Final, Juan Gelman

Ha muerto un hombre y están juntando su sangre en cucharitas,

querido Juan, has muerto finalmente.

De nada te valieron tus pedazos

mojados en ternura.

Cómo ha sido posible

que te fueras por un agujerito

y nadie haya ponido el dedo

para que te quedaras.

Se habrá comido toda la rabia del mundo

por antes de morir

y después se quedaba triste triste

apoyado en sus huesos.

Ya te abajaron, hermanito,

la tierra está temblando de ti.

Vigilemos a ver dónde brotan sus manos

empujadas por su rabia inmortal.

Yo soy el Diego, Diego Armando Maradona

Siempre, siempre, mi mayor orgullo fue jugar en el Seleccionado. Siempre, por más millones de dólares que me pagaran en el club que estuviera. Nada de nada era comparable, nada. Porque el valor del Seleccionado no se compara con la plata, se compara con la gloria. Y esto me encantaría que se lo metieran en la cabeza los chicos de hoy y los chicos de mañana: no podemos regalar la mística del futbolista argentino y la camiseta celeste y blanca. Aunque lamentablemente se esté perdiendo. Porque hubo una Copa América en Paraguay, en 1999, y fue necesario hacer una encuesta para saber quién quería venir, quién no… ¡Quién quería venir! Ahí, en este detalle, está la confirmación de que la mística se rompió. Aunque Grondona diga que no, aunque Bielsa quiera dibujarlo, aunque los jugadores expliquen, aunque los representantes justifiquen, aunque los periodistas interpreten. La mística… la mística se rompió. Y eso me jode, como pocas cosas en mi vida futbolística.

Y así como yo me puedo sentir dolido, lo mismo pueden decir los Ruggeri, los Pumpido, los Olarticoechea, los Giusti, los Goycochea. Con ellos nos reuníamos para luchar por la Selección, y si alguno avisaba que estaba lesionado, o algo, lo llamábamos y le decíamos: “¡Vení igual, vení igual!”. Ojo, no es que somos o éramos ejemplos: simplemente, éramos conscientes de que la Selección nos necesitaba… ¡No hay cansancio, no hay cansancio! Vos estas representando al país, ¡es el orgullo más grande que podes tener! Esto era lo que se decía, lo que se repetía en aquellas reuniones: “¿Te tiró? Vení igual, vení igual”, lo llamábamos entre todos al que sea y lo hacíamos venir igual, aunque no jugara.

Por eso a mí me encantaba ser capitán. Porque me permitía enfrentar, con poder, a quienes nos querían imponer cosas, cosas que iban en contra de los futbolistas. Y no creo que haya un solo jugador, ni un compañero mío, que pueda decirme: Hiciste las cosas mal, no me defendiste bien. Y yo me enfrenté a Grondona, a Blatter, a Havelange, a Macri… Quizás con un vocabulario futbolístico y no político, y eso me costó un montón de cosas. Pero el resultado, el resultado lo vale. Yo creo que hoy me paro en la Torre Eiffel, pego un grito y tengo alrededor mío a todos los jugadores del mundo. Porque me lo dijo Cantona, me lo dijo Weah, me lo dijo Stoitchkov: Nosotros somos parte de la Asociación de Futbolistas Mundiales y vos sos el presidente. Ése es el orgullo más grande que tengo yo.

Y esto es lo que pretendo que se entienda: no puedo aceptar que no se sumen a la Selección porque están cansados, porque están lesionados, porque los clubes que los contrataron les pagan millones de dólares, porque…. ¡Los brasileños juegan setecientos mil partidos por año y están siempre! No sé, me da la impresión que ahora los brasileños agarraron la mística nuestra: Rivaldo juega el domingo para el Barcelona, viaja a Tailandia y hace un gol para Brasil, vuelve y se planta contra el Real Madrid, juega la Copa América, se rompe el culo por sus, ¡por sus! camisetas… O sea, yo digo: ¡Viva Rivaldo! Eso hacíamos antes los argentinos, ¡eso hacía yo!

Algo de eso, ahora, se rompió. Y yo no le echo la culpa a los representantes, ¡no le echemos más la culpa a los representantes! Acá, los únicos culpables somos los jugadores. Y esto mismo lo dije yo en una charla, en Futbolistas Argentinos Agremiados: “Para tomar decisiones no se necesita tener a un Maradona de 20 años… Basta con no transar, ¡no transar y sí unir!”.
Por eso acepto ahora reunirme con Joseph Blatter, el presidente de la FIFA, para defender los principios del jugador de fútbol, ¿eh?, no para entregarme a Blatter. Porque si no estaría entregando veinticinco años de trayectoria, y no sólo adentro de la cancha: veinticinco años pensando que el jugador de fútbol es lo más importante, lejos, en este negocio. Y ésta es una gran verdad que nadie me puede refutar: a los técnicos los hacemos los jugadores, a los dirigentes los hacemos los jugadores.
Pero, por decir cosas como éstas, el poder no me perdonó. Yo lo viví, lo sigo viviendo todavía y lo tengo asumido.

Lo que no lograron fue cambiar mi vida. Que por ahí la hice bien o por ahí la hice mal, pero la hice yo. A mí no me diagramó Menotti, no me diagramó Bilardo, no me diagramó Havelange, no me diagramó Blatter, no me diagramó Menem, no me diagramó De la Rúa. A mí nadie me regaló la plata; me la gané yo, corriendo detrás de la pelota adentro de una cancha. ¿Mucha, demasiado? Por algo me la daban, el poder ganó mucho más gracias a mí. Por eso dependen de nosotros: si los futbolistas nos uniéramos, ¡mataríamos!

Los dirigentes de fútbol no saben nada del juego y nos han desplazado a los jugadores de un lugar muy importante. Están bien asesorados, estudiaron, consiguen los mejores sponsors y piensan más en Coca-Cola y en Hyundai que en los protagonistas. Yo lo sufrí cuando monté el Sindicato de Jugadores. Los Mundiales son riquísimos y los que hacemos el espectáculo recibimos puchitos, el 1 %. Ésta es una fábrica a la que le va cada vez mejor con obreros que aceptan todo.

Porque hoy, los futbolistas ganan mucha plata sin tanto esfuerzo, entonces no les importa tanto. Ganan veinte millones de dólares por nada, Saviola y Aimar valen ochenta millones de dólares, no la tocan en un Preolímpico y siguen valiendo lo mismo, Vieri pasa de un equipo a otro por más y más millones y no festeja un título. Entonces, claro, ¿qué van a pensar en la Selección? ¿Para qué? Si no la necesitan… Y no hay nadie que se les acerque y les diga: Mira, nene que si no jugás en la Selección y después no la tocas en tu club, pasas a ser un desastre, no vas a valer un carajo.
En cualquier momento van a decir que Saviola es un desastre, ¡y el pibe es un fenómeno! Pero tiene que triunfar en la Selección, tiene que aparecer alguien que reafirme las convicciones y que les diga.

Todo esto cambió desde que nos fuimos los viejos. Y no es porque nosotros hayamos sido más inteligentes ni nada, pero sí entendimos que teníamos que ser representantes de la gente, representantes del pueblo. Entonces nosotros, los representantes, cuando salíamos a jugar, pensábamos en la vieja, en el viejo, en el gomía, en el laburante, en todos… Y disfrutábamos como ellos cuando nos enterábamos de que iban a festejar los triunfos al Obelisco.

Yo quisiera que todo esto que digo se hiciera carne en los chicos del fútbol. Me encantaría ponerme al frente de los juveniles y decirles: “¿Vos venís de Rosario, pibe? Vení como sea, en tren, en colectivo, a dedo… Pero vení, después vemos. Jugate por la Selección que así te estás jugando por tu gente”.
Hoy, muchos partidos se definen en los escritorios. Y eso va en contra de los jugadores: yo pagué un precio muy alto por defenderlos, por reclamar que al mediodía no se podía jugar en México, y por denunciar corrupción, como en el ’90, donde la final tenía que ser Alemania-Italia. No tengo problemas en seguir pagando ese precio. Unidos, podríamos combatir las cosas malas que tiene el fútbol. Por ejemplo, los partidos digitados por los arbitros: en el ’90 rompían las pelotas con el Fair Play, con el Fair Play, y en el primer partido los camerunenses nos mataron a patadas. Y después, en la final, vino lo de Codesal, lo del referí… Porque un penal mal dado no tiene nada que ver con el juego limpio, ¿no?, eso creo yo por lo menos. Hay cosas que están digitadas y los arbitros tienen que ver: en un Mundial de fútbol, en lugar de pasar inadvertidos, lo deciden. ¡Y no puede ser! Hay montones de arbitros que han falseado resultados, que han inclinado la cancha para que al fin lleguen a la final los dos equipos que prefiere la FIFA. Como un ejemplo, nada más, basta acordarse de México ’86, cuando anularon aquel gol de Michel, cuando la pelota picó medio metro adentro, para que Brasil siguiera en carrera. El último Mundial, el de Francia ’98, fue un campeonato mediocre y digitado. De la Selección de Francia no me acuerdo de casi ninguno, y no porque no me interese. Pero se sabía, desde la inauguración, que la final tenía que ser Francia-Brasil.

Y en la Argentina, lo que mató a los arbitros fue la soberbia, ¡la soberbia! A mí me echó Javier Castrilli, un referí, nada más que un referí, jugando para Boca, contra Vélez, en el ’95, cuando lo único que fui a decirle fue: “¡Respeta a la gente!”. Y así todos, no te dejaban hablar. Ellos se escudan con eso de que no ganan lo que tienen que ganar. ¡Que se hagan profesionales en serio! Y que no se dejen influenciar, ni con las figuras, pero que tampoco vayan contra la gente, contra el espectáculo. Porque la gente va a ver a Maradona, va a ver a Francescoli, va a ver a Gallardo, y si ellos los echan, van en contra de la gente. Eso sí: se hacen famosos y después trabajan en la televisión. ¿Gracias a quién? Gracias a los jugadores, por supuesto.

Yo me arrepiento de no haber jugado más en la Argentina. Lamento que mi país no me haya podido retener, para batir los records en mi tierra, para jugar más partidos en la Selección y no escucharlos por teléfono desde Italia… Porque así lo hacía: jugaba Boca, jugaba el Seleccionado, y yo me colgaba de la línea para escucharlos. Creo que no es mi culpa, yo me tuve que ir a ganar la plata afuera.
Desde Italia, justamente, yo observaba un fenómeno, algo muy especial: en la Argentina, los maestros de las divisiones inferiores siempre fueron los grandes jugadores del pasado. Nenes como Pedernera, Grillo, Griffa, Gandulla, Pando, Sacchi. A grandes maestros, según mi humilde opinión, grandes alumnos. Bueno, eso en Italia no pasaba. Los ex campeones se volvían diputados, onorevoles, dirigentes, periodistas de radio y televisión, asesores del presidente. Pero ponerse el buzo y llenarse de tierra como lo hizo casi hasta los 80 años don Adolfo Pedernera… No, eso no. Bueno, mi temor es que en estos tiempos hayamos perdido esa mística. Y por eso mi obsesión es trabajar con los futbolistas.

En todo sentido, ¿eh?, en todo sentido. Digo esto porque me jode que todavía haya futbolistas que se nieguen a decir la verdad y no se animen a denunciar, por ejemplo, que hay técnicos que les piden plata para hacerlos jugar. ¡En la Argentina hay entrenadores que les sacan plata a los jugadores! ¡Yo lo sé y yo lo denuncio! Lo sé porque muchos me vinieron a ver a mí, para decírmelo.

Lo lamento, entonces, por aquellos futbolistas a los que yo voy a nombrar si es que me llaman a declarar en el juicio que hay contra Ramón Díaz. Pero sería más grande el castigo de no darle la posibilidad a los futbolistas del futuro de evitar que les sigan metiendo la mano en el bolsillo. Eso es corrupción. Tanta corrupción como cuando un entrenador del Seleccionado pone a un jugador en el equipo, aunque esté lesionado, para después venderlo a Europa. Y yo sé que eso pasó, lamentablemente.
Si volviera a nacer, le pediría a Dios que me dé lo mismo —porque me dio demasiado, realmente— y también la posibilidad de hacer todas las jugadas y los goles que divirtieron a los napolitanos, en mi país, en vivo, para los argentinos…

Estoy orgulloso de haber sido siempre fiel a mis convicciones, a mis virtudes y a mis defectos. Pero llego a los 40 años y puedo mirar de frente a todo el mundo. No cagué a nadie más que a mí mismo, no le debo nada a nadie más que a mi familia. Lucho por mi vida, cada día, y tengo a mis viejos al lado, tengo a mis amigos al lado, tengo a mi mujer, incondicional, tengo dos hijas que son tan alucinantes como siempre las soñé y tengo, con todo eso encima, el respeto del país que amo… Sí, pese a todo, tengo y disfruto el respeto de los argentinos.
Todo lo que cuento en este libro es verdad, lo juro por mis hijas. Traté de ser lo más honesto posible en todo. Conté cosas, seguramente me olvidé de muchas otras, pero el mensaje es uno solo: voy a seguir diciendo la verdad hasta los últimos días. No voy a transar porque no me gusta, no me gusta la injusticia.
Como les digo siempre a los que vienen y se quieren hacer los bananas conmigo: Pero, Diego, si vos… Al Diego, a mí, me sacaron de Villa Fiorito y me revolearon de una patada en el culo a París, a la Torre Eiffel. Yo tenía puesto el pantalón de siempre, el único, el que usaba en el invierno y en el verano, ese de corderoy. Allá caí y me pidieron, me exigieron, que dijera lo que tenía que decir, que actuara como tenía que actuar, que hiciera lo que ellos quisieran.
Y yo hice.
Yo… Yo hice lo que pude, creo que tan mal no me fue.

Sé que no soy nadie para cambiar el mundo, pero no voy a dejar que entre nadie en el mío a digitarlo. A manejarme… el partido, que es como decir digitar mi vida. Nadie me hará creer, nunca, que mis errores con la droga o con los negocios, cambiaron mis sentimientos. Nada. Soy el mismo, el de siempre. Soy yo, Maradona.

El carpintero, Norah Lange

Frente a nuestra quinta existían varias casas y un rancho, cuyas paredes de barro, deshilachadas y llenas de parches, apenas lograban mantenerlo en pie. A ese rancho llegó un matrimonio tan sumido en la miseria que, al refugiarse en él, ni siquiera tenía dónde sentarse, hasta que madre le envió ropa, comida y dos hamacas de mimbre. La mujer rara vez salía. En ocasiones, la divisábamos desde lejos, agachada, los hombros siempre cubiertos por una vieja pañoleta. Después nos enteramos de que se hallaba tuberculosa y que el marido apenas conseguía juntar uno centavos haciendo pequeños trabajos de carpintería.

Una tarde supimos que Andrea agonizaba, y cuando circuló la noticia de que había muerto, vimos que el marido llamaba a la puerta del jardín. Supusimos que querría alguna ayuda para el entierro o algunas flores más, pero sólo venía a pedir un alfiler de gancho para abrocharse el cuello de la camisa. Le parecía indecente velarla con la garganta descubierta y era el único cambio de indumentaria que podía costearse frente a la muerte de su mujer.
Nos pareció terrible que sólo pidiera un alfiler de gancho.

Cuando mi padre fue a verlo, lo encontró sólo en la pieza, de pie ante el cadáver que él mismo había envuelto en una sábana y acostado dentro de su cajón. Dos velas ordinarias iluminaban la cabecera. La luz salía a la calle por la ventana derruida y se llenaba de polvo.

A la mañana siguiente, muy temprano, oímos unos martillazos. Era el hombre del rancho, que cerraba el cajón. Lo imaginamos solo en el cuarto, trabajando como de costumbre, poniéndose algunos clavos en la boca, mientras colocaba la tabla sobre el cuerpo tan conocido y miserable.

Antes del mediodía, un carro de la municipalidad se llevó el cajón.

Nota para un cuento fantástico, Jorge Luis Borges

Desiree Dolron

En Wisconsin o en Texas o en Alabama los chicos juegan a la guerra y los dos bandos son el Norte y el Sur. Yo sé (todos lo sabemos) que la derrota tiene una dignidad que la ruidosa victoria no merece, pero también sé imaginar que ese juego, que abarca más de un siglo y un continente, descubrirá algún día el arte divino de destejer el tiempo o, como dijo Poetr Damiano, de modificar el pasado. Si ello acontece, si en el decurso de los largos juegos el Sur humilla al Norte, el hoy gravitará sobre el ayer y los hombres de Lee serán vencedores en Gettysburg en los primeros días de julio de 1863 y la mano de Donne podrá dar fin a su poema sobre las transmigraciones de un alma y el viejo hidalgo Alonso Quijano conocerá el amor de Dulcinea y los ocho mil sajones de Hastings derrotarán a los normandos, como antes derrotaron a los noruegos, y Pitágoras no reconocerá en un pórtico de Argos el escudo que usó cuando era Euforbo.

Postrimerías, Adolfo Bioy Casares

Cuando entró en el edificio, buscó las escaleras, para subir. Encontrarlas era difícil. Preguntaba por ellas, y algunos le contestaban: “No hay.” Otros le daban la espalda. Acababa siempre por encontrarlas y por subir otro piso. La circunstancia de que muchas veces las escaleras fueran endebles, arduas y estrechas, aumentaba su fe. En un piso había una ciudad, con plazas y calles bien trazadas. Nevaba, caía la noche. Algunas casas -eran todas de tamaño reducido- estaban iluminadas vivamen­te. Por las ventanas veía a hombres y mujeres de dos pies de estatura. No podía quedarse entre esos enanos. Descubrió una amplia escalinata de piedra, que lo llevó a otro piso. Este era un antecomedor, donde mozos, con chaqueta blanca y modales pésimos, limpiaban juegos de té. Sin volverse, le dijeron que había más pisos y que podía subir. Llegó a una terraza con vastos parques crepusculares, hermosos, pero un poco tristes. Una mujer, con vestido de terciopelo rojo, lo miró espantada y huyó por el enorme paisaje, meciéndose la cabellera, gimiendo. Él entendió que cuantos vivían allí estaban locos. Pudo subir otro piso. En una arquitectura propia del interior de un buque, en la que abundaban maderas y hierros pintados de blanco, halló una escalera de caracol. Subió por ella a un altillo donde estaban los peroles que daban el agua caliente a los pisos de abajo. Dijo: “Sobre el fuego está el cielo” y, seguro de su destino, se agarró de un caño, para subir más. El caño se dobló; hubo un escape de vapor, que le rozó el brazo. Esto lo disuadió de seguir subiendo. Pensó: “En el cielo me quemaré.” Se preguntó a cuál de los horribles pisos inferiores debería descender. En todos él se había sentido fuera de lugar. Esto no probaba que no fuese la morada que le correspondía, porque justamente el infierno es un sitio donde uno se cree fuera de lugar.

Cuestiones de tiempo, Cecilia Rossi

Las cosas que yo recuerdo
¿me recordarán?

las cosas que extraño
¿me extrañarán?

Cuándo es.
Cuándo deja de ser
recíproco
el cariño….

¿por qué he olvidado gente
que todavía me recuerda?
¿por qué recuerdo gente
que se ha olvidado de mí?

De qué depende.
De qué hilo tan frágil
pende la permanencia de uno en el otro.
La permanencia del corazón de uno
en el corazón del otro…

El jardín de mi abuela…
¿tendrá ganas de verme?

Mi perro de Concordia
¿me extrañará?

¿Todas estas son cuestiones
del tiempo?
¿Sólo le atañen al tiempo?
¿Sólo las decide/las soluciona el tiempo?

¿Y el amor? El amor que tuvimos
¿nos recordará?
¿Seremos una anécdota bonita
en su memoria?

Y la gente que se fue
¿pensará en nosotros?
Y la casa donde vivimos hace años
¿conservará algo de mí?
¿conservará algo de vos?
Y las personas que quiero
¿siempre me querrán así?

Y el vino que me gusta
¿gustará de mí?
¿el sabor de mi boca recordará?

¿Y vos?
¿Gustarás de mí?
¿Algún gesto mío te llevarás?

¿Cuándo es?
¿Cuándo deja de ser?
Recíproco…
El cariño..

¿Cuándo es?
¿Cuándo la vida?
(el sabor de la vida)
¿Cuándo la vida deja de ser
recíproca?

Cuándo es.
Cuándo deja de ser.
Mutuo.
El amor.
De los dos.
El amor…

La última palabra, Liliana Savoia

Sra. madura vistiendo a un cuerpo masculino inerte. En un murmullo se habla a sí misma.
Claro, no ibas a dejar tu lugar a último momento. Era imposible que me dieras el gusto, después de todo, quien soy yo para que vos me otorgaras una oportunidad. Tenías que tener la última palabra como siempre. Treinta años cerrando toda conversación sin importar de qué se tratara, vos siempre teniendo la razón y pontificando. El broche final siempre era tuyo.
Pero ahora, yo tenía la ocasión de resarcirme de tanta soberbia.
Era mi momento y lo tendría que haber disfrutado. No me importaba esperar. Me sentía como si los Dioses me hubieran tocado con sus dedos.
Vos, siempre vos, encontrando las palabras justas para dar por terminado cualquier diálogo. Cuánto esperé por este momento. Treinta años, treinta largos y callados años, en donde saboreé palabras que se me pegaban al paladar sin poder encontrar el camino de salida. Me sentía flotar disfrutando de antemano el manjar de cerrar con una frase el capítulo final. Este era mi momento. Pero no, vos siempre ganás, aunque sea lo último que hagas en tu vida. Y esa estúpida enfermera mirándome al entrar en la habitación, diciéndome cuánto lo lamentaba, que había ocurrido de improviso. Pero pobrecito, sus últimas palabras fueron para usted.
Tus últimas palabras, siempre igual, vos dando la última palabra, y otra vez me guardo las frases que tenía preparadas, y me las trago porque vos, como siempre, cerrás todas las puertas. Pero esta vez no voy a darte el gusto, me daré la ocasión de ser la protagonista.
Como viuda flamante en que me has convertido, me pondré ropa oscura para que contraste con la palidez de mi rostro, que tengo demacrado después de tantas semanas de no dormir bien y lloraré sin descanso, todos me saludarán para darme las condolencias y yo, en un gesto de dolor por la pérdida, diré las última palabras ¡Pobrecito, cuanto te voy a extrañar!

TELÓN

 

Otros verán el mar, Edgar Bayley

otros verán el mar
la soledad del sueño
encenderán nuevos nombres
viajes felices al extremo de la mañana
otros tendrán secretos
olvido tolerancia
otra voz otras luces un juego diferente
¿qué vida retendrás mientras tanto
qué esperanza dirás todavía
en la calle o el bosque renacido
en qué rostro o amor revivirás tu viaje?

otros tendrán la isla
conquistarán la inocencia
refundirán la noche la vigilia
el amo y el esclavo
entonces no habrá sido en vano
tanto descenso y tempestad y absurdo
tanto desprecio y lagos de sombra y brujas
tanto perdón y puerta sin llamado
un hombre una mujer
al principio y al fin del mundo

otros verán sin pausas
sin fronteras
inventarán el fuego y la confianza
¿qué día albergará tu nombre
en qué vena o qué metal
tendrá destino tu silencio?

 

El Fantasma, Enrique Anderson Imbert

Se dio cuenta de que acababa de morirse cuando vio que su propio cuerpo, como si no fuera el suyo sino el de un doble, se desplomaba sobre la silla y la arrastraba en la caída. Cadáver y silla quedaron tendidos sobre la alfombra, en medio de la habitación.
¿Con que eso era la muerte?
¡Qué desengaño! Había querido averiguar cómo era el tránsito al otro mundo ¡y resultaba que no había ningún otro mundo! La misma opacidad de los muros, la misma distancia entre mueble y mueble, el mismo repicar de la lluvia sobre el techo… Y sobre todo ¡qué inmutables, qué indiferentes a su muerte lo objetos que él siempre había creído amigos!: la lámpara encendida, el sombrero en la percha…Todo, todo estaba igual. Sólo la silla volteada y su propio cadáver, cara al cielo raso.
Se inclinó y se miró en su cadáver como antes solía mirarse en el espejo. ¡Qué avejentado! ¡Y esas envolturas de carne gastada!
– Si yo pudiera alzarle los párpados quizá la luz azul de mis ojos ennobleciera otra vez el cuerpo – pensó.
Porque así, sin la mirada, esos mofletes y arrugas, las curvas velludas de la nariz y los dos dientes amarillos, mordiéndose el labio exangüe estaban revelándole su aborrecida condición de mamífero.
– Ahora que sé que del otro lado no hay ángeles ni abismos me vuelvo a mi humilde morada.
Y con buen humor se aproximó a su cadáver – jaula vacía – y fue a entrar para animarlo otra vez.
¡Tan fácil que hubiera sido! Pero no pudo. No pudo porque en ese mismo instante se abrió la puerta y se entrometió su mujer, alarmada por el ruido de silla y cuerpo caídos.
– ¡No entres! – gritó él, pero sin voz.
Era tarde. La mujer se arrojó sobre su marido y al sentirlo exánime lloró y lloró.
– ¡Cállate! ¡lo has echado todo a perder! – gritaba él, pero sin voz.
¡Qué mala suerte! ¿Por qué no se le habría ocurrido encerrarse con llave durante la experiencia. Ahora, con testigo, ya no podía resucitar; estaba muerto, definitivamente muerto. ¡Qué mala suerte!
Acechó a su mujer, casi desvanecida sobre su cadáver; y su propio cadáver, con la nariz como una proa entre las ondas de pelo de su mujer. Sus tres niñas irrumpieron a la carrera como si se disputaran un dulce, frenaron de golpe, poco a poco se acercaron y al rato todas lloraban, unas sobre otras. También él lloraba viéndose allí en el suelo, porque comprendió que estar muerto es como estar vivo, pero solo, muy solo.
Salió de la habitación, triste.
¿Adónde iría?
Ya no tuvo esperanzas de una vida sobrenatural. No, no había ningún misterio.
Y empezó a descender, escalón por escalón, con gran pesadumbre.
Se paró en el rellano. Acababa de advertir que, muerto y todo, había seguido creyendo que se movía como si tuviera piernas y brazos. ¡Eligió como perspectiva la altura donde antes llevaba sus ojos físicos! Puro hábito. Quiso probar entonces las nuevas ventajas y se echó a volar por las curvas del aire. Lo único que no pudo hacer fue traspasar los cuerpos sólidos, tan opacos, las insobornables como siempre. Chocaba contra ellos. No es que le doliera; simplemente no podía atravesarlos. Puertas, ventanas, pasadizos, todos los canales que abre el hombre a su actividad, seguían imponiendo direcciones a sus revoloteos. Pudo colarse por el ojo de una cerradura, pero a duras penas. Él, muerto, no era una especie de virus filtrable para el que siempre hay pasos; sólo podía penetrar por las hendijas que los hombres descubren a simple vista. ¿Tendría ahora el tamaño de una pupila de ojo? Sin embargo, se sentía como cuando vivo, invisible, sí, pero no incorpóreo. No quiso volar más, y bajó a retomar sobre el suelo su estatura de hombre. Conservaba la memoria de su cuerpo ausente, de las posturas que antes había adoptado en cada caso, de las distancias precisas donde estarían su piel, su pelo, sus miembros. Evocaba así a su alrededor su propia figura; y se insertó donde antes había tenido las pupilas.
Esa noche veló al, lado de su cadáver, junto a su mujer. Se acercó también a sus amigos y oyó sus conversaciones. Lo vio todo. Hasta el último instante, cuando los terrones del camposanto sonaron lúgubres sobre el cajón y lo cubrieron.
ÉI había sido toda su vida un hombre doméstico. De su oficina a su casa, de casa a su oficina. Y nada, fuera de su mujer y sus hijas. No tuvo, pues, tentaciones de viajar al estómago de la ballena o de recorrer el gran hormiguero. Prefirió hacer como que se sentaba en el viejo sillón y gozar de la paz de los suyos.
Pronto se resignó a no poder comunicarles ningún signo de su presencia. Le bastaba con que su mujer alzara los ojos y mirase su retrato en lo alto de la pared.
A veces se lamentó de no encontrarse en sus paseos con otro muerto siquiera para cambiar impresiones. Pero no se aburría. Acompañaba a su mujer a todas partes e iba al cine con las niñas.
En el invierno su mujer cayó enferma, y él deseó que se muriera. Tenía la esperanza de que, al morir, el alma de ella vendría a hacerle compañía. Y se murió su mujer, pero su alma fue tan invisible para él como para las huérfanas.
Quedó otra vez solo, más solo aún, puesto que ya no pudo ver a su mujer. Se consoló con el presentimiento de que el alma de ella estaba a su lado, contemplando también a las hijas comunes .. ¿Se daría cuenta su mujer de que él estaba allí? Si… ¡claro!… qué duda había. ¡Era tan natural !
Hasta que un día tuvo, por primera vez desde que estaba muerto, esa sensación de más allá, de misterio, que tantas veces lo había sobrecogido cuando vivo; ¿y si toda la casa estuviera poblada de sombras de lejanos parientes, de amigos olvidados, de fisgones, que divertían su eternidad espiando las huérfanas?
Se estremeció de disgusto, como si hubiera metido la mano era una cueva de gusanos. ¡Almas, almas, centenares de almas extrañas deslizándose unas encimas de otras, ciegas entre sí pero con sus maliciosos ojos abiertos al aire que respiraban sus hijas!
Nunca pudo recobrarse de esa sospecha, aunque con el tiempo consiguió despreocuparse: ¡qué iba a hacer! Su cuñada había recogido a las huérfanas. Allí se sintió otra vez en su hogar. Y pasaron los años. Y vio morir, solteras, una tras otra, a sus tres hijas. Se apagó así, para siempre, ese fuego de la carne que en otras familias más abundantes va extendiéndose como un incendio en el campo.
Pero él sabía que en lo invisible de la muerte su familia seguía triunfando, que todos, por el gusto de adivinarse juntos, habitaban la misma casa, prendidos a su cuñada como náufragos al último leño.
También murió su cuñada.
Se acercó al ataúd donde la velaban, miró su rostro, que todavía se ofrecía como un espejo al misterio, y sollozó, solo, solo ¡qué solo! Ya no había nadie en el mundo de los vivos que los atrajera a todos con la fuerza del cariño. Ya no había posibilidades de citarse en un punto del universo. Ya no había esperanzas Allí, entre los cirios en llama, debían de estar las almas de su mujer y de sus hijas. Les dijo “¡Adiós!” sabiendo que no podían oírlo, salió al patio y voló noche arriba.

El río, Julio Cortázar

Y sí, parece que es así, que te has ido diciendo no sé qué cosa, que te ibas a tirar al Sena, algo por el estilo, una de esas frases de plena noche, mezcladas de sábana y boca pastosa, casi siempre en la oscuridad o con algo de mano o de pie rozando el cuerpo del que apenas escucha, porque hace tanto que apenas te escucho cuando dices cosas así, eso viene del otro lado de mis ojos cerrados, del sueño que otra vez me tira hacia abajo. Entonces está bien, qué me importa si te has ido, si te has ahogado o todavía andas por los muelles mirando el agua, y además no es cierto porque estás aquí dormida y respirando entrecortadamente, pero entonces no te has ido cuando te fuiste en algún momento de la noche antes de que yo me perdiera en el sueño, porque te habías ido diciendo alguna cosa, que te ibas a ahogar en el Sena, o sea que has tenido miedo, has renunciado y de golpe estás ahí casi tocándome, y te mueves ondulando como si algo trabajara suavemente en tu sueño, como si de verdad soñaras que has salido y que después de todo llegaste a los muelles y te tiraste al agua. Así una vez más, para dormir después con la cara empapada de un llanto estúpido, hasta las once de la mañana, la hora en que traen el diario con las noticias de los que se han ahogado de veras.
Me das risa, pobre. Tus determinaciones trágicas, esa manera de andar golpeando las puertas como una actriz de tournées de provincia, uno se pregunta si realmente crees en tus amenazas, tus chantajes repugnantes, tus inagotables escenas patéticas untadas de lágrimas y adjetivos y recuentos. Merecerías a alguien más dotado que yo para que te diera la réplica, entonces se vería alzarse a la pareja perfecta, con el hedor exquisito del hombre y la mujer que se destrozan mirándose en los ojos para asegurarse el aplazamiento más precario, para sobrevivir todavía y volver a empezar y perseguir inagotablemente su verdad de terreno baldío y fondo de cacerola. Pero ya ves, escojo el silencio, enciendo un cigarrillo y te escucho hablar, te escucho quejarte (con razón, pero qué puedo hacerle), o lo que es todavía mejor me voy quedando dormido, arrullado casi por tus imprecaciones previsibles, con los ojos entrecerrados mezclo todavía por un rato las primeras ráfagas de los sueños con tus gestos de camisón ridículo bajo la luz de la araña que nos regalaron cuando nos casamos, y creo que al final me duermo y me llevo, te lo confieso casi con amor, la parte más aprovechable de tus movimientos y tus denuncias, el sonido restallante que te deforma los labios lívidos de cólera. Para enriquecer mis propios sueños donde jamás a nadie se le ocurre ahogarse, puedes creerme.
Pero si es así me pregunto qué estás haciendo en esta cama que habías decidido abandonar por la otra más vasta y más huyente. Ahora resulta que duermes, que de cuando en cuando mueves una pierna que va cambiando el dibujo de la sábana, pareces enojada por alguna cosa, no demasiado enojada, es como un cansancio amargo, tus labios esbozan una mueca de desprecio, dejan escapar el aire entrecortadamente, lo recogen a bocanadas breves, y creo que si no estaría tan exasperado por tus falsas amenazas admitiría que eres otra vez hermosa, como si el sueño te devolviera un poco de mi lado donde el deseo es posible y hasta reconciliación o nuevo plazo, algo menos turbio que este amanecer donde empiezan a rodar los primeros carros y los gallos abominablemente desnudan su horrenda servidumbre. No sé, ya ni siquiera tiene sentido preguntar otra vez si en algún momento te habías ido, si eras tú la que golpeó la puerta al salir en el instante mismo en que yo resbalaba al olvido, y a lo mejor es por eso que prefiero tocarte, no porque dude de que estés ahí, probablemente en ningún momento te fuiste del cuarto, quizá un golpe de viento cerró la puerta, soñé que te habías ido mientras tú, creyéndome despierto, me gritabas tu amenaza desde los pies de la cama. No es por eso que te toco, en la penumbra verde del amanecer es casi dulce pasar una mano por ese hombro que se estremece y me rechaza. La sábana te cubre a medias, mis manos empiezan a bajar por el terso dibujo de tu garganta, inclinándome respiro tu aliento que huele a noche y a jarabe, no sé cómo mis brazos te han enlazado, oigo una queja mientras arqueas la cintura negándote, pero los dos conocemos demasiado ese juego para creer en él, es preciso que me abandones la boca que jadea palabras sueltas, de nada sirve que tu cuerpo amodorrado y vencido luche por evadirse, somos a tal punto una misma cosa en ese enredo de ovillo donde la lana blanca y la lana negra luchan como arañas en un bocal. De la sábana que apenas te cubría alcanzo a entrever la ráfaga instantánea que surca el aire para perderse en la sombra y ahora estamos desnudos, el amanecer nos envuelve y reconcilia en una sola materia temblorosa, pero te obstinas en luchar, encogiéndote, lanzando los brazos por sobre mi cabeza, abriendo como en un relámpago los muslos para volver a cerrar sus tenazas monstruosas que quisieran separarme de mí mismo. Tengo que dominarte lentamente (y eso, lo sabes, lo he hecho siempre con una gracia ceremonial), sin hacerte daño voy doblando los juncos de tus brazos, me ciño a tu placer de manos crispadas, de ojos enormemente abiertos, ahora tu ritmo al fin se ahonda en movimientos lentos de muaré, de profundas burbujas ascendiendo hasta mi cara, vagamente acaricio tu pelo derramado en la almohada, en la penumbra verde miro con sorpresa mi mano que chorrea, y antes de resbalar a tu lado sé que acaban de sacarte del agua, demasiado tarde, naturalmente, y que yaces sobre las piedras del muelle rodeada de zapatos y de voces, desnuda boca arriba con tu pelo empapado y tus ojos abiertos.

Centro de ayuda al suicida, Ángel Balzarino

El estridente sonido del teléfono logró disipar el sopor que ya empezaba a gobernarme debido a los tediosos programas televisivos con los que pretendía sobrellevar las tres horas de turno. De manera automática levanté el tubo y pronuncié la ya tradicional consigna:
-Centro de ayuda al suicida.
No recibí ninguna respuesta durante unos segundos. Sólo llegué a percibir el ritmo de una respiración agitada, como de alguien que ha efectuado una larga carrera o se encuentra muy nervioso y no logra articular una palabra. Al fin surgió la voz de una mujer, débil y neutra:
-Voy a suicidarme.
Estuve a punto de exteriorizar una señal de triunfo o de íntimo regocijo porque al fin, primera vez, me tocaba atender el llamado de alguien dispuesto a tomar tan crucial decisión.
-¿Cuál es el medio que ha elegido?
Comprendí que el largo silencio obedecía a la sorpresa o perplejidad por la inesperada pregunta. La que sin duda jamás llegaron a formular mi hermano y sus cuatro amigos -entre los que había un sacerdote y un psicólogo- al decidir, con la mejor buena voluntad y en un gesto de generosidad y altruismo, instalar un Centro de ayuda al suicida. Las veces que habían requerido mis servicios -casi siempre desde la medianoche hasta las tres de la mañana, al parecer el turno más difícil de cubrir-, nunca el timbre del teléfono me posibilitó establecer comunicación con algún potencial suicida, por lo cual llegué a reflexionar que, para el caso de confeccionar datos estadísticos, debía ser el horario menos tentador y, por ello, el que reflejaba un grado de mayor euforia y vitalidad en la gente.
-¿Cómo…?
Creí que ya había mordido el anzuelo. La voz algo más firme y el atisbo de interés en la pregunta parecieron abrir la puerta para alcanzar mi propósito. Marqué cada palabra como si le hablara a un chico.
-Le pregunto qué medio piensa utilizar para suicidarse.
-No sé todavía… -titubeó, desolada, como si hubiera indagado sobre algo demasiado recóndito que no estaba dispuesta a develar, y tras una breve pausa, quizá urgida por el único motivo de su llamado, inquirió con brusquedad-: Quiero hablar con Danilo, por favor.
-No se encuentra en este momento -en seguida comprendí que no era la primera vez que llamaba sino que ya conocía a mi hermano y sin duda, por la infinita paciencia que lo caracterizaba y su deseo de contagiar un invariable optimismo a los demás, debía ser alguien de permanente consulta-. Yo ocupo su turno y trataré de ayudarla como podría hacerlo él. Tenga confianza.
-Danilo es muy especial -la voz llegó a ser un susurro casi sensual-. Gracias a él pude sobreponerme dos veces, pero ahora de nuevo siento hundirme…
-¿Quiere decir que por tercera vez va a intentar suicidarse? -formulé la obvia pregunta con el beneplácito de estar frente a un caso ideal para desarrollar mi teoría sobre la verdadera función que debía cumplir el Centro-. Podría decirme qué método ha empleado anteriormente.
-¿Método…? -de nuevo pareció quedar con la mente en blanco al plantearle algo que no figuraba en sus planes; al fin, como si recuperara algún fragmento del pasado, continuó-: La primera vez con una hoja de afeitar. Fue lo primero que encontré. Pero cuando la sangre…
Se calló de pronto. Presentí que el recuerdo de la sangre manando de sus muñecas aún la estremecía y sin duda, superado el propósito homicida por efecto del horror o por el natural e imperioso deseo de supervivencia, debió buscar el auxilio de un chorro de agua fría o una toalla absorbente.
-Apeló a un recurso probadamente ineficaz -procuré exhibir la seguridad de quien da una cátedra sobre una materia que domina a la perfección-. Demasiado lento. Otorga tiempo para el arrepentimiento y la búsqueda de algún paliativo salvador. Estadísticamente es el medio con menor resultado positivo.
-Sin embargo Danilo me dijo que había sido casi una bendición. Me repitió muchas veces que haberme salvado era un signo positivo y debía tomarlo como algo providencial para poder seguir…
-Pero lo intentó por segunda vez -la interrumpí en un reproche casi agresivo, tratando de apartar la sombra pertinaz de Danilo-. Eso demuestra que no había superado el estado de confusión y desequilibrio.
-Sí, lo mismo me dijo Danilo -la reiteración del nombre de mi hermano me dio la certeza de estar bregando contra un adversario poderoso y tal vez invencible-. Durante cinco meses estuvimos hablando casi todas las noches…
-Hasta que volvió a intentarlo -recalqué con firmeza-. Evidentemente los consejos de Danilo no lograron el efecto esperado.
-Traté de cumplir todo lo que él me decía: apartar las ideas pesimistas, ocupar el tiempo con alguna tarea, mirar todas las cosas con mucha fe y esperanza… -el sentido de culpa fue apagándole la voz-. Pero no pude. La soledad, esta casa tan grande, las noches interminables y vacías. Entonces…
-Otra vez quiso liberarse.
-Sí.
-¿A través de qué recurso?
-Una soga. Estaba en el cuarto del patio. Creí que era lo único que podría salvarme de tanta angustia. La até al ventilador del techo y…
Aunque de inmediato presentí el modo como pudo concluir esa operación, la impulsé a dar detalles, con un regodeo casi morboso:
-Por favor, cuénteme qué pasó.
-Me paré sobre una silla, hice un lazo con la soga, traté de imitar lo que vi en muchas películas -trasuntó cierta vergüenza al revivir la escena que había servido para demostrar su torpeza e inexperiencia-. Pero no resistió. El techo. Apenas aparté la silla y quedé en el aire, el ventilador se descolgó y…
Se detuvo, ahogada por un acceso de llanto. Con el incentivo de notarla tan frágil y desarmada, comprendí que era el momento oportuno para acometer la jugada final.
-¿Se da cuenta de que tantas tentativas fallidas sólo han contribuido a otorgarle mayor hueco y desorientación a su existencia?
-Sí… -con extrema debilidad admitió la sádica acusación-. Por eso quiero hablar con Danilo. Él es el único que…
-Olvídese de Danilo -inflexible, traté de quebrar el último vestigio de resistencia-. Debe aceptar que no le ha dado el asesoramiento adecuado. Ahora yo le brindaré la ayuda que usted necesita. Tenga confianza en mí.
Presentí que la demora en responder obedecía a la necesidad de asimilar una situación completamente diferente a la de tantas otras noches.
-Está bien. Si usted…
-¿Cuál es el medio que piensa utilizar ahora?
-Aquí tengo un sobre con insecticida, un cuchillo… -imaginé que debía estar frente a una mesa cubierta con elementos de acción destructiva-. Y también una pistola, que ha sido de mi padre.
-Elija la pistola, sin la menor duda -no procuré disimular una manifestación de alborozo-. ¿Ya comprobó si está cargada?
-Sí. Tiene tres balas.
-Perfecto -creí innecesario hacerle notar que una bala sería suficiente-. Ahora debe actuar con mucha serenidad. Es un momento fundamental. Al fin tiene la oportunidad de superar el bochorno y la ignominia que está sufriendo por causa de las malas experiencias anteriores. ¿Estamos de acuerdo?
-Sí -más que su voz percibí la respiración, fuerte y alterada, que revelaba una postura de tensión, a la expectativa.
-Apóyela contra el pecho, a la altura del corazón. No debe tener miedo ni vacilación. Será sólo un segundo. ¿Preparada?
-Sí…
-Apriete el gatillo -le ordené, cortante-. ¡Ahora!
No tuve tiempo de analizar si habían sido claras y suficientes mis indicaciones. La contundencia del disparo pareció perforarme el oído y, de manera instintiva, aparté el auricular. Luego de unos segundos, al verificar el total silencio del otro lado de la línea, no pude dejar de sentir un legítimo orgullo por haber cumplido con solvencia una ardua tarea.
El ruido de la puerta de calle me hizo colgar el tubo con rapidez. Adopté una posición relajada en el sillón y procuré mostrar la cara más apacible cuando entró mi hermano. La sonrisa y la voz cantarina reflejaron el habitual buen ánimo de Danilo.
-Hola. ¿Qué tal? ¿Cómo anduvieron las cosas?
-Muy bien -pretendí jactarme de la eficacia con que había ocupado mi turno-. Podría decirte sin temor a equivocarme que esta noche ha sido la más fructífera desde que funciona este Centro.

Un verdadero profesional, Fabián Vique

Consultorio de un psicoanalista, dos sillones, un perchero. Entra el psicoanalista, se sienta, consulta reloj y agenda. Pasan unos segundos.
 Suena un timbre, abre, entra el paciente, se quita el saco, lo cuelga en el perchero, se sienta. La conversación y los movimientos son exageradamente lentos.

PACIENTE: Ayer tuve ganas de estrangular a un alumno.

PSICOANALISTA: Ajá.

PACIENTE: Un impulso. Un arranque de furia. Le pasa a todo el mundo ¿no? La docencia es tarea ingrata. Normalmente…

PSICOANALISTA: …

PACIENTE: Bueno, no sé si solamente la docencia. A veces me pasa también en los taxis con los taxistas, en la carnicería con los carniceros, en la zapatería. Nunca le di mucha importancia.

PSICOANALISTA: ¿No?

PACIENTE: No.

PSICOANALISTA: Pero ahora le preocupa.

PACIENTE: ¿Qué cosa?

PSICOANALISTA: Las ganas de estrangular un alumno, un taxista o lo que sea.

PACIENTE: No sé.

PSICOANALISTA: ¿No sabe?

El paciente se levanta, se acerca al psicoanalista y lo estrangula. El psicoanalista no ofrece resistencia, la muerte es lenta. El paciente se levanta, mira el cuerpo, toma su saco, se lo pone y sale.

Borges no existe, Enrique Vila-Matas

Todo empezó cuando Lucio Lombardo Radice, al aproximarse en clave matemática a La Biblioteca de Babel (el célebre cuento de Borges que habla de la identidad entre la biblioteca y el Universo), calculó que el número de “libros posibles”, en base a las coordenadas borgianas, era 25 elevado a la 656 milésima potencia.

Eso llamó la atención del físico Tullio Regge, que publicó un artículo en el que se preguntaba si podía existir esa biblioteca, cómo situarla en relación con el Universo y, finalmente, si Borges, su autor, existía o era, simplemente, un impostor. “Quisiera –escribió Regge- que todo el mundo tuviera en cuenta que, si nos fiamos de Borges, el volumen del Universo, en centímetros cúbicos, requiere un número de 85 cifras. Y yo me pregunto: ¿cómo podría contener el Universo todos los libros? La biblioteca de Borges no parece probable, pues no cabe en nuestro Universo. Además, si, según la teoría Newtoniana, situamos la densidad media de la biblioteca igual a un décimo de la del agua, obtenemos una estructura cuyo diámetro no puede superar más de un centenar de millones de kilómetros, por lo que, yendo aún más lejos, es evidente que iríamos inexorablemente hacia un catastrófico agujero negro”.

Un anónimo comunicante escribió a Tullio Regge y le informó de que hacía ya tiempo que desconfiaba del cuento y de Borges mismo, “pues sabiendo, como sabemos, que a lo largo de su vida, lo máximo que un hombre puede andar es medio millón de kilómetros, resulta inexplicable cómo alguien pudo mantener una velocidad constante por los estrechos corredores y escaleras de la biblioteca. En la mejor de las hipótesis, ese bibliotecario habría recibido noticias locales, a escala provincial, no ciertamente planetaria…”.

Tras el misterioso anónimo, Regge tuvo nuevos motivos para inquietarse, pues Víctor Knud se incorporó a la polémica, al debate sobre la existencia de Borges. Knud, un célebre físico que está convencido de que existen universos paralelos, planos y grandes, donde la Física tiene un valor diferente, escribió: “El día en que leí La Biblioteca de Babel palidecí. Sí, palidecí, porque por un momento tuve la sospecha de que una construcción tan grande existía sobre uno de esos superplanetas en un universo paralelo y que Borges había logrado encontrar la fórmula para visitarlo a placer”.

¿Era Borges el misterioso comunicante anónimo? Todo parece indicar que no, que ni siquiera tuvo nunca noticia de la polémica de los físicos. Sin embargo, para la sorpresa general, al celebrar el pasado agosto su 86 aniversario, Borges, probablemente de forma involuntaria, sacó de dudas a los físicos, cuando al ser felicitado por una lectora agradecida, dijo: “No se preocupe por saludarme, señora, no existo. No, no existo. Soy un fantasma”.

Se llama poesía todo aquello que cierra la puerta a los imbéciles, Aldo Pellegrini

La poesía tiene una puerta herméticamente cerrada para los imbéciles, abierta de par en par para los inocentes. No es una puerta cerrada con llave o con cerrojo, pero su estructura es tal que, por más esfuerzos que hagan los imbéciles, no pueden abrirla, mientras cede a la sola presencia de los inocentes. Nada hay más opuesto a la imbecilidad que la inocencia. La característica del imbécil es su aspiración sistemática de cierto orden de poder. El inocente, en cambio, se niega a ejercer el poder porque los tiene todos.

Por supuesto, es el pueblo el poseedor potencial de la suprema actitud poética: la inocencia. Y en el pueblo, aquellos que sienten la coerción del poder como un dolor. El inocente, conscientemente o no, se mueve en un mundo de valores (el amor, en primer término), el imbécil se mueve en un mundo en el cual el único valor está dado por el ejercicio del poder.

Los imbéciles buscan el poder en cualquier forma de autoridad: el dinero en primer término, y toda la estructura del estado, desde el poder de los gobernantes hasta el microscópico, pero corrosivo y siniestro poder de los burócratas, desde el poder de la iglesia hasta el poder del periodismo, desde el poder de los banqueros hasta el poder que dan las leyes. Toda esa suma de poder está organizada contra la poesía.

Como la poesía significa libertad, significa afirmación del hombre auténtico, del hombre que intenta realizarse, indudablemente tiene cierto prestigio ante los imbéciles. Es ese mundo falsificado y artificial que ellos construyen, los imbéciles necesitan artículos de lujo: cortinados, bibelots, joyería, y algo así como la poesía. En esa poesía que ellos usan, la palabra y la imagen se convierten en elementos decorativos, y de ese modo se destruye su poder de incandescencia. Así se crea la llamada “poesía oficial”, poesía de lentejuelas, poesía que suena a hueco.

La poesía no es más que esa violenta necesidad de afirmar su ser que impulsa al hombre. Se opone a la voluntad de no ser que guía a las multitudes domesticadas, y se opone a la voluntad de ser en los otros que se manifiesta en quienes ejercen el poder.

Los imbéciles viven en un mundo artificial y falso: basados en el poder que se puede ejercer sobre otros, niegan la rotunda realidad de lo humano, a la que sustituyen por esquemas huecos. El mundo del poder es un mundo vacío de sentido, fuera de la realidad. El poeta busca en la palabra no un modo de expresarse sino un modo de participar en la realidad misma. Recurre a la palabra, pero busca en ella su valor originario, la magia del momento de la creación del verbo, momento en que no era un signo, sino parte de la realidad misma. El poeta mediante el verbo no expresa la realidad sino participa de ella misma.

La puerta de la poesía no tiene llave ni cerrojo: se defiende por su calidad de incandescencia. Sólo los inocentes, que tiene el hábito del fuego purificador, que tienen dedos ardientes, pueden abrir esa puerta y por ella penetran en la realidad.

La poesía pretende cumplir la tarea de que este mundo no sea sólo habitable para los imbéciles.

Recomendaciones a Sebastián para la compra de un espejo, Eduardo Gudiño Kieffer

Mire, Sebastián, es en la calle Juncal. Venga, acérquese; voy a decirle el número al oído -es mejor que nadie lo sepa, hay secretos que conviene guardar muy bien-. Bueno. Usted entra en la boutique y pregunta por la señora Hipólita. Le dirán que no está. Pero no se aflija, Sebastián. Sugiera que va de parte de mistress Murphy y ponga cara de inteligente. Le harán un gesto de complicidad y lo llevarán a la trastienda. Abrirán una puertecita escondida entre los brillantes vestidos que cuelgan, inmóviles pero vivos, de una increíble cantidad de perchas doradas. Podrá entonces ingresar al cuarto de los espejos. La señora Hipólita, que adora a los muchachos desgarbados como usted, le ofrecerá un cigarrillo. Acéptelo, Sebastián, acéptelo y aspírelo con delectación, porque sin duda será un cigarrillo egipcio con una pizquita de opio. Después contemple atentamente la colección de espejos, emitiendo de vez en cuando una interjección oportuna y discreta. Nada de exclamaciones altisonantes, a pesar del asombro. Y tenga en cuenta que en ningún momento hay que pronunciar la palabra “mágico”, porque se supone que usted ya sabe que todos los espejos lo son, y en especial los de la señora Hipólita.

Fíjese en ése, Sebastián. Sí, en ése, el ovalado con marco de plata. Todos los días, a las seis de la tarde, refleja a Rachel en su estupenda interpretación de “Phédre”. Es magnífico, ¿eh? O aquel otro, tan profundo en el misterio de si azogue, tan rico en las volutas rococó que lo rodean. No niego que es maravilloso. Pero no se lo aconsejo, porque al sonar las doce campanadas de la medianoche muestra a un oficial de húsares de Grodno asesinado por su novia vampiro. ¡Brrr! Mejor es el que está a su derecha; menos morboso y sumamente eficiente. Hasta educativo: imagínese: a las seis de la mañana deja ver a las damas mendocinas bordando una bandera. Es un espejo quizás demasiado madrugador, claro, pero tan patriótico como un discurso de fiesta cívica. En fin… hay que reconocer que la señora Hipólita tiene una colección fabulosa. Espejos teatrales, pasionales, históricos… También tiene los que reflejan el futuro, pero solo los muestra previa presentación del certificado de buena salud, porque una vez tuvo problemas con el profesor N. El pobre era cardíaco y… bueno, usted sabe el resto, salió en todos los diarios.

Lo importante es que usted, Sebastián, puede comprar el espejo que más le interese. Los precios son exorbitantes, es cierto, pero no cualquiera puede darse el lujo de poseer cosas así. Además, si sonríe usted como lo está haciendo justamente ahora, no dudo que la señora Hipólita le hará una rebaja o le dará felicidades. Es una mujer muy tierna, muy sensible, muy maternal a veces. Aunque tan arrugada que… pero eso no viene al caso. Elija el espejo que prefiera. Deje su dirección, y mañana mismo lo enviarán a su casa. ¿Un consejo? No lo coloque en el living ni en el escritorio ni en ningún lugar por donde pase mucha gente, porque sus amigos son muy convencionales, muy burgueses, y el espejo puede reflejar algo irritante, impropio para la gente decente. Suponga que se le ocurra comprar el espejo de Paolo y Francesca…

¿Qué diría su abuelita materna, Sebastián, que va a misa todos los domingos? No, hay que tener cuidado, hay que ser respetuoso de las convicciones y de la moral de los demás. Yo le sugeriría (y perdóneme el atrevimiento), que ponga el espejo en el altillo, con otros trastos viejos. Más todavía: que lo cubra con algún paño opaco. Y otra cosa aún, la más importante de todas: con los espejos de la señora Hipólita es imprescindible ser puntual. Puntualísimo. Si no llega usted a la hora exacta, no verá el espectáculo. Ni Rachel declamando, ni húsar sangrando, ni damas mendocinas bordando, ni Paolo y Francesca fornicando (perdón otra vez, hay palabras que realmente no suenan muy bien). Si llega tarde sólo verá su propia cara, la misma de siempre, Sebastián, tan angulosa, tan mística. Pero eso es lo de menos. Lo grave sucede cuando la curiosidad lo impulsa a apurarse y lo obliga a llegar demasiado temprano, para averiguar cómo prepara el espejo su “mise en scène”. Eso puede ser fatal, porque los espejos no toleran la curiosidad. Y sucederá que, al arrancar el paño que lo cubre y enfrentarlo, se encontrará usted con que está vacío, con que no refleja nada, con que su imagen en el espejo no existe y por lo tanto, claro, usted tampoco. Es una platónica verdad. Al no verse en el espejo, sin duda se llevará usted las manos a la cabeza, en un gesto de terror y asombro. Pero como usted no existe, descubrirá que no tiene manos ni cabeza. Intentará salir corriendo pero tampoco le será posible, pobre Sebastián, pues tampoco tendrá piernas. Y se quedará por siempre allí, atrapado en un espejo vacío que alguna vez retornará a la colección de la eterna señora Hipólita y reflejará, para otro cliente como usted, joven y desgarbado, la imagen ascética de Sebastián, oh Sebastián pálido de terror, sólo durante un minuto y a la hora en que se pone el sol.

Desde el otro lado, Julio Cortázar


Volver sobre cosas ya escritas puede parecer demasiado fácil, pero en mi caso al menos siempre me ha sido más fácil inventar que repetir. Ocurre sin embargo que ciertas repeticiones, que prefiero llamar recurrencias, se me dan con la misma evidencia que diariamente nos da a todos la inevitable salida del sol. Y si esta cotidiana maravilla no nos asombra puesto que conocemos la relojería general del cosmos, hay otras repeticiones perceptibles en un dominio que ninguna ciencia ha explicado todavía, repeticiones que pertenecen a esos intersticios de lo habitual donde leyes que no son las de la física o la lógica se cumplen de una manera casi siempre inesperada. Todo esto para decir que anoche entré una vez más en esa zona de arenas movedizas y que trato ahora de contarlo para esos lectores a quienes también les pasan cosas así y no las desechan como meras coincidencias.

Hace años que conozco a Michel Portal y que admiro su prodigiosa capacidad de instrumentista. Usted le alcanza cualquier variedad de saxo, flauta, clarinete, fagote, trombón, quena, clavecín y hasta el difícil y secreto bandoneón, y Michel lo vuelve música, y qué música. Así, para abreviar la biografía, lo mismo se lo encuentra como solista en un concierto de la llamada música clásica (Brahms y Schumann no tienen secretos para él) o mezclado en la compleja telaraña de una obra de Stockhausen; pero apenas le queda un poco de tiempo libre, Michel arma un cuarteto o un quinteto de jazz y ahí es la entrega y la creación en libertad, la invención de quien pasa de un instrumento a otro con la gracia de, un gato Jugando con ovillos de lana. Ocurre que somos amigos, pero nos vemos apenas, andamos, por órbitas tan diferentes, cuando lo busco está en el Japón o viceversa, pero anoche descubrí que su grupo actuaba en una cave d e Paris y me largué para escucharlos y por lo menos charlar dos minutos con Michel es así como se vive en este siglo donde se ha perdido toda armonía entre el tiempo y nosotros, entre la Infinita variedad que nos rodea y nuestra cada vez menor disponibilidad para abrazarla, Señalo de paso es parte de este todo incomprensible que quisiera por lo menos insinuar que la víspera yo había estado a punto de ir a escuchar a Michel y que circunstancias nimias me obligaron a dejarlo para la noche siguiente.

Desde el fondo de la cave humosa y gótica y llena de pelos y de barbas y de hermosas criaturas de todo sexo, escuché a Michel y a su ?quinteto. Él me reconoció mientras disponía sobre una mesa los cinco o seis instrumentos que utilizaría, y me hizo un gesto de saludo. Tocó -tocaron- admirablemente, improvisando casi una hora sobre temas que se iban abriendo y multiplicando como un, follaje de árbol. El jazz no impide pensar (la improvisación tiene sus caídas inevitables y en esos huecos momentáneos uno se reencuentra y vuelve a su mundo mental); en algún momento me acordé de mi primer contacto con Michel en el festival de Avignon y de cómo en un café él me habla hablado de mi relato El perseguidor. Viniendo de un músico, y qué músico, su preferencia por ese cuento me había dado una de esas recompensas que justifican toda una vida, y mi manera de decírselo fue hablar largamente con él de Charlie Parker, el hombre Parker y no ya el personaje de mi relato. Su amor y el mío por la música del Bird nos hizo amigos para siempre.

Yo había pensado en todo eso escuchando a Michel, aunque nada hubiera de Charlie Parker en lo que se tocaba esa noche, y después llegó el intervalo y Michel cruzó la sala para encontrarse conmigo. Siempre un poco perdido, un poco en otra cosa, sentí que ahora estaba más allá que nunca de lo que la gente llama normal. Nos abrazamos, le dije de mi felicidad al escuchar su música. “No, no”, se defendió apretándome el hombro con una mano como si también yo estuviera a punto de convertirme en uno de sus instrumentos “No, esta noche es otra cosa, verte ahí y de golpe, de golpe…”. Nos mirábamos, yo esperaba sin saber qué. “Es increíble”, dijo Michel, “que estés aquí esta noche, Julio. Vengo de tocar en otra parte, estuve tocando con un saxo que me prestaron, un saxo increíble de viejo y gastado, con iniciales de nácar y una boquilla casi, inservible. Olía a incienso de iglesia, te das cuenta, tocar en él era..”. Su deslumbramiento y su angustia batallaron en un largo silencio, en sus ojos clavados en mi. “Adivina, Julio, adivina de quién era. No había nada que adivinar, la figura estaba cerrada, la maravilla cumplida. “El saxo del Bird”, dije, y Michel, que acaso había temido que en ese instante todo se viniera abajo, se apretó contra mí, feliz, como temblando. Supe que la viuda de Charlie Parker estaba en Paris, que ese saxo estaba destinado a un museo (hay uno muy simple y pobre y hermoso en Nueva York) y que las cosas habían girado y se habían ordenado para que esa tarde Michel pudiera tener entre las manos el saxo del Bird, acercar los labios a esa boquilla donde había nacido el prodigio de Out of Nowhere, de Lover Man, de tantos y tantos saltos a lo absoluto de la música, de eso que malamente yo había tratado de decir en El perseguidor.

Nadie, claro, se dio cuenta de lo que ocurría entre Michel y yo. Me quedé todavía un rato y me fui sin volver a verlo. Nos seguiremos encontrando aquí y allá, pero si no es así ya no importa. La figura se cerró anoche, eso que llaman azar juntó otra vez tanta baraja dispersa y nos dio nuestro instante perfecto fuera del tiempo idiota de la ciudad y las citas a término y la lógica bien educada. Ahora ya nada importa, realmente; anoche fuimos tres, anoche lo vimos junto a nosotros desde el otro lado.

Entre un hombre y una mujer, Edgar Bayley

Entre un hombre y una mujer
la vida crece
y crecen las lunas
los techos
la intemperie
mientras se entrecruzan palabras halcones arañas
zigzagueos del amor del odio
de la sombra y el cielo.

Entre un hombre y una mujer
la pasión crece
el fulgor de una lucidez relampagueante
que traza entre las sombras sus arabescos
y cada uno teme al otro
y cada uno confía entrega una almendra al otro
y cada uno espera y dice: Dios mío amor mío
y cada uno quisiera un reino azul para el otro
en cualquier parte del cielo o de la tierra
y cada uno quisiera todo aquello
que se oculta tras el cercado:
una magnolia
la arcilla
el telón de un teatro de títeres
una noche de Navidad
unos balcones que dan a un bosque espeso
mientras oscurece.

Cada uno quisiera todo eso
para dárselo al otro
pero el otro no sabe nada y calla
los dos callan.

Esto suele pasar entre un hombre y una mujer
que se aman
y que apenas se conocen
hasta que las caricias estallan
y se dicen todo sin decírselo
con las manos sus cuerpos
con la respiración entrecortada
la misma de la tierra toda
del granito y la memoria
los postigos y el sueño.

El tesoro de Scheherezada, Leopoldo Lugones

 

  Después que la elocuente princesa hubo salvado su vida con sus historias, en aquellas famosas mil y una noches de esplendor y de peligro, las cascadas de oro y pedrería, de sedas y de perfumes, las adolescentes bellas como lunas, los jardines milagrosos, las ciudades extraordinarias, los animales estupendos, los duendes de la tierra, del aire y del agua, las aventuras que trama el destino para hacer un rey de un gañán, y un asno o un gamo silvestre del gallardo hechizado; todo ese poema absolutamente único, porque agotó los prodigios de la imaginación a los pies del sultán magnífico y celoso, constituyó la herencia de la princesa: la herencia con que la princesa Scheherezada dotó a su pueblo, fundiendo todos aquellos tesoros en la maravilla divinamente impar de una esmeralda: la esperanza.

Complicidad con la víctima, María Elena Walsh

Besé la mano del guardián

y lo ayudé a bruñir cerrojos

con esa antigua habilidad que tengo

para borrar innecesariamente

toda huella de bien habida corrupción.

Permití las tinieblas,

rigores me tranquilizaron.

Saludé agradecida al aumentado déspota

y agité flores y banderas

en honor de su rango

de sembrador de oprobios para prójimos

pero no –quizás– para mí.

Odié a las otras víctimas

en lugar de hermanarme

y no quise saber qué sucedía

en el vecino calabozo

o tras los diarios, más allá del mar.

Por eso me dejé vendar los ojos,

sencilla y obediente.

¡Es tan dulce la vida sin saber!

Acepté el castigo

con hipocresía de estampa

por si lo merecía mi inocencia

y fui capaz de denunciar

no al amo sino a la insensata esclava

que desdeñaba protección y ley.

Por pereza me dejé coronar

de puños o serpientes

y admira sin fisuras

a ujieres y embalsamadores,

el fascinante escaparate de los serios.

No supe compartir el sufrimiento

y orgullosa de su exclusividad

inventé argucias contra la rebelión

y jamás en sus aguas dudosas me metí.

Fui custodia del fuego

a mucha honra– para pequeños meritorios

y santones cubiertos de moscas.

Juro que nunca vertí veneno en su sopa

y en mis tiempos de bruja les alivié las llagas,

favor que me pagaron con incendios

pero yo perdoné

porque ¡es humano quemar!

La razón del verdugo

justifiqué callando y otorgando

y preferir durar decapitada

que trascender a mi albedrío

porque la libertad, ya sabéis, amenaza

con alimañas de perdición

como abismo a los pies de un paralítico.

Dormí con la conciencia

engrillada pero limpia

¿Qué culpa tiene una sombra?

Quise investirme de prestigio ajeno

y el sometimiento era vínculo,

me contagiaba un solemne resplandor.

Por eso permanezco

fiel a iniquidades y censores.

Al fin y al cabo me porté bien,

supe negociar

mi pálida y frágil sobrevivencia.

La mujer de otro, Abelardo Castillo

Supongo que siempre lo supe; un día yo iba a terminar llamando a esa puerta. Ese día fue esta noche.

La casa es más o menos como la imaginaba, una casa de barrio, en Floresta, con un jardín al frente, si es que se le puede llamar jardín a un pequeño rectángulo enrejado en el que apenas caben una rosa china y dos o tres canteros, cubiertos ahora de maleza. No sé por qué digo ahora. Pudieron haber estado siempre así. Hay un enano de jardín, esto sí que no me lo imaginaba. El marido de Carolina me contó que lo había comprado ella misma, un año atrás. Carolina había llegado en taxi, una noche de lluvia; dejó el automóvil esperando en la calle y entró en la casa como una tromba. Tengo un auto en la puerta y me quedé sin plata, le dijo, págale por favor y de paso bajá el paquete con el enano.

-Usted la conoció bastante -me dijo él, y yo no pude notar ninguna doble intención en sus palabras-. Ya sabe cómo era ella.

Le contesté la verdad. Era difícil no contestarle la verdad a ese hombre triste y afable. Le contesté que no estaba seguro de haberla conocido mucho.

-Eso es cierto -dijo él, pensativo-. No creo que haya habido nadie que la conociera realmente. -Sonrió, sin resentimiento. -Yo, por lo menos, no la conocí nunca.

Pero esto fue mucho más tarde, al irme; ahora estábamos sentados en la cocina de la casa y no haría media hora que nos habíamos visto las caras por primera vez. Carolina me lo había nombrado sólo en dos o tres ocasiones, como si esa casa con todo lo que había dentro, incluido él, fueran su jardín secreto, un paraíso trivial o alguna otra cosa a la que yo no debía tener acceso. Esta noche yo había llegado hasta allí como mandado por una voluntad maligna y ajena.

Desde hacía meses rondaba el barrio, y esta noche, sencillamente, toqué el timbre.

Él salió a abrirme en pijama, con un sobretodo echado de cualquier modo sobre los hombros. Le dije mi nombre. No se sorprendió, al contrario. Hubiera podido jurar que mi visita no era lo peor que podía pasarle.

-Perdóneme el aspecto -dijo él-. Estoy solo y no esperaba a nadie.

Tenía la apariencia exacta de eso que había dicho. Un hombre solo que no espera a nadie.

Yo había tocado el timbre sin pensar qué venía a decirle, sin saber siquiera si venía a decirle algo. No tenía la menor excusa para estar en esa casa a la diez de la noche. La situación era incómoda y absurda, si es que no era algo peor.

-Pase, pase -decidió de pronto-. Me cambio en un minuto;

-No, por favor. -Pensé decirle que mejor me iba; pero me interrumpió mi propia voz. -No tiene por qué cambiarse.

Sólo me faltó agregar que podía andar vestido como quisiera, que, al fin de cuentas, el marido de Carolina había sido él y que ésta era su casa. De todas maneras, yo no tenía ningún interés en que se cambiara. Tal vez haría bien en callarme lo que sigue, pero sentí que, cualquier cosa que fuera lo que yo había venido a buscar, me favorecía estar bien vestido, frente a ese hombre en pantuflas y con un sobretodo encima del saco del pijama. Eso, al llegar: ahora, las cosas habían variado sutilmente. Él estaba de verdad en su casa, en su cocina, junto a una antigua estufa de hierro, confortablemente enfundado en su pijama, y yo me sentía como un embajador de la Luna.

-¿Toma mate? -me preguntó con precaución. Es increíble, pero le dije que sí. Tomar mate era un modo de permanecer callado, de darse tiempo.

-Carolina, con toda su suavidad y sus maneras, a la mañana, a veces también tomaba mate. Era muy cómica. Chupaba la bombilla con el costado de la boca, como si jugara a ser la protagonista de una letra de tango. No, no era eso. Tomaba mate con cara de pensar.

-Usted se preguntará a qué vine.

-No. Nunca me pregunto demasiadas cosas, y siempre supe que algún día íbamos a encontrarnos. –

Sonrió, con los ojos fijos en el mate. -Pero, ya que lo dice: a qué vino.

Quise sentir agresión o desafío en su voz. No pude. La pregunta era una pregunta literal, sin nada detrás.

O con demasiadas cosas, como aquello de la cara de pensar de Carolina, por ejemplo. Yo conocía y amaba esa cara. La había visto al anochecer, en alguna confitería apartada, mientras ella miraba su fantasma en el vidrio de la ventana, sorbiendo una pajita. La había visto de tarde, en mí departamento, mientras ella mordía pensativamente un lápiz, cuando me dibujaba uno de aquellos mapitas o planos de lugares y casas en los que había vivido de chica, casas y lugares que por alguna razón parecían estar más allá de las palabras y de los que siempre sospeché que jamás existieron, o no en las historias que ella contaba. Bueno, sí, yo también había mirado muchas veces esa cara ausente y desprotegida, más desnuda que su cuerpo, pero nunca la había mirado de mañana, mientras Carolina tomaba mate. Pensé que tal vez debería estar agradecido por eso, sin embargo no me resultó muy alentador. Me iba a pasar lo mismo más tarde, con la historia del enano.

El acababa de preguntarme a qué había venido.

-No sé. -Hice una pausa. La palabra que necesité agregar era deliberadamente malévola. -Curiosidad – dije.

-Me doy cuenta -murmuró él.

No sé qué quiso decir, pero causaba toda la impresión de que sí, de que en efecto se daba cuenta.

Llegué a mi departamento después de la una de mañana, lo que significa que estuve con él cerca de tres horas, sin embargo no recuerdo más que fragmentos de nuestra conversación, fragmentos que en su mayor parte carecen de sentido. Hablamos de política, de una noticia que traía el diario de la noche, la noticia de un crimen. Hablamos de la inclemencia del invierno en Buenos Aires. Ahora tengo la sensación de que casi no hablamos de Carolina.

En algún momento, él me preguntó si yo quería ver unas fotos.

-Fotos -dije.

No pude dejar de sentir que esa proposición encerraba una amenaza. Imaginé un álbum de casamiento, fotografías de Carolina en bikini, fotografías de los dos riéndose o abrazados, sabe Dios qué otro tipo de imágenes.

-Fotos -repitió él-. Fotos de Carolina. Hice uno de esos gestos vagos que pueden significar cualquier cosa.

-Es un poco tarde -dije.

-No son tantas -dijo él, poniéndose de pie-. Hace mucho que no las miro.

Salió de la cocina y me dejó solo. Yo aproveché la tregua para observar a mi alrededor. Intenté imaginar a Carolina junto a esa mesada, o, en puntas de pie, tratando de alcanzar una cacerola, un hervidor de leche. Tal vez era algo como eso lo que yo había venido a buscar a esa casa. En una de las paredes vi dos cuadritos muy pequeños. Me levanté para mirarlos de cerca. No me dijeron nada. Eran algo así como mínimas naturalezas muertas. Ínfimas cocinas dentro de otra cocina. Cómo saber si ella los había colgado, cómo saber si habían significado algo el día que los eligió. Cuando él volvió a entrar, traía un pantalón puesto de apuro sobre el pantalón del pijama, y un grueso pulóver, que me pareció tejido a mano.

Traía también una caja de cartón. Se sentó un poco lejos de mí y me alcanzó la primera fotografía:

Carolina sola. Detrás, unos árboles, que podían ser una plaza o un parque. Descartó varias y me alcanzó otra. Carolina sola, arrodillada junto a un perro patas arriba. Miró tres o cuatro más, una de ellas con mucho detenimiento. Las puso debajo del resto, en el fondo de la caja, y me alcanzó otra. Carolina sola.

Entonces sentí algo absurdo. Sentí que ese hombre no quería herirme.

-Ésta es linda -dijo.

Carolina, junto a un buzón, se reía.

-Sí -dije sin pensar-. Era difícil verla reírse así. Él me miró con algo parecido al agradecimiento.

-Nunca había vuelto a mirarlas. Solo es distinto.

-Usted no está en ninguna de las que me mostró -le dije.

-Bueno, yo era el fotógrafo -dijo él.

Poco más o menos, es todo lo que recuerdo. O todo lo que sucedió esta noche.

Le dije que tenía que irme y él me acompañó hasta la puerta de la entrada, no hasta la verja. Fue en ese momento cuando me contó la historia del enano. Después yo estaba descorriendo el cerrojo de hierro y oí su voz a mi espalda.

-Era muy hermosa, ¿no es cierto?

Salí, cerré la verja y le contesté desde la vereda.

-Sí -le dije-. Era muy hermosa.

Me pidió que volviera algún día. Le dije que sí.