La historia de las polillas, tradición sufí

foto-1Una noche, varias polillas ardientes de deseo se reunieron para comprobar si todas compartían la misma obsesión.

“¿Cómo podemos saberlo?”, se preguntaron, y convencidas de que la verdad poseían a una de sus congéneres enviaron en busca de información que pudiera saciar su curiosidad.

De un extremo a otro recorrió esta polilla los velos de la noche hasta que logró divisar la llama de una vela en la torre de un castillo.

Al regresar junto a sus compañeras relató ante ellas su asombro, pero una de las polillas, que era sabia, dijo que la mensajera nada había comprendido sobre el candil, y envió a otra a investigar.

Con la punta de sus alas logró la segunda polilla tocar la llama, pero a las demás confesó que el calor la había ahuyentado y la verdad aún ignoraba.

Una tercera emprendió entonces el vuelo, tan intoxicada de amor que se arrojó al fuego y allí pereció, consumida. La sabia, al ver que la llama envolvió como un guante el fulgurante cuerpo de su compañera, dijo a las demás:

“Esa polilla sabe ahora lo que jamás podrá decir ni idioma alguno conseguir revelar.”

 

El Diablo en el Arca, Amir al-Sha’bi y Ayyûb Ibn al-Qaryat

arca-de-noeCuando llegó la inundación y el horno se puso a punto (véase Corán, XI, 42), Noé, después de haber recibido la orden del Altísimo de tomar consigo dos unidades de cada pareja, eligió el número designado para cada animal hasta que no quedaba más que el asno y la borrica. Ésta subió al Arca. Entonces el Diablo se aferró a la cola del asno, que no pudo así entrar. Noé fue incapaz de hacer avanzar al animal y, exasperado, exclamó:

¡Ea, sube ya, Satanás!

El asno subió, seguido por el Demonio, pues éste no podía entrar en el Arca sino por orden de Noé. Había sujetado la cola del asno para que Noé le dijera: “¡Ea, sube ya, Satanás!”.

Cuando estuvo en el interior, Noé lo vio y exclamó:

¡Desgraciado de ti, Maldito! ¿Quién te ha hecho entrar en el Arca?

Has sido tú quien me ha ordenado entrar, respondió el Demonio. Nada tienes que reprocharme sobre esto, pues estoy entre aquellos a quienes se ha concedido una prórroga.

Los genios y los satanes que se encontraban entre el cielo y la tierra fueron aniquilados durante cuarenta días, hasta que terminó el diluvio.

El ángel de la muerte y el rey de Israel

40e7fd2333b2fd86e54d0a288897ee99Se cuenta de un rey de Israel que fue un tirano. Cierto día, mientras estaba sentado en el Trono de su reino, vio que entraba un hombre por la puerta de palacio; tenía la pinta de un pordiosero y un semblante aterrador. Indignado por su aparición, asustado por el aspecto, el Rey se puso en pie de un salto y preguntó:

-¿Quién eres? ¿Quién te ha permitido entrar? ¿Quién te ha mandado venir a mi casa?

-Me lo ha mandado el Dueño de la casa. A mí no me anuncian los chambelanes ni necesito permiso para presentarme ante reyes ni me asusta la autoridad de los sultanes ni sus numerosos soldados. Yo soy aquel que no respeta a los tiranos. Nadie puede escapar a mi abrazo; soy el destructor de las dulzuras, el separador de los amigos.

El rey cayó por el suelo al oír estas palabras y un estremecimiento recorrió todo su cuerpo, quedándose sin sentido. Al volver en sí, dijo:

-¡Tú eres el Ángel de la Muerte!

-Sí.

-¡Te ruego, por Dios, que me concedas el aplazamiento de un día tan sólo para que pueda pedir perdón por mis culpas, buscar la absolución de mi Señor y devolver a sus legítimos dueños las riquezas que encierra mi tesoro; así no tendré que pasar las angustias del juicio ni el dolor del castigo!

-¡Ay! ¡Ay! No tienes medio de hacerlo. ¿Cómo te he de conceder un día si los días de tu vida están contados, si tus respiros están inventariados, si tu plazo de vida está predeterminado y registrado?

-¡Concédeme una hora!

-La hora también está en la cuenta. Ha transcurrido mientras tú te mantenías en la ignorancia y no te dabas cuenta. Has terminado ya con tus respiros: sólo te queda uno.

-¿Quién estará conmigo mientras sea llevado a la tumba?

-Únicamente tus obras.

-¡No tengo buenas obras!

-Pues entonces, no cabe duda de que tu morada estará en el fuego, de que en el porvenir te espera la cólera del Todopoderoso.

A continuación le arrebató el alma y el rey se cayó del trono al suelo.

Los clamores de sus súbditos se dejaron oír; se elevaron voces, gritos y llantos; si hubieran sabido lo que le preparaba la ira de su Señor, los lamentos y sollozos aún hubiesen sido mayores y más y más fuertes los llantos

Galería

Enxenplo del omne e de la muger e del papagayo e de su moça, Sendebar

1»-Señor, oí dezir que un omne que era çeloso de su muger, e conpró un papagayo e metiólo en una jabla e púsolo en su casa, e mandóle que le dixiese todo quanto viese fazer a su muger e que non le encubriese ende nada, e después fue su vía a recabdar su mandado, e entró su amigo d’ella en su casa do estava, e el papagayo vio quanto ellos fizieron. E quando el omne bueno vino de su mandado, asentóse en su casa en guisa que non lo viese la muger. E mandó traer el papagayo e preguntóle todo lo que viera, e el papagayo contógelo todo lo que viera fazer a la muger con su amigo. E el omne bueno fue muy sañudo contra su muger e non entró más do ella estava. E la muger cuidó verdaderamente que la moça la descubriera e llamóla estonçes e dixo:

»-¿Tú dexiste a mi marido todo quanto yo fize?

»E la moça juró que non lo dixiera:

»-Mas sabed que lo dixo el papagayo.

»E quando vino la noche, fue la muger al papagayo e desçendiólo a tierra e començóle a echar agua de suso como que era luvia e tomó un espejo en la mano e parógelo sobre la jabla, e en la otra mano una candela, e parávagela de suso, e cuidó el papagayo que era relánpago; e la muger començó a mover una muela, e el papagayo cuidó que eran truenos; e ella estuvo así toda la noche, faziendo así fasta que amanesçió. E después que fue la mañana, vino el marido e preguntó al papagayo:

»-¿Viste esta noche alguna cosa?

»E el papagayo dixo:

»-Non pud’ ver ninguna cosa con la gran luvia e truenos e relánpagos que esta noche fizo.

»E el omne dixo:

»-En quanto me as dicho es verdat de mi muger así commo esto. Non á cosa más mintrosa que tú, e mandarte é matar.

»E enbió por su muger e perdonóla e fizieron paz.

»E yo, señor, non te di este enxenplo sinon por que sepas el engaño de las mugeres, que son muy fuertes sus artes e son muchos, que non an cabo’ nin fin.»

E mandó el Rey que non matasen su fijo.

La ciudad, Adonis

1

Mircea Marinescu

Dormí con la ciudad

en el comienzo de las ramas,
en el inicio de las heridas.

Estaba sobre mi lecho,
más agitada que un navío en alta mar,
y el semen la estremecía,
le abría todas las venas…

Al despertar, el lecho era un río,
por amor,
y el semen la historia de dos amantes,
y eran sus pechos dos ciudades

La rigidez y la blandura, Leyenda árabe

Osman Hamdi Bey

El discípulo de un Filósofo fue a visitar al Maestro en su lecho de muerte.
“¿No tenéis todavía algo que decir a vuestro discípulo?”, le preguntó.
Entonces el Sabio abrió la boca y dijo al joven que mirara dentro.
“¿Todavía tengo mi lengua?”, le dijo.
“Ciertamente”, respondió el otro.
“Y mis dientes, ¿están todavía?”
“No”, replicó el discípulo.
“¿Y sabes por qué la lengua dura más que los dientes? Porque es blanda, es flexible. Los dientes caen antes porque son duros. Ahora has aprendido todo aquello que vale la pena aprender. No tengo otra cosa que enseñarte.”

Jardín de infancia, Naguib Mahfuz

Sally Mann
Sally Mann

—Papá…
—¿Qué?
—Yo y mi amiga Nadia siempre estamos juntas.
—Claro, mujer, porque es tu amiga.
—En clase… en el recreo… a la hora de comer…
—Estupendo… es una niña buena y juiciosa.
—Pero en la hora de religión yo voy a una clase y ella a otra.
Miró a la madre y vio que sonreía, ocupada en bordar un mantel. Y dijo, sonriendo también:
—Sí… pero sólo en la clase de religión…
—¿Y por qué, papá?
—Porque tú eres de una religión y ella de otra.
—Pero, ¿por qué, papá?
—Porque tú eres musulmana y ella cristiana.
—¿Y por qué, papá?
—Eres aún muy pequeña, ya lo comprenderás…
—No, ¡soy mayor!
—No, eres pequeña, cariñito…
—¿Y por qué soy musulmana?
Debía ser comprensivo y delicado: no faltar a los preceptos de la pedagogía moderna a la primera dificultad. Contestó:
—Porque papá es musulmán… mamá es musulmana…
—¿Y Nadia?
—Porque su papá es cristiano y su mamá también…
—¿Porque su papá lleva gafas?
—No… Las gafas no tienen nada que ver. Es porque su abuelo también era cristiano y…
Siguió con la cadena de antepasados hasta aburrirse. Trató de cambiar el tema pero la niña preguntó:
—¿Cuál es mejor?
Dudó un momento antes de contestar:
—Las dos…
—¡Pero yo quiero saber cuál es mejor!
—Es que las dos lo son.
—¿Y por qué no me hago cristiana para estar siempre con Nadia?
—No, cariñito, es mejor que no. Hay que ser lo mismo que papá y que mamá…
—¿Y por qué?
Francamente: la pedagogía moderna es tiránica.
—¿Por qué no esperas a ser mayor?
—No ¡Ahora!
—Bien. Digamos que por gusto. A ella le gusta más una y tú prefieres la otra. Tú eres musulmana y ella tiene otro gusto. Por eso tienes que seguir siendo musulmana.
—¿Nadia tiene mal gusto?
Dios confunda a ti y a Nadia. Había metido la pata a pesar de las precauciones. Se lanzó sin piedad al cuello de una botella.
—Sobre gustos no hay nada escrito. Lo único imprescindible es seguir siendo como papá y mamá…
—¿Puedo decirle que ella tiene mal gusto y yo no?
Salió al paso:
—Las dos son buenas: tanto el Islam como el Cristianismo adoran a Dios.
—¿Y por qué yo lo adoro en una habitación y ella en otra?
—Porque ella lo adora de una manera y tú de otra.
—¿Y cuál es la diferencia, papá?
—Ya lo estudiarás el año que viene o el otro. Por el momento conformate con saber que Islam y Cristianismo adoran a Dios.
—¿Y quién es Dios, papá?
Se detuvo, reflexionó un segundo y preguntó, extremando las precauciones:
—¿Qué les ha dicho Abla?
—Lee la azora y nos enseña a rezar, pero yo no sé. ¿Quién es Dios, papá?
Se quedó pensando con sonrisa torcida. Luego:
—Es el creador del mundo.
—¿De todo?
—De todo.
—¿Qué quiere decir Creador, papá?
—Quiere decir que lo ha hecho todo.
—¿Cómo, papá?
—Con su sumo poder.
—¿Y dónde vive?
—En todo el mundo.
—¿Y antes del mundo?
—Arriba…
—¿En el cielo?
—Sí…
—Quiero verlo.
—No se puede.
—¿Ni en la televisión?
—No.
—¿Y no lo ha visto nadie?
—Nadie.
—¿Y por qué sabes que está arriba?
—Porque sí.
—¿Quién adivinó que estaba arriba?
—Los profetas.
—¿Los profetas?
—Sí, como nuestro señor Mahoma.
—¿Y cómo, papá?
—Por una gracia especial.
—¿Tenía los ojos muy grandes?
—Sí.
—¿Y por qué, papá?
—Porque Dios lo creó así.
—¿Y por qué, papá?
Contestó tratando de no perder la paciencia:
—Porque puede hacer lo que quiere…
—¿Y cómo dices que es?
—Muy grande, muy fuerte, todo lo puede…
—¿Como tú, papá?
Contestó disimulando una sonrisa:
—Es incomparable.
—¿Y por qué vive arriba?
—Porque en la Tierra no cabe, pero lo ve todo.
Se distrajo un momento, pero volvió:
—Pues Nadia me ha dicho que vivió en la Tierra.
—No es eso; es que lo ve todo como si viviese en todas partes.
—Y también me ha dicho que la gente lo mató.
—No, está vivo, no ha muerto.
—Pues Nadia me ha dicho que lo mataron.
—Qué va, cariñito, creyeron que lo habían matado pero estaba vivo.
—¿El abuelo también está vivo?
—No, el abuelo murió.
—¿Lo han matado?
—No, se murió.
—¿Cómo?
—Se puso enfermo y se murió.
—Entonces ¿mi hermana va a morirse?
Frunció las cejas y contestó advirtiendo un movimiento de reproche del lado de la madre:
—Ni mucho menos, ella se curará si Dios quiere…
—¿Por qué se murió entonces el abuelo?
—Porque cuando se puso enfermo era ya mayor.
—¡Pues tú eres mayor, has estado enfermo y no te has muerto!
La madre lo miró regañona. Luego pasó la vista de uno a otro azorada. Él dijo:
—Nos morimos cuando Dios lo dispone.
—¿Y por qué dispone Dios que nos muramos?
—Porque es libre de hacer lo que quiere.
—¿Es bonito morirse?
—Qué va, mi vida.
—¿Y por qué Dios quiere una cosa que no es bonita?
—Todo lo que Dios quiere para nosotros es bueno.
—Pero tú acabas de decir que no lo es.
—Me he equivocado, querida.
—¿Y por qué mamá se ha enfadado cuando he dicho que por qué no te habías muerto?
—Porque todavía no es la voluntad de Dios que yo muera.
—¿Y por qué no, papá?
—Porque Él nos ha puesto aquí y Él nos lleva.
—¿Y por qué, papá?
—Para que hagamos cosas buenas aquí antes de irnos.
—¿Y por qué no nos quedamos siempre?
—Porque si nos quedásemos no habría sitio para todos en la tierra.
—¿Y dejamos las cosas buenas?
—Sí, por otras mucho mejores.
—¿Dónde están?
—Arriba.
—¿Con Dios?
—Sí.
—¿Y lo veremos?
—Sí.
—¿Y eso es bonito?
—Claro.
—Entonces, ¡vámonos!
—Pero aún no hemos hecho cosas buenas.
—¿El abuelo las había hecho?
—Sí.
—¿Cuáles?
—Construir una casa, plantar un jardín…
—¿Y qué había hecho el primo Totó?
Por un momento se puso sombrío. Echó a la madre furtivamente una mirada desvalida, luego contestó:
—Él también había construido una casa, aunque pequeña, antes de irse…
—Pues Lulú el vecino me pega y nunca hace cosas buenas…
—Es que él ha nacido anormal.
—¿Y cuándo va a morirse?
—Cuando Dios quiera.
—¿Aunque no haga cosas buenas?
—Todos tenemos que morir. Los que hacen cosas buenas se van con Dios y los que hacen cosas malas se van al infierno.
Suspiró y se quedó callada. El padre se sintió materialmente aliviado. No sabía si lo había hecho bien o si se había equivocado. Aquel torrente de preguntas había removido interrogaciones sedimentadas en lo más hondo de sí. Pero la incansable criatura gritó:
—¡Yo quiero estar siempre con Nadia!
La miró inquisitivo y ella declaró:
—¡En la clase de religión también!
Se rió estrepitosamente, la madre también rió, él dijo bostezando:
—Nunca imaginé que fuera posible discutir estas cuestiones a semejante nivel…
Habló la mujer:
—Llegará el día en que la niña crezca y puedas razonarle las verdades.
Se volvió para comprobar si aquellas palabras eran sinceras o irónicas y la encontró enfrascada en el bordado.

El grano de arena, leyenda àrabe

Ansel Adams

Dios estaba fabricando el mundo. Después de los astros, la tierra, el mar, fabricó también a las personas. Eran bellas criaturas, con los ojos espléndidos, pero sin alma.

Es necesaria el alma, sugirió el arcángel que lo ayudaba.

Cierto, dijo Dios. Ahora la hacemos.

Y se puso a preparar las almas. Estaba contento, trabajaba con entusiasmo. Amasó rayos de sol con perfume de jardines, zafiros de montaña con susurro de olas marinas… y las almas salían del laboratorio todas adornadas y brillantes. Entonces el Padre bajó a la tierra y distribuyó un alma a cada persona.

Pero como aquel día llovía, algún alma llegó a destino un poco deteriorada. Y un día una persona -una de aquellas que había recibido un alma algo estropeada-tuvo el impulso de decir una mentira, una mentira de nada, así de pequeña; pero era el primer hilo de la inmensa red de los engaños.

Dios, que lo sabe todo, se dio cuenta. Reunió a sus hijos de la Tierra y les dijo que no se debe mentir.

Por cada mentira que digáis, arrojaré sobre la Tierra un granito de arena.

Los hombres no hicieron caso. En aquel tiempo no había arena sobre la Tierra; y con todo aquel verde, ¿qué importancia podía tener un granito de arena? Así fue como, después de la primera mentira vino la segunda, y tras ésta la tercera y la cuarta… La lealtad iba desapareciendo, el fraude y el engaño invadían el mundo.

Dios por cada mentira arrojaba un granito de arena; pero a un cierto punto, ya no pudo más, y tuvo que ser ayudado por un ejército de ángeles y de arcángeles.

Cayeron del cielo torrentes de arena, y la Tierra, el bello jardín florido, empezó a ajarse. Vastas zonas terrestres se cubrieron de arena: era el desierto. Sólo aquí y allá, donde todavía vivía alguna buena persona, quedaron raros oasis. Pero como la calamidad continúa difundiéndose, no está excluido que un día, por culpa de las mentiras, la Tierra se convierta toda en un inmenso desierto…


El paraíso de la canción, Idries Shah

Sabzi

Ahangar era un extraordinario forjador de espadas que vivía en uno de los remotos valles orientales de Afganistán. En tiempos de paz construía arados de acero, herraba caballos y, sobre todo, cantaba.

La gente de los valles escuchaban con ilusión las canciones de Ahangar, a quien se conoce con nombres diferentes en distintas partes de Asia Central. Venían a escuchar sus canciones desde las selvas de nogales gigantes, desde la nevada Hindu-Kush, desde Qataghan y Badakhshan, desde Khanabad y Kunar, desde Herat y Paghman.

Sobre todo venían a escuchar la canción de las canciones, que era la canción de Ahangar sobre el Valle del Paraíso.

Esta canción era muy pegadiza y tenía un extraña cadencia, y, sobre todo, contaba una historia tan extraña que la gente creía conocer el remoto Valle del Paraíso del que hablaba. A menudo le pedían que la cantara cuando no le apetecía, y él se negaba. A veces le preguntaban si el Valle era auténticamente real, y Ahangar sólo podía responder:

“El Valle de la Canción es tan real como pueda serlo la misma realidad.”

“Pero, ¿cómo lo sabes?”, le preguntaban, “¿has estado allí alguna vez?”

“No de una forma corriente”, respondía Ahangar.

Para Ahangar y para casi todas las personas que le escuchaban, el Valle de la Canción era, sin embargo, real, tan real como pueda serlo la misma realidad.

Aisha, una doncella del lugar de la que estaba enamorado, dudaba que existiera tal sitio. También lo dudaba Hasan, un fanfarrón y temible espadachín que había jurado casarse con Aisha y que no perdía ocasión para reírse del herrero.

Un día, cuando los aldeanos estaban sentados en silencio alrededor de Ahangar, que acababa de contarles un cuento, Hasan dijo.

“Si crees que ese valle es tan real y está, como dices, más allá de aquellas montañas de Sangan donde se levanta la neblina azul, ¿por qué no intentas encontrarlo?”

“No sería adecuado, es lo único que sé”, respondió Ahangar.

“¡Tú no sabes lo que es conveniente saber y no sabes lo que no quieres saber!”, gritó Hasan.

“Ahora, amigo mío, te propongo una prueba. Tú amas a Aisha, pero ella no confía en ti. No tiene fe en ese absurdo Valle tuyo. Nunca podrás casarte con ella, porque cuando no hay confianza entre marido y mujer, éstos no son felices y sucede toda clase de desgracias.”

“¿Esperas que vaya al valle, entonces?”, preguntó Ahangar.

“Sí”, contestaron al unísono Hasan y todos los presentes.

“Si voy y regreso sano y salvo, ¿aceptará Aisha casarse conmigo?”, preguntó Ahangra.

“Sí”, murmuró Aisha.

Asi que Ahangar, habiendo recogido algunas moras pasas y un pedazo de pan, partió para las lejanas montañas.

Subió y subió hasta que llegó a un muro que rodeaba toda la cordillera. Tras haber escalado sus escarpadas laderas, encontró otro muro, aún más escarpado que el primero. Después de éste hubo un tercero, luego un cuarto y, finalmente, un quinto muro.

Al bajar por la otra ladera, Ahangar descubrió que estaba en un valle sorprendentemente parecido al suyo.

La gente salió a darle la bienvenida, y cuando él los vio, se dio cuenta de que había sucedido algo muy extraño.

Meses después, Ahangar el Herrero, caminando como un anciano, llegó cojeando a su pueblo natal y se dirigió a su humilde cabaña. Como se difundió por el campo la noticia de su regreso, la gente se reunió frente a su casa para escuchar cuáles habían sido sus aventuras.

Hasan el espadachín, hablando en nombre de todos, llamó a Ahangar a la ventana.

Todos quedaron boquiabiertos cuando vieron lo viejo que se había vuelto.

“Bueno, Maestro Ahangar, ¿conseguiste llegar al Valle del Paraíso?”

“Llegué”

“¿Y cómo es?”

Ahangar, buscando las palabras, miró a la gente reunida con un cansancio y una desesperación que jamás había sentido antes. Por fin dijo:

“Escalé y escalé. Cuando parecía que ya no podía haber vida humana en un lugar tan desolado, y después de muchas dificultades y desilusiones, llegué a un valle. Era un valle exactamente igual que éste en el que vivimos. Y luego me encontré con sus habitantes. Aquellas personas no son sólo personas como nosotros: son las mismas personas. Para cada Hasan, cada Aisha, cada Ahangar, para cada uno de los que aquí estamos, hay otro exactamente igual en aquel valle.

“Ellos son copias y reflejos de nosotros. Pero ocurre que somos nosotros los que somos sus copias y reflejos: nosotros, los que estamos aquí, somos sus dobles.”

Todos pensaron que Ahangar había enloquecido a causa de sus privaciones, y Aisha se casó con Hasan el espadachín. Ahangar envejeció rápidamente y murió. Y todo el mundo, todos los que habían escuchado esta historia de labios de Ahangar, primero perdieron la alegría de vivir, después envejecieron y murieron, porque sintieron que algo irremediable y sobre lo que no tenían control iba a suceder, y por eso perdieron el interés en la vida misma.

Sólo una vez cada mil años una persona conoce este secreto. Cuando lo conoce, experimenta un cambio. Cuando cuenta a los demás la pura realidad, éstos se debilitan y mueren.

La gente piensa que un suceso así es una catástrofe, y por eso no deben saber nada sobre él, ya que no pueden entender (tal es la naturaleza de su vida ordinaria) que tienen más de una personalidad, más de una esperanza, más de una oportunidad… allá arriba, en el Paraíso de la Canción de Ahangar, el magnífico herrero.


La Peste, leyenda àrabe

Andre de Dienes

Una caravana de mercaderes y peregrinos atravesaban lentamente el desierto. De pronto, a lo lejos, apareció un veloz jinete que surcaba las arenas como si su caballo llevara alas.

Cuando aquel extraño jinete se acercó, todos los miembros de la caravana pudieron contemplar, con horror, su esquelética figura que apenas si se detuvo junto a ellos. Tras una breve conversación lo comprendieron todo.

Era la Peste que se dirigía a Damasco, ansiosa de segar vidas y sembrar la muerte.

¿Adónde vas tan deprisa? –le preguntó el jefe.

A Damasco. Allí pienso cobrarme un millar de vidas.

Y antes de que los mercaderes pudieran reaccionar, ya estaba cabalgando de nuevo. Le siguieron con la vista hasta que sólo fue un punto perdido entre la inmensidad de las dunas.

Semanas después la caravana llegó a Damasco. Tan sólo encontró tristeza, lamentos y desolación. La Peste se había cobrado cerca de 50.000 vidas. En todas las casas había algún muerto que llorar, niños y ancianos, muchachas, jóvenes…

El jefe de la caravana se llenó de rabia e impotencia. La Peste le había dicho que iba a cobrarse un millar de vidas… sin embargo había causado una gran mortandad.

Cuando tiempo después, dirigiendo otra caravana por el desierto, el jefe volvió a encontrarse con la Peste, le dijo con actitud de reproche:

¡Ya sé que en Damasco te cobraste 50.000 vidas, no el millar que me habías dicho! No sólo causas la muerte, sino que además tus palabras están llenas de falsedad.

No –respondió la Peste con energía-, yo siempre soy fiel a mi palabra. Yo sólo acabé con mil vidas. El resto se las llevó el Miedo.


Estrellas de mar, Cuento Sufí

4eyes

Había una vez un escritor que vivía a orillas del mar; una enorme playa virgen donde tenía una casita donde pasaba temporadas escribiendo y buscando inspiración para su libro. Era un hombre inteligente y culto y con sensibilidad acerca de las cosas importantes de la vida. Una mañana mientras paseaba a orillas del océano vio a lo lejos una figura que se movía de manera extraña como si estuviera bailando. Al acercarse vio que era un muchacho que se dedicaba a coger estrellas de mar de la orilla y lanzarlas otra vez al mar. El hombre le preguntó al joven qué estaba haciendo. Éste le contestó:

-Recojo las estrellas de mar que han quedado varadas y las devuelvo al mar; la marea ha bajado demasiado y muchas morirán.

Dijo entonces el escritor:

-Pero esto que haces no tiene sentido, primero es su destino, morirán y serán alimento para otros animales y además hay miles de estrellas en esta playa, nunca tendrás tiempo de salvarlas a todas.

El joven miró fijamente al escritor, cogió una estrella de mar de la arena, la lanzó con fuerza por encima de las olas y exclamó:

-Para ésta sí tiene sentido.

El escritor se marchó un tanto desconcertado, no podía explicarse una conducta así. Esa tarde no tuvo inspiración para escribir y en la noche no durmió bien, soñaba con el joven y las estrellas de mar por encima de las olas. A la mañana siguiente corrió a la playa, buscó al joven y le ayudó a salvar estrellas.

Encuentro con el diablo, Cuento sufí

Cierto hombre devoto, convencido de que era un sincero buscador de la Verdad, se sometió a un largo curso de disciplina y estudio.

Tuvo muchas experiencias con varios maestros, tanto en su vida interna como externa, por un periodo considerable de tiempo.

Un día meditando, vio de pronto al diablo sentado a su lado.

Aléjate, demonio – gritó -, tú no tienes ningún poder para dañarme, pues yo estoy siguiendo el Camino de los Elegidos.

La aparición se esfumó.

Un verdadero sabio que pasaba por allí, le dijo con tristeza:

¡Ay, amigo! Has puesto tus esfuerzos sobre bases tan inseguras como tu miedo inalterado, tu avaricia y tu autoestima, y has llegado a tu última experiencia posible.

¿Y por qué? – preguntó el buscador.

Ese diablo es en realidad un ángel. Diablo es como tú lo has visto.

El pan, Nuzhetol Udeba

ANDREA_DA_FIRENZE

Andrea da Firenze

Un musulmán, un cristiano y un judío van de viaje; agotaron sus provisiones y aún les quedan dos días de camino por el desierto. Esa noche encuentran un pan. ¿Qué hacer? Bastaría para uno, pero es poco para tres. Deciden que lo coma el que tenga el sueño más hermoso. A la mañana dijo el cristiano: Soñé que un demonio me llevaba al infierno, al que pude apreciar en todo su horror. Dijo el musulmán: Soñé que el ángel Gabriel me llevaba al paraíso, al que pude apreciar en todo su esplendor. Dijo el judío: Soñé que un demonio llevaba al cristiano al infierno y que el ángel Gabriel llevaba al musulmán al paraíso, y me comí el pan.

El árbol de la felicidad, Tradición Sufí

dingodave

Dingodave

Cuentan que hace muchos, muchos años un peregrino tras caminar durante infinitas jornadas bajo el implacable sol de India deseó en su corazón poder descansar a la sombra de un árbol que le diera cobijo. Y así fue que, de pronto, divisó a lo lejos un frondoso árbol solitario en medio de la planicie. Cubierto de sudor y tambaleándose sobre sus fatigados pies se encaminó alegremente hacia el árbol que hacia realidad su deseo. Al fin podré descansar, pensó, mientras se abría paso entre sus tupidas ramas que llegaban hasta el suelo. ¿Qué más podría desear? Tendiéndose sobre la tierra en su refugio vegetal trató de conciliar el sueño, pero el suelo estaba duro y mientras más el peregrino trataba de ignorarlo y descansar, más duro le parecía el suelo sobre el que estaba.

-Si al menos tuviera una cama, pensó.

Al momento surgió una imponente cama, con impolutas sábanas de seda, digna de un sultán. Brocados, lujosos tejidos de Samarkanda y las más suaves pieles cubrían el lecho. Y es que, sin saberlo, el peregrino había ido a sentarse bajo el mítico árbol de los deseos.

Aquel árbol milagroso que es capaz de convertir en realidad cualquier deseo expresado bajo sus ramas.

El hombre se acostó en el mullido lecho relajándose.

-¡Oh, qué a gusto me siento, lástima del hambre que tengo! –pensó-, y ante él apareció una espléndida mesa cubierta con la más sabrosa de las comidas, con ricos y variados platos exquisitamente preparados y servidos en la más extravagante de las vajillas. Sobre las más finas telas imbricadas de hilos preciosos se mezclaban oro, plata y finísimo cristal con las más exóticas frutas y lujuriosos postres. Todas estas maravillas tomaron forma ante sus asombrados ojos. Todo aquello con lo que siempre había soñado en las solitarias noches de su largo peregrinar estaba ahora ante él.

El peregrino comía y comía con el temor de que tal prodigio desapareciera en el aire tan súbitamente como había aparecido. Pero, cuanto más comía, más comida aparecía. Y cada nuevo manjar era aún más sabroso y exquisito que el anterior. Finalmente dijo:

-Ya no puedo más y en ese mismo momento la mesa con todas sus maravillas se desvaneció en el aire.

Es maravilloso, pensó, mientras un sentimiento de felicidad le embargaba. No me moveré de aquí y seré por siempre feliz. Pero, de pronto, una idea terrible surcó su mente:

-Claro que esta planicie es famosa por sus feroces tigres. ¿Qué sucedería si un tigre me descubriese? Sería terrible morir, después de finalmente haber encontrado el árbol de la felicidad. Fue la milésima de una fracción de segundo, pero bastó. Cumpliendo su deseo, en aquel momento surgió de la nada un terrible tigre que lo devoró.


La paloma decente, Cuento sufí

x

Nasrudín llegó a ser primer ministro. Cierta mañana vio por primera vez a un halcón real. Jamás había visto un pájaro como ése. Tomó unas tijeras, cortó las garras, las alas y el pico del halcón.

___ Ahora sí pareces una paloma decente. Tu amo debería avergonzarse; te ha tenido muy descuidado


El infierno, Tradición Sufí

Gino Severini

Todo un grupo de gente murió al mismo tiempo en una catástrofe y se sorprendieron al encontrarse en un mundo muy similar a éste. Tenían a su disposición todo tipo de entretenimientos y todas las facilidades posibles. Se asombraron al descubrir que estaban en el infierno. Aquellos que querían vidas excitantes las tuvieron. La gente que deseaba mucho dinero lo obtenía. Se alcanzaban ambiciones de todos los tipos. Un día conocido como el Día de las Quejas, un grupo de condenados se dirigió al demonio controlador y dijeron: -Llevamos una vida maravillosa: fiestas, riquezas, excitación, pero parece como si nos estuviésemos desgastando, nos volvemos poco atractivos unos a otros y lentamente vamos perdiendo las pertenencias que nos llegan tan fácilmente… –

Sí, -dijo el diablo- ¿a qué es infernal?