Otori Sama, Leyenda japonesa

torii-en-el-santuario-kasugaMuchos años atrás, en el pequeño barrio pesquero de Yui, vivía un comerciante adinerado llamado Fujiwara no Kamatari. El hombre, de edad avanzada, tenía una hija pequeña que quería más que a nada en el mundo.

Cierto día, cuando la nodriza la llevó a jugar a la playa cercana, una enorme águila se la arrebató en un momento de distracción y se la llevó por los cielos hasta su nido en algún lugar de las montañas.

Al enterarse de la noticia, el hombre movilizó a todo el pueblo para buscar el águila, recorriendo palmo por palmo las colinas y montañas para descubrir el paradero de su hija.

Pocos días después encontraron, al pie de una pared rocosa, en la parte trasera del templo Myoho-ji, retazos del kimono y algunos huesos que indicaban el trágico fin de la pequeña.

El padre, enloquecido de tristeza, ordenó a sus hombres que se apostaran en el recinto del templo y derribaran al animal con flechas. Sin embargo, todas las tentativas fueron en vano y el águila escapó ilesa una y otra vez.

Entonces el anciano monje llamó a Kamatari y le dijo:

Entiendo tu dolor por la muerte de la niña. Pero matar al águila, un animal inocente que sólo buscaba su sustento, no te la devolverá…

Después de una larga conversación, Kamatari accedió a perdonar al águila y aceptó la sugerencia del monje de construir un pequeño santuario para consolar el espíritu de la pequeña. Se llamó Otori-sama, el santuario del gran pájaro, y todavía existe en el recinto del Myoho-ji.

Los restos de la niña fueron enterrados en una minúscula tumba en el templo y, según cuentan, el águila de alguna manera comprendió el infortunio causado, por lo que nunca más atrapó a ninguna criatura humana.

Kamatari se consoló de la pérdida construyendo pequeños santuarios y monumentos de piedra en Yui, que han mantenido viva esta leyenda hasta nuestros días.

Riki-Baka, Lafcadio Hearn

achillesSe llamaba Riki, que significa “fuerza-”, pero la gente lo llamaba Riki el Simple, o Riki el Tonto —“Riki-Baka”— porque su vida transcurría en una infancia perpetua. Por esa misma razón lo trataban con amabilidad, aun cuando hubiera incendiado una casa acercando un fósforo encendido a un mosquitero, aplaudiendo de alegría al ver el resplandor de las llamas. A los dieciséis años era un mozo alto y fornido, pero su mente siempre conservó la feliz edad de dos años, y por tanto Riki seguía jugando con los pequeños. Los niños más grandes de la vecindad, de cuatro a seis años, no jugaban con él, porque Riki no podía aprender sus juegos ni sus canciones. Su juguete favorito era una escoba, a la que montaba como un caballito; y se pasaba las horas con su escoba, subiendo y bajando la cuesta que hay frente a mi casa, con asombrosas carcajadas. Pero al fin el ruido que causaba comenzó a molestarme, y tuve que decirle que fuera a jugar a otro sitio. Se inclinó con docilidad y se alejó, arrastrando la escoba con pesadumbre. Era muy amable y absolutamente inofensivo (siempre que no le dieran la oportunidad de jugar con fuego), y rara vez daba motivo de queja. Se relacionaba con la vida de nuestra calle en forma tan anónima como un pollo o un perro; cuando desapareció, no llegué a extrañarlo. Pasaron meses antes de que llegara a acordarme de Riki.

¿Qué le ocurrió a Riki? —le pregunté entonces al viejo leñador que provee de combustible a nuestra vecindad, pues recordé que Riki solía ayudarlo a llevar los haces de leña.

¿Riki-Baka? —respondió el viejo—. Ah, Riki murió, pobrecito… Sí, murió hace cosa de un año, inesperadamente; los médicos dijeron que tenía una enfermedad en el cerebro. Y hay una extraña historia con respecto a Riki.

Cuando Riki murió, la madre escribió su nombre, ‘Riki-Baka’, en la palma de su mano izquierda, poniendo ‘Riki’ en escritura china, y ‘Baka’ en kana. Y repitió muchas plegarias por él, pidiendo que renaciera con una condición más feliz.

Ahora bien, hace cosa de tres meses, en la honorable residencia de Nanigashi-Sama, en Kōjimachi, nació un niño con caracteres en la palma de la mano izquierda; y los caracteres decían, con toda claridad, ‘Riki-Baka’.

De modo que la gente de la casa pensó que ese nacimiento debía obedecer a la plegaria de alguien, y se hicieron indagaciones por todas partes. Al fin, un verdulero les confió que solía haber un muchacho tonto, llamado Riki-Baka, en el barrio de Ushigomé, y que había muerto en el último otoño; enviaron, pues, dos sirvientes en busca de la madre de Riki.

Los sirvientes la encontraron y le dijeron lo que había ocurrido; y ella se alegró mucho, pues la casa Nanigashi es muy rica y famosa. Pero los sirvientes le contaron que la familia de Nanigashi-Sama estaba furiosa por la palabra ‘Baka’ inscrita en la mano del niño.

”—¿Dónde está enterrado Riki? —preguntaron los sirvientes.

”—En el cementerio de Zendōji —les dijo ella.

”—Por favor —le pidieron los sirvientes—, danos un poco de barro de su tumba.

Ella entonces los condujo al templo Zendōji, y les mostró el sepulcro de Riki, y ellos se llevaron un poco de barro de la tumba envuelto en un furoshiki. A la madre de Riki le dieron algún dinero… diez yenes”.

Pero, ¿para qué querían el barro? —pregunté.

Bueno —dijo el viejo—, imagínese que no convenía que el niño creciera con ese nombre en la mano. Y no hay otra manera de borrar los caracteres inscritos por ese medio en el cuerpo de un niño: hay que frotar la piel con barro tomado de la tumba del cadáver de la existencia anterior…”.

El trabajo, Masanobu Fukuoka

Andre KertészEn lo particular no me gusta la palabra “trabajo”. El ser humano es el único animal que tiene que trabajar, y yo creo que es la cosa más ridícula del mundo.

Otros animales consiguen lo que necesitan para sobrevivir viviendo, pero la gente trabaja como loca pensando que necesitan trabajar para mantenerse vivos.

Mientras más grande el trabajo, más grande el reto y más maravilloso creen que es.

Lo mejor sería olvidar esa manera de pensar y vivir una vida fácil, cómoda y con mucho tiempo libre.

Creo que así es la manera en que viven los animales en los trópicos, saliendo de sus casas en la mañana y tarde para ver qué hay de comer y luego regresando a sus casas a tomar una larga siesta.

Esa debe ser una vida maravillosa. Para los seres humanos, una vida tan simple sólo es posible si uno sólo trabajara para producir directamente sus necesidades diarias.

En una vida así, el trabajo deja de ser trabajo como lo conoce la mayoría de la gente, y se convierte en una manera de simplemente hacer lo que se necesita hacer.

 

El episodio del rostro de la muerte, Yasunari Kawabata

1Por favor, pase a verla. Así ha quedado ella. Cuánto deseaba verlo una vez más.

La suegra le hablaba mientras lo conducía a la habitación. Todos los que rodeaban el lecho de su esposa se volvieron hacia él al mismo tiempo.

Por favor, obsérvela.

La mujer volvió a hablar al empezar a retirar la tela que cubría el rostro de la esposa.

Entonces, de improviso y espontáneamente, dijo:

Sólo por unos instantes, ¿podría quedarme a solas con ella? ¿Podrían abandonar ustedes la habitación por unos momentos?

Sus palabras despertaron simpatía en la familia de su mujer. Se retiraron en silencio y cerraron la puerta corredera.

Él quitó la tela blanca.

El rostro de la mujer se veía rígido, con una expresión de sufrimiento. Las mejillas se habían hundido y sus descoloridos dientes sobresalían entre los labios. La piel de los párpados estaba ajada y colgaba sobre los globos oculares. Una tensión evidente había impreso el dolor en su frente.

Se sentó por un momento, observando ese desagradable rostro muerto.

Entonces, colocó sus manos temblorosas sobre los labios de su mujer e intentó cerrarle la boca. Hizo un esfuerzo para que los labios se cerraran, pero seguían lánguidamente abiertos cuando retiró las manos. Lo intentó de nuevo, pero la boca nuevamente se abrió. Hizo lo mismo una y otra vez, con el único resultado de que las duras líneas alrededor de la boca empezaron a suavizarse.

En ese momento sintió una creciente intensidad en las yemas de sus dedos. Y le restregó la frente para borrar esa expresión de dolorosa ansiedad. Sus palmas quedaron enrojecidas. Una vez más, se sentó en silencio observando el rostro renovado gracias a sus manipulaciones.

La madre y la hermana menor de su esposa entraron.

Seguramente estará agotado del viaje en tren. Por favor, coma algo y descanse… ¡Oh!

Las mejillas de la madre quedaron bañadas en lágrimas súbitas.

El espíritu humano es algo que asusta. Ella no podía morir del todo hasta que usted regresara. Es tan extraño. Todo lo que usted hizo fue dirigirle una mirada y su rostro se ha relajado… Está bien. Ahora ella está bien.

La hermana menor de su mujer, con sus ojos bellos y límpidos, que no parecían de este mundo, lo observó y vio sus ojos extraviados. Entonces, también ella se sumió en el llanto.

Cuento Yasunari Kawabata: El episodio del rostro de la muerte (Shinigao No Dekigoto)

Por favor, pase a verla. Así ha quedado ella. Cuánto deseaba verlo una vez más.

La suegra le hablaba mientras lo conducía a la habitación. Todos los que rodeaban el lecho de su esposa se volvieron hacia él al mismo tiempo.

Por favor, obsérvela.

La mujer volvió a hablar al empezar a retirar la tela que cubría el rostro de la esposa.

Entonces, de improviso y espontáneamente, dijo:

Sólo por unos instantes, ¿podría quedarme a solas con ella? ¿Podrían abandonar ustedes la habitación por unos momentos?

Sus palabras despertaron simpatía en la familia de su mujer. Se retiraron en silencio y cerraron la puerta corredera.

Él quitó la tela blanca.

El rostro de la mujer se veía rígido, con una expresión de sufrimiento. Las mejillas se habían hundido y sus descoloridos dientes sobresalían entre los labios. La piel de los párpados estaba ajada y colgaba sobre los globos oculares. Una tensión evidente había impreso el dolor en su frente.

Se sentó por un momento, observando ese desagradable rostro muerto.

Entonces, colocó sus manos temblorosas sobre los labios de su mujer e intentó cerrarle la boca. Hizo un esfuerzo para que los labios se cerraran, pero seguían lánguidamente abiertos cuando retiró las manos. Lo intentó de nuevo, pero la boca nuevamente se abrió. Hizo lo mismo una y otra vez, con el único resultado de que las duras líneas alrededor de la boca empezaron a suavizarse.

En ese momento sintió una creciente intensidad en las yemas de sus dedos. Y le restregó la frente para borrar esa expresión de dolorosa ansiedad. Sus palmas quedaron enrojecidas. Una vez más, se sentó en silencio observando el rostro renovado gracias a sus manipulaciones.

La madre y la hermana menor de su esposa entraron.

Seguramente estará agotado del viaje en tren. Por favor, coma algo y descanse… ¡Oh!

Las mejillas de la madre quedaron bañadas en lágrimas súbitas.

El espíritu humano es algo que asusta. Ella no podía morir del todo hasta que usted regresara. Es tan extraño. Todo lo que usted hizo fue dirigirle una mirada y su rostro se ha relajado… Está bien. Ahora ella está bien.

La hermana menor de su mujer, con sus ojos bellos y límpidos, que no parecían de este mundo, lo observó y vio sus ojos extraviados. Entonces, también ella se sumió en el llanto.

En el bosque, Ryunosuke Akutagawa

grecia-en-el-aire

Declaración del leñador interrogado por el oficial de investigaciones de la Kebushi

-Yo confirmo, señor oficial, mi declaración. Fui yo el que descubrió el cadáver. Esta mañana, como lo hago siempre, fui al otro lado de la montaña para hachar abetos. El cadáver estaba en un bosque al pie de la montaña. ¿El lugar exacto? A cuatro o cinco cho, me parece, del camino del apeadero de Yamashina. Es un paraje silvestre, donde crecen el bambú y algunas coníferas raquíticas.

El muerto estaba tirado de espaldas. Vestía ropa de cazador de color celeste y llevaba un eboshi de color gris, al estilo de la capital. Sólo se veía una herida en el cuerpo, pero era una herida profunda en la parte superior del pecho. Las hojas secas de bambú caídas en su alrededor estaban como teñidas de suho. No, ya no corría sangre de la herida, cuyos bordes parecían secos y sobre la cual, bien lo recuerdo, estaba tan agarrado un gran tábano que ni siquiera escuchó que yo me acercaba.

¿Si encontré una espada o algo ajeno? No. Absolutamente nada. Solamente encontré, al pie de un abeto vecino, una cuerda, y también un peine. Eso es todo lo que encontré alrededor, pero las hierbas y las hojas muertas de bambú estaban holladas en todos los sentidos; la victima, antes de ser asesinada, debió oponer fuerte resistencia. ¿Si no observé un caballo? No, señor oficial. No es ese un lugar al que pueda llegar un caballo. Una infranqueable espesura separa ese paraje de la carretera.

Declaración del monje budista interrogado por el mismo oficial

-Puedo asegurarle, señor oficial, que yo había visto ayer al que encontraron muerto hoy. Sí, fue hacia el mediodía, según creo; a mitad de camino entre Sekiyama y Yamashina. Él marchaba en dirección a Sekiyama, acompañado por una mujer montada a caballo. La mujer estaba velada, de manera que no pude distinguir su rostro. Me fijé solamente en su kimono, que era de color violeta. En cuanto al caballo, me parece que era un alazán con las crines cortadas. ¿Las medidas? Tal vez cuatro shaku cuatro sun, me parece; soy un religioso y no entiendo mucho de ese asunto. ¿El hombre? Iba bien armado. Portaba sable, arco y flechas. Sí, recuerdo más que nada esa aljaba laqueada de negro donde llevaba una veintena de flechas, la recuerdo muy bien.

¿Cómo podía adivinar yo el destino que le esperaba? En verdad la vida humana es como el rocío o como un relámpago… Lo lamento… no encuentro palabras para expresarlo…

Declaración del soplón interrogado por el mismo oficial

-¿El hombre al que agarré? Es el famoso bandolero llamado Tajomaru, sin duda. Pero cuando lo apresé estaba caído sobre el puente de Awataguchi, gimiendo. Parecía haber caído del caballo. ¿La hora? Hacia la primera del Kong, ayer al caer la noche. La otra vez, cuando se me escapó por poco, llevaba puesto el mismo kimono azul y el mismo sable largo. Esta vez, señor oficial, como usted pudo comprobar, llevaba también arco y flechas. ¿Que la víctima tenía las mismas armas? Entonces no hay dudas. Tajomaru es el asesino. Porque el arco enfundado en cuero, la aljaba laqueada en negro, diecisiete flechas con plumas de halcón, todo lo tenía con él. También el caballo era, como usted dijo, un alazán con las crines cortadas. Ser atrapado gracias a este animal era su destino. Con sus largas riendas arrastrándose, el caballo estaba mordisqueando hierbas cerca del puente de piedra, en el borde de la carretera.

De todos los ladrones que rondan por los caminos de la capital, este Tajomaru es conocido como el más mujeriego. En el otoño del año pasado fueron halladas muertas en la capilla de Pindola del templo Toribe, una dama que venía en peregrinación y la joven sirvienta que la acompañaba. Los rumores atribuyeron ese crimen a Tajomaru. Si es él quien mató a este hombre, es fácil suponer qué hizo de la mujer que venía a caballo. No quiero entrometerme donde no me corresponde, señor oficial, pero este aspecto merece ser aclarado.

Declaración de una anciana interrogada por el mismo oficial

-Sí, es el cadáver de mi yerno. Él no era de la capital; era funcionario del gobierno de la provincia de Wakasa. Se llamaba Takehito Kanazawa. Tenía veintiséis años. No. Era un hombre de buen carácter, no podía tener enemigos.

¿Mi hija? Se llama Masago. Tiene diecinueve años. Es una muchacha valiente, tan intrépida como un hombre. No conoció a otro hombre que a Takehiro. Tiene cutis moreno y un lunar cerca del ángulo externo del ojo izquierdo. Su rostro es pequeño y ovalado.

Takehiro había partido ayer con mi hija hacia Wakasa. ¡Quién iba a imaginar que lo esperaba este destino! ¿Dónde está mi hija? Debo resignarme a aceptar la suerte corrida por su marido, pero no puedo evitar sentirme inquieta por la de ella. Se lo suplica una pobre anciana, señor oficial: investigue, se lo ruego, qué fue de mi hija, aunque tenga que arrancar hierba por hierba para encontrarla. Y ese bandolero… ¿Cómo se llama? ¡Ah, sí, Tajomaru! ¡Lo odio! No solamente mató a mi yerno, sino que… (Los sollozos ahogaron sus palabras.)

Confesión de Tajomaru

Sí, yo maté a ese hombre. Pero no a la mujer. ¿Que dónde está ella entonces? Yo no sé nada. ¿Qué quieren de mí? ¡Escuchen! Ustedes no podrían arrancarme por medio de torturas, por muy atroces que fueran, lo que ignoro. Y como nada tengo que perder, nada oculto.

Ayer, pasado el mediodía, encontré a la pareja. El velo agitado por un golpe de viento descubrió el rostro de la mujer. Sí, sólo por un instante… Un segundo después ya no lo veía. La brevedad de esta visión fue causa, tal vez, de que esa cara me pareciese tan hermosa como la de Bosatsu. Repentinamente decidí apoderarme de la mujer, aunque tuviese que matar a su acompañante.

¿Qué? Matar a un hombre no es cosa tan importante como ustedes creen. El rapto de una mujer implica necesariamente la muerte de su compañero. Yo solamente mato mediante el sable que llevo en mi cintura, mientras ustedes matan por medio del poder, del dinero y hasta de una palabra aparentemente benévola. Cuando matan ustedes, la sangre no corre, la víctima continúa viviendo. ¡Pero no la han matado menos! Desde el punto de vista de la gravedad de la falta me pregunto quién es más criminal. (Sonrisa irónica.)

Pero mucho mejor es tener a la mujer sin matar a hombre. Mi humor del momento me indujo a tratar de hacerme de la mujer sin atentar, en lo posible, contra la vida del hombre. Sin embargo, como no podía hacerlo en el concurrido camino a Yamashina, me arreglé para llevar a la pareja a la montaña.

Resultó muy fácil. Haciéndome pasar por otro viajero, les conté que allá, en la montaña, había una vieja tumba, y que en ella yo había descubierto gran cantidad de espejos y de sables. Para ocultarlos de la mirada de los envidiosos los había enterrado en un bosque al pie de la montaña. Yo buscaba a un comprador para ese tesoro, que ofrecía a precio vil. El hombre se interesó visiblemente por la historia… Luego… ¡Es terrible la avaricia! Antes de media hora, la pareja había tomado conmigo el camino de la montaña.

Cuando llegamos ante el bosque, dije a la pareja que los tesoros estaban enterrados allá, y les pedí que me siguieran para verlos. Enceguecido por la codicia, el hombre no encontró motivos para dudar, mientras la mujer prefirió esperar montada en el caballo. Comprendí muy bien su reacción ante la cerrada espesura; era precisamente la actitud que yo esperaba. De modo que, dejando sola a la mujer, penetré en el bosque seguido por el hombre.

Al comienzo, sólo había bambúes. Después de marchar durante un rato, llegamos a un pequeño claro junto al cual se alzaban unos abetos… Era el lugar ideal para poner en práctica mi plan. Abriéndome paso entre la maleza, lo engañé diciéndole con aire sincero que los tesoros estaban bajo esos abetos. El hombre se dirigió sin vacilar un instante hacia esos árboles enclenques. Los bambúes iban raleando, y llegamos al pequeño claro. Y apenas llegamos, me lancé sobre él y lo derribé. Era un hombre armado y parecía robusto, pero no esperaba ser atacado. En un abrir y cerrar de ojos estuvo atado al pie de un abeto. ¿La cuerda? Soy ladrón, siempre llevo una atada a mi cintura, para saltar un cerco, o cosas por el estilo. Para impedirle gritar, tuve que llenarle la boca de hojas secas de bambú.

Cuando lo tuve bien atado, regresé en busca de la mujer, y le dije que viniera conmigo, con el pretexto de que su marido había sufrido un ataque de alguna enfermedad. De más está decir que me creyó. Se desembarazó de su ichimegasa y se internó en el bosque tomada de mi mano. Pero cuando advirtió al hombre atado al pie del abeto, extrajo un puñal que había escondido, no sé cuándo, entre su ropa. Nunca vi una mujer tan intrépida. La menor distracción me habría costado la vida; me hubiera clavado el puñal en el vientre. Aun reaccionando con presteza fue difícil para mí eludir tan furioso ataque. Pero por algo soy el famoso Tajomaru: conseguí desarmarla, sin tener que usar mi arma. Y desarmada, por inflexible que se haya mostrado, nada podía hacer. Obtuve lo que quería sin cometer un asesinato.

Sí, sin cometer un asesinato, yo no tenía motivo alguno para matar a ese hombre. Ya estaba por abandonar el bosque, dejando a la mujer bañada en lágrimas, cuando ella se arrojó a mis brazos como una loca. Y la escuché decir, entrecortadamente, que ella deseaba mi muerte o la de su marido, que no podía soportar la vergüenza ante dos hombres vivos, que eso era peor que la muerte. Esto no era todo. Ella se uniría al que sobreviviera, agregó jadeando. En aquel momento, sentí el violento deseo de matar a ese hombre. (Una oscura emoción produjo en Tajomaru un escalofrío.)

Al escuchar lo que les cuento pueden creer que soy un hombre más cruel que ustedes. Pero ustedes no vieron la cara de esa mujer; no vieron, especialmente, el fuego que brillaba en sus ojos cuando me lo suplicó. Cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí el deseo de que fuera mi mujer, aunque el cielo me fulminara. Y no fue, lo juro, a causa de la lascivia vil y licenciosa que ustedes pueden imaginar. Si en aquel momento decisivo yo me hubiera guiado sólo por el instinto, me habría alejado después de deshacerme de ella con un puntapié. Y no habría manchado mi espada con la sangre de ese hombre. Pero entonces, cuando miré a la mujer en la penumbra del bosque, decidí no abandonar el lugar sin haber matado a su marido.

Pero aunque había tomado esa decisión, yo no lo iba a matar indefenso. Desaté la cuerda y lo desafié. (Ustedes habrán encontrado esa cuerda al pie del abeto, yo olvidé llevármela.) Hecho una furia, el hombre desenvainó su espada y, sin decir palabra alguna, se precipitó sobre mí. No hay nada que contar, ya conocen el resultado. En el vigésimo tercer asalto mi espada le perforó el pecho. ¡En el vigésimo tercer asalto! Sentí admiración por él, nadie me había resistido más de veinte… (Sereno suspiro.)

Mientras el hombre se desangraba, me volví hacia la mujer, empuñando todavía el arma ensangrentada. ¡Había desaparecido! ¿Para qué lado había tomado? La busqué entre los abetos. El suelo cubierto de hojas secas de bambú no ofrecía rastros. Mi oído no percibió otro sonido que el de los estertores del hombre que agonizaba.

Tal vez al comenzar el combate la mujer había huido a través del bosque en busca de socorro. Ahora ustedes deben tener en cuenta que lo que estaba en juego era mi vida: apoderándome de las armas del muerto retomé el camino hacia la carretera. ¿Qué sucedió después? No vale la pena contarlo. Diré apenas que antes de entrar en la capital vendí la espada. Tarde o temprano sería colgado, siempre lo supe. Condénenme a morir. (Gesto de arrogancia.)

Confesión de una mujer que fue al templo de Kiyomizu

-Después de violarme, el hombre del kimono azul miró burlonamente a mi esposo, que estaba atado. ¡Oh, cuánto odio debió sentir mi esposo! Pero sus contorsiones no hacían más que clavar en su carne la cuerda que lo sujetaba. Instintivamente corrí, mejor dicho, quise correr hacia él. Pero el bandido no me dio tiempo, y arrojándome un puntapié me hizo caer. En ese instante, vi un extraño resplandor en los ojos de mi marido… un resplandor verdaderamente extraño… Cada vez que pienso en esa mirada, me estremezco. Imposibilitado de hablar, mi esposo expresaba por medio de sus ojos lo que sentía. Y eso que destellaba en sus ojos no era cólera ni tristeza. No era otra cosa que un frío desprecio hacia mí. Más anonadada por ese sentimiento que por el golpe del bandido, grité alguna cosa y caí desvanecida.

No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que recuperé la conciencia El bandido había desaparecido y mi marido seguía atado al pie del abeto. Incorporándome penosamente sobre las hojas secas, miré a mi esposo: su expresión era la misma de antes: una mezcla de desprecio y de odio glacial. ¿Vergüenza? ¿Tristeza? ¿Furia? ¿Cómo calificar a lo que sentía en ese momento? Terminé de incorporarme, vacilante; me aproximé a mi marido y le dije:

-Takehiro, después de lo que he sufrido y en esta situación horrible en que me encuentro, ya no podré seguir contigo. ¡No me queda otra cosa que matarme aquí mismo! ¡Pero también exijo tu muerte! Has sido testigo de mi vergüenza! ¡No puedo permitir que me sobrevivas!

Se lo dije gritando. Pero él, inmóvil, seguía mirándome como antes, despectivamente. Conteniendo los latidos de mi corazón, busqué la espada de mi esposo. El bandido debió llevársela, porque no pude encontrarla entre la maleza. El arco y las flechas tampoco estaban. Por casualidad, encontré cerca mi puñal. Lo tomé, y levantándolo sobre Takehiro, repetí:

-Te pido tu vida. Yo te seguiré.

Entonces, por fin movió los labios. Las hojas secas de bambú que le llenaban la boca le impedían hacerse escuchar. Pero un movimiento de sus labios casi imperceptible me dio a entender lo que deseaba. Sin dejar de despreciarme, me estaba diciendo: «Mátame».

Semiconsciente, hundí el puñal en su pecho, a través de su kimono.

Y volví a caer desvanecida. Cuando desperté, miré a mi alrededor. Mi marido, siempre atado, estaba muerto desde hacía tiempo. Sobre su rostro lívido, los rayos del sol poniente, atravesando los bambúes que se entremezclaban con las ramas de los abetos, acariciaban su cadáver. Después… ¿qué me pasó? No tengo fuerzas para contarlo. No logré matarme. Apliqué el cuchillo contra mi garganta, me arrojé a una laguna en el valle… ¡Todo lo probé! Pero, puesto que sigo con vida, no tengo ningún motivo para jactarme. (Triste sonrisa.) Tal vez hasta la infinitamente misericorde Bosatsu abandonaría a una mujer como yo. Pero yo, una mujer que mató a su esposo, que fue violada por un bandido… qué podía hacer. Aunque yo… yo… (Estalla en sollozos.)

Lo que narró el espíritu por labios de una bruja

-El salteador, una vez logrado su fin, se sentó junto a mi mujer y trató de consolarla por todos los medios. Naturalmente, a mí me resultaba imposible decir nada; estaba atado al pie del abeto. Pero la miraba a ella significativamente, tratando de decirle: «No lo escuches, todo lo que dice es mentira». Eso es lo que yo quería hacerle comprender. Pero ella, sentada lánguidamente sobre las hojas muertas de bambú, miraba con fijeza sus rodillas. Daba la impresión de que prestaba oídos a lo que decía el bandido. Al menos, eso es lo que me parecía a mí. El bandido, por su parte, escogía las palabras con habilidad. Me sentí torturado y enceguecido por los celos. Él le decía: «Ahora que tu cuerpo fue mancillado tu marido no querrá saber nada de ti. ¿No quieres abandonarlo y ser mi esposa? Fue a causa del amor que me inspiraste que yo actué de esta manera». Y repetía una y otra vez semejantes argumentos. Ante tal discurso, mi mujer alzó la cabeza como extasiada. Yo mismo no la había visto nunca con expresión tan bella. ¡Y qué piensan ustedes que mi tan bella mujer respondió al ladrón delante de su marido maniatado! Le dijo: «Llévame donde quieras». (Aquí, un largo silencio.)

Pero la traición de mi mujer fue aún mayor. ¡Si no fuera por esto, yo no sufriría tanto en la negrura de esta noche! Cuando, tomada de la mano del bandolero, estaba a punto de abandonar el lugar, se dirigió hacia mí con el rostro pálido, y señalándome con el dedo a mí, que estaba atado al pie del árbol, dijo: «¡Mata a ese hombre! ¡Si queda vivo no podré vivir contigo!». Y gritó una y otra vez como una loca: «¡Mátalo! ¡Acaba con él!». Estas palabras, sonando a coro, me siguen persiguiendo en la eternidad. ¡Acaso pudo salir alguna vez de labios humanos una expresión de deseos tan horrible! ¡Escuchó o ha oído alguno palabras tan malignas! Palabras que… (Se interrumpe, riendo extrañamente.)

Al escucharlas hasta el bandido empalideció. «¡Acaba con este hombre!». Repitiendo esto, mi mujer se aferraba a su brazo. El bandido, mirándola fijamente, no le contestó. Y de inmediato la arrojó de una patada sobre las hojas secas. (Estalla otra vez en carcajadas.) Y mientras se cruzaba lentamente de brazos, el bandido me preguntó: «¿Qué quieres que haga? ¿Quieres que la mate o que la perdone? No tienes que hacer otra cosa que mover la cabeza. ¿Quieres que la mate?…»

Solamente por esa actitud, yo habría perdonado a ese hombre. (Silencio.)

Mientras yo vacilaba, mi esposa gritó y se escapó, internándose en el bosque. El hombre, sin perder un segundo, se lanzó tras ella, sin poder alcanzarla. Yo contemplaba inmóvil esa pesadilla. Cuando mi mujer se escapó, el bandido se apoderó de mis armas, y cortó la cuerda que me sujetaba en un solo punto. Y mientras desaparecía en el bosque, pude escuchar que murmuraba:

«Esta vez me toca a mí». Tras su desaparición, todo volvió a la calma. Pero no. «¿Alguien llora?», me pregunté. Mientras me liberaba, presté atención: eran mis propios sollozos los que había oído. (La voz calla, por tercera vez, haciendo una larga pausa.)

Por fin, bajo el abeto, liberé completamente mi cuerpo dolorido. Delante mío relucía el puñal que mi esposa había dejado caer. Asiéndolo, lo clavé de un golpe en mi pecho. Sentí un borbotón acre y tibio subir por mi garganta, pero nada me dolió. A medida que mi pecho se entumecía, el silencio se profundizaba. ¡Ah, ese silencio! Ni siquiera cantaba un pájaro en el cielo de aquel bosque. Sólo caía, a través de los bambúes y los abetos, un último rayo de sol que desaparecía… Luego ya no vi bambúes ni abetos. Tendido en tierra, fui envuelto por un denso silencio. En aquel momento, unos pasos furtivos se me acercaron. Traté de volver la cabeza, pero ya me envolvía una difusa oscuridad. Una mano invisible retiraba dulcemente el puñal de mi pecho. La sangre volvió a llenarme la boca. Ese fue el fin. Me hundí en la noche eterna para no regresar..

El pulpo que no murió, Sakutaro Hagiwara

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Un pulpo que agonizaba de hambre fue encerrado en un acuario por muchísimo tiempo. Una pálida luz se filtraba a través del vidrio y se difundía tristemente en la densa sombra de la roca. Todo el mundo se olvidó de este lóbrego acuario. Se podía suponer que el pulpo estaba muerto y sólo se veía el agua podrida iluminada apenas por la luz del crepúsculo. Pero el pulpo no había muerto. Permanecía escondido detrás de la roca. Y cuando despertó de su sueño tuvo que sufrir un hambre terrible, día tras día en esa prisión solitaria, pues no había carnada alguna ni comida para él. Entonces comenzó a comerse sus propios tentáculos. Primero uno, después otro. Cuando ya no tenía tentáculos comenzó a devorar poco a poco sus entrañas, una parte tras otra.

En esta forma el pulpo terminó comiéndose todo su cuerpo, su piel, su cerebro, su estómago; absolutamente todo.

Una mañana llegó un cuidador, miró dentro del acuario y sólo vio el agua sombría y las algas ondulantes. El pulpo prácticamente había desaparecido.

Pero el pulpo no había muerto. Aún estaba vivo en ese acuario mustio y abandonado. Por espacio de siglos, tal vez eternamente, continuaba viva allí una criatura invisible, presa de horrendas escasez e insatisfacción.

El incendio, Natsume Soseki

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Sin aliento, me detuve y miré hacia arriba. Las chispas del incendio revoloteaban sobre mi cabeza. Desde un cielo limpio y helado, llegaban centenares de pequeñas virutas de fuego que, de repente, se desvanecían. Pero al instante eran sustituidas por otras chispas aún más rojas y vivas que las anteriores. Por todo el cielo, diminutos puntos rojos volaban, revoloteaban y se perseguían para de pronto desaparecer. Busqué de dónde provenía el fuego y pude ver como un chorro de luz se dispersaba por el cielo, alumbrando toda esa parte. A unos cuantos metros se hallaba un templo bastante grande con una escalera de piedra. A la mitad de la escalera se erguía un abeto de tronco grueso que, serenamente, extendía sus ramas hacia la noche. Se veía mucho más alto que el muro de adobe. El fuego surgía de atrás; por tanto, el tronco negro y las ramas inmóviles del abeto parecían ennegrecerse aún más, mientras que el resto era de un rojo intenso. Pensé que seguramente el foco del incendio estaría por arriba del muro de adobe. Si avanzaba unos cien metros y luego, doblando a la izquierda, subía la pendiente, podría llegar al lugar del incendio.

Volví a caminar, ahora con más prisa. Pero mucha gente hacía lo mismo; me alcanzaban y gritaban algo al sobrepasarme. La calle oscura se había animado de pronto. Al llegar al pie de la pendiente, me di cuenta de que era muy empinada y además ahora estaba invadida de curiosos. Las llamas se elevaban con fuerza en la cima de la rampa. Si me metía en la corriente, sin duda alguna me arrastraría hacia arriba, y seguramente, antes de que pudiera dar marcha atrás, quedaría achicharrado por las brasas.

Unos cincuenta metros más allá había otra cuesta más grande que también doblaba a la izquierda. Pensé que sería mucho más fácil y seguro subir por ella. Me dirigí hacia allá esquivando a la gente que iba en esa dirección. Cuando, al fin, pude llegar a la esquina, escuché las frenéticas campanadas del carro de bomberos de tracción animal que había irrumpido por el otro lado. Amenazando con atropellar a quien no se apartara de su camino, el coche avanzó a toda carrera entre la muchedumbre. En un momento dado, el sonido de los cascos sonó fuertemente, y el pescuezo del caballo dobló hacia la cuesta. El caballo echaba espuma por la boca; inclinó hacia adelante las puntiagudas orejas, y emparejando las patas delanteras dio un tirón y arrancó cuesta arriba. Su cuerpo pasó rozando el farol que sostenía un hombre con una túnica corta. El pelaje del caballo brilló como si fuera de terciopelo. Las gruesas ruedas de color bermellón pasaron casi pisándome la punta de los pies. El carro siguió su camino cuesta arriba a toda velocidad.

Al llegar a la mitad de la cuesta, vi que las llamas ahora se inclinaban hacia atrás, en diagonal. Cuando llegara a la cima tendría que avanzar hacia la izquierda. Busqué un callejón por ese lado y encontré una calle estrecha. La gente me empujó hacia dentro y me di cuenta de que en esa calle ya no cabía ni una persona más. Todos gritaban a voz en cuello. Sin duda alguna el incendio estaba para ese lado.

Al cabo de unos diez minutos, pude salir del callejón a una calle relativamente más ancha, que también estaba abarrotada de gente. Al salir del callejón, me encontré con el carro de bomberos que momentos antes se había lanzado cuesta arriba. Estaba allí inmóvil delante de mis ojos. El caballo lo había traído hasta aquí, pero la esquina de enfrente le cerraba el paso. No podía acercarse más, y no le quedaba más remedio que quedarse allí mirando las llamas que ardían frente a sus narices.

La gente que llegaba preguntaba a gritos: «¿Dónde es? ¿Dónde es?». Los otros le respondían: «¡Allá, para allá!». Pero ni los unos ni los otros podían llegar al lugar del incendio. Las llamas habían crecido aún más y ahora parecían querer lamer el cielo entero.

Al día siguiente, a mediodía, salí a dar una vuelta y, de pasada, por curiosidad, quise ver como había quedado el barrio después del incendio. Subí la cuesta, entré por la angosta calle y desemboqué en la esquina donde había quedado el coche de bomberos la noche anterior. Doblé la esquina y caminé un buen trecho mirando los alrededores. Para mi sorpresa, las casas de aquella zona parecían estar pasando el invierno muy tranquilas y silenciosas. No había ningún espacio hecho cenizas. Donde parecía que las llamas deberían haber causado estragos, solo se veía una hilera de hermosos cedros. Y del otro lado del seto se escuchaba el sonido tenue de un arpa japonesa.

Pantano, Ryunosuke Akutagawa

image001Camino a orillas de un pantano.

No sé si es de día o de noche. Sólo alcanzo a escuchar el canto de una garza azul, oculta en algún sitio, y apenas vislumbro el cielo, a medias iluminado, entre las copas de los árboles cubiertas por la hiedra.

Cañas que superan mi estatura cubren, como con cautela, la superficie del pantano. El agua, las plantas acuáticas, todo está inmóvil, al igual que los peces que se esconden allá en las profundidades —¿O será acaso que no hay peces en este lugar?

No sé si es de día o de noche. Durante los últimos cinco o seis días sólo he estado caminando a orillas de este pantano. Una vez, el aroma del agua y las cañas, mezclado con la luz fría del alba, me envolvió por completo. También recuerdo que en otra ocasión el croar de las ranas fue despertando una tras otra las estrellas que se habían quedado dormidas entre las copas cubiertas de hiedra.

Estoy caminando a orillas de un pantano.

Cañas que superan mi estatura cubren, como con cautela, la superficie del pantano. Desde hace mucho tiempo yo sabía que existía un mundo fabuloso más allá de esa tupida cortina de cañas. En este instante, desde aquel apartado lugar me llega a los oídos, sin cesar, la melodía Invitación au Voyage. Ahora que la escucho, también creo percibir, en medio del aroma que emana del agua y de las cañas, la dulce fragancia de miel irradiada por la tonada de “La flor de nomeolvides de Sumatra”.

No sé si es de día o de noche. Durante los últimos cinco o seis días he caminado en estado de ensoñación entre los árboles cubiertos por la hiedra, añorando ese mundo fabuloso. Sin embargo, es hora ya de tomar la decisión de avanzar hacia el fondo del pantano en busca de “la flor de nomeolvides de Sumatra”, pues desde esta orilla sólo se alcanza a vislumbrar la superficie serena del agua entre las cañas. Por fortuna, hay un sauce viejo en medio de las cañas, con la mitad de las ramas a ras del agua. Desde allí me podré lanzar sin dificultad alguna hacia el fondo del pantano, donde me debe aguardar ese mundo fabuloso.

Al fin, me he lanzado con temeridad desde el sauce hacia el fondo del pantano.

He escuchado los susurros de las altas cañas en el aire, los murmullos del agua, el temblor de las plantas acuáticas. Los árboles cubiertos de hiedra, que cobijan a las ranas que no cesan de croar, parecieran estremecerse en estado de alerta. Mientras me voy hundiendo como una pesada roca hacia el fondo, tengo la sensación de que un enjambre de llamas azules revolotea vertiginosamente a mi alrededor.

No sé si es de día o de noche.

Mi cadáver yace sobre el lodo viscoso que se extiende en el fondo del pantano. A su alrededor y hasta donde alcanza la vista sólo se ve agua azul. ¿Me he equivocado al suponer que existía un mundo fabuloso bajo la superficie del agua? Quizá la melodía Invitación au Voyage la emitían las hadas ocultas en el pantano con el único propósito de atraparme con sus artimañas. Sin darme tiempo para extraer alguna conclusión, un tallo fino comienza a crecer, con asombrosa rapidez, desde la boca de mi cadáver. Tan pronto como alcanza la superficie, un capullo fresco se abre y deja ver una hermosa flor de nenúfar en medio de las cañas que cubrían el pantano impregnado por el aroma de las plantas acuáticas.

Así que éste es el mundo fabuloso que tanto he añorado —con esta reflexión, mi cadáver permite boca arriba con la mirada fija en la flor de nenúfar, que semeja una joya flotante allá en la superficie.

Rostros, YASUNARI KAWABATA

1Desde los seis o siete años hasta que tuvo catorce o quince, no había dejado de llorar en escena. Y junto con ella, la audiencia lloraba también muchas veces. La idea de que el público siempre lloraría si ella lo hacía fue la primera visión que tuvo de la vida. Para ella, las caras se aprestaban a llorar indefectiblemente, si ella estaba en escena. Y como no había un solo rostro que no comprendiera, el mundo para ella se presentaba con un aspecto fácilmente comprensible. No había ningún actor en toda la compañía capaz de hacer llorar a tantos en la platea como lo lograba esa pequeña actriz.

A los dieciséis, dio a luz a una niña.

—No se parece a mí. No es mi hija. No tengo nada que ver con ella —dijo el padre de la criatura.

—Tampoco se parece a mí —dijo la joven—. Pero es mi hija.

Ese rostro fue el primero al que no pudo comprender. Y sabrán que su vida como niña actriz se acabó cuando tuvo a su hija. Entonces se dio cuenta de que había un gran foso entre el escenario donde lloraba y desde donde hacía llorar a la audiencia, y el mundo real. Cuando se asomó a ese foso, vio que era negro como la noche. Incontables rostros incomprensibles, como el de su propia hija, emergían de la oscuridad.

En algún lugar del camino se separó del padre de su niña.

Y con el paso de los años, empezó a creer que el rostro de la niña se parecía al del padre.

Con el tiempo, las actuaciones de su hija hicieron llorar al público, tal como lo hacía ella de joven.

Se separó también de su hija, en algún lugar del camino.

Más tarde, empezó a pensar que el rostro de su hija se parecía al suyo.

Unos diez años más tarde, la mujer finalmente se encontró con su propio padre, un actor ambulante, en un teatro de pueblo. Y allí se enteró del paradero de su madre.

Fue hacia ella. Apenas la vio, se puso a llorar. Sollozando se aferró a ella. Al hallar a su madre, por primera vez en la vida lloraba de verdad.

El rostro de la hija que había abandonado por el camino era una réplica exacta del de su propia madre. Pero ella no se parecía a su madre, así como ella y su hija no se asemejaban en nada. Pero la abuela y la nieta eran como dos gotas de agua.

Mientras lloraba sobre el pecho de su madre, supo qué era realmente llorar, eso que hacía cuando era una niña actriz.

Ahora, con corazón de peregrino en tierra sagrada, la mujer se volvió a reunir con su compañía, con la esperanza de reencontrarse en algún lugar con su hija y el padre de su hija, y contarles lo que había aprendido sobre los rostros.

 

MOMOTARO, Cuento popular japonés

10551101_754973381207609_2641830956796916200_nUna vez, hace mucho tiempo, en un pueblecito de la montaña, un hombre muy viejo y una mujer muy vieja vivían en una solitaria cabaña de leñador.

Un día que había salido el sol y el cielo estaba azul, el viejo fue en busca de leña y la anciana bajó a lavar al arroyo estrecho y claro, que corre por las colinas…¿Y qué es lo que vieron? Flotando sobre el agua y solo en la corriente, un gran melocotón. La mujer exclamó:

-¡Anciano, abre con tu cuchillo ese melocotón!

¡Qué sorpresa! ¿Qué es lo que vieron? Dentro estaba Momotaro, un hermoso niño. Se llevaron a su casa a Momotaro, que se crió muy fuerte. Siempre estaba corriendo, saltando y peleándose para divertirse, y cada vez crecía más y se hacía más corpulento que los otros niños del pueblo.

En el pueblo todos se lamentaban:

-¿Quién nos salvará de los Demonios y de los Genios y de los terribles monstruos?

-Yo seré quien los venza -dijo un día Momotaro-. Yo iré a la isla de los Genios y los venceré.

-¡Denle una armadura! -dicen todos-. Y déjenlo ir.

Con un estandarte enarbolado va Momotaro a la isla de los Genios. Va provisto de comida para mantener su fortaleza.

Por el camino se encuentra a un Perro que le dice:

-¡Guau, guau, guau! ¿Adónde te diriges? ¿Me dejas ir contigo? Si me das comida, yo te ayudaré a vencer a los Demonios.

-¡Ki, ki, kia, kia! -dice el Mono-. ¡Momotaro, eh, Momotaro, dame comida y déjame ir contigo! ¡Les daremos su merecido!

-¡Kian, kian! -dice el Faisán-. ¡Dame comida e iré con ustedes a la isla de los Genios y los Demonios para vencerlos!

Momotaro, con el Perro y el Mono y también con el Faisán, se hace a la vela para ir al encuentro de los Genios y derrotarlos. Pero la isla de los Demonios está muy lejos y el mar, embravecido.

El Mono desde el mástil grita:

-¡Adelante, a toda marcha!

-¡Guau, guau, guau! -se oye desde la popa.

Y en el cielo se oye:

-¡Kian, kian!

Nuestro capitán no es otro que el valiente Momotaro. Desde lo alto del cielo el Faisán espía la isla y avisa:

-¡El guardián se ha dormido! ¡Adelante!

-¡Mono, salta la muralla! ¡Vamos, prepárense!

Y grita:

-¡Eh, ustedes, Demonios, Diablos, aquí estamos! ¡Salgan! ¡Aquí estamos para vencerlos, Genios!

El Faisán con su pico, el Perro con los dientes, el Mono con las uñas y Momotaro con sus brazos, luchan denodadamente.

Los Genios y los Demonios, al verse perdidos, se lamentan y dicen:

-¡Nos rendimos! ¡Nos rendimos! Sabemos que hemos sido muy malos, nunca más volveremos a serlo. Les devolveremos el tesoro y todas las riquezas.

Sobre una carreta cargan el tesoros y todo lo que había en poder de los Genios. El Perro tira de ella, el Mono empuja por detrás y el Faisán les indica el camino. Y Momotaro, sentado encima, entra en su pueblo donde todos lo aclaman por vencedor.

El buey y el boyero. Cuento zen sobre el zen

image0011. La búsqueda del buey. Cuando salió en busca del buey, que nunca estuvo perdido, el boyero se alejó de sí mismo y acabó extraviado en lugares desconocidos. “En un yermo infinito, el boyero camina sólo entre las hierbas en busca de su buey”.

2. Encontrar las huellas. Después de escuchar la enseñanza, el boyero ha aprendido parte de la verdad. Ha encontrado las huellas. “Las huellas del buey están agrupadas aquí y allá, bajo los árboles a la orilla del agua”.

3. La visión del buey. El boyero, tras escuchar el bramido, ve al buey de repente y al contemplarlo se percibe a sí mismo. “El canto del ruiseñor se estremece en la copa de los árboles…Ya no existe un lugar donde el buey pueda esconderse”.

4. Capturar al buey. Por primera vez el boyero se topa con el buey que estaba oculto en el yermo. Pero el buey se siente bien allí y el boyero deberá domarlo para conducirlo al establo. “El boyero, tras muchos esfuerzos, ha capturado al buey. Ni por momento debe soltar las riendas”.

5. Domar al buey. Ningún pensamiento debe enturbiar la mente del boyero, sin vacilación ha de sostener las riendas. “El boyero no debe dejar ni por un momento el látigo o las riendas, pues, de otro, modo el buey saldría de estampida levantando una nube de polvo”.

6. El retorno montado sobre el buey. El combate ha terminado. El boyero toca la flauta y canta montado sobre el buey que camina ya sin riendas. “El boyero conduce al buey al establo, lenta y delicadamente”.

7. Desaparece el buey y sólo queda el boyero. La dualidad ha desaparecido, el buey sólo era el anzuelo para alcanzar el secreto. “El boyero ha vuelto a casa con el buey. Ya no hay ningún buey. El boyero se sienta sin hacer nada”.

8. Olvido del buey y el boyero. Los deseos han sido olvidados y el significado de la santidad se ha quedado vacío. “Lo sagrado y lo profano han desaparecido, el camino se termina sin dejar rastro”

9. Regreso al origen. Desde el principio era puro. Sentado contempla el cambio de las cosas. “Con el regreso al fondo, al origen, el boyero lo ha completado todo”.

10. Vuelta al mercado. La puerta de la cabaña nadie podría descubrirla, está sepultada al igual que su naturaleza iluminada. A veces pasea por el mercado o visita las tabernas para hacer que los borrachos despierten a sí mismos.“Entra en el mercado descalzo y con el pecho descubierto… Sin tener que humillarse obrando prodigios, de pronto hace florecer árboles marchitos”.

El hombre de Hielo, Haruki Murakami

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Me casé con un hombre de hielo.
Lo vi por primera vez en un hotel para esquiadores, que es quizá el sitio indicado para conocer a alguien así. El lobby estaba lleno de jóvenes bulliciosos pero el hombre de hielo permanecía sentado a solas en una butaca en la esquina más alejada de la chimenea, absorto en un libro. Pese a que era cerca de mediodía, la luz diáfana y fría de esa mañana de principios de invierno parecía demorarse a su alrededor.
—Mira, un hombre de hielo —susurró mi amiga.
En ese momento, sin embargo, yo no tenía la menor idea de lo que era un hombre de hielo. A mi amiga le sucedía lo mismo:
—Debe estar hecho de hielo. Por eso lo llaman así. —Dijo esto con una expresión grave, como si hablara de un fantasma o de alguien que padeciera una enfermedad contagiosa.
El hombre de hielo era alto y aparentemente joven pero en su cabello grueso, similar al alambre, había zonas de blancura que hacían pensar en parches de nieve sin derretir. Sus pómulos eran angulosos, como piedra congelada, y sus dedos estaban rodeados por una escarcha que daba la impresión de que nunca se fundiría. Por lo demás, no obstante, parecía un hombre común y corriente.
No era lo que se dice guapo aunque uno notaba que podía ser muy atractivo, dependiendo del modo en que se le observara. En cualquier caso, algo en él me conmovió hasta lo más profundo, algo que sentí se localizaba en sus ojos más que en ninguna otra parte. Silenciosa y transparente, su mirada evocaba las astillas de luz que atraviesan los carámbanos en una mañana invernal. Era como el único destello de vida en un cuerpo artificial.
Me quedé inmóvil por un tiempo, espiando al hombre de hielo a la distancia. No alzó la vista. Continuó sentado sin inmutarse, enfrascado en su libro como si no hubiera nadie en torno suyo.
A la mañana siguiente el hombre de hielo se hallaba otra vez en el mismo lugar, leyendo un libro de la misma manera. Cuando fui al comedor para el almuerzo, y cuando regresé de esquiar con mis amigos al atardecer, aún estaba ahí, fijando la misma mirada en las páginas del mismo libro. Al día siguiente no hubo cambios. Incluso al caer el sol, y mientras la oscuridad ganaba terreno, permaneció en su butaca con la quietud de la escena invernal al otro lado de la ventana.
La tarde del cuarto día inventé alguna excusa para no salir a esquiar. Me quedé sola en el hotel y vagué un rato por el lobby, desierto como un pueblo fantasma. El aire era cálido y húmedo y la estancia tenía un olor curiosamente abatido: el olor de la nieve adherida a la suela de los zapatos que ahora se derretía frente a la chimenea. Miré por los ventanales, hojeé uno o dos periódicos y luego, armándome de valor, me dirigí al hombre de hielo y le hablé.
Tiendo a ser tímida con extraños, y salvo que haya una buena razón no acostumbro platicar con gente que no conozco. Pero pese a todo me sentí impelida a hablar con el hombre de hielo. Era mi última noche en el hotel, y temía que si dejaba pasar la oportunidad nunca volvería a conversar con alguien así.
—¿No esquías? —le pregunté del modo más casual que pude.
Alzó el rostro con lentitud, como si hubiera oído un ruido lejano, y me miró con esos ojos. Después negó con la cabeza.
—No esquío —dijo—. Me gusta sentarme aquí a leer y observar la nieve.
Encima de él las palabras formaron nubes blancas semejantes a los globos de un cómic. De hecho pude ver las palabras en la atmósfera, hasta que las borró con un dedo escarchado.
No supe qué decir a continuación. Me sonrojé y me quedé inmóvil. El hombre de hielo me vio a los ojos y pareció esbozar una sonrisa tenue.
—¿Quieres sentarte? —preguntó—. Te intereso, ¿verdad? Quieres saber qué es un hombre de hielo. —Rió—. Tranquila, no hay por qué preocuparse. No vas a resfriarte sólo por hablar conmigo.
Nos sentamos juntos en un sofá en un rincón del lobby y vimos danzar los copos de nieve a través de la ventana. Pedí un chocolate caliente y lo bebí, pero él no ordenó nada. Al parecer era tan torpe como yo a la hora de entablar una conversación. No sólo eso, sino que daba la impresión de que no teníamos ningún tema en común. Al principio hablamos del clima. Luego, del hotel.
—¿Estás solo? —le pregunté.
—Sí —contestó. Después preguntó si me gustaba esquiar.
—No mucho —dije—. Vine únicamente porque mis amigos insistieron. De hecho casi no esquío.
Había tantas cosas que quería saber. ¿Realmente su cuerpo era de hielo? ¿Qué comía? ¿Dónde pasaba los veranos? ¿Tenía familia? Cosas por el estilo. Pero el hombre de hielo no habló de sí mismo, y yo me abstuve de hacerle preguntas personales.
En lugar de eso, habló de mí. Sé que es difícil creerlo, pero de alguna manera sabía todo sobre mí. Sabía quiénes eran los miembros de mi familia; sabía mi edad, mis preferencias y aversiones, mi estado de salud, a qué escuela iba, qué amigos frecuentaba. Sabía incluso cosas que me habían ocurrido hacía tanto tiempo que hasta las había olvidado.
—No entiendo —dije, confundida. Me sentía como si estuviera desnuda ante un extraño—. ¿Cómo sabes tanto de mí? ¿Puedes leer la mente?
—No, no puedo leer la mente ni nada parecido. Sólo sé —respondió—. Sólo sé. Es como si mirara con fuerza dentro del hielo: cuando te miro así, de pronto veo perfectamente cosas acerca de ti.
—¿Puedes ver mi futuro? —le pregunté.
—No puedo ver el futuro —dijo con calma—. El futuro no me puede interesar para nada; para ser más preciso, no sé qué significa. Eso es porque el hielo no tiene futuro; todo lo que posee es el pasado que encierra. El hielo es capaz de preservar las cosas de esa forma: limpia y clara y tan vívidamente como si aún existieran. Ésa es la esencia del hielo.
—Qué bonito —dije, y sonreí—. Me alegra escucharlo. A fin de cuentas, lo cierto es que no me importa averiguar mi futuro.
Nos volvimos a encontrar en varias ocasiones, una vez que regresamos a la ciudad. A la larga comenzamos a salir. No íbamos al cine, sin embargo, ni a tomar café. Ni siquiera íbamos a restaurantes. Era raro que el hombre de hielo comiera algo. En lugar de eso, solíamos sentarnos en una banca en el parque a hablar de distintas cosas: de todo salvo de él.
—¿Por qué? —le pregunté un día—. ¿Por qué no hablas de ti? Quiero conocerte mejor. ¿Dónde naciste? ¿Cómo son tus padres? ¿Cómo te convertiste en un hombre de hielo?
Me observó un rato y luego sacudió la cabeza.
—No lo sé —dijo nítida, serenamente, exhalando una bocanada de palabras blancas—. Conozco la historia de todo lo demás, pero yo carezco de pasado.
No sé dónde nací ni cómo eran mis padres; ni siquiera sé si los tuve. Ignoro qué tan viejo soy; ignoro, aun más, si tengo edad.
El hombre de hielo era tan solitario como un iceberg en la noche oscura.
Me enamoré perdidamente del hombre de hielo. Él me amaba tal como era: en el presente, sin ningún futuro. Yo, por mi parte, lo amaba tal como era: en el presente, sin ningún pasado. Incluso empezamos a hablar de matrimonio.
Yo acababa de cumplir veinte años y él era mi primer amor real. En aquella época ni siquiera podía imaginar qué significaba amar a un hombre de hielo. Pero dudo que haberme enamorado de un hombre común hubiera aclarado mi noción del amor.
Mi madre y mi hermana mayor se oponían con firmeza a que me casara con él.
—Estás muy joven para casarte —decían—. Además, no sabes nada de su vida. Vaya, no sabes dónde ni cuándo nació. ¿Cómo decirles a nuestros parientes que te casarás con alguien así? Por si fuera poco, hablamos de un hombre de hielo: ¿qué vas a hacer si de pronto se derrite? Parece que ignoras que el matrimonio implica un compromiso auténtico.
Sus preocupaciones, no obstante, eran infundadas. Al fin y al cabo, un hombre de hielo no está hecho verdaderamente de hielo. Por más calor que haga no se va a fundir. Se le llama así porque su cuerpo es frío como el hielo pero su constitución es distinta, y no es la clase de frialdad que roba la calidez de la gente.
De modo que nos casamos. Nadie bendijo la unión, ningún amigo o pariente compartió nuestra alegría. No hubo ceremonia, y a la hora de anotar mi nombre en su registro familiar, bueno, resultó que el hombre de hielo no tenía. Así que simplemente decidimos que estábamos casados. Compramos un pequeño pastel y lo comimos juntos: ésa fue nuestra modesta boda.
Rentamos un departamento diminuto, y el hombre de hielo comenzó a ganarse la vida en un depósito de carne congelada. Podía soportar las más bajas temperaturas, y por mucho que trabajara nunca se sentía exhausto. Le caía muy bien al patrón, que le pagaba mejor que al resto de los empleados. Llevábamos una rutina feliz, sin molestar y sin que nos molestaran.
Cuando él me hacía el amor, en mi mente aparecía un trozo de hielo que estaba segura existía en algún sitio en medio de una soledad imperturbable. Pensaba que quizá él sabía dónde se hallaba. Era un pedazo de hielo duro, tanto que yo imaginaba que nada podía igualar su dureza. Era el trozo de hielo más grande del orbe. Se encontraba en un lugar muy lejano, y el hombre de hielo transmitía la memoria de esa gelidez tanto a mí como al mundo.
Al principio me sentía turbada cuando él me hacía el amor, aunque al cabo de un tiempo me acostumbré. Incluso me empezó a agradar el sexo con el hombre de hielo. De noche compartíamos en silencio esa enorme mole congelada en la que cientos de millones de años —todos los pasados del mundo— se almacenaban.
En nuestro matrimonio no había problemas de consideración. Nos amábamos profundamente, nada se interponía entre nosotros. Queríamos tener un hijo, algo que se antojaba imposible tal vez porque los genes humanos no se mezclan fácilmente con los de un hombre de hielo. En cualquier caso, fue en parte debido a la ausencia de hijos que de golpe me vi con tiempo de sobra. Terminaba con todas las labores hogareñas por la mañana y después no tenía nada qué hacer. No había amigos con los que pudiera platicar o salir y tampoco congeniaba con los vecinos del barrio.
Mi madre y mi hermana aún estaban furiosas conmigo por haberme casado con el hombre de hielo y no daban señales de querer verme de nuevo. Y pese a que, con el paso de los meses, la gente a nuestro alrededor empezó a platicar con él de vez en cuando, en lo más hondo de sus corazones todavía no aceptaban al hombre de hielo ni a mí, que lo había desposado. Éramos distintos a ellos, y ni todo el tiempo del mundo podría salvar el abismo que nos separaba.
Así que mientras el hombre de hielo trabajaba yo me quedaba en el departamento, leyendo libros o escuchando música. Sea como sea prefiero por lo general estar en casa, y no me importa la soledad. Pero aún era joven, y hacer lo mismo día tras día comenzó a incomodarme a la larga. Lo que dolía no era el tedio sino la repetición.
Por eso un día le dije a mi marido:
—¿Qué tal si para variar viajamos a algún lado?
—¿Un viaje? —contestó. Entrecerró los ojos y me miró—. ¿Por qué se te ocurre que debemos viajar? ¿No estás contenta aquí conmigo?
—No es eso —dije—. Soy feliz. Pero estoy aburrida. Tengo ganas de viajar a un sitio lejano para ver cosas que jamás he visto. Quiero saber qué se siente respirar aire nuevo. ¿Comprendes? Además, aún no hemos tenido nuestra luna de miel. Contamos con ahorros y tus días de vacaciones se acercan. ¿No es hora de que huyamos de aquí para descansar un poco?
El hombre de hielo lanzó un suspiro glacial y profundo que se cristalizó en la atmósfera con un sonido tintineante. Entrelazó sus largos dedos sobre las rodillas y dijo:
—Bueno, si en serio te mueres por viajar no tengo nada en contra. Iré a donde sea si eso te hace feliz. Pero ¿sabes a dónde quieres ir?
—¿Qué tal si vamos al Polo Sur? —dije. Elegí el Polo Sur porque estaba segura de que al hombre de hielo le interesaría visitar un lugar frío. Y, para ser sincera, siempre había querido viajar ahí. Quería vestir un abrigo de pieles con capucha, ver la aurora austral y una bandada de pingüinos.
Al oír esto mi esposo me vio directamente a los ojos, sin parpadear, y yo sentí como si una afilada estalactita me taladrara hasta la parte trasera del cráneo. Permaneció un rato en silencio y al fin dijo, con voz fulgurante:
—De acuerdo, si eso es lo que quieres, vamos al Polo Sur. ¿Estás absolutamente convencida de que es lo que deseas?
Fui incapaz de responder de inmediato. El hombre de hielo me había clavado su mirada durante tanto tiempo que sentía adormecido el interior de mi cabeza. Luego asentí.
Con el tiempo, sin embargo, fui arrepintiéndome de haber propuesto la idea de viajar al Polo Sur. Ignoro por qué, pero me dio la impresión de que en cuanto mencioné las palabras “Polo Sur” algo cambió dentro de mi marido. Sus ojos se aguzaron, su aliento comenzó a salir más blanco, la escarcha de sus dedos aumentó. Ya casi no hablaba conmigo, y dejó de comer por completo. Todo ello me hizo sentir muy insegura.
Cinco días antes de nuestra partida, me armé de valor y dije:
—Olvidémonos de visitar el Polo Sur. Ahora que lo pienso me doy cuenta de que va a hacer mucho frío, lo que quizá no es bueno para la salud. Empiezo a creer que tal vez sea mejor ir a un lugar más ordinario. ¿Qué tal Europa? Vámonos de vacaciones a España. Podemos beber vino, comer paella y ver una corrida de toros o algo así.
Pero mi esposo no me prestó atención. Durante unos minutos se quedó con la mirada perdida en el espacio. Después dijo:
—No, España no me atrae particularmente: demasiado calurosa para mí. Demasiado polvo, comida muy condimentada. Además, ya compré los boletos para el Polo Sur y hay un abrigo de pieles y botas especiales para ti. No podemos tirar todo a la basura. Ahora que llegamos tan lejos no se puede dar marcha atrás.
La verdad es que estaba asustada. Tenía la sospecha de que si íbamos al Polo Sur nos sucedería algo que seríamos incapaces de remediar. Sufría una pesadilla recurrente, siempre la misma: daba un paseo y caía en una grieta insondable que se había abierto a mis pies. Nadie me encontraría y yo me congelaría. Encerrada en el hielo, escrutaría la bóveda celeste. Estaría consciente pero no podría mover ni un dedo. Descubriría que poco a poco me transformaba en el pasado. Las personas que me observaban, que veían en lo que me había convertido, miraban el pasado. Yo era una escena que retrocedía, alejándose de ellas.
Y entonces despertaba para toparme con el hombre de hielo durmiendo junto a mí. Acostumbraba dormir sin respirar, como un difunto.
Aunque lo amaba. Yo empezaba a llorar y mis lágrimas goteaban en su mejilla y él se incorporaba para abrazarme.
—Tuve una pesadilla —le decía.
—Es sólo un sueño —me contestaba—. Los sueños vienen del pasado y no del futuro. No estás atada a ellos, tú eres quien los atas. ¿Lo entiendes?
—Sí —decía yo pese a no estar convencida.
No hallé una buena razón para cancelar el viaje, de modo que al final mi marido y yo abordamos un avión rumbo al Polo Sur. Todas las aeromozas se veían taciturnas. Yo quería admirar el paisaje por la ventanilla, pero las nubes eran tan espesas que obstaculizaban la visibilidad. Al cabo de un rato la ventanilla se cubrió con una capa de hielo. Mi esposo iba sentado en silencio, absorto en un libro. Yo no sentía ni un gramo de la excitación que implica salir de vacaciones. Actuaba como autómata, haciendo cosas que ya estaban decididas.
Al bajar por la escalerilla y tocar el suelo del Polo Sur, noté que el cuerpo de mi marido se cimbraba. Duró menos que un parpadeo, apenas medio segundo, y su expresión no varió, pero lo advertí con claridad. Algo dentro del hombre de hielo se había agitado secreta, violentamente. Se detuvo y estudió el cielo, después sus manos. Soltó un enorme suspiro. Entonces me miró y sonrió. Dijo:
—¿Es éste el sitio que querías conocer?
—Sí —respondí—. Así es.
El desamparo del Polo Sur rebasó todas mis expectativas. Casi nadie vivía ahí. Había únicamente un pueblo pequeño, anodino, con un hotel que era también, por supuesto, pequeño y anodino. El Polo Sur no era un destino turístico. No había pingüinos. No se podía ver la aurora austral. No había árboles, flores, ríos ni estanques. A dondequiera que iba sólo había hielo. El erial congelado se extendía por doquier, hasta donde alcanzaba la vista.
Mi esposo, no obstante, caminaba con entusiasmo de un lado a otro como si no tuviera suficiente. Aprendió pronto el idioma local, y platicaba con los lugareños con una voz en la que se detectaba el sordo rugido de una avalancha. Charlaba con ellos durante horas con una expresión seria en el rostro, pero yo no tenía manera de saber de qué hablaban. Sentía como si mi marido me hubiera traicionado y dejado a que me cuidara yo sola.
Ahí, en ese orbe sin palabras rodeado de hielo sólido, perdí a la larga toda mi energía. Poco a poco, poco a poco.
Al final ya no tenía ni la fuerza necesaria para enojarme. Era como si en algún punto hubiera extraviado la brújula de mis emociones. Había perdido la noción de a dónde me dirigía, la noción del tiempo, la noción de mí misma. Ignoro en qué momento esto comenzó o cuándo concluyó, pero al recobrar la conciencia me encontraba en un mundo de hielo, un invierno eterno drenado de color, cercada por mi soledad.
Aun al cabo de que me abandonaran casi todas mis sensaciones, no se me escapaba lo siguiente: en el Polo Sur mi esposo no era el mismo hombre de antes. Me atendía igual que siempre, me hablaba con cariño. Sabía que en verdad profesaba las cosas que me decía. Pero también sabía que ya no era el hombre de hielo que yo había conocido en el hotel para esquiadores.
Sin embargo, no había forma de comunicarle esto a nadie. Toda la gente del Polo Sur lo quería, y sea como sea no podían comprender ni media palabra de lo que yo expresaba. Exhalando su aliento blanco, intercambiaban bromas y discutían y cantaban canciones en su idioma mientras yo permanecía sentada en nuestra habitación, mirando un cielo gris que no daba señales de despejarse en los meses venideros. El avión que nos trajo había desaparecido mucho tiempo atrás y la pista de aterrizaje no tardó en ser cubierta por una firme capa de hielo, al igual que mi corazón.
—Ha llegado el invierno —dijo mi marido—. Será muy largo y no habrá más aviones ni barcos. Todo se ha congelado. Parece que tendremos que quedarnos aquí hasta la primavera.
Unos tres meses después de arribar al Polo Sur, caí en la cuenta de que estaba embarazada. El bebé, lo asumí desde el inicio, sería un pequeño hombre de hielo. Mi útero se había congelado, mi líquido amniótico era aguanieve. Sentía su frialdad dentro de mí. Mi hijo sería idéntico a su padre, con ojos como carámbanos y dedos escarchados. Y nuestra nueva familia jamás se mudaría del Polo Sur. El pasado perpetuo, denso más allá de todo juicio, nos tenía en su poder. Nunca nos libraríamos de él.
Ahora ya casi no me queda corazón. Mi calor se ha ido muy lejos; en ocasiones olvido que existió alguna vez. En este sitio soy la persona más solitaria del mundo. Cuando lloro, el hombre de hielo besa mi mejilla y mi llanto se endurece. Toma las lágrimas congeladas y se las lleva a la lengua.
—¿Ves cuánto te amo? —murmura.
Dice la verdad. Pero un viento que sopla desde ninguna parte arrastra sus palabras blancas hacia atrás, rumbo al pasado.

EN EL PAÍS DE LAS TINIEBLAS, Kojiki

26 c Izanagi e Izanami sobre el puente flotante del cielo. Por  Utagawa Hirosige hacia 1847, edit. Uoya EdichiEl dios Izanagi añoraba tanto a su fallecida esposa que decidió partir en su busca. Se dirigió, por tanto, al País de las Tinieblas llamado Yomi.

Cuando llegó, al ver que su esposa le abría las puertas del palacio de ese país, le dijo: —¡Ah, mi bella y amada esposa! El país que construimos juntos todavía no está del todo terminado. Vamos, regresa conmigo al mundo de los vivos.

Su esposa, Izanami, le respondió:

—¡Qué pena que no hubieras podido venir antes…! Pero ya he probado la comida de esta región tenebrosa. Aun así, me siento agradecida de que mi amado esposo haya venido a visitarme hasta aquí. Por eso, aunque mi deseo es regresar contigo, voy a consultar a los dioses de este mundo de las tinieblas. Mientras vuelvo, no se te ocurra mirarme.

Con estas palabras, la diosa desapareció tras las puertas. Pero tardaba tanto en volver que el dios Izanagi no pudo esperar más. Rompió un diente grueso de la peineta con que se sujetaba su augusta coleta izquierda y le prendió fuego para alumbrarse. Cuando entró en el palacio, vio el cuerpo putrefacto de la diosa que rezumaba gusanos y despedía truenos.

De su cabeza había nacido el Gran Trueno.
De sus pechos, el Trueno del Fuego.
De su vientre, el Trueno Negro.
De sus genitales, el Trueno Hendidor.
De su mano izquierda, el Trueno Joven.
De su mano derecha, el Trueno de Tierra.
De su pie izquierdo, el Trueno Retumbante.
De su pie derecho, el Trueno Doblegador.

En total, pues, habían nacido, ocho deidades de truenos.

Cuando Izanagi vio a su esposa en tal estado, tuvo mucho miedo y emprendió la huida. Por su parte, Izanami le dijo:

—¿Cómo te has atrevido a avergonzarme?

E, inmediatamente, ordenó a las furias del País de las Tinieblas que lo persiguieran. Al verse perseguido, Izanagi se quitó la cinta negra, hecha de sarmientos, con que se sujetaba su augusto cabello, y la tiró. La cinta se transformó en racimos de uvas silvestres ante las cuales las furias se detuvieron para devorarlas. Así, el dios pudo seguir huyendo. Pero no tardaron sus perseguidoras en continuar tras él. Entonces, el dios rompió un diente de la pequeña peineta que llevaba en la coleta derecha de su augusto cabello, y lo tiró. El diente se transformó en un tallo de raíz de brotes de bambú ante los cuales las furias se detuvieron para devorarlos.

Así, el dios pudo seguir huyendo.

Tras eso, la diosa Izanami ordenó también a las Ocho Deidades de los Truenos y a los Mil Quinientos Guerreros del País de las Tinieblas que persiguieran a Izanagi. Éste, entonces, desenvainó la espada de diez palmos de larga que llevaba y siguió huyendo mientras la blandía con el brazo extendido hacia atrás. Pero como los seres tenebrosos no cejaban en la persecución, al llegar a la cuesta de Yomo-tsu-hira, situada en la frontera entre el mundo de los vivos y el País de las Tinieblas, tomó tres melocotones que había por allí y, cuando se acercaron sus perseguidores, se los lanzó. El ejército del País de las Tinieblas se retiró y huyó.

Izanagi dijo entonces a los melocotones:

—Así como vosotros me habéis salvado la vida, así yo os pido que cuando los mortales moradores del País Central de Ashihara sufran adversidades y conozcan momentos de dolor, los ayudéis del mismo modo.

Y concedió a los melocotones el nombre de Oo-kamu-zu-mi-no-mikoto.

Finalmente, la misma diosa Izanami en persona emprendió la persecución de Izanagi. El dios, al ver cómo se le acercaba, colocó una enorme roca, que sólo podían mover mil hombres, en medio de la cuesta de Yomo-tsu-hira, tapando así la entrada al País de las Tinieblas. Los dos dioses se quedaron, por lo tanto, uno a cada lado de la roca. Ahí intercambiaron las palabras de disolución del vínculo matrimonial. La diosa dijo:

—¡Mi amado esposo! Si tú me haces esto, yo me encargaré de acabar cada día con mil personas del mundo de los vivos.

—¡Mi amada esposa! Si tú me haces esto, yo me encargaré de construir cada día mil quinientas cabañas de parto.

Fue así como por cada mil personas que mueren a diario, nacen el mismo día mil quinientas más.

A Izanami se la llama también diosa Yomo-tsu. Es, además, conocida como Chi-shiki-no-o-kami, por haber perseguido al dios Izanagi. En cuanto a la gran roca que tapaba la entrada al País de las Tinieblas, recibió el nombre de Chi-gahesi-no-o-kami o también el de Yomi-do-no-o-kami. En cuanto a la cuesta de Yomo-tsu-hira, es la actual cuesta Ifuya situada en el país de Izumo.

Un cuerpo de mujer, Ryunosuke Akutagawa

1


Una noche de verano un chino llamado Yang despertó de pronto a causa del insoportable calor. Tumbado boca abajo, la cabeza entre las manos, se había entregado a hilvanar fogosas fantasías cuando se percató de que había una pulga avanzando por el borde de la cama. En la penumbra de la habitación la vio arrastrar su diminuto lomo fulgurando como polvo de plata rumbo al hombro de su mujer que dormía a su lado. Desnuda, yacía profundamente dormida, y oyó que respiraba dulcemente, la cabeza y el cuerpo volteados hacia su lado.
Observando el avance indolente de la pulga, Yang reflexionó sobre la realidad de aquellas criaturas. Una pulga necesita una hora para llegar a un sitio que está a dos o tres pasos nuestros, aparte de que todo su espacio se reduce a una cama. “Muy tediosa sería mi vida de haber nacido pulga…”
Dominado por estos pensamientos, su conciencia se empezó a oscurecer lentamente y sin darse cuenta, acabó hundiéndose en el profundo abismo de un extraño trance que no era ni sueño ni realidad. Imperceptiblemente, justo cuando se sintió despierto, vio, asombrado, que en su alma había penetrado el cuerpo de la pulga que durante todo aquel tiempo avanzaba sin prisa por la cama, guiada por un acre olor a sudor. Aquello, en cambio, no era lo único que lo confundía, pese a ser una situación tan misteriosa que no conseguía salir de su asombro.
En el camino se alzaba una encumbrada montaña cuya forma más o menos redondeada aparecía suspendida de su cima como una estalactita, alzándose más allá de la vista y descendiendo hacia la cama donde se encontraba. La base medio redonda de la montaña, contigua a la cama, tenía el aspecto de una granada tan encendida que daba la impresión de contener fuego almacenado en su seno. Salvo esta base, el resto de la armoniosa montaña era blancuzco, compuesto de la masa nívea de una sustancia grasa, tierna y pulida. La vasta superficie de la montaña bañada en luz despedía un lustre ligeramente ambarino que se curvaba hacia el cielo como un arco de belleza exquisita, a la par que su ladera oscura refulgía como una nieve azulada bajo la luz de la luna.
Los ojos abiertos de par en par, Yang fijó la mirada atónita en aquella montaña de inusitada belleza. Pero cuál no sería su asombro al comprobar que la montaña era uno de los pechos de su mujer. Poniendo a un lado el amor, el odio y el deseo carnal, Yang contempló aquel pecho enorme que parecía una montaña de marfil. En el colmo de la admiración permaneció un largo rato petrificado y como aturdido ante aquella imagen irresistible, ajeno por completo al acre olor a sudor. No se había dado cuenta, hasta volverse una pulga, de la belleza aparente de su mujer. Tampoco se puede limitar un hombre de temperamento artístico a la belleza aparente de una mujer y contemplarla azorado como hizo la pulga.

Haikús

1Un viejo estanque:
salta una rana ¡zas!
qué chapaleo.

*

Admirable
aquel que ante el relámpago
no dice: la vida huye.

*

Este camino
nadie ya lo recorre,
salvo el crepúsculo.

Matsúo Basho

El luchador, a la vejez,
cuenta a su mujer el combate
que no debió perder.

*

Nada se mueve,
ni una hoja: inquietante
yace el bosque en verano.

*

Frío en la alcoba
al pisar tu peine,
mi muerta esposa.

Yosa Busón .

Para el mosquito
también la noche es larga,
larga y sola.

*

Al Fuji subes
despacio -pero subes,
caracolito.

*

No la aplastes.
La mosca se frota
manos y patas.

Kobayashi Issa

El mono me mira:
¡quisiera decirme
algo que se le olvida!

*

Trozos de barro:
por la senda en penumbra
saltan los sapos.

*

Peces voladores:
al golpe del oro solar
estalla en astillas el vidrio del mar.

José Juan Tablada

Conitos, Haruki Murakami

1Estaba hojeando distraídamente el periódico de la mañana cuando, en una esquina, descubrí el siguiente anuncio: “Famosos Pasteles Conitos. Concurso para la creación de los Nuevos Conitos. Gran sesión informativa”. No tenía ni idea de qué diablos eran aquellos Conitos. Pero lo de “famosos pasteles” hacía suponer que se trataba de algún tipo de dulce. Yo soy un poco quisquilloso en lo que a los dulces se refiere. Y, como no tenía nada que hacer, decidí asomar las narices por la “gran sesión informativa”.

            La “gran sesión informativa” se celebra en el salón de un hotel e incluso ofrecían té y pasteles. Los pasteles eran, ¡cómo no!, Conitos.

            Probé uno, pero su sabor no me entusiasmó precisamente. Lo encontré empalagoso y la corteza me pareció demasiado reseca. No podía creer que a los jóvenes de mi generación les gustara un dulce semejante.

            Sin embargo, a la sesión informativa únicamente se presentaron chicos de mi edad, o incluso más jóvenes. A mí me asignaron el número 952 y, después, llegaron todavía unas cien personas más; es decir, que debieron de asistir a la reunión más de mil personas. Lo que no es poco.  A mi lado estaba sentada una chica de unos veinte años, llevaba unas gafas de muchas dioptrías. No era guapa, pero parecía tener buen carácter.

            -Oye, ¿tú habías comido alguna vez Conitos? –le pregunté.

            -Pues, claro –respondió ella-. Son muy famosos.

            -Sí, pero no valen mucho la pe… -La chica me dio una patada en la espinilla y no me dejó acabar la frase. Los individuos a mi alrededor me lanzaron una mirada despectiva. ¡Qué mal ambiente! Pero yo puse cara de inocente tipo Pooh, el osito barrigón, y dejé pasar la tormenta.

            -¿Tú eres tonto o qué? –me susurró la chica al oído poco después-. ¿Cómo se te ocurre venir aquí a criticar los Conitos? Mira que si te agarran los Cuervos Conitos, no sales de ésta con vida.

            -¿Los Cuervos Conitos? –grité sorprendido-. ¿Y qué son…?

            -¡Chist! –dijo la chica. La sesión informativa ya había empezado.

            La abrió el presidente de “Confiterías Conitos” para hablar de la historia de los Conitos. Según uno de aquellos relatos de verdad incierta debías remontarte a la Era Heian* para encontrar a no sé quién que hizo no sé qué a resultas de lo cuál nació  el primer Conito. El hombre llegó a decir que en el Kokinshu** figuraba un poema sobre los Conitos. Al oír semejante barbaridad estuve a punto de echarme a reír, pero, a mi alrededor, todo el mundo escuchaba con una cara tan seria que me contuve. También influyó el miedo que me inspiraban los Cuervos Conitos.

            La explicación del presidente de la compañía se alargó durante una hora. Aburridísima. Lo único que quería decir era, en definitiva, que los Conitos eran pasteles con historia. Pues podía haber acabado con una sola línea.

            Luego, salió el director general y nos informó sobre el concurso para la creación del nuevo producto. Ni siquiera los Conitos, unos pasteles famosos en todo el país que se enorgullecían de su larga historia, podían prescindir de la incorporación de savia nueva que hiciera posible un desarrollo dialéctico apto para responder a las exigencias de las distintas generaciones. Eso sonaba muy bien, pero lo que quería decir, en definitiva, era que el gusto de los Conitos estaba pasado de moda y que habían bajado las ventas, por lo cual querían ideas nuevas de la gente joven. Podía haberlo dicho así, tal cual.

            Al terminar nos dieron las bases del concurso. Elaborar un pastelito tomando como base los Conitos y presentarlo al cabo de un mes.

            El importe del premio ascendía a dos millones de yenes. Con esos dos millones podía casarme con mi novia y mudarme a un departamento nuevo.

            Y decidí hacer el Nuevo Conito.

            Tal como he dicho antes, soy un poco quisquilloso en lo que respecta a los dulces. Pasteles de anko***, crema u hojaldre puedo prepararlos de todos los tipos  imaginables. Para mi era pan comido hacer en un mes el Nuevo Conito de la Edad Contemporánea. El día en que expiraba el plazo hice dos docenas de Conitos y los llevé a Confiterías Conitos.

            -¡Mmmm! ¡Qué buena pinta tienen! Parecen buenísimos –me dijo la chica de recepción.

            -Son buenísimos –aseguré yo.

            Un mes después recibí una llamada de Confiterías Conitos diciendo que me apersonara en la empresa al día siguiente. Me puse una corbata y salí para allá. Hablé con el director general de la sala de visitas.

            -El pastel Nuevo Conito que usted ha presentado ha tenido una excelente acogida en la compañía –dijo el director-. Ha recibido muy buenas críticas, especialmente, ¡ejem!, entre el sector joven de la empresa.

            -Muchas gracias –le dije.

            -Por otra parte, ¡ejem!, entre lo miembros de más edad hay quien dice que su pastel no es un Conito. En definitiva, ¡ejem!, que cabe hablar de confrontación de ideas.

            -¡Ah! –dije. No tenía ni idea de adónde quería ir a parar.

            -En consecuencia, la junta directiva ha acordado pedirles la opinión a los señores Cuervos Conitos.

            -¡Los Cuervos Conitos! –exclamé-. ¿Y que son los Cuervos Conitos?

            El director general me miró con expresión atónita.

            -¿Usted se ha presentado al concurso sin saber quiénes son los señores Cuervos Conitos?

            -Lo siento mucho. Nunca me entero de qué va el mundo.

            -¡Menudo problema! –exclamó el director y sacudió la cabeza-. Con que ni siquiera conoce a los señores Cuervos Conitos… Bueno, ¡en fin!, sígame.

            Salí de la habitación en pos de él, caminé por el pasillo, subí al sexto piso en ascensor y, luego, avancé por otro pasillo. Al fondo había un gran portalón de hierro. Cuando el director llamó al timbre, apareció un fornido guarda y, después de pedirle al director que se identificara, dio la vuelta a la llave y nos abrió la gran puerta. Unas medidas de seguridad extremas.

            -Aquí dentro se encuentran los señores Cuervos Conitos –me explicó el director-. Los señores Cuervos Conitos son una familia de cuervos especiales que vienen alimentándose exclusivamente de Conitos desde tiempos inmemoriales.

            Sobraba cualquier otra explicación. Dentro de la estancia, había más de cien cuervos. Se trataba de una habitación vacía, parecida a un almacén, de más de cinco metros de altura, con un montón de palos horizontales que iban de pared a pared y en los que estaban posados, unos al lado de otros, los Cuervos Conitos. Eran más grandes que los cuervos ordinarios y los mayores debían de medir un metro de largo.

            Incluso los más pequeños alcanzaban los sesenta centímetros. Al fijarme bien descubrí que no tenían ojos. En lugar de eso, sólo tenían pegado un bulto blanco de grasa. Además, sus cuerpos estaban tan embotados que parecían a punto de reventar.

            Al oírnos entrar, los Cuervos Conitos empezaron a graznar a coco mientras batían las alas. Al principio creí que eran simplemente graznidos, pero cuando se me habituó el oído, comprendí que gritaban: “¡Conitos! ¡Conitos!”. Sólo de mirar a aquellos pajarracos se te helaba la sangre en las venas.

            El director sacó algunos Conitos de una caja que llevaba y los fue arrojando al suelo. Cien cuervos se abalanzaron a la vez sobre los pasteles.

            Y en su búsqueda desesperada de Conitos se daban picotazos los unos a los otros en las patas, incluso en los ojos. ¡Uf! ¡Con razón se habían quedado ciegos!

            Acto seguido, el director fue esparciendo por el suelo unos pasteles, parecidos a los Conitos, que sacó de otra caja.

            -Mire. Éstos son los pasteles de uno de los participantes que ha sido eliminado del concurso.

            Los cuervos se arrojaron, como antes, sobre los pasteles, pero en cuanto se dieron cuenta de que no eran Conitos los vomitaron y empezaron a graznar con irritación. Gritaban:

            -¡Conitos!

            -¡Conitos!

            -¡Conitos!

            Sus graznidos retumbaban en el techo hasta clavarse en los oídos.

            -¡Mire! Sólo comen Conitos auténticos –dijo el director, convencido-.

            Las imitaciones ni las tocan.

            -¡Conitos!

            -¡Conitos!

            -¡Conitos!

            -Y, ahora, vamos a ofrecerles los pasteles que usted ha elaborado.

            Si se los comen, será usted eliminado.

            “¡A ver cómo va!”, pensé inquieto. No sé por qué, pero tenía un mal presentimiento. Era un error hacerles decidir a aquellos bichos el resultado del concurso. Pero el director, haciendo caso omiso de mis opiniones, esparció profusamente por el suelo los Nuevos Conitos que yo había presentado a concurso. Los cuervos volvieron a abalanzarse sobre los pasteles. Y, acto seguido, empezó el jaleo. Algunos cuervos se los comían satisfechos, otros los escupían gritando: “¡Conitos!”. A continuación, los cuervos que no habían podido coger ninguno clavaban excitadísimos el pico en la garganta de los que se los acababan de tragar.

            La sangre se esparcía por todas partes. Un cuervo cogió el pastel que otro había vomitado, pero otro cuervo gigantesco, al grito de “¡Conitos!”, lo atrapó y le abrió el vientre en canal. Y, de este modo, empezó una batalla sin cuartel. La sangre llamaba a la sangre, el odio llamaba  al odio. Se trataba sólo de unos insignificantes pasteles, pero éstos lo eran todo para los cuervos. Para ellos era cuestión de vida o muerte si los Conitos eran auténticos o no.

            -¡Mire lo que ha conseguido! –Le espeté al director-. Arrojárselos de ese modo, tan de repente, ha sido un estímulo demasiado poderoso.

            Luego salí solo de la estancia, bajé en ascensor y abandoné el edificio de Confiterías Conitos. Perder los dos millones de yenes era una verdadera lástima, pero no quería ni oír hablar de vivir el resto de mis días acompañado de unos pajarracos como aquéllos.

Yo sólo hago la comida que yo quiero comer y me la como yo.

Y los cuervos; ¡qué se mueran todos pegándose picotazos los unos a los otros!

Apunte para un viejo amigo, Rynosuke Akutagawa


1Carta que dejó Rynosuke Akutagawa a un amigo antes de suicidarse, a los 35 años de edad.


Probablemente nadie que intente el suicidio, como Reigner muestra en uno de sus cuentos, tiene clara conciencia de todos sus motivos. Los cuales generalmente son muy complejos. Por lo menos en mi caso está impulsado por una vaga sensación de ansiedad, una vaga sensación de ansiedad sobre mi propio futuro.

Aproximadamente en los últimos dos años, he pensado solo en la muerte, y con especial interés he leído un relato que trata sobre este proceso. Mientras el autor se refiere a esto en términos abstractos, yo seré lo mas concreto que pueda, incluso hasta el punto de sonar inhumano. En este punto yo estoy moralmente obligado a ser honesto.

En cuanto al vago sentido de ansiedad respecto de mi futuro, creo que lo he analizado por completo en mi relato, La vida de un loco, excepto por el factor social, llamémoslo la sombra del feudalismo, proyectada sobre mi vida. Esto lo omití a propósito, al no tener la certeza de poder clarificar realmente el contexto social en el cual viví.

Una vez tomada la decisión de suicidarme (yo no lo veo en la forma en que lo ven los occidentales, es decir como un pecado) me resolví por la forma menos dolorosa de llevarlo a cabo. Excluí, por razones prácticas y estéticas, la posibilidad de ahorcarme, dispararme un tiro, saltar al vacío u otras formas de suicidio. El uso de drogas me pareció el camino más satisfactorio. Y por el lugar, tendría que ser mi propia casa, cualquiera sean los inconvenientes para mi familia. Como una suerte de trampolín, al igual que Kleist y Racine, pensé en la compañía de una amante o un amigo, pero habiendo elevado la autoconfianza, decidí seguir adelante solo. Y la última cosa a considerar, fue asegurarme una perfecta ejecución, sin el conocimiento de mi familia. Después de unos meses de preparación me convencí de la posibilidad de realizarlo.

Nosotros los humanos, siendo animales humanos, tenemos un miedo animal a la muerte, la así llamada vitalidad no es otra cosa que fuerza animal. Yo mismo soy uno de esos animales humanos. Mi sistema parece gradualmente haberse liberado de esa fuerza animal, teniendo en cuenta el poco interés que me queda por el alimento y las mujeres. El mundo en el que estoy ahora es uno de enfermedades nerviosas, lúcido y frío. La muerte voluntaria debe darnos paz, si no felicidad. Ahora que estoy listo, encuentro la naturaleza más hermosa que nunca, paradójico como suene. Yo he visto, amado, entendido más que otros, en ésto tengo cierto grado de satisfacción, a pesar de todo el dolor que hasta aquí he soportado.

P.S: Leyendo la vida de Empédocles, me dí cuenta de cuán antiguo es el deseo de uno de convertirse en Dios. Esta carta, en cuanto a mi concierne, no intenta esto. Por el contrario, yo me considero uno de los hombres más comunes. Vos debés recordar esos días, veinte años atrás, cuando discutimos Empédocles sobre el Etna bajo los árboles de tilo. En esos tiempos yo era uno de los que deseaba convertirse en Dios.

Onnagata, Yukio Mishima

1

Andrew Skate

I

EL arte de Mangiku se había apoderado irresistiblemente de Masuyama. Por ello había decidido, después de graduarse en Literatura Clásica Japonesa, unirse al elenco del teatro kabuki. La actuación de Mangiku Sanokawa lo había transportado.
La afición de Masuyama por el kabuki comenzó cuando era estudiante. En aquel entonces, Mangiku, todavía un onnagata novel, actuaba en papeles secundarios como el de la mariposa fantasma de Kagami Jishi o, a lo más, en el de la cortesana Chidori en El repudio de Genta. La actuación de Mangiku era insegura y ortodoxa; nadie sospechó nunca las alturas a las que llegaría. Pero, ya en aquel tiempo, Masuyama percibía el fuego gélido que irradiaba la belleza distante de este actor. No hace falta destacar que el grueso del público no lo notaba. Por esta razón, ninguno de los críticos teatrales atrajo la atención sobre las cualidades especiales de Mangiku que, como regueros de llamas visibles sobre la nieve, iluminaban sus representaciones desde los albores de su carrera. Ahora, todos hablaban de Mangiku como de un descubrimiento personal.
Mangiku Sanokawa era un verdadero onnagata, una especie difícil de encontrar en nuestros días. A diferencia de los onnagata contemporáneos, era casi incapaz de representar con éxito papeles masculinos. Su presencia en escena estaba colmada de colorido, siempre en tonos sombríos. Cada uno de sus gestos era la esencia de la delicadeza. Mangiku nunca expresaba nada. Ni siquiera fuerza, autoridad, entereza o coraje, excepto cuando interpretaba papeles femeninos. Sólo así podía filtrar todos los matices de la emoción humana. Ello es la esencia del onnagata. Su colorida entonación producida por un instrumento especial, exquisitamente refinado, no puede ser alcanzada tocando un instrumento común en un tono menor. Tampoco es posible lograrla a través de una mera imitación servil de las verdaderas mujeres.
Una de sus más exitosas interpretaciones era la de la princesa de las Nieves en Kinkakuji. Masuyama recordaba haber visto a Mangiku representar a Yukihime diez veces en un solo mes. La repetición de tal experiencia no disminuía su entusiasmo. En esa pieza podía encontrarse todo cuanto simbolizaba Mangiku Sanokawa desde las primeras palabras pronunciadas por el narrador: “El Pabellón de Oro, el refugio de la montaña del señor de Yoshimitsu, Primer Ministro y Monje del parque de los Ciervos, tiene tres pisos de altura. Su jardín se ve agraciado por hermosas vistas: la caverna, donde la piedra es refugio de la noche, el agua escurriéndose bajo las rocas, el flujo de la cascada grávida de primavera, los sauces y los cerezos dispuestos en grupos. La capital es ahora un vasto brocado de variados matices.”
En la obra teatral todo existe gracias a una mujer: la hermosa y aristocrática Yukihime. A ella se deben el encandilador brillo del decorado que figura cerezos en flor, un salto de agua y el resplandeciente Pabellón de Oro; los tambores, sugiriendo el sonido opaco de la cascada y creando una agitación constante en el escenario; el rostro pálido y sádico del lascivo Daizen Matsunaga, el general rebelde; el milagro de la espada mágica en la cual brilla, bajo el sol de la mañana, la imagen sagrada de Fudö, que refleja la forma de un dragón cuando apunta al sol poniente; los destellos del ocaso sobre la cascada y los cerezos; las flores deshojándose pétalo a pétalo. No hay nada extraordinario en el ropaje de Yukihime, un vestido de seda púrpura como el que habitualmente usan las jóvenes princesas. Pero, de acuerdo con su nombre, una presencia fantasmagórica y nevada revolotea sobre esta nieta del gran pintor Sesshü. Toda la escena parece invadida por los paisajes de. Sesshü, impregnados de nieve. La nieve fantasmal que confiere a las vestiduras púrpura de Yukihime su brillo deslumbrante.
Masuyama se deleitaba en particular con la escena donde la princesa, atada a un cerezo, recuerda la leyenda de su abuelo y, con los dedos de los pies, dibuja sobre las flores caídas una rata que cobra vida y roe las sogas que la aprisionan. De más está decir que, para esta escena, Mangiku Sanokawa omitía los movimientos titiritescos que usaban algunos onnagata para interpretarla. Las sogas que lo ataban al árbol hacían que Mangiku pareciera más hermoso que nunca. Todos los arabescos artificiales de este onnagata -los delicados gestos de su cuerpo, los movimientos de sus dedos, el arco de la mano-, que podían parecer inventados cuando se los comparaba con los de la vida cotidiana, adquirían una extraña vitalidad cuando los ejecutaba Yukihime, atada a un árbol. Las crisis se sucedían una a una con la fuerza irresistible del flujo de las olas y las actitudes intrincadas, contorsionadas, impuestas por la estrechez de la soga, hacían de cada instante una crisis exquisita.
Era indudable que las representaciones de Mangiku poseían momentos de poder diabólico. Usaba sus preciosos ojos tan efectivamente que, a menudo, con una sola mirada podía crear en la audiencia la ilusión de que el personaje de una escena era otro, muy distinto. Así, cuando sus ojos abarcaban el escenario desde el hanamichi o cuando lanzaba una rápida ojeada hacia la campana, en Döjöji. En la escena del palacio de Imoseyama, Mangiku personificaba a Omiwa, a quien la princesa Tachibana ha arrebatado su amante y de quien se burlan cruelmente las damas de la corte. Finalmente, Omiwa arremete contra el hanamichi, ciega de celos y furia y, en ese momento, escucha las voces de las damas de la corte que llegan hasta ella desde el fondo del escenario: “¡Se ha encontrado un novio sin igual para nuestra princesa!” “¡Qué alegría para todos!”
El narrador, sentado a un costado del escenario, declamaba con voz potente: “Omiwa, al oír esto, mira hacia atrás inmediatamente.” Aquí, el personaje parecía transformarse en forma total.
Masuyama experimentaba una especie de terror cuando presenciaba este momento. Sobre el brillante escenario con su espléndido decorado y los cientos de espectadores profundamente atentos, acababa de pasar una sombra diabólica. Esta fuerza emanaba claramente del cuerpo de Mangiku y, al mismo tiempo, trascendía su carne. Masuyama percibía en esos pasajes algo como un oscuro manantial fluyendo de esa figura llena de suavidad, gracia, delicadeza y encanto que ocupaba el escenario. Sin poder identificarla claramente, creía que una extraña presencia maligna, residuo final de la fascinación del actor, demonio seductor que pierde a los hombres y los ahoga en un instante de belleza, era la verdadera naturaleza del oscuro manantial por él detectado. Sin embargo, nada se explica por el mero hecho de darle un nombre.
Omiwa sacude la cabeza, se despeina. En el escenario, al que retorna desde el hanamichi, la espada de Funashichi está esperando para matarla.
“La casa está colmada de música y surgen melancolías de otoño en su tono”, declamaba el narrador.
Hay algo horripilante en la forma en que los pies de Omiwa se apresuran a conducirla a su sentencia. Los blancos pies desnudos precipitándose hacia el desastre y la muerte, apartando los pliegues del kimono hacia un lado, parecían saber cuándo y en qué punto del escenario se terminarían las violentas emociones que en aquel momento la embargaban y la apremiaban para llegar al lugar fatídico, jubilosa y triunfante, aun en medio de la tortura de los celos. El dolor de Omiwa tiene un fondo de alegría, así como en su vestidura las tonalidades oscuras contrastan con los relucientes cordones de seda de variados colores que aparecen en los dobleces.


II

La primitiva resolución de Masuyama de dedicarse al teatro tenía, como punto de partida, su embeleso por el kabuki y, en especial, por Mangiku.
Masuyama comprendía perfectamente que sólo podría romper ese hechizo familiarizándose totalmente con el mundo que se esconde tras el escenario. Sabía, a través de cuanto otros le relataran, que terminaría por desencantarse. Por ello deseaba zambullirse en aquel mundo y probar por sí mismo la verdadera desilusión.
Sin embargo, ésta no llegó nunca. El mismo Mangiku lo hacía imposible. Seguía fielmente los mandatos del manual del onnagata Ayamegusa, compuesto en el siglo dieciocho: “Un onnagata, aun en su camerino, debe tener las actitudes propias de un onnagata. Tendrá cuidado, al comer, de no ser visto por otra gente.”
Y cuando Mangiku, por falta de tiempo e imposibilidad de alejarse de su camarín, se veía obligado a comer en presencia de visitantes, lo hacía de espaldas y con tal habilidad y prisa, que los intrusos no podían ni siquiera adivinar sus gestos.
La belleza femenina que mostraba Mangiku en el escenario había cautivado, sin duda alguna, a Masuyama como hombre. Y por extraño que parezca, este hechizo ni siquiera logró romperse frente a la visión inequívoca del cuerpo de Mangiku en el camerino.
El cuerpo de Mangiku era delicado y, al mismo tiempo, vigoroso. Para Masuyama resultaba enervante cuando Mangiku, sentado frente a su tocador, lo suficientemente desvestido como para parecer un hombre, saludaba con amables y femeninos ademanes a alguna visita, mientras se aplicaba una gruesa capa de polvo sobre los hombros. Si tal era el caso de Masuyama, viejo admirador del kabuki, ¿cuál no sería el disgusto de aquellos que no gustaban ni del kabuki, ni de los onnagatas?
Sin embargo, Masuyama sentía cierto alivio cuando, después de la función, veía a Mangiku desnudo bajo la liviana ropa interior que usaba para absorber la transpiración. La fascinación que experimentaba Masuyama era de naturaleza tal que no existía la posibilidad de que aquel atuendo le resultara grotesco. Aun sin ropa, Mangiku parecía lucir varias capas de espléndidos ropajes bajo la piel. Su desnudez era, solamente, una manifestación fugaz. Cuanto volvía exquisita su presencia en el escenario, estaba oculto en la intimidad de su ser.
Masuyama se regocijaba cuando Mangiku retornaba a su camarín después de haber interpretado un papel de importancia. Todas las emociones que acababa de representar permanecían todavía en su cuerpo como el resplandor del sol en el crepúsculo o de la luna en el cielo al amanecer.
Las grandes emociones de la tragedia clásica parecían basarse, por lo menos en apariencia, en hechos históricos, pero en realidad no pertenecían a período alguno. Eran las emociones propias de un mundo estilizado, grotescamente trágico y vívidamente coloreado a la manera de una estampa moderna. El dolor que sobrepasa los límites, las pasiones sobrehumanas, el amor que se marchita, el gozo espeluznante, los cortos alaridos de aquellos que se encuentran atrapados por circunstancias demasiado trágicas como para ser resistidas, todo ello se había alojado minutos antes en el cuerpo de Mangiku y resultaba sorprendente que tan frágil estructura hubiera podido albergarlos sin quebrarse como un delicado recipiente.
Mangiku había vivido estos sentimientos grandiosos e irradiado luz desde el escenario, justamente porque las emociones por él transmitidas iban más allá de las que podía conocer el auditorio. Quizás sucede esto con todos los actores, pero en el teatro contemporáneo nadie transmite tan intensamente estas emociones que no pueden incluirse en la vida diaria.
Un pasaje de Ayamegusa dice: “El encanto es la esencia del onnagata. Pero aun el onnagata, naturalmente hermoso, perderá su atractivo si se esfuerza por impresionar a través de sus movimientos. Si realiza un esfuerzo consciente por aparecer como lleno de gracia, logrará, en cambio, parecer totalmente corrompido. Por esta razón, a menos que el onnagata viva como una mujer su existencia cotidiana, nunca logrará ser un buen onnagata. Cuanto más se concentre al interpretar desde la escena esta o aquella actitud esencialmente femenina, más masculino parecerá. Estoy convencido de que lo esencial es el comportamiento del actor en la vida real.”
Sí, Mangiku era totalmente afeminado en su hablar y en sus movimientos cotidianos. De no ser así, aquellos momentos en los que el esplendor del onnagata que acababa de representar se diluían gradualmente como el agua del mar sobre la playa, se hubieran convertido en una zona divisoria entre el mar y la tierra. Una puerta cerrada entre la realidad y el sueño. La ficción de su vida era el sostén de sus interpretaciones escénicas. Y Masuyama opinaba que aquello era lo que distinguía al verdadero onnagata. Un onnagata es el hijo nacido de la unión ilegítima entre el sueño y la realidad.


III

Al morir, uno tras otro, los actores veteranos de la generación anterior, la autoridad de Mangiku se hizo absoluta en las tablas. Sus discípulos onnagata lo atendían como sirvientes personales y el orden de prioridad que guardaban cuando seguían a Mangiku en el escenario, como damas de la corte de una princesa o de una gran señora, era el mismo que observaban en el camerino.
Quienquiera que apartara las cortinas del camarín de Mangiku decoradas con el blasón de la familia Sanokawa y penetrara en su interior, no dejaba de sentir una extraña sensación. Aquel encantador santuario carecía de hombres. En aquella habitación, hasta los mismos integrantes de la compañía tenían la impresión de encontrarse en presencia del sexo opuesto. Cada vez que Masuyama debía penetrar en los dominios de Mangiku para cumplir algún encargo, le bastaba descorrer las cortinas para experimentar la sensación carnal curiosamente vívida de ser hombre.
Por asuntos de la compañía, Masuyama había tenido que ir en repetidas oportunidades al camarín de las coristas. La habitación estaba saturada de una feminidad casi sofocante y las chicas, de piel curtida, con los brazos y piernas extendidas como los animales del zoológico, le echaban miradas aburridas. Sin embargo, nunca registró allí la sensación que lo acosaba en el camarín de Mangiku. Nada, en aquellas mujeres de verdad, lo hacía sentirse particularmente masculino.
Los integrantes del grupo que rodeaba a Mangiku no demostraban ninguna simpatía por Masuyama. Por el contrario, murmuraban en secreto contra él acusándolo de ser irrespetuoso o de darse aires sólo por haber ido a la universidad. A veces, se irritaban también por su pedante insistencia sobre hechos históricos. En el mundo del kabuki, la sabiduría académica no tenía gran valor si no iba acompañada de talento artístico.
El trabajo de Masuyama tenía sus compensaciones: cuando, por ejemplo, Mangiku -sólo en el caso de estar de buen talante- pedía algún favor y se volvía desde la mesa de tocador y, con un pequeño movimiento de cabeza, sonreía. El encanto indescriptible de su mirada en tales momentos hacía que Masuyama sólo deseara servir a aquel hombre como un esclavo, como un perro.
Mangiku nunca olvidaba su dignidad y nunca dejaba de mantener cierta distancia aun cuando tuviera conciencia de sus encantos. De haber nacido mujer, todo su cuerpo hubiera estado colmado con la atracción de sus ojos.
La seducción del onnagata es sólo un resplandor momentáneo, pero ello es suficiente como para que exista independientemente y ponga de manifiesto el eterno femenino.
Mangiku estaba sentado frente al espejo después de la representación de El señor protector de Hachijin, primer cuadro del programa. Se había quitado el traje y la peluca que usaba para personificar a Lady Hinaginu y cubría sus hombros con un albornoz. No tenía que aparecer en la parte intermedia del programa.
Habían avisado a Masuyama que Mangiku deseaba verlo y desde el vestuario había esperado que cayera el telón de Hachijin.
Cuando Mangiku penetró en la habitación haciendo crujir la seda de sus vestiduras, el espejo pareció llenarse de púrpuras llamaradas. Los acompañantes comenzaron a retirarse y sólo quedaron algunos discípulos junto al hibachi en la habitación vecina. En pocos segundos el camerino se había aquietado. En el corredor se escuchaba, a través del micrófono, el martilleo con que los asistentes del escenógrafo desmantelaban la decoración de la obra recién finalizada.
Noviembre estaba avanzado y la calefacción empañaba los vidrios de las ventanas. Un ramo de crisantemos blancos se inclinaba graciosamente en un florero cloisonné colocado a un lado del tocador de Mangiku. Su predilección por aquellas flores se debía quizás a que su propio nombre significaba literalmente “diez mil crisantemos”.
Como decíamos, Mangiku estaba sentado en un mullido almohadón de seda púrpura frente a su tocador.
-¿Podría avisar al caballero de la calle Sakuragi?
A la manera antigua, Mangiku se refería a sus profesores de danza y canto por los nombres de las calles en las que vivían.
El actor miraba al espejo mientras hablaba. Desde su rincón Masuyama podía ver la nuca de Mangiku. El reflejo de su rostro en el espejo todavía mostraba a Hinaginu. La mirada ignoraba a Masuyama y estaba absorta en la contemplación de su propio rostro. El rubor, consecuencia de sus esfuerzos en el escenario, era aún visible a través del polvo que cubría sus mejillas, como lo hace el sol de la mañana cuando atraviesa una fina capa de hielo. Mangiku estaba viendo a Hinaginu en el espejo.
Acababa de personificar a Hinaginu, hija de Mori Sanzaemon Yoshinari y novia del joven Sato Kazuenosuke. Ya rotos los lazos matrimoniales que su lealtad feudal la obliga a sacrificar, Hinaginu se suicida para permanecer fiel a una unión “cuyos lazos eran tan sutiles que nunca habíamos compartido el mismo lecho”. Hinaginu había muerto, en escena, a causa de un dolor tan intenso que le impedía seguir viviendo. La Hinaginu del espejo, en cambio, era un fantasma. Un fantasma que estaba abandonando el cuerpo de Mangiku en aquel preciso momento. Los ojos del actor perseguían a Hinaginu; pero, así como se apaga el fulgor de las pasiones ardientes, el rostro de Hinaginu se desvaneció. Aún faltaban siete días para la representación final y, al día siguiente, los rasgos de Hinaginu volverían sin duda a plasmarse en el rostro de Mangiku.
Gozando al ver a Mangiku en aquel estado de abstracción, Masuyama sonreía con afecto.
El actor se volvió de pronto. Durante aquellos minutos se había percatado de que Masuyama lo observaba; pero, con la displicencia que le era habitual, había continuado ocupado en sus quehaceres cotidianos.
-Estos pasajes instrumentales no son lo suficientemente largos. No digo que, si me doy prisa, no pueda recitar mi parte, pero así se estropea el conjunto.
Mangiku se refería a la música para la nueva obra que se presentaría al mes siguiente.
-¿Qué opina usted, señor Masuyama?
-Estoy de acuerdo. Usted alude, sin duda, al pasaje: “Qué lentamente muere el día en el puerto chino de Seta…”
-Efectivamente. “Qué… len…to… o… mue… re., el día…” -canturreó Mangiku marcando el compás con sus dedos delicados.
-Se lo transmitiré al caballero de la calle Sakuragi. Estoy seguro de que lo entenderá.
-¿Realmente no le importa ir hasta allí? Lamento tanto molestarlo…
Mangiku tenía la costumbre de terminar la conversación poniéndose de pie: -Ahora tengo que bañarme -dijo-, y Masuyama se hizo a un lado para dejarle paso.
Con una ligera inclinación de cabeza, el actor salió al corredor acompañado por un discípulo. Se volvió a medias hacia Masuyama y, sonriendo, saludó de nuevo. Los afeites en las comisuras de los párpados le prestaban un encanto indefinible. Masuyama sintió que Mangiku percibía su afecto.


IV

La compañía a la cual pertenecía Masuyama actuaba en el mismo teatro durante noviembre, diciembre y enero. El programa para el mes de enero ya había sido objeto de comentarios varios. Se presentaría una nueva obra de un dramaturgo moderno. El hombre, imbuido de su propia importancia, había impuesto innumerables condiciones y Masuyama debía ocuparse de complicadas negociaciones tendentes a poner de acuerdo al dramaturgo no sólo con los actores, sino, también, con los empresarios del teatro. Masuyama había sido elegido para ese trabajo por ser considerado un intelectual. Una de las condiciones impuestas por el autor era la de que la dirección de su obra fuera confiada a un talentoso joven en quien había depositado toda su confianza. Los empresarios aceptaron esta imposición, a la cual se adhirió Mangiku, sin mucho entusiasmo:
-Si este joven no está bien compenetrado con el teatro kabuki y nos exige cosas poco razonables, va a ser difícil entendernos.
Mangiku hubiera deseado confiar la dirección a alguien con más años y más madurez, lo cual también podía traducirse por un director más complaciente.
La nueva obra era una dramatización en lenguaje moderno de la novela del siglo XII: ¡Si sólo pudiera cambiarlos! El director ejecutivo de la compañía decidió entregar la producción de este nuevo trabajo a Masuyama. Este se preocupó ante la perspectiva del trabajo que tendría que realizar; pero, convencido de la calidad de la obra, decidió aceptar.
Tan pronto estuvieron listos los libretos y los papeles asignados, se efectuó una reunión preliminar en el salón de recepciones cercano al despacho del dueño del teatro. A la reunión concurrieron el director, el autor, el escenógrafo, los actores y Masuyama. Era una mañana de mediados de diciembre. La habitación estaba bien caldeada y el sol entraba a raudales por las ventanas. Masuyama siempre se sentía feliz en aquellas reuniones preliminares. Era como desplegar un mapa y proyectar una excursión: ¿De dónde saldría el ómnibus? ¿Dónde comenzarían a caminar? ¿Habría agua potable? ¿Tornarían el tren para regresar o sería mejor prever tiempo suficiente como para volver en bote?
Kawasaki, el director, llegó con retraso. Masuyama nunca había visto una obra dirigida por él, pero conocía su reputación. Kawasaki había sido elegido, pese a su juventud, para dirigir a Ibsen y a autores norteamericanos modernos en el curso del año. Tan brillante había sido el resultado que un periódico de importancia le había otorgado el premio concedido anualmente a la producción teatral.
Los demás estaban todos allí. El escenógrafo parecía no poder esperar un minuto para lanzarse de lleno a su trabajo y anotaba en un gran cuaderno las sugestiones que se le hacían mientras golpeaba frecuentemente la punta de su lápiz sobre las páginas en blanco. En determinado momento, el director de producción comenzó a criticar al director ausente. En ese instante se abrió la puerta y la secretaria hizo pasar a Kawasaki.
Parecía encandilado, como si la luz fuera demasiado fuerte para él, y, sin decir una palabra, saludó con una rígida reverencia a los demás. Era bastante alto, de rasgos marcados y viriles que trasuntaban una gran sensibilidad. Hacía mucho frío, pero sólo llevaba un impermeable fino y arrugado. Cuando se lo quitó, todos observaron su chaqueta de pana color ladrillo. El pelo largo y lacio caía, a veces, hasta la punta de su nariz, obligándolo a echarlo constantemente hacia atrás.
Este primer encuentro desilusionó a Masuyama. Suponía que un hombre como aquél, que se había destacado por sus propias condiciones, debía diferenciarse en algo del común de las gentes. Por el contrario, vestía y actuaba exactamente como el típico joven del teatro moderno.
Kawasaki aceptó la cabecera de la mesa sin declinar el honor con las excusas habituales. Fijó la mirada en su íntimo amigo, el director, y saludó con algunas palabras a los actores a medida que le iban siendo presentados. No es fácil para un nombre del teatro moderno, donde la mayoría de los actores son jóvenes, establecer contacto con los actores de kabuki, que, fuera del escenario, suelen ser, por lo general, viejos caballeros que infunden gran respeto.
Los actores se esforzaron, en el transcurso de aquella reunión preliminar, por demostrar su desprecio hacia Kawasaki. Ello, por supuesto, con grandes muestras de cortesía y sin palabras de animosidad. Masuyama observó a Mangiku, que permanecía modestamente callado, sin darse importancia ni unirse al desprecio de los demás. Masuyama sintió crecer su admiración y afecto por él.
El autor describió entonces la obra a grandes rasgos. Por primera vez en su carrera, sin contar sus actuaciones cuando niño, Mangiku iba a representar un papel masculino.
El argumento hablaba de un Gran Ministro y de sus dos hijos, varón y hembra, respectivamente. Por encontrarse sus dotes naturales en oposición con sus propios sexos, se los educa en consecuencia. El muchacho (en realidad, la joven) se transforma en General de la Izquierda y la joven (en realidad, el muchacho) llega a ser la primera cortesana en el Senyóden, el palacio de las concubinas imperiales. Pero al revelarse, más tarde, la verdad, retoman vidas más apropiadas a su sexo original. El hermano contrae matrimonio con la cuarta hija del Ministro de Derecho, y la hermana, con un Consejero, con lo cual todo termina felizmente.
Mangiku desempeñaba el papel de la chica, que era, en realidad, un hombre. Aunque era un personaje masculino, Mangiku sólo aparecería como tal en los escasos momentos de la escena final. Hasta aquel instante su interpretación de una cortesana principal en el Senyóden, sería la de un verdadero onnagata. El autor y el director coincidieron en recomendar a Mangiku que se abstuviera, especialmente en la escena final, de todo esfuerzo por demostrar que era un hombre.
El aspecto humorístico de la obra consistía en que se satirizaba la convención kabuki del onnagata. La dama de la corte sería un hombre, del mismo modo que Mangiku encarnaría su papel femenino.
-Me gustaría que usted actuara como mujer durante toda la obra-. Kawasaki se dirigió por primera vez a Mangiku y su voz tenía un timbre claro y agradable.
-Todo será, entonces, más fácil para mí.
-De ninguna manera -interrumpió Kawasaki con determinación-. No será fácil. -Había tanta fuerza en sus palabras, que sus mejillas parecieron encenderse con una luz interior. Su tono violento ensombreció los semblantes de los presentes. Masuyama buscó a Mangiku con la mirada. Éste trataba de ocultar la risa con su mano apoyada en la boca. La tensión de los demás se relajó al observar que Mangiku no se había ofendido.
-Bien -dijo entonces el autor-, les leeré el libro. Y bajando sus ojos saltones protegidos por gruesos lentes, comenzó la lectura del guión que estaba sobre la mesa.


V

Algunos días después comenzaron los ensayos parciales. Los finales tendrían lugar sólo en el corto período que mediaba entre la terminación de aquel programa y el comienzo del siguiente.
Desde el primer momento se hizo evidente que Kawasaki era un extraño entre los miembros de la compañía. No tenía el menor conocimiento de la técnica del kabuki y Masuyama se vio obligado a colocarse a su lado y a explicarle, palabra por palabra, el lenguaje del teatro kabuki. Ello hizo que Kawasaki dependiera, en todo y para todo, de él.
Al término del primer ensayo, Masuyama invitó al director a compartir un ligero refrigerio. Sabía que, en su posición, no era lo más acertado unirse con el director; pero, también, imaginaba cuánto estaba pasando por la mente de Kawasaki. Aquel joven tenía una visión bien definida de las cosas, sus aptitudes mentales eran sanas y se zambullía en el trabajo con entusiasmo. Masuyama comprendió la atracción que Kawasaki despertaba en el autor. La genuina frescura del muchacho era, de alguna manera, un elemento purificador, una cualidad desconocida en el mundo del kabuki.
Los ensayos generales comenzaron a fines de diciembre, al día siguiente de la última representación de aquel mes. Acababa de festejarse la Navidad y la excitación de fin de año en las calles podía percibirse aún a través de los cristales del vestuario y de la sala.
Habían colocado un viejo escritorio junto a la ventana en el salón de ensayos. Kawasaki y el escenógrafo estaban sentados de espaldas a ella. Masuyama se situó detrás de Kawasaki y los actores permanecieron sentados sobre el tatami a lo largo de las paredes. Cada uno fue ocupando el centro de la habitación a medida que era requerido por el ensayo. El director de escenografía les dictaba el guión cuando lo olvidaban.
La tensión no disminuía entre Kawasaki y los actores.
-Quisiera que se detuviera al decir: “Desearía ir a Kawachi y terminar con eso”, y luego caminara hasta la columna de la derecha -dijo Kawasaki, dirigiéndose a uno de ellos.
-No podré ir hasta allí.
-Por favor, intente hacerlo a mi manera. -Kawasaki sonreía con esfuerzo, dejando traslucir su orgullo herido.
-Usted podrá pedirme que permanezca aquí hasta las próximas Navidades, pero no puedo hacerlo. Se supone que estoy confundido por algo. ¿Como puedo, entonces, caminar a través del escenario si estoy pensando?
A pesar de su silencio, la indignación de Kawasaki se revelaba en todos sus gestos.
Sin embargo, las cosas fueron diferentes cuando llegó el turno de Mangiku. Obedecía sin resistencia alguna cualquier indicación dada por Kawasaki, y Masuyama pensó que la preferencia de Mangiku por el papel que le tocaba en suerte desempeñar, no era tan grande como para explicar su complacencia desacostumbrada en los ensayos.
Masuyama tuvo que ausentarse de la sala cuando Mangiku, después de haber terminado su escena en el primer acto, volvió a su sitio junto a la pared. Cuando retornó, observó que Kawasaki, echado sobre el escritorio y sin siquiera apartar el mechón de pelo que le caía sobre el rostro, seguía el ensayo con un furor contenido que hacía temblar sus hombros bajo la chaqueta de pana.
Masuyama tenía a su derecha una pared blanca sólo interrumpida por una ventana a través de la cual se podía contemplar un globo meciéndose en el viento y luciendo una propaganda navideña. Las espesas nubes invernales parecían estar dibujadas con tiza contra el azul pálido del cielo. Masuyama observó un altar a Inari y un pequeño torü bermellón en el techo de un viejo edificio cercano. Mangiku estaba sentado al estilo japonés, contra el muro. El libreto yacía abierto sobre sus rodillas y las líneas de su kimono verde grisáceo estaban perfectamente derechas. Desde su sitio no podía contemplar íntegramente la fisonomía de Mangiku; pero sus ojos permanecían tranquilos y su gentil mirada se fijaba en Kawasaki sin distracciones.
Masuyama se estremeció. Ya había entrado en la sala de ensayos, pero era tarde.


VI

Aquel mismo día, Masuyama fue llamado al camarín de Mangiku. Cuando inclinó la cabeza para pasar entre las cortinas de la entrada, sintió una extraña sensación de rechazo. Mangiku lo saludó sonriente desde el almohadón púrpura en el que estaba recostado. Le ofreció unas tortas con las que lo habían obsequiado visitantes recientes.
-¿Qué opina del ensayo de hoy?
La pregunta sorprendió a Masuyama. No era habitual en Mangiku pedir opiniones sobre tales temas.
-Si las cosas continúan así, pienso que la obra será un éxito.
-¿Cree usted? El señor Kawasaki me da muchísima pena. La cosa es muy dura para él. La forma arbitraria como lo han tratado me ha puesto nervioso. Usted habrá notado que hice lo posible por seguir las indicaciones del señor Kawasaki. De todos modos, aquélla era la forma en que yo hubiera interpretado mi personaje, y pensé facilitar así las cosas. Como no puedo dar directivas a los demás, espero que lo intuyan si me ven hacer exactamente lo que se me indica. Ellos saben lo difícil que soy generalmente. Es lo menos que puedo hacer para proteger al señor Kawasaki. Sería una pena que nadie colaborara cuando él se esfuerza tanto.
Masuyama no sintió ninguna particular emoción al escuchar aquellas palabras. Era bastante probable que ni el mismo Mangiku advirtiera que se había enamorado. Estaba acostumbrado a describir el amor en una escala mucho más heroica. Por otra parte, Masuyama consideraba que aquellos sentimientos -o como se los llamara- que se habían despertado en el corazón de Mangiku, eran bastante impropios. Esperaba del actor un despliegue de emociones mucho más transparente, artificial y estético.
Contra su costumbre, Mangiku estaba sentado con displicencia, lo cual impartía cierta languidez a su delicada figura. El espejo reflejaba su nuca recién afeitada y las flores púrpura dispuestas en el recipiente cloisonné.
Cuando los ensayos pasaron del salón al escenario la desesperación de Kawasaki se volvió patética. Invitó a Masuyama a un bar de las cercanías, transmitiéndole, al mismo tiempo, la sensación de que sus días estaban contados. Masuyama no pudo acudir de inmediato; pero cuando, dos horas después, llegó hasta aquel bar, Kawasaki aún lo esperaba. Había bebido abundantemente y estaba muy pálido. Pertenecía a la categoría de aquellos que palidecen cuando beben.
Al entrar en el bar, Masuyama advirtió su rostro ceniciento y presintió que el joven se había echado encima una carga espiritual demasiado pesada para él.
Masuyama y Kawasaki vivían en mundos diferentes. La cortesía no era un motivo suficiente como para que la angustia y la incertidumbre de Kawasaki recayeran en los hombros de Masuyama.
Como era de esperar, Kawasaki se extendió en afables improperios, acusándolo de ser un espía doble. Masuyama recibió sus palabras con una sonrisa. Sólo tenía cinco o seis años más que Kawasaki pero tenía una profunda confianza en sí mismo. No era por falta de integridad moral que Masuyama se mostraba indiferente a los chismes que, entre bambalinas, recaían sobre él. Su lugar en la jerarquía kabuki estaba ya asegurado y su indiferencia sólo demostraba que no quería manifestarse con una sinceridad que podría llegar a destruirlo.
-Estoy cansado de todo este asunto -suspiro Kawasaki-. Cuando se levante el telón la noche del estreno, me sentiré feliz y habrá llegado el momento de desaparecer. Los ensayos finales comienzan mañana. Me siento tan disgustado que creo no poder aguantar más. Éste es el peor trabajo que me ha tocado nunca. ¡He llegado al límite y nunca más me comprometeré ¡ con un mundo tan diferente al mío!
-Pero ¿acaso no lo imaginaba? -la voz de Masuyama resonó fríamente-. Después de todo, el kabuki no es lo mismo que el teatro moderno.
Las palabras de Kawasaki resultaron sorprendentes: -Mangiku es el peor de todos. Realmente no me gusta nada. Nunca más trabajaré en una obra en la que él intervenga -Kawasaki observaba las espirales de humo contra el cielo raso como si se tratara de los rasgos de algún enemigo invisible.
-Yo no diría eso. Me pareció que se esforzaba por cooperar.
-¿Qué puede hacerle pensar tal cosa? No hay nada bueno en él. No me molesta demasiado que los otros actores no me escuchen durante los ensayos o traten de intimidarme o, también, de sabotear mi trabajo. Pero Mangiku es peor de cuanto puede imaginarse. Me mira fijamente con esa extraña mueca en la cara y, en el fondo, se mantiene inalcanzable y me trata como a un tonto ignorante. Por eso lo hace todo tal como yo se lo ordeno. Es el único que obedece mis instrucciones y ello me enoja aún más. Adivino lo que piensa: “Si así quiere hacer las cosas, no me opondré, pero quedo libre de toda responsabilidad por lo que pueda suceder durante la representación…” Esta es la razón por la cual me mira sin decir una sola palabra. Es el peor sabotaje que conozco.
Masuyama escuchaba, atónito, pero se abstuvo en aquel momento de relatar la verdad a Kawasaki. Era evidente que el joven se sentía desconcertado frente a un mundo en el cual se había sumergido. De conocer los sentimientos de Mangiku los hubiera interpretado como una burla más. Aun con todos sus conocimientos teatrales, sus ojos eran demasiado inocentes y no podía detectar la presencia estética y oscura que acechaba tras el texto.


VII

Llegó el Año Nuevo y, con él, la noche del estreno.
Mangiku estaba enamorado. Sus sagaces discípulos fueron los primeros en comentarlo. Masuyama, asiduo visitante en el vestuario de Mangiku, lo intuyó inmediatamente.
Mangiku estaba sumergido en su amor como un gusano de seda en su capullo, listo para convertirse en mariposa. El camarín se había convertido en el capullo de su amor. Mangiku era de naturaleza abstraída, pero el contraste con la algarabía reinante en todos lados con ocasión del Año Nuevo confería a su vestuario un toque especialmente solemne.
Al pasar frente al camarín la noche del estreno, Masuyama encontró las puertas abiertas de par en par y decidió echar una ojeada allí. Mangiku estaba de espaldas, sentado frente al espejo, envuelto en su ropaje. Esperaba la señal para comenzar.
Masuyama observó el azul lavanda del vestido del actor, la suave línea de los hombros empolvados, semidescubiertos, y al peluca negra, brillante como laca. En medio del camarín desierto, Mangiku parecía una mujer absorta en la tarea de hilar. Estaba tejiendo su amor y así continuaría para siempre con la mente ausente.
Masuyama comprendió intuitivamente que aquel arnor onnagata había nacido del teatro. El escenario donde el amor gritaba y lastimaba formaba parte de su vida. La música que celebraba las sublimes elevaciones del amor, sonaba constantemente en los oídos de Mangiku y cada gesto exquisito de su cuerpo era usado para expresarlo. En Mangiku no había nada ajeno al amor. Los dedos de sus pies enfundados en tabi blancos, los atractivos colores del doblez de su kimono, que apenas podía verse por las aberturas de las mangas, el largo cuello de cisne. Todo estaba al servicio del amor.
Masuyama pensó que Mangiku encontraba una guía para su amor en las grandiosas emociones de los papeles que desempeñaba en escena. Un actor común puede enriquecer sus actuaciones infundiéndoles las emociones de la vida real. Mangiku no lo hacía así. Al enamorarse, las heroínas trágicas como Yukihime, Omiwa e Hinaginu, corrían en su ayuda. Sin embargo, el pensar en Mangiku enamorado hizo retroceder a Masuyama.
Aquellas emociones sublimes que Mangiku evocaba con su presencia en el escenario, encerrando su sensualidad en heladas llamaradas, no tenían asidero en la vida real. El objeto de tantas emociones no era sino un ignorante respecto al kabuki, un director joven y talentoso, de aspecto común, cuya única justificación para motivar el amor de Mangiku consistía en ser un extraño en aquellas comarcas, un joven forastero que pronto desaparecería del mundo del kabuki para no regresar.


VIII

¡Si tan sólo pudiera cambiarlos! fue bien recibida. Pese a su anunciada promesa de desaparecer del teatro después del estreno, Kawasaki iba allí todos los días a quejarse de la representación, a vagar por los pasajes subterráneos del escenario o a tocar con curiosidad los mecanismos de la puerta-trampa o del Hanamichi. Masuyama pensó que aquel hombre tenía algo de niño.
Las críticas de los diarios alabaron a Mangiku. Masuyama se encargó de mostrárselas a Kawasaki, que frunció la boca como un chico caprichoso: -Son todos buenos actores, pero parece que no hubo ninguna dirección.
Naturalmente, Masuyama no repitió aquellas ásperas palabras a Mangiku y Kawasaki mismo se comportó de la mejor manera posible cuando se encontró con el actor. A Masuyama le irritaba que Mangiku, quien era totalmente insensible para detectar los sentimientos de los demás, no hubiera averiguado, no obstante, si Kawasaki advertía su buena voluntad. Por otra parte, Kawasaki también era insensible a los sentimientos ajenos. Tenía aquel rasgo en común con el actor.
Una semana después del estreno, Masuyama fue llamado al camarín de Mangiku. Algunos amuletos provenientes del altar donde se postraba para adorarlos y varias golosinas navideñas estaban diseminados sobre la mesa. Las confituras se distribuirían después entre sus discípulos. Mangiku hizo que Masuyama aceptara algunos dulces. Aquella era una señal de buen humor.
-El señor Kawasaki estuvo aquí hace un momento -dijo.
-Sí, lo he visto salir.
-Me pregunto si aún se encuentra en el teatro…
-Supongo que se quedará hasta que finalice la obra.
-¿No dijo si, luego, tenía algún compromiso?
-No he escuchado nada en tal sentido.
-Entonces, quisiera pedirle un favor…
Masuyama adoptó la expresión más compuesta que pudo:
-¿Cuál es?
-Esta noche, cuando termine la representación… En fin, esta noche… -las mejillas de Mangiku se encendieron y su voz sonó más clara y aguda que de costumbre-… cuando termine la representación me gustaría cenar con él. ¿Le molestaría preguntarle si tiene algún compromiso?
Masuyama asintió.
-¿Hago mal en pedirle una cosa así? -los ojos de Mangiku dejaron de errar a la deriva y trataron de leer la expresión de Masuyama. Parecía desear que Masuyama se turbara.
Apenas Masuyama penetró en el hall, se encontró con Kawasaki que venía en dirección contraria. Este encuentro casual en medio de la gente que colmaba el hall durante el entreacto, parecía una maniobra del destino.
El aspecto de Kawasaki no era acorde con la atmósfera festiva que prevalecía en el recinto. El aire ligeramente altanero que adoptaba habitualmente el joven, parecía ridículo en medio del murmullo de una multitud de sólidos ciudadanos vestidos para la ocasión con sus trajes dominicales.
Masuyama llevó a Kawasaki hasta un rincón y le transmitió la invitación de Mangiku.
-¿Qué puede querer de mí? -se preguntó el joven-. ¡Cenar juntos! Tiene gracia. No existe ninguna razón para no aceptar, pero no veo el motivo de una reunión de esta clase.
-Supongo que deseará hablarle de la obra.
-Ya dije todo cuanto tenía que decir al respecto.
En aquel momento, un deseo injustificado de dañar al prójimo, una emoción siempre asociada en el escenario con villanos menores, brotó en el corazón de Masuyama sin que él lo advirtiera. Ni siquiera tomó conciencia de que estaba actuando como un personaje de ficción.
-A lo mejor, ésta es la oportunidad para decirle, sin escatimar palabras, todo cuanto piensa al respecto.
-En fin…
-Quizás no tenga coraje como para hablarle francamente…
Las palabras de Masuyama hirieron al joven en su amor propio: -Está bien. Acepto. Durante estos meses supe que, tarde o temprano, tendría la oportunidad de aclarar las cosas con él.
Mangiku aparecía en la última parte del programa y no quedaba en libertad sino al finalizar todo el espectáculo. Por lo general, los actores suelen, al terminar su actuación, cambiarse de prisa y dejar el teatro precipitadamente, pero Mangiku no daba muestra de impaciencia mientras terminaba de vestirse y cubría su kimono con una capa y una bufanda de colores apagados. Esperaba a Kawasaki.
Éste llegó finalmente, y, sin molestarse en sacar las manos de los bolsillos de su sobretodo, saludó brevemente a Mangiku.
El discípulo que siempre acompañaba a Mangiku como su “doncella”, apareció de pronto con aires de anunciar una gran calamidad:
-Está nevando -informó apesadumbrado.
Mangiku alzó la capa hacia sus mejillas:
-Necesitaremos un paraguas para llegar hasta el coche -dijo.
Masuyama los acompañó hasta la salida de artistas. El portero había acomodado allí los zapatos de Mangiku junto a los de Kawasaki. Bajo la fina nevada, el discípulo-doncella mantenía abierto el paraguas.
La nieve era tan transparente que costaba distinguir sus copos contra la pared de cemento oscuro.
Mangiku hizo una reverencia a Masuyama:
-Nos vamos.
La sonrisa de sus labios podía distinguirse vagamente bajo la bufanda. Se volvió hacia su discípulo:
-Yo llevaré el paraguas. Preferiría que avisara al chófer que ya estamos listos.
Mangiku sostenía el paraguas sobre la cabeza de Kawasaki. Mientras caminaban uno junto al otro, algunos copos de nieve volaron a su alrededor.
Masuyama los vio alejarse. Mangiku, envuelto en su capa y Kawasaki con las manos en los bolsillos del sobretodo. Fue como si un paraguas grande, negro y húmedo se abriera ruidosamente dentro de su corazón. La ilusión que sintiera Masuyama de muchacho al ver actuar a Mangiku, había permanecido intacta aún después de haber integrado el kabuki. En aquel instante se quebró en mil pedazos como una delicada pieza de cristal.
-Por fin sé lo que es una verdadera desilusión -pensó-. Hasta podría abandonar el teatro…
Pero Masuyama sabía que, junto a la desilusión, le estaba invadiendo un nuevo sentimiento: los celos. Y le aterró pensar hasta dónde lo conduciría aquello.