La canción de la sirena

Man Ray

Publicado en Artistas plásticos, minerales, visuales, metálicos y afines por Ea Pozoblock en Febrero



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Man Ray

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Carta

Publicado en Versos anversos, conversos, transversos, inversos, perversos por Ea Pozoblock en Febrero

Gary Mc Parland

Existen estadísticas. Sabemos

cuántos corazones humanos se paran por minuto.

Y vivimos en paz. También al nuestro

le llegará su hora.

Pero estamos metidos en el salón de espejos

donde el mundo se hace.

En cada espejo afirma y nos afirma

y lo afirmamos. Cuando alguno quiebra

o se desluce repentinamente,

hay un largo vacío de tiniebla

como cuando una luz se apaga en un discurso

y lo disuelve.

Ha llegado la hora y no ha llegado.

El espejo abolido abre otra galería

que da hacia lo irreal y el mundo queda

como en suspenso. Pronto reanuda

su imperio. Están los otros y hasta alguno

nuevo para volvernos al oficio

que no consuela lo que pierde.

Porque quedamos empañados, vueltos,

en un vapor de niebla,

hacia la galería tan profunda como el dolor,

tan rica en fantasmas como la vida misma

ya casi por entero desovillada en nuestros pasos.

Caminando por ella,

recreando sus escenarios con relieve sordo

se va embotando lo que fue punzante

como la sobrecarga del latido

que se abulta en la soledad del sufrimiento

y se hace ya desgana de volver al presente.

Se endulza a más dolor,

a dolor apiado,

volviendo la cabeza con los ojos llovidos,

llevándonos a hablar con nuestros muertos.

Dionisio Ridruejo

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El monumento al soldado desconocido

Hay en nuestra ciudad un monumento al soldado desconocido, erigido en memoria de los combatientes que cayeron bajo el plomo de la tiranía, durante la revolución de 1905. La gente de la localidad levantó un modesto túmulo, sobre el que medio siglo más tarde se construyó un pedestal de mármol con la inscripción: “Gloria eterna”. Sobre el pedestal se colocó la estatua de un joven en el acto de romper las cadenas. La ceremonia de 1955 fue memorable. Muchos oradores, muchas flores, muchísimas coronas. Algún tiempo después, ocho alumnos del liceo local decidieron rendir un homenaje al revolucionario. El maestro de historia los había logrado conmover de tal modo en el transcurso de una lección, que decidieron hacer una colecta y comprar una corona de flores. Luego formaron un pequeño cortejo y se dirigieron al monumento. Apenas habían doblado la primera esquina, cuando encontraron a un hombrecillo enfundado en un abrigo azul. Este los observó durante unos momentos y luego se decidió a seguirlos a cierta distancia. Atravesaron la plaza vieja. La gente no reparaba en ellos. Un cortejo, como bien se sabe, es algo habitual. En la plaza vieja no habita nadie, hay pocos edificios. Sólo la iglesia de San Juan, un viejo caserón adaptado para oficinas y un museo. Cuando se detuvieron frente al monumento, el hombre del abrigo azul se les acercó rápidamente y les dijo:

- ¡Salud! ¡Una pequeña ceremonia conmemorativa, por lo que veo! ¡Magnífico! Pero con tanto quehacer he olvidado el aniversario que hoy se celebra…

- No se trata de ningún aniversario – respondió uno de los alumnos -. Hemos venido así nada más, sin que se trate de una ocasión especial.

- ¿Qué significa eso de “así nada más”? – preguntó el desconocido, irguiendo la cabeza y frunciendo nerviosamente la nariz- ¿Qué significa “así nada más”?

- Conmemoramos al revolucionario caído en la lucha por la liberación de la clase obrera.

- ¡Ah! Ya comprendo. ¿Pertenecen ustedes a la célula del barrio?

- No, venimos de la escuela.

- No entiendo. ¿Es decir, que ninguno es miembro de la célula?

- No. El hombre se quedó pensativo durante unos minutos. ¿Se trata, pues, de una disposición del director?

- No; estamos aquí por iniciativa propia. El desconocido no dijo nada, y partió. Los jóvenes estaban colocando la corona, cuando uno de ellos exclamó:

- Aquí viene de nuevo. Y en efecto, volvió a aparecer el hombre del abrigo azul, se detuvo a unos metros y preguntó:

- ¿Quizás se trata del mes para un “Mejor Conocimiento de los Revolucionarios Desconocidos”?

- ¡No! – gritaron a coro – . Es una iniciativa personal. El hombre volvió a partir. Colocada la corona, los jóvenes se disponían a regresar a sus casas cuando lo vieron una vez más, ahora acompañado de un policía.

- Sus documentos, por favor – dijo el policía, dirigiéndose a los estudiantes. Le extendieron las credenciales. El policía las examinó y dijo:

- Todo en orden. Gracias.

- ¿Cómo que todo en orden? – exclamó el hombre del abrigo azul, y preguntó a los alumnos : ¿quién les ordenó colocar la corona?

- Nadie. – ¡Ajá! ¿Así que lo admiten? – gritó -. ¿Admiten que para organizar esta ceremonia en honor del Revolucionario Desconocido no los ha movilizado ni el director del liceo, ni la Dirección de la Juventud Socialista, ni el Comité del Barrio, ni el de la ciudad, ni el provincial?

- Sí, señor.

- ¿Admiten que esta ceremonia no estaba prevista por la Unión de Mujeres ni por la Sociedad de Amigos de 1905?

- No, no lo estaba.

- ¿Qué no se trata de un aniversario, ni de un mes dedicado a celebrar alguna cosa?

- Así es.

- ¿Que no poseen una circular del partido? ¿Que todo lo han hecho por su propia iniciativa?

- Por nuestra propia iniciativa. El hombre se enjugó el sudor de la frente.

- Sargento – dijo – , usted sabe quién soy yo; le ordeno, pues, retirar inmediatamente esa corona, y ustedes, ¡circulen! Los jóvenes se retiraron en silencio, seguidos por el policía, con la corona a la espalda. Frente al monumento permanecía sólo el agente del abrigo azul… Escudriñaba la estatua con ojos suspicaces y miraba cautelosamente a su rededor. Comenzó a llover. Pequeñas gotas cayeron sobre el abrigo azul y sobre la capa de mármol del revolucionario. La atmósfera se volvió oscura y tétrica. Las gotas resbalaban lentamente por el rostro de la estatua, se detenían en las orejas de piedra, brillaban en las pupilas de granito. Y allí estaban, uno frente al otro, el monumento y el hombre del abrigo azul.

Slawomir Mrozek

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Tres hombres en el bosque

Publicado en Metáforas anónimas, legendarias, mitológicas por Ea Pozoblock en Febrero

Heidi Wittwer

Tres hombres marchaban por el bosque cuando, de pronto, encontraron un tigre que amenazaba desgarrarlos. El primero de ellos dijo: “ Hermanos, nuestra suerte está decidida, la muerte es segura, el tigre va a devorarnos.” Hablaba así porque era fatalista.

El segundo exclamó: “ Hermanos, ¡ imploremos juntos al Dios Todopoderoso ! Sólo la gracia de Dios puede salvarnos”. Ése era piadoso.

Pero el tercero dijo: “¿Por qué molestan a Dios? Mejor será que inmediatamente nos subamos a estos árboles.”

Éste en verdad amaba a Dios.

Zimmer

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Zapatos Limpios

Publicado en Actores, actrices, directores, directrices, madonas y meretrices por Ea Pozoblock en Febrero

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Hiroshi Watanabe

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Hiroshi Watanabe

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Mi mujer y la otra

Nikolai Sednin

Ya estábamos acostados cuando tocaron a la puerta con insistencia.

-Asómate -dijo mi mujer, medio dormida-. Parece que alguien necesita el baño.

Aunque no teníamos baño público, busqué los lentes y me asomé por la ventana.

-¿Quién es? -dijo mi mujer.

-Una mujer con una escoba.

-¿Y qué quiere una mujer con una escoba a estas horas?

-No lo sé.

-Pregúntale -dijo mi mujer-. Y de paso le cuentas que ya barrimos.

Me puse la bata, salí del cuarto y bajé las escaleras. La mujer seguía golpeando. Le pregunté a través de la puerta qué se le ofrecía y siguió golpeando. Até el cordón de la bata, me peiné con los dedos, la pinta es fundamental. Decidí abrir antes que derribara la puerta.

Era fea, pequeña y morena, y vestía con poca elegancia. Toda de negro con un sombrero morado, collar de perlas y zapatillas transparentes.

-Necesitaba verte -dijo como si nos conociéramos de toda la vida, y entró.

- Necesito que salgas conmigo. Soy Margarita Díaz pero sólo existo de noche, Ana María Margarita de los Espíritus Díaz, y que no se te olvide.

Pasó a la sala y, sentada en el sofá, se quitó los zapatos.

Acomodó el sombrero en su regazo.

-Me duelen -dijo, moviendo los dedos de los pies-. Calzo cuarenta y por vanidad uso treinta y siete. Qué se puede hacer, nací con patas grandes. ¿Nos vamos?

Está loca, pensé, pero no se lo dije.

Divertido, extrañamente atraído por tanto desparpajo, le pregunté a dónde.

-Ya veremos, quiero hablar contigo largo y tendido.

-¿Nos conocemos?

-Ya habrá tiempo para eso -dijo-. ¿Nos vamos?

-¿Así? -dije, mirándome. No necesitaba un espejo.

-Ponte unas pantuflas -dijo-. Tengo prisa y vengo de lejos. No me digas nada, sé tu nombre, sé que eres maestro de escuela y escribes cuentos. Sueñas con Marilyn Monroe y te gustan las películas de Woody Allen. No digo más para no apenarte.

Mi mujer gritó desde la cama:

-¿Quién es?

-Una loca -grité.

-¿Y qué se le ofrece?

-Quiere salir conmigo -grité.

-¿En la escoba?

-Supongo.

-Entonces ve, tal vez se te ocurra una historia.

-Ya ves -dijo la mujer-. Tienes el permiso. Nadie le dice que no a Margarita.

-No te demores -gritó mi mujer.

-Se va a poner ronca la pobre. ¿No sería mejor que bajara y conversáramos a gusto en la sala? -dijo la mujer, la otra-. Podríamos tomar un café.

-Está dormida -expliqué.

-Entonces vámonos antes que se despierte.

Se calzó y se acomodó el sombrero en tres segundos. Me arrastró de la mano hasta la puerta y se acaballó en la escoba. “Sube”, dijo y subí detrás de ella. Nos elevamos. Las plumas del sombrero se alborotaron. Tuve que agarrarme de su cintura para no caer. Ella usaba una mano para sostenerse el sombrero y la otra para dirigir la escoba.

-Esto lo leí en un libro -dije a gritos.

-El maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov -dijo la mujer, y citó algunas líneas de la novela.

-Tal vez, no puedo pensar en el aire -dije-. ¿Eres estudiante de literatura?

-Fui amiga de Mijaíl. Me hacía reír.

-De eso hace mucho, supongo.

-Soy vieja pero tengo el corazón tierno.

-¿Qué hiciste con el gato?

-Se comió unos ratones y estiró la pata, querido. ¿A dónde quieres ir?

-Quiero volver a casa, mi mujer me espera y dejé la puerta abierta.

-Déjala dormir. Sueña que es feliz.

-¿Cómo lo sabes?

-Sueña con el novio que tuvo antes de conocerte. Hubiera sido feliz con él.

-Es feliz conmigo.

-Eso creen todos los maridos -dijo la mujer-. Pero no vine a hablar de tu mujer.

-Tengo un hijo.

-Ya sé, René -dijo la mujer-. No le gusta bañarse ni hacer las tareas. Apuesto que come mocos.

-¿Cómo lo sabes?

-Sé más cosas de las que supones -dijo la mujer-. No le compres la bicicleta.

-¿Mejor una escoba?

-Puede aporrearse -dijo la mujer-. Pero no vine a hablar de René.

-Quiero bajarme.

-¿No quieres volar a París?

-No.

-¿Prefieres Cartagena de Indias? Vamos directo al castillo de San Felipe. Puedo ser tu reina en ese castillo.

-Quiero bajarme.

-Tu princesa de cuento de hadas.

-Quiero bajarme.

Bajamos al parque, desierto a esa hora. Todo parecía azul, hasta la mujer. Quise caminar y sentí que flotaba. Una niebla azul se acercaba con pasos de araña.

-No puedo dormir -dijo la mujer desde la niebla-. Necesito entretenerme. Vamos a bailar.

-¿Con esta pinta? -le dije a la niebla-. Ni siquiera traje pantuflas.

-Vamos a un baile de disfraces.

Me llevó de la mano hasta una puerta, nos abrieron sin tocar y entramos al alboroto más grande del mundo. Había gente de todos los tamaños y colores, vestida de la manera más extravagante. Nadie reparó en nosotros. Bailamos como locos. Se quitó las zapatillas y perdió diez centímetros, seguimos bailando. Me sentí flotar. Yo, que nunca había sido un gran bailarín, decidí que no volvería a usar zapatos en las fiestas y hasta tuve ganas de quitarme la bata. La vida es una nota. Un parrandón de colores. Una traba de amor. No paraba de reír. Me hacía reír su forma de mirarme. Alguien se acercó con unas copas y bebimos. Le pedí un descanso y me siguió con las zapatillas en la mano. Nos sentamos en el piso, en un rincón, donde nadie nos pisara, junto a la escoba. Un diablo se acercó y nos acarició el rostro con la punta del rabo.

-Los veré en el infierno, amorcitos -dijo y se alejó.

Todo era verde ahora. Una rana perseguía a otra y Napoleón Bonaparte abrazaba a La Mujer Araña. Una negra monumental bailaba con una serpiente enrollada a su cuerpo. Un payaso recorría la fiesta en monociclo. Todo era rojo.

-Estoy loca -dijo la mujer, muerta de risa.

-Me tienes encantado -dije, un poco borracho.

-Embrujado, querrás decir. Cásate conmigo.

-No es para tanto -dije-. No creo en brujas.

-Por dentro soy hermosa, cásate conmigo y desencántame.

-Todos los que se casan se desencantan, querida.

-¿Me das un beso? -dijo la mujer.

-¿En la nariz?

-En la nariz.

Le di un beso en la nariz. No fue difícil. La mujer tenía más nariz que cara. Permaneció largo rato con los ojos cerrados. Párpados morados. Boca chiquita. Lengua de rana.

-Besas delicioso -dijo, pero no supe si hablaba en serio. Parecía una actriz en un papel que domina a la perfección-. Vamos a comer helado de chocolate en Pozo Azul.

-De noche me hace daño -dije, y era cierto.

-A mí de noche no me hace daño nada -dijo la mujer-. Me vuelvo loca.

-Se nota -dije.

-No puedo dormir.

-Ya me lo dijiste.

-¿También te dije que soy Margarita Díaz? Ya sé, mi amor, hablo mucho y me repito. Escríbete mi nombre en el corazón. Escríbelo con tinta roja en las paredes, vida mía. Debes creerme, me vuelvo loca porque no duermo. Me desespero. Parezco Drácula. Hace tres meses que no pego el ojo. De día me quedo quieta, como muerta, pero no duermo. No paro de pensar. Vamos, hombre, soy loca pero buena gente.

-¿Qué quieres de mí?

-Que me cuentes historias. Quiero sentirme como una princesa. Tú me cuentas una historia y seguro que podré dormir. Mírame a los ojos y calcula el peso de mis ansias.

La miré y sentí ternura, tuve ganas de abrazarla. El fuego del infierno me quemaba.

-Hazme dormir con el encanto de tus palabras. Pensaré que vas a despertarme con un beso en la mañana.

Me pellizqué para despertar.

-Llévame a casa, María Antonieta debe estar muerta de la preocupación.

-Muerta de la dicha -dijo la mujer-. En este momento es más feliz que nunca.

Sentí rabia, me levanté y busqué la salida. Esa mujer podía hacer conmigo lo que quisiera. Su taconeo me alcanzó.

-Te enojas por nada, hombre, perdóname. Te llevaré a casa. A veces tu mujer sueña contigo.

En el aire volvió al ataque:

-Tú puedes, invéntame una historia de amor. Dame un papel apasionado.

-No escribo por encargo -dije.

-Si me inventas en una historia de amor serás feliz -dijo la mujer-. Soy fea pero a los hombres les traigo suerte. Ya sé que estás terminando un libro.

Llegamos pronto y volvió a quitarse los zapatos en la sala. Arrojó el sombrero y el collar a la alfombra. Insistió que le contara un cuento.

-Vamos, cuéntame La bella durmiente del bosque -dijo-. Me encanta cuando se quedan todos dormidos. Siempre pienso en el cocinero que iba a degollar la gallina para la cena y se quedó dormido en el acto de estirar la mano hacia el pescuezo durante cien años. ¿Te das cuenta que la gallina se libró de la muerte por cien años? Al despertar, murió.

-Puedo traerte el libro.

-Quiero oírla de tus labios -dijo.

Entonces le conté La bella durmiente del bosque tal como se la contaba a los niños en la escuela y vi sus lágrimas. Extasiado por su felicidad de niña, le conté El gato con botas y La casita de chocolate. Le divirtió mucho la astucia del gato y tembló con la presencia del ogro, y luego le hizo gracia que los niños se libraran de la bruja perversa empujándola al fuego. A la mitad de El soldadito de plomo, se quedó dormida con el dedo en la boca. Me dirigía a mi cuarto de trabajo cuando mi mujer apareció en las escaleras.

-¿Adónde vas con esa cara de loco? -susurró.

-Tenías razón, María Antonieta -dije-. Se me ocurrió una historia.

-Qué rico -dijo mi mujer-. Me la lees en la mañana.

Entonces vio a la mujer dormida en el sofá.

-Creí que te la habías inventado.

-Es la bella durmiente -dije.

-Lo sé, querido, una niña que necesita amor -dijo mi mujer, retirándose-. Soñé con ella y contigo, daba risa verlos volar.

Entré a mi cuarto y escribí esta historia.

Triunfo Arciniegas

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Todo tiempo futuro fue peor

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Nadya Sheremet

Anoche se sobrepuso a las balas que lo acribillaron y huyó de la policía entre la multitud. Se escondió en la copa un árbol, se le rompió la rama y terminó ensartado en una verja de hierro. Se desprendió del hierro, se durmió en un basural y lo aprisionó una pala mecánica. La pala lo liberó, cayó sobre una cinta transportadora y lo aplastaron toneladas de basura. La cinta lo enfrentó a un horno, él no quiso entrar y empezó a retroceder. Dejó la cinta y pasó a la pala, dejó la pala y fue al basural, dejó el basural y se ensartó en la verja, dejó la verja y se escondió en el árbol, dejó el árbol y buscó a la policía. Anoche puso el pecho a las balas que lo acribillaron y se derrumbó como cualquiera cuando lo llenan de plomo: completamente muerto.

Raúl Brasca

 

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Flor Garduño

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Flor Garduño

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Unirse al cielo

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Yi, el arquero, fue diestro en acertar con sus flechas un blanco pequeñísimo, pero torpe a la hora de impedir que la gente lo elogiara.

Los expertos son diestros con respecto al cielo, pero torpes en lo tocante a los hombres.

Sólo los animales pueden vivir en lo que son.

Sólo los animales pueden unirse al cielo.

Un hombre completo ¿conoce el cielo?, ¿conoce el cielo del hombre?

Y yo, que no sé si soy cielo o soy hombre.

Zhuangzi

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