De lo que pasó al cuerdo con el loco, Don Juan Manuel

Un buen hombre tenía instalada una casa de baños con una excelente pileta. Más he aquí que en la misma ciudad vivía un loco, el cual iba todos los días a la pileta; y cuando la gente se bañaba, golpeábales con piedras y palos, obligándolos a huir asustados.

Corrió la voz por toda la ciudad y llegó un momento en que nadie se atrevía a ir a la casa de baños, con lo cual el propietario perdía sus ingresos.

Viendo que las cosas iban mal y no llevaban trazas de arreglarse, decidió el dueño del negocio poner remedio al asunto. Madrugó un día, y tomando una maza y un balde de agua hirviendo, se dispuso a esperar la llegada del loco.

Vino éste como todas las mañanas, y quiso golpear a los que se bañaban, según tenía por costumbre. Pero el dueño, apenas lo vio entrar, dirigióse hacia él sin la menor vacilación, lanzóle a la cabeza el contenido del balde de agua hirviendo, y, empuñando luego la maza, empezó a dar con ella tantos y tan fuertes golpes al demente, que creyó éste que había llegado su hora postrera.

Sin embargo, no se quedó a recibir la paliza. Echó a correr con todas sus fuerzas, gritando desaforadamente y quejándose a gritos.

Quienes lo encontraron por la calle mostrábanse sorprendidos, y le preguntaron la razón de tan extraña conducta. Y el loco contestaba:

—Cuidado, amigos, que en la casa de baños hay otro loco.

Adán y Eva, Jesús Ferrero

Una noche en que las estrellas más hondas clamaban de anhelo hacia la tierra, Eva salió de su choza y subiendo a una colina sobre la que se recortaba el firmamento se mostró a los cielos desnuda y soberbia, como una reina de infinito poder. Entonces Dios, que acababa de despertar de uno de sus sueños, quedó repentinamente ciego ante ella y se precipitó desde el final del universo contra las peñas del Edén. Toda su sustancia se dispersó por la tierra y penetró sobre todo en la pareja humana, más capaz que las otras bestias de asimilar los jugos del Creador. Y Adán y Eva se vieron portadores desde entonces de la conciencia divina, y por eso desde entonces también padecemos el sufrimiento que implica saberlo. Eso al menos dicen algunos letrados insignes, y también dicen que desde aquel día son dos las nostalgias que nos asedian: una es la nostalgia que siente Dios de aquellas soledades en donde habitaba antes de ser sustancia nuestra, otra la añoranza que siente nuestro cuerpo de aquel tiempo en que la vida se nos daba sin ningún requisito, de un tiempo paradisíaco dicen algunos, porque tenía en él asimilados los infiernos.

El equilibrio del mundo, Gines Cutillas


Del único hijo que estaba seguro era del pelirrojo. A los otros dos no los había visto en mi vida. Tras mucho pensar, llegué a la conclusión de que al salir del hipermercado, con la confusión del gentío, me los habían cambiado. No me importó. Los cuidé durante tres años, confiando que otros harían lo mismo con los míos. Hasta el día del parque de atracciones, que con tanto crío me cambiaron al pelirrojo y al mayor de los extraños por una niña y un mulatillo. A éstos los crié durante casi diez años pero un día, al volver de la universidad me llegaron transformados. La chica por un joven que hablaba inglés y el que más tiempo había pasado conmigo por otro con gafas que parecía autista. Aún así, y pensando que la vida era esto, consentí pagarles los estudios hasta el final.

El día que se casaba el inglés, los padrinos –que iban a ser su pseudohermanos- fueron sustituidos por dos chicas gemelas. Nada feas a decir verdad.

Ahora, ya en el lecho de muerte, espero cada vez que se abre la puerta de la habitación y entran tres jóvenes extraños, que sean mis hijos, los de verdad, los primeros, para poder despedirme de ellos y de este mundo que ya no entiendo.

Oración de Caín, José Luis Piquero

Gracias, odio; gracias, resentimiento;
gracias, envidia:
os debo cuanto soy.
Lo peor de nosotros mantiene el mundo en marcha
y la ira es un don: estamos vivos.

De quien demonios sean las sonrisas,
derrochadas igual que mercancía barata,
yo nunca me he ocupado.

Gracias por no dejarme ser inconstante y dulce
mientras levanta el mundo su obra minuciosa de dolor
y nos hacemos daño unos a otros
amándonos a ciegas,
con torpes manotazos.

Yo soy esa pregunta del insomnio
y su horrible respuesta.
Bésanos en la boca, muchedumbre, y esfúmate,
que estamos siempre solos y no somos felices.

Gracias, angustia; gracias, amargura,
por la memoria y la razón de ser:
no quiero que me quieran al precio de mi vida.

Gracias, señor, por mostrarme el camino.
Gracias, Padre,
por dejar a tu hijo ser Caín.

Si algo te asombra, Rubén Martín Díaz

Si algo te asombra, entra. No declines
estar
en eso que deseas.

No lo mires. Contempla. Date a ello.

Ten por seguro
que habrá estado esperándote
antes de que llegaras.

Si el bosque te respira,
abre el pulmón. Sé árbol.

Si la piedra entorpece tu camino,
entonces cógela,
hazte piedra en tu mano
y prolonga tu cuerpo en la distancia
cuando la arrojes.

Si es la isla que te observa desde lejos,
piénsate en ella;
incluso el agua cambia
todos sus átomos
llegada al barro que limita
la orilla.

Si es la llama
que vertebra la bóveda del aire,
crece en el fuego. Cumple sus designios.

Si el animal se asusta,
entra en su miedo. Dale paz. No vayas
tras él.

Y si es la luz
que unta de otoños este mirador
desde el que observas,
déjala cruzar
tu cuerpo
y que en él se ilumine con justicia.

Puma, Manuel Moya

Cuando desperté…
Augusto Monterroso

Desperté.

Tomé inmediatamente de la mesilla el cuaderno donde había esbozado a lápiz el retrato de Puma, mi cócker irlandés, temiéndome lo peor. Como presentí, el perro había desaparecido y no era la primera vez que algo así me sucedía. Durante meses, todos los animales que dibujé sobre el cuaderno egipcio desaparecían en la noche y no había manera de volverlos al cuaderno. Lo de Puma era algo distinto, pues había tenido la precaución de atarlo con cadena a una de las esquinas de la hoja, donde tracé un sólido pivote de hormigón. Pero me sentía mal. Era la cabeza, el estómago, la respiración…

Llamé al recepcionista que, de inmediato, se presentó con un médico joven y resolutivo. Pronto me vi rodeado por el típico grupo de curiosos que se hacía sus cábalas sobre la naturaleza exacta del mal, al tiempo que el médico se encogía de hombros, no explicándose lo de las convulsiones, lo del ahogo y finalmente lo de los vómitos de sangre.

Una hora más tarde, tanto el escenario como el reparto parecían ser los de otra película. Conducido en una camilla a toda velocidad por un largo y complicado corredor de hospital me temí lo peor.

En algún momento, mientras el camillero sorteaba los cientos de curiosos que nos salían al paso, perdí la conciencia.

Parece ser que la operación tuvo más complicaciones de las esperadas. Extrajeron un par de ponis que hacía meses me habían encargado para ilustrar la carátula de un video de zoofilia y que creí haber extraviado, un dinosaurio que me habían pedido para un especial sobre Monterroso, dos jerbos azules, regalo para mis sobrinos, una pantera que parecía dispuesta a abalanzarse sobre un recién nacido, la inquietante sombra del caimán encerrada en una botella, la conocida ardilla de una marca de galletas, un traje de visón colgado de la percha en el que encontrarían el sobre que finalmente aclararía el misterio de la cripta, encargo para una colección de novela negra, una colonia de cucarachas que, en su desmedido crecimiento, amenazaba con taponar ciertas arterias, un par de boas de las que sólo supe que… Pero lo peor, según dicen, fue rescatar a Puma, que expiraba muy cerca del corazón, con el cuello enredado, bien enredado en la cadena.

El cero rey, Juan José Millas

 

El cero, harto de no ser nada, decidió buscarse la vida fuera del Sistema Métrico Decimal.
—Al otro lado del Sistema Métrico Decimal no hay nada —le dijeron los números pares y los impares y también los idiotas, pues sabían que sin el cero todo el sistema se vendría abajo.
—Pues ese es mi sitio —respondió él—, ya que yo no soy nada.
—Sí eres, sí eres —le dijeron. —No soy, no soy —respondió él—. Dos días son dos días, y siete semanas son siete semanas, pero cero meses no es ningún mes.
—Ponte a mi lado y seremos un 40 —dijo el 4.
—Quiero ser algo por mí mismo, sin ayuda de nadie.
Atravesó, pues, el Sistema Métrico Decimal, y llegó a un lugar raro, donde las cosas no eran nada. Ni las calles eran calles, ni los semáforos semáforos, ni los árboles árboles.
—Este es mi sitio, puesto que soy un número que no es un número.
Entró sigilosamente en una casa y vio a un padre que no era un padre, una madre que no era una madre, unos hijos que no eran unos hijos, y un canario que no era un canario.
Estuvo todo el día observando, escondido tras un sofá que no era un sofá, a aquella familia que no era una familia.
Al atardecer salió a la calle que no era una calle, feliz de haber encontrado para vivir un lugar que no era un lugar.
Pero apenas había recorrido dos manzanas, cuando fue detenido por dos policías que no eran policías.
—Usted no puede permanecer aquí —le dijeron—. Para estar aquí es preciso no ser nada.
—Es que yo soy un cero —dijo el cero.
—Un cero es un cero —le contestaron.
—Un cero —repuso él— es un número que no es número. ¿Cuántos días son cero
días? ¿Cuántas semanas son cero semanas? ¿Cuántos meses son cero meses?
Los policías que no eran policías se miraron sin saber qué contestar.
—¿Qué diferencia hay entre un cero y nada? —insistió el cero.
El asunto fue llevado ante unos licenciados en nada, que era la profesión más extendida en aquel sitio. Tras darle muchas vueltas al asunto, estos expertos decidieron que no era lo mismo nada que cero.
El cero fue devuelto violentamente al Sistema Métrico Decimal, donde fue recibido con todos los honores por el resto de los números, que no podían vivir sin él.
Y para que no volviera a irse, lo nombraron el Rey del Sistema, y él aceptó, y desde entonces reina sin comprender por qué es preciso ser nada para serlo todo.

El amor duerme en el pecho del poeta, Federico García Lorca

Tú nunca entenderás lo que te quiero
porque duermes en mí y estás dormido.
Yo te oculto llorando, perseguido
por una voz de penetrante acero.

Norma que agita igual carne y lucero
traspasa ya mi pecho dolorido
y las turbias palabras han mordido
las alas de tu espíritu severo.

Grupo de gente salta en los jardines
esperando tu cuerpo y mi agonía
en caballos de luz y verdes crines.

Pero sigue durmiendo, vida mía.
Oye mi sangre rota en los violines.
¡Mira que nos acechan todavía!

 

No volveré a ser joven, Jaime Gil De Biedma

 

Que la vida iba en serio

uno lo empieza a comprender más tarde

-como todos los jóvenes, yo vine

a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería

y marcharme entre aplausos

-envejecer, morir, eran tan sólo

las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo

y la verdad desagradable asoma:

envejecer, morir,

es el único argumento de la obra

Todo tan secreto, Carlos Castán

En todos los entierros hay un desconocido, alguien de aire grave en quien nadie se fija demasiado, que no es de la familia y permanece todo el tiempo con las manos atrás. Siempre me había preguntado por estos seres, de dónde salían, cuál sería su vida. En los viejos álbumes de fotos de la casa de Ágata los encontré a todos retratados, uno por uno, adheridos a aquellas páginas negras. Muchas veces iba a verla. Yo era joven, ella no. Y además estaba enferma, pero su pelo olía siempre a pétalos morados y la casa entera tenía el perfume de los libros salvados de un incendio. Todo ese verano fue mi oasis de sombra. Nos acostábamos en una alcoba oscura y luego ella preparaba café. Me gustaba ir allí, era todo tan secreto… Por las ventanas, a través de una maraña de ramas muertas, podía divisarse toda una posguerra detenida. Apenas hablaba, Ágata. Me enseñaba tesoros que escondía en los cajones de sus mil armarios: óleos diminutos, soldados de oro, azucareros chinos, pero sobre todo aquellas fotografias de desconocidos.

Era todo tan secreto que cuando murió nadie pudo decirme nada, y una tarde en que fui a verla a principios del otoño me encontré en el patio de la casa con una mesita de faldas negras llena de condolencias y tarjetas de visita con una esquina doblada. Me esforcé en sentir dolor, pero la sorpresa y el deseo reventado como un globo pesaban de momento mucho más.

Tras dudar un poco, decidí subir al velatorio. Quise ser el desconocido de turno en ese entierro, quizá porque estuve seguro de repente que, de ese modo, por un extraño mecanismo que nunca perseguí entender, mi imagen pasaría a formar parte de aquellos álbumes oscuros en la estantería de la sala, como una mariposa muerta. Y mi alma entonces, o algo parecido, se quedaría a descansar para siempre cerca de la alcoba, en aquella penumbra fresca con olor a agua de rosas.

A veces notaba cómo alguno de los familiares de Agata me miraba de reojo, pero nadie se decidió a hacerme preguntas, de manera que toda la tarde pude permanecer allí, como un centinela que guarda los restos de un general acribillado, con aire grave, los ojos llorosos, las manos atrás.

El barquero, Alvaro Cunqueiro

Felipe de Amancia, cuando yo lo conocí, pasaba ya de los sesenta. Tenía con él, para ayudarle en el oficio, a un nieto que no llegaba a los doce años, y se llamaba Joselín. Amancia, la madre de Felipe, había sido barquera, y se tiene como seguro que no sabía quién fuese el padre de su Felipe, aunque hemos de pensar que fue un señor, por las maneras y fantasías que quitó Felipe en su viaje por este mundo. Felipe, calvo y huesudo, tenía negros ojos, burladores. Todo él era reidor y campechano, aunque le gustase aparentar sequedad, y, por veces, melancolía. Quizás algún seminarista de Mondoñedo que por allí pasó de los de ropón corto y banda colorada, recordando un verso de Horacio le dijo aquello de Caronte melancólico, y como Felipe era muy dado a creer en imaginaciones, tomó ésta para componer su figura. Aún me parece verlo sentado en el padrón con los pies descalzos descansando en la popa de la chalana, liando cigarro y mirando sin ver para el río. Yo era muy rapaz y me tenía por su amigo.

¡Tarde llegas! —me decía—. Aún no hace una hora pasé en la barca al obispo de París, tuve que hacer dos viajes; uno para Su Señoría y su camarero, y otro para una sombrilla que traían, amarilla con vueltas coloradas.

Lo creía todo. Un día vino a pintarle la barca un pintor de Lugo.

Pinto la lancha —me dijo— porque pasó hoy por aquí la infanta Catalina con seis caballeros negros, y cada uno de los caballeros me dio un carolus del rey, que es moneda que sólo corre entre reyes y príncipes. He de ir a cambiarlos por tres onzas a Compostela. La infanta llevaba en la mano un malvis cantador, y en el medio del río pare la barca para que ella tirara una rosa a las aguas, que es costumbre de la Casa Real saludar los ríos que pasan. Agradeció que yo estuviese al tanto de tal cortesía.

Felipe de Amancia sonreía y me daba palmaditas en la espalda. Yo me ponía a caballo de la proa de la barca y allí me estaba viendo correr el agua, alanceándola con la pértiga.

Felipe de Amancia amaneció muerto un día de San Froilán en el patio de la posada. Todos sus ahorros los tenía en oro, en una bolsa de seda carmesí, en la que había mandado bordar una barca con su barquero, navegando unas aguas azules. Debajo de las aguas, un letrero decía: «Oro secreto». Allí estarían el tornés del Delfín, los carolus de los caballeros de doña Catalina, el luis del obispo de París, la libra del príncipe de Gales y las monedas bizantinas de don Leonís. Y también la más hermosa moneda que poseyó nunca Felipe de Amancia: su fantasía, un florín de ley. Lo gastaba cada día.

La oración del dragón, Julia Otxoa

Todas las noches, cuando llega la hora de las noticias y los políticos empiezan con su verborrea sobre política nacional, entro en la cocina y quito el sonido del televisor, me siento a la mesa y pelo cuatro cabezas de ajos; desgrano luego todos los dientes y los machaco lentamente en un mortero de madera; lo mezclo todo con sal, aceite de oliva y un chorrito de limón y sigo dándole golpes hasta formar una masa compacta; entonces meto el dedo, la pruebo y si está en su justo punto tuesto cuatro rebanadas de pan y las coloco en un plato junto al mortero. Me arrodillo entonces entre el frigorífico y la regadera, y echo a volar todas las pieles de ajo por encima de mi cabeza, como si fueran pétalos de rosa cayendo por todas partes, alegre lluvia sobre un templo iluminado por un fuerte olor a ajos y a pan tostado.

Sólo después de todo esto llega el tiempo de mi gimnasia diaria con saltos y volteretas por el pasillo, la sala y las habitaciones. Los ejercicios gimnásticos duran exactamente el tiempo del telediario, treinta minutos. Luego, sudada y exhausta, me doy una ducha, me pongo ropa limpia y me siento tranquila y feliz en la mesa de la cocina a comerme las rebanadas de pan untadas con ajo, aceite y limón, regándolo todo con una cerveza rubia y helada.

Después de estos aperitivos salgo al balcón a echar unas cuantas llamaradas con mi aliento de ajos. La noche se incendia ante mis ojos. Y así estoy un ratito apoyada en la barandilla, contemplándolo todo, imaginándome que vuelo sobre árboles y tejados, sintiendo dentro de mí música de volcanes, las estrellas parpadeando sobre mi cabeza. En esos instantes pienso que algo así tenían que sentir en un pasado los dragones, cuando en plena ebullición de sus incendiadas fauces miraban el cielo.

LOS TRES HOMBRES JUSTOS, FERNANDO QUIÑONES

Y a los tres días de camino encontró el Señor a tres camelleros que corrieron hacia Él con humilde y ardiente amor, y se sintió hambriento de concederles una, gracia.

Y el primer. camellero se llamaba Jazid, y era negro y de muy alta estatura y nacido en la mayor de las siete praderas que rodean el desierto de Lozothar. Y el Señor se dirigió a él preguntándole qué haría a un hombre que se lleva una sierpe a la cara. Y le respondió Jazid que huir de él, sin hacerle mal.

Y el segundo camellero, Galaad, tenía las manos como dos bueyes, y el Señor se dirigió a él preguntándole por las tierras de los vecinos de sus bisabuelos. Y le contestó GaIaad que eran muy ricas en frutos y en miel, de que los vecinos obsequiaban a su gente.

Y Terneth, el tercer camellero, que era pequéño y oscuro corno las aceitunas caídas, no había oído nunca, hablar del amor. Y el Señor le preguntó si, además de ello, existía algo que no conociera bien, a lo que Terneth, con lágrimas en los ojos, respondió.

Oh, Señor, no había una sola cosa que yo conociera bien, pues desde que era niño no sé sino de echar de comer a los camellos y de andar con las caravanas. Y ni siquiera puedo decir que entiendo de camellos, pues se me han muerto muchos de los que crié, sin yo poder sanarlos ni saber de qué morían.

Y el Señor, tornándoles los rostros sudorosos, no sabía por cual de los tres camelleros había más bien venido al mundo, y se alejó de ellos con una tristeza callada porque, como Jazid, no se podía limitar a huir del mal sin atacar al que lo llevase, ni era capaz, como Galaad, de sentir la carrera del Tiempo igual que un hombre cualquiera, y padecerla y tratar de oponerle la memoria, ni tampoco podía ignorar las cosas, como Terneth.

La amiga de mamá, Ana Pérez Cañamares

La amiga de mamá llegaba a casa, con sus maletas cargadas de regalos y era como si la Navidad se hubiese presentado, fuera abril o septiembre. La amiga de mamá extendía mapas, repartía paquetes, nos disfrazaba de bereberes, desplegaba historias y fotos y por último colocaba su neceser entre nuestros jabones y cepillos de dientes, y así sabíamos que sería nuestra por una temporada.

Las comidas se llenaban de sabores exóticos, los bailes eran voluptuosos y frenéticos, y hasta nuestros nombres cambiaban, y un día nos llamábamos Samarcanda, otro Tegucigalpa, o Gobi, o Tombuctú. En el colegio nuestros compañeros se disputaban el privilegio de venir a pasar la tarde en casa. Y la amiga de mamá, aunque por la noche la oíamos hablar hasta muy tarde frente a una botella de licor de extraños reflejos, la amiga de mamá nunca parecía cansada.

Eso fue lo primero que me llamó la atención aquel día: su rostro exhausto, descansando sobre el regazo de mamá. No recuerdo a qué había bajado al salón pero enseguida tuve la sensación de asistir a una escena prohibida, no por impropia ni vergonzosa; era algo más allá, como entrar en la trastienda de aquellas dos mujeres. Porque no sólo estaba la fragilidad de la amiga de mamá; sobre todo estaba la tristeza de mamá. Como si sus ojos hubieran visto más que los de su amiga. Como si se hubiera despedido de más gente. Como si estuviera agotada de servir de sostén a los sueños de los demás

Waverly Place 2, José María Fonollosa

Hacemos el amor de una manera

imperfecta, mezquina y temerosa.

Nunca profundizamos. Nos quedamos

en la simple epidermis del instinto.

Y el placer obtenido se nos mezcla

con una sensación de desagrado.

Porque ponemos bridas al amor.

Levantamos barreras y frenamos

al llegar al umbral del punto límite.

Nunca lo trasponemos por cobardes.

Nos asusta ese paso hacia adelante.

Y miramos, cansados, al amor

entero, irrealizado, sobre el lecho.

Descontentos por no alcanzar la meta.

Como incendiar un bosque y que una lluvia

imprevista lo apague al poco rato.

Hacemos el amor como si fuera

un rito y por lo tanto usamos símbolos.

Sabemos el sentido de los gestos

y acciones que efectuamos al amarnos.

Morder y devorar, hender, herir…

Y gritos o gemidos alumbrándose.

Su significación es evidente.

Pero nos causa miedo. Y nos frustramos.

Habría que pasar de la parodia

al hecho y realizarnos plenamente.

La perfecta casada, Fray Luis de León

Puesto que Dios no dotó a las mujeres ni del ingenio que piden los negocios mayores ni de las fuerzas a que son menester para la guerra y el campo, mídanse con lo que son y conténtense con lo que es de su suerte, y entiendan en su casa y anden en ella, pues las hizo Dios para la casa y los hijos.

Como son los hombres para lo público, así las mujeres para el encerramiento; y como es de los hombres hablar y salir a la calle, así es de ellas encerrarse y callarse.

Y así es que, las que en sus casas cerradas y ocupadas las mejoran (no darán así a sus maridos motivos de celos ni se pondrán ellas en peligro), andando fuera de ellas las destruyen. Y las que andando en su casas y cuidando a los hijos ganarían las voluntades de sus maridos, visitando las calles corrompen los corazones ajenos y dan motivo de queja y desasosiego a sus maridos…. Ninguna causa tenéis para salir de casa, que no sea grave y severa porque, o es visita de algún fiel enfermo, o es por ir a misa o el oír la Palabra de Dios…

Ha de saber también la mujer regir su casa y su familia. Conviene saber coser, cocinar y fregar…”.

Y no piense que las crió Dios y las dio al hombre sólo para que le guarden la casa, sino también para que la consuelen y alegren. Para que en ella el marido cansado y enojado encuentre descanso y los hijos amor y la familia piedad

 

Coleccionistas, Raúl Ruiz

La primera vez que reparé en ella fue en un hotel de Ríon, en el golfo de Corinto. Yo estaba mirando desde mi ventana, atento al bullicio en torno a la piscina, donde jóvenes italianos y franceses hacían alarde de su incontenible juventud.

No sé qué gesto del azar desvió mi mirada. El caso es que la presencia de ella desbarató la algarabía juvenil y sólo existió ya su andar pausado a orillas del mar, su figura nimbada por una luz de fuego, su melena de viento oscuro.

Sin razón alguna que lo confirmara, se me ocurrió que aquella mujer coleccionaba puestas de sol… Y la ocurrencia agitó mi memoria: ya había visto a esta mujer junto al templo de Poseidón, en el cabo Sounion, como atesorando el oro cobrizo de la lejanía, como embriagándose de aquel mar color de vino; la había visto también sentada en las ruinas de Tirinto, como meditando sobre la decadencia de las civilizaciones, pero gozando la posibilidad de presenciar la sugerencia del pasado; también la había visto aplaudir una puesta de sol sobre el Arno, desde el Ponte Vecchio, sorprendiendo a los que la rodeaban y arrastrándolos a un aplauso dedicado a la Naturaleza que imita al Arte; la habla visto en Túnez, donde las puestas de sol huelen a Jazmines y donde ella se iba enamorando de aquel vivir sin prisas, aquel lenguaje amoroso de las flores, aquel lenguaje amistoso de las manos; habíamos coincidido en alta mar, acodados en la borda de un buque italiano, en esos momentos en que el sol vespertino parece alumbrar islas, crear contornos, dar a luz perfiles violetas…

Y la memoria encontró la imagen primera, la matriz de estas visiones: un sueño de mis veintiún años, un sueño en el que una adolescente solitaria paseaba, con túnica roja y pies descalzos, soñando que yo la soñaba.

Y al fin he comprendido: colecciono mujeres solitarias, que coleccionan puestas de sol, porque estas mujeres no son sino el reflejo de la que me acompaña en todos los viajes, la mujer que vive conmigo y me colecciona… Y es que ella, como yo, también conoce la hermosura y sabor de los amores al atardecer.

Franz Kafka y la niña, Joseba Sarrionandia

Imagínate a Franz Kafka en una calle de Praga. No, no es Praga, es otra ciudad. Imagínatelo en una calle de Berlín.
En el noviembre de 1923, él y Dora Dymant cambiaron de casa –Grunewaldstrass, 13- y alquilaron dos habitaciones en casa de un médico.
Imagínate a aquel escritor, afectado ya por la tuberculosis, paseando por la calle en una tarde nublada y tranquila.
Una niña llora en la acera. Franz Kafka se acerca a la niña, que oculta su cara bajo mechones pelirrojos. Llora porque ha perdido su muñeca.
-No, no se ha perdido –le dice Franz Kafka. Que no se ha perdido, que no llore, que la muñeca ha tenido que marcharse de viaje y que no se ha despedido de ella porque los adioses son tristes.
-Hace poco me he encontrado con tu muñeca –dice Franz Kafka-, a la salida de la ciudad. Y me ha dicho que te ha escrito.
Imagínate a la niña secándose las lágrimas con las manitas. La niña, desde la profundidad de sus ojos azules, mira al hombre moreno, al extraño mensajero.
El mensajero, Franz Kafka, sube calle arriba con su traje negro y paso lento, para perderse, como el más misterioso de los mensajeros, tras la esquina de la calle.
La niña, durante las semanas siguientes, recibió las cartas de la muñeca, en las que le contaba un viaje extraordinario, cada vez desde más lejos.

Era ella, Gerardo Diego

Marc Hervouet

Era ella
y nadie lo sabía.

Pero cuando pasaba,
los árboles se arrodillaban.

Anidaba en sus ojos
el ” Ave María “,
y en su cabellera
se trenzaban las letanías.

Era ella.

Era ella.

Me desmayé en sus manos,
como una hoja muerta,
en sus manos ojivales
que daban de comer a las estrellas.

Por el aire volaban
romanzas sin sonido.
y en su almohada de pasos
me quedé dormido

 

Seguridad, Luis Álvarez Piñer

Cuando me conocisteis,

volvía.

Mi historia viene de más lejos

que mis días primeros.

y cuando me hayáis visto marcharme, para siempre,

seguiré todavía,

sin tiempo ya, la historia comenzada.

Como un día en el tiempo, como el árbol

en la brisa que cruza, yo no me pertenezco,

ni me termino. Es gracias a la muerte

por lo que soy posible todavía

hacia un siempre de rectificaciones,

de referencias. Si no fuera

por esa muerte implícita, ¿qué haría

de tanto amor como me sobra ?