La canción de la sirena

15 Noviembre 2009

Jugar según las reglas

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Cortometraje de David Yáñez Barroso

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14 Noviembre 2009

Los Elegidos

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Erwin Blumenfeld

Erwin Blumenfeld

El poeta esta alegre porque su perro ha vuelto.


Cuando tuvo que elegir,
él siempre prefirió su instancia,
antes que cuidar de mí.
El filo de la distancia
cortó la flor de mi infancia
del tallo hasta la raíz.

Cuando le tocó el turno
a ella de elegir,
con quien la hizo sentir muy bella
eligió un fugaz desliz.
Y al olvidarse de mí,
enmudecí de la pena.

Y de tanto no ser elegido,
como el gran Pablo poeta,
me quedó el corazón amarillo,
rodeado de oscuras setas
que brotaron de las grietas
abiertas por sus olvidos.

¡Ay, corazón herido!
Busca aliviar su pena.

Un resentimiento
duerme bajo el velo fino
del amor que queda en los recuerdos,
de los días cuando fui elegido
y se despierta con los grillos,
que acompañan mi silencio.

Cuando el sol dispuso
que tuviera que elegir,
con todas las fuerzas del mundo,
a los míos yo elegí.
Hoy, muero antes que partir
y dejar mi amor sin rumbo.

Ahora ha vuelto el rojo intenso
a cubrir la piel del amarillo
cuya historia es un secreto
que no tiene nombre ni apellido.
Yo me quedo con los míos
que elegí para quererlos.

¡Ay corazón herido!
Guarda tus desconsuelos.

JCPozo

Un solo amor no basta

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Andrew Thomas Hunt

( Buenas noches. ¿Está esperando a Irene? No vendrá. La maté esta tarde. Supe que me engañaba con usted y la maté. No tema. No he venido a derramar más sangre. Vine a tratar de explicarle por qué lo hice. Se que usted también la amaba, y que a partir de hoy estará tan solo como yo en el mundo. No hay dicha que no se pague finalmente con la soledad. Es una sentencia inapelable. La dicha, lo mismo que el amor, se acaba con el tiempo o la muerte. Pocos son los que la alcanzan, en realidad, porque es muy difícil para la naturaleza humana distinguir entre la autenticidad y el remedo, y unos cuantos nada más lo logran, después de conocerla, salvarse de la desgracia. Dije hace un momento que Irene me engañaba con usted. Pero engañar es una palabra sucia y sin sentido en este caso. Irene habló de amor, de dicha. )

Bebo con lentitud un sorbo de café frío, desagradable. Mis ojos miden, largamente y con aplicación, cómo crece la ceniza del cigarro abandonado. Levanto la vista, con flojedad, con un principio de desesperanza, hacia la entrada de la cafetería. Acude a mi memoria aquella inusitada frase de Borges: “ Me duele una mujer en todo el cuerpo” . Trato de evitar sentirme infeliz, tenerme lástima.

( ¿Pensó usted alguna vez en matar a Irene? ¿La imaginó muerta alguna vez? Todo el que ama suele padecer este tipo de lucubraciones. Pero qué distancia inmedible existe entre la fantasía y el hecho concreto. Esto es algo que usted ya no conocerá jamás con Irene. Le arrebaté la oportunidad. Usted podrá recordar de ella una sonrisa, un ademán, el destello de una mirada; podrá recordar, igual que yo, una ternura espontánea, un entusiasmo de la piel, una caricia definitiva, un gozo compartido con exactitud; sólo que yo recordaré siempre, además, su quietud última, su último gesto de incredulidad y desamparo, su imperturbable silencio. Una imagen irrepetible que, por unos instantes y para toda la vida, fue particular, íntima, exclusivamente mía. Esta es la pobre, aunque también la inconmensurable ventaja que obtuve sobre usted. Porque, sabe, a usted debía la dicha de Irene y mi propia dicha. Nosotros encontramos lo que toda la gente busca. Ahora es necesario resignarse.)

Del otro lado de la vidriera la gente se arremolina para entrar al cine. Enciendo, sin ganas, otro cigarro. Desde que la conocí, nunca he dejado de sentir “el miedo de lo demasiado tarde”, que decía Lugones; nunca, aun en los momentos de mayor plenitud, he dejado de parecerme indigno e intruso, uno de esos “hombres nostálgicos y sin destino“ de los que pueblan el mundo de Onetti. Acaso porque el nuestro no pasa de ser un amor del cuerpo, una triste mentira, un lamentable paliativo que convertimos en vértigo para sobrellevar la miseria de nuestras vidas. El marido de Irene, acodado en la irrealidad de mi cuaderno de notas, estruja frente a mis ojos su corazón de fantasma. Una especie de fastidio terco e inexpulsable me desespera la voluntad y los sentidos. “Para soportar el tiempo, piensa en la eternidad”, recomendaba Téophile Gautier.

( Irene me lo dijo hoy. Me dijo que necesitaba que yo lo supiera para que la dicha fuera completa. Era cierto. Sólo que lo fue brevemente. Después de su revelación, después de que comprendí y acepté que sin usted, sin el amor que usted le había enseñado y alimentaba algunas noches en secreto, el nuestro no hubiera podido romper jamás los límites de la costumbre y la domesticidad, Irene y yo nos asumimos en un abrazo de formas incansables que nos dignificó para siempre. Más tarde, con el reposo, con el privilegio de la serenidad infinita, sus ojos acudieron al llamado suave del sueño. Entonces, dueño universal de su desnudez y de mi asombro, purificado, consciente de lo irreversible de mi amor, de mi dicha, dejé que mis manos trabajaran la muerte sobre su cuerpo. )

Cierro el cuaderno. Trato de figurarme la cara que pondría Irene si leyera estos apuntes. Pero no hay cuidado, no los leerá. No le interesa nada de lo que escribo. No le importa otra cosa que no sea compartir conmigo una cama de hotel durante un par de horas. Y eso es lo que nos une, lo que nos hace iguales; la impiadosa necesidad de jugar con las emociones de la carne. Tal vez ya no venga. A lo mejor fue a buscarla el marido a la salida del trabajo. Suele suceder. Con un retraso de casi una hora llega, sin embargo, apurada, empujando con fiereza la codicia de sus muslos, hacia donde me encuentro. Me saluda con un beso rápido. Me explica que el tránsito está insoportable. Pide un café. Se quita el suéter y se acomoda el cuello de la blusa. Sonríe porque advierte que le esculco el bulto de los pechos con la mirada. Me dice, con la respiración todavía un poco agitada: “ ¿A qué no sabes lo que se me ocurrió? Vas a creer que estoy loca, o que soy una idiota, pero fíjate que de pronto, en lo que venía para acá, me puse a pensar, pero a pensar de una manera como si lo estuviera viviendo, que llegaba y tú no estabas aquí, y que entonces me ponía a esperarte, y que luego de un rato se me paraba mero enfrentito tu esposa y me decía:

__ Buenas noches. ¿Espera usted a Agustín ? No vendrá. Lo maté esta tarde.”

Agustín Monsreal

13 Noviembre 2009

Por el amor de Dios

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Alexander Binder

Alexander Binder

San Luis el Rey mandó a Ivo, obispo de Chartres, en embajada, y éste le refirió que en el camino encontró a una matrona grave y airosa, con una antorcha en una mano y un cántaro en la otra; y notando que su aspecto era melancólico, religioso y fantástico, le preguntó qué significaban esos símbolos y qué se proponía hacer con su fuego y su agua. Replicó: El agua es para apagar el Infierno; el fuego, para incendiar el Paraíso. Quiero que los hombres amen a Dios por el amor de Dios.

Jeremy Taylor

12 Noviembre 2009

El Chato Barrios

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Kurt Schitters

Kurt Schitters

El salón de nuestra escuela estaba inconocible; salón de escuela de barrio que, gracias a muebles alquilados, había perdido su aspecto lamentable de otras veces. El heno y las ramas de ciprés, colocadas profusamente a lo largo de las manchadas paredes; banderas tricolores de papel y águilas empleadas para fiestas cívicas, servían de altar a grandes retratos de Hidalgo, Juárez y otros héroes, amén del Corazón de Jesús, iluminado, inmediatamente arriba de una esfera terrestre cubierta de crespón.

Barrido el piso de ladrillos y en vez de bancas, triple hilera de sillas austriacas que, arrancando de la mesa, cubierta por un tápalo chino, terminaba junto a la puerta de la Dirección.

Era el día de premios, ese gran día para la infancia de aquellos rumbos, luminoso día para los padres de familia y de constante preocupación para el señor Quiroz (q.e.p.d.) y su ayudante, el paupérrimo cuanto simpático Borbolla.

Recuerdo que dos días duraba la compostura del salón, en la cual tomaban parte activa unos vecinos, la criada y aquellos alumnos que se distinguían por su juicio y mayor edad.

Las economías del año se empleaban en comprar libros baratos y en imprimir los diplomas cuya idea –una matrona rodeada de chicuelos que cargaban escolares atributos– pertenecía a Borbolla.

Libros y diplomas, atados con listones de color, se hacinaban en la mesa a los lados de un tintero de porcelana; dos candelabros con velas jamás encendidas y amarillentas ya, y un par de bustos de yeso, representando a Minerva, el uno, y a Minerva también, el otro.

Se alquilaba un piano y en él lucía sus anuales adelantos la señorita Peredo, tanto en el piano como en el canto. Era el factótum, y desempeñaba todo lo concerniente a la parte musical, inclusive el acompañamiento de las fantasías que sobre viejas óperas ejecutaba un antiguo tocador de flauta, Bibiano Armenta.

Henos aquí desde las siete de la mañana, muy lavados, con traje nuevo los unos, cepillado y remendado los otros, sin adorno alguno los más. Pobres niños de barrio, hijos de porteros, artesanos y gente arrancada, que no podía hacer más gasto que el de medio real; cuartilla para pomada y cuartilla para betún. ¿Pero el traje, qué importaba? Todos éramos felices, y sin parpadear, colgándonos los pies, nos sentábamos en las altas bancas, con los brazos cruzados, contemplando un sillón, miembro de no sé que ajuar de reps verde, en el que debía tomar asiento, frente a la mesa, un eclesiástico, me parece que canónigo o cura de la parroquia, que siempre presidía el acto y era el gran personaje.

Llegaban las familias sin que nadie se moviese: señoras de enaguas ruidosas y rebozo nuevo, papás de fieltro o sombrero ancho, con ruidosos zapatos y que cruzaban sobre la barriga las manos o se acariciaban las rodillas, niñas de profusos rizos y vestidos de lana… Las personas distinguidas eran invitadas por el señor Quiroz para tomar asiento en la primera fila, en la que, vestida de blanco, con zapatos bajos, listones tricolores y pelo espolvoreado con partículas de oro o hilos de escarcha, estaba ya la señorita Peredo, muy tiesa y empuñando el enorme rollo de piezas de música.

Sordo y elocuente murmullo se levantaba del salón, cuando se presentaba en escena la familia de Isidorito Cañas; el señor Quiroz bajaba las escaleras, Borbolla se apoderaba de una de las niñas, los hombres se ponían en pie y las mujeres miraban con respeto casi, a la familia que vestía de seda, usaba costosos sombreros, claros guantes y deslumbrantes abanicos.

Isidorito separábase de la familia para ocupar su puesto en la banca, y todos lo mirábamos de hito en hito; cada año estrenaba traje y cada año se sacaba el premio y se lo disputaba ¡oh coincidencia! el Chato Barrios, hijo del carbonero de la esquina, el más feo y desarrapado alumno de la escuela.

En nuestros corazones de rapazuelos de cinco años influía la elegancia en sumo grado, y veíamos a Isidorito, no como un simple condiscípulo, sino como a un ser colocado en más alta esfera. Su traje nuevo, su cuello enorme y blanquísimo, la corbata de seda, el cinturón de charol brillante con hebilla de metal, las medias restiradas a rayas azules, las botitas hasta media pierna, el pelo rizado ad hoc y los diminutos guantes, hacían de él un héroe de la fiesta. Con razón parecíamos los demás un atajo de indios, mal vestidos, mal peinados y con una actitud de gente sin educación.

El señor Quiroz le hacía un cariño y daba conversación a la familia en actitud de hombre juicioso, cruzando los dedos, dando vueltas al pulgar, semiinclinado y con leve sonrisa que entreabría sus labios. Borbolla, incomodado por el estrecho jaquet y la corbata refractaria a guardar el sitio conveniente, abría el piano, sacudía las teclas, y al sonar un mi bemol por casualidad, reinaba el silencio; veía el eclesiástico el reloj y tín , sonaba el timbre, oíase ruido de sillas y bancas, cruzábamos los brazos al sentir la severa mirada de Borbolla, que con el mayor disimulo apretaba los labios, y con los ojos parecía decirnos: compostura, señores.

Poníase en pie el señor Quiroz y leía la memoria que terminaba siempre con estas frases:

Réstame sólo, respetable público, daros las gracias por la asistencia a esta solemnidad y en particular a aquellas personas (a la niña Peredo y al flautista Armenta) que han contribuído con sus altas dotes a la solemnidad del acto. He dicho.”

Mirábamos a Borbolla para ver si era tiempo de aplaudir, y aplaudíamos con rabia lanzando un ¡viva! al señor Quiroz que respondíamos nosotros mismos.

Stella confidente, leía el eclesiástico en un papel pequeño, y la niña Peredo, con voz trémula que parecía arrancada por nervioso dolor, gorgoreaba la fantasía. Tornábamos a ver a Borbolla y apluadíamos lanzando el ¡viva la señorita Peredo! que se nos había enseñado.

Fábula en francés por el niño Isidoro Cañas.” Nuestro director palidecía, Borbolla dejaba que se pronunciara la corbata y la familia de Isidorito se conmovía; avanzaba el muchachito, miraba a todos lados, sacudía la cabeza poniéndose en el pecho el rollo de papel atado con un listón y gritaba:

Maitre Corbeau sur un arbre, perché…

tenait a son bec un fromage.

Cada palabra acompañábala con un ademán especial: parecía arrancarse un botón del saco, dándose antes un golpe de pecho, y al concluir sonaban nutridos aplausos; abría la boca el eclesiástico, respiraba el señor Quiroz, sonreía Borbolla, se refugiaba Isidorito en las faldas de su madre y gritábamos: ¡Viva el niño Cañas!

Desde ese momento Isidorito era el héroe y lo besaban las señoras cuando, tropezando, podía apenas cargar los grandes libros que había merecido como premio… y envidiábamos a Isidorito.

Mención honorífica– leía Borbolla con voz clara– al alumno Rito Barrios.

Y oíase en las bancas estudiantiles un rumor: “Ándale, Chato, Chato Barrios, a ti te toca”. Pero el muchacho no se atrevía a pararse y había necesidad de que Quiroz, con voz amable, le dijera:

Señor Barrios, acérquese usted…

Y un muchacho descalzo, de blusa hecha jirones, mordiéndose un dedo, arrastrando el sombrero de petate y viendo a todos lados con cara de imbécil, cruzaba el salón. Las gentes lo miraban con lástima, los niños con desprecio, y unos ojos empapados en lágrimas lo seguían: los de una mujer que ocupaba la última fila, perdida en la multitud, su madre; y el Chato Barrios, aquel modelo, en el último grado del desconcierto, olvidando público y lugar, pegaba la carrera de la mesa a su asiento.

Me acuerdo que sentía no sé qué dolor, no sé qué tristeza al mirar a Barrios; inexplicable amargura de cosas aún no comprendidas, cuando paseaba mi observación de niño, ya de Isidorito al Chato y viceversa, Isidorito, que vestía bien; Isidorito, que decía una tontería y no le pegaban; Isidorito, que estudiaba menos; Isidorito, que usaba reloj, y el Chato, que llegaba al colegio antes que otro; el Chato que aprendía la lección en un segundo; el Chato, que vivía en una carbonería; el Chato que iba al colegio de balde; el Chato…que era muy infeliz.

*

He visto, después de muchos años, aquellos diplomas: el de Isidorito se ostenta sobre el bufete de un abogado, su padre, encerrado en un marco desdorado, como si acusara una ironía del ayer comparado con el hoy, denunciando el favoritismo de otra época y la imbecilidad actual, que es la cualidad notable de mi antiguo compañero de escuela. Alguien me dijo, no lo sé, que los premios del Chato iban al Empeño; y ese Chato es un muchacho de traje hecho jirones, que estudia en libros prestados, vive en un suburbio, jamás falta a clase y parece prometer. Cuando tal me dicen, pienso en el pasado, porque no ignoro cuál es la vida del que no posee más que un libro y un mendrugo; lucha por elevarse del cieno en que vive, perseguido por esa amargura que se encarna en todos los enemigos de la pobreza; pero me consuela saber que de ese barro amasado con lágrimas, de esa lucha con el hambre, de esa humillación continua, de esa plebe infeliz y pisoteada surgen las testas coronadas de los sabios que, os lo juro, valen más que esos muñecos de porcelana, esos juguetes de tocador, que en la comedia humana se llaman Isidorito Cañas.

Ángel de Campo

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