Párrafos trocados, Graham Greene

Una vez estaba tendido en la cama del dormitorio, llorando bajo las sábanas porque era la primera semana del trimestre y todavía faltaban doce infinitas semanas para las vacaciones. Y yo tenía miedo de… de todo. Era invierno y de pronto vi que la ventana de mi cuarto se empañaba con un vapor caliente. Limpié el vapor con la mano y miré hacia abajo. Allí estaba el dragón, echado en la calle húmeda y negra, parecía un cocodrilo en un arroyo. Antes nunca había abandonado el ejido porque todos estaban en contra de él… Como también creía que estaban contra mí. Hasta la policía guardaba rifles en un armario para matarlo si se acercaba a la ciudad. Pero allí estaba, tendido e inmóvil, respirándome cálidas nubes de aliento. Se había enterado de que las clases habían vuelto a empezar y sabía que yo era desdichado y estaba solo.

Quizá tú no necesites la ayuda de un dragón, pero yo la necesitaba. Todo el mundo detestaba a mi dragón y querían matarlo. Temían al humo y a las llamas que salían de su boca cuando estaba enfadado. Por las noches yo solía escabullirme de mi dormitorio y llevarle latas de sardinas de mi caja de provisiones. Él las cocinaba dentro de la lata, con su aliento. Le gustaban calientes.

Una historia de nadie, Charles Dickens

viejaguardia_facebookVivía en la orilla de un enorme río, ancho y profundo, que se deslizaba silencioso y constante hasta un vasto océano desconocido. Fluía así, desde el Génesis. Su curso se alteró algunas veces, al volcarse sobre nuevos canales, dejando el antiguo lecho, seco y estéril; pero jamás sobrepasó su cauce, y seguirá siempre fluyendo hasta la eternidad.

Nada podía progresar, dado su corriente impetuosa e insondable. Ningún ser viviente, ni flores, ni hojas, ni la menor partícula de cosa animada o sin vida volvía jamás del océano desconocido. La corriente del río oponía enérgica resistencia, y el curso de un río jamás se detiene, aun cuando la tierra cese en sus revoluciones alrededor del sol.

Vivía en un paraje bullicioso, y trabajaba intensamente para poder subsistir. No tenía esperanza de ser alguna vez lo suficientemente rico como para descansar durante un mes, pero aun así, estaba contento, tenía a Dios por testigo y no le faltaba voluntad para cumplir sus pesadas tareas. Pertenecía a una inmensa familia, cuyos miembros debían ganarse el sustento por sí mismos con la diaria tarea, prolongada desde el amanecer hasta entrada la noche. No tenía otra perspectiva ni jamás había pensado en ella.

En la vecindad donde residía se oían constantes ruidos de trompetas y tambores, pero no le concernían en absoluto. Esos golpes y tumultos procedían de la familia Bigwig, cuya extraña conducta no dejaba de admirar. Ellos exponían ante la puerta de su vivienda las más raras estatuas de hierro, mármol y bronce y oscurecían la casa con las patas y colas de toscas imágenes de caballos. Si se les preguntaba el significado de todo eso, sonreían con su rudeza habitual y continuaban su ardua tarea.

La familia Bigwig (compuesta por los personajes más importantes de los alrededores, y los más turbulentos también) tomó a su cargo la misión de evitar que pensara por sí mismo, manejándolo y dirigiendo sus asuntos. “Porque, verdaderamente –decía él–, carezco del tiempo suficiente, y si son tan buenos al cuidarme, a cambio del dinero que les pagaré –pues la situación monetaria de dicha familia no estaba por encima de la suya–, estaré aliviado y muy agradecido al considerar que ustedes entienden más que yo.” Aquí continuaban los golpes y tumultos, y las extrañas imágenes de caballos ante las cuales se esperaba debía arrodillarse y adorar.

No comprendo nada de eso –dijo, frotándose confuso la frente arrugada–. Debe tener un significado seguramente, que yo no alcanzo a descubrirlo.

Eso significa –contestó la familia, sospechando lo que quería decir– honor y gloria en lo más alto, para el mayor mérito.

¡Oh! –respondió él, y quedó satisfecho.

Pero cuando miró hacia las imágenes de hierro, mármol y bronce, no encontró ningún compatriota suyo de valor. No pudo descubrir ni uno de los hombres cuyo saber lo rescató a él y a sus hijos de una enfermedad terrible, cuyo arrojo elevó a sus antepasados de la condición de siervos, cuya sabia imaginación abrió una existencia nueva y elevada a los más humildes, cuya habilidad llenó de infinitas maravillas el mundo del hombre trabajador. En cambio descubrió a otros acerca de los cuales no había escuchado jamás nada bueno, y otros más, aún, sobre quienes sabía que pesaban muchas maldades.

¡Jum! –se dijo para sí–. No lo entiendo del todo.

De modo que se fue a su casa y se sentó junto a la lumbre, para no pensar más en ello.

En este tiempo no había lumbre en su chimenea, cruzada por surcos ennegrecidos; a pesar de ello, era su lugar favorito. Su mujer tenía las manos endurecidas por el trabajo constante, y había envejecido antes de tiempo, pero aun así la amaba mucho. Sus hijos, detenidos en el crecimiento, exhibían señales de una alimentación deficiente; pero se notaba belleza en sus ojos. Por sobre todas las cosas, existía en el alma de ese hombre el ardiente deseo de instruir a sus hijos. “Si algunas veces resulté engañado –decía– por falta de saber, al menos que ellos aprendan para evitar mis errores. Si es duro para mí recoger la cosecha de placer y sabiduría acumulada en los libros, que a ellos les resulte fácil.”

Pero la familia Bigwig estalló en violentas discusiones acerca de lo que era legítimo enseñar a los hijos de ese hombre. Algunos miembros insistían en que determinados asuntos eran primordiales e indispensables, y la familia se separó en distintas facciones, escribió panfletos, convocó a sesiones, pronunció discursos, se acorralaron unos a otros en tribunales laicos y cortes eclesiásticas, se arrojaron barro, cruzaron las espaldas y cayeron en abierta pugna e incomprensible rencor. Mientras tanto, este hombre contempló al demonio de la ignorancia irguiéndose y arrastrando consigo a sus hijos. Vio a su hija convertida en una prostituta andrajosa, a su hijo embrutecerse en los senderos de baja sensualidad, hasta llegar a la brutalidad y al crimen; la naciente luz de la inteligencia en los ojos de sus hijos pequeños cambiaba hasta convertirse en astucia y sospechas, a tal punto que los hubiera preferido imbéciles.

Tampoco soy capaz de entenderlo –dijo entonces–; pero creo que no puede justificarse. ¡No! ¡Por el cielo nublado que me ampara, protesto y me reconozco culpable!

Tranquilizado nuevamente (porque sus pasiones eran por lo común de escasa duración y su natural bondadoso), miró a su alrededor, en los domingos y feriados, y notó cuánta monotonía y fastidio existía por doquier; cuánta embriaguez surgía de allí, con su séquito de ruindades. Entonces recurrió a la familia Bigwig, diciendo:

Somos gente trabajadora, y sospecho que la gente trabajadora, de cualquier condición, necesita refrigerio mental y distracciones. Vean las condiciones en que caemos cuando descansamos sin ellas. ¡Vengan! ¡Distráiganme inocentemente, muéstrenme alguna cosa, denme una escapatoria!

Pero la familia Bigwig se alborotó.

Cuando varias voces pudieron escucharse, se le propuso enseñar las maravillas del mundo, las grandezas de la creación, los notables cambios del tiempo, la obra de la naturaleza y las bellezas del arte en cualquier período de su vida y cuanto pudiera contemplarlas. Esto originó entre los miembros de la familia Bigwig tanto desorden y desvarío, tantos tribunales y peticiones, tantos reclamos y memoriales, tantas mutuas ofensas, una ráfaga tan intensa de debates parlamentarios donde el “no me atrevo” seguía al “lo haría si pudiera”, que dejaron al pobre hombre estupefacto, mirando extraviado a su alrededor.

Yo he provocado esto –se dijo, y se tapó aterrorizado los oídos–. Sólo intento hacer una pregunta inocente, surgida de mi experiencia familiar y del saber común de todo hombre que desea abrir los ojos. No lo entiendo y no soy comprendido. ¿Qué surgiría de semejante estado de cosas?

Inclinado sobre su trabajo, se repetía con frecuencia esta pregunta cuando comenzó a extenderse la noticia de una peste que había aparecido entre los trabajadores, provocando muertes a millares. Al mirar a su alrededor, pronto descubrió que la noticia era cierta. Los moribundos y los muertos se mezclaban en las casas estrechas y sucias en que vivieron. Nuevos venenos se filtraban en la atmósfera siempre triste, siempre nauseabunda. Los fuertes y los débiles, la ancianidad y la infancia, el padre y la madre, todos eran derribados a la par.

¿Qué medios de escape poseía? Quedose allí y vio morir a aquellos a quienes más amaba. Un benévolo predicador vino hacia él, tratando de decir algunas plegarias con las cuales calmar su corazón entristecido, pero él replicó:

¡Bah! ¿Qué eficacia posees, misionero, al acercarte a mí, a un hombre condenado a vivir en este lugar hediondo, donde cada sentimiento que se demuestra se convierte en un tormento y donde cada minuto de mis días contados es una nueva palada de lodo agregada a la pila que me oprime? Pero denme el fugaz resplandor del cielo por medio del aire y la luz; denme agua pura, ayúdenme a mantenerme aseado; iluminen esta atmósfera pesada y esta vida oscura en la que nuestros espíritus se hunden y que nos convierten en las criaturas indiferentes y endurecidas que tan a menudo contemplan; gentil y bondadosamente lleven los cadáveres de aquellos que murieron fuera de esta mísera habitación, donde ya nos hemos familiarizado en tal forma con el terrible cambio que, para nosotros, hasta ha perdido su santidad, y, maestro, oiré entonces, nadie mejor que tú lo sabes cuán voluntariamente, a Aquel cuyo pensamiento estaba siempre con los pobres y que compadecía todas las miserias humanas.

Estaba ya de nuevo en su trabajo, triste y solitario, cuando el amo apareció y permaneció a su lado, vestido de negro. También él había sufrido mucho. Su joven esposa, su esposa tan bella y tan buena, había muerto, llevando consigo su único hijo.

¡Señor! Es muy duro de sobrellevar, lo sé, pero consuélate. Yo trataré de aliviarte en lo posible.

El patrón le agradeció desde el fondo de su corazón, pero contestó:

¡Oh, trabajadores! La calamidad comenzó entre ustedes. Si hubieran vivido en forma más saludable yo no sería el viudo desconsolado del presente.

Señor –replicó el trabajador, moviendo la cabeza–, he comenzado a comprender hasta cierto punto que la mayor parte de las calamidades provendrán de nosotros, como provino esta, y que nada se detendrá ante nuestras pobres puertas mientras no nos unamos a aquella gran familia pendenciera, para hacer las cosas que deben hacerse. No podemos vivir sana y decentemente hasta que aquellos que se comprometieron a dirigirnos nos proporcionen los medios. No podemos ser instruidos hasta que no nos enseñen; no podremos divertirnos razonablemente hasta que ellos no nos procuren diversiones; sólo podremos creer en falsos dioses, en nuestros hogares, mientras ellos ensalzan a muchos de los suyos en todos los lugares públicos. Las malas consecuencias de una educación imperfecta, de una indiferencia peligrosa, de inhumanas restricciones; y el rechazo absoluto de cualquier goce, todo procederá de nosotros y nada se detendrá. Se extenderán en todas direcciones. Siempre sucede así, al igual que con la peste. Esto entiendo yo, al menos.

Pero el amo respondió:

¡Oh, ustedes, trabajadores! ¡Cuán raramente se dirigen a nosotros, si no es por algún motivo de queja!

Señor –replicó–. No soy nadie y tengo escasas posibilidades de ser escuchado, o tal vez no desee ser oído, excepto cuando existe alguna queja. Pero ella nunca tiene origen en mí, y nunca puede terminar conmigo. Tan seguro como la muerte que desciende hasta mí para hundirme.

Había tanta razón en lo que decía, que la familia Bigwig llegó a notificarse y, terriblemente asustada por la reciente catástrofe, resolvió unirse a él para hacer las cosas con más justicia, en todo caso, hasta donde esas mismas cosas estuvieran asociadas con la inmediata prevención, humanamente hablando, de una nueva peste. Pero en cuanto desapareció el temor, cosa que sucedió muy pronto, se reanudaron las mutuas querellas y no se hizo nada. En consecuencia, la desdicha volvió a reaparecer, rugió como antes, se extendió como antes, vengativamente hacia arriba, arrastrando un gran número de descontentos. Pero ni un solo hombre entre ellos quiso admitir, aun en el más ínfimo grado, ser uno de los culpables.

Por consiguiente, siguiose viviendo y muriendo en igual forma, y esto es lo primordial en la Historia de Nadie.

¿No tiene nombre?, preguntarán. Tal vez se llama Legión. Importa poco cuál sea su nombre verdadero.

Si han estado en los pueblos belgas, cerca del campo de Waterloo, habrán visto en alguna iglesia pequeña y silenciosa el monumento erigido por fieles compañeros de armas a la memoria del coronel A., del mayor B., de los capitanes C, D y E, de los subtenientes F y G, alféreces H, 1 y J, de siete oficiales y ciento treinta soldados que cayeron en el cumplimiento de su deber en un día memorable. La Historia de Nadie es la historia de los soldados anónimos de la tierra. Ellos tomaron parte en la batalla, les corresponde parte de la victoria; cayeron y no dejaron su nombre más que en conjunto. La marcha del más orgulloso de nosotros se encauza en el sendero polvoriento que ellos atravesaron. ¡Oh! Pensemos en ellos este año, ante el fuego de Navidad, y no los olvidemos después que este se haya extinguido.

Y la muerte no impondrá su reino, Dylan Thomas

190Y la muerte no impondrá su reino.

Desnudos hombres ya muertos se confundirán

Con el hombre en el viento y la luna del oeste;

Cuando los huesos sean descarnados y los ya mondados se hayan ido,

Habrá estrellas en torno al pie y entre sus codos

Y aunque pierdan la razón no perderán su lucidez

Aunque se hundan bajo el mar de nuevo en vilo se alzarán

Pues se acaban los amantes mas no el amor

Y la muerte no impondrá su reino.

Y la muerte no impondrá su reino.

Quienes yacen tendidos

Bajo interminables pálpitos del mar

No morirán palpitando de terror:

Retorciéndose en el potro en tanto el músculo se afloja

Y abiertos en canal, su esqueleto ha de resistir;

La fe gemirá en sus manos al partirse en dos

Y demonios unicornes los penetrarán,

Pero aun así, hendidos de principio a fin, no van a crujir

Y la muerte no impondrá su reino.

Y la muerte no impondrá su reino.

El grito de la gaviota puede no estallar en sus oídos

Ni una ola ruidosa romper en la costa;

Donde una flor brotó quizá ya no exista ninguna

Que al golpe de la lluvia alce la frente;

Pero aunque estén ebrios y muertos como clavos

Y las calaveras hundan con su martilleo a las margaritas

Ellos golpearán al sol hasta que sus puertas cedan

Y la muerte no impondrá su reino.

 

Dominar la ira, Tim Bowley

el-ermitano-de-pancorvoTodos los días, los aldeanos dejaban comida para el ermitaño que vivía en una cueva cercana al pueblo. Al cabo de treinta años, una tarde se oyó un retumbar como de trueno y por la boca de la cueva salió un vivo resplandor.

Los aldeanos se congregaron rápidamente en el lugar y esperaron con reverencia. Al cabo de un rato apareció el ermitaño, rodeado de un resplandor sobrenatural y envuelto en un coro de voces celestiales perfectamente audible. Sobrecogidos, los aldeanos aguardaron humildemente a que el ermitaño les hablara.

He dominado la ira –dijo el monje al fin, con una beatífica sonrisa. Los aldeanos aplaudieron espontáneamente, pero enseguida volvieron a guardar silencio para escuchar qué más tenía el ermitaño que contarles. Él siguió mirándolos con su sonrisa esplendorosa, pero no dijo nada más.

Al fin, uno de los congregados se atrevió a hablar.

¿Y qué más? -preguntó humildemente.

Una expresión de perplejidad enturbió momentáneamente el rostro del monje. Luego, adoptando de nuevo la sonrisa de antes, carraspeó y contestó:

He dominado la ira.

Sí, sí -dijeron los aldeanos-, eso ya lo sabemos. Nos parece estupendo y estamos muy impresionados; pero ¿qué más has hecho?

El ermitaño pareció contraer ligeramente el ceño durante un brevísimo instante, no obstante enseguida volvió a su radiante sonrisa.

Creo que no lo habéis entendido bien –repuso–. He dominado la ira; se trata de un logro excepcional.

Sí, lo es –asintieron sabiamente los aldeanos–. Pero llevas treinta años metido en esa cueva. ¿Seguro que no has hecho nada más?

El monje cambió el peso de su cuerpo de una pierna a otra y carraspeó; su sonrisa parecía ahora un tanto forzada.

He dominado la ira. No tengo nada más que decir.

Venga, hombre -dijo uno de los aldeanos-, a nosotros nos lo puedes contar. Al fin y al cabo, llevamos años manteniéndote. ¿Qué más has logrado?

¡Palurdos estúpidos! -chilló el monje-. ¡No hay nada más que decir! ¿Es que sois tan tontos que no os cabe en la mollera? Tras años de duro trabajo, privaciones y disciplina, he logrado la tarea sobrehumana de dominar la ira, pero ¡ya veo que es algo demasiado complicado para que lo comprendan unos idiotas como vosotros! ¡Marchaos a hacer puñetas, hatajo de mastuerzos!

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Un pasaje a la India, Oliver Sacks

free-wallpaper-12Bhagawhandi P., una muchacha india de diecinueve años con un tumor maligno en el cerebro, fue admitida en nuestra institución en 1978. El tumor (un astrocitoma) se había manifestado por primera vez cuando tenía siete años, pero por entonces era de escasa malignidad y estaba bien delimitado, lo que permitió una resección completa y una recuperación completa de la función, y Bhagawhandi pudo volver a hacer vida normal.

Esta tregua duro diez años, durante los cuales vivió una vida plena, con una plenitud agradecida y consciente, porque sabía (era una chica inteligente) que tenía una “bomba de tiempo” en la cabeza.

El tumor volvió a aparecer a los dieciocho años, mucho más expansivo y maligno ya. No era posible además extirparlo. Se efectuó una descompresión para permitir que se expandiera… y fue así, con debilidad y parálisis del lado izquierdo, con ataques esporádicos y otros problemas, como ingresó en nuestra institución.

Al principio se mostró bastante animosa, parecía aceptar plenamente el destino que le aguardaba, pero deseaba aún relacionarse y hacer cosas, disfrutar y experimentar mientras pudiese. A medida que el tumor iba creciendo y avanzando hacia el lóbulo temporal y la descompresión empezaba a hincharse (le administramos esteroides para reducir el edema cerebral) los ataques se hicieron más frecuentes… y más extraños.

Los primeros ataques habían sido convulsiones de grand mal, y siguió teniendo ataques de este tipo de vez en cuando. Los nuevos tenían un carácter completamente distinto. No perdía la consciencia, sino que parecía (y se sentía) como “ensoñando”; y era fácil apreciar (y confirmar con electroencefalograma) que había pasado a tener ataques del lóbulo frontal frecuentes, que, como nos enseñó Hughlings Jackson, suelen caracterizarse por “estados de ensoñación” y “reminiscencia” involuntaria.

Esta ensoñación vaga adquirió pronto un carácter más definido, más concreto y más visionario. Adquirió la forma de visiones de la India (paisajes, aldeas casas, jardines) que la muchacha reconocía inmediatamente como lugares que había conocido y amado de niña.

-¿Y eso te molesta? -le preguntamos-. Podemos cambiar la medicación.

-No -dijo con una plácida sonrisa-. Me gustan esos sueños… me llevan otra vez a casa.

A veces aparecía gente, normalmente de su familia o vecinos de su aldea natal; a veces se hablaba, o se cantaba o se bailaba; en una ocasión estaba en la iglesia, en otra en el camposanto; pero en general eran las llanuras, los campos, los arrozales próximos a la aldea, y las montañas bajas y suaves que se alzaban en el horizonte.

¿Eran sólo ataques del lóbulo temporal? Esto parecía en un principio, pero luego empezamos a estar ya menos seguros; porque los ataques del lóbulo temporal suelen tener un formato bastante fijado: Una sola escena o canción, que se repite invariablemente, acompañada de un foco igualmente fijo en el córtex. Sin embargo los sueños de Bhagawhandi no tenían ese caracter fijo, desplegaban panoramas en cambio constante y paisajes que se disolvían ante sus ojos. ¿Estaba entonces intoxicada y alucinaba debido a las enormes dosis de esteroides que estaba recibiendo? Esto parecía posible, pero no podíamos reducir los esteroides… habría entrado en coma y se habría muerto en unos cuantos días.

Y una “psicosis de esteroides”, en caso de que fuese eso, suele ser desorganizada y agitada, mientras que Bhagawhandi estaba siempre lúcida, tranquila serena. ¿Podían ser fantasías o sueños, en el sentido freudiano? ¿O el tipo de locura-ensueño (oneirofrenia) que puede producirse a veces en la esquizofrenia? Tampoco podíamos estar seguros de eso; porque aunque había una especie de fantasmagoría, los fantasmas eran claramente recuerdos todos ellos. Se producían con conciencia y juicio normales, y no estaban evidentemente “hipercateterizados”, o cargados de impulsos apasionados. Se parecían más a ciertos cuadros, o poemas sinfónicos, unas veces felices, otras tristes, evocaciones, re-evocaciones, visitas de ida y vuelta a una niñez estimada y feliz.

Día a día, semana a semana, los sueños, las visiones, se hicieron más frecuentes, más profundos. No eran ya esporádicos, sino que ocupaban la mayor parte del día. La veíamos como arrebatada, como en un trance, los ojos cerrados a veces, otras abiertos pero mirando sin ver, y siempre con una sonrisa dulce, misteriosa en la cara. Si alguien se acercaba a ella o le preguntaba algo, como tenían que hacer las enfermeras, ella respondía inmediatamente, con lucidez y cortesía, pero se tenía la sensación, incluso entre el personal más prosaíco, de que estaba en otro mundo y de que no debíamos molestarla. Yo compartía ese sentimiento y, aunque sentía curiosidad, me resistía a indagar. Una vez, sólo una vez, le dije:

-¿Qué pasa, Bhagawhandi?

-Me estoy muriendo -contestó-. Me voy a casa. Regreso al lugar del que vine…sí, podríamos decir que es mi regreso.

Pasó otra semana y entonces dejó de reaccionar ya a los estímulos externos, parecía completamente encerrada en un mundo propio y, aunque tenía los ojos cerrados, aún seguía presente en su rostro aquella sonrisa serena y feliz.

-Está haciendo su viaje de regreso -decía el personal-. Pronto llegará allí.

Tres días después murió… ¿o deberíamos decir “llegó” después de completar su viaje a la India?

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Mirarse, Samuel Beckett

Alva Bernadine

Lugar cerrado. Todo lo que hay que saber para decir está sabido. No hay más que lo que está dicho. Fuera de lo que está dicho no hay nada. Lo que sucede en la arena no está dicho. Si hubiera que saberlo se sabría. Eso no interesa. No imaginarlo. Tiempo desgastando la tierra desgastándola a disgusto. Lugar hecho de una arena y de un foso. Entre los dos bordeándolo una pista. Lugar cerrado. Más allá del foso no hay nada. Se sabe puesto que se debe decir. Negra arena extendida. Pueden caber en ella millones. Errantes e inmóviles. Sin jamás verse ni oirse. Sin nunca tocarse. Es todo lo que se sabe. Profundidad del foso. Mirar desde el borde todos los cuerpos en el fondo. Los millones que aún están ahí. Parecen seis veces menores que lo normal. Fondo dividido en zonas. Zonas negras y zonas claras. Ocupan todo el ancho. Las zonas que quedan claras son cuadradas. Un cuerpo mediano cabe apenas ahí. Extendido en diagonal. Si es mayor debe acurrucarse. De esta manera se sabe el ancho del foso. Se sabría sin eso. De las zonas negras hacer la suma. De las zonas claras. Las primeras ganan con mucho. El lugar es ya viejo. El foso es viejo. Al principio sólo era claridad. Sólo zonas claras. Tocándose casi. Apenas ribeteadas de sombra. El foso parece una lína recta. Luego reaparece un cuerpo ya visto. Se trata pues de una curva cerrada. Claridad muy brillante de las zonas claras. No irrumpe en las ocscuras. Son éstas de un negro impenetrable. Tan denso en los bordes como en el centro. En cambio esta claridad sube de un golpe. Alto por encima del nivel de arena. Tan alto como profundo es el foso. Se elevan en el aire negro torres de pálida luz. Tantas zonas, claras tantas torres. Tantos cuerpos visibles en el fondo. La pista sigue al foso a todo lo ancho. Todo su contorno. Está realzada con respecto a la arena. El equivalente a un escalón. Está hecha de hojas muertas. Recuerdo de una bella naturaleza. Están secas. El aire seco y el calor. Muertas pero no podridas. Se convertirían más bien en polvo. Pista justo lo bastante ancha para un sólo cuerpo. Nunca dos se cruzan ahí.

A lo lejos un pájaro, Samuel Beckett

alice bailly-el vuelo de las gaviotasTierra cubierta de ruinas, ha caminado toda la noche, yo renuncié, rozando los setos, entre calzada y cuneta, sobre la hierba seca, pasitos lentos, toda la noche sin ruido, deteniéndose a menudo, más o menos cada diez pasos, pasitos desconfiados, volviendo a tomar aliento, escuchando luego, tierra cubierta de ruinas, yo renuncié antes de nacer, no es posible de otro modo, pero era preciso que eso naciese, fue él, yo estaba dentro, se ha detenido, es la centésima vez esta noche, más o menos, eso indica el espacio recorrido, es la última, se ha encorvado sobre su bastón, yo estoy dentro, es él quien ha gritado, él quien ha salido a la luz, yo no he gritado, yo no he salido a la luz, las dos manos, una sobre otra, descargan su peso en el bastón, la frente en las manos, ha vuelto a tomar aliento, puede escuchar, tronco horizontal, piernas separadas, dobladas las rodillas, mismo abrigo viejo, los faldones envarados se levantan por atrás, despunta el día, no tendría más que levantar los ojos, que abrirlos, que levantarlos, se confunde con el seto, a lo lejos un pájaro, lo justo para sorprender y se larga, es él quien ha vivido, yo no he vivido, malvivido, por mi culpa, es imposible que yo posea una conciencia y tengo una, otro me com prende, nos comprende, está ahí, ha terminado por llegar hasta ahí, le imagino, ahí comprendiéndonos, las dos manos y la cabeza hacen un montoncito, las horas pasan, él no se mueve, me busca una voz, es imposible que yo tenga voz y no la tengo, va a encontrarme una, me irá mal a él, le ajustaré las cuentas, sus cuentas, pero nada más, esta imagen, el montoncito de las manos con la cabeza, el tronco horizontal, los codos por ambas partes, los ojos cerrados y el rostro paralizado a la escucha, los ojos que no se ven y todo el rostro que no se ve, el tiempo no cambia nada, esta imagen y nada más, tierra cubierta de ruinas, la noche se retira, se ha largado, yo estoy dentro, va a matarse, por mi culpa, voy a vivir eso, voy a vivir su muerte, el final de su vida y después su muerte, poco a poco, en presente, cómo va a arreglárselas, es imposible que yo lo sepa, no lo sabré, poco a poco, él es quien morirá, yo no moriré, no quedará de él más que los huesos, yo estaré dentro, no quedará de él más que arena, yo estaré dentro, no es posible de otro modo, tierra cubierta de ruinas, ha atravesado el seto, ya no se detiene, nunca dirá yo, por mi culpa, no hablará con nadie, nadie le hablará, no hablará solo, no queda nada en su cabeza, yo pondré en ella lo que se necesita, para acabar, para no decir más yo, para no abrir ya la boca, confundidos recuerdos y pesares, confusión de seres queridos y juventud imposible, inclinado hacia delante y sosteniendo el bastón por el medio avanza tropezando a campo traviesa, una vida mía, lo intenté, ha sido un fracaso, nunca más que suya, mala, por mi culpa, él decía que no había sólo una, pero sí, sólo hay una todavía, la misma, pondré rostros en su cabeza, nombres, lugares, lo tramaré todo, con qué terminar, sombras para huir, últimas sombras, para huir y para perseguir, confundirá a su madre con unas grullas, a su padre con un peón caminero llamado Balfe, le pegaré un viejo chucho enfermo para que ame todavía, se pierda todavía, tierra cubierta de ruinas, pequeños pasos enloquecidos.

La fuerza que por el verde tallo impulsa a la flor, Dylan Thomas

howard pyle-atrapados en el espacioLa fuerza que por el verde tallo impulsa a la flor

impulsa mis verdes años; la que marchita la raíz del árbol

es la que me destruye.

Y yo estoy mudo para decirle a la encorvada rosa

que la misma fiebre invernal dobla mi juventud.

La fuerza que impulsa el agua entre las rocas

impulsa mi roja sangre; la que seca los arroyos parlantes

vuelve cera los míos.

Y yo estoy mudo para contarle a mis venas

cómo la misma boca bebe del manantial de la montaña.

La mano que arremolina el agua del estanque

remueve las arenas; la que amarra las ráfagas del viento

iza mi vela de sudario.

Y yo estoy mudo para decirle al ahorcado

que el barro del verdugo está hecho de mi arcilla.

Los labios del tiempo sorben del manantial;

el amor gotea y se acumula, mas la sangre vertida

calmará sus pesares.

Y yo estoy mudo para decirle al viento en la intemperie

cómo ha trazado el tiempo un cielo entre los astros.

Y yo estoy mudo para decirle a la tumba de la amada que

en mi sábana avanza encorvado el mismo gusano.

Y la muerte perderá su dominio, Dylan Thomas

Albrecht Dürer

Y la muerte perderá su dominio.

Los muertos desnudos serán un solo muerto.

Con el hombre en el viento y la Luna de occidente;

cuando se descarnen los huesos y desaparezcan los huesos.

Donde hubo codos y pies aparecerán estrellas.

Y aunque se sumerjan en profundas aguas tendrán que resurgir.

Y aunque los amantes se extravíen perdurará el amor.

Y la muerte perderá su dominio.Y la muerte perderá su dominio.

Bajo los remolinos del mar

aquellos que yazgan largamente no morirán en la tempestad

retorciéndose en el tormento, cuando cedan los tendones

atados a una rueda no podrán destrozarse;

entre sus manos la fe se romperá en dos

y el Unicornio del mal los atravesará.

Y hendidos por todas partes no se desmembrarán.

Y la muerte perderá su dominio.

Y la muerte perderá su dominio.

Nunca más las gaviotas gritarán en sus oídos

o se romperán las olas tumultuosamente en la ribera;

allí donde se abrió una flor nunca más otra flor

ofrecerá su cabeza a los golpes de la lluvia.

Y aún locas o muertas como clavos

atravesarán la margaritas con sus cabezas de señoras;

irrumpiendo sobre el Sol hasta que el Sol se desprenda.

Y la muerte perderá su dominio.

Las puertas del templo, Aldous Huxley

Larry Gagosian,Numerosas son las puertas del espíritu que llevan al más íntimo santuario: y considero las puertas del templo divinas, pues el dios del lugar es Dios mismo.

Y estas son las puertas que Dios dispuso que a su casa llevaran: vino y besos, fríos abismos del pensamiento, juventud sin tregua, y tranquila senectud, plegaria y deseo, el pecho del amante y de la madre, el fuego del juicio y el fuego del poeta.

Pero él que venera en soledad esas puertas, olvidándose del santuario de más allá, verá de pronto abrirse los cierres, revelando, no el trono radiante de Dios, sino los fuegos de la ira y del dolor.

 

Encantamiento, James Joyce

Chuck Gordon

Una muchacha estaba ante él, en medio de la corriente, mirando sola y tranquila mar afuera. Parecía que un arte mágico le diera la apariencia de un ave de mar bella y extraña. Sus piernas desnudas y largas eran esbeltas como las de la de la grulla y sin mancha, salvo allí donde el rastro esmeralda de un alga se había quedado prendido como un signo sobre la carne. Los muslos más llenos, y de suaves matices de marfil, estaban desnudos casi hasta la cadera, donde las puntillas blancas de los pantalones fingían un juego de plumaje suave y blanco. La falda, de un azul pizarra, la llevaba despreocupadamente recogida hasta la cintura, y por detrás colgaba como la cola de una paloma. Su pecho era como el de un ave, liso y delicado, delicado y liso como el de una paloma de plumaje obscuro. Pero el largo cabello rubio era el de una niña; y de niña, y sellado con el prodigio de la belleza mortal, su rostro.

Estaba sola e inmóvil mirando mar adentro, y cuando sintió la presencia y la adoración de los ojos de Stephen, los suyos se volvieron hacia él, soportando tranquilamente aquella mirada, ni vergonzosos ni provocativos. Estuvo así largo tiempo, largo tiempo, y luego, imperturbable, retiró sus ojos de los de él y, dirigiéndolos hacia la corriente, se puso a menear despacito el agua, acá y allá, con los pies. El primer rumor del agua dulcemente removida rompió el silencio, suave, tenue, susurrante, tenue como las campanas de un ensueño. Acá y allá, acá y allá. Y una llamita imperceptible temblaba en las mejillas de la muchacha.

– ¡Dios del cielo! – exclamó el alma de Stephen en un estalido de plegaria alegría.

Se apartó súbitamente de ella y echó a andar playa adelante. Tenía las mejillas encendidas; el cuerpo, como una brasa; le temblaban los miembros. Y avanzó adelante, adelante, adelante, playa afuera, cantándole un canto salvaje al mar, voceando para saludar el advenimiento de la vida, cuyo llamamiento acababa de recibir.

La imagen de la muchacha había penetrado en su alma para siempre y ni una palabra había roto el santo silencio de su éxtasis. Los ojos de ella le habían llamado y su alma se había precipitado al llamamiento. ¡Vivir, errar, caer, triunfar, volver a crear la vida con materia de vida!

Un ángel salvaje se le había aparecido, el ángel de la juventud mortal, de la belleza mortal, enviado por el tribunal estricto de la vida para abrirle de par en par, en un instante de éxtasis, las puertas de todos los caminos del error y de la gloria.

¡Adelante! ¡Adelante! ¡Adelante!

La pesadilla de Stalin, Bertrand Russell

1Stalin, tras copiosos tragos de vodka mezclado con pimienta roja, se había dormido en su silla. Molotov, Malenkov y Beria, poniéndose un dedo en los labios, alejaban a inoportunos criados, que podían interferir el reposo del gran hombre. Mientras lo velaban, Stalin tuvo un sueño, que consistió en lo que sigue:

La tercera guerra mundial había sido librada y perdida, y él se hallaba cautivo en manos de los aliados occidentales. Mas éstos, habiendo comprobado que el proceso de Núremberg provocó una reacción de simpatía hacia los nazis, decidieron en esta ocasión adoptar un plan diferente: Stalin fue puesto en manos de un comité de cuáqueros eminentes, los cuales pretendían que hasta él, por el solo poder del amor, podía ser conducido al arrepentimiento y a una vida de honrado ciudadano.

Se convino en que, hasta tanto el trabajo espiritual se hubiese completado, las ventanas de la habitación de Stalin deberían enrejarse, no fuese que sucumbiese a la tentación de un acto impremeditado, y desde luego le sería prohibido todo acceso de cuchillos, por temor a que pudiese, en un rapto de desesperación, atacar a los que estaban empeñados en su regeneración. Estaba confortablemente alojado en dos habitaciones de una vieja casa de campo, pero las puertas estaban cerradas, excepto una hora cada día, durante la cual salía para dar un breve paseo en compañía de cuatro atléticos cuáqueros. En este momento era requerido para admirar las bellezas de la naturaleza y deleitarse con el canto de la alondra. Durante el resto del día le estaba permitido leer y escribir, pero no podía leer literatura alguna considerada como inflamable. Se le proveía de la Biblia, El progreso del peregrino y La cabaña del tío Tom, y en ocasiones, y como obsequio especial, se le autorizaban las novelas de Charlotte M. Yonge. Tenía prohibido el tabaco, el alcohol y la pimienta roja. Podía tomar cacao a cualquier hora del día o de la noche, tanto más cuanto que sus guardianes eran proveedores de ese inocente brebaje. Con moderación, se le permitían el café y el té, pero no en tal cantidad u hora que pudiese perturbar una saludable noche de reposo.

Cada mañana y cada tarde, por espacio de una hora, los graves hombres a cuyo cuidado había sido confiado le explicaban los principios de la caridad cristiana y la felicidad que aún podía alcanzar si se aviniese a reconocer su sabiduría. La tarea de razonar con él correspondió especialmente a los tres hombres a quienes se consideró más sabios entre todos aquellos que confiaban en hacerle ver la luz. Éstos eran el señor Tobías Toogood, el señor Samuel Swete y el señor Wilbraham Weldon.

Stalin había conocido a estos hombres en los días de su esplendor. No mucho antes del estallido de la tercera guerra mundial se trasladaron a Moscú para interceder ante él y llevarle al convencimiento del error de sus métodos. Le hablaron de la benevolencia universal y del amor cristiano. Se habían expresado en términos inspirados sobre los goces de la mansedumbre, y habían tratado de persuadirle de que hay más felicidad en ser amado que en ser temido. Por un instante había escuchado, con una paciencia producida por el asombro, tras el cual exclamó, dirigiéndose a ellos con violencia:

¿Qué conocen ustedes, caballeros, de las alegrías de la vida? ¡Qué poco conocen ustedes del enervante placer de dominar a una nación entera por el terror, sabiendo que casi todos desean tu muerte y ninguno es capaz de perpetrarla, y que tus enemigos de todo el mundo están embarcados en vanos intentos de adivinar tus pensamientos secretos, sabiendo que tu poder sobrevivirá al exterminio, no sólo de tus enemigos, sino, a la vez, de tus amigos! No, señores; el tipo de vida que me ofrecen no tiene atractivo para mí. Márchense y continúen su sórdida búsqueda del beneficio, adornada con pretensiones de piedad, pero déjenme con mi más heroico concepto de la vida.

Los cuáqueros, chasqueados momentáneamente, regresaron a sus hogares, dispuestos a esperar una oportunidad mejor. Caído ahora Stalin, y en su poder, confiaron en encontrarle más razonable ahora. Aunque parezca extraordinario, aquel se manifestó igualmente intratable. Ellos eran hombres que habían adquirido considerable experiencia en el trato de la delincuencia juvenil, desenmarañando los complejos de los jóvenes y llevándolos, por medio de la persuasión, a la creencia de que la honestidad es la mejor y más útil práctica.

Señor Stalin —dijo el señor Tobías Toogood—, esperamos que ahora advierta usted la insensatez del camino a que estuvo adscrito hasta este momento. Pasaré por alto la ruina que ha atraído usted sobre el mundo, pues me manifestaría que esto le deja indiferente, mas considere lo que usted ha atraído sobre su propia vida. Ha caído usted desde su alta posición a la condición de humilde prisionero, debiendo la comodidad de que goza al hecho de que sus guardianes no aceptan sus principios. Los goces altivos de que nos habló en ocasión de nuestra visita, en los días de su grandeza, no puede ya procurárselos por más tiempo. Pero si usted consiguiese salvar la barrera del orgullo, si pudiera arrepentirse, si pudiera aprender a encontrar la felicidad de los demás, podría subsistir para usted algún móvil, alguna satisfacción tolerable durante el resto de sus días.

En este punto de la charla, Stalin se puso en pie de un salto y exclamó:

El infierno le lleve, lacrimoso hipócrita. No entiendo nada de cuanto dice, excepto que ustedes están arriba y yo me encuentro en su poder, y han inventado un procedimiento para insultar mi infortunio, más aflictivo y humillante aún que cualquiera de los imaginados por mí durante las purgas.

¡Oh, señor Stalin! —dijo el señor Swete—, ¿cómo puede usted ser tan injusto y desatento? ¿No es capaz de apreciar que no tenemos sino las más benévolas intenciones hacia usted? ¿No puede ver que deseamos salvar su alma, y que deploramos la violencia y el odio que usted promovió, tanto entre sus enemigos como entre sus amigos? No tenemos ningún deseo de humillarle, y si tan sólo pudiera usted apreciar la grandeza terrenal al nivel de lo que en verdad vale, vería usted que es una escapatoria a la humillación lo que le estamos ofreciendo.

Realmente, esto es demasiado —dijo Stalin—. Cuando yo era niño, soportaba charlas semejantes en mi seminario de Georgia; pero ésta no es precisamente la clase de charlas que un adulto pueda oír con paciencia. Desearía creer en el infierno para poder deleitarme en el futuro con el placer de contemplar vuestra flaccidez desintegrándose entre ardientes llamas.

¡Oh, por favor, mi querido señor Stalin! —dijo el señor Weldon—, le ruego que no se excite, pues es tan sólo en la serenidad donde podrá usted aprender a ver la sabiduría de lo que estamos tratando de evidenciarle.

Antes de que Stalin pudiese replicar, el señor Toogood intervino nuevamente:

Doy por seguro, señor Stalin, que un hombre de su gran inteligencia no puede permanecer eternamente cegado a la verdad, pero en este momento está usted sobreexcitado y sugiero que una sedante taza de cacao podría convenirle más que el nocivo y enervante té que ha estado usted bebiendo.

Con esto, Stalin no pudo contenerse por más tiempo. Tomó la tetera y la arrojó contra la cabeza del señor Toogood. El abrasador líquido le chorreó por la cara, pero el señor Toogood se limitó a decir:

Bueno, bueno, señor Stalin, esto no es un argumento.

En el paroxismo del furor, Stalin se despertó. El furor continuó obrando durante un momento, y halló salida hacia Molotov, Malenkov y Beria, que temblaron y se pusieron pálidos. Pero al despejarse los nublados del sueño, su ira se evaporó, y encontró satisfacción en un buen trago de vodka mezclado con pimienta roja.

Brember, Dylan Thomas

Munch_Self-portrait in Front of the House Wall_1926_croppedLas sombras descendieron suavemente por las escaleras hasta llegar al vestíbulo. Vio el perfil oscurecido de la balaustrada reflejarse en el espejo, el arco del candelabro que proyecta­ba la luz. Pero eso era todo. Las sombras se alargaban más hacia la puerta. Luego se perdían en la oscuridad del suelo y del techo. Rebuscó en los bolsillos por ver si encontraba un fósforo y por fin encendió la candela que llevaba en la mano. Sujetando la llama diminuta en alto, por encima de la cabeza, giró el picaporte y entró en la habitación. Olía a polvo y a madera vieja. Le resultó curioso ser tan sensible a ese olor, y cómo desató su imaginación. Las viejas damas bordando sus encajes a la luz de la luna, sus dedos pálidos y flacos, veloces sobre los brocados, sus mejillas sin edad, pero con el tinte de las mejillas de una niña. A eso le recordaba la habitación desde los tiempos en que por primera vez entró en ella de puntillas y contempló aterrado las ventanas que se abrían a la extensión de césped grisáceo, a los árboles que se alzaban detrás. Si no, le recordaba a cuando, de niño, se sentaba ante el clavicordio y tocaba las teclas polvorientas con tal levedad que nadie alcanzaba a oír las notas emitidas, temeroso y sin embargo embelesado al oír que la música ascendía tenue en el aire. Siempre era triste. Detectaba la tristeza desolada bajo la fuga más liviana; a medida que sus manos pulsaban las notas, las lágrimas le asomaban a los ojos, un gran anhelo de algo que había conocido y había olvidado, algo que había amado y había perdido.

Eso fue unos cuantos años antes, y ahora se le impuso la misma sensación de irrealidad y de anhelo cuando encendió las largas velas del clavicordio con su candela y vio, al extenderse la luz, que las paredes se cerraban a su alrededor y que las pesadas sillas le quitaban espacio. Las teclas estaban tan polvorientas como siempre. Las frotó levemente con la manga y dejó vagar los dedos unos instantes por encima del teclado. Qué frágiles eran aquellos sonidos. Qué curiosas melodías formaban, qué tristes y, sin embargo, qué perfectas. Por un instante pensó que había oído un ruido de pasos infantiles al otro lado de la puerta, pasos que corrían por el pasillo, hacia las tinieblas. Pero habían desaparecido. A la fuerza tuvo que suponer que nunca llegaron a oírse. Oyó una nota sostenida de risas que enseguida desapareció. Mientras tocaba, le pareció oír el ruido suave, el susurro más bien de una falda de seda arrastrada por el suelo. Dio más volumen a su música y, cuando volvió a suavizarla, no quedó nada.

Por más que se esforzase no pudo analizar las razones que le habían llevado hasta la casa. Le aterraba, pero no era capaz de alejarse de ella. Fuera, por el camino, había sentido el súbito deseo de desgarrar el velo de los años y remontarse a todo lo que la vieja casa significaba, el atardecer, las voces matizadas por los pasillos, el clavicordio, las escaleras que interminablemente ascendían hacia las tinieblas, el millar de detalles de las habitaciones, el miedo suave e insinuante que le miraba desde los rincones, y que nunca desaparecía. Había caminado por la avenida hasta la puerta principal. La cabeza del león que representaba la aldaba le sonrió al llegar. La levantó y golpeó la madera. No contestó nadie. Volvió a llamar otra vez, y otra, pero la casa permaneció en silencio. Empujó la puerta con el hombro y se abrió. Recorrió de puntillas los pasillos, miró las habitaciones, tocó los objetos que le eran familiares. No había cambiado nada. Y fue entonces, cuando la noche salió por las ventanas emplomadas, que cerró la puerta de la sala de música a sus espaldas. Le colmó una gran sensación de alivio. El anhelo que siempre había permanecido en lo más recóndito de su mente se cumplió de pronto, halló lo que había perdido, recordó lo que tenía olvidado. Aquel era el final de su viaje.

Por un momento, las velas brillaron con mayor intensidad. Pudo ver mejor toda la estancia. Se puso en pie, la atravesó y recogió un libro polvoriento que estaba sobre la mesa. La casa solariega de Brember. Se lo llevó a la luz. Todas las páginas le resultaban conocidas, allí estaba la familia generación tras generación, hombres más dados al pensamiento que a la acción, visionarios todos que vieron el mundo desde las nubes de sus propios sueños. Fue pasando las páginas hasta llegar a la última: George Henry Brember, el último del linaje, falleció…

Contempló su propio nombre y cerró el libro.

De mi propia vida, Oliver Sacks

Oliver-Sacks

Hace un mes me encontraba bien de salud, incluso francamente bien. A mis 81 años, seguía nadando un kilómetro y medio cada día. Pero mi suerte tenía un límite: poco después me enteré de que tengo metástasis múltiples en el hígado. Hace nueve años me descubrieron en el ojo un tumor poco frecuente, un melanoma ocular. Aunque la radiación y el tratamiento de láser a los que me sometí para eliminarlo acabaron por dejarme ciego de ese ojo, es muy raro que ese tipo de tumor se reproduzca. Pues bien, yo pertenezco al desafortunado 2%.

Doy gracias por haber disfrutado de nueve años de buena salud y productividad desde el diagnóstico inicial, pero ha llegado el momento de enfrentarme de cerca a la muerte. Las metástasis ocupan un tercio de mi hígado, y, aunque se puede retrasar su avance, son un tipo de cáncer que no puede detenerse. De modo que debo decidir cómo vivir los meses que me quedan. Tengo que vivirlos de la manera más rica, intensa y productiva que pueda. Me sirven de estímulo las palabras de uno de mis filósofos favoritos, David Hume, que, al saber que estaba mortalmente enfermo, a los 65 años, escribió una breve autobiografía, en un solo día de abril de 1776. La tituló De mi propia vida.

Imagino un rápido deterioro”, escribió. “Mi trastorno me ha producido muy poco dolor; y, lo que es aún más raro, a pesar de mi gran empeoramiento, mi ánimo no ha decaído ni por un instante. Poseo la misma pasión de siempre por el estudio y gozo igual de la compañía de otros”.

He tenido la inmensa suerte de vivir más allá de los 80 años, y esos 15 años más que los que vivió Hume han sido tan ricos en el trabajo como en el amor. En ese tiempo he publicado cinco libros y he terminado una autobiografía (bastante más larga que las breves páginas de Hume) que se publicará esta primavera; y tengo unos cuantos libros más casi terminados.

Hume continuaba: “Soy… un hombre de temperamento dócil, de genio controlado, de carácter abierto, sociable y alegre, capaz de sentir afecto pero poco dado al odio, y de gran moderación en todas mis pasiones”.

No puedo fingir que no tengo miedo. He amado y he sido amado

En este aspecto soy distinto de Hume. Si bien he tenido relaciones amorosas y amistades, y no tengo auténticos enemigos, no puedo decir (ni podría decirlo nadie que me conozca) que soy un hombre de temperamento dócil. Al contrario, soy una persona vehemente, de violentos entusiasmos y una absoluta falta de contención en todas mis pasiones.

Sin embargo, hay una frase en el ensayo de Hume con la que estoy especialmente de acuerdo: “Es difícil”, escribió, “sentir más desapego por la vida del que siento ahora”.

En los últimos días he podido ver mi vida igual que si la observara desde una gran altura, como una especie de paisaje, y con una percepción cada vez más profunda de la relación entre todas sus partes. Ahora bien, ello no significa que la dé por terminada.

Por el contrario, me siento increíblemente vivo, y deseo y espero, en el tiempo que me queda, estrechar mis amistades, despedirme de las personas a las que quiero, escribir más, viajar si tengo fuerza suficiente, adquirir nuevos niveles de comprensión y conocimiento.

Eso quiere decir que tendré que ser audaz, claro y directo, y tratar de arreglar mis cuentas con el mundo. Pero también dispondré de tiempo para divertirme (e incluso para hacer el tonto).

He sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta

De pronto me siento centrado y clarividente. No tengo tiempo para nada que sea superfluo. Debo dar prioridad a mi trabajo, a mis amigos y a mí mismo. Voy a dejar de ver el informativo de televisión todas las noches. Voy a dejar de prestar atención a la política y los debates sobre el calentamiento global.

No es indiferencia sino distanciamiento; sigo estando muy preocupado por Oriente Próximo, el calentamiento global, las desigualdades crecientes, pero ya no son asunto mío; son cosa del futuro. Me alegro cuando conozco a jóvenes de talento, incluso al que me hizo la biopsia y diagnosticó mis metástasis. Tengo la sensación de que el futuro está en buenas manos.

Soy cada vez más consciente, desde hace unos 10 años, de las muertes que se producen entre mis contemporáneos. Mi generación está ya de salida, y cada fallecimiento lo he sentido como un desprendimiento, un desgarro de parte de mí mismo. Cuando hayamos desaparecido no habrá nadie como nosotros, pero, por supuesto, nunca hay nadie igual a otros. Cuando una persona muere, es imposible reemplazarla. Deja un agujero que no se puede llenar, porque el destino de cada ser humano —el destino genético y neural— es ser un individuo único, trazar su propio camino, vivir su propia vida, morir su propia muerte.

No puedo fingir que no tengo miedo. Pero el sentimiento que predomina en mí es la gratitud. He amado y he sido amado; he recibido mucho y he dado algo a cambio; he leído, y viajado, y pensado, y escrito. He tenido relación con el mundo, la especial relación de los escritores y los lectores.

Y, sobre todo, he sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura

La tentación, Edward William Lane

1Antes de ser librero, el jeque Ahmad no tenía otra ocupación que participar en las ceremonias religiosas llamadas zikrs, que consisten en la repetición coral de los nombres y atributos de Dios. Pertenecía entonces a la orden de los derviches sadiyeh, famosos por devorar serpientes vivas, y se dice que fue uno de los devoradores de serpientes, pero que no se atuvo a manjares de digestión tan fácil. Una noche, durante una reunión de derviches de la orden, en la que su jeque estaba presente, Ahmad cayó en un frenesí religioso, tomó una pantalla de vidrio que rodeaba a un candelero puesto en el suelo, y se comió un pedazo considerable. El jeque y los demás derviches, mirándolo asombrados, lo reprendieron por haber infringido las reglas de la orden, ya que comer vidrio no era uno de los milagros que les estaban permitidos, y lo expulsaron inmediatamente. Ingresó entonces en la orden de los ahmediyeh y como ellos tampoco comían vidrio resolvió no volver a hacerlo. Sin embargo, poco después, en una reunión, cayó de nuevo en un frenesí y, precipitándose sobre la araña, sacó una de las lamparitas de vidrio y se comió la mitad, tragando asimismo el aceite y el agua que contenía. Lo llevaron ante su jeque, para que éste lo juzgara, pero como juró que jamás volvería a comer vidrio, ni lo castigaron ni lo expulsaron. A pesar de su juramento, no tardó en ceder a la tentación y comió una lámpara. Otro derviche quiso imitarlo, pero se atragantó con un pedazo grande de vidrio, entre el paladar y la lengua, y a Ahmed le costó mucho sacárselo.

 

La capacidad de pensar, Martin Amis

grecia-en-el-aireEllas están allí y yo aquí –ellas son inertes, yo estoy vivo–, y sin embargo me producen ganas de vomitar, me revuelven el estómago; me siento como si un hijo mío hubiera estado fuera de casa mucho tiempo y comenzara a oscurecer. Es una práctica buena y apropiada. Porque lo haré montones de veces, vomitaré muchísimo, si las armas caen y yo sobrevivo. Todas las mañanas, seis días a la semana, salgo de mi casa y recorro en coche una milla hasta el apartamento donde trabajo. Durante siete u ocho horas estoy solo. Cada vez que oigo en el aire un gemido súbito o uno de los más atroces impactos de la vida ciudadana, o sirvo de huésped a cierto tipo de pensamientos indeseados, no puedo evitar preguntarme cómo sería. Supongamos que sobrevivo. Supongamos que no se me derriten los ojos en la cara, que no me toca el huracán de misiles secundarios en que hormigón, metal y cristal se han convertido bruscamente; supongamos todo esto. Me veré obligado (y es lo último que tendré ganas de hacer) a desandar la larga milla que me separa de mi hogar a través de la tormenta de fuego, los restos de los vientos de mil millas por hora, los átomos descarriados, los muertos envilecidos. Luego –Dios mediante, en caso de que todavía me queden fuerzas y, por supuesto, de que aún estén vivos– tendré que encontrar a mi mujer y mis hijos y tendré que matarlos.

Poder benéfico de los espíritus de los árboles, James George Frazer

781px-Apollo_Artemis_Brygos_Louvre_G151Cuando se llega a considerar al árbol no tanto como el cuerpo del espíritu arbóreo, sino simplemente como su morada, de la que puede prescindir si gusta, se ha hecho un avance importante en el pensamiento religioso; el animismo va caminando hacia el politeísmo. En otras palabras, en lugar de mirar cada árbol como un ser consciente y vivo, el hombre solamente le ve como una masa inerte y sin vida en la que reside poco o mucho tiempo un ser sobrenatural que puede pasar libremente de un árbol a otro, gozando de ciertos derechos de posesión o señorío sobre todo el bosque, y dejando de ser un alma del árbol llega a ser un dios de la selva. Tan pronto como el espíritu arbóreo se ha zafado en cierta medida del árbol en particular, comienza a cambiar su figura y a tomar la humana, en virtud de la tendencia general del pensamiento primitivo a revestir de concreta forma humana a los seres espirituales abstractos. Por esto en el arte clásico las deidades silvanas están antropomorfizadas, denotando su carácter nemoroso por alguna ramita u otro símbolo igualmente patente. Este cambio de forma no afecta al carácter esencial del espíritu arbóreo. La potestad que manifiesta como alma arbórea corporeizada en un árbol sigue poseyéndola todavía como dios de los árboles, lo que intentaremos probar en detalle. Demostraremos primero que los árboles considerados como seres con alma tienen virtud acreditada para hacer que llueva o que el sol brille sin nubes, que los ganados y rebaños se multipliquen y que las mujeres tengan partos fáciles; y segundo, que las mismas virtudes exactamente se atribuyen también a los dioses arbóreos concebidos como seres antropomórficos o como encarnados de hecho en personas vivas.

Sentemos, pues, primero, la creencia de que los árboles o espíritus arbóreos otorgan la lluvia y el buen tiempo. Cuando el misionero Jerónimo de Praga estaba persuadiendo a los paganos lituanos para que derribasen sus bosquecillos sagrados, una multitud de mujeres rogó al príncipe de Lituania le detuviera, diciendo que con los bosques destruía también la casa del dios por quien habían sido favorecidos con la lluvia y el buen tiempo. Los mundaris, en Asam, piensan que al derribar un árbol del bosque sagrado, los dioses silvanos demuestran su disgusto reteniendo las lluvias. Con objeto de procurarse lluvia, los habitantes de Monyo, pueblecito del distrito de Sagaing en la Birmania alta, escogieron el tamarindo más grande de los cercanos al pueblo y lo señalaron como escondite del espíritu (nat) que ordena las lluvias. ‘Ofrendaron después pan, cocos, plátanos y aves al espíritu guardián del pueblo y al espíritu que concede las lluvias, rezándole además: “¡Oh Señor Nat ten piedad de nosotros, pobres mortales, y no detengas la lluvia. Considerando que te hemos dado nuestras ofrendas de buena gana, permite que caiga día y noche la lluvia”. Después se hicieron libaciones en honor del espíritu del tamarindo y más tarde, tres mujeres de edad madura, vestidas con trajes de fiesta y adornadas con gargantillas y pendientes en las orejas, entonaron el “canto a la lluvia”.

También los espíritus arbóreos hacen prosperar las cosechas. Entre los mundaris, hay un bosque sagrado en cada aldea y “las deidades del bosque tienen la responsabilidad de las cosechas, siendo especialmente festejadas en todas las grandes fiestas agrícolas”. Los negros de la Costa de Oro tienen el hábito de sacrificar al pie de ciertos árboles grandes e imaginan que si derriban alguno de ellos se pudrirían todos los frutos de la tierra. Los gallas bailan en parejas alrededor de estos árboles sagrados, orando para tener una buena cosecha. Las parejas están formadas por hombre y mujer unidos mediante un palo que tienen cogido por las dos puntas. Debajo de los brazos llevan espigas o manojos de hierba verde. Los campesinos de Suecia clavan una rama con follaje en cada surco de sus sembrados, creyendo que hacerlo así les asegura una buena cosecha. La misma idea se desprende de las costumbres alemana y francesa del “mayo de la siega”; éste, es una rama grande o un árbol entero que, adornado de panojas o espigas, traen a casa en la última carretada de mies y que después cuelgan del techo de la granja o del granero quedando allí todo el año. Mannhardt ha demostrado que esta rama o árbol personaliza al espíritu arbóreo concebido como el espíritu de ¡a vegetación en general y cuya influencia vivificante y fructificante es atraída así especialmente sobre el grano. Por esto en Suabia, el “mayo de la siega” es atado entre las últimas cañas de mies que quedan erguidas en el sembrado; en otros lugares lo plantan en el campo de siega y atan a su tronco el último haz que cortan.

También el espíritu del árbol hace que se multipliquen los rebaños y bendice a las mujeres con hijos. En la India septentrional, el emblica officinalis es un árbol sagrado. El día onceno del mes Falgum (febrero) derraman libaciones al pie del árbol, atan a su tronco cuerdas rojas o amarillas y le ofrecen oraciones por la fertilidad de mujeres, animales y cosechas. También en la India septentrional, el coco es considerado como uno de los frutos más sagrados y al que llaman Sriphala o fruta de Sri, diosa de la prosperidad: es el símbolo de la fertilidad y por toda la India alta se guarda en capillas y los sacerdotes lo presentan a las mujeres que desean ser madres. En la ciudad de Qua, cerca del antiguo Calabar, crecía una palmera que aseguraba la preñez a cualquier mujer estéril que comiera uno de sus frutos. En Europa se supone que el “árbol mayo” o “mayo” posee evidentemente virtudes parecidas sobre las mujeres y también sobre el ganado. Así, en algunas partes de Alemania el día 1° de mayo los campesinos erigen un “árbol o palo mayo” y también un “ramo mayo” ante la puerta de los establos y cuadras, uno por cada vaca o caballo; piensan que así darán las vacas más leche. De los irlandeses sabemos que “se figuran que si sujetan contra la casa el día de mayo una gran rama de árbol, aumentará la producción de leche aquel verano”.

Algunos wendas acostumbraban el día 2 de julio a clavar en medio de la aldea un roble con un gallo de hierro en lo alto y bailar después alrededor, obligando al ganado a dar vueltas al árbol con la idea de que prosperase. Los circasianos estiman al peral como el protector de los rebaños; así, cortan un peral joven de la floresta, le quitan las ramas y lo traen a casa, donde le prestan adoración como una deidad. En la mayoría de las casas hay uno de esos perales. En otoño, el día de la fiesta, el árbol es conducido a la casa con gran ceremonia y músicas y gritos’ de júbilo de todos los moradores que felicitan al árbol por su llegada afortunada. Le cubren de bujías encendidas y en la parte más alta de la copa colocan un queso. Alrededor del huésped arbóreo comen, beben y cantan. Al fin, le dan las buenas noches y le ponen en el patio o corral de la casa, donde queda arrimado al muro todo el año y sin recibir ninguna otra muestra de respeto.

En la tribu maorí de Tuhou, “la virtud de fertilizar a las mujeres se achaca a los árboles. Éstos están relacionados con los cordones umbilicales de ciertos antecesores míticos, pues los cordones umbilicales de todas las criaturas que nacían eran colgados en ellos hasta tiempos muy recientes. Una mujer estéril que abrazase a uno de estos árboles, tendría un niño o niña según abrazase al árbol por el lado de levante o de poniente”. La costumbre corriente en Europa de poner una rama verde el día primero de mayo o “día mayo”, ante la casa o sobre la casa de la doncella amada, se originó probablemente de la creencia en el poder fertilizador del espíritu del árbol. En algunas partes de Baviera también ponen ramas en las casas de los recién casados y la costumbre solamente se omite si la esposa está cercana a su trance maternal, pues en este caso dicen que el marido ha “erigido la rama mayor por sí mismo”. Entre los eslavos meridionales, una mujer que desee ser madre, siendo estéril, coloca una camisa nueva sobre un árbol con fruta la víspera de San Jorge! A la mañana siguiente y antes de que amanezca examina la prenda: si encuentra que algún bichejo ha trepado por ella, su deseo se cumplirá en el año. Entonces se pone la camisa confiando en que será fructífera como el árbol sobre el que ha pasado la noche. Entre los kara-kirguicios, las mujeres estériles ruedan por el suelo bajo un manzano solitario con objeto de tener prole. Por último, la virtud de conceder un parto fácil a las mujeres se adscribe a los árboles lo mismo en África que en Suecia. En algunos distritos de Suecia había antiguamente un bardträd o árbol guardián (limonero, fresno u olmo) en las cercanías de cada hacienda. Nadie podía arrancar una sola hoja del árbol sagrado, delito castigado con desgracias y enfermedades. Las mujeres grávidas solían abrazarse al árbol con la idea de tener un parto fácil. En algunas tribus negras de la región del Congo, las embarazadas se hacen vestiduras con la corteza de un árbol sagrado especial, porque creen que este árbol las libra de los peligros que acompañan al parto. La leyenda que muestra a Leto agarrada a una palmera y un olivo o a dos laureles cuando estaba dando a luz a los divinos mellizos Apolo y Artemisa, señala quizá una idea griega parecida: la creencia en la eficacia de ciertos árboles para facilitar el parto.

Carta de Oscar Wilde a Robert Ross

Oscar_Wilde_portrait[Prisión de Su Majestad, Reading]

[Noviembre de 1896]

En cuanto a mí, querido Robbie, tengo poco que decirte para alegrarte. La negativa a condonar la sentencia ha sido como el golpe de una espada de plomo. Me ciega un movido sentimiento de dolor. Me había alimentado de la Verdad y ahora la Angustia, hambrienta, se cierne sobre como desfallecida y necesitada de su propio alimento. Hay, sin embargo, elementos más propicios en el aire de esta prisión de los que había antes: se me ha mostrado simpatía, y ya no me siento completamente aislado de influencias humanizadoras, algo que antes era una fuente de terror y preocupación. Y leo a Dante y hago extractos y tomo notas por el simple gusto de usar pluma y papel. Y parece como si estuviera mejor en muchos sentidos. Y voy a dedicarme a estudiar alemán; de hecho, éste parece el lugar apropiado para tal estudio. Hay una espina con todo –tan dolorosa como la de san Pablo, aunque distinta–, que tengo que sacarme de la carne en esta carta. Ha sido provocada por un mensaje que escribiste en un trozo de papel para que yo lo viera. Creo que si guardara el secreto crecería en mi cabeza (como las alimañas crecen en la oscuridad) y se harían un sitio entre los pensamientos terribles que me corroen…ya que el pensamiento no es, para quienes esperan solos, encadenados y en el silencio, “esa cosa viviente y atada”, como Platón imaginó, sino una cosa muerta que cría algo horrible, como el lodo que muestra monstruos a la luna.

Me refiero por supuesto, a lo que dijiste sobre perder las simpatías de otros, o el riesgo de que eso suceda, por culpa de la profunda amargura de los sentimientos que expresé sobre lord Alfred Douglas, y creo que mi carta se enseñó, a diversas personas, con la parte referida a él suprimida por medio de unas tijeras. Pues bien, no me gusta que mis cartas vayan enseñándose como curiosidades: me parece de mal gusto: te escribo con total libertad y eres uno de mis más queridos amigos, ahora y siempre; y con pocas excepciones, la simpatía de los demás me afecta; su pérdida muy poco. Ningún hombre en mi posición puede caer en la ciénaga de la vida sin que sus inferiores sientan gran piedad; y sé que si las obras duran demasiado, los espectadores se cansan. Mi tragedia ha durado demasiado: su clímax ha terminado: su final es mezquino; y tengo la seguridad de que cuando llegue de verdad el final retornaré a un mundo que no me quiere, como visitante no deseado; un revenant, como lo llaman en francés, como una persona con el rostro gris tras un largo encierro, y contorsionado por el dolor. Por horribles que sean los muertos cuando salen de sus tumbas, los vivos que salen de tumbas son aún más horribles.

De esto soy muy consciente. Cuando uno ha estado en una celda de prisión durante dieciocho meses, ve las cosas y la gente como son en realidad. Y verlo le convierte a uno en piedra. No creas que le culparía a él de mis vicios. Él tuvo tan poco que ver con eso como yo con los suyos. La naturaleza fue en este tema madrasta para ambos. Le culpo por no apreciar al hombre al que arruinó. Un millonario analfabeto le habría sido más conveniente. Mientras mi mesa estuviera roja de vino y rosas, ¿qué le importaba? Mi genio, mi vida como artista, mi trabajo y la tranquilidad que necesitaba para ello, no eran nada para él cuando se comparaban con su gusto, incontenido y bajo, por una vida de derroche y vulgaridad; su avaricia, sus escenas violentas y continuas; su egoísmo sin imaginación. Una y otra vez intenté, durante aquellos dos fatigosos años perdidos escapar, pero siempre me retuvo con él, sobre todo con amenazas de causarse daño. Pero cuando su padre vio en mí un modo de irritar a su hijo, y el hijo vio en mí la oportunidad de llevar a su padre a la ruina, y yo quedé entre dos personas deseosas de insana notoriedad, a quienes nada importaba, salvo su propio odio mutuo, cada uno empujándome por su parte, uno con tarjetas públicas y amenazas, el otro con escenas privada, o mejor dicho, semipúblicas y amenazas en cartas, pullas, comentarios sarcásticos… admito que perdí la cabeza. Le dejé hacer todo lo que le pareció. Estaba ciego, era incapaz de juicio. Di un paso fatal. Y ahora… aquí estoy en un banco de mi celda en prisión. En toda tragedia hay un elemento grotesco. Él es el elemento grotesco de la mía. No pienses que no reconozco mi culpa. Me maldigo día y noche por consentirle que dominase mi vida. Si estas paredes tuvieran eco, se oiría en ella gritar “Idiota” eternamente. Estoy totalmente avergonzado de mi amistad con él. Pues a los hombres se les puede juzgar por sus amistades. Es una de las pruebas que define a un hombre. Y mi vergonzosa degradación me parece más mortificante por mi amistad con Alfred Douglas… cincuenta veces más… de lo que lo es, por ejemplo, por mi relación con Charley Parker, de quien puedes leer la historia en mi juicio. El primero es para mí fuente diaria de humillación mental. En el segundo no pienso nunca. No me molesta. Carece de importancia… De hecho, toda mi tragedia a veces no me parece otra cosa que una caricatura grotesca. Pues, como resultado de haberme dejado empujar a la trampa que me había tendido Queensberry –la trampa en la que apostó públicamente en el Club Orleans que me haría caer– como resultado de eso, el padre pasará a la historia como uno de esos grandes padres de historias morales: el hijo como el niño Samuel: y yo en la más detestable ciénaga de Malebolge, entre Gilles de Retz y el Márques de Sade. En ciertos lugares a nadie, excepto a quienes están realmente locos, se les permite reír, y de hecho, aún en este caso va contra el reglamento: de no ser por eso, me reiría de todo esto… Por lo demás, no permitas que Alfred Douglas imagine que le atribuyo motivos poco dignos. Lo cierto es que no ha tenido motivos en su vida. Los motivos son intelectuales. Lo que él tiene son pasiones. Y tales pasiones son Dioses Falsos que necesitan víctimas a cualquier precio, y en este caso han tenido una coronada de laurel. Por su parte no puede sino sentir cierto remordimiento. Pero que él de verdad se dé cuenta de lo que ha hecho sería una carga demasiado pesada que no podría soportar. Pero a veces debe de pensar en ello. Así que en tu carta cuéntame cómo vive, cuáles son sus ocupaciones, su modo de vida.

Y así en mi carta me he sacado la espina. Aquella línea garrapateada por ti me escocía intensamente. Ahora solo pienso en que tienes que ponerte bueno otra vez, y escribir por fin la maravillosa historia del pequeño restaurante con un extraño plato de pescado que se sirve a los clientes silenciosos. Por favor, recuérdame, con mi agradecimiento, a tu querida madre, y también a Aleck. La dorada Esfinge, supongo, está tan espléndida como siempre. Y envíales de mi parte todo lo que en mis pensamientos y sentimientos es bueno, y a la dama de Wimbledon, todas las reverencias y recuerdos que pueda aceptar, su alma es un santuario para quienes están heridos y un refugio para quienes sufren. No enseñes esta carta a nadie más, ni discutas lo que he escrito en tu respuesta. Háblame del mundo de sombras que tanto amé. Y de su vida y su alma háblame también. Siento curiosidad por quien me envenenó, y en mi dolor hay piedad.

ÓSCAR