Breve encuentro, Manuel Pastrana Lozano

¿La molesto, si le pregunto… –lo miró sin sorpresa, quién sabe cuántas veces habían viajado juntos siguiendo siempre el mismo trayecto, frente a frente y en el mismo vagón. Era la primera vez que le hablaba. Ahora ella leía–. Tengo curiosidad por saber qué está usted leyendo, debe de ser un relato interesante.

En verdad, eso no era más que un simple pretexto, desde hacía ya un tiempo se había convertido para él en una obsesión porfiada poder acercarse y conocer a esa mujer joven, de una belleza perturbadora, y tal vez iniciar una aventura fascinante que pudiese cambiar su destino.

Le sonrió, estiró su mano fina y le acercó el libro. Era una edición bien cuidada, formato de bolsillo, de pocas páginas, parecía ser un relato corto. En su portada, un título insípido: “Breve encuentro”, que no le impresionó mayormente.

Ya lo he terminado –le dijo con suavidad mirándolo a los ojos–. Puede usted quedárselo, no acostumbro guardar libros, generalmente los regalo después de que los leo. No le contaré la trama, podría ser que no le guste y decida devolvérmelo en otra ocasión.

En ningún caso, por favor – contestó sonriendo complacido, mientras guardaba el libro en un bolsillo de su abrigo.

Antes de bajarse, le preguntó su nombre.

Ana – dijo simplemente.

Andrés –le dijo en voz baja mientras estrechaba su mano–, y escribo cuentos –agregó–. Espero verla en el próximo viaje… tal vez podríamos conversar sobre el libro y…

Le quedaba todavía un buen trecho antes de bajarse y caminar hasta su casa editora. “Aprovecharé para hojearlo” –se dijo. Leyó rápido sus escasas páginas. La historia era muy simple: un breve encuentro de dos desconocidos que viajan en el mismo tren todos los días. De un hombre profundamente atraído por la belleza de esa mujer de rostro amable y ojos azulinos, de su intento amoroso fallido, de una mujer que vuelve a su hogar junto a su marido y de un hombre solitario que se aleja con destino incierto. Andrés dejó el libro en el asiento, bajó del tren, y en vez de dirigirse a la editorial caminó titubeando sin estar seguro de regresar a casa. Nunca más supo de Ana.

Amanecer, Roberto Bolaño

Créeme, estoy en el centro de mi habitación

esperando que llueva. Estoy solo. No me importa

terminar o no mi poema. Espero la lluvia,

tomando café y mirando por la ventana un bello paisaje

de patios interiores, con ropas colgadas y quietas,

silenciosas ropas de mármol en la ciudad, donde no existe

el viento y a lo lejos sólo se escucha el zumbido

de una televisión en colores, observada por una familia

que también, a esta hora, toma café reunida alrededor

de una mesa: créeme: las mesas de plástico amarillo

se desdoblan hasta la línea del horizonte y más allá:

hacia los suburbios donde construyen edificios

de departamentos, y un muchacho de 16 sentado sobre

ladrillos rojos contempla el movimiento de las máquinas.

El cielo en la hora del muchacho es un enorme

tornillo hueco con el que la brisa juega. Y el muchacho

juega con ideas. Con ideas y con escenas detenidas.

La inmovilidad es una neblina transparente y dura

que sale de sus ojos.

Créeme: no es el amor el que va a venir,

sino la belleza con su estola de albas muertas.

 

Sobrevivir a tanto golpe, Margarita Schultz

Ernst Fuchs

Sobrevivir a tanto golpe

como si todo naciera para morir

y se impusiera

el negro sabor de la muerte

como única verdad inobjetable

inocentes ilusiones de vida

se yerguen fútiles y transitorias

qué caminos toma la esperanza

entonces…

ni tan solo son encrucijadas

ella, la esperanza

va a dar en callejones sin salida

ignorante

de la inutilidad de sus fueros

y

frente a la violencia visceral

esa violencia imparable

no recaba experiencia alguna

ni resignación sensata

ella, la esperanza

pretende sobrevivir

a tanto golpe

a cada herida

a toda la sangre derramada

Otro cuento ruso, Roberto Bolaño

En cierta ocasión, después de discutir con un amigo acerca de la identidad peregrina del arte, Amalfitano le refirió una historia que a él le contaron en Barcelona. La historia versaba sobre un sorche de la División Azul española que combatió en la Segunda Guerra Mundial, en el frente ruso, más concretamente en el Grupo de Ejércitos Norte, en una zona cercana a Novgorod.

El sorche era un sevillano bajito, delgado como un palillo y de ojos azules que por esas cosas de la vida (no era un Dionisio Ridruejo ni siquiera un Tomás Salvador, y cuando había que saludar a la romana saludaba, pero tampoco era propiamente un fascista o un falangista) fue a parar a Rusia. Allí, sin que sepa quién empezó, alguien le dijo sorche ven para acá o sorche haz esto o lo otro y al sevillano se le quedó en la cabeza la palabra sorche, pero en la parte oscura de la cabeza, y en ese lugar tan grande y desolador con el paso del tiempo y los sustos diarios se transformó en la palabra chantre. No sé cómo ocurrió, supongamos que se activó un mecanismo infantil, un recuerdo feliz que esperaba su oportunidad para volver.

De modo que el andaluz pensaba sobre sí mismo en los términos y obligaciones de un chantre aunque conscientemente no tenía idea del significado de esta palabra que designa al encargado del coro en algunas catedrales. Pero de alguna manera, y esto es lo notable, a fuerza de pensarse chantre se convirtió en chantre. Durante la terrible navidad del 41 se hizo cargo del coro que cantaba villancicos mientras los rusos machacaban a los del Regimiento 250. En su memoria estos días están llenos de ruido (ruidos secos, constantes) y de una alegría subterránea y un poco fuera de foco. Cantaban, pero era como si las voces llegaran después o incluso antes, y los labios, las gargantas, los ojos de los cantores muchas veces se deslizaban por una suerte de fisura de silencio, en un viaje brevísimo pero igualmente extraño.

Por lo demás, el sevillano se comportó como un valiente, con resignación, aunque el humor se le fue agriando con el paso del tiempo.

No tardó en probar su cuota de sangre. Una tarde, como al descuido, lo hirieron y durante dos semanas permaneció internado en el Hospital Militar de Riga al cuidado de robustas y sonrientes enfermeras del Reich incrédulas ante el color de sus ojos y de algunas feísimas enfermeras españolas voluntarias, probablemente hermanas, cuñadas o primas lejanas de José Antonio.

Cuando lo dieron de alta sucedió algo que para el sevillano tendría graves consecuencias: en vez de recibir un billete con el destino correcto le dieron uno que lo llevó a los cuarteles de un batallón de las SS destacado a unos trescientos kilómetros de su regimiento. Allí, rodeado de alemanes, austríacos, letones, lituanos, daneses, noruegos y suecos, todos mucho más altos y fuertes que él, intentó deshacer el equívoco utilizando un alemán rudimentario, pero los SS le dieron largas y mientras se aclaraba el asunto lo pusieron con una escoba a barrer el cuartel y con un cubo de agua y un estropajo a fregar la oblonga y enorme instalación de madera en donde retenían, interrogaban y torturaban a toda clase de prisioneros.

Sin resignarse del todo, pero cumpliendo con su nueva tarea a conciencia, el sevillano vio pasar el tiempo desde su nuevo cuartel, comiendo mucho mejor que antes y sin exponerse a nuevos peligros, ya que el batallón de las SS estaba destinado en la retaguardia, en lucha contra aquellos a quienes llamaban bandidos. Entonces, en el lado oscuro de su cabeza volvió a hacerse legible la palabra sorche. Soy un sorche, se dijo, un recluta bisoño y debo aceptar mi destino. La palabra chantre, poco a poco, desapareció, aunque algunas tardes, bajo un cielo sin límites que lo llenaba de nostalgias sevillanas, resonaba aún por allí, perdida quién sabe dónde. Una vez escuchó cantar a unos soldados alemanes y la recordó, otra vez escuchó cantar a un niño detrás de unas matas y la volvió a recordar, esta vez de forma más precisa, pero cuando dio la vuelta a los arbustos el niño ya no estaba.

Un buen día ocurrió lo que tenía que ocurrir. El cuartel del batallón de las SS fue asaltado y tomado por un regimiento de caballería ruso, según unos, por un grupo de partisanos, según otros. El combate fue corto y se decantó en seguida en contra de los alemanes. Al cabo de una hora los rusos encontraron al sevillano escondido en el edificio oblongo, vestido con el uniforme de auxiliar de las SS y rodeado de las no tan pretéritas infamias allí cometidas. Como quien dice, con las manos en la masa. No tardó en ser atado a una de las sillas que los SS usaban en los interrogatorios, una de esas sillas con correas en las patas y en los reposos y a todo lo que los rusos preguntaban él respondía en español que no entendía y que allí sólo era un mandado. También intentó decirlo en alemán, pero en este idioma apenas conocía cuatro palabras y los rusos ninguna. Éstos, tras una rápida sesión de bofetadas y patadas, fueron a buscar a uno que sabía alemán y que se dedicaba a interrogar prisioneros en otra de las celdas del edificio oblongo. Antes de que regresaran el sevillano escuchó disparos, supo que estaban matando a algunos de los SS y perdió las esperanzas de salir bien librado que aún tenía; no obstante, cuando los disparos cesaron volvió a aferrarse a la vida con todo su ser. El que sabía alemán le preguntó qué hacía allí, cuál era su función y su grado. El sevillano, en alemán, intentó explicarlo, pero en vano. Los rusos entonces le abrieron la boca y con unas tenazas que los alemanes destinaban para otras partes de la anatomía empezaron a tirar y a apretar su lengua. El dolor que sintió lo hizo lagrimear y dijo, o más bien gritó, la palabra coño. Con las tenazas dentro de la boca el exabrupto español se transformó y salió al espacio convertido en la ululante palabra kunst.

El ruso que sabía alemán lo miró extrañado. El sevillano gritaba kunst, kunst, y lloraba de dolor. La palabra kunst, en alemán, quiere decir arte y el soldado bilingüe así lo entendió y dijo que aquel hijo de puta era un artista o algo parecido. Los que torturaban al sevillano retiraron la tenaza con un trocito de lengua y esperaron, momentáneamente hipnotizados por el descubrimiento. La palabra arte. Lo que amansa a las fieras. Y así, como fieras amansadas, los rusos se dieron un respiro y esperaron alguna señal mientras el sorche sangraba por la boca y tragaba su sangre mezclada con grandes dosis de saliva y se ahogaba. La palabra coño, metamorfoseada en la palabra arte, le había salvado la vida. Cuando salió del edificio oblongo el sol estaba ocultándose pero le hirió los ojos como si hubiera sido mediodía.

Se lo llevaron con el resto escaso de prisioneros y poco después otro ruso que sabía español pudo escuchar su historia y el sevillano fue a parar a un campo de prisioneros en Siberia mientras sus accidentales compañeros de iniquidades eran pasados por las armas. En Siberia estuvo hasta bien entrada la década del cincuenta. En 1957 se instaló en Barcelona. A veces abría la boca y contaba sus batallitas con muy buen humor. Otras abría la boca y mostraba a quien quisiera verlo el trozo de lengua que le faltaba. Apenas era perceptible. El sevillano, cuando se lo decían, explicaba que la lengua con los años le había crecido. Amalfitano no lo conoció personalmente, pero cuando le contaron la historia el sevillano todavía vivía en una portería de Barcelona.

El secreto, Raquel Jodorowsky

Francesco Russo

Ha pasado un siglo.

Un día alguien levantará

una piedra abandonada

para estudiar

el pasado del mundo.

Y ahí debajo, ensombrecido

estará mi poema.

Nadie sabrá repetirlo.

Sobre la tierra, nuevos hombres

nuevos sonidos, nuevos poetas

van trabajando y cantan.

Así mis lágrimas quedarán

en secreto para siempre.

Y yo estaré feliz, con mi pena sólo mía

en un poema que no puede ya contaminar.

Impronunciada, inexistente

Sólo heredando el peso de las piedras…

 

Si tengo que encontrarme en este cuerpo desnudo, Damsi Figueroa Verdugo

Tetjus Otto Tugel
Tetjus Otto Tugel

Que la cita sea a ciegas y a solas,

en el bosque, sobre y bajo el gran abrazo de las hojas

o en el templo invisible del desierto.

Si he de hallarme y decir aquí estoy,

metida en esta carne moribunda;

que no hayan más espejos que mis ojos

ni más ojos que los claros de las nubes.

Entraré en mí .

Y una vez dentro de este témpano de sangre

cerraré con fuerza hasta la grieta más oscura.

No me extraviaré en el rito de amarme.

Solo diré al viento: Traedme

la mortaja de silencios que tejí.

 

Jim, Roberto Bolaños

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Hace muchos años tuve un amigo que se llamaba Jim y desde entonces nunca he vuelto a ver a un norteamericano más triste. Desesperados he visto muchos. Tristes, como Jim, ninguno. Una vez se marchó a Perú, en un viaje que debía durar más de seis meses, pero al cabo de poco tiempo volví a verlo. ¿En qué consiste la poesía, Jim?, le preguntaban los niños mendigos de México. Jim los escuchaba mirando las nubes y luego se ponía a vomitar. Léxico, elocuencia, búsqueda de la verdad. Epifanía. Como cuando se te aparece la Virgen. En Centroamérica lo asaltaron varias veces, lo que resultaba extraordinario para alguien que había sido marine y antiguo combatiente en Vietnam. No más peleas, decía Jim. Ahora soy poeta y busco lo extraordinario para decirlo con palabras comunes y corrientes. ¿Tú crees que existen palabras comunes y corrientes? Yo creo que sí, decía Jim. Su mujer era una poeta chicana que amenazaba, cada cierto tiempo, con abandonarlo. Me mostró una foto de ella. No era particularmente bonita. Su rostro expresaba sufrimiento y debajo del sufrimiento asomaba la rabia. La imaginé en un apartamento de San Francisco o en una casa de Los Ángeles, con las ventanas cerradas y las cortinas abiertas, sentada a la mesa, comiendo trocitos de pan de molde y un plato de sopa verde. Por lo visto a Jim le gustaban las morenas, las mujeres secretas de la historia, decía sin dar mayores explicaciones. A mí, por el contrario, me gustaban las rubias. Una vez lo vi contemplando a los tragafuegos de las calles del DF. Lo vi de espaldas y no lo saludé, pero evidentemente era Jim. El pelo mal cortado, la camisa blanca y sucia, la espalda cargada como si aún sintiera el peso de la mochila. El cuello rojo, un cuello que evocaba, de alguna manera, un linchamiento en el campo, un campo en blanco y negro, sin anuncios ni luces de estaciones de gasolina, un campo tal como es o como debería ser el campo: baldíos sin solución de continuidad, habitaciones de ladrillo o blindadas de donde hemos escapado y que esperan nuestro regreso. Jim tenía las manos en los bolsillos. El tragafuegos agitaba su antorcha y se reía de forma feroz. Su rostro, ennegrecido, decía que podía tener treintaicinco años o quince. No llevaba camisa y una cicatriz vertical le subía desde el ombligo hasta el pecho. Cada cierto tiempo se llenaba la boca de líquido inflamable y luego escupía una larga culebra de fuego. La gente lo miraba, apreciaba su arte y seguía su camino, menos Jim, que permanecía en el borde de la acera, inmóvil, como si esperara algo más del tragafuegos, una décima señal después de haber descifrado las nueve de rigor, o como si en el rostro tiznado hubiera descubierto la cara de un antiguo amigo o de alguien que había matado. Durante un buen rato lo estuve mirando. Yo entonces tenía dieciocho o diecinueve años y creía que era inmortal. Si hubiera sabido que no lo era, habría dado media vuelta y me hubiera alejado de allí. Pasado un tiempo me cansé de mirar la espalda de Jim y los visajes del tragafuegos. Lo cierto es que me acerqué y lo llamé. Jim pareció no oírme. Al volverse observé que tenía la cara mojada de sudor. Parecía afiebrado y le costó reconocerme: me saludó con un movimiento de cabeza y luego siguió mirando al tragafuegos. Cuando me puse a su lado me di cuenta de que estaba llorando. Probablemente también tenía fiebre. Asimismo descubrí, con menos asombro con el que ahora lo escribo, que el tragafuegos estaba trabajando exclusivamente para él, como si todos los demás transeúntes de aquella esquina del DF no existiéramos. Las llamaradas, en ocasiones, iban a morir a menos de un metro de donde estábamos. ¿Qué quieres, le dije, que te asen en la calle? Una broma tonta, dicha sin pensar, pero de golpe caí en que eso, precisamente, esperaba Jim. Chingado, hechizado / Chingado, hechizado, era el estribillo, creo recordar, de una canción de moda aquel año en algunos hoyos funkis. Chingado y hechizado parecía Jim. El embrujo de México lo había atrapado y ahora miraba directamente a la cara a sus fantasmas. Vámonos de aquí, le dije. También le pregunté si estaba drogado, si se sentía mal. Dijo que no con la cabeza. El tragafuegos nos miró. Luego, con los carrillos hinchados, como Eolo, el dios del viento, se acercó a nosotros. Supe, en una fracción de segundo, que no era precisamente viento lo que nos iba a caer encima. Vámonos, dije, y de un golpe lo despegué del funesto borde de la acera. Nos perdimos calle abajo, en dirección a Reforma, y al poco rato nos separamos. Jim no abrió la boca en todo el tiempo. Nunca más lo volví a ver.

Fotografía: Yuri Bonder


El alma de la máquina, Baldomero Lillo

04

La silueta del maquinista con su traje de dril azul se destaca desde el amanecer hasta la noche en lo alto de la plataforma de la máquina. Su turno es de doce horas consecutivas.

Los obreros que extraen de los ascensores los carros de carbón míranlo con envidia no exenta de encono. Envidia, porque mientras ellos abrasados por el sol en el verano y calados por las lluvias en el invierno forcejean sin tregua desde el brocal del pique hasta la cancha de depósito, empujando las pesadas vagonetas, él, bajo la techumbre de zinc no da un paso ni gasta más energía que la indispensable para manejar la rienda de la máquina.

Y cuando, vaciado el mineral, los tumbadores corren y jadean con la vaga esperanza de obtener algunos segundos de respiro, a la envidia se añade el encono, viendo cómo el ascensor los aguarda ya con una nueva carga de repletas carretillas, mientras el maquinista, desde lo alto de su puesto, parece decirles con su severa mirada:

-¡Más a prisa, holgazanes, más a prisa!

Esta decepción que se repite en cada viaje, les hace pensar que si la tarea les aniquila, culpa es de aquel que para abrumarles la fatiga no necesita sino alargar y encoger el brazo.

Jamás podrán comprender que esa labor que les parece tan insignificante, es más agobiadora que la del galeote atado a su banco. El maquinista, al asir con la diestra el mango de acero del gobierno de la máquina, pasa instantáneamente a formar parte del enorme y complicado organismo de hierro. Su ser pensante conviértese en autómata. Su cerebro se paraliza. A la vista del cuadrante pintado de blanco, donde se mueve la aguja indicadora, el presente, el pasado y el porvenir son reemplazados por la idea fija. Sus nervios en tensión, su pensamiento todo se reconcentra en las cifras que en el cuadrante representan las vueltas de la gigantesca bobina que enrolla dieciséis metros de cable en cada revolución.

Como las catorce vueltas necesarias para que el ascensor recorra su trayecto vertical se efectúan en menos de veinte segundos, un segundo de distracción significa una revolución más, y una revolución más, demasiado lo sabe el maquinista, es: el ascensor estrellándose, arriba, contra las poleas; la bobina, arrancada de su centro, precipitándose como un alud que nada detiene, mientras los émbolos, locos, rompen las bielas y hacen saltar las tapas de los cilindros. Todo esto puede ser la consecuencia de la más pequeña distracción de su parte, de un segundo de olvido.

Por eso sus pupilas, su rostro, su pensamiento se inmovilizan. Nada ve, nada oye de lo que pasa a su rededor, sino la aguja que gira y el martillo de señales que golpea encima de su cabeza. Y esa atención no tiene tregua. Apenas asoma por el brocal del pique uno de los ascensores, cuando un doble campanillazo le avisa que, abajo, el otro espera ya con su carga completa. Estira el brazo, el vapor empuja los émbolos y silba al escaparse por las empaquetaduras, la bobina enrolla acelerada el hilo del metal y la aguja del cuadrante gira aproximándose velozmente a la flecha de parada. Antes que la cruce, atrae hacia sí la manivela y la máquina se detiene sin ruido, sin sacudidas, como un caballo blando de boca.

Y cuando aún vibra en la placa metálica el tañido de la última señal, el martillo la hiere de nuevo con un golpe seco, estridente a la vez. A su mandato imperioso el brazo del maquinista se alarga, los engranajes rechinan, los cables oscilan y la bobina voltea con vertiginosa rapidez. Y las horas suceden a las horas, el sol sube al cénit, desciende; la tarde llega, declina, y el crepúsculo, surgiendo al ras del horizonte, alza y extiende cada vez más a prisa su penumbra inmensa.

De pronto un silbido ensordecedor llena el espacio. Los tumbadores sueltan las carretillas y se yerguen briosos. La tarea del día ha terminado. De las distintas secciones anexas a la mina salen los obreros en confuso tropel. En su prisa por abandonar los talleres se chocan y se estrujan, mas no se levanta una voz de queja o de protesta: los rostros están radiantes.

Poco a poco el rumor de sus pasos sonoros se aleja y desvanece en la calzada sumida en las sombras. La mina ha quedado desierta.

Sólo en el departamento de la máquina se distingue una confusa silueta humana. Es el maquinista. Sentado en su alto sitial, con la diestra apoyada en la manivela, permanece inmóvil en la semioscuridad que lo rodea. Al concluir la tarea, cesando bruscamente la tensión de sus nervios, se ha desplomado en el banco como una masa inerte.

Un proceso lento de reintegración al estado normal se opera en su cerebro embotado. Recobra penosamente sus facultades anuladas, atrofiadas por doce horas de obsesión, de idea fija. El autómata vuelve a ser otra vez una criatura de carne y hueso que ve, que oye, que piensa, que sufre.

El enorme mecanismo yace paralizado. Sus miembros potentes, caldeados por el movimiento, se enfrían produciendo leves chasquidos. Es el alma de la máquina que se escapa por los poros del metal, para encender en las tinieblas que cubren el alto sitial de hierro, las fulguraciones trágicas de una aurora toda roja desde el orto hasta el cénit.

Las muertas, Florencia Smiths

Svetlana Bobrova
Tú me vas
Tú me vas a venir a decir
Tú me vas a venir a decir a mí
Que estoy prestada
Que no puedo parir
Ni por la boca
Ni por el vientre
Que no puedo hacerme la renuncia
A mi debilidad
Que no puedo asomarme a esa casa
Morbosa
Donde la muerte hizo de su cuerpo
Un hijo de ninguna vida
Donde justo en el centro de la herida
infecta
Me esta creciendo una plaga que no se
parece a ninguna de las mil
Y esa ruina
Me esta llenando una palabra entera por
dentro
y al mismo tiempo me esta perforando
Justo ahí
Donde nada de mí se parece a nada de ti ni
de nadie
Tú acaso
Alguna vez
como nula vez
me vas a venir a decir
Que tengo la voz hecha un hilo
apenas un silbido de páramo desierto
apenas un cuchillo y una tocadura
accidental
y que si no fuera por esta sordina de voz
que me queda
No podría reconocérseme el silencio
nefasto que aguardo
Porque estoy prestada
Porque no sé decirme dejar de expeler así
Porque no sé darme de comer cuando
hace frío
Porque no sé abrigarme cuando nadie me
conoce
Porque no sé mentirme cuando los hechos
están abiertos ante mi
Porque no sé colmarme si apenas me
soporto
tampoco sé sostenerme si malamente me
paro en amargo
Porque no sé cantarme la duda tal como
viene
Porque no sé conducirme sin estos gestos
pesados de la mente
Porque no conozco la adaptación sino a un
margen
Porque no puedo soslayarme ante mis
huidas
Porque no puedo ocultar la marca que
castiga a mi cuerpo
y sin embargo me ato el paso
y sin embargo me cuezo la demora sin
irme
Porque no convengo decir atenerme
deberme obedecerme
En alguna parte del resto del miedo
Ese cadáver y ese mundo
mal se leen
Porque no doy altura ni asco suficiente
Para dejar de expelerme así
Para dejar de manifestar esta arcaica sola
manera
Para dejar de estar siempre
en la parálisis
en la fractura
en el hueso desfasado
en el frío tarde y atiborrado de surcos
Y me doblo
Tan tensa como me soy me doblo
y sé guardarme
Aunque a veces me sobrevenga el riesgo
de partirme
me doblo y me incomodo y pareciera que
fuese a quedarme así en el desajuste
y sigo ensayando hasta hincharme y
endurecerme
y quizá mutilarme sin verme
mientras tú
Tú vas
Tú me vas
Tú me fuiste a decir
Tú me quisiste
decir
que No
que esta parte mía
como ajena me es
no saca no corta no duele no aguanta
cuando se la golpea
Tú me hiciste decir
que yo lo quise
que sin mí no habría catástrofe
y yo, Catástrofe
y el crimen
y mi ancho paladar abierto
y mis costillas duras
y mi aliento suicida
y mi parte mas abierta
se borrarán de una memoria debilitada
cuando amanezca
Tú me hiciste repetir
que no
Que sin mí ni mi suceso
No habría cárcel de carne
No habría ventanas selladas ni puertas
descerrajadas
Que sin este porte ni este género
No habría las ganas
De más
Es por esto que ahora vienes
Te allegas sosteniéndome en las muñecas
Y así
Toda cosida como estoy
No te hablo
No sé hablar cuando tengo la lengua rota
Y nadie se acerca para abrirme
Para que salga esa espera
Esa tortura
Esa palabra que me creció hinchada
Y que dice No
Que se dice No
Que se sabe No
Que se inventa No
He de aprender a darme
A mentirme
A abrigarme
A decirme
A cantarme
A conducirme
A definirme
Esos son verbos que nunca olvidamos
Es sólo que la historia nos hizo suponerlo
Es solo que no estaba contemplado
demorarse
Ni que el día de hoy nos dieran en llamar
Las Muertas

La Compañía del Camino, Roberto Bolaño.

roberto_bolano_chile_homenaje-movilLo que hemos amado cambia. A veces nuestros ojos ya no ven el resplandor, pero el resplandor sigue allí. Sabemos que ni las palabras ni los trabajos que nos desgastan cotidianamente podrán servirnos para seguir adelante, cuando las bellas viajeras se han ido, y si miramos los días sólo veremos manchas dejando una estela de vacío en los párpados del que tiene sueño. Y no es hora de pensar, por ejemplo, en los que se levantan a las 5 de la mañana para ser explotados en las fábricas, sino en que también los compañeros se han sentido solos. Todos amamos, en los dormitorios de todos está pintada la ignorancia, nuestra oscuridad que balbucea y gruñe, nuestra luz inmóvil que habla en sueños. Afuera de nuestras zonas llueve y también el alma del que está triste, y no encontramos aún la manera de unir los dos bosques. Los dos bosques llenos de movimiento. El amor y su ausencia nos hacen ver todas las aventuras desde una ventana increíblemente alta, casi al final de un rascacielos de pequeñas cositas tibias que se van helando en la memoria. Es bueno que ese edificio exista, y es bueno mirar por esa ventana confundidos entre nuestra tristeza personal y el vértigo. Pero los museos suelen ser horribles y poco compatibles con las bellas viajeras. Nada tenemos, todo se acaba. Cuántos amigos les han dicho eso a sus amigos una tarde cualquiera. Pero yo sólo tengo estos versos. Nada queda sino nuestra ternura. Ese incendio gratuito: una forma de morir en un universo que no muere nunca (a ver si lo entiendes). Sabemos que las palabras pueden ser cambiadas, tampoco es la memoria una hilera de pinturas viejas. El amor, y su ausencia, a veces más amorosa que el amor mismo, nos devuelve nuestros cuerpos. Lo que hemos querido tanto sólo cambia, el resplandor continúa, también nosotros debemos cambiar y continuar, como los pájaros en los vientos del Norte y del Sur. Nada queda, pero tal vez nuestra ternura ya estaba allí, antes que la ilusión del vacío, tal vez nuestras contradicciones son como lunas en el final de la noche, tal vez la bella viajera no está muy lejos todavía, y si corres la alcanzas, desesperada, alegremente, un minuto o unos días o una estación completa del año, compartir con ella libremente el camino, sin que haya muerte en este poema para ti, ni en ti, ni en ella.

La joven del abrigo largo, Vicente Huidobro

Henry P. RALEIGHCruza todos los días la plaza en el mismo sentido.

Es hermosa. Ni alta ni baja, tal vez un poco gruesa. Grandes ojos, nariz regular, boca madura que azucara el aire y no quiere caer de la rama.

Sin embargo, tiene un gesto amargado y siempre lleva un abrigo largo y suelto. Aunque haga un calor excepcional. Esta prenda no cae jamás de su cuerpo. Invierno y verano, más grueso o más delgado, siempre el sobretodo como escondiendo algo. ¿Es que ella es tímida? ¿Es que tiene vergüenza de tanta calle inútil? ¿Ese abrigo es la fortaleza de un secreto sentimiento de inferioridad? No sería nada raro. Por eso tiene un estilo arquitectónico que no sabría definir, pero que, seguramente, cualquier arquitecto conoce.

Tal vez tiene el talle muy alto o muy bajo, o no tiene cintura. Tal vez quiere ocultar un embarazo, pero es un embarazo demasiado largo, de algunos años. O será para sentirse más sola o para que todas sus células puedan pensar mejor. Saborea un recuerdo dentro de ese claustro lejos del mundo.

Acaso quiere sólo ocultar que su padre cometió un crimen cuando ella tenía quince años.

Lo secreto, María Luisa Bombal

Di Benoit FournierSé muchas cosas que nadie sabe. Conozco del mar, de la tierra y del cielo infinidad de secretos pequeños y mágicos. Esta vez, sin embargo, no contaré sino del mar.

Aguas abajo, más abajo de la honda y densa zona de tinieblas, el océano vuelve a iluminarse. Una luz dorada brota de gigantescas esponjas, refulgentes y amarillas como soles. Toda clase de plantas y de seres helados viven allí sumidos en esa luz de estío glacial, eterno… Actinias verdes y rojas se aprietan en anchos prados a los que se entrelazan las transparentes medusas que no rompieran aún sus amarras para emprender por los mares su destino errabundo. Duros corrales blancos se enmarañan en matorrales estáticos por donde se escurren peces de un terciopelo sombrío que se abren y cierran blandamente, como flores. Veo hipocampos. Es decir, diminutos corceles de mar, cuyas crines de algas se esparcen en lenta aureola alrededor de ellos cuando galopan silenciosos. Y sé que si se llegaran a levantar ciertas caracolas grises de forma anodina puede encontrarse debajo a una sirenita llorando.

Y ahora recuerdo, recuerdo cuando de niños, saltando de roca en roca, refrenábamos nuestro impulso al borde imprevisto de un estrecho desfiladero. Desfiladero dentro del cual las olas al retirarse dejaran atrás un largo manto real hecho de espuma, de una espuma irisada, recalcitrante en morir y que susurraba, susurraba… algo así como un mensaje.

¿Entendieron ustedes entonces el sentido de aquel mensaje? No lo sé. Por mi parte debo confesar que lo entendí. Entendí que era el secreto de su noble origen que aquella clase de moribundas espumas trataban de suspirarnos al oído… -Lejos, lejos y profundo -nos confiaban- existe un volcán submarino en constante erupción. Noche y día su cráter hierve incansable y soplando espesas burbujas de lava plateada hacia la superficie de las aguas…

Pero el principal objetivo de estas breves líneas es contarles de un extraño, ignorado suceso, acaecido igualmente allá en lo bajo. Es la historia de un barco pirata que siglos atrás rodara absorbido por la escalera de un remolino, y que siguiera viajando mar abajo entre ignotas corrientes y arrecifes sumergidos. Furiosos pulpos abrazábanse mansamente a sus mástiles, como para guiarlo, mientras las esquivas estrellas de mar anidaban palpitantes y confiadas en sus bodegas. Volviendo al fin de su largo desmayo, el Capitán Pirata, de un solo rugido, despertó a su gente. Ordenó levar ancla. Y en tanto, saliendo de su estupor, todos corrieron afanados, el Capitán en su torre, no bien paseara una segunda mirada sobre el paisaje, empezó a maldecir. El barco había encallado en las arenas de una playa interminable, que un tranquilo claro de luna, color verde-umbrío, bañaba por parejo. Sin embargo había algo peor: Por doquiera revolviese el largavista alrededor del buque no encontraba mar.

-Condenado Mar -vociferó-. Malditas mareas que maneja el mismo Diablo. Mal rayo las parta. Dejarnos tirados costa adentro… para volver a recogernos quién sabe a qué siniestra malvenida hora…

Airado, volcó frente y televista hacia arriba, buscando cielo, estrellas y el cuartel de servicio en que velara esa luna de nefando resplandor. Pero no encontró cielo, ni estrellas, ni visible cuartel. Por Satanás. Si aquello arriba parecía algo ciego, sordo y mudo… Si era exactamente el reflejo invertido de aquel demoníaco, arenoso desierto en que habían encallado. Y ahora, para colmo, esta última extravagancia. Inmóviles, silenciosas, las frondosas velas negras, orgullo de su barco, henchidas allá en los mástiles cuan ancho eran… y eso que no corría el menor soplo de viento.

-A tierra. A tierra la gente -se le oye tronar por el barco entero-. Cargar puñales, salvavidas. Y a reconocer la costa.

La plancha prestamente echada, una tripulación medio sonámbula desembarca dócilmente; su Capitán último en fila, arma de fuego en mano. La arena que hollaran, hundiéndose casi al tobillo, era fina, sedosa, y muy fría. Dos bandos. Uno marcha al Este. El otro, al Oeste. Ambos en busca del Mar. Ha ordenado el Capitán. Pero…

-Alto -vocifera deteniendo el trote desparramado de su gente-. El Chico acá de guardarrelevo. Y los otros proseguir. Adelante. Y El Chico, un muchachito hijo de honestos pescadores, que frenético de aventuras y fechorías se había escapado para embarcarse en “El Terrible” (que era el nombre del barco pirata, así como el nombre de su capitán ), acatando órdenes, vuelve sobre sus pasos, la frente baja y como observando y contando cada uno de ellos.

-Vaya el lerdo… el patizambo… el tortuga -reta el Pirata una vez al muchacho frente a él; tan pequeño a pesar de sus quince años, que apenas si llega a las hebillas de oro macizo de su cinturón salpicado de sangre. “Niños a bordo” -piensa de pronto, acometido por un desagradable, indefinible malestar.

-Mi Capitán -dice en aquel momento El Chico, la voz muy queda-, ¿no se ha fijado usted que en esta arena los pies no dejan huella?

-¿Ni que las velas de mi barco echan sombra? -replica éste, seco y brutal.

Luego su cólera parece apaciguarse de a poco ante la mirada ingenua, interrogante con que El Chico se obstina en buscar la suya.

-Vamos, hijo -masculla, apoyando su ruda mano sobre el hombro del muchacho-. El mar no ha de tardar…

-Sí, señor -murmura el niño, como quien dice: Gracias.

Gracias. La palabra prohibida. Antes quemarse los labios. Ley de Pirata. “¿Dije Gracias?” -se pregunta El Chico, sobresaltado. “¡Lo llamé: hijo!” -piensa estupefacto el Capitán.

-Mi Capitán -habla de nuevo El Chico-, en el momento del naufragio…

Aquí el Pirata parpadea y se endereza brusco.

-…del accidente, quise decir, yo me hallaba en las bodegas. Cuando me recobro, ¿qué cree usted? Me las encuentro repletas de los bichos más asquerosos que he visto…

-¿Qué clase de bichos?

-Bueno, de estrellas de mar… pero vivas. Dan un asco. Si laten como vísceras de humano recién destripado… Y se movían de un lado para otro buscándose, amontonándose y hasta tratando de atracárseme…

-Ja. Y tú asustado, ¿eh?

-Yo, más rápido que anguila, me lancé a abrir puertas, escotillas y todo; y a patadas y escobazos empecé a barrerlas fuera. ¡Cómo corrían torcido escurriéndose por la arena! Sin embargo, mi Capitán, tengo que decirle algo… y es que noté… que ellas sí dejaban huellas…

El Terrible no contesta. Y lado a lado, ambos permanecen erguidos bajo esa mortecina verde luz que no sabe titilar, ante un silencio tan sin eco, tan completo, que de repente empiezan a oír. A oír y sentir dentro de ellos mismos el surgir y ascender de una marea desconocida. La marea de un sentimiento del que no atinan a encontrar el nombre. Un sentimiento cien veces más destructivo que la ira, el odio o el pavor. Un sentimiento ordenado, nocturno, roedor. Y el corazón a él entregado, paciente y resignado.

-Tristeza -murmura al fin El Chico, sin saberlo. Palabra soplada a su oído.

Y entonces, enérgico, tratando de sacudirse aquella pesadilla, el Capitán vuelve a aferrarse del grito y del mal humor.

-Chico, basta. Y hablemos claro, Tú, con nosotros, aprendiste a asaltar, apuñalar, robar e incendiar… sin embargo, nunca te oí blasfemar.

Pausa breve; luego bajando la voz, el Pirata pregunta con sencillez.

-Chico, dime, tú has de saber… ¿En dónde crees tú que estamos?

-Ahí donde usted piensa, mi Capitán -contesta respetuosamente el muchacho…

-Pues a mil millones de pies bajo el mar, caray -estalla el viejo Pirata en una de esas sus famosas, estrepitosas carcajadas, que corta súbito, casi de raíz.

Porque aquello que quiso ser carcajada resonó tremendo gemido, clamor de aflicción de alguien que, dentro de su propio pecho, estuviera usurpando su risa y su sentir; de alguien desesperado y ardiendo en deseo de algo que sabe irremisiblemente perdido.

Vuelvo, Inti-Illimani

Claude MonetCon cenizas, con desgarros,

con nuestra altiva impaciencia,

con una honesta conciencia,

con enfado, con sospecha,

con activa certidumbre

pongo el pie en mi país.

Y en lugar de sollozar,

de moler mi pena al viento,

abro el ojo y su mirar

y contengo el descontento.

Vuelvo hermoso, vuelvo tierno,

vuelvo con mi espera dura,

vuelvo con mis armaduras,

con mi espada, mi desvelo,

mi tajante desconsuelo,

mi presagio, mi dulzura.

Vuelvo con mi amor espeso,

vuelvo en alma y vuelvo en hueso

a encontrar la patria pura

al fin del último beso.

Vuelvo al fin sin humillarme,

sin pedir perdón ni olvido.

Nunca el hombre está vencido:

su derrota es siempre breve,

un estímulo que mueve

la vocación de su guerra,

pues la raza que destierra

y la raza que recibe

le dirán al fin que él vive

dolores de toda tierra.

Vuelvo hermoso, vuelvo tierno,

vuelvo con mi espera dura,

vuelvo con mis armaduras,

con mi espada, mi desvelo,

mi tajante desconsuelo,

mi presagio, mi dulzura.

Vuelvo con mi amor espeso,

vuelvo en alma y vuelvo en hueso

a encontrar la patria pura

al fin del último beso.

 

El amante japonés, Isabel Allende

1536RS_Utamaro_Lovers

En l912, Takao Fukuda había dejado a su familia y emigrado por razones metafísicas, pero ese factor había ido perdiendo importancia en sus evocaciones y a menudo se preguntaba por qué había tomado esa decisión tan drástica. El Japón se había abierto a la influencia extranjera y ya había muchos hombres jóvenes que se iban a otras partes buscando oportunidades, pero entre los Fukuda se consideraba el abandono de la patria como una traición irreparable. Provenían de una tradición militar, habían vertido su sangre por el Emperador durante siglos. Takao, por ser el único varón entre los cuatro niños que sobrevivieron a las pestes y accidentes de la infancia, era depositario del honor de la familia, responsable por sus padres y hermanas, y encargado de venerar a sus antepasados en el altar doméstico y en cada festividad religiosa. Sin embargo, a los quince años descubrió a Oomoto, el camino de los dioses, una nueva religión derivada del sintoísmo, que estaba tomando vuelo en Japón, y sintió que por fin había encontrado un mapa que guiara sus pasos en la vida. Según sus líderes espirituales, casi siempre mujeres, pueden haber muchos dioses, pero todos son esencialmente el mismo y no importa con qué nombres o rituales se les honre; dioses, religiones, profetas y mensajeros a lo largo de la historia provienen de la misma fuente: el Dios Supremo del Universo, el Espíritu Único, que impregna todo lo existente. Con ayuda de los seres humanos, Dios intenta purificar y reconstruir la armonía del universo y cuando esa tarea concluya, Dios, la humanidad y la naturaleza coexistirán amablemente en la tierra y en el ámbito espiritual. Takao se entregó de lleno a su fe. Oomoto predicaba la paz, alcanzable sólo a través de la virtud personal, y el joven comprendió que su destino no podía ser una carrera militar, como correspondía a los hombres de su estirpe. Irse lejos le pareció la única salida, porque quedarse y renunciar a las armas sería visto como imperdonable cobardía, la peor afrenta que podía hacerle a su familia. Trató de explicárselo a su padre y sólo consiguió romperle el corazón, pero expuso sus razones con tal fervor, que éste terminó por aceptar que perdería a su hijo. Los jóvenes que se iban, no regresaban más. El deshonor se lava con sangre. La muerte por la propia mano sería preferible, le dijo su padre, pero esa alternativa contradecía los principios de Oomoto.

Takao llegó en la costa de California con dos mudas de ropa, un retrato de sus padres coloreado a mano y la espada de samurai que había estado en su familia por siete generaciones. Su padre se la entregó en el momento de la despedida, porque no podía dársela a ninguna de sus hijas, y aunque el joven nunca fuera a usarla, le pertenecía según el orden natural de las cosas. Esa katana era el único tesoro que poseían los Fukuda, del mejor acero plegado y vuelto a plegar dieciséis veces por antiguos artesanos, con mango labrado de plata y bronce, en una vaina de madera decorada con laca roja y lámina de oro. Takao viajó con su katana envuelta en sacos para protegerla, pero su forma alargada y curva era inconfundible. Los hombres que convivieron con él en la cala del barco durante la fatigosa travesía lo trataron con la debida deferencia, porque el arma probaba que provenía de un linaje glorioso. Al desembarcar recibió ayuda inmediata de la minúscula comunidad Oomoto de San Francisco y a los pocos días obtuvo empleo de jardinero con un compatriota. Lejos de la mirada reprobatoria de su padre, para quien un soldado no se ensucia las manos con tierra, sólo con sangre, se dedicó a aprender el oficio con determinación y en poco tiempo se hizo de un buen nombre entre otros Isei que vivían de la agricultura. Era incansable en el trabajo, vivía frugal y virtuosamente, como exigía su religión, y en diez años ahorró los ochocientos dólares reglamentarios para encargar una esposa al Japón. La casamentera le ofreció tres candidatas y él se quedó con la primera, porque le gustó el nombre. Se llamaba Heideko. Takao fue a esperarla al muelle con su único traje, comprado de tercera mano y brillante en los codos y en las posaderas, pero de buena factura, con los zapatos lustrados y un sombrero panameño, adquirido en Chinatown. La novia migratoria resultó ser una campesina diez años menor que él, sólida de cuerpo, plácida de rostro, firme de temperamento y atrevida de lengua, mucho menos sumisa de lo que la casamentera le había anunciado, como se vio desde el primer momento. Una vez recuperado de la sorpresa, a Takao esa fortaleza de carácter le pareció una ventaja. Heideko llegó a California con muy pocas ilusiones. En el barco, donde compartió el reducido espacio que le asignaron con una docena de muchachas de su misma condición, había escuchado historias desgarradoras de vírgenes inocentes como ella, que desafiaban los peligros del océano para casarse con jóvenes pudientes en América, pero en el muelle las esperaban viejos pobretones, o en el peor de los casos, chulos que las vendían a los prostíbulos o como esclavas en fábricas clandestinas. No fue su caso, porque Takao Fukuda le había enviado un retrato reciente y no la engañó sobre su situación, le hizo saber que sólo podía ofrecerle una vida de esfuerzo y trabajo, pero honorable y menos penosa que la de su aldea del Japón. Tuvieron cuatro hijos, Charles, Megumi y James y años más tarde, cuando Heideko se creía a salvo de la fertilidad, les llegó Ichimei en l932, prematuro y tan débil, que lo dieron por perdido y no tuvo nombre en sus primeros meses. Su madre lo fortaleció como pudo con infusiones de hierbas, sesiones de acupuntura y agua fría, hasta que milagrosamente empezó a dar muestras de que iba a sobrevivir, entonces le dieron un nombre japonés, a diferencia de sus hermanos, que recibieron nombres anglos, fáciles de pronunciar en América. Lo llamaron Ichimei, que quiere decir: vida, luz, brillo o estrella, según el kanji o ideograma que se use para escribirlo. Desde los tres años el niño nadaba como congrio, primero en piscinas locales y después en las aguas heladas de la bahía de San Francisco. Su padre le templó el carácter con el trabajo físico, el amor a las plantas y las artes marciales.

Celos que matan, pero no tanto, Teresa Calderón

Aubrey Beardsley. Salomé1

Ya había visto sus ojos en los tuyos

que no me miran que se mueren por verla.

2

Era un desliz definitivo.

Desde un bolsillo de secretos

un nombre de mujer

tu letra un número

la prueba final en la estructura mítica del héroe

-consultar Villegas, Juan- desde el bolsillo

esa mujer

ese cuerpo de tus delitos.

3

Mañana marcaré ese número.

Repetiré la operación hasta dar con esa palomita.

Pienso decirle menos cosas de las que pienso.

Pero a ti, te lo advierto

nos encontraremos los tres y sean cuales fueren los resultados

te lo prometo

aquí va a haber un muerto

habrás un muerto en la familia

querido mío.

4

Como ves

o como no ves

estoy

pendiente de ti.

Estoy

el colmo de ti.

5

He aguzado el olfato

para husmearla mejor en tus camisas

en los jardines de tu pecho.

Si captaras la sutileza de mi oído

qué magnífico espectáculo

pegado a las puertas

el ojo a las cerraduras

como el náufrago a su tabla

y todo el océano para él solo.

6

Todos mis sentidos alerta pueden reconocerte

a una distancia de metros

bajo una niebla de película

en pleno centro de Santiago

a las doce del día en medio de la gente, animal.

todos mis sentidos alerta.

Dije todos menos el sentido del humor.

7

Cuídate de mí, maldito, porque te amo.

8

Más vale que te cuides.

Tú sabes una caída en la ducha

esas son caídas fatales me entiendes

un remedio de más o equivocado te fijas

un accidente casero cualquiera tiene en la vida

arreglabas un enchufe y ¡oh, sorpresa, Fiat Lux! me comprendes

o el cuchillo de cocina guardado adentro de la cama

o el gas lento pero seguro no olvidemos.

Por eso, cuídate mejor que te encuentre confesado

oleado sacramentado y todo si te descubro amadísimo héroe.

9

Te acaricio te araño con táctica felina

porque estás mintiéndome

porque te juro lo sé todo

aunque no digas ni pío.

10

Tardaría la noche entera enumerando

los espantos que te haría

si se confirman mis según tu miserable opinión–

infundadas sospechas.

No tienes idea la de horrores que soy capaz

mi vida

la infinidad de maleficios que prepararía en la cocina

hasta dar con esa pócima

que te pusiera fuera de combate.

11

En esta guerra sangrienta

las matemáticas están claramente de tu parte

yo soy una y una no es ninguna.

Ante una ventaja así no cabría más

que deponer esas armas con las que no cuento

y saludarlos con mis mejores deseos:

que sean tremendamente infelices que se pudran.

Quiero que reciban periódicamente

a la cigüeña cargada de imbunches

que no falten al himeneo las reinas de la muerte,

las parcas de infalibles tijeras

¡Oh, Mnémesis

diosa fantástica de la venganza!

El fornicio, Gonzalo Rojas

(10)Te besaré en la punta de las pestañas y en los pezones,
te turbulentamente besara,
mi vergonzosa, en esos muslos
de individua blanca, tacara esos pies
para otro vuelo más aire que ese aire
felino de tu fragancia, te dijera española
mía, francesa mía, inglesa, ragazza,
nórdica boreal, espuma
de la diáspora del Génesis… ¿Qué más
te dijera por dentro?
¿griega,
mi egipcia, romana
por el mármol?
¿fenicia,
cartaginesa, o loca, locamente andaluza
en el arco de morir
con todos los pétalos abiertos,
tensa
la cítara de Dios, en la danza
del fornicio?
Te oyera aullar,
te fuera mordiendo hasta las últimas
amapolas, mi posesa, te todavía
enloqueciera allí, en el frescor
ciego, te nadara
en la inmensidad
insaciable de la lascivia,
riera
frenético el frenesí con tus dientes, me
arrebatara el opio de tu piel hasta lo ebúrneo
de otra pureza, oyera cantar las esferas
estallantes como Pitágoras,
te lamiera,
te olfateara como el león
a su leona,
para el sol,
fálicamente mía,
¡te amara!

Las Palabras, Pablo Neruda

Calle de Guanajuato, gouache sobre papel, 1950. Museo Mural Diego RiveraTodo lo que usted quiera, si señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan… Me prosterno ante ellas… Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito… Amo tanto las palabras… Las inesperadas… Las que glotonamente se esperan, se escuchan, hasta que de pronto caen… Vocablos amados… Brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… Persigo algunas palabras… Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema… Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto… Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola… Todo está en la palabra… Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció… Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces… Son antiquísimas y recientísimas… Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada… Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos… Estos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo… Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas… Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras.

Bienvenidos pájaros, Alexandra Domínguez

pajaros_Tú no has nacido para la muerte, ¡inmortal pájaro!… John Keats

He visto una luz posada sobre la línea en que respira un pájaro y he visto al niño cuya palabra azul nombra el canto en cuya respiración lo que dibujo es pájaro de Persia, pájaro de piedra, pájaro de Perse. He visto a los pájaros que emigran, a los pájaros de tinta que salen de los túneles y vuelan al papel del cielo, y allí a semejanza de su voz permanecen en el entorno de los ángeles. He visto pájaros conmovidos por la irrealidad del blanco entrar en los papeles del invierno donde vive la tempestad de Turner. Y he visto en lo que he visto la misericordia real de lo imaginario, pájaros dibujados por la mano zurda de los naturalistas, pájaros rojos descendiendo sobre el trigal de los concilios, pájaros de las limosnas y pájaros de la importancia sobre los grandes silencios de la duración. He visto pájaros en los lienzos donde permanecen para siempre los gritos, pájaros de Munch en las barandillas de la cabeza de Evardv, pájaros de Goya en la madrugada de los fusilados donde ladran sus lámparas heridas los perros de la consolación. En todo lo que he visto me han visto los pájaros, en Versailles los pájaros que a Versailles llevan una gota de ámbar antiguo, los diminutos pájaros de las constelaciones que encienden fogatas en las islas de Patinir, los que beben las gotas de brea en las alambradas y hacen florecer el laurel de las interrogaciones en los jardines de Klee. He visto a esos pájaros, he pintado esos pájaros hasta adentrarlos en mí, hasta anidarme con ellos en los espacios futuros de lo que ha de ser verdadero. He visto lo que nunca se sabe de un pájaro, el mapa que llevan en el pecho, el silabario de la conversaciones entre los muertos y las estrellas, he visto a todos los pájaros del universo sobre el tejado de albahaca de las sinagogas, a los pájaros durmientes que brotan del violín de nieve de Chagall. He pintado esos pájaros, les he puesto saliva de Ana Karenina para que respiren en el amor, les he dado migas de linterna para que busquen a Mandelstam. La necesidad de los pájaros cruza cada mañana el horizonte de mis bastidores, van hacia La Meca a teñir de amarillo las alcobas de la tiniebla, cruzan las estepas de Mongolia con una pestaña de caballo en el pico. Los pájaros que he visto viven en los lienzos de lino, traen semillas de violetas en el corazón, guían de regreso a la felicidad los trenes con destino a Liberia. Los pájaros que digo dicen palabras al oído, van a Pekín y se acuestan con el emperador, van a Roma y escriben los epitafios de quienes no han nacido para morir. He visto pájaros en el Louvre y he visto pájaros en la aldea donde nació mi padre, pájaros zen y pájaros sufís, pájaros sobre la cruz de Tápies y solitarios pájaros destinados a la salvación por San Juan de la Cruz. He pintado abismos, esferas, laberintos, he dibujado seres y consultado manchas, he visto lo que he visto: adiós naturalezas muertas, bienvenidos pájaros.

A Lilith, Rosa Alcayaga Toro

Lilith_(John_Collier_painting)                               “y Dios castigó a Lilith haciendo que un centenar
de sus hijos demonios perecieran a diario.”

aparecen como si fuesen soles chamuscados, enfuriando
guirnaldas incendiarias desde plazas sin nombre
ha quinientos años recuerdo cuando a los veinte
penetraron en mi cuerpo buscando enemigos
cientos de hombres blancos desconocidos
acostándome a la fuerza
herraron en mi frente las iniciales EVA
tú amarraste mis lágrimas y derramada en copihues
enarbolaste siglos de espera y un grito tuyo
trizó el silencio: ¡ELLOS SON IGUALES A DIOS!
él ordenó mi destierro a petición de Adán, hoy
armada de cartones recorro ojos hambrientos
con mi espalda herida debajo de mi falda noticias aseguran
paraíso a cobrar en cada esquina no imaginas
como brota sangre de nuestra memoria
escribo tu nombre antes de vomitar entre trapos
viejos que tiran desde ventanales podridos y brillantes
en voz baja repito enfrente ustedes que compran
mis lamidos enfermos: ¡ellos son iguales a dios!
¡ellos son iguales a dios! ¡ellos son iguales! ellos…

Tragedia, Vicente Huidobro

 

2María Olga es una mujer encantadora. Especialmente la parte que se llama Olga.
Se casó con un mocetón grande y fornido, un poco torpe, lleno de ideas honoríficas, reglamentadas como árboles de paseo.
Pero la parte que ella casó era su parte que se llamaba María. Su parte Olga permanecía soltera y luego tomó un amante que vivía en adoración ante sus ojos.
Ella no podía comprender que su marido se enfureciera y le reprochara infidelidad. María era fiel, perfectamente fiel. ¿Qué tenía él que meterse con Olga? Ella no comprendía que él no comprendiera. María cumplía con su deber, la parte Olga adoraba a su amante.
¿Era ella culpable de tener un hombre doble y de las consecuencias que esto puede traer consigo?
Así, cuando el marido cogió el revólver, ella abrió los ojos enormes, no asustados, sino llenos de asombro, por no poder entender un gesto tan absurdo.
Pero sucedió que el marido se equivocó y mató a María, a la parte suya, en vez de matar a la otra. Olga continuó viviendo en brazos de su amante, y creo que aún sigue feliz, muy feliz, sintiendo sólo que es un poco zurda.