El alzheimer, André Comte- Sponville

alzheimerrs

Mi padre ya no me reconoce. Ya no reconoce a nadie. Esto empezó con unos trastornos de la memoria inmediata: olvidaba la pregunta que acababa de hacer, la respuesta que le acababan de dar, volvía a hacer la misma, la olvidaba en seguida, volvía a hacerla… Era como un disco rayado, que seguía girando. Esto divertía a los niños, pero inquietaba a los adultos. Luego los trastornos se acentuaron, llevándose fragmentos cada vez más importantes de un pasado cada vez menos reciente. Recordaba muy bien su infancia, su juventud, pero los últimos meses, incluso los últimos años, casi se le habían borrado. Los médicos hablaron de la enfermedad de Alzheimer, hicieron las pruebas habituales, confirmaron el diagnóstico… Lo que él pesaba, no lo sé muy bien. Tenía, tiene aún, una mujer admirable, que lo sostenía sin flaquear. Él hacía lo que podía, me imagino, para sostenerla a ella también, para disimular, para no añadir a demasiada desgracia a la desgracia. Sin embargo, la cosa se volvió cada vez mas difícil, cada vez más dura, cada vez más triste. Incontinencia. Trastornos del habla. Trastornos del comportamiento. Se volvió agresivo contra esa mujer a la que ya no reconocía, que se obstinaba en permanecer allí, que él tomaba por otra ( mi madre, fallecida hacía años). ¿Se reconocía al menos él mismo? Tenía justo la conciencia suficiente para darse cuenta de que cada vez tenía menos, para verse morir a pedazos, para asistir vivo a su propio naufragio. Un día dejó de comer, de beber. Se estaba dejando morir. Hospitalización, perfusión, rehidratación… No morimos como queremos. Los médicos, que no podían curarlo, no querían tampoco renunciar del todo a cuidarlo. No les reprocho nada. Hicieron su trabajo, su deber quizás. ¿Quién podría hacerlo si no ellos? Los hijos no tienen que decidir acerca de la vida de su padre. Y él tampoco podía decidir nada. Todo continuó, luego empeoró. Nuevo hospital, que ya no abandonó. Un día me pidió noticias de mi padre: había olvidado que yo era su hijo. Más tarde del suyo, muerto cuarenta años antes. Luego dejó de preguntar. Cada vez menos palabras, luego ninguna. Pronto cumplirá 87 años. Él, que fue tan fuerte, tan lleno de vida, tan radiante a su manera, helo aquí inmóvil y mudo en su sillón, como apagado, como hundido en sí mismo.

¿Sufre? ¿Quién puede saberlo? Tal vez, de vez en cuando, olvida dónde está, quién es, lo que soporta… Una desgracia que olvidamos, ¿es aún una desgracia?

«El espíritu es la memoria», decía San Agustín antes de Bergson, y nunca lo comprendí mejor que en ese servicio de gerontología. El cuerpo de mi padre parece intacto; se conserva más bien como un hombre guapo. Pero otros, más viejos o más imposibilitados que siguen siendo más ellos mismos. Se acuerdan de ellos mismos. Él lo ha olvidado. Lo que somos, interiormente, es lo que recordamos haber sido. Pensar es recordar las propias ideas. Amar es recordar a aquellos que amamos. Hacer proyectos, aguardar, esperar, es recordar el porvenir que todavía tenemos, o que creemos tener. Sentir, incluso, es recordar aquello que sentimos. La memoria no es una dimensión de la conciencia; es la conciencia misma.

Filosóficamente, esto tiene unas consecuencias muy duras. Porque esta enfermedad, el Alzheimer, es una enfermedad del cerebro, no de alma. El materialista que soy ve en ella una especie de trágica confirmación, de la que prescindiría muy a gusto. Pero es así: el cuerpo tendrá la última palabra, o el último silencio, igual que tuvo el primero. ¿Y qué otra cosa hay? ¿Cómo podría ser el espíritu lo contrario de la materia, puesto que depende de ella, puesto que ella lo lleva y lo vence, puesto que ella lo produce – en el cerebro humano-, lo protege o lo borra? El espíritu es la memoria, y la memoria es una función del cuerpo, desgraciadamente frágil como él, destinada como él al declive o a la muerte. Sólo veo en ello un motivo de tristeza. Es también una razón poderosa para aprovechar la juventud, la salud, la conciencia. Nada de todo esto, ni siquiera en vida nuestra, es inmortal.

El hijo que soy extrae también de aquí otra lección. Todos esos años que hemos pasado oponiéndonos a nuestro padre, rivalizando con él, ese largo combate de nunca acabar, quedará pues sin vencedor ni vencido. De pequeños, éramos demasiado débiles para ganarle. De jóvenes, demasiado impacientes, demasiado inmaduros, demasiados sin acabar. Nos habrá faltado una vida para convertirnos más o menos en aquello que queríamos ser, para edificarnos, para fortalecernos. Para crecer. La victoria se perfilaba finalmente en el horizonte. Demasiado tarde. Aquel a quien queríamos vencer ya no está en estado de combatir, ni de resistir, ni tan siquiera de ser vencido.

Ya no hay más que la memoria, para quienes la han conservado, y lo que llevamos en nosotros de amor, de gratitud o de perdón.

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