La canción de la Sirena

Estas cosas nunca sucedieron; existen desde siempre

Savinio

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Alberto Savinio

En el siglo XVI un pintor llamado Andrea Chirico o di Chírico o de Chirico trabajó en Sicilia. En una iglesia de Catania, Santa María del Gesù, queda algo de un mural o de un cuadro suyo: recuerdo haber visto la reproducción en un libro de historia local. Creo que, más allá del nombre y del siglo en que vivió, más allá de los fragmentos de pintura que se le reconocen, es muy poco lo que los historiadores y los eruditos saben de él. Se puede proponer la hipótesis de que trabajó principalmente en la Sicilia oriental, decorando con frescos iglesias y palacios, de ahí la desaparición de sus obras durante los terremotos que hacia el final del siglo siguiente asolaron esa zona. También se puede proponer la hipótesis -puede hacerlo el lector- de que a ese pintor Andrea de Chirico del siglo XVI lo esté inventando yo aquí y ahora. Et pour cause. Como homenaje y mímesis a Alberto Savinio. Para Alberto Savinio. De ese mundo suyo de memoria, de incidencias, de coincidencias, de refracciones, de correspondencias.

Alberto Savinio, cuyo verdadero nombre era Andrea de Chirico, ¿supo alguna vez de ese pintor homónimo que vivió tres siglos antes que él en Sicilia? Con seguridad casi absoluta se puede afirmar que nada supo, porque si hubiese sabido algo -hablando de los orígenes sicilianos de la familia y del vaticinio contenido en el nombre de Chirico-, habría escrito sobre él más de una vez.

Y en cuanto al vaticinio, es preciso decir que lo refería más a su hermano Giorgio que a sí mismo. En la ya vieja y asidua familiaridad que tengo con todo lo que escribió Savinio, me parece que puedo leer lo que no escribió sobre el oscuro pintor siciliano del siglo XVI; es decir lo que habría escrito sobre ese pintor -cuyo nombre repetía- en relación con su hermano Giorgio y con él mismo.

Con toda probabilidad habría escrito que en el gran juego de las repeticiones, de las coincidencias, de las fatalidades que en el universo y en los destinos humanos se desarrolla, se había verificado un pequeño error: así, la vocación de la pintura, destinada a él por el nombre, le había llegado en cambio a su hermano, quedando para él el gusto de la pintura; de ahí la necesidad de cambiar de nombre, en homenaje al error convertido en destino.

Sin embargo, creo que hoy muchos, frente a las pinturas de Savinio, sentirán la tentación de no creer en el error. Y es una tentación que es necesario rechazar. Alberto Savinio no se compara nunca con Giorgio de Chirico, ni nunca hubiera aceptado que otro lo comparase. Respecto a la pintura, más acá de cualquier comparación y valoración, reconocía y aceptaba una especie de mayorazgo: mayor en edad, Giorgio lo era también en pintura. Pasando al juicio -pero nunca, repito, a la comparación – mantuvo siempre con firmeza que en la pintura de nuestro siglo Giorgio de Chirico quedaría con mucho señor del campo. Escribía en 1918: Giorgio de Chirico «ha penetrado el “misterio” del dramatismo moderno; sus cuadros no reproducen la visibilidad desnuda del objeto escogido por el dramatismo de su aspecto, de su forma, de su naturaleza, de su materia, de su utilidad. Él llega al “más allá” del objeto mismo. Deja al desnudo la anatomía metafísica del drama. Es el pintor moderno, pero más exactamente el “mago moderno”.» De sí mismo como pintor, sólo pintor, no podía, pese a las muchas afinidades (y más que afinidades) que hoy pueden descubrirse, decir lo mismo: sobre todo porque no lograba, justamente, verse sólo como pintor y considerar el pintar como otra cosa respecto al escribir y al componer música. Y además, no por nada había retardado todo lo posible el gusto de la pintura. «Quien ha visto mis pinturas, quien ha leido mis libros, quien ha escuchado mi música, sabe que mi única tarea es dar palabras, dar forma y colores, y en un tiempo era también dar sonidos, a un mundo poético mío. Ningún otro de los muchos fines del arte tiene que ver conmigo.» Y hay que leer las declaraciones que con el título La mia pittura publicó en 1949: «Yo soy un pintor “más allá de la pintura”… La pintura no me interesa.» Y así por el estilo, cuando decía que la pintura era parte de un todo en que él variada mas indiferentemente “se deleitaba”, del que era “dilettante”. Porque, aun cuando en estas declaraciones no se encuentra la palabra dilettante, la idea que Savinio tenía de sí mismo como escritor, pintor, músico y «manalive» era ésa (cae justo, creo; el chestertoniano «hombre vivo»): dilettante, dilettante al escribir, al pintar, al hacer música, al pensar, al vivir. Dilettante como Luciano de Samosata. Dilettante como Stendhal. Y sinónimo de dilettante era para él stendhaliano, como se ve en sus numerosas declaraciones de stendhalismo. Y por todas puede valer la de la nota a una carpeta de litografías de Fabrizio Clerici: «Stendhaliano se nace, no se llega a ser. El sereno deambular de Fabrizio Clerici a través de la vida; su dejarse atrapar por las cosas más impensadas; su dar escasa importancia al poder de la virilidad, de la fuerza, del puño de hierro aunque esté enguantado de terciopelo; su saborear las frases y la mayoria de las veces dejarlas por la mitad como indignas de ser formuladas; su andar ocioso aun en los grandes virajes de la Historia; su holgazanear aun entre las más abigarradas ocupaciones; el lento vagar de sus ojos de almendra blanca, entre de Artemisa y de gacela; su ignorar las “grandes metas” y rendir homenaje a las metas mínimas e inaparentes; su dilettantismo de raza; su seguir su propia Nariz (no olvidemos la mayúscula) me había dado un indicio seguro de stendhalismo. El amigo stendhaliano es necesario. Es el compañero ligero, el Ariel de este mundo seco de agua y de aire…

Tú como Clerici y yo como Chirico somos además de todo también parientes, porque yo también como Chirico, o Cherico o Chierico me uno a tu misma raíz clericus, y juntos nos remontamos al común klericós y kleros, vale decir lo que toca en suerte. ¿A nosotros qué nos tocará en suerte? Todo.

Porque ésa es la misteriosa virtud de nosotros los stendhalianos, la de tener nuestra propia suerte en la suerte de todas las cosas, de las máximas a las mínimas, y la de estar nosotros solos como quería estar Nietzsche, como en otro tiempo estaban los dioses: en todas partes y en ninguna.»

Obsérvese la variación, en la etimología del nombre Chirico, respecto a aquel pasaje del Hermaphrodito en que habla de Giorgio: «un pintor que el destino colocará entre los mayores de nuestra época» y cuyo nombre -de ciudadanos de Florencia oriundos de Sicilia – vale como heraldo anunciador. Los nombres señalan el destino de quien los lleva, pero el destino de quien los lleva también tiene alguna influencia sobre el nombre.)

En esta definición del stendhalismo (en acepción, por así decirlo, activa: para distinguirlo de ese pasivo ejercicio de filología y erudición en que se celebra por lo general el stendhalismo), son preeminentes, como se ve, los elementos que entonces podían entenderse como discrepancia respecto al fascismo (1942): la escasa atención a la virilidad, a la fuerza, al puño de hierro; el andar ocioso aun en los grandes virajes de la Historia (la mayúscula en función irónica, porque en la historia historicista es evidente que Savinio no creía); el ignorar las grandes metas… Lo que en su stendhalismo Savinio y Clerici ignoraban era precisamente lo que el fascismo exaltaba. El fascismo era hastío, y Brancati daría después en ese sentido, entre Stendhal y Gogol, su imagen más exacta.

El stendhalismo es en cambio, de modo peculiar, el rechazo del hastío, el gusto, el deleitarse de la vida, el ser dilettanti.

Lo que Savinio dice del stendhalismo, y de sí mismo como stendhaliano, debe complementarse con lo que un lector de vieja afición -y por su parte vagamente stendhaliano- puede decir sobre él como escritor. Y como pintor, también, porque su pintura me parece obedecer a una necesidad muy similar a aquélla por la que Stendhal abre en Henry Brulard espacios a los esbozos topográficos, de una topografía que restituye la memoria a la sensación, a la sensualidad; allí donde Savinio, en cambio, abre a la memoria un paso hacia la metamorfosis, hacia el mito. La necesidad, se diría, de probar, comprobar y prolongar la transparencia literaria (y uso la palabra transparencia como concepto bien definido: en el sentido en que la usa de modo admirable Starobinski), la transparencia de sí en el acto literario, en la palabra escrita. Eso no quita que Savinio pueda ser considerado también absolutamente pintor, es decir, que su pintura lo expresaría de manera exacta aun cuando no conociéramos su obra literaria.

Pero al reparo del pintor, y dejando por completo de lado -porque nada sabría decir de él – al músico; el escritor es entonces de aquellos que involucran en su historia la del lector, y cuyos libros tienen el poder de escoger de inmediato su lector y no dejarlo más. De aquéllos, en suma, que invierten la relación entre el lector y el libro, entre el lector y el autor de la obra literaria: el libro que escoge al lector, el autor que escoge al lector y lo destina a una fidelidad tan intensa que linda con la manía. Igual que Stendhal. De esos escritores que entran a formar parte de nuestra vida, que pasan a ser nuestra vida, por la inefable cualidad que sólo en forma aproximada puede encontrar definición en lo que Ramón Fernández dice de Stendhal: el arte, en el que pocos destacan, «de laisser entendre, ou sentir, qu’à côté du sentiment ou de l’action qu’il note, il y avait d’autres actions et d’autres sentiments possibles.» Una posibilidad inagotable, abierta a una inagotable apropiación, que se renueva y multiplica a cada relectura.

El concepto de transparencia sirve para comprender el continuo elogio que Savinio hace de la superficialidad, su amor por la superficialidad y su desprecio por la profundidad, por los escritores profundos. Es un hecho explicable en términos propiamente ópticos. A partir de una condición de absoluta claridad, serenidad y libertad interior, de un luminoso conocimiento de uno mismo, incluso en lo que debería estar o se desearía que estuviera oscuro, ocurre el obvio fenómeno por el que la profundidad se transforma en superficialidad. No hay lugar profundo que la inteligencia no pueda volver superficial. Profunda para Savinio es sólo la estupidez, frente a la cual su ánimo se llena de asombro como el de Kant en la contemplación del cielo estrellado. «La estupidez, ese inconfesable amor, ejerce sobre nosotros un poder hipnótico, una invencible atracción. Muchas veces la he experimentado en el tranvía, en lugares públicos, en el café. Estoy sentado en un café, y al lado de mí que voy errando por los más inexplorados continentes de la inteligencia están sentados algunos desconocidos. Como ocurre con frecuencia, sus conversaciones exhalan una estupidez inefable, inspirada, hechicera. Poco a poco mi aventura se enturbia, pierdo el hilo de mi viaje solitario, cedo al llamado primordial de la estupidez, mi oído está lleno de la voz de la sirena.

¡Inteligencia, adiós! No pienso más, no busco más, no quiero más. Una dulcísima languidez me invade, como al término de un insomnio prolongando nuestros nervios se aflojan en el agotamiento voluptuoso del sueño. Ahora me vuelvo hacia ustedes y les pregunto: para nosotros los hijos de la Inteligencia, para nosotros los hijos del Pecado ¿ese llamado no es quizás el lejanísimo, nostálgico llamado del Paraíso Perdido?» La profundidad, la complejidad, la dificil y lo oscuro en la literatura y en el arte son para Savinio algo similar a la gorra de Charles Bovary: que después de describirlo por media página, quizá tomando conciencia de la indescriptibilidad del objeto y a la vez de la hipnosis a la que esta cediendo al intentar describirlo, Flaubert se decide a acabar una vez comparándola con la cara de un imbécil.

Para deleitarse con Savinio, con su vagar por la cristalina, transparente superficialidad, la memoria, la Memoria, es la única y la gran musa, la que genera y contiene a todas las musas. «La memoria es nuestra cultura. Es la reunión ordenada de nuestros pensamientos. No sólo de nuestros propios pensamientos: es también la colección ordenada de los pensamientos de los demás hombres, de todos los hombres que nos han precedido. Y como la memoria es la colección ordenada de los pensamientos nuestros y ajenos, ella es nuestra religión («religio»). Nació la Memoria en el mismo instante en que el exiliado Adán cruzaba el umbral del Paraíso terrestre… Desesperada era al principio la Memoria, pero cuando un dios se le acercó amorosamente, a la Memoria se sumó la Esperanza… Nueve hijas generó el amor de Júpiter a Mnemosine. Las cuales, cuando descendieron a la tierra, hicieron que ésta suspirara de alegría y de consuelo. El arte ha surgido pues del fecundo seno de la Memoria… Si el arte no deriva de la Memoria, el arte es innoble (plebeyo), restringido y lleno de hastío: vano como los sueños…»

En relación con este pasaje, es necesario tener presente el juicio de Savinio sobre Proust: el hombre -dice – de las frases largas y el pensamiento corto. Hay memoria y memoria: en la memoria de Proust, Savinio no siente la presencia de la Memoria. No debe ser larga la frase, sino la Memoria. Larga como el pensamiento humano que todo hombre a quien la Memoria le sonríe posee enteramente. Larga como la civilización, que no se confunde -y que es preciso evitar con sumo cuidado confundir- con los sueños.

Como monseñor Della Casa prescribía, Savinio nunca relató sus propios sueños. Como un hombre educado. Como un hombre civilizado. Lo que en sus cosas parece pertenecer al sueño, pertenece tan sólo a la larga memoria, a la Memoria, al mito. De ahí su negativa a enrolarse -o a hacer de jefe de fila- en el surrealismo. De ahí la definición de «surrealista cívico» que dio de él Salvatore Battaglia. Cívico de civilización, cívico de civismo. Quizás el escritor más cívico que ha tenido Italia. Y es de este punto, con el que aquí terminamos, del que es preciso partir para empezar a hablar de su obra.

Leonardo Sciascia

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Julio 3, 2009 a 1:27 am

Eugene Vardanyan

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Eugene Vardanyan

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Julio 2, 2009 a 1:07 am

Mejor que arder

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In Sook Kim

In Sook Kim

Era alta, fuerte, con mucho cabello. La madre Clara tenía bozo oscuro y ojos profundos, negros.

Había entrado en el convento por imposición de la familia: querían verla amparada en el seno de Dios. Obedeció.

Cumplía sus obligaciones sin reclamar. Las obligaciones eran muchas. Y estaban los rezos. Rezaba con fervor.

Y se confesaba todos los días. Todos los días recibía la hostia blanca que se deshacía en la boca.

Pero empezó a cansarse de vivir sólo entre mujeres. Mujeres, mujeres, mujeres. Escogió a una amiga como confidente. Le dijo que no aguantaba más. La amiga le aconsejó: -Mortifica el cuerpo.

Comenzó a dormir en la losa fría. Y se fustigaba con el cilicio. De nada servía. Le daban fuertes gripas, quedaba toda arañada.

Se confesó con el padre. Él le mandó que siguiera mortificándose. Ella continuó.

Pero a la hora en que el padre le tocaba la boca para darle la hostia se tenía que controlar para no morder la mano del padre. Éste percibía, pero nada decía. Había entre ambos un pacto mudo. Ambos se mortificaban. No podía ver más el cuerpo casi desnudo de Cristo.

La madre Clara era hija de portugueses y, secretamente, se rasuraba las piernas velludas. Si supieran, ay de ella. Le contó al padre. Se quedó pálido.

Imaginó que sus piernas debían ser fuertes, bien torneadas.

Un día, a la hora de almuerzo, empezó a llorar. No le explicó la razón a nadie. Ni ella sabía por qué lloraba.

Y de ahí en adelante vivía llorando. A pesar de comer poco, engordaba. Y tenía ojeras moradas. Su voz, cuando cantaba en la iglesia, era de contralto.

Hasta que le dijo al padre en el confesionario:

-¡No aguanto más, juro que ya no aguanto más!

Él le dijo meditativo:

-Es mejor no casarse. Pero es mejor casarse que arder.

Pidió una audiencia con la superiora. La superiora la reprendió ferozmente.

Pero la madre Clara se mantuvo firme: quería salirse del convento, quería encontrar a un hombre, quería casarse. La superiora le pidió que esperara un año más. Respondió que no podía, que tenía que ser ya.

Arregló su pequeño equipaje y salió. Se fue a vivir a un internado para señoritas.

Sus cabellos negros crecían en abundancia. Y parecía etérea, soñadora.

Pagaba la pensión con el dinero que su familia le mandaba. La familia no se hacía el ánimo. Pero no podían dejarla morir de hambre.

Ella misma se hacía sus vestiditos de tela barata, en una máquina de coser

que una joven del internado le prestaba. Los vestidos los usaba de manga larga, sin escote, debajo de la rodilla.

Y nada sucedía. Rezaba mucho para que algo bueno le sucediera. En forma

de hombre.

Y sucedió realmente.

Fue a un bar a comprar una botella de agua. El dueño era un guapo portugués a quien le encantaron los modales discretos de Clara. No quiso que ella pagara el agua. Ella se sonrojó.

Pero volvió al día siguiente para comprar cocada. Tampoco pagó. El portugués, cuyo nombre era Antonio, se armó de valor y la invitó a ir al cine con él. Ella se rehusó.

Al día siguiente volvió para tomar un cafecito. Antonio le prometió que no la tocaría si iban al cine juntos. Aceptó.

Fueron a ver una película y no pusieron la más mínima atención. Durante la

película estaban tomados de la mano.

Empezaron a encontrarse para dar largos paseos. Ella con sus cabellos

negros. Él, de traje y corbata.

Entonces una noche él le dijo:

-Soy rico, el bar deja bastante dinero para podernos casar ¿Quieres?

-Sí -le respondió grave.

Se casaron por la iglesia y por lo civil. En la iglesia el que los casó fue el padre, quien le había dicho que era mejor casarse que arder. Pasaron la luna de miel en Lisboa. Antonio dejó el bar en manos del hermano.

Ella regresó embarazada, satisfecha y alegre.

Tuvieron cuatro hijos, todos hombres, todos con mucho cabello

Clarice Lispector

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Julio 1, 2009 a 1:53 am

La mujer del cuadro

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erica chappuis

Erica Chappuis

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Lo empiezas a saber,

tu amor va enseñando sus sales de baño, sus fiestas de

guardar, sus cenas sin nadie;

a veces, el esqueleto de tu ángel de la guarda

baila en tus ojos,

ciertas avecillas silvestres amanecen temblando en tus

manos,

ya el tufo de la crucifixión

no te hace taparte la nariz de niña “que no sabe nada”,

que no entiende nada”.

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Ya cruzas la puerta,

ya sabes que el dolor es un mensajero servil del infinito,

en tus ojos aquello que miras despierta en ti misma como

pequeños niños

que se sientan al borde de sus camas

esperando que vengan a vestirlos.

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Ya asumes tu cuerpo, ya viajas en todo lo que te rodea,

a veces en tu sonrisa todavía aparece

aquella niña larguirucha “tan bien educada”,

pero tu esperanza enflaquece llamándote con voz cada vez

más débil

cuando ya no te dignas escucharla.

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Extrañamente hermosa eres ahora tu propio fantasma,

en tu alma han entrado la carne del mundo y la tuya

confundidas,

apiñadas por el mismo placer, revueltas por el mismo dolor.

Desnuda, la ropa que te acabas de quitar

ya no reaparece en tus ojos,

tu mirada y tu voz entonces también se quedan desnudas,

te quedas desnuda,

y por tu desnudez pasan los templos antiguos, las

oraciones, los heridos de guerra y los cánticos de guerra,

los mares lejanos y también la vida posible en otros

planetas.

Ya tu cuerpo comprende lo que significa ser tu cuerpo,

lo que significa que tú seas él;

tu cuerpo extendido a lo largo de tu amor, a lo largo de

tu alma,

y todos los barcos que zarpan de tu corazón llevan ahora

las luces apagadas.

x

Ya te has probado en ti

y un hombre no es el extraño invasor que conocías,

el esposo prudente, el hombrecito que cariñosamente te

mataba un momento

por unas cuantas caricias, por unas cuantas monedas.

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Pero sabes también que no existe el triunfo que alguna vez

deseaste,

por eso en tu mirada puede oírse

el ruido del mar golpeando las costas solitarias y a veces

el chillido de un pájaro detrás de la niebla o la llovizna

pertinaz.

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Ven aquí con tu colección de mariposas, con tus antiguos

juguetes que ya no existen

y que parecen burlarse de ti desde ciertos rincones,

ven aquí con tus segmentos de niña asombrada.

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Ven a mirar mis osos polares.

Ven, ahora que sabes que también en los labios aparece

sin que nos demos cuenta—

el beso monstruoso y bello

de aquello que todavía llamamos el alma.

xJosé Carlos Becerra

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Junio 30, 2009 a 1:33 am

La Loba

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Marcel Gromaire

Marcel Gromaire

Era alta, flaca, pero con los senos firmes y vigorosos, aunque ya no era joven; era pálida, como si tuviera encima la malaria, y en esa palidez chicos ojotes y dos labios frescos y rojos, devoradores.

En la aldea la llamaban La Loba porque nunca se hartaba con nada. Las mujeres hacían la señal de la cruz al verla pasar, sola, como perra roñosa, con el paso sospechoso y vagabundo de loba hambrienta. Con sus labios colorados despulpaba a sus hijos y a sus maridos en un abrir y cerrar de ojos, y se los traía al trote con una sola mirada de satanás, como si estuvieran ante el altar de Santa Agripina. Por fortuna, La Loba jamás venía a la iglesia en Pascua ni en Navidad, ni a oír misa ni a confesarse. El padre Angelito de Santa María de Jesús, un verdadero siervo de Dios, perdió su alma por ella. La pobre Mariquita, tan buena muchacha, lloraba a escondidas porque era hija de La Loba y ninguno quería casarse con ella, a pesar de tener un buen ajuar y su buena tierra soleada como cualquier otra muchacha de la aldea. Una vez La Loba se enamoró de un hermoso joven que había sido soldado y segaba el heno con ella en las tierras del notario; pero lo que se llama enamorarse, sentir que las carnes le ardían bajo el fustán del corpiño, y sentir, mirándolo a los ojos, la sed que se siente en las horas calientes de junio en el fondo de las llanuras. Pero él seguía segando tranquilamente, viendo los montes y le decía:

-¿Qué le pasa, doña Pina?

En los campos inmensos, donde sólo restellaba el vuelo de los grillos, cuando el sol caía a plomo. La Loba hacinaba montón tras montón, gavilla sobre gavilla, sin cansarse jamás, sin erguirse un solo momento, sin acercar sus labios a la garrafa a fin de no alejarse ni un instante de Nanni, que segaba y segaba, preguntándole de cuando en cuando:

-¿Qué quiere, doña Pina?

Una noche se lo dijo,mientras los hombres dormitaban en la era, cansados de la larga jornada, y los perros aullaban por el vasto campo negro:

- ¡Te quiero a ti! A ti, que eres hermoso como el sol y dulce como la miel. ¡Te quiero a ti!

-En cambio, yo quiero a su hija, que es soltera -respondió Nanni, riendo.

La Loba se llevó las manos a la cabeza, rascándose las sienes sin decir palabra, y se fue. No volvió a aparecerse en la era. Pero en octubre volvió a ver a Nanni, el mes en que se extrae el aceite, porque él trabajaba junto a su casa y el rechinar de la prensa no la dejaba dormir durante toda la noche.

-Toma el costal de aceitunas y ven conmigo -le dijo a la hija.

Nanni empujaba las aceitunas con una pala para que éstas cayeran bajo la muela, gritando‘’¡Arre!” a la mula, a fin de que no se detuviera.

-¿Quieres a mi hija Mariquita? -le preguntó doña Pina.

-¿Qué le va a dar usted a su hija Mariquita? -respondió Nanni.

-Tiene lo que le dejó su padre; además le doy mi casa. A mí me bastará con un rincón en la cocina, donde pueda tenderme en un jergón.

-De ser así, ya hablaremos de eso en Navidad -dijo Nanni.

Nanni estaba totalmente sucio y embarrado de aceite y aceitunas puestas a fermentar, y Mariquita no lo quería bajo ningún aspecto; pero su madre la agarró por los cabellos frente al fogón, y le dijo rechinando los dientes:

-¡O te casas con él o te mato!

La Loba estaba casi enferma, y la gente andaba diciendo que cuando el diablo envejece se vuelve ermitaño.Ya no andaba en todas partes, ya no se paraba bajo el umbral de su casa, con aquellos ojos de endemoniada. Cuando lo miraba cara a cara, su yerno se echaba a reír y sacaba el trajecito de la Virgen y se santiguaba. Mariquita se quedaba en la casa amamantando a los hijos, y su madre se iba al campo a trabajar con los hombres, como cualquier hombre, a escardar, a escarbar, a arrear las bestias, a podar las parras, aunque soplara el cierzo en enero o el siroco en agosto, cuando los mulos andaban con la cabeza gacha y los hombres dormían de bruces al abrigo de los muros. En las horas que van de la víspera a la nona, en las cuales ninguna mujer es buena, La Loba era la única alma que se veía vagar por el campo, sobre los guijarros ardientes en los senderos, entre los rastrojos requemados en la inmensa llanura que se perdía en el bochorno, lejos, lejos, hacia el Etna caliginoso, donde el cielo se apesantaba en el horizonte.

-¡Despierta!- le dijo La Loba a Nanni, que dormía en una zanja, junto a un matorral polvoriento, con la cabeza entre los brazos-. Despiértate, que te traigo vino para que te refresques la garganta.

-¡No! ¡No hay mujer buena entre las víspera y la nona! – sollozaba Nanni, hundiendo la cabeza entre las hierbas secas de la zanja, mesándose los cabellos -.

¡Váyase, váyase! ¡No vuelva nunca a la era!

Y La Loba se marchaba, amarrándose las trenzas soberbias,mirando fijamente el sendero y el rastrojo caliente, con sus ojos negros como el carbón. Pero La Loba volvió a la era muchas veces, y Nanni ya nada le dijo. Más aún, cuando tardaba en llegar, en las horas que van entre vísperas y nona, él iba a esperarla en lo más alto de la vereda blanca y desierta, con la frente bañada en sudor; y después volvía a mesarse los cabellos y a gritarle de nuevo:

-¡Váyase, váyase! ¡No vuelva más a la era!

Mariquita lloraba día y noche, y se le quedaba mirando a la madre con los ojos quemados por el llanto y los celos, como una lobezna, cuando la veía regresar del campo, pálida y muda.

-¡Malvada!-le decía-. ¡Madre malvada!

-¡Cállate!

-¡Ladrona! ¡Ladrona!

-¡Cállate!

-¡Voy a ir a la policía! ¡Voy a ir!

-¡Pues ve!

Y fue de verdad, cargando a los hijos, sin miedo alguno y sin derramar una lágrima, como una loca, porque ahora ella también amaba al marido que le dieron a la fuerza, sucio y embarrado de aceitunas puestas a fermentar.

El sargento mandó llamar a Nanni; lo amenazó con mandarlo a la cárcel y luego a la horca. Nanni solamente se arrancaba los cabellos y sollozaba.

No negó nada; pero tampoco intentó disculparse.

-¡Es la tentación! – decía -. ¡Es la tentación del infierno!

Se arrojó a los pies del sargento, rogándole que lo mandara a la cárcel.

-¡Por caridad, señor sargento, líbreme de este infierno! ¡Ordene que me maten o que me manden a prisión! ¡No me deje volver a verla nunca! ¡Nunca!

-¡No! -respondió La Loba-. No tengo más que un rincón en la cocina para dormir. ¡Y la casa es mía! ¡Yo no me voy!

Poco después, una mula pateó a Nanni en el pecho, y estuvo moribundo; pero el párroco no quiso llevarle los santos óleos si La Loba no salía de la casa. La Loba se fue, y su yerno pudo prepararse entonces para irse también, como buen cristiano; se confesó y comulgó dando tantas muestras de contrición y arrepentimiento que todos los vecinos y curiosos lloraban frente a la cama del moribundo. Y más le hubiera valido morir ese mismo día, antes de que el diablo volviera a tentarlo y a clavársele en el alma y en el cuerpo cuando sanó.

-¡Déjeme en paz ! le decía a La Loba! -. ¡Por caridad déjeme en paz! ¡Ya he visto a la muerte con mis propios ojos! La pobre Mariquita está desesperada.

¡Ahora todo el pueblo lo sabe! Dejar de verla es mejor para usted y para mí…

Y hubiera querido arrancarse los ojos para no ver los de La Loba, que cuando se clavaban en los suyos lo hacían sentir que perdía el alma y el cuerpo.Ya no sabía qué hacer para zafarse del hechizo. Mandó decir misas a las almas del Purgatorio, fue a pedir ayuda al párroco y al sargento. En Pascua fue a confesarse, lamiendo seis palos del atrio, delante de todos, como penitencia. Después, dado que La Loba continuaba incitándolo, le dijo:

-¡Óigame bien! ¡No se le ocurra venir a buscarme a la era! Porque si vuelve a buscarme, como hay un Dios en los cielos, ¡la mato!

-Mátame – respondió La Loba, no me importa. Pero sin ti no quiero estar.

Cuando volvió a divisarla, a lo lejos, en medio del sembradío verde, dejó de escardar la viña y fue por el hacha que estaba clavada en un olmo. La Loba lo

vio venir, pálido y trastornado, con el hacha que relumbraba con el sol; pero no se detuvo, ni bajó los ojos, siguió caminando a su encuentro, llevando entre sus manos un manojo de amapolas rojas y comiéndoselo con la mirada de sus ojos negros.

-¡Ay! ¡Maldita sea su alma !-murmuró Nanni.

Giovanni Verga

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Junio 29, 2009 a 1:20 am

Ábrete Sésamo

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Yuliya Usacheva

Yuliya Usacheva

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¡ Ábrete Sésamo !, gritó el menor de los ladrones. Y en esa noche maravillosa, tras mil años de espera, Sésamo conoció el amor

Ea Pozoblock

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Junio 28, 2009 a 1:51 am

Ya tengo que ponerme a trabajar

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Max Beckman 5

Max Beckman

El trabajo, ¡ah!, cómo cuesta trabajo encontrarlo; pero una vez teniéndolo, cuesta más trabajo aguantarlo. ¿Entonces?

Ya tengo que ponerme a trabajar

El Don me pidió lo que le debía
El Don me pidió lo que le debía
Yo le contesté que por ahorita no tenía
que me esperara a que empezara a trabajar.

Mas no me esperó…
y a desalojar,
me fui bajo del puente
a ladito de un canal.

Yo ya tengo que ponerme a trabajar.

Empecé a cantar hasta en los camiones.
Empecé a cantar hasta en los camiones.
Todos estaban en las mismas condiciones
pues lo que daban no alcanzaba para comer.

Y eso que cantaban;
Y aunque me aplaudían
y hasta ¡otra!, gritaban,
dinero no tenían.

Debíamos todos de empezar a trabajar.

-¿Qué sabes hacer?
- Lo que quiera le hago.
-¿Qué sabes hacer?
- Lo que quiera le hago.
Pero al parecer eso no era lo adecuado
Pues mi respuesta se llegó a malinterpretar.

Que un degenerado,
que era un pervertido
y no un hombre honrado
que no había comido

y que le urgía ya ponerse a trabajar.

Hoy ya trabajé y me siento contento.
Hoy ya trabajé y me siento contento.
Y como sé que durará sólo un momento,
estoy juntando para el invierno que vendrá;

y que no me agarre
sin otra cobija,
sin las suelas fuertes,
sin una colilla.

Ahora los dejo…
tengo que irme a trabajar.

JCPozo

Written by JCPozo

Junio 27, 2009 a 6:02 pm