Complicidad con la víctima, María Elena Walsh

Besé la mano del guardián

y lo ayudé a bruñir cerrojos

con esa antigua habilidad que tengo

para borrar innecesariamente

toda huella de bien habida corrupción.

Permití las tinieblas,

rigores me tranquilizaron.

Saludé agradecida al aumentado déspota

y agité flores y banderas

en honor de su rango

de sembrador de oprobios para prójimos

pero no –quizás– para mí.

Odié a las otras víctimas

en lugar de hermanarme

y no quise saber qué sucedía

en el vecino calabozo

o tras los diarios, más allá del mar.

Por eso me dejé vendar los ojos,

sencilla y obediente.

¡Es tan dulce la vida sin saber!

Acepté el castigo

con hipocresía de estampa

por si lo merecía mi inocencia

y fui capaz de denunciar

no al amo sino a la insensata esclava

que desdeñaba protección y ley.

Por pereza me dejé coronar

de puños o serpientes

y admira sin fisuras

a ujieres y embalsamadores,

el fascinante escaparate de los serios.

No supe compartir el sufrimiento

y orgullosa de su exclusividad

inventé argucias contra la rebelión

y jamás en sus aguas dudosas me metí.

Fui custodia del fuego

a mucha honra– para pequeños meritorios

y santones cubiertos de moscas.

Juro que nunca vertí veneno en su sopa

y en mis tiempos de bruja les alivié las llagas,

favor que me pagaron con incendios

pero yo perdoné

porque ¡es humano quemar!

La razón del verdugo

justifiqué callando y otorgando

y preferir durar decapitada

que trascender a mi albedrío

porque la libertad, ya sabéis, amenaza

con alimañas de perdición

como abismo a los pies de un paralítico.

Dormí con la conciencia

engrillada pero limpia

¿Qué culpa tiene una sombra?

Quise investirme de prestigio ajeno

y el sometimiento era vínculo,

me contagiaba un solemne resplandor.

Por eso permanezco

fiel a iniquidades y censores.

Al fin y al cabo me porté bien,

supe negociar

mi pálida y frágil sobrevivencia.

La mujer de otro, Abelardo Castillo

Supongo que siempre lo supe; un día yo iba a terminar llamando a esa puerta. Ese día fue esta noche.

La casa es más o menos como la imaginaba, una casa de barrio, en Floresta, con un jardín al frente, si es que se le puede llamar jardín a un pequeño rectángulo enrejado en el que apenas caben una rosa china y dos o tres canteros, cubiertos ahora de maleza. No sé por qué digo ahora. Pudieron haber estado siempre así. Hay un enano de jardín, esto sí que no me lo imaginaba. El marido de Carolina me contó que lo había comprado ella misma, un año atrás. Carolina había llegado en taxi, una noche de lluvia; dejó el automóvil esperando en la calle y entró en la casa como una tromba. Tengo un auto en la puerta y me quedé sin plata, le dijo, págale por favor y de paso bajá el paquete con el enano.

-Usted la conoció bastante -me dijo él, y yo no pude notar ninguna doble intención en sus palabras-. Ya sabe cómo era ella.

Le contesté la verdad. Era difícil no contestarle la verdad a ese hombre triste y afable. Le contesté que no estaba seguro de haberla conocido mucho.

-Eso es cierto -dijo él, pensativo-. No creo que haya habido nadie que la conociera realmente. -Sonrió, sin resentimiento. -Yo, por lo menos, no la conocí nunca.

Pero esto fue mucho más tarde, al irme; ahora estábamos sentados en la cocina de la casa y no haría media hora que nos habíamos visto las caras por primera vez. Carolina me lo había nombrado sólo en dos o tres ocasiones, como si esa casa con todo lo que había dentro, incluido él, fueran su jardín secreto, un paraíso trivial o alguna otra cosa a la que yo no debía tener acceso. Esta noche yo había llegado hasta allí como mandado por una voluntad maligna y ajena.

Desde hacía meses rondaba el barrio, y esta noche, sencillamente, toqué el timbre.

Él salió a abrirme en pijama, con un sobretodo echado de cualquier modo sobre los hombros. Le dije mi nombre. No se sorprendió, al contrario. Hubiera podido jurar que mi visita no era lo peor que podía pasarle.

-Perdóneme el aspecto -dijo él-. Estoy solo y no esperaba a nadie.

Tenía la apariencia exacta de eso que había dicho. Un hombre solo que no espera a nadie.

Yo había tocado el timbre sin pensar qué venía a decirle, sin saber siquiera si venía a decirle algo. No tenía la menor excusa para estar en esa casa a la diez de la noche. La situación era incómoda y absurda, si es que no era algo peor.

-Pase, pase -decidió de pronto-. Me cambio en un minuto;

-No, por favor. -Pensé decirle que mejor me iba; pero me interrumpió mi propia voz. -No tiene por qué cambiarse.

Sólo me faltó agregar que podía andar vestido como quisiera, que, al fin de cuentas, el marido de Carolina había sido él y que ésta era su casa. De todas maneras, yo no tenía ningún interés en que se cambiara. Tal vez haría bien en callarme lo que sigue, pero sentí que, cualquier cosa que fuera lo que yo había venido a buscar, me favorecía estar bien vestido, frente a ese hombre en pantuflas y con un sobretodo encima del saco del pijama. Eso, al llegar: ahora, las cosas habían variado sutilmente. Él estaba de verdad en su casa, en su cocina, junto a una antigua estufa de hierro, confortablemente enfundado en su pijama, y yo me sentía como un embajador de la Luna.

-¿Toma mate? -me preguntó con precaución. Es increíble, pero le dije que sí. Tomar mate era un modo de permanecer callado, de darse tiempo.

-Carolina, con toda su suavidad y sus maneras, a la mañana, a veces también tomaba mate. Era muy cómica. Chupaba la bombilla con el costado de la boca, como si jugara a ser la protagonista de una letra de tango. No, no era eso. Tomaba mate con cara de pensar.

-Usted se preguntará a qué vine.

-No. Nunca me pregunto demasiadas cosas, y siempre supe que algún día íbamos a encontrarnos. –

Sonrió, con los ojos fijos en el mate. -Pero, ya que lo dice: a qué vino.

Quise sentir agresión o desafío en su voz. No pude. La pregunta era una pregunta literal, sin nada detrás.

O con demasiadas cosas, como aquello de la cara de pensar de Carolina, por ejemplo. Yo conocía y amaba esa cara. La había visto al anochecer, en alguna confitería apartada, mientras ella miraba su fantasma en el vidrio de la ventana, sorbiendo una pajita. La había visto de tarde, en mí departamento, mientras ella mordía pensativamente un lápiz, cuando me dibujaba uno de aquellos mapitas o planos de lugares y casas en los que había vivido de chica, casas y lugares que por alguna razón parecían estar más allá de las palabras y de los que siempre sospeché que jamás existieron, o no en las historias que ella contaba. Bueno, sí, yo también había mirado muchas veces esa cara ausente y desprotegida, más desnuda que su cuerpo, pero nunca la había mirado de mañana, mientras Carolina tomaba mate. Pensé que tal vez debería estar agradecido por eso, sin embargo no me resultó muy alentador. Me iba a pasar lo mismo más tarde, con la historia del enano.

El acababa de preguntarme a qué había venido.

-No sé. -Hice una pausa. La palabra que necesité agregar era deliberadamente malévola. -Curiosidad – dije.

-Me doy cuenta -murmuró él.

No sé qué quiso decir, pero causaba toda la impresión de que sí, de que en efecto se daba cuenta.

Llegué a mi departamento después de la una de mañana, lo que significa que estuve con él cerca de tres horas, sin embargo no recuerdo más que fragmentos de nuestra conversación, fragmentos que en su mayor parte carecen de sentido. Hablamos de política, de una noticia que traía el diario de la noche, la noticia de un crimen. Hablamos de la inclemencia del invierno en Buenos Aires. Ahora tengo la sensación de que casi no hablamos de Carolina.

En algún momento, él me preguntó si yo quería ver unas fotos.

-Fotos -dije.

No pude dejar de sentir que esa proposición encerraba una amenaza. Imaginé un álbum de casamiento, fotografías de Carolina en bikini, fotografías de los dos riéndose o abrazados, sabe Dios qué otro tipo de imágenes.

-Fotos -repitió él-. Fotos de Carolina. Hice uno de esos gestos vagos que pueden significar cualquier cosa.

-Es un poco tarde -dije.

-No son tantas -dijo él, poniéndose de pie-. Hace mucho que no las miro.

Salió de la cocina y me dejó solo. Yo aproveché la tregua para observar a mi alrededor. Intenté imaginar a Carolina junto a esa mesada, o, en puntas de pie, tratando de alcanzar una cacerola, un hervidor de leche. Tal vez era algo como eso lo que yo había venido a buscar a esa casa. En una de las paredes vi dos cuadritos muy pequeños. Me levanté para mirarlos de cerca. No me dijeron nada. Eran algo así como mínimas naturalezas muertas. Ínfimas cocinas dentro de otra cocina. Cómo saber si ella los había colgado, cómo saber si habían significado algo el día que los eligió. Cuando él volvió a entrar, traía un pantalón puesto de apuro sobre el pantalón del pijama, y un grueso pulóver, que me pareció tejido a mano.

Traía también una caja de cartón. Se sentó un poco lejos de mí y me alcanzó la primera fotografía:

Carolina sola. Detrás, unos árboles, que podían ser una plaza o un parque. Descartó varias y me alcanzó otra. Carolina sola, arrodillada junto a un perro patas arriba. Miró tres o cuatro más, una de ellas con mucho detenimiento. Las puso debajo del resto, en el fondo de la caja, y me alcanzó otra. Carolina sola.

Entonces sentí algo absurdo. Sentí que ese hombre no quería herirme.

-Ésta es linda -dijo.

Carolina, junto a un buzón, se reía.

-Sí -dije sin pensar-. Era difícil verla reírse así. Él me miró con algo parecido al agradecimiento.

-Nunca había vuelto a mirarlas. Solo es distinto.

-Usted no está en ninguna de las que me mostró -le dije.

-Bueno, yo era el fotógrafo -dijo él.

Poco más o menos, es todo lo que recuerdo. O todo lo que sucedió esta noche.

Le dije que tenía que irme y él me acompañó hasta la puerta de la entrada, no hasta la verja. Fue en ese momento cuando me contó la historia del enano. Después yo estaba descorriendo el cerrojo de hierro y oí su voz a mi espalda.

-Era muy hermosa, ¿no es cierto?

Salí, cerré la verja y le contesté desde la vereda.

-Sí -le dije-. Era muy hermosa.

Me pidió que volviera algún día. Le dije que sí.

Cuando marque tu número, Rebeca, Fernando Oviedo

La he visto a Rebeca y todo ha sido una gran confusión, porque habíamos convenido no volver a encontrarnos desde la enfermedad de Lucía, desde esas noches de insomnio llevando y trayendo recipientes de agua con hielo y trapos limpios. Lucía delirando una fiebre que nació de saberlo todo, de los restos de tu colonia barata, Rebeca; tus cabellos castaños en el cuello de mi camisa a cuadros, la de algún aniversario. No vernos porque entonces sería peor para los tres, porque así nos iríamos cayendo cuesta abajo indefinidamente, formando una gran bola de nieve que arrastraría al pobre de Juan, a ese tan buen hermano mío, al perfecto esposo tuyo, Rebeca; pensándolo mejor sería peor para los cuatro, mucho peor para los cuatro. Una gran confusión de conciencias remordiéndose ácidamente porque los prejuicios son mucho más fuertes que el amor, y a eso Rebeca tendría que comprenderlo más física que racionalmente. Alejarse de las noches compartidas sin sentido solamente por habernos creído a salvo, porque en los pocos años de nuestros respectivos matrimonios ya habíamos aceptado que los esfuerzos eran inútiles, ahora no pensábamos como antes, casi obsesivamente, en tener hijos. Ya cada uno, Rebeca a su modo y yo al mío, habíamos sabido conformar un amor sin paternidad aunque maldiciendo nuestros destinos, simétricos y esquivos a la vez; porque quizás fuera por eso mismo que nos buscábamos, porque aquel aborto en la adolescencia de Lucía le impediría para siempre hacerme padre, y los inútiles esfuerzos de Juan, mi pobre hermanito, que no supo de su esterilidad hasta mucho después del abandono tácito y compartido de una Rebeca resignada a fuerza de terapia y lágrimas.

Por todo eso la equidistancia trágica nos arrimaba casi con lástima, como a dos barcos de papel en la cuneta, encerrándonos en hoteles baratos y sucios a pensar en ellos dos, en los primeros síntomas de Lucía, dieta rigurosa y paños húmedos de agua helada, porque los casi cuarenta grados y por otra parte la tristeza casi crónica de Juan; mientras aquí, en este cuarto de treinta pesos, vos y yo, Rebeca, nos alejamos del verdadero dolor, dándonos un amor apenas falso, casi físico. Y mucho después, casi siempre pasando por un bar alejado y oscuro, borrándonos las huellas que nos dejamos mutuamente; volver cada uno a su infierno, con Juan ausente, quizás emborrachándose por ahí, o perdido en mujeres baratas; y aquí en casa, yo escribiendo para intentar comprender todo esto, el por qué de toda mi ropa desordenada en el placard, y el lugar en donde tendría que estar la de Lucía completamente vacío, el cuarto excesivamente limpio y la cama impecablemente tendida, porque después he llamado al doctor Luna y me lo ha dicho todo; entonces una reacción en cadena ha comenzado en eso y seguramente terminará cuando marque tu número, Rebeca y entre lágrimas ácidas y sollozos entrecortados, me cuentes de la carta de Juan, de su tímida confesión, de sus flamantes planes junto a Lucía y el hijo por venir.

Estrenando los días, Gioconda Belli

Estos días todo sos vos, tus brazos, tu palabra suave y este volcado y posesivo amor, invadiéndome sin resistencia, llenándome de arroyos para darte abrazos frescos, risueños, cantarinos y hacer saltar la risa desde tu cara de intelectual donde se esconde un niño juguetón, travieso, que se me da sobre las sabanas blancas cuando hacemos el amor y somos una sonrisa convertida en hamaca donde se mecen nuestros cuerpos.

Estos días de caer cansados en el sueño de miles de planes, de preocupaciones compartidas, de hacernos cosquillas y salir de mañana juntos después del pan con mantequilla, las toallas, el baño, el enfurruñamiento por levantarse temprano cuando hubiera sido tan rico seguir durmiendo abrazados, soñando con países nuevos y batallas ganadas.

Estos días tienen el color de todas las cosas redescubiertas, como andar explorando cuevas que se van abriendo ante la magia de nuestras manos enlazadas, de nuestros ojos que se encuentran; como si juntos tuviéramos la combinación secreta para abrir los misterios del mundo, como si fuéramos cerradura y llave del sueño.

Perdiendo velocidad, Samanta Schweblin

Tego se hizo unos huevos revueltos, pero cuando finalmente se sentó a la mesa y miró el plato, descubrió que era incapaz de comérselos.

¿Qué pasa? —le pregunté.

Tardó en sacar la vista de los huevos.

Estoy preocupado —dijo—, creo que estoy perdiendo velocidad.

Movió el brazo a un lado y al otro, de una forma lenta y exasperante, supongo que a propósito, y se quedó mirándome, como esperando mi veredicto.

No tengo la menor idea de qué estás hablando —dije—, todavía estoy demasiado dormido.

¿No viste lo que tardo en atender el teléfono? En atender la puerta, en tomar un vaso de agua, en cepillarme los dientes… Es un calvario.

Hubo un tiempo en que Tego volaba a cuarenta kilómetros por hora. El circo era el cielo; yo arrastraba el cañón hasta el centro de la pista. Las luces ocultaban al público, pero escuchábamos el clamor. Las cortinas terciopeladas se abrían y Tego aparecía con su casco plateado. Levantaba los brazos para recibir los aplausos. Su traje rojo brillaba sobre la arena. Yo me encargaba de la pólvora mientras él trepaba y metía su cuerpo delgado en el cañón. Los tambores de la orquesta pedían silencio y todo quedaba en mis manos. Lo único que se escuchaba entonces eran los paquetes de pochoclo y alguna tos nerviosa. Sacaba de mis bolsillos los fósforos. Los llevaba en una caja de plata, que todavía conservo. Una caja pequeña pero tan brillante que podía verse desde el último escalón de las gradas. La abría, sacaba un fósforo y lo apoyaba en la lija de la base de la caja. En ese momento todas las miradas estaban en mí. Con un movimiento rápido surgía el fuego. Encendía la soga. El sonido de las chispas se expandía hacia todos lados. Yo daba algunos pasos actorales hacia atrás, dando a entender que algo terrible pasaría —el público atento a la mecha que se consumía—, y de pronto: Bum. Y Tego, una flecha roja y brillante, salía disparado a toda velocidad.

Tego hizo a un lado los huevos y se levantó con esfuerzo de la silla. Estaba gordo, y estaba viejo. Respiraba con un ronquido pesado, porque la columna le apretaba no sé qué cosa de los pulmones, y se movía por la cocina usando las sillas y la mesada para ayudarse, parando a cada rato para pensar, o para descansar. A veces simplemente suspiraba y seguía. Caminó en silencio hasta el umbral de la cocina, y se detuvo.

Yo sí creo que estoy perdiendo velocidad —dijo.

Miró los huevos.

Creo que me estoy por morir.

Arrimé el plato a mi lado de la mesa, nomás para hacerlo rabiar.

Eso pasa cuando uno deja de hacer bien lo que uno mejor sabe hacer —dijo—. Eso estuve pensando, que uno se muere.

Probé los huevos pero ya estaban fríos. Fue la última conversación que tuvimos, después de eso dio tres pasos torpes hacia el living, y cayó muerto en el piso.

Una periodista de un diario local viene a entrevistarme unos días después. Le firmo una fotografía para la nota, en la que estamos con Tego junto al cañón, él con el casco y su traje rojo, yo de azul, con la caja de fósforos en la mano. La chica queda encantada. Quiere saber más sobre Tego, me pregunta si hay algo especial que yo quiera decir sobre su muerte, pero ya no tengo ganas de seguir hablando de eso, y no se me ocurre nada. Como no se va, le ofrezco algo de tomar.

¿Café? —pregunto.

¡Claro! —dice ella. Parece estar dispuesta a escucharme una eternidad. Pero raspo un fósforo contra mi caja de plata, para encender el fuego, varias veces, y nada sucede.

La gracia perdida, Hugo Mujica

al final la casa

es siempre atrás

como el umbral

de la despedida, el del adiós frente

a un camino nunca trazado

el del gesto inconcluso,

la mitad olvidada.

en medio de la terca torre:

el propio nombre

la estaca entre el deseo

y la nostalgia,

el puñado de humo

en el que aferramos el miedo a perder

lo que nunca tuvimos

al final, el que nos llega,

queda la apuesta

del inicio, la gracia perdida:

queda perderlo todo

Simulacro II, Cristina Peri Rossi

Hacía días que girábamos en la órbita lunar. Hacia un lado y hacia otro de la escotilla solamente divisábamos el intenso, infinito espacio azul universal. No experimentábamos ni calor ni frío. No sentíamos ni hambre ni sed. No padecíamos trastorno o enfermedad alguna. No nos dolían ni los cabellos ni los dientes. No había ni oscuridad ni luz. No hacíamos sombra. Cuando dormíamos, no soñábamos. Allí jamás anochecía ni amanecía. Un plenilunio continuo. No había ni relojes ni fotografías. No necesitábamos acostarnos ni ponernos de pie. Podíamos dormir o estar despiertos. Nadie se vestía ni se desvestía.

A los días, Silvio me suplicó que le contara alguna historia. Pero yo había perdido la memoria.

Inventa algo —me imploró. Sin embargo, en la esterilidad del espacio, girando siempre alrededor de la luna, no pude inventar nada.

Háblame —me dijo, entonces. Yo busqué una palabra que estuviera escrita en alguna parte de la nave y que yo pudiera pronunciar. Fue inútil: las máquinas ya no necesitaban instrucciones: funcionaban solas. No había nada escrito en ninguna parte y que yo pudiera leer. A ambos lados de la escotilla, solamente el espacio azul universal. No experimentábamos ni calor ni frío. Nos sentíamos hambre ni sed. No padecíamos trastorno por enfermedad alguna. No había oscuridad  ni sombra. Los sonidos eran pequeños, débiles, atenuados. No necesitábamos acostarnos o ponernos de pie. Podíamos dormir o estar despiertos. Nadie se vestía o se desvestía.

Al final, con todo mi esfuerzo, pude pronunciar una palabra:

Piedad —dije.

Melancolía, Pedro Miguel Obligado

354465-adminEs otoño. Estoy solo. Pienso en ti. Caen las hojas…

Vaga la melancolía de una pena que ignoro.

El viento que estremece marchitas congojas,

pasa como un recuerdo por el bosque sonoro.

Es otoño. Parece que un ensueño renuncia,

que un desencanto esparce las efímeras galas…

Una dorada pompa que a la muerte denuncia,

con el follaje mustio forma una lluvia de alas.

Estoy solo. Se siente que el otoño es un viaje…

Hay un alma que llora porque alguien se despide.

Este ocaso de plantas que enrojece el paisaje,

con mi desalentada serenidad coincide.

Pienso en ti, oyendo un canto perdido en lontananza.

Cantan las cosas muertas, la música del vuelo.

Como mi amor caído conserva su esperanza,

la floresta marchita quiere subir al cielo.

Caen las hojas. La selva trágica se derrumba.

Desparrámase un sauce cual generosa fuente.

Las hojas más diversas tienen la misma tumba,

y entremezcladas ruedan en un mismo torrente.

Tú eres como una brisa para mi huerto sonoro.

Mi vida es una rama, a tu paso, deshojas;

y que tendrá a los vientos, un destino que ignoro.

Es otoño. Estoy solo. Pienso en ti. Caen las hojas…

Anécdota, Macedonio Fernández

5453e031ac31b_1596_902Me había dejado una mujer, una mujer de la que yo estaba perdidamente enamorado. Cuando suceden estas cosas, uno cree que son terribles, y en efecto lo son: luego se olvidan, como se olvidan todas las cosas en la vida. De manera que ahora ni recuerdo siquiera el nombre de esa mujer tan esencial para mi en aquel momento. Fue algo muy duro. Yo pasé toda la noche en vela y a la madrugada salí a caminar para pensar en ella, pensar que estaría con otro y que me había dicho definitivamente que nunca podría quererme. De pronto me encontré en el barrio de Constitución, sobre los puentes del ferrocarril. No veía el futuro y acaso habría podido llegar al suicidio. Luego pensé: me siento tan desdichado en este momento que sin duda no me sentiría más desdichado en el sillón del dentista. Yo sabía que tenía que sacarme una muela y decidí hacerlo. Empecé a caminar por una calle y donde veía una placa en la puerta, me detenía. Como mi vista ya empezaba a declinar, le preguntaba al portero si en ese edificio había un dentista.

Recorrí varios, hasta que me dijeron: Aqui hay un dentista. Me arme entonces de valor y entré. El dentista me examinó y me dijo: Tengo una mala noticia para usted: tiene que sacarse tres muelas. ¿Que fechas le convienen? Yo soy muy cobarde, le respondí. Si salgo de aquí ya no volveré más. Usted va a sacarme las tres muelas ahora mismo. Entonces mientras me las sacaba, me di cuenta que ese dolor fisico me hacia olvidar de aquella mujer. A los pocos días me encontré con ella. Estaba con su amante; los dos se sintieron incómodos. Y yo le dije a ella: Tengo que agradecerte algo. ¿A mí?, – dijo ella sorprendida-, no sé qué tenés que agradecerme. Luego les conté la anécdota y ambos se rieron

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Una casa para siempre, Enrique Vila-Matas

Lado Tevdoradze
Lado Tevdoradze

De mi madre siempre supe poco. Alguien la mató en la casa de Barcelona, dos días después de que yo naciera. El crimen fue todo un misterio que creí dar por resuelto el día en que cumplí veinte años, y mi padre, desde su lecho de muerte, reclamó mi presencia y me dijo que, por desconfianza a los adjetivos, estaba aproximándose al momento en que enmudecería radicalmente, pero que antes deseaba contarme algo que juzgaba importante que yo supiera.

-Incluso las palabras nos abandonan -recuerdo que dijo-, y con eso está dicho todo, pero antes debes saber que tu madre murió porque yo así lo dispuse.

Pensé de inmediato en un asesino a sueldo y, pasados los primeros instantes de perplejidad, comencé a dar por cierto lo que mi padre estaba confesando. Cada vez que pensaba en el hacha ensangrentada sentía que el mundo se hundía a mis pies y que atrás quedaban, patéticamente dibujadas para siempre, las escenas de alegría y plenitud que me había hecho idealizar la figura paterna y forjar la imagen mítica de un hombre siempre levantado antes de la aurora, en pijama, con los hombros cubiertos por un chal, el cigarrillo entre los dedos, los ojos fijos en la veleta de una chimenea, mirando nacer el día, entregándose con implacable regularidad y con monstruosa perseverancia al rito solitario de crear su propio lenguaje a través de la escritura de un libro de memorias o inventario de nostalgias que siempre pensé que, a su muerte, pasaría a formar parte de mi tierna aunque pavorosa herencia.

Pero aquel día de cumpleaños, en Port de la Selva, se fugó de esa herencia todo instinto de ternura y tan sólo conocí el pavor, el terror infinito de pensar que, junto al inventario, mi padre me legaba el sorprendente relato de un crimen cuyo origen más remoto, dijo él, debía situarse en los primeros días de abril de 1945, un año antes de que yo naciera, cuando sintiéndose él todavía joven y con ánimos de emprender, tras dos rotundos fracasos, una tercera aventura matrimonial, escribió una carta a una joven ampurdanesa que había conocido casualmente en Figueras y que le había parecido que reunía todas las condiciones para hacerle feliz, pues no sólo era pobre y huérfana, lo que a él le facilitaba las cosas, ya que podía protegerla y ofrecerle una notable fortuna económica, sino que, además, era hermosa, muy dulce, tenía el labio inferior más sensual del universo y, sobre todo, era extraordinariamente ingenua y servil, es decir, que poseía un gran sentido de la subordinación al hombre, algo que él, a causa de sus dos anteriores infiernos conyugales, valoraba muy especialmente.

Había que tener en cuenta que su primera esposa, por ejemplo, le había mutilado, en un insólito ataque de furia, una oreja. Mi padre había sido tan desdichado en sus anteriores matrimonios que a nadie debe sorprenderle que, a la hora de buscar una tercera mujer, quisiera que ésta fuera dulce y servil.

Mi madre reunía esas condiciones, y él sabía que una simple carta, cuidadosamente redactada, podría parla. Y así fue. La carta era tan apasionada y estaba tan hábilmente escrita que mi madre no tardó en sentarse en Barcelona. En el centro de un laberinto de callejuelas del Barrio Gótico llamó a la puerta del viejo y ennegrecido palacio de mi padre, quien al parecer no pudo ni quiso disimular su gran emoción al verla allí en el portal, sosteniendo bajo la lluvia un maletín azul que dejó caer sobre la alfombra al tiempo que, con humilde y temblorosa voz de huérfana, preguntaba si podía pasar.

-Que aquel día llovía en Barcelona -me dijo padre desde su lecho de muerte-, es algo que nunca pude olvidar, porque cuando la vi cruzar el umbral me pareció que la lluvia era salvaje en sus caderas y me sentí dominado por el impulso erótico más intenso de mi vida.

Ese impulso parecía no tener ya límites cuando ella le dijo que era una experta en el arte de bailar la tirana, una danza medieval española en desuso. Seducido por ese ligero anacronismo, mi padre ordenó que de inmediato se ejecutara aquel arte, lo que mi madre, ansiosa de complacerle en todo y con creces, realizó encantada y hasta la extenuación, acabando rendida en los brazos de quien, sin el menor asomo de cualquier duda, le ordenó cariñosamente que se casara cuanto antes con él.

Y aquella misma noche durmieron juntos, y mi padre, dominado por esa suprema cursilería que acompaña a ciertos enamoramientos, tuvo la impresión de que, tal como había imaginado, acostarse con ella era como hacerlo con un pájaro, pues gorjeaba y cantaba en la almohada, y le pareció que ninguna voz cantaba como la de ella y que incluso sus huesos, como su labio inferior y sus cantos, eran frágiles como los de un pájaro.

-Y esa misma noche, bajo el rumor de la lluvia barcelonesa, te engendramos -me dijo de repente mi padre con los ojos muy desorbitados.

Un lento suspiro, siempre tan inquietante en un moribundo, precedió a la exigencia de un vaso de vodka. Me negué a dárselo, pero al amenazar con no proseguir su relato, por pura precaución ante el posible cumplimiento de la amenaza, fui casi corriendo a la cocina y, procurando que tía Consuelo no lo viera, llené de vodka dos vasos. Hoy sé que todas mi precauciones eran absurdas porque en aquellos momentos tía Consuelo sólo vivía para alimentar su intriga ante un cuadro oscuro del salón que representaba la coquetería celestial de unos ángeles al hacer uso de una escalera; sólo vivía para ese cuadro, y muy probablemente esa obsesión le distraía de otra: la constante angustia de saber que su hermano, acosado por aquella suave pero implacable enfermedad, se estaba muriendo. En cuanto a él, en aquellos momentos sólo vivía para alimentar la ilusión de su relato.

Cuando hubo saciado su sed, mi padre pasó a contar que el viaje de miel tuvo dos escenarios, Estambul y El Cairo, y que fue en la ciudad turca donde advirtió la primera anomalía en la conducta de su dulce y servil esposa. Yo, por mi parte, advertí la primera anomalía en el relato de mi padre, ya que estaba confundiendo esas dos ciudades con París y Londres, pero preferí no interrumpirle cuando oí que me decía que la anomalía de mi madre no era exactamente un defecto, sino algo así como una peculiar manía. A ella le gustaba coleccionar panes.

En Estambul, ya desde el primer momento, entrar en las panaderías se convirtió en un extraño deporte. Compraban panes que eran perfectamente inútiles, pues no estaban destinados a ser devorados sino más bien a elevar el peso de la gran bolsa en la que reposaba la colección de mi madre. Muy pronto, él protestó y preguntó con notable crispación a qué obedecía aquella rara adoración al pan.

-Algo tiene que comer la tropa -respondió escuetamente mi madre, sonriéndole como quien le sigue la corriente a un loco.

-Pero Diana, ¿qué clase de broma es ésta? –balbuceó desconcertado mi padre.

-Me parece que eres tú quien está bromeando esas preguntas tan absurdas -contestó ella con cierto aire de ausencia y esbozando la suave y soñadora mirada de los miopes.

Siete días, según mi padre, estuvieron en Estambul, y eran unos cuarenta los panes que mi madre llevaba en su gran bolsa cuando llegaron a El Cairo. Como era hora avanzada de la noche, él marchaba feliz sabiéndose a salvo de las panaderías cairotas, e incluso se ofreció a llevar la bolsa. No sabía que aquéllas iban a ser sus últimas horas de felicidad conyugal.

Cenaron en un barco anclado en el Nilo y acabaron bailando, entre copas de champán rosado ya la luz de la luna, en la terraza de la habitación del hotel. Pero horas después mi padre despertó en mitad de la noche cairota y descubrió con gran sorpresa que mi madre era sonámbula y estaba bailando frenéticas tiranas sobre el sofá. Trató de no perder la calma y aguardó pacientemente a que ella, totalmente extenuada, regresara al lecho y se sumergiera en el sueño más profundo. Pero cuando esto ocurrió, nuevos motivos de alarma se añadieron a los anteriores. De repente mi madre, hablando dormida, se giró hacia él y le dijo algo que, a todas luces, sonó como una tajante e implacable orden:

-A formar.

Mi padre aún no había salido de su asombro cuando oyó:

-Media vuelta. Rompan filas.

No pudo dormir en toda la noche y llegó a sospechar que su mujer, en sueños, le engañaba con un regimiento entero. A la mañana siguiente, afrontar la realidad significaba, por parte de mi padre, aceptar que en el transcurso de las últimas horas ella había bailado tiranas y se había comportado como un general perturbado al que sólo parecía interesarle dar órdenes y repartir panes entre la tropa. Quedaba el consuelo de que, durante el día, su esposa seguía siendo tan dulce y servil como de costumbre. Pero ése no era un gran consuelo, pues si bien en las noches cairotas que siguieron no reapareció el tiránico sonambulismo, lo cierto es que fueron en aumento y, de forma cada vez más enérgica, las órdenes.

-Y el toque de Diana -me dijo mi padre- comenzó a convertirse en un auténtico calvario, pues cada día, minutos antes de despertarse, los resoplidos que seguían a los ronquidos de tu madre parecían imitar el sonido inconfundible de una trompeta al amanecer.

¿Deliraba ya mi padre? Todo lo contrario. Era muy consciente de lo que estaba narrando y, además, resultaba impresionante ver cómo, a las puertas de la muerte, mantenía íntegro su habitual sentido del humor. ¿Inventaba? Tal vez y, por ello, probé a mirarle con ojos incrédulos, pero no pareció nada afectado y siguió, serio e inmutable, con su relato.

Contó que cuando ella despertaba volvía a ser la esposa dulce y servil, aunque de vez en cuando, cerca de una panadería o simplemente paseando por la calle, se le escapaban extrañas miradas melancólicas dirigidas a los militares que, en aquel El Cairo en pie de guerra, hacían guardia tras las barricadas levantadas junto al Nilo. Una mañana incluso ensayó algunos pasos de tirana frente a los soldados.

Más de una vez mi padre se sintió tentado de encarar directamente el problema hablando con ella y diciéndole por ejemplo:

-Tienes como mínimo una doble personalidad. Eres sonámbula y, además de bailar tiranas sobre los sofás, conviertes el lecho conyugal en un campo de instrucción militar.

No le dijo nada porque temió que si hablaba con ella de todo eso tal vez fuera perjudicial y lo único que lograra sería ponerla en la pista de un rasgo oculto de su carácter: ciertas dotes de mando. Pero, un día, paseando en camello junto a las pirámides, mi padre cometió el error de sugerirle el argumento de un relato breve que había proyectado escribir:

-Mira, Diana. Es la historia de un matrimonio muy bien avenido, me atrevería a decir que ejemplar. Como todas las historias felices, no tendría demasiado interés de no ser porque ella, todas las noches, se transforma, en sueños, en un militar.

Aún no había acabado la frase cuando mi madre pidió que la bajaran del camello y, tras lanzarle una mirada de desafío, le ordenó que llevara la bolsa de los panes turcos y egipcios. Mi padre quedó aterrado porque comprendió que, a partir de aquel momento, no sólo estaba condenado a cargar con la pesadilla del trigo extranjero, sino que además recibiría orden tras orden.

En el viaje de regreso a Barcelona mi madre mandaba ya con tal autoridad que él acabó confundiéndola con un general de la Legión Extranjera, y lo más curioso fue que ella pareció, desde el primer momento, identificarse plenamente con ese papel, pues se quedó como ausente y dijo que se sentía perdida en un universo adornado con pesados tapetes argelinos, con filtros para templar el pastís y el ajenjo y narguilés para el kif, escudriñando el horizonte del desierto desde la noche luminosa de la aldea enclavada en el oasis.

Ya su llegada a Barcelona, ya instalados en el viejo palacio del Barrio Gótico, los amigos que fueron a visitarles se llevaron una gran sorpresa al verla a ella fumando como un hombre, con el cigarrillo humeante y pendiente de la comisura de los labios, y verle a él con las facciones embotadas y tersas como los guijarros pulidos por la marejada, medio ciego por el sol del desierto y convertido en un viejo legionario que repasaba trasnochados diarios coloniales.

-Tu madre era un general -concluyó mi padre-, y no tuve más remedio que ganar la batalla contratando a alguien para que la matara. Pero eso sí, aguardé a que nacieras, porque deseaba tener un descendiente. Siempre confié en que, el día en que te confesara el crimen, tú sabrías comprenderme.

Lo único que yo, a esas alturas del relato, comprendía perfectamente era que mi padre, en una actitud admirable en quien está al borde de la muerte, estaba inventando sin cesar, fiel a su constante necesidad de fabular. Ni la proximidad de la muerte le retraía de su gusto por inventar historias. y tuve la impresión de que deseaba legarme la casa de la ficción y la gracia de habitar en ella para siempre. Por eso, subiéndome en marcha a su carruaje de palabras, le dije de repente:

-Sin duda me confunde usted con otro. Yo no soy su hijo. Y en cuanto a tía Consuelo no es más que un personaje inventado por mí.

Me miró con cierta desazón hasta que por fin reaccionó. Vivamente emocionado, me apretó la mano y me dedicó una sonrisa feliz, la de quien está convencido de que su mensaje ha llegado a buen puerto. Junto al inventario de nostalgias, acababa de legarme la casa de las sombras eternas.

Mi padre, que en otros tiempos había creído en tantas y tantas cosas para acabar desconfiando de todas ellas, me dejaba una única y definitiva fe: la de creer en una ficción que se sabe como ficción, saber que no existe nada más y que la exquisita verdad consiste en ser consciente de que se trata de una ficción y, sabiéndolo, creer en ella.

Una novela para nervios sólidos, Macedonio Fernández

guri-argentina-1Se estaba produciendo una lluvia de día domingo, con completa equivocación porque estábamos en martes, día de semana seco por excelencia. Pero con todo esto no estaba sucediendo nada: la orden de huelga de sucesos se cumplía.

Sin contrariar este revuelto de cosas, empujé hacia atrás con un movimiento decidido la silla que ocupaba, y luego de este ruido oficinesco y autoritario de 2º jefe burocrático que tiene temblándole veinte bostezantes sobresaltados, le retiré la percha al sombrero, y en las mangas de éste introduje ambos brazos, di cuerda al almanaque, arranqué la hojita del día al reloj y eché carbón a la heladera, aumenté hielo a la estufa, añadí al termómetro colgado todos los termómetros que tenía guardados para combatir el frío que empezaba, y como pasaba alcanzablemente un lento tranvía di el salto hacia la vereda y caí cómodamente sentado en mi buen sillón de escritorio.

Por cierto que había mucho que pensar; los días transcurrían de un tiempo a esta parte y, sin embargo, no se aclaraba todo el misterio (todos ignorábamos que hubiera uno) en el puente proyectado. Primero: se nos hizo conocer un dibujo del puente tal y como estaban de adelantados sus trabajos antes de que nadie hubiera pensado en hacerlo existir; segundo: dibujo de cómo era el puente cuando alguien pensó en él; tercero: fotografía de transeúnte del puente; cuarto: ya está el primer tramo empezado. En suma: que el puente ya estaba concluido, sólo que había que hacerlo llegar a la otra orilla porque por una módica equivocación había sido dirigida su colocación de una orilla a la misma orilla.

Ahora bien, ¿por qué en el meditado discurso que el Ministro le tosió al puente por hallarse medio resfriado aquél, o éste, no estoy muy seguro, se acusó de ingratitud para con el Gobierno?

Sabido es cuánto ha sufrido la humanidad por ingratitudes de puentes. Pero en éste, ¿dónde estaba la ingratitud? En la otra orilla no puede ser, porque el puente no apuntaba hacia la otra orilla y en verdad el arduo problema del momento era torcer el río de modo que pasase por debajo del puente. Esto era lo menos que se podía molestar, y esperar, de un río que no se había tomado trabajo ninguno en el asunto puente.

El exilio de Sócrates, Susana Villalba

socrates_muerteDejarías un olor, un río siempre un poco más allá, en alguna parte que no ves pero te arrastra como una triste y lenta identidad que arroja al fondo del mar lo que la tierra ofrece. Un nombre que hace orilla, que va en la superficie sin fluir. Después sería mar afuera, más afuera que la propia intemperie, esta barranca. Suena en la noche a cubiertas sobre los charcos que deja la tormenta, una ciudad que rueda hasta su límite y regresa, un chapoteo.

Dejarías el campo que ves en el olor del cielo desde una ventana de edificio, ese olor a diamante, a puro azul por nada que te incumba en un otoño tibio y desleído como todo recuerdo. Vas a extrañar el viento, el viento va a extrañarte, nada te dejaría, nunca te abandonó el pasto, la acacia no te opuso resistencia, la lluvia nunca fue más fuerte de lo que el cuerpo pudiera soportar, siempre te tuvo el sol, el cielo estuvo en cada lugar donde miraste, en esta foto, en este punto que la vista ya imprimió cuando tu corazón pregunta qué es el mundo.

Llegó un momento en que no había fin, es decir no había comienzo, camino, sitio. Ni la lluvia terminaba, era una masa negra, un día y otro. Pasó una bicicleta, un perro mojado. Por la noche no había colectivos, por la mañana no había qué hacer. El mundo giraba como la rueda de Italpark que nos arroja afuera. Una orilla entre abismos, ese río como un león que sobre el agua no puede dormir ni caminar. En ese desconcierto está el lugar.

Vas a dejarlo, a dejarlos en la playa de escombros, frente a los barcos oxidados. Dejarías la lenta ola marrón que nunca viste, los sauces cayendo sobre chapas, sobre cenizas y cueros descarnados, el olor a petróleo y a pescado de barro, los ladridos, las fogatas. Dejarías el rincón donde leer, la lámpara, el mantel donde el café se enfría y se escucha ese frenar de colectivo, es decir que amanece en un lugar donde amanece así, por el sonido, por una persiana de metal que se levanta, abruptamente baja, gritos, cascos de caballos, un olor a cubierta quemada en las esquinas.

Dejarías de saber que no se sabe cómo, que lo que no se puede se hace olvido, nadie quiere encontrar dentro de sí lo que no tiene lugar cuando aparece. Los dejarías tristes, no aterrados. Los dejarías saber lo que ya saben. A la orilla de sus cuerpos, no vas a poner fuera de sí a quien ya estaba lejos de sí mismo para no perderse. Saber no es entender.

Quién pregunta. A quién realmente hablabas. A qué poder reflejaste en su ignorancia. Los dejarías a medio callar, a medias responder. ¿Sentiste? ¿O preguntaste qué sentían?

Dejarías el subte, las mesas ambulantes de relojes y enchufes tapados con un nylon cuando llueve. Vas a dejar la luz amarillenta, la basura, las pensiones donde subiste a preguntar. Vas a dejar de preguntar. ¿Se sabe ya que ya está todo dicho? Vas a dejar la sensación de pez boqueando en humedad que no es aire ni agua sino ese respirar como si no, el pecho un puño ante el asombro de lo que siempre se sabe y no se puede creer. Siempre hay más realidad de lo posible. Es más posible comprender la oscuridad del cielo que la de esta conjura que esfuma una ciudad ante tus ojos. Una bruma, resaca de los puertos, una barranca de cebos y curtiembres. Pampa. Lluvia. Viento. Nada.

Vas a dejar las calles anegadas, las veredas, las tiendas de ofertas, las clausuras, los carros cartoneros. No sitiados por agua, desde el centro encerrados afuera, como en estado de sitio para nadie. A quién preguntar. Cada uno sabe lo que siente: quisiera otras preguntas. Por qué este río tiene el ancho de un mar, por qué el mar es profundo. Es más sencillo comprender por qué es ajena el agua que la tierra. Bellas preguntas sobre el olor del sol que permanece en una sábana, vas a dejar estas terrazas, los cables pinchados, los fuentones que juntan las goteras, los gatos en una construcción abandonada.

Como esos bichos transparentes que agonizan de nunca nacer completamente esta región pregunta su lugar. Vas a dejarla sin repuestas. Vas a dejar el color gris, el grito del boyero en la tarde. Nada te deja, ni la melancolía ni la alegría súbita si deja de llover y el horizonte estalla en luz como una repentina comprensión del universo. No del mundo. No del día en este mundo que se acaba si un solo hombre cubre la lámpara de aceite.

Partir adónde que no esté tan a la vista la respuesta que demorás con tus preguntas. Ninguna explicación tiene sentido. Podés cambiar el método, el sistema, mejor o peor no hay más que hombres, piedras, cielo, aceite, agua. Veneno del aire detenido, sin inspirar para avanzar, sin suspirar para entregarse. Ni el alivio. Ni retener el aire por asombro ni por furia o temor. Como quien traga saliva y lo que piensa, cicuta la respuesta que sube del estómago y queda y sabe que no importa. El que pregunta a un hombre se encuentra con que el cielo en el hombre es un silencio.

Donde fueras no irías más lejos que la sombra, no irías más lejos que el fracaso de ver en cualquier sitio la mirada perdida del que sabe que saber llega hasta el río. Y vuelve.

Te dejarías llevar por esta lluvia, los recuerdos, un tren en el que hiciste la pregunta equivocada. No es el temor de no poder salir -te respondió esa mujer en el Sarmiento, su casa quedó bajo la inundación, en La Matanza- no sé dónde volver, dónde llegar, a dónde ir, usted no sabe. De un modo animal ya lo sabías, por eso no te vas. Dejarías el patio, el almacén, el olor a jabón y a café que tiene la mañana en el bar de Quintino Bocayuva. Ofician de obviedad si cada mañana preguntaras dónde estoy.

Qué significa dónde, estoy en qué sentido, lugar desde qué punto de vista, quién significa qué, siempre hay otras preguntas. Llegó un momento en que no había fin. No había principio si siempre llegabas al mismo comienzo de esta historia. Llovía y aún bajo la lluvia los hombres carneaban una vaca caída de un camión. Como una foto de manual. Ahora venía la parte de no ahorrar sangre gaucha y todo eso. Conócete a ti mismo. Sagradas escrituras. Cruzar el charco o perderte en el mar o la cicuta o avanzar hasta que cada pregunta se encuentre con su piedra. Con su orilla. La sangre llega al río y pasa. Y llueve. Como si nunca fuera a terminar.

Edipo, inventor del complejo de… césaR brutO

edipoCuando siento que alguien se queja porque gana poco sueldo y aumentan los presios, o porque se queda sin trabajo y lo van a desalojar, enseguida se me ocurre consolarlo, disiendole:

-Mientras no le pase lo que le paso a edipo, puede considerarse dichoso.

Y enseguida le cuento la siguiente historia, tal cual la conto un autor antiguo llamado sofocleS…

Al naser, edipO vino al mundO con una curiosa trajedia griega ordenada por los dioseS: tenia que matar a su padre y casarse con su madre. ¿Que te parese? Durante muchos anios, el muchacho vibio con un matrimonio de otro paix, creyendo que era hijo de ellos, pero cuando supo que tenia que matar a su padre resolvio escaparse para no cometer el crimen… !Es desir, fue a parar presisamente a su patria, ques adonde vibian sus padres lejitimos!

Cuando iba por el camino se peleo con un caballerO y le ronpio mortalmente la cabesa; despues siguio lo mas canpante y llego a lantigua siudá de tebaS, siudá questaba dominada por la efinjE, o sea un mostruO con alas de pajaro, cara y pechos de mugeR y el resto de leoN… (Esas eran bestias y no las que se ven haora!) Resulta que la efinjE proponia asertijos y adivinansas, y el que no asertaba moria, y cuando el edipO se aserco para intervenir en aquella audision de preguntas y respuestas, la efinjE le pregunto: “¿Cual es el bicho que camina primero con 4 patas, despues con 2 patas y a la final en 3 patas?” Entonses el edipO penso durante 30 segundos, y despues contesto:

-Ese bicho es el honbre, que cuando es chico camina en 4 patas, despues anda en 2, y cuando es viejo usa baston, o sea la tersera pata… Al ser derrotada, la efinjE se murio de rabia y el edipO gano el premio ofresido al ganador: !casarse con la reina, que habia enviudado resientemente! ¿Se dan cuenta como se viene preparando el bodrio?

Se caso el edipO, tuvo 4 hijos (2 machitos y 2 chancletas), y todo anduvo tranquilo y felis hasta que un dia se descubrio la trajedia: !edipO sentero de quel caballero que mato en el camino era su padre, que la reina viuda era su madre y que el venia a ser padre y hermano de sus hijos al mismo tienpo! Entonses, la reina tanbien sufrio una conmosion violenta y se haorco en el palasiO; el edipO se pincho anbos ojos y salio a pedir limosna; los hijos se pelearon por el trono bacantE; las 2 hijas fueron desgrasiadas hasta desir basta, y la cosa termino con la muerte de todos, no quedando ni uno solo de la familia edipo para creser y multiplicarse como corresponde…

!Esas son desgrasias para lamentar, y no el conplejo de andarse quejando porque sube la carne, sube el pan, sube la leche y suben los hueboS! !Mientras uno no mate al padre ni se case con su vieja, puede desir que todo marcha sobre rieles, y viba la pepA!

El cuento, Ricardo Piglia

Victor Mendiola
Victor Mendiola

 

I. En uno de sus cuadernos de notas, Chéjov registró esta anécdota: Un hombre, en Montecarlo, va al casino, gana un millón, vuelve a casa, se suicida. La forma clásica del cuento está condensada en el núcleo de ese relato futuro y no escrito. Contra lo previsible y convencional (jugar-perder-suicidarse), la intriga se plantea como una paradoja. La anécdota tiende a desvincular la historia del juego y la historia del suicidio. Esa escisión es clave para definir el carácter doble de la forma del cuento.
Primera tesis: un cuento siempre cuenta dos historias

II. El cuento clásico (Poe, Quiroga) narra en primer plano la historia 1 (el relato del juego) y construye en secreto la historia 2 (el relato del suicidio). El arte del cuentista consiste en saber cifrar la historia 2 en los intersticios de la historia 1. Un relato visible esconde un relato secreto, narrado de un modo elíptico y fragmentario. El efecto de sorpresa se produce cuando el final de la historia secreta aparece en la superficie.

III. Cada una de las dos historias se cuenta de un modo distinto. Trabajar con dos historias quiere decir trabajar con dos sistemas diferentes de causalidad. Los mismos acontecimientos entran simultáneamente en dos lógicas narrativas antagónicas. Los elementos esenciales del cuento tienen doble función y son usados de manera distinta en cada una de las dos historias. Los puntos de cruce son el fundamento de la construcción.

IV. En La muerte y la brújula, al comienzo del relato, un tendero se decide a publicar un libro. Ese libro está ahí porque es imprescindible en el armado de la historia secreta. ¿Cómo hacer para que un gángster como Red Scharlach esté al tanto de las complejas tradiciones judías y sea capaz de tenderle a Lönnrott una trampa mística y filosófica? El autor, Borges, le consigue ese libro para que se instruya. Al mismo tiempo utiliza la historia 1 para disimular esa función: el libro parece estar ahí por contigüidad con el asesinato de Yarmolinsky y responde a una casualidad irónica. Uno de esos tenderos que han descubierto que cualquier hombre se resigna a comprar cualquier libro publicó una edición popular de la Historia de la secta de Hasidim. Lo que es superfluo en una historia, es básico en la otra. El libro del tendero es un ejemplo (como el volumen de Las mil y una noches en El Sur, como la cicatriz en La forma de la espada) de la materia ambigua que hace funcionar la microscópica máquina narrativa de un cuento.

V. El cuento es un relato que encierra un relato secreto.
No se trata de un sentido oculto que dependa de la interpretación: el enigma no es otra cosa que una historia que se cuenta de un modo enigmático. La estrategia del relato está puesta al servicio de esa narración cifrada. ¿Cómo contar una historia mientras se está contando otra? Esa pregunta sintetiza los problemas técnicos del cuento.
Segunda tesis: la historia secreta es la clave de la forma del cuento.

VI. La versión moderna del cuento que viene de Chéjov, Katherine Mansfield, Sherwood Anderson, el Joyce de Dublineses, abandona el final sorpresivo y la estructura cerrada; trabaja la tensión entre las dos historias sin resolverla nunca. La historia secreta se cuenta de un modo cada vez más elusivo. El cuento clásico a lo Poe contaba una historia anunciando que había otra; el cuento moderno cuenta dos historias como si fueran una sola. La teoría del iceberg de Hemingway es la primera síntesis de ese proceso de transformación: lo más importante nunca se cuenta. La historia secreta se construye con lo no dicho, con el sobreentendido y la alusión.

VII. El gran río de los dos corazones, uno de los relatos fundamentales de Hemingway, cifra hasta tal punto la historia 2 (los efectos de la guerra en Nick Adams), que el cuento parece la descripción trivial de una excursión de pesca. Hemingway pone toda su pericia en la narración hermética de la historia secreta. Usa con tal maestría el arte de la elipsis que logra que se note la ausencia de otro relato. ¿Qué hubiera hecho Hemingway con la anécdota de Chejov? Narrar con detalles precisos la partida y el ambiente donde se desarrolla el juego, y la técnica que usa el jugador para apostar, y el tipo de bebida que toma. No decir nunca que ese hombre se va a suicidar, pero escribir el cuento como si el lector ya lo supiera.

VIII. Kafka cuenta con claridad y sencillez la historia secreta y narra sigilosamente la historia visible hasta convertirla en algo enigmático y oscuro. Esa inversión funda lo kafkiano.
La historia del suicidio en la anécdota de Chejov sería narrada por Kafka en primer plano y con toda naturalidad. Lo terrible estaría centrado en la partida, narrada de un modo elíptico y amenazador.

IX. Para Borges, la historia 1 es un género y la historia 2 es siempre la misma. Para atenuar o disimular la monotonía de esta historia secreta, Borges recurre a las variantes narrativas que le ofrecen los géneros. Todos los cuentos de Borges están construidos con ese procedimiento.
La historia visible, el cuento, en la anécdota de Chejov, sería contada por Borges según los estereotipos (levemente parodiados) de una tradición o de un género. Una partida de taba entre gauchos perseguidos (digamos) en los fondos de un almacén, en la llanura entrerriana, contada por un viejo soldado de la caballería de Urquiza, amigo de Hilario Ascasubi. El relato del suicidio sería una historia construida con la duplicidad y la condensación de la vida de un hombre en una escena o acto único que define su destino.

X. La variante fundamental que introdujo Borges en la historia del cuento consistió en hacer de la construcción cifrada de la historia 2 el tema del relato. Borges narra las maniobras de alguien que construye perversamente una trama secreta con los materiales de una historia visible. En La muerte y la brújula, la historia 2 es una construcción deliberada de Scharlach. Lo mismo ocurre con Azevedo Bandeira en El muerto, con Nolam en Tema del traidor y del héroe.
Borges (como Poe, como Kafka) sabía transformar en anécdota los problemas de la forma de narrar.

XI. El cuento se construye para hacer aparecer artificialmente algo que estaba oculto. Reproduce la búsqueda siempre renovada de una experiencia única que nos permita ver, bajo la superficie opaca de la vida, una verdad secreta. La visión instantánea que nos hace descubrir lo desconocido, no en una lejana tierra incógnita, sino en el corazón mismo de lo inmediato, decía Rimbaud.
Esa iluminación profana se ha convertido en la forma del cuento.

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La Verdadera Sabiduría, Hugo Mujica

hmuj2709141Filosofía, lo escuchamos cuando ocupábamos un banco en la escuela, quiere decir “amor a la sabiduría”, o sea que lo valioso no es tal o cual filosofía sino aquello de lo que ella está enamorada, aquello que enamora al pensamiento: la sabiduría.

Etimológicamente, sabiduría viene de la palabra latina sapere, de la cual derivan dos palabras: saber y sabor, dos palabras que indican lo mismo: un saber que sabe, gustándole, de qué se trata la vida.

Un saber que come el fruto de la vida, no un saber teórico sobre la vida. Si la filosofía es la transmisión de lo pensado, la historia del pensamiento, la sabiduría es el testimonio de lo experimentado, la experiencia de la vida misma, de su gusto.

Sabio no es quien pensó la vida sino quien dejó que la vida le diga lo que ella misma aprendió viviéndolo a él, quien dejó que la vida le entregue su sabor: le revele su sentido. No el sentido que él le da a la vida sino el sentido que la vida misma es: su darse, su entregarse.

En general el hombre sabio no dice su sabiduría: la muestra. Le encarna vida, una vida que, por eso mismo, irradia sentido, se muestra sabia. El sabio es un testigo, no un profesor. Lo suyo no es impartir un conocimiento sino testimoniar una experiencia y por eso, porque en sus palabras está involucrada y manifestada su vida, más que profesor es “maestro”. Enseña lo que vive, no lo que sabe, o, en todo caso, sabe viviendo, testimoniando la vida.

El testigo de la vida, el sabio, da testimonio, no ejemplo. El ejemplo siempre implica un “piensa como pienso yo”, un “imítame a mí, en cambio en el testimonio el valor se pone en lo experimentado, en la vida, no en quién la experimenta. El testigo se borra para que aparezca lo testimoniado, para que aparezca en aquel que recibe el testimonio. Quien da testimonio da, quien se pone como ejemplo, por el contrario, busca atraer, retener, no dar.

La vida da, siempre y a todos, la posibilidad de experimentar un nacimiento y una muerte, un tiempo de desamparo y un tiempo de cobijo, el peso de un error y la libertad de un perdón, da la soledad y da el amor .. La vida da a todos, y siempre, su decirse, su manifestarse: su experiencia.

Sabio no se es de una vez para siempre, sabio es el sostenimiento de una relación con la vida, es una escucha a la vida, a su decirse, su rebelarse, su contamos en lo que nosotros vive y vivió. El sabio sabe, va sabiendo y respondiendo, a eso que da la vida: la propia vida de quien la vive. Su unicidad, su singularidad, no es cuantitativa, no es singular por ser una sino por ser irrepetible, por ser original. Por ser ese don de ella que somos cada uno de nosotros, eso que respondiendo vamos siendo, vamos viviendo.

Quizá haya una sola condición para devenir sabio, para encarnar la vida conscientemente, vitalmente: hacerse vulnerable a ella, exponerse a lo que nos trae, padecer lo que nos ofrece: dejarnos tocar.

Permanecer cercano a su temblor inicial, a la vida antes, de separarse de ella misma, antes de transformarse en nuestro plan, en nuestro proyecto, en eso que suele ser mero interés o usufructo, eso que más que vivir es funcionar.

EI “vivir” del “funcionar”, el sentido del sin sentido, están separados apenas por un paso: el paso apurado, el de la rapidez, el que nos saca de la vida, el que no lo marca el latido sino el reloj.

Por esto, tal vez, hay tan pocos sabios, por esto, tal vez, corremos tanto, giramos, sin saber detrás de qué.

 

Cabo Polonio, Abel Espil

Chris Friel
Chris Friel

Las sombras empañan sus ojos, el hombre sueña el aleph. En Ariel, todo está recuperado. Es un ser devenido al todo, lo real y lo soñado. Es el ayer y lo que tendrá que esperar que llegue.

En la playa La Mansa, la mujer en la noche camina, bebe el vino sentada en la arena, evoca la musicalidad ausente de las olas, un poema olvidado en las sábanas de un cuarto. Despierta de noche. El aire frío de Cabo Polonio le anuncia la llegada del invierno. Es cuando ella se va. Es cuando lo perdido se pierde aún más.

Ariel no encuentra la ropa de Silce. Terminó el verano. La soledad comienza a abrazarlo, y se entrega. No tiene nada, ni a nadie. Desde la planta alta de la Iglesia Luterana –cuando era niño– podía descubrir las terrazas sucias y limpias, el amor del amigo vecinito con la muchacha de turno en los atardeceres de marzo, los barriletes del Barrio Saavedra flamear sus colas de telas de distintos colores.

No conociendo su imaginación, pensó en el vacío incorporado a su vida. Presumió haber descubierto las mentiras y verdades de las paredes con frases vestidas de grafitis, las marchas de hombres con sed y hambre de justicia, el mejor alumno del colegio, bandera en mano sin sangre y con muchos soles, el final de los aplausos a cambio del morir en un escenario.

Silce le reveló la vida. No era el aleph.

Todo había sido el juego de lo terrenal. Silce en sus caminatas nocturnas, desnuda al borde del mar. El amor en la arena húmeda, las sonrisas de ambos esperando al sol ocultarse.

Cabalga toda la noche, deteniéndose en el pasillo de entrada, por donde se había ido ella. Espera a una ausente, que sabe que no vuelve, ni volverá. No lo puede asumir.

Regresa, agotando al animal. Él transpirado, sin bañarse, sin secarse, toma de una pequeña biblioteca la Biblia. Enciende nuevas velas, está oscureciendo. Busca nervioso el libro del Eclesiastés. Lee en voz alta, lo vuelve a leer y se percata de que no es el tiempo lo que busca.

Lo cierra, aprieta sus ojos, como creyendo que el pasado o el presente vuelven. No sucede nada. Nada sucede. Nada de nada.

Regresa a la playa La Mansa de Atlántida.

Dormita sobre las arenas. Prende un cigarrillo, levanta su mirada al cielo.

Unidas a la línea del horizonte descubre a las Tres Marías. Unidas.

Ariel y Silce abandonan el protagonismo… y las sombras aún continúan empañando el ojillo del aleph.

Memoria de lo que duele, Mario César Lamique

Christo Dagorov
Christo Dagorov

1- Hoy abrí un cajón y comenzaron a saltar por el aire, imposible ocultarlos, taparlos o hacerlos desaparecer.

2- Tengo todavía muy presente el día en que mi mamá me encontró uno debajo de la cama no es mío, es de un amigo, fue lo único que le pude decir, me lo dio para que se lo cuidara.

3- Ya hace un año que me despidieron de mi trabajo, el nuevo jefe revisó el Facebook de los empleados y vio que yo mostré uno, y para colmo de males, le puse Me Gusta a mi propio dolor.

4- Cuando me levanto a la madrugada al baño los voy pisando, lo bueno es que a ellos no le duele, lo más complejo de la situación es que aumentan y a mí sí me duele.

5- Mi insulso intento de homicidio fue tratar de matarlos con la indiferencia, pero aunque me duela decirlo, eso tampoco funcionó.

6- Hoy comencé con la limpieza y tuve que deshacerme de varios de ellos porque ya estaban amarillos, viejos, gastados y algunos ni siquiera eran míos.

7- Luego de la limpieza me di cuenta de que no eran tantos al final, me di cuenta de que no son lo único que tengo…

8- Ayer por la madrugada, a “medio despertar” fui al baño con sumo cuidado tratando de no pisar a tantos que quedaron desparramados por el piso “a guardar… a guardar… cada cosa en su lugar”, me vino a la memoria esa canción del jardín, es que me agarra el sueño y nunca los ordeno antes de acostarme, siempre he sido bastante desprolijo con las cosas; los libros, la ropa , los sentimientos en general y los miedos en particular.

9- Anoche esquivé casi todos, ya casi casi llegando a la puerta del baño, cuando pensé que ya los había dejado a todos atrás, pise un dolor, que desde ya no se quejó, claro está el que emitió un quejido leve casi imperceptible, aun en el silencio de la madrugada, fui yo.

El final, Rodrigo Fresán

arte-y-futbolJorge Luis Borges —ese escritor que aborrecía del fútbol porque “es feo estéticamente. Once jugadores contra otros once corriendo detrás de una pelota no son especialmente hermosos… Mucho más lindas que el fútbol son las riñas de gallos. Ocurren ahí nomás, al lado de uno, son ideales para miopes”— se había muerto unos días antes, casi al principio de todo el asunto, el 14 de junio.

A mí, recuerdo, me divertían las opiniones de Borges. El fútbol nunca me había atraído demasiado y si bien podía apreciar la belleza sobrenatural del segundo gol de Maradona contra Inglaterra, obligado a elegir un deporte, continuaba prefiriendo la previsibilidad zen del baseball contagiada por cortesía de un tropical exilio durante los 70.

El destino prefijado de correr alrededor del diamante esmeralda siempre me había parecido más literario que el fútbol, donde el libre y poco estético albedrío condenado por Borges me hacía recordar, por momentos, la desordenada y suicida carrera de Lemmings en busca de un precipicio. Algo tan ajeno como poco digno de ser alcanzado.

Durante mi infancia lejos estuve de ser un animal de plaza y pelota. Para el año 86 todavía no había pisado una cancha más que para asistir a algún concierto de rock. Mi bautismo de fuego tuvo lugar muchos años después con el célebre match entre San Lorenzo y Vélez interrumpido por falta de pelotas. Me hice de San Lorenzo por cuarenta y cinco minutos, me reí mucho y no volví más.

Tampoco mi familia había profesado devoción alguna por el fenómeno. Mi padre, creo, supo jugar al básquet en los Campeonatos Evita y eso fue todo.

Y aun así, ahora me había comprometido a no perderme partido alguno. Compaginaba horarios con mis actividades en una revista gastronómica y postergaba la escritura de cualquier cuento porque, bueno, acompañar a los muchachos se había convertido en lo más importante, en lo único digno de ser tomado en cuenta. Pronto aprendí a reconocerlos de lejos adelantándome incluso a la voz certera del relator. Pronto tuve la seguridad de que ese Mundial iba a ser nuestro. México iba a ser una fiesta, supe.

Claro que todo milagro tiene una explicación racional así como toda proeza de Schwarzenegger descansa sobre un mullido lecho de efectos especiales preparado y tendido por especialistas. He aquí el truco detrás de la magia: México no era una fiesta. La casa de mi madre quedaba en la calle México y allí había llegado yo el día exacto de la muerte de un escritor llamado Jorge Luis Borges. Mis días junto a mi pareja de entonces se habían convertido en lo más parecido a una riña de gallos miopes. Heridas y plumas y la imposibilidad de verse. Por eso ahora estaba viviendo el Mundial en la casa de mi madre. Viendo todo en un pequeño televisor blanco y negro como si fuera la primera vez, reprochándome en voz baja el espanto ahora incomprensible de haber estado fuera de todo durante todos estos años. Había despreciado el milagro con la incredulidad de Santo Tomás pero —aun así— había sido perdonado y ahora se me permitía ser parte del paraíso vía satélite bebiendo todas y cada una de las palabras de Macaya Márquez como si se trataran de colores alucinados por Quetzalcoatl sobre el verde del Estadio Azteca, como si fueran los dictámenes de un Moisés enfurecido cuyas opiniones descendían como mandamientos inapelables mientras yo jugaba en los Campos del Señor.

El día que ganamos, recuerdo, fue la noche en que yo comprendí —agotados los minutos suplementarios— que el partido que venía jugando con o contra mi pareja de entonces estaba irreversiblemente perdido. Fuimos a comer, teorizamos una vez más sobre posibles estrategias para un próximo encuentro que intuíamos innecesario y perdido de antemano, y —de regreso a México (calle), mientras el paisaje alrededor del Obelisco remitía indistintamente a las abigarradas delicias del Bosco o a los primeros tramos de 2001: Odisea del espacio, a cualquier postal de Cecil B. De Mille— me prometí hundirme, esa medianoche, en el programa especial sobre lo mejor de México 86. El segundo gol de Maradona contra los ingleses seguía siendo tan hermoso como entonces, pocos días atrás, sí, no había ilusión o ingenio mecánico detrás de ese milagro. Había sido algo fuera de este mundo. Una revelación. Afuera, en San Telmo, alguien vaciaba un revólver en el frío de la noche con inequívocos modales de mariachi austral.

Algunas semanas después del final y la final conocí a la mujer de mi vida y —sí, yo estaba curado— el fútbol dejó de interesarme otra vez, para siempre.

El desprastijo humano, César Bruto

yana-moskaluk
                                                                                                   yana-moskaluk

Siempre que biene el tiempo fresco, o sea al medio del otonio, a mí me da la loca de pensar ideas de tipo eséntrico y esótico, como ser por egenplo que me gustaría venirme golondrina para agarrar y volar a los paíx adonde haiga calor, o de ser hormiga para meterme bien adentro de una cueva y comer los productos guardados en el verano o de ser una bívora como las del solójico, que las tienen bien guardadas en una jaula de vidrio con calefación para que no se queden duras de frío, que es lo que les pasa a los pobres seres humanos que no pueden comprarse ropa con lo cara questá, ni pueden calentarse por la falta del querosén, la falta del carbón, la falta de lenia, la falta de petrolio y tamién la falta de plata, porque cuando uno anda con biyuya ensima puede entrar a cualquier boliche y mandarse una buena grapa que hay que ver lo que calienta, aunque no conbiene abusar, porque del abuso entra el visio y del visio la dejeneradés tanto del cuerpo como de las taras moral de cada cual, y cuando se viene abajo por la pendiente fatal de la falta de buena condupta en todo sentido, ya nadie ni nadies lo salva de acabar en el más espantoso tacho de basura del desprastijio humano, y nunca le van a dar una mano para sacarlo de adentro del fango enmundo entre el cual se rebuelca, ni más ni meno que si fuera un cóndor que cuando joven supo correr y volar por la punta de las altas montanias, pero que al ser viejo cayó parabajo como bombardero en picada que le falia el motor moral. ¡Y ojalá que lo que estoy escribiendolé sirbalguno para que mire bien su comportamiento y que no searrepienta cuando es tarde y ya todo se haiga ido al corno por culpa suya!