Si algo te asombra, Rubén Martín Díaz

Si algo te asombra, entra. No declines
estar
en eso que deseas.

No lo mires. Contempla. Date a ello.

Ten por seguro
que habrá estado esperándote
antes de que llegaras.

Si el bosque te respira,
abre el pulmón. Sé árbol.

Si la piedra entorpece tu camino,
entonces cógela,
hazte piedra en tu mano
y prolonga tu cuerpo en la distancia
cuando la arrojes.

Si es la isla que te observa desde lejos,
piénsate en ella;
incluso el agua cambia
todos sus átomos
llegada al barro que limita
la orilla.

Si es la llama
que vertebra la bóveda del aire,
crece en el fuego. Cumple sus designios.

Si el animal se asusta,
entra en su miedo. Dale paz. No vayas
tras él.

Y si es la luz
que unta de otoños este mirador
desde el que observas,
déjala cruzar
tu cuerpo
y que en él se ilumine con justicia.

Puma, Manuel Moya

Cuando desperté…
Augusto Monterroso

Desperté.

Tomé inmediatamente de la mesilla el cuaderno donde había esbozado a lápiz el retrato de Puma, mi cócker irlandés, temiéndome lo peor. Como presentí, el perro había desaparecido y no era la primera vez que algo así me sucedía. Durante meses, todos los animales que dibujé sobre el cuaderno egipcio desaparecían en la noche y no había manera de volverlos al cuaderno. Lo de Puma era algo distinto, pues había tenido la precaución de atarlo con cadena a una de las esquinas de la hoja, donde tracé un sólido pivote de hormigón. Pero me sentía mal. Era la cabeza, el estómago, la respiración…

Llamé al recepcionista que, de inmediato, se presentó con un médico joven y resolutivo. Pronto me vi rodeado por el típico grupo de curiosos que se hacía sus cábalas sobre la naturaleza exacta del mal, al tiempo que el médico se encogía de hombros, no explicándose lo de las convulsiones, lo del ahogo y finalmente lo de los vómitos de sangre.

Una hora más tarde, tanto el escenario como el reparto parecían ser los de otra película. Conducido en una camilla a toda velocidad por un largo y complicado corredor de hospital me temí lo peor.

En algún momento, mientras el camillero sorteaba los cientos de curiosos que nos salían al paso, perdí la conciencia.

Parece ser que la operación tuvo más complicaciones de las esperadas. Extrajeron un par de ponis que hacía meses me habían encargado para ilustrar la carátula de un video de zoofilia y que creí haber extraviado, un dinosaurio que me habían pedido para un especial sobre Monterroso, dos jerbos azules, regalo para mis sobrinos, una pantera que parecía dispuesta a abalanzarse sobre un recién nacido, la inquietante sombra del caimán encerrada en una botella, la conocida ardilla de una marca de galletas, un traje de visón colgado de la percha en el que encontrarían el sobre que finalmente aclararía el misterio de la cripta, encargo para una colección de novela negra, una colonia de cucarachas que, en su desmedido crecimiento, amenazaba con taponar ciertas arterias, un par de boas de las que sólo supe que… Pero lo peor, según dicen, fue rescatar a Puma, que expiraba muy cerca del corazón, con el cuello enredado, bien enredado en la cadena.

El cero rey, Juan José Millas

 

El cero, harto de no ser nada, decidió buscarse la vida fuera del Sistema Métrico Decimal.
—Al otro lado del Sistema Métrico Decimal no hay nada —le dijeron los números pares y los impares y también los idiotas, pues sabían que sin el cero todo el sistema se vendría abajo.
—Pues ese es mi sitio —respondió él—, ya que yo no soy nada.
—Sí eres, sí eres —le dijeron. —No soy, no soy —respondió él—. Dos días son dos días, y siete semanas son siete semanas, pero cero meses no es ningún mes.
—Ponte a mi lado y seremos un 40 —dijo el 4.
—Quiero ser algo por mí mismo, sin ayuda de nadie.
Atravesó, pues, el Sistema Métrico Decimal, y llegó a un lugar raro, donde las cosas no eran nada. Ni las calles eran calles, ni los semáforos semáforos, ni los árboles árboles.
—Este es mi sitio, puesto que soy un número que no es un número.
Entró sigilosamente en una casa y vio a un padre que no era un padre, una madre que no era una madre, unos hijos que no eran unos hijos, y un canario que no era un canario.
Estuvo todo el día observando, escondido tras un sofá que no era un sofá, a aquella familia que no era una familia.
Al atardecer salió a la calle que no era una calle, feliz de haber encontrado para vivir un lugar que no era un lugar.
Pero apenas había recorrido dos manzanas, cuando fue detenido por dos policías que no eran policías.
—Usted no puede permanecer aquí —le dijeron—. Para estar aquí es preciso no ser nada.
—Es que yo soy un cero —dijo el cero.
—Un cero es un cero —le contestaron.
—Un cero —repuso él— es un número que no es número. ¿Cuántos días son cero
días? ¿Cuántas semanas son cero semanas? ¿Cuántos meses son cero meses?
Los policías que no eran policías se miraron sin saber qué contestar.
—¿Qué diferencia hay entre un cero y nada? —insistió el cero.
El asunto fue llevado ante unos licenciados en nada, que era la profesión más extendida en aquel sitio. Tras darle muchas vueltas al asunto, estos expertos decidieron que no era lo mismo nada que cero.
El cero fue devuelto violentamente al Sistema Métrico Decimal, donde fue recibido con todos los honores por el resto de los números, que no podían vivir sin él.
Y para que no volviera a irse, lo nombraron el Rey del Sistema, y él aceptó, y desde entonces reina sin comprender por qué es preciso ser nada para serlo todo.

El amor duerme en el pecho del poeta, Federico García Lorca

Tú nunca entenderás lo que te quiero
porque duermes en mí y estás dormido.
Yo te oculto llorando, perseguido
por una voz de penetrante acero.

Norma que agita igual carne y lucero
traspasa ya mi pecho dolorido
y las turbias palabras han mordido
las alas de tu espíritu severo.

Grupo de gente salta en los jardines
esperando tu cuerpo y mi agonía
en caballos de luz y verdes crines.

Pero sigue durmiendo, vida mía.
Oye mi sangre rota en los violines.
¡Mira que nos acechan todavía!

 

No volveré a ser joven, Jaime Gil De Biedma

 

Que la vida iba en serio

uno lo empieza a comprender más tarde

-como todos los jóvenes, yo vine

a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería

y marcharme entre aplausos

-envejecer, morir, eran tan sólo

las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo

y la verdad desagradable asoma:

envejecer, morir,

es el único argumento de la obra

Todo tan secreto, Carlos Castán

En todos los entierros hay un desconocido, alguien de aire grave en quien nadie se fija demasiado, que no es de la familia y permanece todo el tiempo con las manos atrás. Siempre me había preguntado por estos seres, de dónde salían, cuál sería su vida. En los viejos álbumes de fotos de la casa de Ágata los encontré a todos retratados, uno por uno, adheridos a aquellas páginas negras. Muchas veces iba a verla. Yo era joven, ella no. Y además estaba enferma, pero su pelo olía siempre a pétalos morados y la casa entera tenía el perfume de los libros salvados de un incendio. Todo ese verano fue mi oasis de sombra. Nos acostábamos en una alcoba oscura y luego ella preparaba café. Me gustaba ir allí, era todo tan secreto… Por las ventanas, a través de una maraña de ramas muertas, podía divisarse toda una posguerra detenida. Apenas hablaba, Ágata. Me enseñaba tesoros que escondía en los cajones de sus mil armarios: óleos diminutos, soldados de oro, azucareros chinos, pero sobre todo aquellas fotografias de desconocidos.

Era todo tan secreto que cuando murió nadie pudo decirme nada, y una tarde en que fui a verla a principios del otoño me encontré en el patio de la casa con una mesita de faldas negras llena de condolencias y tarjetas de visita con una esquina doblada. Me esforcé en sentir dolor, pero la sorpresa y el deseo reventado como un globo pesaban de momento mucho más.

Tras dudar un poco, decidí subir al velatorio. Quise ser el desconocido de turno en ese entierro, quizá porque estuve seguro de repente que, de ese modo, por un extraño mecanismo que nunca perseguí entender, mi imagen pasaría a formar parte de aquellos álbumes oscuros en la estantería de la sala, como una mariposa muerta. Y mi alma entonces, o algo parecido, se quedaría a descansar para siempre cerca de la alcoba, en aquella penumbra fresca con olor a agua de rosas.

A veces notaba cómo alguno de los familiares de Agata me miraba de reojo, pero nadie se decidió a hacerme preguntas, de manera que toda la tarde pude permanecer allí, como un centinela que guarda los restos de un general acribillado, con aire grave, los ojos llorosos, las manos atrás.

El barquero, Alvaro Cunqueiro

Felipe de Amancia, cuando yo lo conocí, pasaba ya de los sesenta. Tenía con él, para ayudarle en el oficio, a un nieto que no llegaba a los doce años, y se llamaba Joselín. Amancia, la madre de Felipe, había sido barquera, y se tiene como seguro que no sabía quién fuese el padre de su Felipe, aunque hemos de pensar que fue un señor, por las maneras y fantasías que quitó Felipe en su viaje por este mundo. Felipe, calvo y huesudo, tenía negros ojos, burladores. Todo él era reidor y campechano, aunque le gustase aparentar sequedad, y, por veces, melancolía. Quizás algún seminarista de Mondoñedo que por allí pasó de los de ropón corto y banda colorada, recordando un verso de Horacio le dijo aquello de Caronte melancólico, y como Felipe era muy dado a creer en imaginaciones, tomó ésta para componer su figura. Aún me parece verlo sentado en el padrón con los pies descalzos descansando en la popa de la chalana, liando cigarro y mirando sin ver para el río. Yo era muy rapaz y me tenía por su amigo.

¡Tarde llegas! —me decía—. Aún no hace una hora pasé en la barca al obispo de París, tuve que hacer dos viajes; uno para Su Señoría y su camarero, y otro para una sombrilla que traían, amarilla con vueltas coloradas.

Lo creía todo. Un día vino a pintarle la barca un pintor de Lugo.

Pinto la lancha —me dijo— porque pasó hoy por aquí la infanta Catalina con seis caballeros negros, y cada uno de los caballeros me dio un carolus del rey, que es moneda que sólo corre entre reyes y príncipes. He de ir a cambiarlos por tres onzas a Compostela. La infanta llevaba en la mano un malvis cantador, y en el medio del río pare la barca para que ella tirara una rosa a las aguas, que es costumbre de la Casa Real saludar los ríos que pasan. Agradeció que yo estuviese al tanto de tal cortesía.

Felipe de Amancia sonreía y me daba palmaditas en la espalda. Yo me ponía a caballo de la proa de la barca y allí me estaba viendo correr el agua, alanceándola con la pértiga.

Felipe de Amancia amaneció muerto un día de San Froilán en el patio de la posada. Todos sus ahorros los tenía en oro, en una bolsa de seda carmesí, en la que había mandado bordar una barca con su barquero, navegando unas aguas azules. Debajo de las aguas, un letrero decía: «Oro secreto». Allí estarían el tornés del Delfín, los carolus de los caballeros de doña Catalina, el luis del obispo de París, la libra del príncipe de Gales y las monedas bizantinas de don Leonís. Y también la más hermosa moneda que poseyó nunca Felipe de Amancia: su fantasía, un florín de ley. Lo gastaba cada día.

La oración del dragón, Julia Otxoa

Todas las noches, cuando llega la hora de las noticias y los políticos empiezan con su verborrea sobre política nacional, entro en la cocina y quito el sonido del televisor, me siento a la mesa y pelo cuatro cabezas de ajos; desgrano luego todos los dientes y los machaco lentamente en un mortero de madera; lo mezclo todo con sal, aceite de oliva y un chorrito de limón y sigo dándole golpes hasta formar una masa compacta; entonces meto el dedo, la pruebo y si está en su justo punto tuesto cuatro rebanadas de pan y las coloco en un plato junto al mortero. Me arrodillo entonces entre el frigorífico y la regadera, y echo a volar todas las pieles de ajo por encima de mi cabeza, como si fueran pétalos de rosa cayendo por todas partes, alegre lluvia sobre un templo iluminado por un fuerte olor a ajos y a pan tostado.

Sólo después de todo esto llega el tiempo de mi gimnasia diaria con saltos y volteretas por el pasillo, la sala y las habitaciones. Los ejercicios gimnásticos duran exactamente el tiempo del telediario, treinta minutos. Luego, sudada y exhausta, me doy una ducha, me pongo ropa limpia y me siento tranquila y feliz en la mesa de la cocina a comerme las rebanadas de pan untadas con ajo, aceite y limón, regándolo todo con una cerveza rubia y helada.

Después de estos aperitivos salgo al balcón a echar unas cuantas llamaradas con mi aliento de ajos. La noche se incendia ante mis ojos. Y así estoy un ratito apoyada en la barandilla, contemplándolo todo, imaginándome que vuelo sobre árboles y tejados, sintiendo dentro de mí música de volcanes, las estrellas parpadeando sobre mi cabeza. En esos instantes pienso que algo así tenían que sentir en un pasado los dragones, cuando en plena ebullición de sus incendiadas fauces miraban el cielo.

LOS TRES HOMBRES JUSTOS, FERNANDO QUIÑONES

Y a los tres días de camino encontró el Señor a tres camelleros que corrieron hacia Él con humilde y ardiente amor, y se sintió hambriento de concederles una, gracia.

Y el primer. camellero se llamaba Jazid, y era negro y de muy alta estatura y nacido en la mayor de las siete praderas que rodean el desierto de Lozothar. Y el Señor se dirigió a él preguntándole qué haría a un hombre que se lleva una sierpe a la cara. Y le respondió Jazid que huir de él, sin hacerle mal.

Y el segundo camellero, Galaad, tenía las manos como dos bueyes, y el Señor se dirigió a él preguntándole por las tierras de los vecinos de sus bisabuelos. Y le contestó GaIaad que eran muy ricas en frutos y en miel, de que los vecinos obsequiaban a su gente.

Y Terneth, el tercer camellero, que era pequéño y oscuro corno las aceitunas caídas, no había oído nunca, hablar del amor. Y el Señor le preguntó si, además de ello, existía algo que no conociera bien, a lo que Terneth, con lágrimas en los ojos, respondió.

Oh, Señor, no había una sola cosa que yo conociera bien, pues desde que era niño no sé sino de echar de comer a los camellos y de andar con las caravanas. Y ni siquiera puedo decir que entiendo de camellos, pues se me han muerto muchos de los que crié, sin yo poder sanarlos ni saber de qué morían.

Y el Señor, tornándoles los rostros sudorosos, no sabía por cual de los tres camelleros había más bien venido al mundo, y se alejó de ellos con una tristeza callada porque, como Jazid, no se podía limitar a huir del mal sin atacar al que lo llevase, ni era capaz, como Galaad, de sentir la carrera del Tiempo igual que un hombre cualquiera, y padecerla y tratar de oponerle la memoria, ni tampoco podía ignorar las cosas, como Terneth.

La amiga de mamá, Ana Pérez Cañamares

La amiga de mamá llegaba a casa, con sus maletas cargadas de regalos y era como si la Navidad se hubiese presentado, fuera abril o septiembre. La amiga de mamá extendía mapas, repartía paquetes, nos disfrazaba de bereberes, desplegaba historias y fotos y por último colocaba su neceser entre nuestros jabones y cepillos de dientes, y así sabíamos que sería nuestra por una temporada.

Las comidas se llenaban de sabores exóticos, los bailes eran voluptuosos y frenéticos, y hasta nuestros nombres cambiaban, y un día nos llamábamos Samarcanda, otro Tegucigalpa, o Gobi, o Tombuctú. En el colegio nuestros compañeros se disputaban el privilegio de venir a pasar la tarde en casa. Y la amiga de mamá, aunque por la noche la oíamos hablar hasta muy tarde frente a una botella de licor de extraños reflejos, la amiga de mamá nunca parecía cansada.

Eso fue lo primero que me llamó la atención aquel día: su rostro exhausto, descansando sobre el regazo de mamá. No recuerdo a qué había bajado al salón pero enseguida tuve la sensación de asistir a una escena prohibida, no por impropia ni vergonzosa; era algo más allá, como entrar en la trastienda de aquellas dos mujeres. Porque no sólo estaba la fragilidad de la amiga de mamá; sobre todo estaba la tristeza de mamá. Como si sus ojos hubieran visto más que los de su amiga. Como si se hubiera despedido de más gente. Como si estuviera agotada de servir de sostén a los sueños de los demás

Waverly Place 2, José María Fonollosa

Hacemos el amor de una manera

imperfecta, mezquina y temerosa.

Nunca profundizamos. Nos quedamos

en la simple epidermis del instinto.

Y el placer obtenido se nos mezcla

con una sensación de desagrado.

Porque ponemos bridas al amor.

Levantamos barreras y frenamos

al llegar al umbral del punto límite.

Nunca lo trasponemos por cobardes.

Nos asusta ese paso hacia adelante.

Y miramos, cansados, al amor

entero, irrealizado, sobre el lecho.

Descontentos por no alcanzar la meta.

Como incendiar un bosque y que una lluvia

imprevista lo apague al poco rato.

Hacemos el amor como si fuera

un rito y por lo tanto usamos símbolos.

Sabemos el sentido de los gestos

y acciones que efectuamos al amarnos.

Morder y devorar, hender, herir…

Y gritos o gemidos alumbrándose.

Su significación es evidente.

Pero nos causa miedo. Y nos frustramos.

Habría que pasar de la parodia

al hecho y realizarnos plenamente.

La perfecta casada, Fray Luis de León

Puesto que Dios no dotó a las mujeres ni del ingenio que piden los negocios mayores ni de las fuerzas a que son menester para la guerra y el campo, mídanse con lo que son y conténtense con lo que es de su suerte, y entiendan en su casa y anden en ella, pues las hizo Dios para la casa y los hijos.

Como son los hombres para lo público, así las mujeres para el encerramiento; y como es de los hombres hablar y salir a la calle, así es de ellas encerrarse y callarse.

Y así es que, las que en sus casas cerradas y ocupadas las mejoran (no darán así a sus maridos motivos de celos ni se pondrán ellas en peligro), andando fuera de ellas las destruyen. Y las que andando en su casas y cuidando a los hijos ganarían las voluntades de sus maridos, visitando las calles corrompen los corazones ajenos y dan motivo de queja y desasosiego a sus maridos…. Ninguna causa tenéis para salir de casa, que no sea grave y severa porque, o es visita de algún fiel enfermo, o es por ir a misa o el oír la Palabra de Dios…

Ha de saber también la mujer regir su casa y su familia. Conviene saber coser, cocinar y fregar…”.

Y no piense que las crió Dios y las dio al hombre sólo para que le guarden la casa, sino también para que la consuelen y alegren. Para que en ella el marido cansado y enojado encuentre descanso y los hijos amor y la familia piedad

 

Coleccionistas, Raúl Ruiz

La primera vez que reparé en ella fue en un hotel de Ríon, en el golfo de Corinto. Yo estaba mirando desde mi ventana, atento al bullicio en torno a la piscina, donde jóvenes italianos y franceses hacían alarde de su incontenible juventud.

No sé qué gesto del azar desvió mi mirada. El caso es que la presencia de ella desbarató la algarabía juvenil y sólo existió ya su andar pausado a orillas del mar, su figura nimbada por una luz de fuego, su melena de viento oscuro.

Sin razón alguna que lo confirmara, se me ocurrió que aquella mujer coleccionaba puestas de sol… Y la ocurrencia agitó mi memoria: ya había visto a esta mujer junto al templo de Poseidón, en el cabo Sounion, como atesorando el oro cobrizo de la lejanía, como embriagándose de aquel mar color de vino; la había visto también sentada en las ruinas de Tirinto, como meditando sobre la decadencia de las civilizaciones, pero gozando la posibilidad de presenciar la sugerencia del pasado; también la había visto aplaudir una puesta de sol sobre el Arno, desde el Ponte Vecchio, sorprendiendo a los que la rodeaban y arrastrándolos a un aplauso dedicado a la Naturaleza que imita al Arte; la habla visto en Túnez, donde las puestas de sol huelen a Jazmines y donde ella se iba enamorando de aquel vivir sin prisas, aquel lenguaje amoroso de las flores, aquel lenguaje amistoso de las manos; habíamos coincidido en alta mar, acodados en la borda de un buque italiano, en esos momentos en que el sol vespertino parece alumbrar islas, crear contornos, dar a luz perfiles violetas…

Y la memoria encontró la imagen primera, la matriz de estas visiones: un sueño de mis veintiún años, un sueño en el que una adolescente solitaria paseaba, con túnica roja y pies descalzos, soñando que yo la soñaba.

Y al fin he comprendido: colecciono mujeres solitarias, que coleccionan puestas de sol, porque estas mujeres no son sino el reflejo de la que me acompaña en todos los viajes, la mujer que vive conmigo y me colecciona… Y es que ella, como yo, también conoce la hermosura y sabor de los amores al atardecer.

Franz Kafka y la niña, Joseba Sarrionandia

Imagínate a Franz Kafka en una calle de Praga. No, no es Praga, es otra ciudad. Imagínatelo en una calle de Berlín.
En el noviembre de 1923, él y Dora Dymant cambiaron de casa –Grunewaldstrass, 13- y alquilaron dos habitaciones en casa de un médico.
Imagínate a aquel escritor, afectado ya por la tuberculosis, paseando por la calle en una tarde nublada y tranquila.
Una niña llora en la acera. Franz Kafka se acerca a la niña, que oculta su cara bajo mechones pelirrojos. Llora porque ha perdido su muñeca.
-No, no se ha perdido –le dice Franz Kafka. Que no se ha perdido, que no llore, que la muñeca ha tenido que marcharse de viaje y que no se ha despedido de ella porque los adioses son tristes.
-Hace poco me he encontrado con tu muñeca –dice Franz Kafka-, a la salida de la ciudad. Y me ha dicho que te ha escrito.
Imagínate a la niña secándose las lágrimas con las manitas. La niña, desde la profundidad de sus ojos azules, mira al hombre moreno, al extraño mensajero.
El mensajero, Franz Kafka, sube calle arriba con su traje negro y paso lento, para perderse, como el más misterioso de los mensajeros, tras la esquina de la calle.
La niña, durante las semanas siguientes, recibió las cartas de la muñeca, en las que le contaba un viaje extraordinario, cada vez desde más lejos.

Era ella, Gerardo Diego

Marc Hervouet

Era ella
y nadie lo sabía.

Pero cuando pasaba,
los árboles se arrodillaban.

Anidaba en sus ojos
el ” Ave María “,
y en su cabellera
se trenzaban las letanías.

Era ella.

Era ella.

Me desmayé en sus manos,
como una hoja muerta,
en sus manos ojivales
que daban de comer a las estrellas.

Por el aire volaban
romanzas sin sonido.
y en su almohada de pasos
me quedé dormido

 

Seguridad, Luis Álvarez Piñer

Cuando me conocisteis,

volvía.

Mi historia viene de más lejos

que mis días primeros.

y cuando me hayáis visto marcharme, para siempre,

seguiré todavía,

sin tiempo ya, la historia comenzada.

Como un día en el tiempo, como el árbol

en la brisa que cruza, yo no me pertenezco,

ni me termino. Es gracias a la muerte

por lo que soy posible todavía

hacia un siempre de rectificaciones,

de referencias. Si no fuera

por esa muerte implícita, ¿qué haría

de tanto amor como me sobra ?

 

La momia analfabeta, Enrique Jardiel Poncela

PROEMIO

Voy a contar una de las famosas historias en las que el genio de Sherlock Holmes se mostró más esplendoroso.Tan esplendoroso, que en esta ocasión Holmes no tuvo necesidad de moverse de su pisito de Baker Street para dar con la solución del enigma que le presentó míster Horacio Craig, de Ceilán.

Verán ustedes canela.

HOLMES AVERIGUA QUIEN ES CRAIG

A las siete en punto de la tarde, cuando los primeros voceadores del Worker se refugiaban en los bares de Upper Tames Street a jugar al marro, Sherlock Holmes me llamó a su habitación.

Comparecí rápidamente, suponiendo que sucedía algo grave; y, en efecto, el problema era de alivio: Sherlock se había roto en seis trozos los cordones de sus zapatos.

Durante varios minutos le ayudé a luchar contra el Destino, pero ambos fracasamos visiblemente, y, de no haber acudido la señora Padmore en nuestro auxilio, brindándonos la brillante idea de pegar el zapato al calcetín, es posible que Sherlock no hubiera figurado nunca en el tomo de la H de la Enciclopedia Espasa, donde, como se sabe, no figura.

Se retiraba la señora Padmore hacia el pasillo, cuando se abrió de súbito una de las ventanas y un personaje ignoto irrumpió en la estancia, como irrumpen los clavos en la tela de los pantalones el día que estrenamos traje. Era un caballero de unos cincuenta años bisiestos, con aire de perro de trineo.

Nada más entrar, gritó con voz fuerte y derrumbándose en un sillón:

¡Soy Craig!

Y agregó, ya más débilmente:

¡Soy Craig!Y dijo, por fin, con acento desfallecido:

Soy Craig, señor Holmes… Soy Craig. Craig. ¿Sabe usted? Craig…

A continuación se puso amarillo, luego verde, luego morado, y, desplomándose del todo, se desmayó lo mejor que pudo.

Holmes me cogió por un brazo, señaló al visitante, y me dijo gravemente:

Harry… Este señor es Craig.

Pero la cosa no me extrañó en modo alguno; estaba yo muy habituado a la continua perspicacia de Sherlock.

TRABAJOS ARQUEOLÓGICOS

El maestro añadió después:

Acércame el tablero del ajedrez, Harry. Vamos a echar una partidita para esperar sin aburrirnos a que vuelva en sí míster Craig.

Obedecí con cierto temblor nervioso, ya que la sangre fría de Sherlock siempre me producía una emoción indescriptible. Jugamos tres partidas, las cuales ganó Holmes, como siempre, pues su extraordinaria habilidad manual le permitía cambiar las fichas de casilla cuando le daba la gana sin que nadie lo advirtiese, y yo me armaba unos líos como para nombrar abogado y pegarme después un tiro, que es lo que hace la gente en esos casos.

Al final de la partida número tres, Craig se decidió, por fin, a volver del desvanecimiento, y fue entonces cuando Holmes se sepultó en su diván favorito, cerró los ojos y exclamó:

Hable usted, míster Craig. Espero el relato de los tremendos acontecimientos que le hacen acudir a mi auxilio.

Y Horacio Craig, con voz de barítono rumano, contó lo siguiente:

Como usted sabe, señor Holmes, desde los primeros balbuceos infantiles he dedicado mi vida al estudio del arte y de la civilización egipcios. Conozco aquel país mejor que los cocodrilos, y mi entusiasmo de egiptólogo es tan intenso, que me hablan de un faraón nuevo y engordo once kilos. Toda Inglaterra, y casi todo el mundo, conoce al dedillo los viajes que he llevado a cabo por el Bajo Egipto, el Alto Egipto y la provincia de Gerona. He ido desde…

Suprima los detalles kilométricos y cíñase al asunto —le interrumpió Holmes.

Dice usted bien; me ceñiré como un “kalasiri” —replicó Craig—. Pues es el caso que en uno de estos viajes, el año de gracia de mil novecientos trece, descubrí al pie de la Esfinge, y según se va a mano derecha, una antiquísima “mastaba”, y de ella, cual muela putrefacta, extraje una momia magnífica, aunque indudablemente polvorienta. Era, según mis cálculos, la momia de Ramsés Trece, de la veintiuna dinastía, piso segundo. Con la natural alegría y unas parihuelas, transporté aquí, a Londres, la momia, y desde entonces se halla en la sala sexta del Museo egiptológico que lleva mi nombre.

El Craig Museum, situado en el treinta y nueve de Wellington Street —dije yo, para que se viera que poseía cierta cultura.

Eso es —aprobó Craig con un golpe de tos que le obligó a comerse el puro que estaba fumando.Y así que hubo digerido el puro, continuó:

LOS CRÍMENES VESPERTINOS

Nada anormal ha ocurrido en todos esos años, hasta hace dos meses. Pero desde dos meses a esta parte, señor Holmes, están sucediendo tales cosas, relacionadas con la momia, que no he perdido la razón porque la llevo atada con un bramante.

¿Qué cosas son ésas? —inquirió Sherlock lanzando una bocanada de humo a veintitrés yardas de distancia.

Sencillamente: que el espíritu de la momia ronda mi casa; se me aparece por las noches, toca la “Danza macabra” en mi piano y hasta se fríe huevos en mi propia cocina. Aun cuando esto es terrible y me obliga a pagar cuentas de gas crecidísimas, no osaría molestar a usted si no fuera porque la momia ha ido más allá.

¿Y eso? ¿Es que ha empezado a freírse patatas?

No, señor Holmes, sino que asesina por las tardes a los conserjes del Museo que se hallan de servicio en la sala sexta.

¿Que los asesina? ¿La momia?

Sí, señor. Tiene que ser la momia, porque los conserjes fallecen envenenados con el jugo de una planta: la conocida con el nombre de “pastichuela romagueris egipciae”, y esta planta sólo crece en Egipto, pues en cualquier otro lugar se lo prohibirían las autoridades. Es necesario que tan terrible situación concluya. Es preciso que usted me ayude a resolver el misterio que…

Holmes hizo un gesto tajante, y exclamó:

Váyase a hacer gimnasia al pasillo con Harry. Necesito meditar. Ya les llamaré cuando haya acabado.Y sin más explicaciones, Sherlock nos dio dos puntapiés, nos echó al pasillo y se sentó a meditar envuelto en humo. Nosotros le observamos por el ojo de la cerradura, que, por feliz casualidad, atravesaba la puerta de parte a parte.

SHERLOCK LO DESCUBRE TODO

Pasaron seis horas largas como túneles suizos, hasta que oímos una especie de gruñido de foca; era que Sherlock nos llamaba. Entramos, y el maestro exclamó:

Todo está ya resuelto. Hoy no necesito moverme de casa para explicar el fenómeno planteado. Vengan ustedes…Y echó a andar pasillo adelante, seguido por Craig y por mí. Holmes se detuvo de pronto delante de una puerta cerrada, que yo mismo ignoraba a dónde conducía, abrió la puerta con un abrelatas, según la vieja costumbre de los ladrones de hoteles, y, encendiendo una lámpara eléctrica, entró y nos hizo entrar.

Un cuadro verdaderamente cubista se ofreció a nuestros ojos. La estancia aquella era, ni más ni menos, un museo arqueológico. Grandes esqueletos, multitud de cacharros y utensilios históricos e infinidad de momias de todas las épocas llenaban los ámbitos. Los tres esqueletos del almirante Nelson (el esqueleto de Nelson a los once años, a los veinte y a los treinta y dos) constituían por sí solos un tesoro incalculable.

Holmes se detuvo ante una momia egipcia, y habló así:

Este problema era, al parecer, tan absurdo como la persecución a tiros de un “jockey” por los muelles del Támesis. Sin embargo, como yo tengo un cerebro maravilloso, unas horas de meditación me han bastado para resolverlo. El misterio está, señor Craig, en que todas las momias, y, por tanto, también la de Ramsés Trece, son analfabetas.

¿Analfabetas? —dijo Craig.

Completamente analfabetas. Verán ustedes…Y diciendo y haciendo, puso ante el rostro de la momia que teníamos delante un ejemplar abierto del Red Magazine. Efectivamente, la momia no leyó ni una línea.

¿Se convencen ustedes? —exclamó Holmes triunfalmente—. Las momias son analfabetas. Ahora bien, señor Craig, ¿de qué color son los uniformes que llevan los conserjes del Museo?

Negros —repuso Craig.

¿Y todavía no adivina? ¿No cae usted en que a todo analfabeto “le estorba lo negro”? Por eso la momia de usted, analfabeta perdida, mata a los conserjes y seguirá matándolos inexorablemente si todo continuara allí igual. Pero vista usted a los conserjes del Museo de blanco o de color barquillo, y verá cómo nada volverá a suceder. Ni siquiera se le aparecerá a usted el espíritu de la momia, porque no tendrá necesidad de demostrarle a usted su enojo. Y ahora, permítame que me retire a mi despacho, puesto que mis servicios ya no le son necesarios. Tengo que llenar mi estilográfica y el tiempo apremia.

Y Sherlock Holmes se alejó por el pasillo, dejándonos a Craig y a mí conmocionados por la sorpresa y por la admiración.

Un corte, Quim Monzó

Toni entra en clase corriendo, con ojos alarmados y un corte en el cuello. Es un corte profundo y ancho, del cual mana sangre, más que roja, de un granate brillante. A simple vista y sin la verificación oportuna se diría que, como la carne se ha abierto, la incisión —que al principio debía de ser una línea milimétrica— tiene ahora una anchura de dos o tres centímetros. El largo podríamos situarlo en veinte o veinticinco, ya que empieza debajo de la oreja izquierda, baja por el cuello y acaba a la altura del pecho, un poco más a la derecha del esternón.

Me han cortado con una botella rota.

La sangre le chorrea por el cuello y le mancha la camisa blanca del uniforme. También lleva el cuello de la americana empapado en sangre.

A ver. ¿Ésas son maneras de entrar en clase, Toni?

Es que Ferran y Roger, señor, han cogido una botella rota que había cerca de la máquina de bebidas, me la han clavado y…

¿Cómo se entra en clase, Toni? ¿Es así como se entra en clase? ¿De cualquier manera, se entra en clase? ¿Se entra en clase sin decir «buenos días»? ¿Es eso lo que hemos aprendido en la escuela, Toni?

Buenos días —dice Toni mientras se cubre el corte con la mano derecha para intentar parar la sangre.

Hace mucho tiempo que, en general, las costumbres han ido degenerando, y no es culpa vuestra, lo sé. También es culpa nuestra, de las instituciones que no somos capaces de ofrecer una educación que fundamente personalidades educadas en el rigor y la responsabilidad. Pero también es culpa de la sociedad, es culpa de tantos padres que exigen que la escuela supla la autoridad que ellos son incapaces de ejercer. Tú, Toni, sólo eres una muestra, un grano de arena en la playa infinita del desbarajuste universal. ¿Dónde está el rigor de antaño? ¿Dónde están el esfuerzo y el sacrificio? ¿Dónde están los detalles básicos de educación, de urbanidad, que os hemos inculcado día tras día, desde que entrasteis en esta institución? Sé que en muchos otros centros educativos se practica una educación más laxa, y que, siendo imposible ahora un aislamiento total de cada individuo, y conociendo la tendencia que tiene la juventud a mezclarse y confraternizar, sé, por todos estos motivos, que, por más que nuestra institución luche por educaros de manera ejemplar, si nosotros somos los únicos que os inculcamos unas normas, tenéis demasiado al alcance el peligro de contagiaros de la laxitud de los demás.

Es que voy todo lleno de sangre, señor.

Ya lo veo. Y también veo cómo estás poniendo el parquet. Por no hablar de la camisa, y de la americana. Sabes que me gusta que el uniforme esté siempre impecable. Pero de eso hablaremos después. Ahora ve a recepción y pide al señor Manolo la fregona y un cubo de agua, y procura no ir chorreando sangre por todo el pasillo, que también tendrás que limpiarlo.

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Jersey, Luis García Montero

Un jersey es un animal doméstico que veranea dentro de los armarios. Pero sus vacaciones están llenas de ejercicios espirituales, porque los armarios son una cueva familiar en la que se aprenden los secretos de la memoria, las manías y los vicios inconfesables. Junto a la ropa, aunque esté pensada para salir a la calle, respiran mejor que en ningún otro sitio los silencios que componen una intimidad para cada nombre.

Cuando el otoño firma los contratos laborales del frío, el jersey sale del armario tejido por esas sombras volubles que confundimos con nuestros recuerdos. Hay prendas que necesitan una mancha grave, un acontecimiento amoroso o el final de un día para separarse de sus cuerpos. Dependen de un accidente del destino, una inauguración o una clausura. Asuntos importantes. Pero el jersey, desde que existen las calefacciones, sabe que sólo cuenta con un alma de quita y pon. Uno se quita el jersey en medio de una conversación, según aconsejen los humildes cambios climáticos de una cafetería o de una casa. Como un animal doméstico, con más espíritu de perro que de gato, el jersey se deja caer en el brazo de un sofá, en una silla, en cualquier rincón modesto de la vida cotidiana.

Aquello que mejor nos define a primera vista es lo que más cambia, lo que más se mueve. Las definiciones son un pacto con la realidad, una manera de esconder los intereses transitorios. Nos hemos acostumbrado a vivir en una ética cotidianizada. La gente se quita y se pone un jersey con la misma naturalidad con la que asume u olvida una exigencia moral. Y así se va viviendo, entre amores sin sorpresas, adornando el deseo de salvar un escollo, de hacer política o carrera en la oficina. Los recursos de la existencia, del derecho o del revés, por la cara de la humildad o de la ambición, cosen los rotos con la aguja de la necesidad.

Entre los restos arqueológicos de mi armario duerme un jersey de lana gruesa. Domina los estratos en los que mi infancia sacrificó su paz en nombre de la rebeldía juvenil. Cuando era niño, a mi madre, reina de las visitas familiares, le gustaba llevar a sus seis hijos con el mismo modelo de jersey. Componíamos una tribu uniformada, una escalera textil de edades y estaturas ordenadas, que no recuerdo ahora con la congoja de los rebaños, sino con la melancolía del mundo panorámico y no matizado de los años inocentes. Como soy el mayor, me tocó a mí aventurarme en los colores tricotados de la diferencia. En medio de una fiesta colegial, al final del bachillerato, encendí un cigarrillo, me quité el jersey de los domingos y me puse un himno latinoamericano de lana gruesa, un compañero fiel para asistir a las representaciones del teatro independiente o a los conciertos de la canción protesta. Me lo regaló una novia. Pasé con ella tardes y noches en pisos de estudiantes. Esa extraña conspiración que llamamos memoria ha decidido que recuerde poco las escenas en las que me desnudaba con mi viejo amor y vuelva con frecuencia a las horas en las que el jersey permanecía en su puesto de trabajo, en el invierno de la discusión, alejado del reino de las calefacciones. Animal doméstico, sí, pero en una casa prestada.

Luego dejé la naturalidad del torpe aliño indumentario en busca de una incertidumbre cuidada, como un ejercicio de conciencia, un modo de dibujar las fronteras que separan la madurez y el conformismo, el profesor sensato y el poeta rebelde. Y así voy haciendo punto en la negociación electoral de la existencia. Sólo debe regalarnos un jersey la persona que nos conoce de verdad, porque hay que ser prudentes a la hora de inmiscuirse en el futuro de los demás. Aquel jersey era tan ancho, tan generoso, que todavía puedo jugar a ponérmelo. El espejo, que es el único enemigo real de las chapuzas de una ética cotidianizada, murmura que no me sienta mal.

El niño suicida, Rafael Dieste

Cuando el tabernero acabó de leer aquella noticia inquietante —un niño se había suicidado pegándose un tiro en la sien derecha— habló el vagabundo desconocido que acababa de comer muy pobremente en un rincón de la tasca marinera, y dijo:

Yo sé la historia de ese niño.

Pronunció la palabra niño de un modo muy particular. Así que los cuatro bebedores de aguardiente, los cinco de albariño y el tabernero se callaron y escucharon con gesto inquisidor y atento.

Yo sé la historia de ese niño —repitió el vagabundo. Y tras una sagaz y bien medida pausa, comenzó:

Allá por el mil ochocientos treinta, una beata que después murió de miedo vio salir del camposanto florido y oloroso de su aldea a un viejo muy viejo desnudo. Aquel viejo era un recién nacido. Antes de salir del vientre de la tierra madre había escogido él mismo esa manera de nacer. ¡Cuánto mejor ir de viejo a mozo que de mozo a viejo!, pensó siendo espíritu puro. A Nuestro Señor le chocó la idea. ¿Por qué no hacer la prueba? Y así, con su consentimiento, se formó en el seno de la tierra un esqueleto. Y después con carne de gusano, se hizo la carne del hombre. Y en la carne del hombre hormigueó el calorcillo de la sangre. Y como todo estaba listo, la tierra-madre parió. Parió un viejo desnudo.

Cómo después el viejo encontró ropa y alimento es cosa de mucha risa. Llegó a las puertas de la ciudad y como todavía no sabía hablar, los alguaciles, después de echarle una capa encima, lo llevaron delante del juez, como si hubiesen sido testigos: Aquí le traemos a este pobre viejo que perdió el habla con la paliza que le dieron unos ladrones desaprensivos. No le dejaron ni la ropa.

El juez dio órdenes y el viejo fue llevado a un hospital. Cuando salió, ya bien vestido y alimentado, le decían las monjitas: Va hecho un buen mozo. Hasta parece que perdió años.

Por aquel entonces ya había aprendido a hablar algo y se hizo mendigo. Así anduvo muchas tierras. En Lourdes estuvo dos veces, la segunda tan rejuvenecido que, los que le habían conocido la primera vez, pensaron que había sido un milagro de la Virgen.

Cuando adquirió suficiente experiencia pensó que lo mejor era mantener en secreto aquella extraña condición que lo hacía más joven cuantos más años corriesen. Así, no sabiéndolo nadie —a no ser uno o dos amigos fíeles— podría vivir mejor su verdadera vida.

Trabajó de viejo y se hizo rico para descansar de joven. De los cincuenta a los quince años su vida fue lo más feliz que imaginarse pueda. Cada día gustaba más a las muchachas y anduvo envuelto con muchas y con las más bonitas. Y hasta dicen que una princesa… Pero de eso no estoy seguro.

Cuando llegó a niño comenzó la vida a complicársele. Le daba miedo la sorpresa con que lo veían entrar tan libre en las tiendas a comprar golosinas y juguetes. Algún ratero de visera calada lo había seguido a veces a lo largo de muchas calles tortuosas. Y alguna vez comió sus golosinas temblando de angustia, con las lágrimas en los ojos y el almíbar en los labios. La última vez que lo encontré —tenía ocho años— estaba muy triste. ¡Cuánto pesaban en su espíritu de niño los recuerdos de su vejez!

Luego comenzó a atosigarlo día y noche una obsesión tremenda. Cuando pasaran algunos años lo recogerían en cualquier calleja perdida. Quizá alguna señora rica y sin hijos. Después… ¡Quién sabe lo que pasaría después! La lactancia, los paseos en un carrito, con un sonajero de cascabeles en la tierna manecita. Y al final… ¡Oh! El final daba espanto. Cumplir su destino de hombre que vive al revés y refugiarse en el seno de la señora rica —puede que cuando ella durmiese— para ir allí consumiéndose hasta transformarse primero en una sanguijuela, después en un corpúsculo, y luego en pequeñísima simiente…

El vagabundo se levantó muy pensativo, con las manos en los bolsillos, y comenzó a pasear muy amargado. Finalmente dijo:

Me explico, sí, me explico que se diese un tiro en la sien el pobre muchacho.

Los cuatro bebedores de aguardiente, creían. Los cinco de albariño sonreían y dudaban. El tabernero negaba. Cuando todos discutían más animadamente, el tabernero de pronto se levantó de puntillas y se puso a mirar alrededor con los ojos muy abiertos. El vagabundo había desaparecido sin pagar.