. Volví, con la cabeza gacha, cavilando, si debía o no contarle lo soñado. Decidí hacerlo. Pero cuando llegué a mi departamento me arrepentí. Pensé, veremos lo que pasa. Abrí la puerta y vi a mi esposa preparando unas tacitas de café y unos panes con queso en el horno. Le di un beso y me senté en la mesa de la cocina. Conversamos de cosas sin importancia. Ella, de pronto me dijo, “ya no me cuentas lo que sueñas”. Me sorprendió su curiosidad, justo en ese momento, por lo que no le contesté. Pero al poco rato volvió a insistir sobre el asunto. Entonces le dije, “los años me hacen olvidar los sueños”. Y comencé a beber el café que estaba sobre la mesa. “Tal vez deba esperar el momento adecuado”, me dije para mis adentros, “porque no creo que me crea lo que le acabo de decir”. Comí un pan y terminé la taza de café. Me fui a la sala, prendí la tv para escuchar las noticias. Pero no veía las imágenes, seguí pensando en lo que había soñado y si debía o no decírselo a mi esposa. Pasó un par de horas y seguía en ese dilema. Hasta que por fin me hice la pregunta que debí habérmela hecho desde el principio: ¿Si mi esposa hiciera lo mismo, yo la salvaría?

Dios estaba en la puerta, César Moro

87 (54)Dios estaba en la puerta. Cuidaba de no envejecer. Pudriéndose de belleza, ausente en su presencia, a la cabeza de los ruidos, podía quedarse la duración infinita de la ciudad al crepúsculo. Oscuro peatón, irradiaba al asumir la sola luz de la noche. La sombra amada de sus piernas se bañaba en la marejada y sus pies pisaban el corazón inocente del prodigio. Su presencia borrosa, cegadora de evidencia, no servía sino a alumbrar mejor la llama de vincapervinca en los ojos de los que pasaban sin verle pero que, desde siempre, hubieran deseado verle en su puesto, ante la puerta, tal una proa hendiendo los rompientes del crepúsculo. Dios esclavo dominando con su desnudez esencial el remolino de la muchedumbre ausente bañada por los esplendores reales de la domesticidad divina. Dios Padre, joven en su vejez de vigilante saurio emergiendo de la sombra a la sombra. Su cabeza parda alumbrada de negro resplandecía de un rubio sordo e infernal. Su belleza no podía ser sino de este mundo: con su calor suave su bondad era la frialdad misma, ¿acecharía, indiferente, a una víctima? ¿Quién era su víctima? ¿Había, existía una víctima? ¿Existió nunca la víctima? Todas estas preguntas sin resolver delante de Dios a su puerta y que ahora hacen juegos malabares en sus manos con una simplicidad desprovista de toda respuesta porque no había habido nunca preguntas, nada más que el suplicio, la extorsión, la confesión por la tortura, la ausencia en el instante mismo de la pregunta y la respuesta porque, apenas planteada, esa se perdía en el humo espeso de contestaciones ya inexistentes, ya caducas, inactuales ante la vejez, la inactualidad feroz de las preguntas.

Y supe entonces cuán cálida y minúscula es la eternidad, manejada como un reloj de bolsillo apto para todos los usos desde jabón matinal hasta pelambre de gato. Humana en su más sórdida acepción, cómoda, intercambiable, que paga en moneda de burla, en especies tangibles, buena para pagar cualquier cosa y también para engañarse con preguntas metafísicas, preguntas como éstas: ¿qué hora será dentro de ciento cincuenta años? O ¿cuál es la palabra para hacer jabonar la barba a las moscas?

Pero Dios probablemente ha permanecido a la puerta, a su puerta, ignorándose a sí mismo e ignorando todo de esa puerta porque la suprema inteligencia no es sino el vacío absoluto, la ausencia cálida de inteligencia, la nada volcándose sobre sí misma, proyectando de todas partes sus lentejuelas de amianto invisibles a todos.

Y sólo yo he podido ver por toda la eternidad a Dios ante su puerta, que no era tal detrás de él, que tampoco lo era.

Un día, Isaac Goldemberg

1 (1)

 

 

Un día

un hombre se despierta invadido

por una abrumadora sensación de espanto

se siente monstruo

y devorado por dentro

poco a poco

Da voces

forcejea

se maltrata a gritos

alarga la mano

toca su niñez

gravita en el recuerdo

Se da vuelta

se encuentra frente a frente

llora

harto de saberse

siempre el mismo

de ser monstruo y hombre

y ocupar tantos espacios

Se entrega al sueño

se retira de su diente

de su uña

Habla

adopta otro nombre

confisca su pasado

muda de piel

piensa

Desiste del suicidio

espanta al monstruo

se apacigua

duerme

hasta que un día

cuando menos lo imagina

se despierta

Réquiem por el ave madrugadora, Fernando Iwasaki

1

Yo no deseaba ser enterrado, pues siempre me repugnó la idea de poblar una tumba con la misma mueca. Me entusiasmaba en cambio imaginar que, aún después de la muerte, mi corazón podía seguir latiendo, mis ojos goteando de la belleza y mis riñones esculpiendo filosos cálculos dentro de anónimos cómplices en ese juego irracional y materialista de aferrarse a la vida. Pero tuve la mala suerte de fallecer antes que mi esposa y mis órganos nunca fueran donados, ni mis satisfechos escombros desguazados e incinerados.

No hay mejor coartada para el luto que un cadáver, y en lugar de las ascuas purificadoras sólo tuve flores que al pudrirse atrajeron a las primeras moscas y gusanos. Sobre mi lápida ella representó el doloroso ritual de la etiqueta fúnebre, y años más tarde dejó de venir, cuando decidió rehacer su vida. No hay mejor afrodisíaco que un cadáver. Después apenas siguieron visitándome mis hijas, hasta que otros muertos las arrebataron de mi lado. Ahora soy un agujero más de este gran queso de cemento.

Me irrita que todos estén tan quietos, larvando en espera de un juicio que nunca llegará. Ahora que puedo salir lo haré con los primeros rayos del sol. Tengo hambre, y me pienso comer al primer pájaro que se acerque.

El juego de ser madre, Carlos Meneses Cárdenas

Phillip Dvorak

La madre se quitó el ojo derecho y fue a venderlo. Envió el producto de la venta por correo urgente y esperó ansiosa, las noticias. Tiempo después recibió una carta escueta en la que pedía más dinero. Vendió su pierna izquierda y todo su cabello castaño desteñido, envió apresuradamente el dinero y esperó. La respuesta llegó con retraso, en realidad, no fue una respuesta sino un nuevo mensaje de clamorosa necesidad. Salió inmediatamente a la calle y, ofreció su pecho escuálido y, como cobró una miseria vendió también sus antebrazos y algunas de sus gastadas vértebras. El dinero íntegro salió ese mismo día. Pasaron semanas hasta que llegó un nuevo mensaje desesperado que movilizó a la anciana que ofreció, entonces, su vientre, su flaca y encorvada espalda, sus clavículas y la frente, quiso vender su ternura y su esperanza, pero no le fueron aceptadas en ninguna tienda. El envío fue hecho de inmediato y,como de costumbre, hubo de esperar meses antes de tener noticias y, cuando llegaron, fueron las de siempre.Vendió su naríz, sus labios, su cráneo, su viejo e inútil sexo, su mano izquierda, y le rechazaron por falta de atractivos, su memoria.Estaba segura de que ahora si lo lograría y, cuando tras varios meses de esperar llegó una nueva carta, supo que las cosas habían mejorado.Pero que aún faltaba mucho camino por recorrer y, como siempre, no le quedaba ni una sola moneda. Se quitó el ojo izquierdo, la pierna derecha, sus caderas desvanecidas, la arqueada columna vertebral, el corazón, el último suspiro, y suplicó que enviasen el producto de la venta.

Al día siguiente llegaba un alborozado telegrama, madre, no envíes más dinero, he triunfado.

La huella, Julio Ramón Ribeyro


Hugh Forte

Una mancha negra sobre el suelo lo hizo detenerse súbitamente, con la fuerza de un impacto que hubiera recibido a mansalva. En vano intentó seguir su camino. Delante de sus zapatos la mancha se recortaba amorfa, espesa e incitante, bajo la luz del mediodía.

Lentamente se fue agachando y la pudo observar con detenimiento. Sus bordes, en apariencia lisos, mostraban de cerca sus contornos estriados, con seudópodos ávidos que se proyectaban en todas direcciones. Era una mancha de sangre. Estaba seca; sin embargo, algo había en ella de viviente que lo succionaba y lo retenía con una fuerza inexplicable. Se incorporó para mirar más adelante y pudo observar otras manchas similares que se iban disgregando al azar, como un archipiélago visto desde el aire. Unos pasos más allá todo vestigio de sangre desapareció, y, sin poder explicárselo, fue reconfortado por un sentimiento de salvación. Aquellas manchas tenían algo en común por él, a punto de que juraría que habían brotado de su propio cuerpo. Pero un trecho más adelante aparecieron otras salpicaduras, y luego otras, en una profusión irregular y bestial, adoptando formas y dimensiones alucinantes, como si la hemorragia se hubiera tornado, de pronto, incontenible. Y esa sensación de ansiedad volvió a sobrecogerlo, al extremo que sintió una especie de vértigo, que con gran esfuerzo pudo dominar. Más adelante, sin embargo, la explosión de sangre se normalizó y, con una regularidad geométrica, fueron apareciendo gotas idénticas, igualmente espaciadas, diametralmente exactas, como si hubieran sido impresas con un sello sobre el pavimento. La curiosidad, entonces, fue haciendo soportable su temor, y comenzó a seguirla con una avidez en la que había algo del suicida y del iluminado. Durante muchas cuadras anduvo preso del reguero y, en la distribución de aquellas gotas, iba descubriendo un drama humano, que, sin ninguna razón atendible, le parecía vinculado a su existencia. Las gotas, a veces, se amontonaban, para arrancarse luego en una dirección insospechada, y volverse a detener para cambiar de rumbo. La persecución fue haciéndose interesante y dolorosa, como el espectáculo de una agonía, pero también cada vez más ardua. Las gotas se distanciaban y se empequeñecían, hasta que, de pronto, desaparecieron sin solución de continuidad. En vano buscó, en las cercanías una puerta, una casa donde pudieran haberse introducido. Entonces, sintió una desesperación horrible, como si la pérdida de ese rastro significara para él la pérdida de su vida. Y se lanzó por la acera con la mirada raspando la vereda. Fue entonces que descubrió un objeto arrugado y rojo. Era un pañuelo. Estuvo tentado de recogerlo, pero se contentó con leer el monograma, y las letras entrelazadas le parecieron las de un nombre cercano al suyo. Luego, a corto trecho del pañuelo, surgieron nuevamente las manchas, pero con una copiosidad insospechada.

El rastro, en lugar de ser rectilíneo, fue haciéndose tortuoso, como si el hombre del cual manó aquella sangre hubiera estado tambaleándose y en trance de caer. Los árboles de la calzada, las paredes de las casas, estaban igualmente salpicados. Las manchas, además, eran más frescas y herían la vista como lancetazos. La persecución, entonces, se hizo frenética. Ya no caminaba, sino corría, a pesar de lo cual notó que se estaba introduciendo en su barrio. Pronto estuvo en las inmediaciones de su casa. Más tarde, en la misma esquina, y la sangre aumentaba sin piedad arrastrándolo con la persuasión de una sirena. Por último, se detuvo en la puerta de su hogar. Estaba abierta, y las escaleras le invitaban a subir.

Al mirar los peldaños, descubrió las manchas trepando por ellas, como un reptil implacable. Comenzó a subir. ¿A qué habitación se dirigían? Recorrieron el pasillo, pasaron delante del cuarto de sus padres, vacilaron un instante frente al baño, y siguieron, siguieron hacia su dormitorio, cada vez más vivientes, como si acabaran de ser derramadas. Un vaho caliente brotaba de ellas, y, tras enormes floraciones, se detuvieron frente a la puerta de su cuarto, que estaba entreabierta. Quiso poner la mano en la perilla, pero la notó ensangrentada, al mismo tiempo que sintió algo que caía pesadamente sobre su cama, haciendo crujir el somier. Entonces se quedó inmóvil. Recordó que el monograma del pañuelo correspondía a sus iniciales, y no le quedó la menor duda que en el interior de su habitación acababa de producirse el espectáculo de su propia muerte.

El joven rosado, Mario Vargas Llosa

William Bouguereau

William Bouguereau

La calor del mediodía me adormeció y no lo sentí llegar. Pero abrí los ojos y estaba allí, a mis pies, en medio de una luz rosada. ¿Estaba allí, en verdad? Sí, no lo soñé. De­bió de entrar por la puerta de atrás, que mis padres dejarían abierta, o acaso saltando la verja del huerto, una verja que cualquier muchacho salva sin esfuerzo.

¿Quién era? No lo sé, pero, estoy segura, estuvo aquí, en este mismo corredor, arro­dillado a mis pies. Lo vi y lo oí. Acaba de irse. ¿O debería decir mejor disolverse? Sí: arrodillado a mis pies. No sé por qué se arrodilló, pero no lo hacía burlándose de mí. Desde el principio me trató con tanta dul­zura y reverencia, y mostró tanto respeto y humildad que la zozobra que me invadió al ver, tan cerca, a un extraño, se evaporó como el rocío con el sol. ¿Cómo es posible que no sintiera aprensión estando a solas con un forastero? ¿Con alguien que, además, entró quién sabe cómo al huerto de mi hogar? No lo comprendo. Pero todo el tiempo que el joven estuvo aquí, hablándo­me como se habla a una mujer importante y no la modesta muchacha que soy, me sentí más protegida que rodeada de mis padres o que en el Templo, los sábados.

¡Qué hermoso era! No debería decirlo así, pero lo cierto es que nunca había visto a un ser tan armonioso y suave, de formas tan perfectas y voz tan sutil. Apenas sí podía mirarlo; cada vez que mis ojos se posaban en sus tiernas mejillas, en su limpia frente o en las largas pestañas de sus grandes ojos llenos de bondad y de sabiduría, sentía en mi cara un amanecer caluroso. ¿Eso será, magnificado a todo el cuerpo, lo que sienten las muchachas cuando se enamoran? ¿Esa calor que no viene de afuera, sino de adentro del cuerpo, del fondo del corazón? Mis ami­gas del pueblo hablan de eso a menudo, yo lo sé, pero cuando me acerco a ellas se callan pues saben que soy muy tímida y que ciertos temas –ése, por ejemplo, el amor– me confunden tanto que mi cara se pone color grana y empiezo a tartamudear. ¿Es malo ser así? Esther dice que, por apocada y vergonzosa, nunca sabré qué es el amor. Y Deborah trata siempre de animarme: «Tienes que ser más audaz o tu vida será triste».

Pero el joven Rosado decía que yo soy la elegida, que, entre todas las mujeres, me han señalado a mí. ¿Quién? ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Qué cosa buena o mala he hecho para que alguien me prefiera? Yo sé muy bien lo poco que valgo. En la aldea hay muchachas más lindas y hacendosas, más fuertes, más ilustradas, más valientes. ¿Por qué me elegirían,  pues, a mí? ¿Por ser más reservada y asustadiza? ¿Por mi paciencia? ¿Por llevarme bien con todo el mundo? ¿Por el cariño con que ordeño a nuestra cabrita y la alegría que me causan los quehaceres simples de cada día, como asear la casa, regar el huerto y preparar la comida de mis padres? No creo tener más méritos que ésos, si es que lo son, y no defectos. Deborah me dijo aquella vez: «Tú careces de aspiraciones, María». Tal vez sea cierto. Qué voy a hacer si así nací: me gusta la vida y el mundo me parece bello tal como es. Por eso dirán que soy simple. Sin duda lo soy, pues siempre he evitado las complicaciones. Pero algunos anhelos sí ten­go. Me gustaría que mi cabrita no se muriera nunca, por ejemplo. Cuando me lame la mano pienso que un día se morirá y en­tonces se me empuña el corazón. No es bueno sufrir. Me gustaría, también, que na­die sufra.

El joven decía cosas absurdas, pero de manera tan melodiosa y cándida que no me atreví a reírme. Que me bendecirían, a mí y al fruto de mi vientre. Eso decía. ¿Sería un  mago, tal vez? ¿Estaría con esas palabras formulando un conjuro a favor o en contra de algo, de alguien? No supe preguntárselo. A sus palabras sólo atiné a balbucear lo que contesto cuando mis padres me aleccionan o reprenden: «Está bien, haré lo que me corresponda, señor». Y me cubrí el vientre con las manos, asustada. ¿El «fruto de mi vientre» querrá decir que tendré un hijo? Qué dichosa me sentiría. Ojalá fuera un varón tan dulce y misterioso como el joven que vino a verme.

No sé si alegrarme o apenarme por esa visita. Presiento que a partir de ella cambia­rá mi vida. ¿De qué manera? ¿Será para mi bien o mi desgracia? ¿Por qué, en medio del regocijo que me causa recordar las dulces palabras de ese joven, siento, de pronto, miedo, como si se abriera súbitamente la tierra y divisara a mis pies un abismo eri­zado de monstruos espantosos al que me quieren obligar a saltar?

Dijo cosas bonitas, que sonaban muy lindo, pero difíciles de comprender. «Desti­no extraordinario, destino sobrenatural», entre otras. ¿A qué se refería? Mi manera de ser me predispone más bien a lo ordinario, a lo común. Todo lo que destaca o desen­tona, cualquier gesto o acción que violente la costumbre o la normalidad, me inhibe y desarma. Cuando alguien, en mi delante, se excede y hace el ridículo, se me inflama la cara y padezco por él. Sólo me siento có­moda cuando advierto que los demás no me notan. «María es tan discreta que parece invisible», juega conmigo Raquel, mi vecina. A mí me gusta oírselo decir. Es cierto: para mí, pasar desapercibida es ser feliz.

Pero eso no significa que carezca de sue­ños y de sentimientos. Sólo que nunca me he sentido atraída por lo extraordinario. Mis amigas me dejan asombrada cuando las oigo quisieran viajar, tener muchos siervos, desposar a un rey. A mí esas fantasías me intimidan. ,¿Qué haría yo en otras tierras, entre gentes distintas a las mías, oyendo otros idiomas? Y qué lamentable reina sería yo, que pierdo la voz y me tiemblan las manos cuando hay algún desconocido oyén­dome. Lo que le pido a la vida es un marido honrado, unos hijos sanos y una existencia tranquila, sin hambre y sin miedo. ¿Qué quiso decir el joven con «destino extraordi­nario, sobrenatural»? Mi timidez me impi­dió responderle lo que debí: «Yo no estoy preparada para eso, yo no soy ésa de la que habla usted. Vaya donde la bella Deborah, más bien, o donde Judith, que es tan resuel­ta, o a casa de Raquel, la inteligente. ¿Cómo puede usted anunciarme a mí que seré reina de los hombres? ¿Cómo decir que me re­zarán en todas las lenguas y que mi nombre cruzará los siglos como los astros el cielo? Usted se equivocó de muchacha y de casa, señor. Yo soy muy poca cosa para esas grandezas. Yo casi no existo».

Antes de irse, el joven se inclinó y besó el ruedo de mi túnica. Un segundo, vi su espalda: había en ella un arco iris, como si se hubieran posado allí las alas de una ma­riposa.

Ahora se ha ido y me ha dejado la cabeza llena de dudas. ¿Por qué me trató de señora si aún soy soltera? ¿Por qué me llamó reina? ¿Por qué descubrí un brillo de lágrimas en sus ojos cuando me vaticinó que sufriría? ¿Por qué me llamó madre si soy virgen? ¿Qué está sucediendo? ¿Qué va a ser de mí a partir de esta visita?

La causa

Lucas Pierro

El cohete quedó listo.

Buscaron entre todos los voluntarios a un negro, y lo enviaron a Marte.

Como fue todo un éxito, reclutaron esta vez a dos negros y al igual que al anterior, también los enviaron a Marte. Luego mandaron a cinco, después a diez, mas tarde a cien, hasta que no quedó un solo negro en toda Norteamérica.

Hecho esto, perdieron todo el interés los blancos por los viajes espaciales, y destruyeron los planos.

Juan Rivera Saavedra

Historia del asesino, la víctima y el perro, Carlos García Miranda

Foureyes

Parecía que el tipo sabía lo que hacía. Sentado sobre esa ruma de periódicos esperaba pacientemente a su víctima. Mientras fumaba cigarrillos negros, pensaba en lo que haría después. Un trago donde Henry’s, seguro. Luego vuelta a casa. Esperaría la llamada de Nick. Tendido sobre su viejo sillón desvencijado miraría televisión. Nick llamaría después de varios programas. El tío ya es fiambre, diría. Y Nick aprobaría la noticia con un good, good boy. Pasa a cobrar a eso de las cinco en el Café de Monk, diría luego. Y colgaría. No le daría tiempo para más detalles. El tipo tampoco esperaría más. Un par de horas después saldría de su apartamento. Tomaría la avenida principal. Aprovecharía para ver que están pasando en el cine América, su preferido. Si es jueves, pasarían las de Jacky Chan, y si es viernes las de Clint Eastwood. Cualquier otro día preferiría ir temprano al Henry’s. Tomaría su Capitán. Buscaría alguna mujer, bailaría, se emborracharía, pelearía con alguien, intentaría matarlo. Y después, ya de madrugada, volvería a su pieza. Al otro día esperaría una nueva llamada, no importaría si fuera el mismo Nick o Laredo o cualquier otro. Dame el nombre y el lugar, y asegúrate que la paga sea en billetes chicos, nada más, del resto me encargo yo, diría el tipo mirando su enorme panza en el espejo de su habitación. Y volvería a sentarse en algún lugar a esperar a su víctima, como ahora.

En su encuentro con Nick habría de tener más cuidado que con su víctima. A lo largo de los años eso ha llegado a cansarlo. Es casi como un rito. Nick trataría de joderlo con la paga. Llevaría gorilas, armas y amenazas. Finalmente le entregaría el dinero. Era una broma viejo, nada más, diría Nick después, mientras miraba a sus gorilas tendidos en la acera, muertos. Luego al América o el Henry’s, igual.

Todo esto pensaba el tipo mientras esperaba. Poco más tarde apareció su víctima. Traía un hermoso roadwailler cogido de un enorme collar metálico. ¿Mataría también al animal? Eso se vería después, aunque interiormente pensaba llevárselo como parte de su paga. Y es que en verdad era un hermoso animal, de imponente porte y mirada mortalmente homicida. Si fuera perro me gustaría ser como él, se decía el tipo. Luego comenzó a seguirlos. Dos cuadras después la víctima entró en una licorería. ¡Maldición!, exclamó el tipo. Y esperó en la entrada. Nuevamente sentado sobre la vereda, metió la mano dentro de su americana. Sintió la pistola. Era una Colt. La había adquirido de un amigo. Otro matón que murió en manos de su mujer. ¡Que ironía!, pensaba, Franky llevaba matando cerca de treinta tipos en los dos años que lo conocía. Y se deja matar por su mujer en la bañera de un hotel. Se había ido de juerga con una rubia del Casino. Estaba feliz porque Aníbal lo había buscado para un trabajo. ¡Aníbal!, vaya suerte de ese mal nacido, se dijo. Seguro que se forraba con varios grandes. Y es que con Aníbal no se trabaja por menos de diez mil. Yo habría festejado igual. ¡Era Aníbal! Los ojos del tipo se encendieron al recordar la figura de Aníbal. Lo veía en su convertible rojo, con Pam al lado, hablándole de las cosas que se podían hacer en esta ciudad. ¡Es una mina! Exclamaba Aníbal al volante. Y claro, hizo un par de trabajos para él, cosas de poca monta en verdad, pero muy bien pagadas. Luego ocurrió lo de Pam, y tuvo que zafar el culo. Aníbal no lo mandó matar porque Pam intercedió. Además le juró que en verdad no había pasado de un par de miradas. Y Aníbal le creyó. Pero ya era imposible tenerlo cerca, así que se tuvo que ir. Otra oportunidad perdida.

Y bueno, Franky terminó llevándose a aquella rubia a un hotel. Seguro no esperaron mucho para desvestirse y meterse a la cama. Veinte minutos después Franky estaba en la bañera limpiándose el sudor. Ahí apareció su mujer. Tenía una escopeta de doble cañón. Encontró a la rubia dormitando en la cama. Y sin miramientos le disparó a quemarropa. Luego comenzó a buscar a Franky. Lo encontró en la bañera. Él no podía creerlo, pero sí, era su mujer quien ahora le apuntaba. Fugazmente recordó cuando la conoció en un puesto de abarrotes en un mercado. Se veía tan inocente. Y no tuvo tiempo para más, porque en ese mismo instante ella le descargó todos los proyectiles en el cuerpo desnudo.

Muchos no son capaces de matar una mosca, hasta que se le presenta la oportunidad, balbuceó el tipo. Poco después su víctima salió de la licorería. El perro revoloteaba a su alrededor. Seguía pareciéndole un hermoso animal. Entonces se acercó. Cuando estuvo a un par de metros le disparó. Su cuerpo cayó de bruces sobre la vereda. Y el perro, al verse libre, corrió despavorido a lo largo de la avenida, hasta perderse de vista. Cualquiera diría que se horrorizó con el crimen. El tipo avanzó hacia el cuerpo inerte de su víctima, y ante la mirada atónita de docenas de transeúntes, le dio el tiro de gracia. Fue en el ojo derecho. Era su firma. Luego corrió hacia la acera de enfrente. Se metió a una estrecha calle, saltó una berma, cayó sobre un jardín pelado. Y siguió corriendo, hasta sentirse lejos y seguro. Después tomó un taxi a su apartamento. Al llegar, cogió una cerveza del refrigerador, bebió varios tragos, y llamó a Nick. La misma historia. Pasa por el Café de Monk. El tipo asintió. Quedaron para dos horas después. Sentado frente al televisor el tipo no podía dejar de pensar en el perro de su víctima. Se le imagino en esa misma sala, junto a él, viendo televisión. Poco más tarde salió a su encuentro con Nick. Llevaba su Cold. Al llegar ocupó una de las primeras mesas que da a la ventana. Desde ahí miraba la calle. Veía a la gente cruzando apresuradamente las pistas, niños jugando, vendedores, y a los gorilas de Nick bajando de un convertible negro. Esta vez no hubo sorpresas, y recibió de manos de uno de esos gorilas su paga. Dos mil. Luego salió, tomó un taxi al centro de la ciudad. Deambuló una media hora entre los Cafés, cines y bares. Finalmente se metió a una tienda de animales. Compró un perro parecido al de su víctima. Se lo llevó a su pieza. Y junto vieron televisión esa noche. También las otras, hasta el fin de sus días, que, por cierto, no tardó mucho.

Feliz Cumpleaños, Jorge Diaz Herrera

Jesús Gabán

El rinoceronte no quería convertirse en una vaca, por más que Emilio le quitara el unicornio y le dibujaran patas de vaca. Entonces rompió en pedazos el animal, pero los ojos y una oreja del rinoceronte sugirieron a Emilio una nueva tarea: reconstruirlo. Y los retazos empezaron a unirse uno tras otro y, al fin sólo quedó el espacio de las patas, que Emilio convirtiera en patas de vaca. Decidió dibujarlas y lo único que logró fueron unas patas de caballo. Y descubrió que más fácil le habría sido el rinoceronte transformarse en un caballo que en una vaca. Cogió un borrador para enmendar los errores y emprendió la realización de su nuevo propósito. Pero ahí estaban los trazos de la imprenta y lo que pareciera tan fácil fue resultando difícil. Y empezó a borrar todo lo que se opusiera a sus afanes, pues tenía que conseguir el caballo de todas maneras.

Las líneas de imprenta fueron cediendo su lugar a los trazos del lápiz hasta que apareció el caballo, que luego fue una cebra. La cebra se resistió con una terquedad invencible a convertirse en un pescado y Emilio la abandonó echándose a cabalgar en una escoba. Cuando cumplió veinte años, Emilio se encontraba lejos, abrió la carta que llegara a su cuarto de estudiante y se encontró con la firma de su madre que le deseaba feliz cumpleaños, al pie de una cebra que no quiso convertirse en pescado y que se transformó en un retazo lejanísimo y recién resucitado de su infancia.

Las damas primero

Javier Parada

En esa época los segundos, los minutos y las horas aún no habían sido atrapados dentro de ese ingenioso artilugio llamado reloj. Bastaba con mirar en el cielo la posición del sol para saber lo que restaba para la llegada de las tinieblas. Para Sock todavía era muy temprano. Lideraba el grupo de cazadores que buscaba un lugar donde pasar el invierno. Eran cuatro con su hermano Muck, su primo Ruck y su tío solteron llamado Rock. Rock, que era más viejo y ducho fue el que halló la cueva. Decidieron habitarla. Sin hacer ruido apilaron en la boca de la caverna ramas, troncos y arbustos secos y le prendieron fuego. Cuando el oso se asomó lo lancearon. Era enorme y fiero y ese invierno Rock, Sock, Muck y Ruck vistieron piel de oso.

Un día Sock dijo ya vuelvo y no volvió sino al cabo de tres lunas. Cargaba no un animal de cornamenta sino una hembra de grandes ubres llamada Iseck.

Muck demoró un poco más del doble de lunas que Sock. Llegó herido pero feliz. Tuvo que batirse para raptar a Eseck y luego dar un gran rodeo para despistar a sus perseguidores.

Ruck no tuvo necesidad de raptar a nadie. Cuando fue por agua al estanque halló a su presa en uno de los arroyos que alimentaba la laguna. Estaba en celo y Ruck la montó entre los matorrales. Ella dijo llamarse Umi.

La cueva era enorme y sus galerías se perdían en las profundidades de la tierra. Cada uno de ellos tomó un lugar dentro de ella. Sólo Rock, el Viejo, se quedó ocupando la cómoda gruta de la entrada.

Al siguiente invierno ya no eran siete sino diez los habitantes de la cueva. Luego, fueron doce, dieciséis y más tarde veinte. La cueva se llenó de niños. Al llegar el tercer otoño se le murió la hembra a Sock y se vio en la necesidad de buscar otra. Muck, no conforme con Eseck, raptó a las mellizas Maneck y Mineck. Pero Eseck, en un arranque de celos mató a Mineck, y Muck, ciego de ira, aplastó con su mazo el craneo de la despechada Eseck. Finalmente, Muck se quedó con Maneck y nunca más pensó en traer nuevas mujeres a la cueva.

El primo Ruck fue el primero en morir. Pisado por el mamut que había arrinconado al borde de un acantilado. Sock se quedó con Umi, la mujer del primo Ruck y con su prole, todas hembras. Con Umi, Sock tuvo un hijo que murió durante el parto.

El tío Rock que para andar ya usaba un largo palo como bastón, empezó a transmitir su sabiduría a los niños del clan. Era una manada ruidosa. Los reunía en la noche alrededor de la fogata y les enseñaba a no perder de vista un rastro, a olfatear la amenaza y a intuir el peligro en los sutiles cambios del paisaje.

En la cueva había más hembras que machos y eso garantizaba la supervivencia del clan. Sólo Socki el hijo de Sock, y Mucky, hijo mayor de Muck, habían alcanzado el tamaño, la edad y la fuerza como para recorrer largas distancias y cazar. El primogénito del difunto primo Ruck, en cambio, era todo un inútil. Había nacido con una tara que le hizo crecer el cuerpo pero no la mente.

Socki, Sock, Muck y Mucky salían a cazar pero lo que cazaban no daba para alimentar a los habitantes de la cueva. La situación se puso peor cuando Muck enfermó de unas fiebres raras. Nunca más logró levantarse. Lo enterraron al fondo, en la gruta del laberinto que solían utilizar como cementerio.

Cierta mañana ocurrió el incidente que da origen a esta historia. A la salida de la cueva, Mucky, el hijo de Muck fue sorprendido y devorado por un tigre diente de sable. Sock, Socki y el tío Rock tuvieron que bloquear la entrada y defenderse con sus lanzas para impedir que la manada de tigres dientes de sable que merodeaba por allí se diera con ellos un gran banquete. Días más tarde esos felinos carnivoros desistieron y se marcharon.

Al cabo de unos meses, cuando el desgraciado incidente parecía olvidado, el pánico volvió a cundir en la cueva. Mientras encendía el fuego, Sock pidió a Umi, la viuda de Ruck, que saliera por más leña. La leña se apilaba cerca de la entrada de la cueva. No volvió. Una gran alimaña la atacó y la devoró. Esa sangre atrajo a un número mayor de fieras.

Otra mañana, Sucki, el hijo de Sock les dijo a su prima Beth, hija de Meneck y Muck que fuera por agua al estanque. A la salida de la cueva fue despedazada por una jauría de perros salvajes.

Varias mañanas después de esa mañana, el tío Rock le dijo a su sobrina nieta Sebeet que necesitaba el mazo que había dejado en la entrada de la cueva y tampoco volvió. Un animal se la llevó mientras ella gritaba pidiendo ayuda.

Desde entonces, Sock, su hijo Sucki y el tío Rock adoptaron la costumbre de ceder el paso a las mujeres. En realidad, eso de ceder el paso era sólo eso, un decir. Las mujeres eran echadas de la cueva a viva fuerza. Si volvían significaba que no había nada que temer, pero si no, había que matar el tiempo fabricando hachas, cuchillas, mazos de piedra o dibujando en las paredes de la cueva antílopes, bisontes, mamuts y otros animales de la dieta cotidiana. Esto dio origen con el paso del tiempo a la caballerosa expresión, las damas primero.

Pablo Lores Kanto

Cortísimo suceso

Helmut Newton

Una mujer vestida de negro entra a una farmacia y le exige al farmacéutico:

-Por favor, quiero comprar arsénico-

El arsénico es tóxico y letal. El farmacéutico quiere saber más cosas antes de proporcionarle la sustancia.

-¿Y para qué quiere la señora comprar arsénico?

-Para matar a mi marido.

-¡Ah, caramba! Lamentablemente para ese fin no puedo vendérselo.

La mujer sin decir palabra abre la cartera y saca una fotografía de su marido abrazado desnudo en una cama con la mujer del farmacéutico.

-¡Mil disculpas!-dice el farmacéutico-. Atender por favor a la señora, no sabía que usted tenía receta.

Hermosa entre las hermosas, Ricardo Palma

Gran persona es en la historia de la conquista del Perú Diego Maldonado. Compañero de don Francisco Pizarro en la zinguizarra de Cajamarca, tocole del rescate del inca Atahualpa la puchuela de siete mil setecientas setenta onzas de oro y trescientos setenta y dos marcos de plata; y fue tal su comezón de atesorar y tan propicia fuele la suerte, que cuando se fundó Lima era conocido con el apodo de el Rico.

A ser más justiciera la historia debió cambiarle el mote y llamarlo el Afortunado; que fortuna, y no poca, fue para él librar varias veces de morir a manos del verdugo, albur que merecido se tenía por sus desaguisados y vilezas. No hubo pelotera civil en la que no batiese el cobre, principiando siempre por azuzador de la revuelta para luego terminar sirviendo al rey. Dios lo tenga entre santos; pero mucho, mucho gallo fue su merced don Diego Maldonado el Rico.

El aprieto mayúsculo en que se vio este conquistador fue cuando el famoso Francisco de Carvajal, que entre chiste y chiste ahorcaba gente que era un primor, quiso medirle con una cuerda la anchura del pescuezo. Carvajal, que ahorcó al padre Pantaleón con el breviario al cuello, sólo porque en el bendito libro había escrito con lápiz estas palabras: «Gonzalo es tirano», tenía capricho en dar pasaporte para el mundo de donde no se vuelve al revoltoso y acaudalado don Diego. Pero el poeta lo dijo:

«Poderoso caballero

es don dinero»;

y Maldonado compró sin regatear algunos años más de perrerías. Un día de éstos me echaré a averiguar cuál fue su fin; que tengo para mí debió ser desastroso y digno de la ruindad de su vida.

Cuando, afianzada ya la conquista, se vieron los camaradas del marqués convertidos de aventureros en señores de horca, cuchillo, pendón y caldera, que no otra cosa fueron por más dibujos con que la historia se empeñe en dorarnos la píldora, hizo don Diego venir de España a un su sobrino, llamado don Juan de Maldonado y Buendía, el cual, si bien heredó una parte de las cuantiosas riquezas del tío, no heredó su felonía, pues sirvió siempre con lealtad las banderas de Carlos V y Felipe II.

Precisamente cuando la rebeldía del entendido, popular y generoso don Francisco Hernández Girón, que en tan serio conflicto puso a la Real Audiencia de Lima, era ya don Juan de Maldonado y Buendía capitán de crédito en las tropas reales, y a él se debió en mucho el vencimiento de aquel tan valiente como infortunado caudillo.

Pacificado el país, retirose don Juan a cuarteles de invierno. En el Cuzco estaba su casa solariega, y en el valle de Paucartambo poseía una valiosa hacienda.

II

Tras de las luchas de Marte vienen las de Venus. Ésta es verdad rancia, y a nadie pasmará la novedad de la noticia.

El gallardo capitán no podía dejar (¡otra verdad como el puño!) de rendir vasallaje a Cupido, y enamorose hasta las uñas de una paucartambina.

Le alabo el gusto, porque la muchacha no era bocado para ningún sopatintas enclenque, sino para un mozo de mucho ñeque y muy echado para atrás, como Buendía.

Imasumac o «Hermosa entre las hermosas» (que así traduce Calandra esta palabra indígena) era una preciosa joven por cuyas venas corría la sangre de los Incas. Princesa o ñusta nada menos.

Imagínate, lector, su belleza y adórnala con los detalles que a tu fantasía cuadren; que yo, francamente, me declaro lego en esto de hacer retratos. Dala, si quieres, dientes de marfil, mejillas de grana, blancura marmórea, labios de rubí, ojos de azabache, zafiro o esmeralda, cabellos de oro, y añade las demás piedras e ingredientes de estilo para hacer un retrato, que hable por lo parecido lo mismo que un guardacantón.

Yo no me meto en esas honduras, y me conformo con decir que la chica era linda como un rayo de luna, que no a humo de pajas había de llamarla el historiador Hermosa entre las hermosas, como quien dice, el sulfato, la quinta esencia de todo lo remonono que Dios crió.

La joven princesa no fue indiferente al cariño del galán español, y todas las tardes al ponerse el sol iba a la campiña a esperar a su amante.

Maldonado echábase al hombro el mosquete o arcabuz, y cazando palomas torcaces, de que hay abundancia en el valle, hacía diariamente la legua de camino que lo separaba de su hacienda al sitio de la amorosa entrevista.

Si quieren ustedes formarse cabal idea de los transportes de esos felices amantes, lean la primera égloga o idilio pastoril que les caiga a mano. En seguida bébanse un vaso de agua para que no empalague el almíbar.

Aquellos amores eran un cielo sin nubes. Pero ¡cuán cierto es que del bien al mal no hay el canto de un real!

Una tarde acudía el capitán, afanoso, como siempre, a la deliciosa cita, cuando al salir de un bosquecillo para entrar en el llano, oyó un grito que vino a repercutir en su corazón.

Aquel grito era lanzado por Imasumac.

Un tigre perseguía a la linda princesa, que corría desalada.

Maldonado estaba a doscientos pasos de distancia, y le era físicamente imposible llegar a tiempo para luchar brazo a brazo con la fiera.

Hizo fuego y la bala pasó sin tocar al tigre.

Cargó nuevamente el arma y apuntó en el momento mismo en que el irritado animal hacía presa en la joven. No había salvación para la infeliz.

Entonces el español vaciló por un segundo, y se sintió morir; pero, haciendo un esfuerzo supremo; descargó el arma.

Era preciso hacer menos cruel y dolorosa la agonía de su amada.

Cuando Maldonado llegó al llano, el tigre se revolcaba moribundo, pero sin desprenderse de su presa.

La bala del capitán había atravesado también el corazón de la princesa.

Y aquella alma de bronce que no se había conmovido ante un cataclismo universal, aquel hombre curtido en los peligros, sintió desprenderse de sus ojos una lágrima, la primera que el dolor le había arrancado en su vida, y se alejó murmurando con la sublime resignación de los fatalistas:

-¡Estaba escrito! ¡Dios lo ha querido!

III

Una semana después tomaba el hábito de religioso agustino, en el convento del Cuzco, el capitán don Juan de Maldonado y Buendía.

Catequizó muchos infieles, merced a su profundo conocimiento de las lenguas quichua y aimará, alcanzó a desempeñar las primeras dignidades de su orden y murió en olor de santidad por los años de 1583.

Turista en la Plaza de Mayo

Mi nombre es Gabriela, pero me llaman Gaby– proclamó por megáfono la guía y añadió: –Hasta ahora, sólo han visto el aeropuerto y el hotel. El verdadero tour comienza en la Plaza de Mayo. Se me cerraban los ojos. Casi no había dormido en el largo vuelo nocturno de San Francisco a Buenos Aires. En el avión, cuando lograba conciliar el sueño, me despertaba un griterío de niños. Ubicados en los últimos asientos, avanzaban en puntillas hasta la cabina del capitán y desde allí se lanzaban corriendo por los pasillos. Pasaban junto a mí zureando y aleteando como una bandada de palomas. Volvían al fondo de la nave, y no terminaban de llamar a gritos a sus padres y a sus abuelas. Lo hicieron varias veces. Al menos, eso es lo que creí, pero tal vez me equivocaba. Cuando ya flotábamos sobre las nubes purpúreas de la Argentina, la camarera pasó a ofrecerme una bebida caliente y me preguntó por qué no dormía. Le agradecí por la gentileza y le respondí que los niños del fondo no me habían dejado descansar. –¿Niños? ¡Qué curioso! En este vuelo no hay niños. Me levanté del asiento para mostrárselos, pero allá al fondo sólo se veían las tonsuras de unos veinte sacerdotes. –Más bien, diríamos que todo un convento está volando con nosotros. Ante mis dudas, añadió: –Y como usted bien sabe, éste es un vuelo directo. No hay una parada donde los niños que usted soñó puedan haber bajado. Después me aconsejó que durmiera, pero no pude hacerlo. Por todo eso, ya en Buenos Aires, se me cerraban los ojos en el bus de turistas. La guía repitió que llegábamos a la Plaza de Mayo, y nos invitó a que bajáramos a tomar fotos de la Catedral y de la Casa Rosada. Usaba un megáfono. Tal vez lo hacía para despertarme del todo y, también para lograrlo, me obsequió un alfajor mientras repetía a todo volumen que los alfajores argentinos eran los mejores del mundo. Bajé a regañadientes. Escogí una banca cerca de la Casa Rosada y me senté allí. El calor veraniego y el sueño se entreveraban con imágenes suspendidas en ese lugar. Por mis ojos entrecerrados, una y otra vez pasaban grupos de mujeres, jóvenes y ancianas. Un pañuelo blanco les cubría la cabeza y las identificaba mientras lanzaban gritos enlutados y dolientes. El sol de enero se posó rojo sobre mis pupilas. Sin embargo, todo lo que yo veía con los ojos cerrados ocurría en la noche. En mis sueños, una pandilla de hombres feroces saltó de una furgoneta militar y abrió a golpes la puerta de una casa. Sacaron a empujones a un hombre. Se llevaron también a una de sus hijas adolescentes. A la madre la golpearon y le dijeron que volverían por ella. Alguien me tomó de los hombros y me sacudió. –¡Despierte! Ya pasó la hora. Lo estaba buscando… Era la guía. Me puse de pie. En la banca de enfrente, una anciana me observaba con fijeza. Me pareció que quería preguntarme algo. A lo mejor, sus nietos se le habían extraviado jugando en el parque. Quise acercarme a ella, pero la implacable Gaby me conducía por el brazo al microbús y se quejaba de que yo ni siquiera le había dado un mordisco al alfajor. El bus dio dos vueltas en torno del Obelisco. Nos detuvimos en varios lugares de la ciudad para tomar fotos y en las Galerías Alcorta para hacer compras. Por fin, fuimos al barrio de La Boca, y la guía nos advirtió que sólo teníamos una hora para visitar sus coloridas casas embrujadas. –Eso sí, los tours no son para dormir – gritó. Entré en el Rincón del Souvenir. Había de todo. Entre insignias del San Lorenzo y estatuillas del Obelisco, calabacillas de mate y monturas de cuero, correas peludas y sombreros de Gardel, estaba obligado a comprar algo. –¿Le gusta el fútbol? –me preguntó Gaby. Ella misma se respondió: – ¡Qué pregunta! ¡Tiene que gustarle! Cómprese este pañuelo. Vea usted, lo extiende y se encuentra con una foto de todo el equipo del Boca Júnior. Lo puede enmarcar y poner en su sala. ¿Pañuelos? Busqué uno muy largo y blanco, y lo compré. Podía ser un sudario, el cansado sudario de algún mártir. No recuerdo por qué se me ocurrió que ese pañuelo sería para mí el más permanente recuerdo de Argentina. Al pie de la Casa del Inmigrante, un cartón mostraba el retrato en tamaño real de una pareja bailando el tango. Donde debían ir los rostros, había agujeros. Un gringo altísimo me entregó su cámara digital. Me rogó que tomara una foto de él y de su robusta esposa con las cabezas dentro del cartel de los tanguistas. Mientras apuntaba, el lente de la cámara me dejó ver –además de los supuestos bailarines– el rostro de una anciana que se había detenido a observar la escena. Quise pedirle que se retirara, pero reparé en que era la misma mujer a quien había visto en la Plaza de Mayo. Pensé que tal vez ella estaba con nosotros en el grupo de turistas, y sin embargo, de vuelta en el microbús, no la encontré. –El tour de día ha terminado. Por la noche, pasaremos para llevarlos a un festival de tango en Palermo. Ustedes también podrán bailar o recibir clases de tango. Había perdido el pañuelo que comprara y lo estaba buscando cuando la guía me dirigió la palabra: –No se preocupe. Usted puede quedarse. Se nota que todavía no se ha recuperado del vuelo. Duerma bien porque mañana vamos a caminar duro. Le obedecí. Apenas llegué al hotel, subí a mi habitación y prendí el televisor que estaba dando las noticias del día. La más comentada era el triunfo de la socialista Michelle Bachelet en las elecciones presidenciales de Chile. Un periodista relataba que, durante la dictadura, Michelle estuvo presa al lado de su madre. En la celda, recibió la noticia de que su padre había muerto a consecuencia de las torturas. –Como ustedes recordarán– decía el periodista– durante los años setenta, en diversos países del continente, y en la Argentina, hace hoy 30 años, los militares tomaron el poder. Adujeron que lo hacían para proteger a sus países contra el comunismo. Para lograrlo, se consagraron al exterminio de decenas de miles de personas a quienes se acusaba de adherir a esa idea filosófica. Con ese mismo designio, formaron una alianza llamada el Plan Cóndor. Si un ciudadano escapaba de ser torturado hasta la muerte en un país del Cono Sur, lo capturaban en el otro y era devuelto a sus perseguidores. No tenían escapatoria alguna. Me pregunté si alguien podía escapar de Buenos Aires y llegar hasta el Perú, mi país de origen. Por coincidencia, en ese momento, la televisión mostró imágenes de Lima. Según la voz en off, el Perú no era solamente Cusco y Macchu Picchu. “…también hay una pujante vida urbana, y calles donde usted podrá comprar lo mismo que en la Quinta Avenida de Nueva York. No tenemos nada que envidiar a otras ciudades del continente como Santiago de Chile o Buenos Aires” La cámara se enamoró enseguida de varios edificios ultramodernos e hizo un barrido por la calle Larco de Miraflores. “Aquí puede usted caminar con tranquilidad. Aquí ya no hay terroristas. Tampoco hay pobres ni mendigos. Una eficiente patrulla municipal se encarga de ellos…”–remarcó con sorna el locutor. “Aunque muchos en el extranjero no lo sepan, los peruanos no somos gente de color…” La cámara persiguió a una familia de rasgos europeos. El padre sonreía a la cámara. Los niños alzaban los brazos. La abuela se puso muy nerviosa. Después, los camarógrafos apuntaron hacia una hilera de carros del año y se posaron sobre un vehículo de lunas oscuras. De allí salieron tres hombres rubios y altos. Uno de ellos se acercó a la cámara y guiñó el ojo a los espectadores. –¡Bingo!– gritó. Entonces los tres rubios se lanzaron contra el grupo familiar. La mujer que parecía la abuela arrancó en dirección opuesta. Para mí, y para cualquier espectador del comercial, ésa era una broma. Supuse que en algún momento la anciana se acercaría a la cámara acompañada de los rubios para promocionar alguna marca de cerveza o pisco de exportación. No fue así; más bien el rostro asustado de la anciana llenó la pantalla y quiso decir algo que no fue grabado. Era muy parecida a la dama que yo había visto en varios lugares de Buenos Aires. Quizás entonces me quedé dormido, y sólo desperté al día siguiente cuando el teléfono de mi habitación resonó. Era Gaby, y me anunciaba que eran las ocho de la mañana y que llegaría dentro de cuarenta y cinco minutos. Cumplió su palabra. Estuvo a las 8 y 45 en el lobby del hotel, y no me dejó siquiera apurar una bebida caliente. –No se preocupe. Tomaremos el desayuno en un café de Corrientes. El carro nos dejó otra vez cerca de la Plaza de Mayo, y desde allí comenzamos a recorrer la famosa avenida. Mis compañeros de tour se habían disfrazado de argentinos. Casi todos habían comprado sombreros de cuero. Los pantalones del gringo lo convertían en gaucho. Del cinturón para arriba, era un malevo. Abierta y arrabalera, la falda negra de su esposa mostraba al mundo los palpitantes volúmenes de su carne extensa y puritana. Nos detuvimos a conocer los teatros San Martín y Lola Membrives. Entramos en el Gran Rex. Mientras observábamos los retratos de la entrada, otro grupo se acercó hasta nosotros. Los pensé turistas, pero no tenían cámaras fotográficas. Más bien, podían ser argentinos caminando con los ojos cerrados. Parecían muy cansados. Se diría que los habían sacado de casa a medianoche. Se deslizaban sin hacer ruido, como lo hacen los difuntos. Daban la impresión de haber comido mucha tierra y de haber sido enterrados a la mala. En vez de sombra dejaban sobre la alfombra, huellas de un barro bermejo. Al final de ellos, se encontraba la anciana que yo veía en todas partes. –¡Serán artistas ensayando!– replicó la guía cuando le pregunté quiénes eran. Añadió:– Pero yo no los he visto. Por la tarde, Gaby nos llevó al Cementerio de la Recoleta. Ante la puerta de altas columnas griegas nos hizo prometer no dispersarnos. Avanzamos hacia la bóveda de Evita. Nos detuvimos, después, junto al mausoleo del almirante Guillermo Brown. Leímos decenas de nombres ilustres que iban acompañados de batallas, universidades, foros, ministerios y obispados. Tropezamos con la pirámide que guarda los restos del gobernador de Buenos Aires, Manuel Dorrego. Más allá, estaba la bóveda de José C. Paz, fundador de “La Prensa”. Es un pedestal cúbico de granito negro en donde se posan dos ángeles. Uno de ellos señala el infinito mientras que el otro se postra ante una mujer desfalleciente. En ese momento quise salir del cementerio. Me abrumaba la seguridad de que iba a encontrarme otra vez con la anciana, pero estaba equivocado. Los enterrados en la Recoleta era verdaderos difuntos. La dama y las personas que la acompañaban en el teatro tenían rostros de difuntos que no lo son del todo. Más tarde, decliné la invitación para las lecciones de tango e hice lo mismo que la noche anterior. Caí rendido en el lecho de mi habitación y cuando prendí la tevé, vi las noticias. En el noticiero, se informó que el nuevo Museo de la Memoria recordaría a los argentinos ejecutados durante la dictadura militar. Se alzaría en la Escuela de Mecánica de la Armada donde eran conducidos los prisioneros políticos para ser torturados. El locutor recordaba que miles de niños desaparecidos nacieron en el hospital de esa institución. Allí se trasladaba a las presas embarazadas para que dieran a luz. Apenas nacidos, los hijos eran arrebatados y luego se dejaba a la madre sufriendo hasta la muerte. Los torturadores declararon después que ése era único tratamiento adecuado para una mujer terrorista. El noticiero fue interrumpido, como la noche anterior, por la propaganda turística del Perú. La cámara, que volaba sobre las líneas de Nazca, se detuvo en el descomunal diseño de la araña. Desde allí apareció la imagen superpuesta de las calles elegantes de Miraflores. El locutor repitió su discurso: “Aquí puede usted caminar con tranquilidad. Aquí ya no hay terroristas. Tampoco hay pobres ni mendigos.” Como la noche anterior, hubo un zoom–in sobre el rostro del hombre rubio que gritaba “!Bingo!” y por fin sobre la anciana que huía. Entonces me di cuenta que yo conocía a esa mujer. Era la misma que me perseguía en Buenos Aires, y la que yo había visto anteriormente en los periódicos y revistas del Perú. Era Esther Gianotti de Molfino, a quien los servicios de seguridad argentina secuestraron en una calle de Lima el 14 de junio de 1980. Ese mismo día, los policías peruanos detuvieron a María Inés Raverta, Julio César Ramírez y Federico Frías, todos argentinos. Se los vendieron a los agentes rubios y se olvidaron del caso. La señora Molfino era viuda y madre de seis hijos, todos opositores al gobierno militar. Su hijo mayor, Alejandro, estaba preso. Una de sus hijas acababa de desaparecer con su esposo y sus dos niños. Comenzó a buscarlos. Atándose a la cabeza un pañuelo blanco, daba vueltas por la Plaza de Mayo protestando y suplicando que le devolvieran a sus seres queridos. Los funcionarios del gobierno se reían en su cara. Sus vecinos y parientes se alejaban de ella y la consideraban terrorista, madre y abuela de terroristas. En el sector de los políticos opositores al régimen, sólo encontraba prudentes disculpas o sinceras declaraciones de cobardía. Viajó al Perú para solicitar solidaridad. Buscaba apoyo para que aparecieran su hija, su yerno y sus dos nietos. Los agentes militares argentinos entraron al Perú con el permiso del régimen del General Morales Bermúdez y, de la misma forma, salieron llevándose a sus víctimas. En la Escuela de Mecánica, los interrogaron hasta producirles la muerte. A Esther Molfino le reservaron otro destino. La llevaron hasta Madrid, tomaron habitación en un hotel y, luego de una probable conversación muy exhaustiva, allí la dejaron. Después, alguien llamó por teléfono a la administración, y pidió que entraran en el cuarto. Cuando los camareros irrumpieron, la anciana estaba sentada sobre una silla con su cabeza apoyada en la ventana. Parecía observar la calle de José Antonio, pero sus ojos ya no estaban allí y sus pies ya no pisaban este mundo. El teléfono de mi habitación sonó con estridencia. Gaby me preguntó si al día siguiente iba a acompañar al grupo hasta Puerto Madero. Me excusé. –¿Le ocurre algo?… No quiere divertirse. No parece usted un turista. Ni siquiera ha usado la Tarjeta de descuentos para el Shopping Alto Palermo o Patio Bullrich. –A lo mejor, no lo soy. Tal vez soy solamente un peregrino. – En todo caso, tengo un encargo para usted. Me lo dejaron en la oficina. Mañana, temprano, cuando vaya por el hotel se lo entregaré. Hmm…parece que usted hizo amistades. No le pregunté cuál era el encargo. Sólo me lancé hacia la laptop para escribir estos recuerdos. Después, me dirigí a la Plaza de Mayo. Era una tarde silenciosa sin turistas ni paseantes, pero escuché un griterío de niños. No los había en todo el lugar. Se me ocurrió entonces que, a lo mejor, tenía el poder de escuchar a los espíritus y acaso también de hablarles. –¡Ey… chicos, ¿están ustedes allí?– grité frente a las ramas de un ombú enmarañado de donde salían las voces. Apenas lo dije, centenares de palomas emergieron de entre los árboles y ascendieron por el cielo escarlata de Buenos Aires. Me encaminé al hotel. –La guía de turistas le dejó este encargo –me informó el hombre del lobby. Sabía que era un largo pañuelo blanco y, luego de sacarlo de la envoltura, me lo até al cuello para nunca más perderlo. Avancé hacia el patio del hotel y me senté junto a una mesa a pensar cómo terminaría lo que estaba escribiendo. A lo mejor, la abuela encontró a los niños que buscaba. A lo mejor, aquéllos se fueron volando con las palomas. A lo mejor, el relato no tiene fin. La luna emergió del Río de la Plata y, después de llegar al cenit, empezó a descolgarse del cielo como un prolongado pañuelo blanco.

Eduardo González Viaña

Diana después de su baño, Mario Vargas Llosa


Pasion

Tamara de Lempicka

Esa, la de la izquierda, soy yo, Diana  Lucrecia. Sí, yo, la diosa del roble y de los bosques, de la fertilidad y de los partos, la diosa de la caza. Los griegos me llaman Artemisa. Estoy emparentada con la Luna y Apolo es mi hermano. Entre mis adora­dores abundan las mujeres y los plebeyos.

Hay templos en mi honor desparramados por todas las selvas del Imperio. A mi de­recha, inclinada, mirándome el pie, está Jus­tiniana, tiniana, mi favorita. Acabamos de bañarnos y vamos a hacer el amor.

La liebre, las perdices y faisanes los cacé  este amanecer, con las flechas que, retiradas de las presas y limpiadas por Justiniana, han vuelto a su aljaba. Los sabuesos son deco­rativos; rara vez me sirvo de ellos cuando salgo de cacería. Nunca, en todo caso, para cobrar piezas delicadas como las de hoy porque sus fauces las majan hasta volverlas incomestibles. Esta noche nos comeremos estos animales de carne tierna y sabrosa, sazonados con especias exóticas y bebiendo el vino de Capua hasta caer rendidas. Yo sé gozar. Es una aptitud que he ido perfeccio­nando sin descanso, a lo largo del tiempo y de la historia, y afirmo sin arrogancia que he alcanzado en este dominio la sabiduría. Quiero decir: el arte de libar el néctar del placer de todos los frutos –aun los podri­dos– de la vida.

El personaje principal no está en el cua­dro. Mejor dicho, no se le ve. Anda por allí detrás, oculto en la arboleda, espiándonos. Con sus bellos ojos color de amanecer me­ridional muy abiertos y la redonda faz aca­lorada por el ansia, allí estará, acuclillado y en trance, adorándome. Con sus bucles ru­bios enredados en la enramada y su pequeño miembro de tez pálida enhiesto como un pendón, sorbiéndonos y devorándonos con su fantasía de infante puro, allí estará. Sa­berlo nos regocija y añade malicia a nuestros juegos. No es dios ni animalillo, sino de especie humana. Cuida cabras y toca el pí­fano. Lo llaman Foncín. Justiniana lo descubrió, en los idus de agosto, cuando yo seguía la huella de un ciervo por el bosque. El pastorcillo me iba siguiendo, embobado, tropezándose, sin apartar los ojos de mí ni un instante. Mi favorita dice que cuando me vió, empinada.

un rayo de sol encendiendo mis cabe­llos y enfureciendo mis pupilas, todos los músculos de mi cuerpo tirantes para dispa­rar la flecha– el chiquillo rompió a llorar. Ella se acercó a consolarlo y entonces ad­virtió que el niño lloraba de felicidad.

«No sé qué me pasa», le confesó, sus mejillas arrasadas por las lágrimas, «pero cada vez que la señora aparece en el bosque las hojas de los árboles se vuelven luceros y todas las flores se ponen a cantar. Un espíritu ardiente se mete dentro de mí y caldea mi sangre. La veo y es como si, quieto en el suelo, me volviera pájaro y echara a volar».

«La forma de tu cuerpo ha inspirado, precozmente, a sus pocos años el lenguaje del amor», filosofó Justiniana, después de referirme el episodio. «Tu belleza lo embe­lesa, como el cascabel al colibrí. Compadé­cete de él, Diana Lucrecia. ¿Por qué no jugamos con el niño pastor? Divirtiéndolo, también nos divertiremos nosotras».

Así ha sido. Gozadora innata, igual que yo y, acaso, más que yo, Justiniana nunca se equivoca en asuntos que conciernen al placer. Es lo que más me gusta de ella, más aún que sus caderas frondosas o el sedoso vello de su pubis de cosquilleo tan grato al paladar: su fantasía rápida y su instinto certero para reconocer, entre los tumultos de este mundo, las fuentes del entretenimiento y el placer.

Desde entonces jugamos con él y, aun­que ha pasado bastante tiempo, el juego es tan ameno que no nos aburre. Cada día nos distrae más que el anterior, añadiendo no­vedad y buen humor a la existencia.

A sus encantos físicos, de diosecillo viril, Foncín suma también el espiritual de la ti­midez. Los dos o tres intentos que he hecho de acercarme a él para hablarle han sido vanos. Palidece y, cervatillo arisco, echa a correr hasta desdibujarse en el ramaje como por arte de nigromancia. A Justiniana le ha murmurado que la sola idea, ya no de to­carme, sino de estar cerca de mí, de que lo mire a los ojos y le hable, lo aturde y aniquila. «Una señora así es intocable», le ha dicho. «Sé que si me acerco a ella, su belleza me quemará como a la mariposa el sol de Libia».

Por eso jugamos nuestros juegos a escon­didas. Cada vez uno distinto, simulacro que se parece a aquellos números de teatro en que los dioses y los hombres se mezclan para sufrir y entrematarse que gustan tanto a los griegos, esos sentimentales. Justiniana, fin­giendo ser su cómplice y no la mía –en verdad, la astuta lo es de ambos y sobre todo de sí misma–, instala al pastorcillo en un roquedal, junto a la gruta donde pasaré la noche. Y entonces, a la luz de la fogata de lenguas rojizas, me desnuda y unta mi cuerpo con la miel de las dulces abejas de Sicilia. Es una receta lacedemonia para con­servar el cuerpo terso y lustroso y que, además, excita. Mientras ella se agazapa sobre mí, frota mis miembros, los mueve y los expone a la curiosidad de mi casto ad­mirador, yo entrecierro los ojos. A la vez que desciendo por el túnel de la sensación y vibro en pequeños espasmos deleitosos, adivino a Foncín. Más: lo veo, lo huelo, lo acariño, lo aprieto y lo desaparezco dentro de mí, sin necesidad de tocarlo. Aumenta mi éxtasis saber que mientras gozo bajo las diligentes manos de mi favorita, él goza también, a mi compás, conmigo. Su cuerpe­cito inocente, abrillantado de sudor mien­tras me mira y se solaza mirándome, pone una nota de ternura que matiza y endulza mi placer.

Así, escondido de mí por Justiniana entre las frondas del bosque, el pequeño pastor me ha visto dormir y despertarme, lanzar la jabalina y el dardo, vestirme y desvestirme. Me ha visto acuclillarme sobre dos piedras y orinar mi orina rubia en un arroyuelo transparente en el que, aguas abajo, él se precipitará luego a beber. Me ha visto de­capitar gansos y desventrar palomas para ofrecer su sangre a los dioses y averiguar en sus vísceras las incógnitas del porvenir. Me ha visto acariciarme y saciarme yo misma y acariciar y saciar a mi favorita, y nos ha visto a Justiniana y a mí, sumergidas en la corriente, bebiendo el agua cristalina de la cascada cada una en la boca de la otra, saboreando nuestras salivas, nuestros jugos y nuestro sudor. No hay ejercicio o función, desenfreno y ritual del cuerpo o del alma que no hayamos representado para él, pri­vilegiado propietario de nuestra intimidad desde sus escondrijos itinerantes. Él es nues­tro bufón; pero también es nuestro dueño. Nos sirve y lo servimos. Sin habernos tocado ni cruzado palabra, nos hemos hecho gozar innumerables veces y no es injusto decir que, pese al insalvable abismo que nuestras dis­tintas naturalezas y edades abren entre él y yo, estamos más unidos que la más apasio­nada pareja de amantes.

Ahora, en este mismo instante, Justi­niana y yo vamos a actuar para él y Fon­cín, simplemente permaneciendo allí, detrás, entre el muro de piedra y la arboleda, ac­tuará también para nosotras.

En breve, esta eterna inmovilidad se ani­mará y será tiempo, historia. Ladrarán los sabuesos, trinará el bosque, el agua del río discurrirá cantando entre la grava y los juncos y las coposas nubes viajarán hacia el Oriente, impulsadas por el mismo vientecillo juguetón que removerá los rizos alegres de mi favorita. Ella se moverá, se inclinará y su boquita de labios bermejos besará mi pie y chupará cada uno de mis dedos como se chupa la lima y el limón en las calentu­rientas tardes del estío. Pronto estaremos entreveradas, retozando en la seda sibilan­te de la manta azul, absortas en la embria­guez de la que brota la vida. A nuestro alrededor, los sabuesos merodearán echán­donos el vaho de sus fauces ansiosas y acaso nos lamerán, excitados. El bosque nos oirá suspirar, desmayándonos, y, de repente, gri­tar heridas de muerte. Un instante después nos escuchará reír y chacotear. Y nos verá irnos adormeciendo en un sueño apacible todavía sin desenredarnos.

Es muy posible entonces que, al vernos prisioneras del dios Hipnos, tomando infi­nitas precauciones para no recordarnos con el tenue rumor de sus pisadas, el testigo de nuestros disfuerzos abandone su refugio y venga a contemplarnos desde la orilla de la manta azul.

Allí estará él y ahí nosotras, inmóviles otra vez, en otro instante eterno. Foncín, lívida la frente y las mejillas sonrosadas, sus ojos abiertos con asombro y gratitud, un hilillo de saliva colgando de su boca tierna. Nosotras, mezcladas y perfectas, respirando a la par, con la expresión colmada de las que saben ser felices. Allí estaremos los tres, quietos, pacientes, esperando al artista del futuro que, azuzado por el deseo, nos apri­sione en sueños y, llevándonos a la tela con su pincel, crea que nos inventa.