El secador y la liga, Juan José Millas

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El adúltero compró para su mujer un secador del pelo y para su amante una liga roja, pero debido a una confusión inexplicable puso en el árbol de Navidad de cada una el regalo de la otra. La esposa, que hacía footing y jugaba al tenis creyó que la liga era una de esas cintas que usan los deportistas para recoger el sudor de la frente, y la estrenó ese mismo día por la tarde, cuando salió a correr. La amante, en cambio, acostumbrada a que le llevara instrumentos de uso venéreo adquiridos en los sex shops y en las ferreterías, tomó el secador por un nuevo artilugio para sus juegos amatorios, así que le ordenó desnudarse y, tras conectar el aparato a la corriente, dirigió el chorro de aire a las partes sensibles del adúltero, que gimió como si se excitara, aunque sus alaridos no fueran acompañados de las manifestaciones mecánicas habituales en la zona inguinal. Desanimada, cambió el aire caliente por el frío, y aunque él se retorció intentando componer un gesto de lascivia, ella advirtió que la cosa no funcionaba.

-No finjas- dijo -. Me revienta que trates de engañarme.

-No, si me gusta mucho, te lo juro. ¿Quieres que te lo haga yo a ti?

-Ni se te ocurra.

La tarde acabó mal, y el adúltero se vistió con tristeza y fue serrano abajo observando con nostalgia los adornos navideños de las calles y los excesos luminosos de los escaparates. Recordaba el escándalo que le producía en sus primeros tiempos de casado el comportamiento sexual de algunos compañeros de trabajo. Él había caído en los mismos vicios que criticaba, pero ya empezaba a cansarse de aquella doble vida que en los últimos tiempos había dado lugar a otras confusiones, como el día en que llamó por el nombre de su amante a su mujer. Estaban en la cocina, preparando la cena para acostarse pronto, pues ella quería participar al día siguiente en una maratón, cuando el adúltero le dijo:

-Mira, Luz, esta patata tiene bichos.

-¿Pero por qué me llamas Luz?

-Porque eres la luz de mi vida, ¿no?

Ella sabía perfectamente que no era la luz de su vida, ni de su muerte, que no era ninguna luz, en fin, pero prefirió callarse para no perturbar la paz conyugal. También a su amante la llamaba a veces con el nombre de su mujer.

-Oye, tú, que no soy una esposa -le decía ella- : llevo luchando toda mi vida por no ser una esposa, ni siquiera la tuya.

Luego, cuando la relación clandestina se institucionalizó, el adúltero comenzó a dejarse en el cuarto de baño de la amante la crema para las hemorroides, creciendo su desorganización mental a medida que pasaban los años. Había días en que estaba esperando ver entrar a su mujer por la puerta con su chándal y sus zapatillas de deporte, cuando aparecía la amante, con el sombrero de alas y el body transparente que había devenido en un objeto costumbrista, incapaz de estimularle. Ahora, para excitarse, tenía que pensar en su mujer volviendo sudorosa de practicar el footing o el tenis. Fingía que hacía el amor con la amante, pero en su cabeza tenía a la esposa perversa. Toda esa confusión había culminado con el cambio de la liga y el secador. ¿Qué hacer?

Esa noche su mujer salió a correr con la liga roja en la cabeza y él se quedó solo en casa, presa de una agitación sexual incontrolable. Más tarde intentó abordarla en la cocina, y detrás de la puerta del dormitorio, pero ella sólo vivía ya para el deporte y se las arregló para esquivarle.

-Nunca follamos – dijo él en la cama.

-¿Y para qué quieres follar?

-No sé, por hacer algo.

-Pues haz flexiones, que bien que las necesitas.

El adúltero se levantó e hizo unas flexiones, pero algo dentro de él le decía que no era lo mismo que lo otro. Al día siguiente, cuando su amante le golpeaba con el secador en la cabeza para ver si de este modo se excitaba, sufrió un derrame cerebral.

-¿Dónde estoy?- preguntó en un momento de consciencia. Ella le dijo que en el hogar y fingió que era su mujer para ayudarle a bien morir.

-Qué lío de vida- dijo él y se entregó con gusto a la agonía.

 

El moco nacional, Juan Marsé

Le hemos salvado la vida, no sé de qué se queja, comentó el inspector Ros con voz cansina. Le estaban dando una buena manta de hostias. Si no lo sacamos de allí, lo despellejan.
Dejó el informe que acababa de redactar sobre la mesa del comisario y añadió: El vaina se sonó las narices con las banderas de los manifestantes, y claro, le zurraron a base de bien. Hay testigos de uno y otro bando, y todos coinciden en que el desmadre lo provocó él.
El detenido estaba de pie ante el comisario con las manos en la espalda.
Yo no he hecho nada malo, señor comisario. Yo…
Siéntese.
Con su permiso.
Se sentó cautelosamente, tanteándose la enrojecida nariz con el dedo. Su rostro caballuno y tristón mostraba algunos hematomas. Era un hombre bajito, canijo, con la espalda doblada y una expresión de permanente perplejidad.
Vamos a ver, explíquese.
Verá usted, señor comisario, yo no iba en la manifestación. Se me echó encima en Vía Laietana. Todo ha sido por culpa del viento, creo yo, y de este puñetero catarro que no se me va…
El comisario consultaba el informe. Sin levantar la vista le cortó, enfurruñado:
¿Le parece bonito sonarse las narices con la enseña nacional, dejando los mocos colgando en la tela para que todo el mundo lo viera? Y encima exhibía usted una gran pancarta que decía Torra está torrat, otra que decía Torracollons y otra Movistar me la chupa. ¿Qué coño significa esto último? ¿Qué especie de provocación buscaba usted?
A mí que me registren…
¿Lo niega?
El detenido enarcó las cejas, apenado y confuso.
Yo soy barrendero municipal, señor comisario, yo estaba allí por un casual y no llevaba ninguna pancarta. A mí no se me ha perdido nada en estas manifestaciones. Yo lo que hice fue recoger del suelo algunas pancartas que estaban rotas y pisoteadas, porque, ya le digo, yo soy barrendero, yo limpio la mierda de las calles, mayormente papeles y plásticos, latas vacías de refrescos y cacas de perro.
Pues le vieron sonarse en la enseña nacional.
Mentira, señor comisario.
Negarlo no le servirá de nada. A ver, cabeceó el comisario pacientemente. Lo que usted hizo fue pasarse la bandera por el forro de los cojones, porque le dio por ahí, y con ello provocó graves altercados. ¿Sabe usted que podría caerle un buen paquete por desórdenes en la vía pública y resistencia a la autoridad?
El detenido estornudó dos veces. El comisario le acercó una caja de clínex que tenía sobre la mesa, y, de pronto, él se levantó encogiéndose aún más y con mirada implorante.
Perdone, señor comisario, pero tengo que ir…
Usted no irá a ninguna parte. Siéntese.
Es que tengo que ir…
¡Le digo que se siente!
… de vientre. No puedo aguantar más.
El comisario lo miró muy serio durante unos segundos. ¿Estará pitorreándose de mí este sujeto? Después, con expresión enfurruñada y un leve movimiento de la cabeza, indicó al inspector Ros que acompañara al detenido al lavabo.
Mientras esperaba examinó el informe presentado por el inspector. Se saltó los preámbulos y pasó a los hechos: “El detenido niega que participara y mucho menos encabezara ninguna manifestación callejera por el derecho a decidir o por la libertad de presos políticos o por la Constitución o lo que sea; declara que desde las ocho horas de la mañana de hoy se encontraba barriendo la acera en el cruce de la calle Manresa con Vía Laietana, como suele hacer cada día, y que de pronto se vio rodeado por una riada de gente que subía por dicha Vía Laietana con cánticos y gritos; que exhibían banderas esteladas y grandes lazos amarillos y pancartas que decían Llibertat presos polítics, Espanya ens roba, Fem República, Volem votar, Catalunya no té Rei, y cosas así; y que de pronto, de manera también imprevista y sorpresiva, cuando él se encontraba encerrado en la cabecera de la manifestación, otro grupo les salió al paso en el cruce con la calle Manresa portando banderas españolas en la espalda a modo de capa y otras cosidas a la senyera catalana, de manera que con las dos banderas hacían una; y que gritaban Som catalans/somos españoles, Visca la Constituciò del 78, Puigdemont, pentina’t y cosas así, y que ambos bandos empezaron a discutir y a insultarse y entonces se produjo una tangana de mucho cuidado, arrojándose unos a otros las papeleras de las farolas y su contenido; y que la enseña nacional objeto del mocoso agravio, o sea, presuntamente portadora de sus mocos, y por lo que se le acusa injustamente, el detenido insiste en que ni siquiera la vio ni la tocó. Al parecer, la susodicha bandera nacional se perdió en medio del tumulto y no pudo ser recuperada, y la otra bandera tampoco, leyó el comisario, porque hay testigos que afirman que el detenido se sonó las narices dos veces, una con la nacional y otra con la estelada separatista, ya que detectaron claramente mucosidades verdosas colgando en ambas susodichas enseñas…”.
El comisario interrumpió la lectura al ver al detenido nuevamente de pie ante él, encorvado, compungido y con las manos a la espalda. Le ordenó sentarse y con un gesto de la cabeza sugirió al inspector Ros que les dejara solos. Salió del despacho el inspector y el comisario encendió un escuálido purito mientras rumiaba si la aparente urgencia de ir de vientre por parte del detenido podía haber sido fingida, una treta para suscitar lástima y propiciar un dictamen exculpatorio, así que decidió rebajarle los humos repitiendo el interrogatorio desde el principio en un tono autoritario y poco amistoso:
Veamos. Nombre y apellidos, venga.
Justino Bofill y Bonfill, para servirle.
¿Ah sí? Muy gracioso. ¿Pretende tomarme el pelo?
¡De ningún modo, señor comisario! Mis padres eran catalanes, pero yo nací en Huércal-Overa, provincia de Almería. Soy hijo adoptivo. Esbozó una tímida sonrisa de complicidad. Verá, soy catalán, pero un poco charnego, ¿sabe usted?, para qué voy a negarlo…
Ya, muy bien. Pero no se confunda usted conmigo. Porque nosotros aquí no somos los Mossos d’Esquadra, somos la Policía Nacional, así que no espere ningún trato de favor. ¿Entendido?
Claro, claro.
¿Había sido arrestado anteriormente por alguna causa?
No, no señor.
¿Perteneció usted a alguna agrupación o entidad de carácter político durante la dictadura?
No, yo he sido barrendero toda mi vida.
El comisario, que tenía una mirada algo estrábica, guardó silencio durante un rato. Finalmente dijo:
Bien, vamos a lo que importa. ¿En qué bandera tuvo usted la puñetera idea de sonarse las narices? ¿En la nacional o en la estelada? ¿O en las dos, como afirman algunos testigos?
El detenido volvió a estornudar ruidosamente.
No lo sé, de verdad, señor comisario, estaba rodeado de pancartas y de gritos y consignas y me caían palos de todas partes. Estaba en medio de una batalla campal. No veía nada.
Volvió a estornudar, se llevó la mano a la espalda y tanteó el bolsillo trasero del pantalón. Sonrió y dijo:
¿Lo ve? Todavía creo que el pañuelo sigue ahí, tonto de mí. Porque yo pensaba que me estaba sonando con mi pañuelo…
¿Qué pañuelo? Se le ha registrado y usted no lleva ningún pañuelo, ni limpio ni mocoso.
Es que se me debió caer de las manos, porque ya me estaban zurrando. Y lo perdí. Con su permiso, dijo arrancando un clínex de la caja. Se sonó aparatosamente y se quedó un rato pensativo mirando el clínex entre sus manos. El comisario le escrutaba receloso. Creo que ya sé lo que ha pasado, añadió el detenido. Cabeceó tristemente. ¿Permite usted que se lo cuente?
El comisario amagó una sonrisa irónica.
Adelante, masculló con aire aburrido.
Pues verá usted, ahora recuerdo que, en medio de aquel merdé de banderas, cuando me encontraba allí sin poder salir, todo el rato anduvo bailoteando a mi alrededor un chaval que gritaba consignas con una bandera colgada a la espalda, y pienso ahora que cuando yo empecé a estornudar y llevé la mano a la trasera del pantalón para coger el pañuelo, donde suelo llevarlo con la punta fuera para sacarlo enseguida, el maldito pañuelo ya no estaba allí, de modo que, tal vez con la ayudita de un golpe de viento, quién sabe, lo que se me vino a la mano sería la bandera del chico y me soné la nariz con ella, con los ojos cerrados y sin darme cuenta. Ahora que lo pienso, me parece recordar que era una tela muy fina… Total, saqué una cantidad de mocos que para qué le digo… Pero no me pregunte usted si la bandera que pillé a mi espalda sin querer era la estelada o la enseña nacional, que eso a mí, aunque las respeto todas, que conste, pues qué quiere usted que le diga, la verdad, me la trae bastante floja, y perdone la expresión… Me doy cuenta de que está mal lo que he hecho, pero le juro por mi madre que sólo me soné una vez. Lo que seguramente pasó fue que esa bandera, fuera la que fuese, debió chocar o rozar otra bandera que andaba cerca y le pegó parte de la mucosidad, vaya, que se engancharon y se repartieron los mocos, digamos. Y por eso de pronto me cayeron insultos y palos de todos lados, unos y otros me culparon por creer que me estaba pitorreando de su bandera… Digo yo que debió pasar eso, señor comisario. Debe usted creerme. Es la verdad verdadera…
El comisario fumaba su purito con parsimonia, sin quitarle ojo al detenido. Éste se hizo con otro clínex y se sonó. Dejó otra vez la caja sobre la mesa, el comisario la cogió y durante unos segundos la miró en sus manos como si descifrara un enigma. El fulano no es un jeta ni parece un alborotador, pensó vagamente, es un cateto, un pobre diablo. Levantó la cabeza y dijo:
Aclaremos algo que usted parece no haber entendido bien. A usted le han traído aquí, no por ultrajar la bandera nacional, o la que sea, usted está aquí por provocar desórdenes públicos al no controlar, digámoslo así, sus mucosidades. Esa es la cuestión… Su comportamiento irresponsable propició un choque violento entre dos manifestaciones de signo distinto, pero ambas legales, resultando varias personas contusionadas… En fin, añadió en un tono más resignado que disgustado, de todos modos parece que hoy en día, eso de ultrajar banderas, quemarlas o mearse en ellas, ya no constituye delito. Si de mí dependiera… Pero acabemos.
Dio un fuerte golpe sobre la mesa con la mano.
Venga, coja sus cosas y váyase a casa. Y espero no volver a verle por aquí. ¡Andando! ¡Lárguese!
El detenido se levantó presto y el comisario añadió:
Y llévese los clínex, hombre. Por si acaso.
Justino Bofill y Bonfill dio las gracias, cogió la caja de clínex y salió del despacho. En la puerta de la Jefatura le entregaron sus utensilios de trabajo, la escoba, el capacho y el carrito de la basura con el lema Barcelona posa’t neta pintado en los costados. Iba despacio Vía Laietana abajo cuando, al llegar al cruce con la calle Manresa, donde habían ocurrido los hechos, vio sobre la acera dos cacas de perro resecas y separadas por un par de metros, una en forma de pequeña salchicha de color rojizo y la otra amarillenta y en forma de pirulí. Dedujo por experiencia profesional que allí se habían cagado dos perros, cada uno a su gusto y manera. Recogió la mierda con la escoba y el capacho, la depositó en el carrito de la basura y siguió su camino

Uno tarda su propia vida en comprender que ya no le aman, Elvira Sastre

Uno tarda su propia vida
en comprender que ya no le aman.

Cuando por fin lo entiende entonces ya es tarde,
los puños se destensan,
el nudo se afianza y se acomoda,
el tiempo pasa lento como el vuelo de esos pájaros
que ya no llegan
y la vida parece un otoño que no termina de romper.

He de aprender a seguir, me repito,
tras esta barrera de barro y recuerdos.
He de hacerlo, me digo,
con las manos llenas de años.

No lo estoy haciendo mal, amor.
Mi madre me ve reír,
me dejo abrazar por el sol de la calle,
pienso en el mar a cada instante, pienso en él cuando me ahogo
y respiro, intento respirar, trato de controlar
el aire que me falta a veces
y otras veces lo consigo,
y pienso que te gustaría saberlo.

Sin embargo,
aún me asusta hablar de ti,
ponerte en boca de otros
y no tener ya ganas de besarla.

Estoy rota por dentro y no lo oculto.
Sé que pasará un tiempo hasta que puedas abrazarme
y no se te claven mis pedazos,
esta parte de ti hecha añicos aquí dentro.

Poco a poco voy comprendiendo este peso,
esta carga de nostalgia tremebunda que nadie logra sostener,
esta tristeza que tú entendiste y acariciaste
hasta que te miró de frente y la soltaste.

No te culpo,
es importante que lo sepas,
me hiciste dormirla durante tanto tiempo
que sigo creyendo que fuiste un milagro aunque ya no crea en la fe.

Sé que mi risa es una meta y mi tristeza el camino,
sé que ambas volverán a partir el mundo de alguien en dos,
pero ahora solo necesito cuidar de mí misma
y dejarme en las manos del tiempo que me acompaña siempre.

Porque a veces me río, amor,
y me acuerdo de ti
y pienso que te gustaría saberlo, que lo echarás de menos,
y entonces un pájaro se para en mi alféizar y me tiende un ala.

De lo que pasó al cuerdo con el loco, Don Juan Manuel

Un buen hombre tenía instalada una casa de baños con una excelente pileta. Más he aquí que en la misma ciudad vivía un loco, el cual iba todos los días a la pileta; y cuando la gente se bañaba, golpeábales con piedras y palos, obligándolos a huir asustados.

Corrió la voz por toda la ciudad y llegó un momento en que nadie se atrevía a ir a la casa de baños, con lo cual el propietario perdía sus ingresos.

Viendo que las cosas iban mal y no llevaban trazas de arreglarse, decidió el dueño del negocio poner remedio al asunto. Madrugó un día, y tomando una maza y un balde de agua hirviendo, se dispuso a esperar la llegada del loco.

Vino éste como todas las mañanas, y quiso golpear a los que se bañaban, según tenía por costumbre. Pero el dueño, apenas lo vio entrar, dirigióse hacia él sin la menor vacilación, lanzóle a la cabeza el contenido del balde de agua hirviendo, y, empuñando luego la maza, empezó a dar con ella tantos y tan fuertes golpes al demente, que creyó éste que había llegado su hora postrera.

Sin embargo, no se quedó a recibir la paliza. Echó a correr con todas sus fuerzas, gritando desaforadamente y quejándose a gritos.

Quienes lo encontraron por la calle mostrábanse sorprendidos, y le preguntaron la razón de tan extraña conducta. Y el loco contestaba:

—Cuidado, amigos, que en la casa de baños hay otro loco.

Adán y Eva, Jesús Ferrero

Una noche en que las estrellas más hondas clamaban de anhelo hacia la tierra, Eva salió de su choza y subiendo a una colina sobre la que se recortaba el firmamento se mostró a los cielos desnuda y soberbia, como una reina de infinito poder. Entonces Dios, que acababa de despertar de uno de sus sueños, quedó repentinamente ciego ante ella y se precipitó desde el final del universo contra las peñas del Edén. Toda su sustancia se dispersó por la tierra y penetró sobre todo en la pareja humana, más capaz que las otras bestias de asimilar los jugos del Creador. Y Adán y Eva se vieron portadores desde entonces de la conciencia divina, y por eso desde entonces también padecemos el sufrimiento que implica saberlo. Eso al menos dicen algunos letrados insignes, y también dicen que desde aquel día son dos las nostalgias que nos asedian: una es la nostalgia que siente Dios de aquellas soledades en donde habitaba antes de ser sustancia nuestra, otra la añoranza que siente nuestro cuerpo de aquel tiempo en que la vida se nos daba sin ningún requisito, de un tiempo paradisíaco dicen algunos, porque tenía en él asimilados los infiernos.

El equilibrio del mundo, Gines Cutillas


Del único hijo que estaba seguro era del pelirrojo. A los otros dos no los había visto en mi vida. Tras mucho pensar, llegué a la conclusión de que al salir del hipermercado, con la confusión del gentío, me los habían cambiado. No me importó. Los cuidé durante tres años, confiando que otros harían lo mismo con los míos. Hasta el día del parque de atracciones, que con tanto crío me cambiaron al pelirrojo y al mayor de los extraños por una niña y un mulatillo. A éstos los crié durante casi diez años pero un día, al volver de la universidad me llegaron transformados. La chica por un joven que hablaba inglés y el que más tiempo había pasado conmigo por otro con gafas que parecía autista. Aún así, y pensando que la vida era esto, consentí pagarles los estudios hasta el final.

El día que se casaba el inglés, los padrinos –que iban a ser su pseudohermanos- fueron sustituidos por dos chicas gemelas. Nada feas a decir verdad.

Ahora, ya en el lecho de muerte, espero cada vez que se abre la puerta de la habitación y entran tres jóvenes extraños, que sean mis hijos, los de verdad, los primeros, para poder despedirme de ellos y de este mundo que ya no entiendo.

Oración de Caín, José Luis Piquero

Gracias, odio; gracias, resentimiento;
gracias, envidia:
os debo cuanto soy.
Lo peor de nosotros mantiene el mundo en marcha
y la ira es un don: estamos vivos.

De quien demonios sean las sonrisas,
derrochadas igual que mercancía barata,
yo nunca me he ocupado.

Gracias por no dejarme ser inconstante y dulce
mientras levanta el mundo su obra minuciosa de dolor
y nos hacemos daño unos a otros
amándonos a ciegas,
con torpes manotazos.

Yo soy esa pregunta del insomnio
y su horrible respuesta.
Bésanos en la boca, muchedumbre, y esfúmate,
que estamos siempre solos y no somos felices.

Gracias, angustia; gracias, amargura,
por la memoria y la razón de ser:
no quiero que me quieran al precio de mi vida.

Gracias, señor, por mostrarme el camino.
Gracias, Padre,
por dejar a tu hijo ser Caín.

Si algo te asombra, Rubén Martín Díaz

Si algo te asombra, entra. No declines
estar
en eso que deseas.

No lo mires. Contempla. Date a ello.

Ten por seguro
que habrá estado esperándote
antes de que llegaras.

Si el bosque te respira,
abre el pulmón. Sé árbol.

Si la piedra entorpece tu camino,
entonces cógela,
hazte piedra en tu mano
y prolonga tu cuerpo en la distancia
cuando la arrojes.

Si es la isla que te observa desde lejos,
piénsate en ella;
incluso el agua cambia
todos sus átomos
llegada al barro que limita
la orilla.

Si es la llama
que vertebra la bóveda del aire,
crece en el fuego. Cumple sus designios.

Si el animal se asusta,
entra en su miedo. Dale paz. No vayas
tras él.

Y si es la luz
que unta de otoños este mirador
desde el que observas,
déjala cruzar
tu cuerpo
y que en él se ilumine con justicia.

Puma, Manuel Moya

Cuando desperté…
Augusto Monterroso

Desperté.

Tomé inmediatamente de la mesilla el cuaderno donde había esbozado a lápiz el retrato de Puma, mi cócker irlandés, temiéndome lo peor. Como presentí, el perro había desaparecido y no era la primera vez que algo así me sucedía. Durante meses, todos los animales que dibujé sobre el cuaderno egipcio desaparecían en la noche y no había manera de volverlos al cuaderno. Lo de Puma era algo distinto, pues había tenido la precaución de atarlo con cadena a una de las esquinas de la hoja, donde tracé un sólido pivote de hormigón. Pero me sentía mal. Era la cabeza, el estómago, la respiración…

Llamé al recepcionista que, de inmediato, se presentó con un médico joven y resolutivo. Pronto me vi rodeado por el típico grupo de curiosos que se hacía sus cábalas sobre la naturaleza exacta del mal, al tiempo que el médico se encogía de hombros, no explicándose lo de las convulsiones, lo del ahogo y finalmente lo de los vómitos de sangre.

Una hora más tarde, tanto el escenario como el reparto parecían ser los de otra película. Conducido en una camilla a toda velocidad por un largo y complicado corredor de hospital me temí lo peor.

En algún momento, mientras el camillero sorteaba los cientos de curiosos que nos salían al paso, perdí la conciencia.

Parece ser que la operación tuvo más complicaciones de las esperadas. Extrajeron un par de ponis que hacía meses me habían encargado para ilustrar la carátula de un video de zoofilia y que creí haber extraviado, un dinosaurio que me habían pedido para un especial sobre Monterroso, dos jerbos azules, regalo para mis sobrinos, una pantera que parecía dispuesta a abalanzarse sobre un recién nacido, la inquietante sombra del caimán encerrada en una botella, la conocida ardilla de una marca de galletas, un traje de visón colgado de la percha en el que encontrarían el sobre que finalmente aclararía el misterio de la cripta, encargo para una colección de novela negra, una colonia de cucarachas que, en su desmedido crecimiento, amenazaba con taponar ciertas arterias, un par de boas de las que sólo supe que… Pero lo peor, según dicen, fue rescatar a Puma, que expiraba muy cerca del corazón, con el cuello enredado, bien enredado en la cadena.

El cero rey, Juan José Millas

 

El cero, harto de no ser nada, decidió buscarse la vida fuera del Sistema Métrico Decimal.
—Al otro lado del Sistema Métrico Decimal no hay nada —le dijeron los números pares y los impares y también los idiotas, pues sabían que sin el cero todo el sistema se vendría abajo.
—Pues ese es mi sitio —respondió él—, ya que yo no soy nada.
—Sí eres, sí eres —le dijeron. —No soy, no soy —respondió él—. Dos días son dos días, y siete semanas son siete semanas, pero cero meses no es ningún mes.
—Ponte a mi lado y seremos un 40 —dijo el 4.
—Quiero ser algo por mí mismo, sin ayuda de nadie.
Atravesó, pues, el Sistema Métrico Decimal, y llegó a un lugar raro, donde las cosas no eran nada. Ni las calles eran calles, ni los semáforos semáforos, ni los árboles árboles.
—Este es mi sitio, puesto que soy un número que no es un número.
Entró sigilosamente en una casa y vio a un padre que no era un padre, una madre que no era una madre, unos hijos que no eran unos hijos, y un canario que no era un canario.
Estuvo todo el día observando, escondido tras un sofá que no era un sofá, a aquella familia que no era una familia.
Al atardecer salió a la calle que no era una calle, feliz de haber encontrado para vivir un lugar que no era un lugar.
Pero apenas había recorrido dos manzanas, cuando fue detenido por dos policías que no eran policías.
—Usted no puede permanecer aquí —le dijeron—. Para estar aquí es preciso no ser nada.
—Es que yo soy un cero —dijo el cero.
—Un cero es un cero —le contestaron.
—Un cero —repuso él— es un número que no es número. ¿Cuántos días son cero
días? ¿Cuántas semanas son cero semanas? ¿Cuántos meses son cero meses?
Los policías que no eran policías se miraron sin saber qué contestar.
—¿Qué diferencia hay entre un cero y nada? —insistió el cero.
El asunto fue llevado ante unos licenciados en nada, que era la profesión más extendida en aquel sitio. Tras darle muchas vueltas al asunto, estos expertos decidieron que no era lo mismo nada que cero.
El cero fue devuelto violentamente al Sistema Métrico Decimal, donde fue recibido con todos los honores por el resto de los números, que no podían vivir sin él.
Y para que no volviera a irse, lo nombraron el Rey del Sistema, y él aceptó, y desde entonces reina sin comprender por qué es preciso ser nada para serlo todo.

El amor duerme en el pecho del poeta, Federico García Lorca

Tú nunca entenderás lo que te quiero
porque duermes en mí y estás dormido.
Yo te oculto llorando, perseguido
por una voz de penetrante acero.

Norma que agita igual carne y lucero
traspasa ya mi pecho dolorido
y las turbias palabras han mordido
las alas de tu espíritu severo.

Grupo de gente salta en los jardines
esperando tu cuerpo y mi agonía
en caballos de luz y verdes crines.

Pero sigue durmiendo, vida mía.
Oye mi sangre rota en los violines.
¡Mira que nos acechan todavía!

 

No volveré a ser joven, Jaime Gil De Biedma

 

Que la vida iba en serio

uno lo empieza a comprender más tarde

-como todos los jóvenes, yo vine

a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería

y marcharme entre aplausos

-envejecer, morir, eran tan sólo

las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo

y la verdad desagradable asoma:

envejecer, morir,

es el único argumento de la obra

Todo tan secreto, Carlos Castán

En todos los entierros hay un desconocido, alguien de aire grave en quien nadie se fija demasiado, que no es de la familia y permanece todo el tiempo con las manos atrás. Siempre me había preguntado por estos seres, de dónde salían, cuál sería su vida. En los viejos álbumes de fotos de la casa de Ágata los encontré a todos retratados, uno por uno, adheridos a aquellas páginas negras. Muchas veces iba a verla. Yo era joven, ella no. Y además estaba enferma, pero su pelo olía siempre a pétalos morados y la casa entera tenía el perfume de los libros salvados de un incendio. Todo ese verano fue mi oasis de sombra. Nos acostábamos en una alcoba oscura y luego ella preparaba café. Me gustaba ir allí, era todo tan secreto… Por las ventanas, a través de una maraña de ramas muertas, podía divisarse toda una posguerra detenida. Apenas hablaba, Ágata. Me enseñaba tesoros que escondía en los cajones de sus mil armarios: óleos diminutos, soldados de oro, azucareros chinos, pero sobre todo aquellas fotografias de desconocidos.

Era todo tan secreto que cuando murió nadie pudo decirme nada, y una tarde en que fui a verla a principios del otoño me encontré en el patio de la casa con una mesita de faldas negras llena de condolencias y tarjetas de visita con una esquina doblada. Me esforcé en sentir dolor, pero la sorpresa y el deseo reventado como un globo pesaban de momento mucho más.

Tras dudar un poco, decidí subir al velatorio. Quise ser el desconocido de turno en ese entierro, quizá porque estuve seguro de repente que, de ese modo, por un extraño mecanismo que nunca perseguí entender, mi imagen pasaría a formar parte de aquellos álbumes oscuros en la estantería de la sala, como una mariposa muerta. Y mi alma entonces, o algo parecido, se quedaría a descansar para siempre cerca de la alcoba, en aquella penumbra fresca con olor a agua de rosas.

A veces notaba cómo alguno de los familiares de Agata me miraba de reojo, pero nadie se decidió a hacerme preguntas, de manera que toda la tarde pude permanecer allí, como un centinela que guarda los restos de un general acribillado, con aire grave, los ojos llorosos, las manos atrás.

El barquero, Alvaro Cunqueiro

Felipe de Amancia, cuando yo lo conocí, pasaba ya de los sesenta. Tenía con él, para ayudarle en el oficio, a un nieto que no llegaba a los doce años, y se llamaba Joselín. Amancia, la madre de Felipe, había sido barquera, y se tiene como seguro que no sabía quién fuese el padre de su Felipe, aunque hemos de pensar que fue un señor, por las maneras y fantasías que quitó Felipe en su viaje por este mundo. Felipe, calvo y huesudo, tenía negros ojos, burladores. Todo él era reidor y campechano, aunque le gustase aparentar sequedad, y, por veces, melancolía. Quizás algún seminarista de Mondoñedo que por allí pasó de los de ropón corto y banda colorada, recordando un verso de Horacio le dijo aquello de Caronte melancólico, y como Felipe era muy dado a creer en imaginaciones, tomó ésta para componer su figura. Aún me parece verlo sentado en el padrón con los pies descalzos descansando en la popa de la chalana, liando cigarro y mirando sin ver para el río. Yo era muy rapaz y me tenía por su amigo.

¡Tarde llegas! —me decía—. Aún no hace una hora pasé en la barca al obispo de París, tuve que hacer dos viajes; uno para Su Señoría y su camarero, y otro para una sombrilla que traían, amarilla con vueltas coloradas.

Lo creía todo. Un día vino a pintarle la barca un pintor de Lugo.

Pinto la lancha —me dijo— porque pasó hoy por aquí la infanta Catalina con seis caballeros negros, y cada uno de los caballeros me dio un carolus del rey, que es moneda que sólo corre entre reyes y príncipes. He de ir a cambiarlos por tres onzas a Compostela. La infanta llevaba en la mano un malvis cantador, y en el medio del río pare la barca para que ella tirara una rosa a las aguas, que es costumbre de la Casa Real saludar los ríos que pasan. Agradeció que yo estuviese al tanto de tal cortesía.

Felipe de Amancia sonreía y me daba palmaditas en la espalda. Yo me ponía a caballo de la proa de la barca y allí me estaba viendo correr el agua, alanceándola con la pértiga.

Felipe de Amancia amaneció muerto un día de San Froilán en el patio de la posada. Todos sus ahorros los tenía en oro, en una bolsa de seda carmesí, en la que había mandado bordar una barca con su barquero, navegando unas aguas azules. Debajo de las aguas, un letrero decía: «Oro secreto». Allí estarían el tornés del Delfín, los carolus de los caballeros de doña Catalina, el luis del obispo de París, la libra del príncipe de Gales y las monedas bizantinas de don Leonís. Y también la más hermosa moneda que poseyó nunca Felipe de Amancia: su fantasía, un florín de ley. Lo gastaba cada día.

La oración del dragón, Julia Otxoa

Todas las noches, cuando llega la hora de las noticias y los políticos empiezan con su verborrea sobre política nacional, entro en la cocina y quito el sonido del televisor, me siento a la mesa y pelo cuatro cabezas de ajos; desgrano luego todos los dientes y los machaco lentamente en un mortero de madera; lo mezclo todo con sal, aceite de oliva y un chorrito de limón y sigo dándole golpes hasta formar una masa compacta; entonces meto el dedo, la pruebo y si está en su justo punto tuesto cuatro rebanadas de pan y las coloco en un plato junto al mortero. Me arrodillo entonces entre el frigorífico y la regadera, y echo a volar todas las pieles de ajo por encima de mi cabeza, como si fueran pétalos de rosa cayendo por todas partes, alegre lluvia sobre un templo iluminado por un fuerte olor a ajos y a pan tostado.

Sólo después de todo esto llega el tiempo de mi gimnasia diaria con saltos y volteretas por el pasillo, la sala y las habitaciones. Los ejercicios gimnásticos duran exactamente el tiempo del telediario, treinta minutos. Luego, sudada y exhausta, me doy una ducha, me pongo ropa limpia y me siento tranquila y feliz en la mesa de la cocina a comerme las rebanadas de pan untadas con ajo, aceite y limón, regándolo todo con una cerveza rubia y helada.

Después de estos aperitivos salgo al balcón a echar unas cuantas llamaradas con mi aliento de ajos. La noche se incendia ante mis ojos. Y así estoy un ratito apoyada en la barandilla, contemplándolo todo, imaginándome que vuelo sobre árboles y tejados, sintiendo dentro de mí música de volcanes, las estrellas parpadeando sobre mi cabeza. En esos instantes pienso que algo así tenían que sentir en un pasado los dragones, cuando en plena ebullición de sus incendiadas fauces miraban el cielo.

LOS TRES HOMBRES JUSTOS, FERNANDO QUIÑONES

Y a los tres días de camino encontró el Señor a tres camelleros que corrieron hacia Él con humilde y ardiente amor, y se sintió hambriento de concederles una, gracia.

Y el primer. camellero se llamaba Jazid, y era negro y de muy alta estatura y nacido en la mayor de las siete praderas que rodean el desierto de Lozothar. Y el Señor se dirigió a él preguntándole qué haría a un hombre que se lleva una sierpe a la cara. Y le respondió Jazid que huir de él, sin hacerle mal.

Y el segundo camellero, Galaad, tenía las manos como dos bueyes, y el Señor se dirigió a él preguntándole por las tierras de los vecinos de sus bisabuelos. Y le contestó GaIaad que eran muy ricas en frutos y en miel, de que los vecinos obsequiaban a su gente.

Y Terneth, el tercer camellero, que era pequéño y oscuro corno las aceitunas caídas, no había oído nunca, hablar del amor. Y el Señor le preguntó si, además de ello, existía algo que no conociera bien, a lo que Terneth, con lágrimas en los ojos, respondió.

Oh, Señor, no había una sola cosa que yo conociera bien, pues desde que era niño no sé sino de echar de comer a los camellos y de andar con las caravanas. Y ni siquiera puedo decir que entiendo de camellos, pues se me han muerto muchos de los que crié, sin yo poder sanarlos ni saber de qué morían.

Y el Señor, tornándoles los rostros sudorosos, no sabía por cual de los tres camelleros había más bien venido al mundo, y se alejó de ellos con una tristeza callada porque, como Jazid, no se podía limitar a huir del mal sin atacar al que lo llevase, ni era capaz, como Galaad, de sentir la carrera del Tiempo igual que un hombre cualquiera, y padecerla y tratar de oponerle la memoria, ni tampoco podía ignorar las cosas, como Terneth.

La amiga de mamá, Ana Pérez Cañamares

La amiga de mamá llegaba a casa, con sus maletas cargadas de regalos y era como si la Navidad se hubiese presentado, fuera abril o septiembre. La amiga de mamá extendía mapas, repartía paquetes, nos disfrazaba de bereberes, desplegaba historias y fotos y por último colocaba su neceser entre nuestros jabones y cepillos de dientes, y así sabíamos que sería nuestra por una temporada.

Las comidas se llenaban de sabores exóticos, los bailes eran voluptuosos y frenéticos, y hasta nuestros nombres cambiaban, y un día nos llamábamos Samarcanda, otro Tegucigalpa, o Gobi, o Tombuctú. En el colegio nuestros compañeros se disputaban el privilegio de venir a pasar la tarde en casa. Y la amiga de mamá, aunque por la noche la oíamos hablar hasta muy tarde frente a una botella de licor de extraños reflejos, la amiga de mamá nunca parecía cansada.

Eso fue lo primero que me llamó la atención aquel día: su rostro exhausto, descansando sobre el regazo de mamá. No recuerdo a qué había bajado al salón pero enseguida tuve la sensación de asistir a una escena prohibida, no por impropia ni vergonzosa; era algo más allá, como entrar en la trastienda de aquellas dos mujeres. Porque no sólo estaba la fragilidad de la amiga de mamá; sobre todo estaba la tristeza de mamá. Como si sus ojos hubieran visto más que los de su amiga. Como si se hubiera despedido de más gente. Como si estuviera agotada de servir de sostén a los sueños de los demás

Waverly Place 2, José María Fonollosa

Hacemos el amor de una manera

imperfecta, mezquina y temerosa.

Nunca profundizamos. Nos quedamos

en la simple epidermis del instinto.

Y el placer obtenido se nos mezcla

con una sensación de desagrado.

Porque ponemos bridas al amor.

Levantamos barreras y frenamos

al llegar al umbral del punto límite.

Nunca lo trasponemos por cobardes.

Nos asusta ese paso hacia adelante.

Y miramos, cansados, al amor

entero, irrealizado, sobre el lecho.

Descontentos por no alcanzar la meta.

Como incendiar un bosque y que una lluvia

imprevista lo apague al poco rato.

Hacemos el amor como si fuera

un rito y por lo tanto usamos símbolos.

Sabemos el sentido de los gestos

y acciones que efectuamos al amarnos.

Morder y devorar, hender, herir…

Y gritos o gemidos alumbrándose.

Su significación es evidente.

Pero nos causa miedo. Y nos frustramos.

Habría que pasar de la parodia

al hecho y realizarnos plenamente.

La perfecta casada, Fray Luis de León

Puesto que Dios no dotó a las mujeres ni del ingenio que piden los negocios mayores ni de las fuerzas a que son menester para la guerra y el campo, mídanse con lo que son y conténtense con lo que es de su suerte, y entiendan en su casa y anden en ella, pues las hizo Dios para la casa y los hijos.

Como son los hombres para lo público, así las mujeres para el encerramiento; y como es de los hombres hablar y salir a la calle, así es de ellas encerrarse y callarse.

Y así es que, las que en sus casas cerradas y ocupadas las mejoran (no darán así a sus maridos motivos de celos ni se pondrán ellas en peligro), andando fuera de ellas las destruyen. Y las que andando en su casas y cuidando a los hijos ganarían las voluntades de sus maridos, visitando las calles corrompen los corazones ajenos y dan motivo de queja y desasosiego a sus maridos…. Ninguna causa tenéis para salir de casa, que no sea grave y severa porque, o es visita de algún fiel enfermo, o es por ir a misa o el oír la Palabra de Dios…

Ha de saber también la mujer regir su casa y su familia. Conviene saber coser, cocinar y fregar…”.

Y no piense que las crió Dios y las dio al hombre sólo para que le guarden la casa, sino también para que la consuelen y alegren. Para que en ella el marido cansado y enojado encuentre descanso y los hijos amor y la familia piedad

 

Coleccionistas, Raúl Ruiz

La primera vez que reparé en ella fue en un hotel de Ríon, en el golfo de Corinto. Yo estaba mirando desde mi ventana, atento al bullicio en torno a la piscina, donde jóvenes italianos y franceses hacían alarde de su incontenible juventud.

No sé qué gesto del azar desvió mi mirada. El caso es que la presencia de ella desbarató la algarabía juvenil y sólo existió ya su andar pausado a orillas del mar, su figura nimbada por una luz de fuego, su melena de viento oscuro.

Sin razón alguna que lo confirmara, se me ocurrió que aquella mujer coleccionaba puestas de sol… Y la ocurrencia agitó mi memoria: ya había visto a esta mujer junto al templo de Poseidón, en el cabo Sounion, como atesorando el oro cobrizo de la lejanía, como embriagándose de aquel mar color de vino; la había visto también sentada en las ruinas de Tirinto, como meditando sobre la decadencia de las civilizaciones, pero gozando la posibilidad de presenciar la sugerencia del pasado; también la había visto aplaudir una puesta de sol sobre el Arno, desde el Ponte Vecchio, sorprendiendo a los que la rodeaban y arrastrándolos a un aplauso dedicado a la Naturaleza que imita al Arte; la habla visto en Túnez, donde las puestas de sol huelen a Jazmines y donde ella se iba enamorando de aquel vivir sin prisas, aquel lenguaje amoroso de las flores, aquel lenguaje amistoso de las manos; habíamos coincidido en alta mar, acodados en la borda de un buque italiano, en esos momentos en que el sol vespertino parece alumbrar islas, crear contornos, dar a luz perfiles violetas…

Y la memoria encontró la imagen primera, la matriz de estas visiones: un sueño de mis veintiún años, un sueño en el que una adolescente solitaria paseaba, con túnica roja y pies descalzos, soñando que yo la soñaba.

Y al fin he comprendido: colecciono mujeres solitarias, que coleccionan puestas de sol, porque estas mujeres no son sino el reflejo de la que me acompaña en todos los viajes, la mujer que vive conmigo y me colecciona… Y es que ella, como yo, también conoce la hermosura y sabor de los amores al atardecer.