Coleccionistas, Raúl Ruiz

La primera vez que reparé en ella fue en un hotel de Ríon, en el golfo de Corinto. Yo estaba mirando desde mi ventana, atento al bullicio en torno a la piscina, donde jóvenes italianos y franceses hacían alarde de su incontenible juventud.

No sé qué gesto del azar desvió mi mirada. El caso es que la presencia de ella desbarató la algarabía juvenil y sólo existió ya su andar pausado a orillas del mar, su figura nimbada por una luz de fuego, su melena de viento oscuro.

Sin razón alguna que lo confirmara, se me ocurrió que aquella mujer coleccionaba puestas de sol… Y la ocurrencia agitó mi memoria: ya había visto a esta mujer junto al templo de Poseidón, en el cabo Sounion, como atesorando el oro cobrizo de la lejanía, como embriagándose de aquel mar color de vino; la había visto también sentada en las ruinas de Tirinto, como meditando sobre la decadencia de las civilizaciones, pero gozando la posibilidad de presenciar la sugerencia del pasado; también la había visto aplaudir una puesta de sol sobre el Arno, desde el Ponte Vecchio, sorprendiendo a los que la rodeaban y arrastrándolos a un aplauso dedicado a la Naturaleza que imita al Arte; la habla visto en Túnez, donde las puestas de sol huelen a Jazmines y donde ella se iba enamorando de aquel vivir sin prisas, aquel lenguaje amoroso de las flores, aquel lenguaje amistoso de las manos; habíamos coincidido en alta mar, acodados en la borda de un buque italiano, en esos momentos en que el sol vespertino parece alumbrar islas, crear contornos, dar a luz perfiles violetas…

Y la memoria encontró la imagen primera, la matriz de estas visiones: un sueño de mis veintiún años, un sueño en el que una adolescente solitaria paseaba, con túnica roja y pies descalzos, soñando que yo la soñaba.

Y al fin he comprendido: colecciono mujeres solitarias, que coleccionan puestas de sol, porque estas mujeres no son sino el reflejo de la que me acompaña en todos los viajes, la mujer que vive conmigo y me colecciona… Y es que ella, como yo, también conoce la hermosura y sabor de los amores al atardecer.

Franz Kafka y la niña, Joseba Sarrionandia

Imagínate a Franz Kafka en una calle de Praga. No, no es Praga, es otra ciudad. Imagínatelo en una calle de Berlín.
En el noviembre de 1923, él y Dora Dymant cambiaron de casa –Grunewaldstrass, 13- y alquilaron dos habitaciones en casa de un médico.
Imagínate a aquel escritor, afectado ya por la tuberculosis, paseando por la calle en una tarde nublada y tranquila.
Una niña llora en la acera. Franz Kafka se acerca a la niña, que oculta su cara bajo mechones pelirrojos. Llora porque ha perdido su muñeca.
-No, no se ha perdido –le dice Franz Kafka. Que no se ha perdido, que no llore, que la muñeca ha tenido que marcharse de viaje y que no se ha despedido de ella porque los adioses son tristes.
-Hace poco me he encontrado con tu muñeca –dice Franz Kafka-, a la salida de la ciudad. Y me ha dicho que te ha escrito.
Imagínate a la niña secándose las lágrimas con las manitas. La niña, desde la profundidad de sus ojos azules, mira al hombre moreno, al extraño mensajero.
El mensajero, Franz Kafka, sube calle arriba con su traje negro y paso lento, para perderse, como el más misterioso de los mensajeros, tras la esquina de la calle.
La niña, durante las semanas siguientes, recibió las cartas de la muñeca, en las que le contaba un viaje extraordinario, cada vez desde más lejos.

Era ella, Gerardo Diego

Marc Hervouet

Era ella
y nadie lo sabía.

Pero cuando pasaba,
los árboles se arrodillaban.

Anidaba en sus ojos
el ” Ave María “,
y en su cabellera
se trenzaban las letanías.

Era ella.

Era ella.

Me desmayé en sus manos,
como una hoja muerta,
en sus manos ojivales
que daban de comer a las estrellas.

Por el aire volaban
romanzas sin sonido.
y en su almohada de pasos
me quedé dormido

 

Seguridad, Luis Álvarez Piñer

Cuando me conocisteis,

volvía.

Mi historia viene de más lejos

que mis días primeros.

y cuando me hayáis visto marcharme, para siempre,

seguiré todavía,

sin tiempo ya, la historia comenzada.

Como un día en el tiempo, como el árbol

en la brisa que cruza, yo no me pertenezco,

ni me termino. Es gracias a la muerte

por lo que soy posible todavía

hacia un siempre de rectificaciones,

de referencias. Si no fuera

por esa muerte implícita, ¿qué haría

de tanto amor como me sobra ?

 

La momia analfabeta, Enrique Jardiel Poncela

PROEMIO

Voy a contar una de las famosas historias en las que el genio de Sherlock Holmes se mostró más esplendoroso.Tan esplendoroso, que en esta ocasión Holmes no tuvo necesidad de moverse de su pisito de Baker Street para dar con la solución del enigma que le presentó míster Horacio Craig, de Ceilán.

Verán ustedes canela.

HOLMES AVERIGUA QUIEN ES CRAIG

A las siete en punto de la tarde, cuando los primeros voceadores del Worker se refugiaban en los bares de Upper Tames Street a jugar al marro, Sherlock Holmes me llamó a su habitación.

Comparecí rápidamente, suponiendo que sucedía algo grave; y, en efecto, el problema era de alivio: Sherlock se había roto en seis trozos los cordones de sus zapatos.

Durante varios minutos le ayudé a luchar contra el Destino, pero ambos fracasamos visiblemente, y, de no haber acudido la señora Padmore en nuestro auxilio, brindándonos la brillante idea de pegar el zapato al calcetín, es posible que Sherlock no hubiera figurado nunca en el tomo de la H de la Enciclopedia Espasa, donde, como se sabe, no figura.

Se retiraba la señora Padmore hacia el pasillo, cuando se abrió de súbito una de las ventanas y un personaje ignoto irrumpió en la estancia, como irrumpen los clavos en la tela de los pantalones el día que estrenamos traje. Era un caballero de unos cincuenta años bisiestos, con aire de perro de trineo.

Nada más entrar, gritó con voz fuerte y derrumbándose en un sillón:

¡Soy Craig!

Y agregó, ya más débilmente:

¡Soy Craig!Y dijo, por fin, con acento desfallecido:

Soy Craig, señor Holmes… Soy Craig. Craig. ¿Sabe usted? Craig…

A continuación se puso amarillo, luego verde, luego morado, y, desplomándose del todo, se desmayó lo mejor que pudo.

Holmes me cogió por un brazo, señaló al visitante, y me dijo gravemente:

Harry… Este señor es Craig.

Pero la cosa no me extrañó en modo alguno; estaba yo muy habituado a la continua perspicacia de Sherlock.

TRABAJOS ARQUEOLÓGICOS

El maestro añadió después:

Acércame el tablero del ajedrez, Harry. Vamos a echar una partidita para esperar sin aburrirnos a que vuelva en sí míster Craig.

Obedecí con cierto temblor nervioso, ya que la sangre fría de Sherlock siempre me producía una emoción indescriptible. Jugamos tres partidas, las cuales ganó Holmes, como siempre, pues su extraordinaria habilidad manual le permitía cambiar las fichas de casilla cuando le daba la gana sin que nadie lo advirtiese, y yo me armaba unos líos como para nombrar abogado y pegarme después un tiro, que es lo que hace la gente en esos casos.

Al final de la partida número tres, Craig se decidió, por fin, a volver del desvanecimiento, y fue entonces cuando Holmes se sepultó en su diván favorito, cerró los ojos y exclamó:

Hable usted, míster Craig. Espero el relato de los tremendos acontecimientos que le hacen acudir a mi auxilio.

Y Horacio Craig, con voz de barítono rumano, contó lo siguiente:

Como usted sabe, señor Holmes, desde los primeros balbuceos infantiles he dedicado mi vida al estudio del arte y de la civilización egipcios. Conozco aquel país mejor que los cocodrilos, y mi entusiasmo de egiptólogo es tan intenso, que me hablan de un faraón nuevo y engordo once kilos. Toda Inglaterra, y casi todo el mundo, conoce al dedillo los viajes que he llevado a cabo por el Bajo Egipto, el Alto Egipto y la provincia de Gerona. He ido desde…

Suprima los detalles kilométricos y cíñase al asunto —le interrumpió Holmes.

Dice usted bien; me ceñiré como un “kalasiri” —replicó Craig—. Pues es el caso que en uno de estos viajes, el año de gracia de mil novecientos trece, descubrí al pie de la Esfinge, y según se va a mano derecha, una antiquísima “mastaba”, y de ella, cual muela putrefacta, extraje una momia magnífica, aunque indudablemente polvorienta. Era, según mis cálculos, la momia de Ramsés Trece, de la veintiuna dinastía, piso segundo. Con la natural alegría y unas parihuelas, transporté aquí, a Londres, la momia, y desde entonces se halla en la sala sexta del Museo egiptológico que lleva mi nombre.

El Craig Museum, situado en el treinta y nueve de Wellington Street —dije yo, para que se viera que poseía cierta cultura.

Eso es —aprobó Craig con un golpe de tos que le obligó a comerse el puro que estaba fumando.Y así que hubo digerido el puro, continuó:

LOS CRÍMENES VESPERTINOS

Nada anormal ha ocurrido en todos esos años, hasta hace dos meses. Pero desde dos meses a esta parte, señor Holmes, están sucediendo tales cosas, relacionadas con la momia, que no he perdido la razón porque la llevo atada con un bramante.

¿Qué cosas son ésas? —inquirió Sherlock lanzando una bocanada de humo a veintitrés yardas de distancia.

Sencillamente: que el espíritu de la momia ronda mi casa; se me aparece por las noches, toca la “Danza macabra” en mi piano y hasta se fríe huevos en mi propia cocina. Aun cuando esto es terrible y me obliga a pagar cuentas de gas crecidísimas, no osaría molestar a usted si no fuera porque la momia ha ido más allá.

¿Y eso? ¿Es que ha empezado a freírse patatas?

No, señor Holmes, sino que asesina por las tardes a los conserjes del Museo que se hallan de servicio en la sala sexta.

¿Que los asesina? ¿La momia?

Sí, señor. Tiene que ser la momia, porque los conserjes fallecen envenenados con el jugo de una planta: la conocida con el nombre de “pastichuela romagueris egipciae”, y esta planta sólo crece en Egipto, pues en cualquier otro lugar se lo prohibirían las autoridades. Es necesario que tan terrible situación concluya. Es preciso que usted me ayude a resolver el misterio que…

Holmes hizo un gesto tajante, y exclamó:

Váyase a hacer gimnasia al pasillo con Harry. Necesito meditar. Ya les llamaré cuando haya acabado.Y sin más explicaciones, Sherlock nos dio dos puntapiés, nos echó al pasillo y se sentó a meditar envuelto en humo. Nosotros le observamos por el ojo de la cerradura, que, por feliz casualidad, atravesaba la puerta de parte a parte.

SHERLOCK LO DESCUBRE TODO

Pasaron seis horas largas como túneles suizos, hasta que oímos una especie de gruñido de foca; era que Sherlock nos llamaba. Entramos, y el maestro exclamó:

Todo está ya resuelto. Hoy no necesito moverme de casa para explicar el fenómeno planteado. Vengan ustedes…Y echó a andar pasillo adelante, seguido por Craig y por mí. Holmes se detuvo de pronto delante de una puerta cerrada, que yo mismo ignoraba a dónde conducía, abrió la puerta con un abrelatas, según la vieja costumbre de los ladrones de hoteles, y, encendiendo una lámpara eléctrica, entró y nos hizo entrar.

Un cuadro verdaderamente cubista se ofreció a nuestros ojos. La estancia aquella era, ni más ni menos, un museo arqueológico. Grandes esqueletos, multitud de cacharros y utensilios históricos e infinidad de momias de todas las épocas llenaban los ámbitos. Los tres esqueletos del almirante Nelson (el esqueleto de Nelson a los once años, a los veinte y a los treinta y dos) constituían por sí solos un tesoro incalculable.

Holmes se detuvo ante una momia egipcia, y habló así:

Este problema era, al parecer, tan absurdo como la persecución a tiros de un “jockey” por los muelles del Támesis. Sin embargo, como yo tengo un cerebro maravilloso, unas horas de meditación me han bastado para resolverlo. El misterio está, señor Craig, en que todas las momias, y, por tanto, también la de Ramsés Trece, son analfabetas.

¿Analfabetas? —dijo Craig.

Completamente analfabetas. Verán ustedes…Y diciendo y haciendo, puso ante el rostro de la momia que teníamos delante un ejemplar abierto del Red Magazine. Efectivamente, la momia no leyó ni una línea.

¿Se convencen ustedes? —exclamó Holmes triunfalmente—. Las momias son analfabetas. Ahora bien, señor Craig, ¿de qué color son los uniformes que llevan los conserjes del Museo?

Negros —repuso Craig.

¿Y todavía no adivina? ¿No cae usted en que a todo analfabeto “le estorba lo negro”? Por eso la momia de usted, analfabeta perdida, mata a los conserjes y seguirá matándolos inexorablemente si todo continuara allí igual. Pero vista usted a los conserjes del Museo de blanco o de color barquillo, y verá cómo nada volverá a suceder. Ni siquiera se le aparecerá a usted el espíritu de la momia, porque no tendrá necesidad de demostrarle a usted su enojo. Y ahora, permítame que me retire a mi despacho, puesto que mis servicios ya no le son necesarios. Tengo que llenar mi estilográfica y el tiempo apremia.

Y Sherlock Holmes se alejó por el pasillo, dejándonos a Craig y a mí conmocionados por la sorpresa y por la admiración.

Un corte, Quim Monzó

Toni entra en clase corriendo, con ojos alarmados y un corte en el cuello. Es un corte profundo y ancho, del cual mana sangre, más que roja, de un granate brillante. A simple vista y sin la verificación oportuna se diría que, como la carne se ha abierto, la incisión —que al principio debía de ser una línea milimétrica— tiene ahora una anchura de dos o tres centímetros. El largo podríamos situarlo en veinte o veinticinco, ya que empieza debajo de la oreja izquierda, baja por el cuello y acaba a la altura del pecho, un poco más a la derecha del esternón.

Me han cortado con una botella rota.

La sangre le chorrea por el cuello y le mancha la camisa blanca del uniforme. También lleva el cuello de la americana empapado en sangre.

A ver. ¿Ésas son maneras de entrar en clase, Toni?

Es que Ferran y Roger, señor, han cogido una botella rota que había cerca de la máquina de bebidas, me la han clavado y…

¿Cómo se entra en clase, Toni? ¿Es así como se entra en clase? ¿De cualquier manera, se entra en clase? ¿Se entra en clase sin decir «buenos días»? ¿Es eso lo que hemos aprendido en la escuela, Toni?

Buenos días —dice Toni mientras se cubre el corte con la mano derecha para intentar parar la sangre.

Hace mucho tiempo que, en general, las costumbres han ido degenerando, y no es culpa vuestra, lo sé. También es culpa nuestra, de las instituciones que no somos capaces de ofrecer una educación que fundamente personalidades educadas en el rigor y la responsabilidad. Pero también es culpa de la sociedad, es culpa de tantos padres que exigen que la escuela supla la autoridad que ellos son incapaces de ejercer. Tú, Toni, sólo eres una muestra, un grano de arena en la playa infinita del desbarajuste universal. ¿Dónde está el rigor de antaño? ¿Dónde están el esfuerzo y el sacrificio? ¿Dónde están los detalles básicos de educación, de urbanidad, que os hemos inculcado día tras día, desde que entrasteis en esta institución? Sé que en muchos otros centros educativos se practica una educación más laxa, y que, siendo imposible ahora un aislamiento total de cada individuo, y conociendo la tendencia que tiene la juventud a mezclarse y confraternizar, sé, por todos estos motivos, que, por más que nuestra institución luche por educaros de manera ejemplar, si nosotros somos los únicos que os inculcamos unas normas, tenéis demasiado al alcance el peligro de contagiaros de la laxitud de los demás.

Es que voy todo lleno de sangre, señor.

Ya lo veo. Y también veo cómo estás poniendo el parquet. Por no hablar de la camisa, y de la americana. Sabes que me gusta que el uniforme esté siempre impecable. Pero de eso hablaremos después. Ahora ve a recepción y pide al señor Manolo la fregona y un cubo de agua, y procura no ir chorreando sangre por todo el pasillo, que también tendrás que limpiarlo.

Etiquetas: 2008 , ANAGRAMA , MICRORRELATO XL ,

Jersey, Luis García Montero

Un jersey es un animal doméstico que veranea dentro de los armarios. Pero sus vacaciones están llenas de ejercicios espirituales, porque los armarios son una cueva familiar en la que se aprenden los secretos de la memoria, las manías y los vicios inconfesables. Junto a la ropa, aunque esté pensada para salir a la calle, respiran mejor que en ningún otro sitio los silencios que componen una intimidad para cada nombre.

Cuando el otoño firma los contratos laborales del frío, el jersey sale del armario tejido por esas sombras volubles que confundimos con nuestros recuerdos. Hay prendas que necesitan una mancha grave, un acontecimiento amoroso o el final de un día para separarse de sus cuerpos. Dependen de un accidente del destino, una inauguración o una clausura. Asuntos importantes. Pero el jersey, desde que existen las calefacciones, sabe que sólo cuenta con un alma de quita y pon. Uno se quita el jersey en medio de una conversación, según aconsejen los humildes cambios climáticos de una cafetería o de una casa. Como un animal doméstico, con más espíritu de perro que de gato, el jersey se deja caer en el brazo de un sofá, en una silla, en cualquier rincón modesto de la vida cotidiana.

Aquello que mejor nos define a primera vista es lo que más cambia, lo que más se mueve. Las definiciones son un pacto con la realidad, una manera de esconder los intereses transitorios. Nos hemos acostumbrado a vivir en una ética cotidianizada. La gente se quita y se pone un jersey con la misma naturalidad con la que asume u olvida una exigencia moral. Y así se va viviendo, entre amores sin sorpresas, adornando el deseo de salvar un escollo, de hacer política o carrera en la oficina. Los recursos de la existencia, del derecho o del revés, por la cara de la humildad o de la ambición, cosen los rotos con la aguja de la necesidad.

Entre los restos arqueológicos de mi armario duerme un jersey de lana gruesa. Domina los estratos en los que mi infancia sacrificó su paz en nombre de la rebeldía juvenil. Cuando era niño, a mi madre, reina de las visitas familiares, le gustaba llevar a sus seis hijos con el mismo modelo de jersey. Componíamos una tribu uniformada, una escalera textil de edades y estaturas ordenadas, que no recuerdo ahora con la congoja de los rebaños, sino con la melancolía del mundo panorámico y no matizado de los años inocentes. Como soy el mayor, me tocó a mí aventurarme en los colores tricotados de la diferencia. En medio de una fiesta colegial, al final del bachillerato, encendí un cigarrillo, me quité el jersey de los domingos y me puse un himno latinoamericano de lana gruesa, un compañero fiel para asistir a las representaciones del teatro independiente o a los conciertos de la canción protesta. Me lo regaló una novia. Pasé con ella tardes y noches en pisos de estudiantes. Esa extraña conspiración que llamamos memoria ha decidido que recuerde poco las escenas en las que me desnudaba con mi viejo amor y vuelva con frecuencia a las horas en las que el jersey permanecía en su puesto de trabajo, en el invierno de la discusión, alejado del reino de las calefacciones. Animal doméstico, sí, pero en una casa prestada.

Luego dejé la naturalidad del torpe aliño indumentario en busca de una incertidumbre cuidada, como un ejercicio de conciencia, un modo de dibujar las fronteras que separan la madurez y el conformismo, el profesor sensato y el poeta rebelde. Y así voy haciendo punto en la negociación electoral de la existencia. Sólo debe regalarnos un jersey la persona que nos conoce de verdad, porque hay que ser prudentes a la hora de inmiscuirse en el futuro de los demás. Aquel jersey era tan ancho, tan generoso, que todavía puedo jugar a ponérmelo. El espejo, que es el único enemigo real de las chapuzas de una ética cotidianizada, murmura que no me sienta mal.

El niño suicida, Rafael Dieste

Cuando el tabernero acabó de leer aquella noticia inquietante —un niño se había suicidado pegándose un tiro en la sien derecha— habló el vagabundo desconocido que acababa de comer muy pobremente en un rincón de la tasca marinera, y dijo:

Yo sé la historia de ese niño.

Pronunció la palabra niño de un modo muy particular. Así que los cuatro bebedores de aguardiente, los cinco de albariño y el tabernero se callaron y escucharon con gesto inquisidor y atento.

Yo sé la historia de ese niño —repitió el vagabundo. Y tras una sagaz y bien medida pausa, comenzó:

Allá por el mil ochocientos treinta, una beata que después murió de miedo vio salir del camposanto florido y oloroso de su aldea a un viejo muy viejo desnudo. Aquel viejo era un recién nacido. Antes de salir del vientre de la tierra madre había escogido él mismo esa manera de nacer. ¡Cuánto mejor ir de viejo a mozo que de mozo a viejo!, pensó siendo espíritu puro. A Nuestro Señor le chocó la idea. ¿Por qué no hacer la prueba? Y así, con su consentimiento, se formó en el seno de la tierra un esqueleto. Y después con carne de gusano, se hizo la carne del hombre. Y en la carne del hombre hormigueó el calorcillo de la sangre. Y como todo estaba listo, la tierra-madre parió. Parió un viejo desnudo.

Cómo después el viejo encontró ropa y alimento es cosa de mucha risa. Llegó a las puertas de la ciudad y como todavía no sabía hablar, los alguaciles, después de echarle una capa encima, lo llevaron delante del juez, como si hubiesen sido testigos: Aquí le traemos a este pobre viejo que perdió el habla con la paliza que le dieron unos ladrones desaprensivos. No le dejaron ni la ropa.

El juez dio órdenes y el viejo fue llevado a un hospital. Cuando salió, ya bien vestido y alimentado, le decían las monjitas: Va hecho un buen mozo. Hasta parece que perdió años.

Por aquel entonces ya había aprendido a hablar algo y se hizo mendigo. Así anduvo muchas tierras. En Lourdes estuvo dos veces, la segunda tan rejuvenecido que, los que le habían conocido la primera vez, pensaron que había sido un milagro de la Virgen.

Cuando adquirió suficiente experiencia pensó que lo mejor era mantener en secreto aquella extraña condición que lo hacía más joven cuantos más años corriesen. Así, no sabiéndolo nadie —a no ser uno o dos amigos fíeles— podría vivir mejor su verdadera vida.

Trabajó de viejo y se hizo rico para descansar de joven. De los cincuenta a los quince años su vida fue lo más feliz que imaginarse pueda. Cada día gustaba más a las muchachas y anduvo envuelto con muchas y con las más bonitas. Y hasta dicen que una princesa… Pero de eso no estoy seguro.

Cuando llegó a niño comenzó la vida a complicársele. Le daba miedo la sorpresa con que lo veían entrar tan libre en las tiendas a comprar golosinas y juguetes. Algún ratero de visera calada lo había seguido a veces a lo largo de muchas calles tortuosas. Y alguna vez comió sus golosinas temblando de angustia, con las lágrimas en los ojos y el almíbar en los labios. La última vez que lo encontré —tenía ocho años— estaba muy triste. ¡Cuánto pesaban en su espíritu de niño los recuerdos de su vejez!

Luego comenzó a atosigarlo día y noche una obsesión tremenda. Cuando pasaran algunos años lo recogerían en cualquier calleja perdida. Quizá alguna señora rica y sin hijos. Después… ¡Quién sabe lo que pasaría después! La lactancia, los paseos en un carrito, con un sonajero de cascabeles en la tierna manecita. Y al final… ¡Oh! El final daba espanto. Cumplir su destino de hombre que vive al revés y refugiarse en el seno de la señora rica —puede que cuando ella durmiese— para ir allí consumiéndose hasta transformarse primero en una sanguijuela, después en un corpúsculo, y luego en pequeñísima simiente…

El vagabundo se levantó muy pensativo, con las manos en los bolsillos, y comenzó a pasear muy amargado. Finalmente dijo:

Me explico, sí, me explico que se diese un tiro en la sien el pobre muchacho.

Los cuatro bebedores de aguardiente, creían. Los cinco de albariño sonreían y dudaban. El tabernero negaba. Cuando todos discutían más animadamente, el tabernero de pronto se levantó de puntillas y se puso a mirar alrededor con los ojos muy abiertos. El vagabundo había desaparecido sin pagar.

La conciencia, Juan José Millas

En la antigüedad teníamos más metros cuadrados que cosas. Ahora, en cambio, tenemos más cosas que metros cuadrados. Hace años, podías recorrer un pasillo de 15 metros sin tropezar con un solo mueble. Ahora no puedes dar dos pasos sin estrellarte contra una bicicleta estática, una vajilla de Chillida o la armadura de una tienda de campaña. Mucha gente cambiaría los objetos por metros cuadrados; el problema es que la mayoría de esos trastos sólo tienen un valor romántico, que no cotiza ni en los mercadillos de pueblo. Ya me dirán para que sirve la maleta de madera con la que papá se fue a Alemania, el televisor en blanco y negro que conservamos absurdamente debajo de una cama o la impresora portátil que compramos hace 15 años por si acaso (¿por si acaso qué?).

Lo bueno, ahora lo comprendemos, eran los metros cuadrados. No hay cosa mejor que cien o doscientos metros cuadrados, todos juntos, sin más objetos que la foto del abuelo en la pared del pasillo y una alacena en el comedor. Construir viviendas pequeñas por sistema es como escribir frases cortas por obligación. La frase corta funciona bien como desván, como cuarto trastero, como altillo en el que introducir una o dos ideas pequeñas (las que caben en una columna, por ejemplo). Pero para vivir, para respirar, para estar a gusto, nada como un piso de seis o siete habitaciones, cuatro exteriores y tres interiores, además de la cocina, el baño y los aseos. Ahora, dada la escasez de metros cuadrados y la abundancia de cosas, ha aparecido un negocio nuevo, el de los trasteros que guardan toda esa basura doméstica. Hemos vendido el alma (o los metros cuadrados) a cambio de cosas que brillaban, de espejuelos con los que no sabemos qué hacer. Deberíamos regresar a la frase larga, a la oración compuesta, al pasillo de 15 metros de largo. A la conciencia.

El ciervo vampiro, Javier Tomeo

El ciervo atraviesa lentamente el calvero del bosque en busca del río donde abreva cada mañana. Sabe que su cabeza es un jeroglífico imposible de descifrar y se siente orgulloso de su cornamenta.

«No quiero que pueda traducirme cualquier becario sin talento», piensa.

Se detiene a orillas del río. El agua es roja. Recuerda que ayer noche hubo aguas arriba una batalla entre hombres que no pensaban del mismo modo y que estuvieron degollándose recíprocamente durante un par de horas. Muchos de los combatientes, al saberse heridos de muerte, prefirieron meterse en el agua hasta el cuello y morir desangrados.

El dilema que se le presenta al hermoso ciervo es bastante peliagudo: o renunciar a beber y morir de sed, o arriesgarse a beber agua contaminada de sangre humana y convertirse en hombre.

 

Juventud, divino tesoro, Juan Goytisolo

Estaba en el anaquel superior de la librería, el de las obras poco frecuentadas, y lo rescaté del polvo. Un ejemplar que había sobrevivido milagrosamente a todos los cambios de domicilio y llevaba, con mi firma, la fecha de su lectura: junio 1950. ¡Un lapsus de sesenta y seis años desde que me sumergí con pasión en su lectura! Tenía yo 19 años y el libro era El artista adolescente,la novela de Joyce traducida por Alfonso Donado y con un prólogo de Antonio Marichalar.

Decir que mi antigua lectura juvenil me conmovió es quedarme corto. Fue un verdadero terremoto. El protagonista de la obra, Stephen Dedalus, había vivido antes que yo mis propias experiencias en un marco similar a los míos —familia tradicionalista, estudios en un colegio religioso, adoctrinamiento severo por los padres jesuitas—. Las páginas consagradas a los ejercicios espirituales ignacianos se corresponden con exactitud a lo que yo había vivido: escenografía dramática; enumeración minuciosa de los tormentos infernales a los que condenaba un acto o pensamiento impuros; evocación terrorífica de la eternidad del castigo. Todo coincidía hasta en los menores detalles (el avecilla que cada mil años extrae un grano de arena de una playa inmensa y que cuando la vacía al fin descubre que hay mil millones más que no logrará vaciar y la voz implacable del padre: “¿Por qué pecaste? ¿Por qué no evitaste la ocasión de pecar? ¿Por qué después de haber caído la primera vez, o la segunda, o la tercera, o la enésima, por qué no te apartaste del mal camino y no volviste a Dios? Ahora ha pasado el tiempo del arrepentimiento. ¡Tiempo hay, tiempo hubo, pero ya no habrá más! ¡Estás en el infierno!”).

Releyendo hoy a Joyce con las vivencias de hace sesenta y seis años (entre tanto había accedido a las prédicas del padre Vega evocadas por Blanco White en su Autobiografía y a la de Manuel Azaña en El jardín de los frailes) revivo las dudas que me asaltaron cuando, quinceañero, perdía gradualmente la fe en el credo que tan cuidadosamente me fue inculcado, primero por los padres jesuitas del colegio de Sarriá, luego por los hermanos de la Doctrina Cristiana de la Bonanova y empezaba a plantearme preguntas sin respuesta posible en complicidad con mi condiscípulo José Vilarasau, futuro director de la Caixa, en nuestras maliciosas consultas al infeliz hermano Pedro (si Dios es Todopoderoso ¿puede hacer que cuantos estamos ahora en el aula no hayamos existido?). El arte, la literatura, brindaban alternativas al dogma delicuescente y me entregué a ellos con ardor de neófito. Lecturas y más lecturas (Kafka, Gide, Hesse) que ayudaron a enderezarme y avanzar a tientas, pero avanzar, por la senda de mi liberación personal. En palabras de Stephen Dedalus: “No sobreviviré por más tiempo a aquello en lo que no creo, llámese hogar, ni patria o ni religión. Y trataré de expresarme en vida y arte tan libremente como sea posible, usando para mi defensa la única arma que me permito usar: silencio, destierro y astucia”.

¿Puede resumirse mejor lo que será después la vida de Joyce, y de rebote, la de un modesto y esforzado lector de Ulises, esto es, mi propia vida?

La amiga de mamá, Ana Pérez Cañamares

La amiga de mamá llegaba a casa, con sus maletas cargadas de regalos y era como si la Navidad se hubiese presentado, fuera abril o septiembre. La amiga de mamá extendía mapas, repartía paquetes, nos disfrazaba de bereberes, desplegaba historias y fotos y por último colocaba su neceser entre nuestros jabones y cepillos de dientes, y así sabíamos que sería nuestra por una temporada.

Las comidas se llenaban de sabores exóticos, los bailes eran voluptuosos y frenéticos, y hasta nuestros nombres cambiaban, y un día nos llamábamos Samarcanda, otro Tegucigalpa, o Gobi, o Tombuctú. En el colegio nuestros compañeros se disputaban el privilegio de venir a pasar la tarde en casa. Y la amiga de mamá, aunque por la noche la oíamos hablar hasta muy tarde frente a una botella de licor de extraños reflejos, la amiga de mamá nunca parecía cansada.

Eso fue lo primero que me llamó la atención aquel día: su rostro exhausto, descansando sobre el regazo de mamá. No recuerdo a qué había bajado al salón pero enseguida tuve la sensación de asistir a una escena prohibida, no por impropia ni vergonzosa; era algo más allá, como entrar en la trastienda de aquellas dos mujeres. Porque no sólo estaba la fragilidad de la amiga de mamá; sobre todo estaba la tristeza de mamá. Como si sus ojos hubieran visto más que los de su amiga. Como si se hubiera despedido de más gente. Como si estuviera agotada de servir de sostén a los sueños de los demás

 

 

Agujeros, Isabel Bono

A veces, si no hace viento, baja a leer el periódico al chiringuito de la playa. Shorts, gafas de sol para recogerse el pelo y unas chanclas, se ata una pulsera de cuero en el tobillo izquierdo. Es su disfraz de turista.

Eh, gitano, ¿qué es hacienda?, pregunta el alemán de pelo largo mientras acaricia a su perro. Yo no soy gitano, soy moro que bastante es. También cuenta que ha perdido los sesenta euros que le dieron por trabajar todo el día. Hoy no me llevo a casa más que el cansancio, dice. Ahora estoy cabreado, pero si duermo media hora se me olvida. Creo que estamos hablando demasiado alto, dice dedicándole una sonrisa. Ella niega con la cabeza y también sonríe.

De repente se siente guapa. Se pone nerviosa, dobla el periódico, deja el dinero de la cerveza sobre la mesa y se marcha sin despedirse.

Mamá, ¿dónde estabas?, llevo un rato llamando, ya me iba. Le da un beso a su hija y abre el portal. Vengo de nadar un rato, el médico me ha dicho que es lo mejor para los dolores de espalda, dice, tú también deberías nadar, mamá.

Bajan a la piscina, sólo hay una vecina aprovechando los últimos rayos de sol. Se sienta en el césped de espaldas a las terrazas y mira cómo su hija se tira de cabeza sin pensárselo dos veces. Ni siquiera se ha enjuagado los pies, piensa. Se quita las chanclas y estira las piernas. Abre el periódico y piensa en aquel chico, en sus sesenta euros en otro bolsillo, en su sonrisa. Se pregunta si algún vecino estará asomado mirándole las piernas.

Cuando vuelven, intenta que no se le vea la cara para que el supuesto espía no vea que aquellas piernas pertenecen a una mujer mayor. Se cubre con el periódico como si el sol le molestara en los ojos, pero sol ya no hay.

Su hija se viste y se va. Ella se tumba en la cama a leer.

Oye la puerta y se mira el tobillo. Oye como él deja las llaves sobre la mesa. Qué silencio, pensé que no estabas, dice al verla. Se sienta al borde de la cama y se descalza. Se tumba boca arriba a su lado. Bonitas piernas, piensa. Siente ganas de tocarlas. Ella nota que él le ha mirado la pulsera del tobillo y pasa página sin haber acabado de leerla. Se siente estúpida, pero no se atreve a volver a la página anterior. Tampoco quiere dejar el libro sobre la mesa de noche porque ya no tendría motivos para seguir allí tumbada. Pasa los ojos sobre las frases, calcula cuánto tiempo tardaría en leerlas, y pasa página. Cada vez se siente más estúpida.

Ël le pone una mano sobre el muslo. Piensa que si sigue tocándola podrían acabar haciéndolo. Demasiada luz, antes tendría que levantarme a bajar la persiana, piensa. Se acuerda de la hija de la vecina. Han subido juntos en el ascensor. Lo ha mirado a los ojos, le ha sonreído y no ha dicho nada, ni un saludo, ni un comentario tonto sobre el tiempo o el tráfico, nada, sólo ha sonreído y ha hecho tintinear las llaves contra la carpeta llena de apuntes. La imagina desnuda montada sobre su cuerpo, esa piel tan joven iluminada por toda esa luz. Aparta la mano del muslo de su mujer.

Ella pasa página. El calor le sube a la cara cuando advierte que ha pasado dos en vez de una. ¿Qué es hacienda?, sesenta euros, demasiado alto, deberías nadar, qué silencio.

Tu hija acaba de irse, ha estado nadando, dice. Cierra el libro y se levanta.

Sentada en la cocina, se desata la pulsera del tobillo y la esconde en un cajón bajo las servilletas. Trata de recordar la sonrisa de aquel chico, pero sólo le viene a la memoria la imagen de unos niños llenando sin descanso un agujero en la arena con cubos de agua que traen y llevan desde la orilla. Quiero para mí esa voluntad, esa fe, esa terca ignorancia, piensa.

El tiempo, Juan José Millás

Entró en el dormitorio y vió a su mujer doblando el año 1997. «¿Qué haces?», preguntó. «Lo he rescatado de la basura», respondió ella, «por si nos hiciera falta más adelante». Dicho esto, lo introdujo en una bolsa y lo guardó en el armario. Él llevaba puesto el 98 desde hacía dos semanas, pero tenía manchas de aniversarios y de desastres coloniales, así que no acababa de encontrarse cómodo dentro de él. «Si te queda muy bien», aseguró su esposa, «con los rostros de la generación del 98 adornando las semanas igual que los dibujos de topos las corbatas de Aznar». «Pues no me gusta», contestó él; «saca otra vez el 97, por favor».

Se pusieron los dos el año viejo y durante la cena hablaron como si el tiempo no hubiera transcurrido. Los días tenían las mangas deshilachadas y brillos en los codos, pero eran familiares y suaves lo mismo que unas zapatillas de andar por casa. A los postres recordaron el accidente de la bañera que en septiembre les había obligado a pintar el techo de los vecinos. Pese a todo, habían sido muy felices, especialmente teniendo en consideración que el gato no se murió hasta agosto, y para eso faltaba más de medio año.

Ya en la cama, ella dijo que habría que ir pensando en recoger el siglo, pues era enorme y si lo dejaban para última hora no serían capaces de doblarlo. Al hombre le pareció mejor desprenderse de él cuando se terminara. Pero la mujer insistió en que le había cogido cariño. Entonces lo repasaron juntos, y aunque tenía algunas partes destrozadas, había otras, como el psicoanálisis, las vanguardias o el movimiento obrero, prácticamente sin usar. Hicieron el amor igual que antes, y esa noche decidieron que el primer día del 2000 volverían a ponerse el siglo XX hasta que se les cayera a trozos. El XXI estaba nuevo, pero tenía un corte espeluznante.

Sí, señor, Emilia Pardo Bazán

Lo que voy a contar no lo he inventado. Si lo hubiese inventado alguien, si no fuese la exacta verdad, digo que bien inventado estaría; pero también me corresponde declarar que lo he oído referir… Lo cual disminuye muchísimo el mérito de este relato y obliga a suponer que mi fantasía no es tan fértil y brillante como se ha solido suponer en momentos de benevolencia.

¿Eres tímido, oh tú, que me lees? Porque la timidez es uno de los martirios ridículos; nos pone en berlina, nos amarra a banco duro. La timidez es un dogal a la garganta, una piedra al pescuezo, una camisa de plomo sobre los hombros, una cadena a las muñecas, unos grillos a los pies… Y el puro género de timidez no es el que procede de modestia, de recelo por insuficiencia de facultades. Hay otro más terrible: la timidez por exceso de emoción; la timidez del enamorado ante su amada, del fanático ante su ídolo.

De un enamorado se trata en este cuento, y tan enamorado. que no sé si nunca Romeo el veronés, Marsilla el turolense o Macías el galaico lo estuvieron con mayor vehemencia.

No envidiéis nunca a esta clase de locos. A los que mucho amaron se los podrá perdonar y compadecer; pero envidiarlos, sería no conocer la vida. Son más desventurados que el mendigo que pide limosna; más que el sentenciado que, en su cárcel cuenta las horas que le quedan de vida horrible… Son desventurados porque tiene dislocada el alma, y les duele a cada movimiento…

Doble su desdichada si la acompaña el suplicio de la timidez. Y la timidez, en bastantes casos, se cura con la confianza; pero la hay crónica e invencible. La hay en maridos que llevan veinte años de unión conyugal y no se han acostumbrado a tener franqueza con sus mujeres; en mujeres que, viviendo con un hombre en la mayor intimidad, no se acercan a él sin temor y temblor… Generalmente, sin embargo, se presenta el fenómeno durante ese período en que el amor, sin fueros y sin gallardías, se estremece ante un gesto o una palabra… Y éste era el caso de Agustín Oriol, perdidamente esclavo de la coquetuela y encantadora condesa viuda de Dolfos.

Dícese que una viuda es más fácil de galantear que una soltera; pero en estas cuestiones tan peliagudas, yo digo que no hay reglas ni axiomas. Cada persona difiere o por su carácter o por el mismo exceso de su apasionamiento.

Agustín sentía, al acercarse a la condesa, todos los síntomas de la timidez enfermiza, y mientras a solas preparaba declaraciones abrasadoras, discursos perfectamente hilados y tan persuasivos que ablandarían las piedras, lo cierto es que en presencia de su diosa no sabía despegar los labios; su garganta no formaba sonidos, ni su pensamiento coordinaba ideas… Todos reconocerán que este estado tiene poco de agradable, y que Agustín no era dichoso, ni mucho menos.

Vanamente apelaba a su razón para vencer aquella timidez estúpida… Su razón le decía que él, Agustín Oriol de Lopardo, caballero por los cuatro costados, joven con hacienda, inteligencia y aptitudes para abrirse camino, era un excelente candidato a la mano de cualquiera mujer, por bonita y encopetada que se la suponga… ¿Por qué no había de quererle la condesa? ¿Por qué, vamos a ver, por qué? Él debía acercarse a ella ufano, arrogante, seguro de su victoria. Y todas las noches, al retirarse a su casa, se lo proponía…, y al día siguiente procedía lo mismo que el anterior. Se insultaba a sí mismo; se trataba de menguado, de necio, pero no podía vencerse… No podía, y no podía.

De modo que, al año próximamente de un enamoramiento tan intenso que le ocasionaba trastornos cardíacos, violentos hasta el síncope, Agustín no había cruzado aún palabra, lo que se dice palabra, con su idolatrada viuda. Iba a todas partes donde podía encontrarse con ella, pasaba muchas veces por debajo de sus balcones, se trasladaba a San Sebastián el mismo día que ella y en el mismo tren…, y aún ignoraría el sonido de su voz si no hubiese prestado ansioso oído a las conversaciones que ella sostenía con otras personas…

Por fin, un día –precisamente en San Sebastián– presentose rodada la ocasión de romper el hielo. Fue en la terraza del Casino, a la hora en que una muchedumbre elegantemente ataviada respira el aire y escucha o, por mejor decir, no escucha la música, sino las infinitas charlas, que hacen otro rumor más contenido y más suave, como de colmena. Agustín estaba muy próximo a su amada, y devoraba con los ojos el perfil fino, asomando bajo el sombrero todo empenachado de plumas. Ella le observaba de reojo, y viéndole tan cerca, de pronto sintió impulsos de dirigirle la palabra. No era correcto, no era serio, no era propio de una señora…

Bueno. Por encima de las fórmulas sociales están las circunstancias, ¡y ay de estas irregularidades que todo el mundo comete, cuando a ello le empuja un fuerte estímulo!…

La viudita no podía menos de haber notado aquella adoración profunda, continua que la rodeaba como el cuerpo astral al cuerpo visible, y sentía una curiosidad femenil, ardorosa, el afán de saber qué diría aquel adorador mudo, que la bebía y la respiraba. Resuelta, con sonriente afabilidad, con un alarde infantil que disimulaba lo aturdido del procedimiento, exclamó:

¡Qué noche tan hermosa! ¿Verdad que es una delicia?

Agustín sintió como si campanas doblasen en su cerebro, no sabía si a muerte o si a gloria; su sangre giró de súbito, sus oídos zumbaron…. y con tartajosa lengua, con voz imposible de reconocer, con un acento ronco y balbuciente, soltó esta frase:

¡Sí…. señor! ¡Sí…, señor!

Fue como si otro hubiese hablado… Un individuo zumbón, dentro de Agustín, se reía sardónico, se mofaba de la extravagante respuesta… ¡Acababa de llamar «señor» a la única mujer que para él existía en el mundo! ¡No se le había ocurrido sino tal inepcia! Y ahora, con la lengua seca y el corazón inundado de bochorno, tampoco se le ocurría más. ¡Qué había de ocurrírsele! La terraza daba vueltas, el suelo huía bajo sus pies… Exhaló un gemido ronco, se llevó las manos a la cabeza y, levantándose, tambaleándose, huyó sin volver la vista atrás. Aquella noche pensó varias veces en el suicidio.

A la mañana siguiente, sintiéndose incapaz de presentarse de nuevo ante la que ya debía despreciarle, salió para Francia en el primer tren. Estuvo ausente muchos años. En ellos no volvió a saber de su adorada. Un día leyó en un periódico que se había casado. Todavía la noticia le causó grave pena. Después lentamente, fue olvidando, nunca del todo.

Habían corrido cerca de cuatro lustros. Las canas rafagueaban el negro cabello de Agustín, cuando en uno de sus viajes entró una señora con dos señoritas en el mismo departamento. Agustín la reconoció…. y aún su corazón (del cual padecía) le avisó de que era ella; muy cambiada, muy envejecida, pero ella.

¿Fue reconocido Agustín? No se sabe. Lo cierto es que se trabó conversación entre ambos viajeros, y que esta vez no habiendo el estorbo de un amor tan insensato, Agustín charló sin recelo, y las horas corrieron sin sentir. La viajera habló de su juventud, y murmuró confidencialmente:

De cuantos homenajes han podido tributarme, el que más agradecí, porque era el más sincero, consistió en que un joven, que me seguía como mi sombra, me contestase, al dirigirle yo por primera vez la palabra: «Sí, señor…» ¿Comprende usted? Era tal su aturdimiento, que no acertó a decir otra cosa… Los requiebros más entusiastas no pueden halagar tanto a una mujer como una turbación, que sólo puede interpretarse como señal de pasión verdadera…

¿De modo… que usted no se rió de aquel hombre? –preguntó Agustín.

Al contrario… –respondió la señora, con acento en que parecía temblar una lágrima.

Si tuviera una vagina, Luis Fernández

Kim Sung-Jin

Si yo tuviera una vagina.Y, digamos, esta noche tuviera una cita con “el hombre de mi vida” (forma muy común de etiquetar al sujeto del encuentro cuando se tiene vagina), tendría por ley que hacerme las dos preguntas fundamentales que me definirían como mujer. En primer lugar, tendría que mirarme largo y tendido en el espejo y afirmar: ¡estoy gorda!, y acto seguido abrir las puertas del closet y preguntarme: ¿qué me pongo? Esa noche, él hablaría de temas variados, fingiría estar interesado en conocerme mejor y en su mente rondaría el único objetivo de penetrar mi vagina. Yo tendría que imaginarme teniendo sus hijos y envejeciendo románticamente a su lado. Luego haríamos el “amor” o, al menos, eso tendría yo que creer. Finalizado el acto, y aunque la cosa dure escasos 13 minutos, y tenga que fingir el orgasmo, tendría que hacerle la segunda de las preguntas: ¿papi, tú me quieres? Él respondería con un monosílabo indescifrable, y yo pasaría la noche en vela convenciéndome de que no soy una “perra”. Al día siguiente esperaría ansiosa su llamada, y esperaría, y esperaría. Él nunca llamaría y yo comenzaría a desarrollar ese resentimiento crónico contra el hombre que unifica a toda fémina arrecha. Empezaría a crearme expectativas imposibles y cada día sería más y más difícil dar con nuevos “hombres de mi vida” hasta envejecer conspirando eternamente con otras mujeres arrechas… y solas. Y es que detrás de esas terribles preguntas aparentemente frívolas esta todo. “Estoy gorda” : no sirvo, no doy la talla, no soy lo suficientemente buena para merecer ser amada… “¿Qué me pongo?”: Qué hago para que me quieran, De qué me disfrazo para que me acepte, Cómo lo convenzo de que puedo hacerlo feliz… “¿Papi, tú me quieres?”: Me valoras, Te das cuenta de lo extraordinaria que soy, Puedes apreciar las virtudes que yo misma ignoro, Quiéreme, por el amor de Dios, aunque yo me deteste… Interrogantes que dan pie a consideraciones demasiado profundas y dolorosas para ser comprendidas en toda su dimensión por la mente básica de un macho. De modo que, si en verdad un día amaneciera y tuviera una vagina, y además tuviera la bendita cita (que ya no sería con el hombre de la vida de nadie sino con un carajo al que me provocó “dársela”), me miraría en el espejo y, pesara lo que pesara, me vería estupenda. Comenzaría por valorarme yo y no perdería el tiempo tratando de complacer tanto a terceros. Me pondría lo primero que encontrara en el closet y saldría a la calle sintiéndome divina. Con él, hablaría de fútbol, de cine y un poco de moda. No haríamos el amor, pero “tiraríamos” rico. Por supuesto no le preguntaría si me quiere porque, vamos a sincerarnos, yo a él tampoco lo quiero. Le pediría, eso sí, que no me llamara, que en todo caso yo lo “contactaría”. Al día siguiente habría olvidado su cara, su nombre y su mediocridad, continuaría mis días sin tener ni la más remota necesidad de “realizarme” como mujer, de casarme, de formar un hogar, del nefasto “para toda la vida” y todas esas zoquetadas sociales.

En fin, si tuviera una vagina…

¡sería una mujer cojonuda!

La niebla, Miguel Torija Martí

Fred Lyon

Si te pudiera contestar, te contestaría que sí que recuerdo la última vez que estuvimos aquí. Te diría que no he olvidado el día, la noche, que comenzamos por segunda vez. El día, la noche en que conseguiste disipar la niebla que me hacía invisible. Aquella niebla que se formó alrededor de mí en el instante exacto en que me senté, me sentaron, en la silla de ruedas por primera vez.

Recuerdo aquel día, aquella noche, como si fuera hoy. Recuerdo aquel local invadido por el humo en el que nos habíamos citado. Éramos dos ex-novios que mantenían una cordial amistad. Tu figura se difuminaba frente a mí, hubiese querido culpar al humo que irritaba mis ojos, pero sabía que la culpa era de que el vaso que sujetaba en la mano estaba a punto de vaciarse por tercera vez. Tenía que concentrarme para cribar tu voz entre el murmullo y la música. El esfuerzo merecía la pena. Me encantaba, me divertía, me interesaba, me intrigaba. Disfrutaba hablando contigo. ¡Cómo lo añoro! Hubo un tiempo, en aquella noche ya era un tiempo lejano, en que habíamos disfrutado con algo más que las palabras. Durante los dos años que habíamos salido juntos, desperdiciábamos las palabras, limitándonos a utilizarlas para atraer y ser atraídos. Así que, solo cuando dejamos de ser novios, descubrí lo apasionante que podía ser conversar contigo. Llegamos a tal complicidad que en ocasiones bastaba con mirarnos para establecer conversaciones silenciosas. Igual que ahora. La diferencia es que aquéllas eran voluntarias y éstas impuestas por mi enfermedad.

Aquel día, aquella noche me propusiste que saliésemos a dar una vuelta. Yo necesitaba tomar el aire para no terminar vomitando, así que acepté la propuesta. Al comenzar a moverme dejé de notar el humo para sustituirlo por la niebla que sentía alrededor de mi cuerpo. Una niebla que ocultaba mi cuerpo a los demás y solo permitía ver mi silla de ruedas. La clientela del local hizo un pasillo para dejarnos pasar, un pasillo dentro del estrecho pasillo al que se reducía el local. Varias veces, las ruedas hicieron presa en los pies patosos de los clientes, que se disculpaban sin motivo. En las caras vi la palabra que tanto daño me había hecho desde que quedé postrada, “pobre”. Solo había otra que me dolía más pero que, por desgracia, cada vez escuchaba, escucho menos, “pobrecita”.

Habías reaparecido en mi vida unos meses antes de aquella noche. La enfermedad acababa de cobrarse su primera víctima, mis piernas. Viniste a visitarme al hospital -qué sorpresa después de tantos años sin vernos- y también en tus ojos vi reflejada la niebla de compasión. Por suerte aprendiste a atravesarla para poder encontrarme. Te convertiste en uno de los pocos que dejaron de ver la silla de ruedas. No me veías como antes, cuando los chicos se giraban a mi paso -ahora no solo los chicos se giran a mi paso-, pero me veías a mí. Lástima que ahora la niebla se haya solidificado para formar un témpano de hielo, la incomunicación.

Aquella noche, en aquel paseo, el sutil chirriar del eje de las ruedas acompañó al silencio que necesitábamos, yo para disimular mi embriaguez, tú para preparar la pregunta. Llegamos aquí. Supongo que lo hiciste a propósito. “Lucía, hace tiempo que quiero hacerte una pregunta” me dijiste. “Espero que sea fácil, porque me temo que no estoy muy ágil de mente” te contesté. Sonreíste y me diste un beso, en la mejilla. Después te agachaste, me miraste a los ojos y me preguntaste si me acordaba de cuando éramos novios. “Claro que me acuerdo, tonto. Fue divertido” te respondí. Intuí que no era aquella la pregunta que me querías hacer. Acerté. “Es que te quería preguntar una cosa” continuaste. “Dispara de una vez” respondí ansiosa. Por fin hiciste la pregunta “¿Te quieres casar conmigo?”

Como hoy, hubo silencio tras tu pregunta. La borrachera desapareció, la silla desapareció, la niebla desapareció. Sentirme de nuevo, por fin, una mujer. No una mujer en silla de ruedas. Una mujer. Hubiese postergado eternamente la respuesta, quería y necesitaba saborear ese momento. Intenté mirarte a los ojos pero mi mirada se desvió hacia tus mejillas que se habían vuelto anaranjadas por efecto de las primeras luces del amanecer. Pensé en alargar los brazos, cogerte por el cuello y plantarte un beso en los labios, pero temí que todo fuera un sueño provocado por el alcohol. Por fin, contesté.

Hoy, como aquel día, te vuelves a agachar para quedar a mi altura. Me miras, hoy no sonríes. Tu rostro, ajado por el paso del tiempo, muestra tristeza. Estás llorando. Yo, ni eso puedo hacer ya por mí misma. Ni llorar puedo. Hablas y preferiría no escuchar lo que dices. Por momentos temo que no cumplas tu promesa. Cuando acabas tu lamento, me das un beso, en la boca y tiras suavemente de las dos cánulas que se pierden en el interior de mis fosas nasales.

Mi cuerpo comienza a convulsionarse por la ausencia de oxígeno. Siento tal felicidad, por liberarme de la prisión en la que llevo viviendo tantos años, que ni la proximidad de la muerte me inquieta. Dedico los últimos segundos de vida a recordar la respuesta que te di aquella noche cuando en el horizonte se empezaba a intuir el perfil de la sierra. Te respondí que sí, que claro que me quería casar contigo, pero entonces imaginé como sería nuestro futuro y añadí que solo lo haría si antes me prometías una cosa. “¿Qué quieres que te prometa?” me preguntaste. “Cuando llegue el día en que la enfermedad haga imposible que nos comuniquemos, seguir viva no tendrá ningún sentido, así que te pido que me prometas que ese día acabarás con mi vida.”

Hace un mes que los párpados, los únicos que todavía me obedecían, desertaron, haciendo imposible cualquier comunicación contigo. Noto como ahora comienzan a cerrarse mientras en la lejanía las montañas nevadas se sonrojan con la luz de este atardecer invernal.

La niña, Juan Ramón Jiménez

La niña llegó en el barco de carga. Tenía la naricilla gorda, hinchada, y los ojos de otro color que los suyos. En el pecho le habían puesto una tarjeta que decía: “Sabe hablar algunas palabras en español. Quizá alguien español la quiera”.

La quiso un español y se la llevó a su casa. Tenía mujer y seis hijos, tres nenas y tres niños.

¿Y qué sabes decir en español, vamos a ver?

La niña miraba al suelo.

¿Ser nice? –Y todos se reían–. Me custa el socolate –Y todos se burlaban.

La niña cayó enferma. “No tiene nada”, decía el médico. Pero se estaba muriendo. Una madrugada, cuando todos estaban dormidos y algunos roncando, la niña se sintió morir. Y dijo:

Me muero. ¿Está bien dicho?

Pero nadie la oyó decir eso. Ni ninguna cosa más. Porque al amanecer la encontraron muda, muerta en español.

Yo de mayor quiero ser pequeña, María Monjas

Yo de mayor

quiero ser pequeña;

jugar al escondite

y que me encuentren risueña,

saltar a la pata coja,

hacer el pino con las orejas,

poner cara de camello

y subirme a las palmeras,

pintarme de rojo la nariz

y de verde las orejas,

inventar canciones,

ser una sinvergüenza,

jugar a la pelota

con la luna llena.

Sonreír,

Sonreír,

sonreír siempre.

Yo de mayor

quiero ser

pequeña.